viernes, 14 de julio de 2023

HAGAMOS PIÑA, POR FAVOR

Creo que, aunque nos suene a chirigota, la clave de la solución a casi todos nuestros problemas tiene nombre de fruta: “piña”. Porque, en el fondo, se trata de eso: de hacer piña. De remar todos juntos. De ser parte de una misma trainera. De un mismo equipo de hombres y mujeres. Esto es: o arrimamos todos el hombro, cada uno con las fuerzas que Dios le haya dado, o de aquí no sale nadie (vivo).

Por eso, resulta tan necesaria esta  piña de la que ahora hablo, y que no brota de la tierra sino que entre todos nosotros debemos cultivar y que, a modo de devolución de favores, ella no sólo nos dará a cambio de comer, sino que además nos suministrará techo, coraje y consuelo cuando los necesitemos, durante estas puñeteras épocas de vacas flacas por las que, demasiado a menudo (¡ay!), a todos nos toca pasar.

Y cuando pienso un poco en todo esto, no dudo ni por un instante en que esta piña, esta gratificante sensación de formar parte de un colectivo que me acoge, que consigue que me sienta indestructible, vaya, que puedo con todo aquello que este mundo vaya a echarme encima, no la he sentido nunca igual a cuando la experimentaba durante aquellos años en los que el Colegio, en el que estudiaba (poco) acudía en pleno a la Basílica de Begoña a dar gracias a la Amatxu, y los 2500 alumnos que éramos (alumno arriba, alumno abajo) nos distribuíamos en los bancos  de menor a mayor edad, de menor a mayor curso.

Curiosamente yo, en mis recuerdos, siempre me imagino sentado en los bancos delanteros. O sea, siempre me imagino “pequeño” pero gracias a ello escuchaba, cuando tocaba, las voces de los otros, de los más mayores que se colocaban detrás, llegando hasta mis oídos mágicas, amplificadas por el eco del lugar, rotundas, poderosas, llenando y vistiendo hasta el último rincón de la majestuosa Basílica, mientras mis ojos, atrapados por la emoción, no se apartaban del frente, del altar embellecido como nunca, donde varios sacerdotes (en esos días especiales siempre había más de uno) oficiaban la Misa y el pelo, lo que no me suele ocurrir por cualquier menudencia, se me ponía de punta. Y con un nudo en la garganta podía creerme, entonces, el rey del mundo; y yo, uno de los más pequeñarras del Colegio, ocupando súper formal su sitio en uno de aquellos bancos delanteros, como si en mi vida hubiera roto un plato (¡si aún no había tenido tiempo!) podía, incluso, hacer frente al mismísimo Mike Tyson y ponerle a correr por patas ante mi gesto firme y convencido.

Y es que la “piña” tiene estas cosas. Aunque irónicamente, en los presentes días que corren que se las pelan, no dejamos de negarnos a formar parte de una de ellas. Como si nos avergonzara. Como si fuese de cobardes. Y nos gusta, entonces, salirnos y desembarazarnos de la “piña”, e ir siempre a nuestro aire, a nuestra bola, siempre por nuestra cuenta (y riesgo) a todas partes; y si te he visto no me acuerdo, y a los demás que les den sopa caliente.

Pero así nos van las cosas de bonitas, escribía antes, creyéndonos los amos del cotarro, sin acogernos a nadie, más solos que la una menos veinte. Aunque, en realidad ridículos “amos del cotarro”, egoístas, insolidarios, pensándonos  siempre los más guapos y listos, y valga la redundancia, de la clase y sin que nadie nos haya preguntado nada, sin que a nadie le importe un rábano nuestra belleza y nuestra sabiduría, porque por algo esas virtudes (sic) son sólo nuestras, y sólo a nosotros nos incumben.

Y así seguimos. Y así nos va. Solitos. Y cuando surge algún problema, pero de esos gordos, de esos de verdad, ¡ay!, ¡qué bajón!, ¿no hay nadie con quien pueda hablar?, ¿no hay nadie que pueda echarme un capote?, ¿a mí, al más guapo y listo de la clase? Claro, seguimos sin enterarnos de casi nada. Porque sólo siendo parte (y arte) de la piña, sólo acogidos al resto de semejantes podremos sentir ese alivio tan necesario para esos momentos jodidos, sólo siendo piña podremos respirar juntos y… tranquilos.

