domingo, 14 de junio de 2020

LOS DEMÁS SOMOS NOSOTROS: UNA BREVE REFLEXIÓN A PUERTA CERRADA

Lo he pensado un millón de veces, y lo habré dicho más de mil: sin nosotros la barraca no da vueltas.  ¿Y qué coño significa esto? Cambiar la palabra “barraca” por la palabra “vida”, y a ver si así se entiende mejor. Porque sin nosotros estas peripecias en las que andamos enredados, la vida no da vueltas. En este sentido podría aplicarse el conocido símil de que si un árbol se cae y nadie lo escucha caer, la caída del árbol no produce ningún ruido.

Y todo esto me ha venido a la cabeza, si es que se me había ido alguna vez, porque el otro día hablé con un amiguete sobre la reanudación de las competiciones futboleras sin público en los estadios. Hoy hasta nuestra flamante Liga ha dado comienzo. Pero en aquellos momentos él, que es un futbolero como pocos habéis tenido ocasión de conocer, se frotaba las manos y no veía el momento en que, como suele decirse, el balón comenzara a rodar sobre el césped. Yo, más precavido y aguafiestas, le contestaba que eso de los partidos sin público iba ser un coñazo que, por lo menos a mí, no me iba a interesar una mierda. Y él, erre que ere, que no, que el fútbol puede con todo. Bueno, el tiempo nos lo contaría y, como siempre, daría y quitaría razones.

Y el caso es que eso, que el otro día volví a hablar con él. Por teléfono. No vivimos cerca precisamente. Y  le pregunté por la bundesliga, la liga alemana de fútbol, para quien no lo sepa, donde ya se habían disputado los primeros partidos sin público. Se había celebrado, como para abrir boca, un jugoso choque en la cumbre,  Bayern Munich vs. Borussia Dortmund donde, además, estos dos grandes equipos se jugaban, prácticamente, todo. O sea, un partido de esos que, en circunstancias normales, no se quiere perder ni pitxitixi. Y le pregunté a mi amigo si lo había visto (por tv, claro) y a ver qué tal. Su respuesta fue fulminante. Y resumió en una palabra, un coñazo, Toni. Incluso me aseguró que había apagado el televisor antes que el partido terminara. ¡Increíble!, le solté. Y lo creía. Y me aclaró, es que un partido sin público, por puntero que sea, no hay dios que lo aguante. Y entonces no quise cebarme y recordarle que yo ya se lo había pronosticado.  Porque a ver si nos entra en la cabeza: este mundo que parece que nos pasa por encima sin pedirnos permiso y nos muele los huesos, sin todos nosotros no es mundo ni es nada. Somos nosotros los que lo hacemos y deshacemos. Así que dejemos de echar balones fuera (por aquello del fútbol) y de culpar siempre a los demás de las desgracias que nos suceden. Porque depende únicamente del ángulo desde el que nos miremos. Porque los demás somos también nosotros.

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sábado, 13 de junio de 2020

VÉRTIGO & BORIS GODUNOV, MÁS PARECIDOS RAZONABLES

Con el tema de estos parecidos razonables recurro casi siempre a dos de las expresiones artísticas que más me apasionan. Lo habéis podido comprobar quienes seguís, con mayor o menor asiduidad, este blog. Aunque estas dos expresiones no dejarían de ser, realmente, una sóla: la música, sólo que, por un lado y por así decirlo, la música compuesta para ser tocada y escuchada en una Sala de Conciertos, vaya, la música clásica, y la otra, música para ser grabada y escuchada, durante la proyección, y como una importantísima parte de una película.

Y de esta forma ha ido calando en mi cabeza, a lo largo de los años, la idea, que no me gusta una mierda, porque a mí el cine me gusta muchísimo más que una mierda, de que la música de cine no deja de ser, lamentablemente,  una música de segunda división; salvo honrosísimas excepciones (cfr,- Nino Rota). Y es que demasiado a menudo viendo, o mejor, escuchando una película cualquiera me asalta la sensación de que su banda sonora me suena a…, me recuerda a… tal o cual pasaje músical, más o menos, (des)conocido. Vaya que, en el fondo, los rutilantes compositores de música para cine, muchos de ellos muy bien pagados, no dejan de ser excelentes “oídos” para, aprovechándose de la casi-nula cultura musical clásica del espectador medio que acude a un cine, rescatar y basándose en otras partituras, casi siempre de mayor calidad, ir picando de aquí y allá como un buen gorrón en cualquier surtido ágape y componer con esos “picoteos”  esa banda sonora que va a encantar al cinéfilo de turno, ignorante de sus andanzas entre plato y plato cocinando en su mente el “plagiete” o los parecidos razonables de turno  y, de paso, , rellenando sus cuentas corrientes con unas bonitas cifras compuestas por un montón de ceros.

