viernes, 7 de abril de 2023

VIOLENCIA DE GÉNERO. UN MAL TRAGO

A veces no nos percatamos que cuando damos cuenta de las cosas, cuando tratamos de explicarlas, de dejarlas bien claritas, nos dejamos siempre muchas otras cosas en el tintero. Es humano. Decir presupone también no decir. Y por ello deberíamos asumir que la Verdad una y absoluta nunca formará parte de los enseres con los que se construye nuestro patrimonio. Podríamos aventurarnos a escribir que nos estará vedada, simple y llanamente, por el hecho de que somos insuficientemente racionales.

Y si escribimos ahora sobre la Violencia de Género, tan de moda, desgraciadamente, en nuestro día a día, sobre esa mancha tan recurrente y voceada que bien pudiera hacerse acreedora del premio al Tema de la Década, vuelvo a tener esa misma sensación de que no lo consideramos todo, de que no abarcamos con nuestras palabras y discursos todas sus ramificaciones, todas sus causas y (d)efectos. Y es  por ello que con esta entrada apenas si voy a tratar de contribuir, levemente, al entendimiento de esta lacra social, a sabiendas de que con ella apenas si podré aportar un escaso grano de arena, otro más, a un debate que, por nuestra naturaleza sapiens, siempre resultará incompleto.

Y vuelvo entonces mis ojos hacia las crueles e irrebatibles estadísticas y me encuentro en ellas cierto lugar común, un punto en el que parece que todos nos atrevemos a estar de acuerdo, con una línea de salida que no sería otra sino aquélla que proclama que la Violencia de Género ve incrementada sus lamentables cifras y recuentos (de víctimas) durante esos periodos del año a los que, tradicionalmente, consideramos de asueto; o sea, esos periodos en los que perdemos de vista al trabajo (aunque sólo sea, normalmente, durante 30 días) y, en su lugar, nuestros ojos, y con ellos nuestra mirada, se pierden entre los mares y las playas, entre los cielos y las montañas, diluidos en cualquiera de esos lugares que llaman a la pura expansión del espíritu, al más sano recreo, al relax más lúdico y divertido.

Sí, y aquí entonces, nos encontramos con una “bonita” paradoja para empezar el debate. Porque resulta, o corregirme si me equivoco, o si aquellas estadísticas, a las que aludíamos en el párrafo precedente, confunden sus resultados, que durante estos “expansivos” días en los que los que nos desembarazamos del duro trabajo y, en su lugar, revoloteamos cual inocentes e inadvertidos pajarillos sobre esos periodos más tranquilos y menos exigentes del calendario, nos vemos con que en esos preciosos y precisos momentos la calamidad genérica despunta, tiende sus gráficos y números hacia las nubes para, en un posterior y relampagueante giro, caer sobre nosotros y hundir sus afiladas pezuñas sobre nuestras pieles, que tan felices se las prometían.

Y se me podrían venir, entonces, a la cabeza esas películas de sir Alfred Hitchcock (Pero, ¿quién mató a Harry?, Psicosis, Los pájaros, etc.) en las que las inquietantes y turbadoras tramas tienen lugar, precisamente, durante esos periodos vacíos, esos momentos en los que, habitualmente, no-pasa-nada-de-nada, en los que la calma chicha parece haberse apoderado de todo el cotarro, tomando las riendas de este barco en el que todos navegamos hacia un destino aún por conocer. Sí, de la nada surge lo más peligroso e inquietante. Y me reafirmaría, llegados hasta aquí, en una máxima que, a menudo, comento en las charletas que surgen y se montan al respecto. Sí, en aquella que califica al trabajo como un súper poderoso (posiblemente el mayor de todos) enmascarador de las más retorcidas patologías que pudieran afectar al ser humano ya que no es casual que, en estas sociedades capitalistas donde vivimos, el hombre que trabaja, el hombre que hinca los codos se nos aparece como un hombre normal, un hombre sano (y en el más amplio sentido del término, corporal y espiritual), un hombre eficiente al que, por esta misma eficiencia, se le descarta ipso facto de formar parte activa de ese otro grueso de personas indeseables, peligrosas y no aptas para convivir con el resto de los mortales de una manera, más o menos, decorosa y saludable.

