viernes, 7 de agosto de 2015

SPANISH CINEMA EN EL POOOZO...

Pienso que en el discurso que William Faulkner pronunció al recibir el Premio Nóbel de Literatura de 1949 se encuentra la quintaesencia que todo aquel o aquella que se dediquen o quieran dedicarse a esa actividad tan extraña como incalificable, pero tan apasionante como mágica y a la que, por darle un nombre que pudiera orientarnos, llamamos simplemente Arte, debería llevar grabadas a fuego lento en su mente. Aunque por no reproducir la totalidad del discurso, que aun así no tiene desperdicio (no en vano muchos lo califican, quizás, como el mejor discurso escuchado en el Palacio de Conciertos de Estocolmo, sala donde habitualmente se entregan los premios) vamos a quedarnos con sus líneas finales que sirven bien a mis intereses para lo que aquí y ahora quiero exponer.

Creo que el hombre, terminó diciendo Faulkner aquel 10 de diciembre de 1950 (un año después, aunque no viene al caso extendernos ahora con las razones), no perdurará simplemente sino que prevalecerá. Creo que es inmortal no por ser la única criatura que tiene voz inextinguible sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de perseverancia. El deber del poeta y del escritor es escribir sobre estos atributos. Ambos tienen el privilegio de ayudar al hombre a perseverar, exaltando su corazón, recordándole el ánimo y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado. La voz del poeta no debe relatar simplemente la historia del hombre, puede servirle de apoyo, ser una de las columnas que lo sostengan para perseverar y prevalecer.

Y como el subrayado es, obviamente, mío lo explico y con ello me meto ya en lo que quiero decir con todo esto. Es la Historia y no la historia. Es prevalecer y no, simplemente, estar. Y es esta capacidad para trascender, para contar desde lo singular lo universal, de la que, desde mi modesto punto de vista, adolecerían las expresiones artísticas españolas; especialmente el cine (o la última hornada que tantas erecciones económicas está provocando en las cuentas de resultados de productores y distribuidores y exhibidores: El niño, Ocho apellidos…, Perdiendo el Norte, etc.) y la literatura una vez leída y sufrida, por ejemplo, la multipremiada En la orilla, de Chirbes. Y es que creo que mientras no sepamos ver más allá de las ramas estaremos condenados a escribir sobre aquello que nos ocurre, escribir sobre el corto plazo, sobre la incidencia, sobre el detalle y la anécdota, sobre la circunstancia y nunca sobre aquello que hace grande y duradera a una obra: su universalidad.

Y puestos a buscar razones para este fenómeno la menor no sería esos 40 años (¡cuatro décadas!) de dictadura que sufrimos y cuyas consecuencias continuamos hoy,y mal que nos pese, padeciendo. Sus circunstancias, que cualquier ser humano, cualquier artista en su sano juicio quiso denunciar, nos ha obligado a fijar nuestras mentes y miradas en esas circunstancias siempre tan circunstanciales, en lo concreto, en lo que está a la vuelta de la esquina: Berlanga y Saura (salvo honradísimas excepciones o El verdugo, Plácido o La caza), Martín Santos, etc.; aquello que, con el transcurrir del tiempo, ha derivado, una vez clausurado el terrible periodo franquista, en una lamentable, depresiva y enquistada querencia por eso mismo tan concreto, basada quizás en ese “jarrón mal pegado frente al que todos aguardan el momento en que va a romperse” o ese país “con una mala salud de hierro”, que decía Ortega. Y de esta forma, el cine se nos hizo crónica, apegado a la tierra presente o pasada, según tocaran los argumentos o los deseos de los productores; y la literatura, idem. Y cuando no era así, nuestro arte se hermanaba con el escapismo, con la hueca tontería; siempre tan intrascendente.
 
No dudo de que con ello la TV, la radio y prensa (esos medios que sobreviven de la más rabiosa “concreción” o actualidad, como ellos dicen) han sabido comer y beber, y aún continúan y continuarán me temo, hasta empacharse. Y sin embargo, el arte con mayúsculas necesita, aun teniéndolas en cuenta, separarse de eso tan concreto, de las circunstancias demasiado cosidas al hoy-en-día. Y cuando no se conduce según estos propósitos, la circunstancia nos niega el acceso a lo no-circunstancial, a lo que realmente es válido y valioso para todo tiempo y lugar. Y por eso apuntaba antes que es nuestra obligación como cineastas, como escritores, como escultores, pintores y arquitectos trascender de lo singular o concreto a lo universal; de las ramas al bosque. Y si no se me entiende releamos el discurso de Faulkner para saber de qué demonios he querido hablar y saber porqué demonios estamos hoy en este profundo pooozo artístico donde, sin embargo, parece que muchos se encuentran tan a gusto.

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