sábado, 11 de febrero de 2023

LOS NUEVOS ACOMODADORES

 

Cuente con pelos y señales lo que le ocurrió ayer día viernes del presente mes de febrero del año en curso durante la audición del 2º concierto para violín de Dimitri Shostakovich.

Sí, fue la última alegría que me traje a casa. Un día había leído “el cambio de las cosas le es grato al poeta” o más o menos, pero  a mí, que hago lo que puedo con las rimas y los ritmos, el cambio no me resulta tan gratificante o no lo hace porque sí. Vaya, que no cambio y soy automáticamente feliz. Puede pasar o no. Todo depende, que diría ahora el bueno de Pau Donés, qepd.

Y por esto me alegro. No por lo de Pau, por supuesto, sino porque, entre estos cambios que nos toca sufrir a diario, pensaba que el oficio de acomodador había sido engullido por estas feroces mandíbulas que se gastan estos tiempos (tan) modernos que nos empujan a andar con prisas a todas horas y a todas partes como si tuviéramos plantado delante de las narices, y de forma continua, el último autobús o el último metro del día que está a punto de salir y que si no nos pegamos una buena pateada perderemos sin remedio, porque ¡yo no espero a nadie!, nos avisa el chófer. Y así, como si de un correlato de la tan voceada “España vaciada” se tratara, los acomodadores, tan amables ellos, habrían ido a dar con sus huesos a ese limbo de los “oficios vaciados”.

Pero, ¡alto ahí! Porque ahora parece que una sonrisa quiere volver a asomar en mis labios. Sí, me había precipitado.  Aún hay esperanzas: ¡los acomodadores continúan con vida! Sí, yo, y sin más lejos, los vi ayer mientras asistía al concierto de Shostakovich con mi mujer. Así que respira, Toni, respira tranquilo. Y lo hago pero... no dejo de estar contrariado, no dejo de notar ciertas diferencias respecto a aquellos viejos acomodadores que habríamos conocido de-toda-la-vida.

Y es que, al contrario de aquéllos, estos modernos acomodadores se toman, de entrada (y valga la expresión), algunas dudosas licencias y no sienten un ápice de vergüenza torera porque un espectador, bajando la mirada, pueda verles en esas actitudes que ahora gastan y que en nada se parecen a eso que podríamos llamar “estar currando”.

Porque así es, y lo cuento como lo vi. Hoy estos modernos acomodadores no te ayudan cuando andas un poco despistado a la hora de encontrar la fila y la butaca que debes ocupar. Les preguntas y quizás el eco te responda. Ni tan siquiera les oirás decir, esta boca es mía. Y obvio, tampoco te tienden la mano esperando una propina. ¡Faltaría! Y obvio también en estos tiempos tan liberales, tampoco usan uniforme, y cada uno viste a su bola. Pero es que, a menudo, ni te miran y, como si de un espectador cualquiera se tratara, entran todo tiesos en la sala, caminan lentamente por el pasillo, buscan, encuentran su-su butaca y… se sientan en ellas todo panchos. ¡Ala, tócate la bola!

No me digáis que no es para alucinar. Aunque trankis, porque aquí no termina la broma, ya que en cuanto la sala se quedó a oscuras y la orquesta empezó a sonar, me di cuenta que uno de esos modernos acomodadores, repantigando en su asiento como si le hubieran arrojado desde el piso de arriba, no había apagado la luz de su linterna, que la luz continuaba encendida, que parecía, además, no tener gana alguna de apagarla. Vaya, que no se daba por enterado o que le importaba un carajo que las pilas se terminaran o que algunos espectadores (yo, por ejemplo, entre ellos) nos estuviésemos cagando hasta en sus parientes de 4º generación; vaya, que le daba todo igual, por no escribir una grosería. Porque los demás a tragar, a sufrir su impertinencia y descaro.

Pero yo, como había ido en compañía de mi mujer, y por respeto a ella (estaba tan concentrada), por no meterla en un apuro, decidí mantener la boca cerrada y digerir la mala leche con un poco de pan, lo que es también un decir, porque a los conciertos no suelo llevar bocadillo, cosa que si hago cuando voy al fútbol, y lo apunto para que nadie se crea que soy un extraterrestre.

