viernes, 29 de junio de 2018

AMANECER CON EL PIANO DE JOSETXO: QUIÉN DA MÁS

El martes 26 de junio me tocó cerrar los coloquios del 2º trimestre del cineclub FAS de Bilbao con la mejor de las compañías que alguien pudiera imaginar: sobre la pantalla, una excelente versión del clásico silente de Murnau, Amanecer (1927), y sobre las teclas del piano que acompañó la proyección, los dedos del no menos excelente Josetxo Fernández de Ortega.

Por eso el placer y la gozada fueron dobles. Al menos, para mí. O triples también, porque contamos con los socios y asistentes a la proyección y al coloquio y que, con un criterio digno de alabar, dieron, en un número más que notable, la espalda al fútbol, a los problemas de Messi, al Argentina-Nigeria correspondiente al Mundial de Rusia.

Pero yendo a lo que vamos, y a lo que quiero ir, que no es a otra cosa que a la prodigiosa Amanecer… Sí, no exagero: “pro-di-gio-sa”. Como tantas otras obras pertenecientes a los últimos años del Cine Mudo, a esos que precedieron y, muchas veces, ya se juntaron con el cine sonoro que ya voceaba desde los tiempos de El cantor de jazz, también de 1927.

En 1895, 32 años antes, y tuvimos ocasión de comprobarlo en el mismo cineclub, se habían iniciado las andanzas del celuloide con aquellas primeras películas de los hermanos Lumiere, Salida de la fábrica de los Lumiere en Lyon, La llegada de un tren a la Ciorat, El mar, y un larguísimo etc. Y como una increíble avanzadilla de los tiempos líquidos que nos iban a tocar vivir, y que aún vivimos, durante el siglo XX, estos tiempos que, en contraposición a los tiempos sólidos que habríamos conocido hasta entonces y donde se sabía exactamente en qué estado te encontrarías en función de los años que adjudicara tu DNI (estudiante, cursando la mili, carrera, novia, trabajo ¡fijo!, mujer, hijos, nietos…), todo iba a saltar por los aires, ponerse manga por hombro y dejarnos en la mayor de las incógnitas sobre qué es lo que va a pasarnos al segundo siguiente de hacernos la pregunta…

Sí, a esto me refería en una reciente entrada en mi blog cuando hablaba de las pinturas rupestres, garabateadas por nuestros ancestros hace 40.000 o, según recientes estudios, hace 70.000 años, y de las primeras civilizaciones surgidas a orillas del Tigris y del Eufrates hace 6.000 años, o del Nilo hace 5.000. Sí, no cabe duda de que el tiempo entonces avanzaba, por seguir usando términos cinematográficos, a cámara lenta, muy lenta. Que el hombre se tomó su tiempo, valga ahora la redundancia, para dejar las pinturas de colores y pasar a construir, las algo más colosales, pirámides. Casi 34.000 años, según unos, o 64.000 según otros. Que tanto monta como monta tanto.

Porque en cualquiera de los casos, tiempos solidísimos como una roca., hasta la llegada del siglo XX y del cine mudo a sus espaldas que se erige como el más poético canto a la liquidez de los nuevos tiempos ya que en un plazo de apenas 30 años comienza, se desarrolla, crece, madura y muere atizando un golpe en la mesa y asegurando que más que desaparecer, se pone de costado y deja, respetuosamente, paso al estrepitoso cine sonoro, ofreciéndonos, a modo de espléndido canto del cisne, aquella inagotable muestra de obras de arte a la que antes aludíamos y que vendrían a decirnos algo como, aquí está el nivel que en 30 años hemos sido capaces de alcanzar, a la vez que nos lanzaban el guante y nos retaban bravucones, a ver, a ver si vosotros, tan parlanchines, conseguís llegar a nuestra altura. Sí, eso “decían” La pasión de Juana de Arco, El demonio y la carne, El gran desfile, El maquinista de La General, El circo, Metrópolis, El acorazado Potemkin, El viento, La madre, Los muelles de Nueva York, El cameraman … Y el mundo marcha, Luces de la ciudad, Vampyr, y no sé cuántas obras maestras más.