Por eso yo, cuando las cosas me vienen mal dadas, reseteo y vuelvo a Begoña a sentarme en uno de sus bancos delanteros. Y vuelvo a fijar los ojos en la Amatxu y es, entonces, cuando hasta mis pequeños oídos llega desde atrás aquel vozarrón de los más mayores, cantando aquello de,

Virgen de Begoña,

Madre de mi Dios,

desciende tu manto

y cobíjanos.

¡Oh, Virgen de Begoña,

oh Reina de Bizkaia,

alzad, alzad los brazos

que suben hasta Tus plantas!

Míranos con amor…(1)

… y yo, entonces, carne de gallina. Pero nunca solo. Siempre acompañado. Siempre formando parte de una piña. Sí, de la más dulce, de la invulnerable. 

(1) Aún busco esta canción. Agradecería a cualquiera que pudiera echarme un capote para encontrarla, y no pensar que la he soñado.
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lunes, 10 de julio de 2023

FAREWELL BBK LIVE 2023

Ayer me di una vueltilla por el BBK Live, para que no se diga, y elegí el concierto de Ángel Stanich del que me habían hablado muy bien. Y fui a pesar de la hora a la que estaba programado el concert, ¡a las 15,30!, y a pesar de la chicharra que cascaba a esa hora intempestiva.

Pero a pesar de todos estos pesares el Escenario Vueling, que así se llamaba el lugar donde Ángel iba a tocar (la pasta ordena y manda en nuestros días, ¡sniff!: empleados ataviados con uniformes Vueling repartíeron abanicos con el logo de la compañía aérea para sacudirnos de encima el bochornazo), ubicado entre las robustas y acristaladas Torres Isozaki, que el arquitecto japo del mismo nombre había disreñado y construido, estaba lleno hasta los topes (cierto, el concert era gratis: bereziak) y con la peña con muchas ganas de pasar un buen rato. Y Stanich, en ese sentido, no se iba a hacer de rogar. Tocó una horita, que a muchos nos supo a poco, pero ya se sabe, donde manda Vueling no manfda marinero. Esto es lo que hay en estos tiempos que sólo saben cotizar en Bolsa.

Pero si nos olvidamos del abuelete cascarrabias, la cosa estuvo más que bien. Para empezar y antes de que Ángel se subiera al las tablas sonó el majestuoso Main Theme de Twin Peaks, lo que habla, y muy bien, de los gustos de Ángel. Aquí os lo dejo para que vayáis entrando en calor,

Y cuando terminó Badalamenti, el concert empezó. 9 temas. La peñota tararreando las letras y Ángel brincando mientras rasgaba su guitarra acústica. Delgadito, delgadito, una especie de flautista de Hamelín (a lo Ian Anderson) con mucha barba y mucho descaro. Me lo imagino a gusto en mitad de una bronca. Entre los 9 temas, y para que os hagáis una idea, este Escupe fuego,


Y a las 16,45 Ángel terminó. Bajo las notas del Centro de gravedad, de Battiato el grupo se despidió bailando (sí, impecables sus gustos musicales) y la peña siguiéndoles el rollo a él y a la bonita canción de Franco, brincando a lo loco. Era de lo que se trataba, ¿no? De perder, irónicamente, el centro de gravedad durante 60 minutos y olvidarnos, durante esa horita, de que en Ucrania la gente muere como moscas, de que, seguramente, algunas pateras estén rellenando los últimos y pírricos huecos que quedan libres entre sus endebles maderos antes de ser lanzadas a ese Mare Nostrum, que a ver si nos enteramos, traducimos del latín y nos convencemos de que es un mar "de todos nosotros" y de que, por lo tanto, a todos nos atañe lo que en él suceda. Seguro que Ángel suscribiría el deseo.



Pero ya finito: y la baskota preparándose para subir a Kobertas, y yo preparándome para subir a casa a comer y ver el Alcaraz-Jarry. Tenía hambre. ¡Coño, eran casi ya las cinco y media! Y pensé que posiblemente en estos tres días de Festival habría habido otros conciertos tan buenos como éste de Ángel Stanich, pero mejores, lo dudo. 
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