Y en éstas estaba, durante estos meses de confinamiento, cuando he tenido ocasión de comprobar más “parecidos razonables” que pueden encontrarse, por ejemplo,  entre la música de John Williams para La guerra de las galaxias, y la 1ª sinfonía de William Walton, compuesta casi 60 años antes, o, en el caso que nos ocupa, entre la popularísima y aclamada banda sonora que  Bernard Herrmann, al que ya tenemos echado el oído (ver la entrada Psicosis & Shostakovich en este mismo blog), hizo para la sublime Vértigo, de Alfred Hitchcock en 1958 y, no ya el Tristán e Isolda wagneriano que Herrmann fusiló para el tema de amor de la mencionada película,  y que ya es vox populi, sino ahora, y para el tema principal de Vértigo con el inicio de la segunda escena del Prólogo del magnífico Boris Gudonov, la ópera que Modest Musorgski, sí un compositor ruso, ¿se acuerda alguien de él?,  compuso en… ¡1874! 84 años antes… que se cuentan pronto.

Y con esto no quiero decir nada, o sí que quiero; querría, sin ir muy lejos, aconsejar a todos los que se dedican a este noble 7º Arte que intenten bajarse del pedestal de la soberbia e idolatría en el que, tan a menudo, están instalados y “tan subidos”,  y quizás empezando por los compositores de las bandas sonoras que, por muy bonitas y “tarareables” que nos resulten, no dejan de ser, en muchos casos, auténticas “apropiaciones indebidas” o, cuanto menos, “apropiaciones no reconocidas”. Eso: un poquito  de humildad nunca nos viene mal pero hoy se me aparece como una indispensable vacuna (ya que andamos con esto de la Covid-19) para todo este gremio que forman los artistas (¡ohhh!) del celuloide.

Y termino, y  a lo que iba y me callo, y nunca mejor dicho. Aquí os van Vértigo y Boris Gudonov. Y vosotros, ¡cómo no!,  tenéis la última palabra. Yo sólo os busco la boca.

Vértigo, de Bernard Herrmann


Boris Gudonov, de Modest Musorgski

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lunes, 8 de junio de 2020

SPOILERS, PARÁSITOS, Y DESAYUNO CON DIAMANTES

Vamos a hablar hoy, y sin que sirva de precedente, de dos películas. Serán, por orden de antigüedad, Desayuno con diamantes (1961), de Blake Edwards y Parásitos (2019), de Bong Joon-ho, la última súper gran campeona en esto de los premios que se otorgan a las diferentes películas estrenadas durante el año al ser, ni más ni menos, la ganadora, ¡por 1ª vez en la Historia del 7º Arte!, de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y del Oscar a la Mejor Película siendo una película de habla no-inglesa.

Pero las diferencias que existen entre ellas, y que me pareció apreciar al visionarlas con pocos días de diferencia, son las que, realmente, existen entre el cine clásico y el actual cine moderno que inunda a borbotones nuestras pantallas (de cine, tv, tablets, y cualquier otro utensilio que se nos ocurra donde se pueda ver una película, que no son tan pocos, ni mucho menos). Y por último también hablaremos sobre los tan denostados spoilers. Y es que damos para mucho.
Pero si decidimos empezar con las películas y por el final, tendremos primero a Parásitos donde se impone, como mandan las reglas del cine moderno, un guión particularmente brillante, enrevesado, donde se trata de cuadrar el círculo, lleno de muchísimas sorpresas y muchísimas cosas de las que se suponen atan (con grilletes) al espectador a la butaca (del cine o de su casa o de donde sea) mientras asiste camuflado en la invisibilidad de un espectador cualquiera a las peripecias de las dos antagónicas familias, por lo menos en cuanto a recursos económicos se refiere. Los premios, que Parásitos ha recibido, no me dejan lugar a la duda de que el objetivo ha sido cumplido con creces, de que Parásitos es una auténtica película moderna. En ella el guión es el rey de la función. Y el resto de elementos que componen el film bailan a su alrededor rindiéndole la más honda y ferviente pleitesía.

Quizás todo esto pudo haber empezado con Instinto básico, la película que Paul Verhoeven rodó en1992. No lo sé. Quizás algún día pudiéramos hablar sobre ello, darle una vueltilla a este empiece. Porque hoy no. Hoy no toca. Hoy toca Parásitos y con ella no me puedo sustraer a la sensación de que ese Ave, guión!, que figura en las cabeceras de todos los Grandes, y no tan Grandes,  Estudios, ha terminado llevándose como un tsunami de letras a todo lo demás por delante. Personajes, incluidos. Y esto que acabo de escribir ya no me parece ni tan gracioso ni tan bienvenido.

