lunes, 23 de agosto de 2021

UN POZO SIN FONDO

Si se me permitiera ejercer durante unos breves momentos de maestrillo Ciruelo y lanzar una sugerencia para enderezar este mundo (o sea, una sugerencia para todos aquellos que pensamos que el mundo anda torcido), recurriría a dos autores, en mi opinión, imprescindibles. Son  el escritor de origen rumano Emil Cioran (1911, Rasinari-1995, París) y el italiano Italo Calvino (1923, La Habana- 1985, Siena). Ambos han representado para mí una compañía que nunca me ha dejado colgado y sé, además, que nunca lo harán. Sus libros, artículos, sus escritos en definitiva no tienen desperdicio y siempre, para cada momento por el que esté atravesando, tienen una enseñanza, una apostilla en la que no había caído y que seguramente te servirán para ver esas cosas torcidas, a las que antes hacía referencia, sino más erguidas sí, por lo menos no tan descacharradas. Con el añadido de un punto de optimismo (a pesar de la que está cayendo) para cuya consecución se atreven, incluso, a suministrarnos una serie de impagables consejos que trataré de resumir en esta improvisada entrada (como todas, por otra parte).


Primero Cioran y, en concreto, sus magníficos Ejercicios de admiración. En ellos el rumano cita a una serie de personas por los que siente más que una profunda afinidad, una firme admiración ya que, sin duda, siempre he pensado que  resulta más audaz y productivo aquello que se muestra diferente a uno mismo que igual, lo cual no dejaría de ser algo penosamente similar a estremecerse ante los mensajes que proyectan el eco de nuestras propias voces. Vaya, un insufrible y estéril ejercicio de… narcisismo. Y yo mucho antes me quedo, desde el propio título del libro de Cioran, con el término admiración. Admiración hacia el otro, por supuesto.

Porque esta admiración sí que es un fantástico ejercicio ya que supone, en primer lugar, que nos hemos asignado una guía de conducta; una guía que es esta guía a la que la persona admirada ha dado lugar con su propia conducta; una guía a la que, además, trataremos desde la misma admiración de mantenernos fieles en nuestras acciones del día a día. Y lo haremos de manera inconsciente ya que la guía estará en nosotros, como lo están el corazón o los pensamientos. Sí, esas cosas que nos hacen tal y como somos y sentimos,  y que, sin embargo, no vemos.

Así, admirando a éste o a aquella persona nos hemos fijado un patrón de conducta que nos resulta admirable, y valga la redundancia. Y supondremos, por supuesto, que aquello tan admirable vamos a tratar de repetirlo e incorporarlo a nuestras propias conciencias, a nuestros propios códigos de conducta, que estos sí que se manifiestan y no responden a otra ecuación que a la propia conciencia saliendo de sí misma y cristalizándose externamente bajo la forma de un gesto o el sonido de una palabra.

Aunque mal haríamos si perdiésemos  de vista todo lo que hay detrás de esto último que hemos formulado. Porque con ello estamos apostando, ni más ni menos, por el hecho de que esta admiración redundará en el último momento en que nuestros actos tomen esta o aquella otra dirección. Por eso “admirar” forma parte de mis verbos fundamentales. Por eso los modelos que los mass media, las redes sociales, etc.  nos proponen (¿o imponen con su insistencia?) como tipos-para-admirar se me antoja de una importancia capital, que muchas veces dejamos pasar de largo como si tal cosa. Y si no que alguien eche un vistazo a su alrededor (alrededor-presente y alrededor-pasado) y se pregunte, como haría Cioran cuando decidió escribir su libro, ¿a quién admiro yo? Con el añadido de otra preguntita, que caería por su propio peso,  ¿y por qué?