Esto lo tengo claro. Pero con la misma claridad, la Violencia de Género se nos presentaría entonces como un problema irresoluble. Sí, la “bonita” paradoja. El hombre que trabaja y que da el callo, también agrede y atiza una bofetada. Luego ese hombre tan normal, también puede esconder y ser un maltratador o un asesino. Un problema que siempre traerá de cabeza a la Policía en sus pesquisas (la peligrosa normalidad) y cuya solución, si tratáramos con ella de responder al irresoluble problema, excedería los límites de nuestros razonamientos y, con ello, los límites de esta humilde entrada que si a algo aspira no es, precisamente, a engrosar los informes de una bulliciosa comisaria sino, apenas, a no desmerecer del nombre de este mismo blog; o sea, a constituirse en otra vuelta más a la tuerca, a esa tuerca que, en este caso, llamamos Violencia de Género. Así que no revolvamos la máxima y dejemos el enunciado tal cual está y escribámoslo directamente: durante los periodos vacacionales las agresiones y cifras de víctimas debidas a la Violencia de Género se disparan, y perdón por la expresión. Sir Alfred sabía lo que rodaba, qué dudas deben cabernos.

Pero enredemos un poco más. Y a pesar del tiempo libre no nos tiremos a la bartola. Porque durante las vacaciones nos habríamos desembarazado del trabajo. Obvio, sí. De ese elemento que, líneas arriba, habríamos calificado como el más poderoso enmascarador de patologías que nuestras sociedades capitalistas hayan inventado en su ya larga existencia. Así, que digámoslo y que no nos duelan prendas por decirlo: obvio también, sí, vale, pero y qué más. Porque habríamos consentido en que siempre hay un algo  más. Que siempre hay algo que nos dejamos en el tintero. Así que otra vuelta más, por favor.

Y a ver qué tal ésta: durante los periodos vacacionales la convivencia entre personas que normalmente, ¡por el trabajo, sí!, se mantienen separadas, cuando este trabajo se interrumpe durante una temporada, ellos vuelven a juntarse, vuelven a convivir de una manera más continuada. Y no estaríamos acostumbrados, o habríamos perdido (olvidado) la costumbre. Y ante semejante novedad surgirían las indeseables sorpresas, los roces, las disputas, los desencuentros o los encuentros con esas personas a las que habríamos colocado en un aparte durante nuestra vida diaria, y que vuelven ahora, con el sol y la playita, con la montaña y las excursiones, a reaparecer, vuelven a hacer acto de presencia y hacen que el equilibrio en los que la costumbre nos había colocado se desequilibre y nos podamos sentir, entonces, diferentes, sí, pero tirando a peor. Y si las novedades no llegan a sacarnos de quicio, sí que, por lo menos, nos sacan de nuestra rutina que, bien o mal, ésa sí habríamos aprendido a manejar.

Y en estas nuevas circunstancias la Violencia de Género tendría un buen abono para brotar y hacer acto de presencia. Correcto. Las estadísticas, en este sentido, no engañan y no suelen, desgraciadamente, fallar. (Claro, las estadísticas hablan sobre lo que ya habría ocurrido; así es muy fácil). Pero con esto nos olvidaríamos (en el tintero, sí) de un aspecto al que yo, por lo menos, nunca habría oído aludir cuando se discuten las razones y sinrazones por las que se incrementan las cifras relativas a la Violencia de Género. Y yo lo escribiría como un consecuente de esta línea de reflexiones que podríamos dibujar a partir del tiempo libre, de esas inusuales convivencias más acentuadas y del…el ¡consumo de bebidas espirituosas!, sí, de esos (malos) tragos provenientes de un, más o menos, laborioso proceso de destilación, y que no deberían engañar a nadie con su interpelación a un espíritu santo pero, realmente, nada santo.