Sí, porque parece como si los personajes en cuanto encarnaciones de personas de carne y hueso, en estas películas tan modernas ellas,  importaran más bien poco. Porque lo que importarían serían las cosas, ese aluvión de sorpresas a las que antes hacía mención. Y así cuando termino de ver una de estas películas tan modernas, recuerdo el guión, la peripecia, enroscada  hasta donde las meninges de los guionistas han podido llegar sin perder la razón, pero sobre los personajes apenas si me queda algún vago recuerdo. Sí, apenas los he sentido mientras veía la película; y después, apenas los recuerdo. Por ejemplo, de Parásitos me acuerdo de la cosa, de la trama, de las idas y venidas de los personajes. Pero, ¿de los personajes-en-sí, de la hermana, del hijo de la familia rica, de su hija, de la madre pobre, del hombre que vive en el sótano,  etc…? Sí… algo… sí, algo=cerocoma. Sí, ¿cómo eran esos personajes? Y me encojo de hombros. O sea que, por lo visto,  me dieron y me dan igual. No me importan. Y paso. Y esto sí que es, desde mi modesto punto de vista, un defecto bastante gordo. Yo, por lo menos, todavía no estoy acostumbrado. Sigo apuntado a los personajes simpáticos en situaciones interesantes, que escribía John Ford sobre este complicado oficio de hacer películas. Y yo con ello me quedo. Y en Parásitos me faltan esos personajes simpáticos, aunque situaciones interesantes las tengo a punta pala. Aunque también diría que sin las simpatías de los personajes, el interés de las situaciones deja, a veces, mucho que desear. Y Parásitos no se libra tampoco de ello.

Justo lo contrario de lo que me pasa con el cine clásico. Y aquí está Desayuno con diamantes para demostrarlo. Su guión es normalito. Pero el guión en una película es un medio, NUNCA un fin, como a menudo creo que piensan los modernos cineastas y que yo pude sentir mientras veía Parásitos. Sí el guión, más allá de su interés, es un medio para que los personajes se nos hagan, siguiendo la boutade fordiana, simpáticos, cuando no inolvidables. Porque, ¿quién no se acuerda de Audrey Hepburn o de George Peppard o de… Gato? Aunque de las peripecias y giros del guión de Desayuno… uno casi no se acuerde. Ni maldita falta que hace. Porque lo escribiría por enésima vez: EL GUIÓN ES UN MEDIO Y NUNCA UN FIN COMO PARECE SER QUE OCURRE EN EL 90% DEL CINE QUE SUFRIMOS HOY EN DÍA. Y con mayúsculas. Aunque esto apenas sea otro de los signos que corroen nuestros tiempos, donde las cosas (los guiones) importan mucho más que las mismas personas (los personajes). Y esto sí que debiera hacernos pensar un rato largo… Porque las emociones surgirían de y con los personajes simpáticos. ¿Y a quién no se le pone la carne de gallina viendo, aunque sea por enésima vez, la secuencia final de Desayuno… con Audrey y George Peppard buscando a Gato en un callejón, entre basuras y bajo una intensa lluvia? Y nos emocionamos PORQUE LOS PERSONAJES SON SIMPÁTICOS: NOS IMPORTAN (también mayúsculas, por favor) aunque las cosas, las situaciones, el guión, sean más bien arquetípicas y no tan brillantes como aquellas otras que nos ofrecerán medio siglo más tarde películas tan modernas como Parásitos donde sí que recordaremos con el tiempo LO QUE PASA EN ELLA aunque se nos haya olvidado hace más tiempo todavía si las familias protagonistas tenían uno o dos hijos, o quién coño vivía en los sótanos de la lujosa casa de Park,  y si ese tipo ¿lo hacía solo o acompañado? Claro, a veces un guión (las ramas) demasiado brillante impide que la película (el bosque) luzca en todo su potencial.

Aunque por eso hoy, tal vez, le demos tanta importancia a los malditos spoilers. Nadie nos puede decir lo que va a pasar en la película. Nadie nos puede contar su final antes de que la hayamos visto. Porque eso sería una putada, además de la ruina del negocio ya que enterados, ¿para qué pagar por una entrada?, ¿para qué ver lo que ya sabemos? En cambio con el cine clásico, con el guión como un elemento más de la fiesta, al servicio de los personajes y, por extensión, de la película, ¿a quién le importa un spoiler?, ¿a quién le importa saber de antemano que Audrey encontrará, finalmente, a Gato entre las basuras?, ¿y que no se marchará a Brasil y se quedará con George Peppard (en una relación a la que, por cierto, no auguro demasiado futuro)? Sinceramente creo que a nadie. Así podremos ver Desayuno… 10 veces. Y no nos importará. ¿Podríamos decir lo mismo de Parásitos? Sinceramente, creo que no. El spoiler de turno nos habría jodido. Porque él, con su indiscreción, puede joder las cosas, esos giros endemoniados que tiene el guión, quiero decir, pero nunca podrá jodernos las emociones porque éstas vienen por y del brazo de los personajes. Y que me “chive” el spoiler que Audrey en la última secuencia de Desayuno… encontrará a Gato, que a mí, cuando la vea a los sones de Moon River, la carne seguirá poniéndoseme de gallina; y del spoiler…, ¿a qué spoiler te refieres? ¡Ah, sí!, una chorrada más de estos tiempos tan modernos.
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