Y simplemente con estas dos cuestiones ya estaríamos tocando las pelotas a más de uno. Porque más de uno callaría, pensaría cinco segundos, tal vez diez o veinte y terminaría por reconocer que no se le ocurre a nadie. Y le diríamos, vale vivo o muerto. Y entonces vuelta a pensar otros veinte segundos y vuelta a responder lo mismo, no, no se me ocurre. O quizás se decantara por Beyoncé o Jesús Gil (si sirven los muertos…). Y entonces quizás le sugiriéramos que no siguiera. Porque en este punto entraría mi segunda referencia representada por el gran Italo y aquella maravillosa proclama que encontramos en sus ciudades invisibles, aquella que dice,

El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Y hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure y dejarle espacio.

Y aquí en esa línea que habría remarcado con negrita tendríamos el quid de la cuestión: buscar y saber quién o qué dentro del infierno, no es infierno. Y se entiende que por “infierno” no estoy refiriéndome al Hades de los griegos, ni al Infierno del clásico Demonio cristiano, sino más bien a esta misma Tierra nuestra en la que, por momentos, sentimos que el aire se vuelve metafóricamente e infernalmente irrespirable. Así, admirar como paso previo o simultáneo para dar con quién o con lo que no es infierno dentro de este infierno nuestro.

Por eso el consejo (impagable) que Cioran y Calvino nos presentan (sin coste alguno) se refiere, primeramente, a la admiración que nos retira de la soberbia, del egocentrismo, y del creer-que-yo-lo-sé-todo. Vaya, nos entrega en los brazos de una humilde actitud que nos predispone en las mejores condiciones para ese aprendizaje; el aprendizaje continuo, tal y como nos apunta Calvino, en esa segunda manera de no “sufrir el infierno”. Y yo nunca podré entender la admiración desligada de este aprendizaje continuo, lo que es ciertamente riesgoso y exige atención; riesgoso ya que con ella nos estamos, en cierta manera, jugando nuestro futuro tanto individualmente como colectivamente. ¿O encontrar y creer que Jesús Gil no es infierno no puede provocarnos más de un quebradero de cabeza y, persistiendo en nuestro error haciendo que dure arrastrarnos humana y colectivamente a un terrible pozo sin fondo?

De ahí la necesaria atención y el aprendizaje continuo. Para que nuestras posibilidades de admirar y encontrar el qué y el quién nos es infierno cuente con las mayores posibilidades de éxito; esto es, que acertemos en la elección, en el modelo que vaya a servirnos como guía de conducta, en el modelo que admiramos. Sí, en estas bienvenidas condiciones podríamos volver a intentar respirar. Quizás el aire estuviera más libre de CO2 y el cielo más azul.

Pero para todo ello hay que partir de esa sana admiración sobre la que disertaba Emil Cioran. Si los modelos que los mass media y las redes sociales, por ser aquéllos que con mayor intensidad inciden en nuestras consciencias e inconsciencias, se presentan impresentables, y valga otra redundancia, e insuficientes para armar un código de conducta saludable, los comportamientos que de ellos se derivarán serán añadidos de pólvora para el fuego que arde en nuestro infierno, sí, y encontrar, en estas condiciones, y volviendo a la propuesta de Calvino, quién y qué no es infierno dentro de este infierno sería ya más que una tarea riesgosa, una tarea que rozaría lo imposible atendiendo simplemente a las dimensiones siderales que habría adquirido nuestro infierno. Buscar una aguja en un pajar siempre resulta agotador y desmoralizante. Pero en estas circunstancias parece que nos movemos actualmente: en el infierno y con la moral por los suelos.

Aunque no nos dejemos vencer. Y pensemos que no todo está perdido. Que aún podemos reducir el infierno, (como también podemos hacerlo con el agujero en la capa de ozono, con el calentamiento del planeta, con las desigualdades e injusticias), dejando espacio a eso y a esos que no son infierno, y haciendo que duren. Tomemos a Cioran y Calvino del brazo y no les dejemos escapar. Los imprescindibles son esos, como los llamaría Bertold Brecht: los que luchan toda la vida. Sí, tal vez, esto brechtiamente imprescindible sea aquello que no es infierno. Sí, y tal vez ésta sea la mejor línea desde donde empezar a salir del súper pozo y a andar derechos.

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