Pero este dato que a mí se me antoja, por lo menos, digno de echarle un buen vistazo, a nadie parece importarle. Y así, esta tuerca se niega a dejar de girar. O el alcohol como una (otra) causa de la Violencia de Género. ¿O no empinamos el codo, más a menudo de lo que las buenas costumbres nos aconsejan, en esos tiempos libres, en esas épocas sobre la que habríamos corrido el más contundente y tupido velo al (maldito) trabajo, a los (malditos) jefes, a las (malditas) obligaciones? Sí, el vinito, las cervezas, el refrescante gin-tonic, el cuba-libre (sí, sí, eso: el tiempo libre), y yo no lo dudaría, y por eso mismo redacto esta entrada, contribuyen a que levantemos la mano (y no, precisamente, porque yo-sí-lo-sé) con una facilidad que creíamos impropia de nosotros mismos, tan aplicados en la oficina, tan avezados en las reuniones, tan creativos en los meetings on-line. ¡Si hasta el director suele echarme el brazo al hombro, Juan-te-quiero! Lo juro, sí, hasta el jefe me quiere. Y no miento.

Claro, y yo le creo. Creería a ese anónimo y súper disciplinado currante, pero también creería que, durante una feliz barbacoa, ha atizado un sonoro puñetazo a su mujer a la que ahora, con este calor y estas birritas encima, no hace más que oír y ver a todas horas rondando a su alrededor como una mosca verde, incordiando con sus caprichos (que ahora parecen innumerables), con sus ganas (que ahora parecen eternas) de buscarme la boca, ¡qué está aquí, coño, la boca digo! Sí, y el pacífico anónimo se da cuenta de repente, según levanta el dedo para pedir acaso una sangría bien fresquita, que esta mujer le tiene harto.

Pero al alcohol nadie lo menciona (y me refiero ahora a los mass media en su más amplia generalidad) cuando se habla del tiempo libre, de las vacaciones y de la Violencia de Género. Como si nadie pudiera meterse con él o cerrar el tapón que lo contiene so pena de sufrir algún ignoto pero tremendo castigo (se dice censura). Y yo, sin embargo y no solo por llevar la contraria que, por otro lado, me encanta, lo colocaría sobre el tapete. Lo expondría a la intemperie, a debate. Lo sacaría a colación para, a continuación, intentar sacarlo de muestras vidas. O, por lo menos, que nos pusiera los sentidos en modo alerta. Sí, advertidos. Por lo que pudiera pasar. Por no poder embozarnos nunca más en la ignorancia, en ese trillado yo-no-lo-sabía ¿O, acaso, no nos retumban los oídos con aquel viejo consejo del Si bebes, no conduzcas? Y bien parece que lo hemos aprendido. Pero ahora habría que añadirle alguna proclama semejante a un si estás de vacaciones, modera el consumo de alcohol. O, disfruta de las fiestas del pueblo, pero ¡a secas! O con las bermudas haz lo que sea, pero sobrio. Y luego en casa, como en la calle, un más de lo mismo o, por lo menos, las bebidas espirituosas en el armario y  bajo llave y candado, fuera del alcance de los niños, como los orfidales o los antidepresivos o, ¿no forma parte el alcohol de estos productos que nos calman y transforman el ánimo desde un uso moderado y que, sin embargo, desde sus excesos nos introducen en vena el más eufórico aquí-estoy-yo-porque-yo-lo-valgo-y-qué-pasa-contigo? Y la gresca a la vuelta, no ya de la tuerca, sino de la esquina. Y la sangre a mil, hirviendo el puchero… ¿Quién dijo aquello de hogar-dulce-hogar?