Y así me quedé, entonces, con la música en mis oídos y con la lucecita de marras en mis ojos, que molestar no es que molestara a mis retinas, pero joder sí que jodía a mi cabeza que no dejaba de dar vueltas (run –run -run). Pero tranquilos, porque ahí no acababa todo, ya que cuando giré el cuello, simplemente por desentumecer las cervicales, me quedé patidifuso y descubrí en la sala no sólo una, sino 2, 3, 4, 5,… ¡hasta 12! de estos modernos acomodadores, igualmente repantigados en sus butacas, y con sus linternas encendidas de forma que, si le hubiéramos añadido a la escena el suave cri-cri de los grillitos, habríamos creído estar durante una plácida (lo digo otra vez por la música) noche de verano, en la más bucólica de las campiñas rodeados por encantadoras luciérnagas, en lugar de en una sala de conciertos escuchando la imponente música de Shostakovich.

Lo cual ya me mosqueó a tope. Y lo cual (y perdón por la reiteración), agregándose a ese mosqueo que iba in crescendo (recuerdo a los que han llegado tarde-jeje- que estaba en un concert), hizo que me volviera y, al oído, le susurrara a mi mujer, ¿es que estos acomodadores no apagarán nunca las luces de sus linternas? Y a lo que ella me respondió, pareces bobo, Toni, eso ni son linternas, ni ellos son acomodadores; son espectadores como tú y como yo, y las linternas son Smartphones como los que tú, cabezón-a-más-no-poder, te niegas a comprar.

Así que mi gozo en un pozo. Los acomodadores sí que han caído en ese triste rincón de los “oficios vaciados”.  Y lo que yo veía era, en realidad, un espejismo. Linternas, no; Smartphones, sí. Y una putada de las buenas, porque si aquellos viejos acomodadores apagaban respetuosamente su luz cuando el espectador de turno ya había encontrado su butaca, estos modernos y falsos acomodadores (yo, y lo siento, sigo llamándoles así, y que perdone el que se ofenda) van a su bola-bola, con la luz de sus linternas, perdón, de sus móviles a todas partes, Y claro, si alguien se molesta, ¡chitón!, porque ellos también han pagado su entrada.

Sí, y entonces reconozco que las cosas han cambiado.  Que los viejos acomodadores duermen ya el sueño de los justos, y que estos modernos no son ni acomodadores ni nada por el estilo sino, seguramente, simples ciudadanos de a pie a los que una buena tarde, esta tarde en concreto, se les ha ocurrido entrar en un cine o en una sala de conciertos como se les hubiera podido ocurrir entrar en un bar o en unos grandes almacenes: con el Smartphone siempre a mano y encendido porque, en el fondo y si son sinceros, lo que suena sobre el escenario o lo que se proyecta sobre la mágica y blanca pantalla, les importa más bien cero coma…

Endúlcenos entonces los oídos ahora, ya que habla usted tanto de música, con una solución plausible al problema que plantea en su no, precisamente, breve digresión.

Siempre he pensado que el imperativo propuesto por el filósofo alemán Immanuel Kant, además del eje central de su ética, resulta de una inestimable e imprescindible ayuda, amén de ser un mandamiento, para que nadie se moleste o se sienta aludido, no dependiente de ninguna religión ni ideología; y, por si esto fuera poco, autosuficiente, o sea, capaz de regir el comportamiento de todos los hombres y mujeres que pueblan este planeta, y no únicamente una sala de conciertos, en todas sus manifestaciones. Y el kantiano imperativo diría lo siguiente, atentos: obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Lo que, aplicado al caso de ayer por la tarde-noche, querría decir que si yo enciendo mi Smartphone durante el concierto sería como defender que está permitido, sin temor a castigo o represión legal alguna, encender los Smartphones durante los conciertos. Con lo cual, todos los asistentes a un concierto podrían encender su Smartphone y no recibir, por su acto, ninguna reprimenda o acusación. Así la sala entera, no sólo estaría iluminada con sus luces sino que, constantemente, se produciría un molesto parpadeo a partir del ineludible apagado y encendido de los respectivos Smartphones según vayan presentándose las necesidades o caprichos de sus propietarios. Vaya, un caótico juego de luces que convertiría, automáticamente, la sala en una lamentable e inoportuna discoteca…

… a la que nadie querría acudir, me refiero a la sala-de-conciertos-discoteca, y menos aún pagando.

Sí, me temo que no. Yo no, por lo menos.
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