Pero, ay amigos, sí, lo dicho. Con el alcohol no se juega. Sí, el alcohol es sagrado. Y a cuenta de esta santidad se habría envestido con los ropajes de un lobby intocable, patrocinador y hacedor de incontables eventos, patrocinador y hacedor de nuestras propias existencias. Y en esta situación a ver quién es el valiente que le pone el cascabel al gato (porque del Gobierno que se forra con él, y más allá de aquel bebe-y-no-condizcas, que ya hasta nos suena incluso cariñoso, ni hablar del peluquín, por supuesto), a ver, escribo, quién osa predicar, ya que hablamos de santos-sic-, algo en su contra. ¡Si hasta Jesús, el Hijo de Dios, le dio a la pitarra durante la Última Cena que celebró con sus 12 mejores amiguetes, perdón, discípulos! Sí, mucho me temo que con el alcohol vamos a tener que bregar durante un rato larguísimo, vamos a tener que convivir con él hasta que... ¿nosotros también dejemos de ser Hijos de Dios? Bien, no nos pasemos de la raya. Pero entonces, ¿qué hacemos?

Y propondría al respecto dos cosas. A cargar en nuestra propia mochila. Nadie nos va a echar en esto una mano. La primera cosa ya estaría hecha: aquella con la que hemos trazado, desde las periodos vacacionales, un incontestable vínculo entre la Violencia de Género y el (consumo de) Alcohol. Y la segunda cosa, obvia también: actuar, desde lo aprendido y asumido, consecuentemente. Por ejemplo, no bebiendo. O si esta postura se nos presentara demasiado “peligrosa” ante las posibles reacciones que el todopoderoso lobby del “codo empinado” pudiera adoptar contra nosotros o contra nuestras familias, beber con moderación pero a sabiendas de lo que esos moderados traguitos pueden llegar a hacer con nuestros pellejos, en lo que esos inocuos sorbitos pueden convertirnos cual si se trataran de la pócima que el educado doctor Jekyll engullía antes de convertirse en ese brutal Mr. Hyde de la magnífica novela del gran Robert Louis Stevenson.

Y sin descuidar las espaldas ya que la gente ésta de los lobbies no se anda con menudeos. Y menos las del alcohol que no son, precisamente, angelitos de la Guarda. Claro que, entonces, alguno podría pensar, con esto que escribes, Toni, no haces más que señalar al siempre socorrido punto medio. Al ni tanto ni tan calvo. A ese moderado lugar donde nunca acertamos a estar porque no se sabe, ni nadie nos lo dirá nunca, dónde demonios está. Y yo, mal que pudiera pesarme, debería asentir al reproche, agachar la cabeza y contestar al toca-pelotas, vale, lo sé, pero, por lo menos, inténtalo. Y con eso habría que conformarse. Pero no creer que la estrategia es una minucia. O si no, escuchad: con el intento de no beber mucho, beberemos menos. Y, seguramente, el brazo no se nos iría para arriba tantas veces y las mujeres y los niños, en consecuencia, no esconderían sus rostros detrás de sus brazos, tantas veces. Todo un principio, según mi modesta caligrafía y opinión, para crecernos en el futuro; un principio al que si además, pudieran acompañar los productores de estas bebidas espirituosas con sus campañas de marketing, pues eso, miel sobre hojuelas.

Aunque no contemos con ello. Por lo menos, a las primeras de cambio. Porque nadie conocido ni por conocer se ha echado todavía piedras sobre el tejado que le resguarda de la lluvia. Al capital las cuentas de resultados y beneficios le ordena, manda y le pone ¡firmes!. Y si nosotros insistimos en continuar haciendo nuestra vida en este territorio capitalista, no tendremos más remedio que apechugar con las consecuencias. Y entre éstas, con aquellos problemas a los que, en el inicio de estas líneas, presentábamos como irresolubles. Pero aquí voy yo y esta entrada, y que sirva la paradoja y veamos la botella medio llena: intentar no beber mucho ya es todo un paso hacia ese beber menos que, sin duda, nos va a mejorar, que nos va hacer dar la espalda a la Violencia de Género, que nos va a hacer potencial, luego activamente menos peligrosos. Y, de momento, con ese paso démonos con un canto en las narices. Que no es moco de pavo. Sí, al paso me refiero.

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