Y cierto, la bravuconería silente quedó ahí, junto a la planta de nuestros pies. Pero los cineastas sonoros recogieron el reto. ¡Cómo no! ¡Buenos eran ellos! Aunque muy pronto comprobarían que el reto se las traía, tan pronto como supieron que igualar la maestría de Amanecer, por ejemplo, iba a tratarse de una empresa diabólica, una cumbre casi imposible de hollar y que aquellos mudos que no “decían” nada, en realidad quizás callaran porque ya lo habrían dicho todo.
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martes, 19 de junio de 2018

POR QUÉ EL FÚTBOL ES EL DEPORTE REY



Sí, ahora que el rey es más rey que nunca. Ahora que el balón que ha chutado, corre por los campos de Rusia pero también por la hierba que todos vemos apoltronados en las butacas de nuestras casas, os voy a contar lo que nadie os ha contado nunca sobre el fútbol, pero empezando, irónicamente, por una cosa sobre la que todos habréis oído hablar antes miles de veces, eso: que el fútbol es el deporte rey. Y todos podréis pensar, al momento, en algún o en algunos motivos para que este aserto sea tan cierto como que la Tierra da vueltas y todos, casi sin excepciones, tendréis razón.

Pero yo, en estas líneas, voy a centrarme en un detalle, en el detalle que hace que la realeza del fútbol sea una proclama indiscutible, en el auténtico quid de la cuestión y, sobre el que también pienso, que muchos no habréis reparado con la atención que se merece: el fútbol es el deporte más complicado que al hombre, en cuanto homo sapiens sapiens, se le ha podido ocurrir inventar y practicar, o ver en vivo pagando una entrada o en el salón de su casa abonándose a un canal de televisión. Y por estos derroteros voy a seguir.
 

Porque al hombre, a ese homo sapiens sapiens, todo lo que es complicado le resulta más atractivo y apasionante que aquello que es más sencillo. Le va en los genes. Y a estos les va la marcha de la complejidad. ¿O, acaso, no preferimos contemplar las majestuosas y complicadas pirámides de Egipto que la apañada y sencilla caseta de un perro? Luego sigamos.

Y reparemos en que el fútbol es un deporte en el cual dos equipos, compuestos cada uno por 11 jugadores, juegan sobre un campo rectangular cuyas medidas más comunes suelen ser, en la Liga Española sin ir más lejos, de 105 metros de largo y de 68 de ancho, y tratan sobre él de meter un balón, que de acuerdo con lo que dictamina el Reglamento de Competencia de la Internacional Board, en su regla 2ª, será esférico, de cuero o de algún otro material adecuado, con una circunferencia no superior a 70 centímetros ni inferior a 68; con no más de 450 gramos de peso ni menos de 410 al comienzo del juego y con una presión que oscile entre las 0,6 y 1,1 atmósferas al nivel del mar; o sea, y hablando en plata, entre los 600 y 1100 gramos por centímetro cuadrado, tratan, decía esos dos equipos de meterlo en una portería (cada uno en la del contrario, claro), situada en los dos lados cortos y opuestos del mencionado campo rectángular, de 7 metros y 32 centímetros de largo, y 2 metros y 44 centímetros de alto, defendida por un jugador al que llamamos portero y que será el único de los 11 que pueda emplear para evitar que el balón entre en la portería cualquier parte de su cuerpo (luego veremos que esto para el resto de los jugadores será una excepción, y una nota fundamental para todo lo que pretendemos explicar). Bueno, cojamos aire…

Y ahora, si ese balón entra en la portería, el equipo que lo haya logrado habrá marcado un gol. Y el equipo que marque más goles al término del tiempo reglamentado, que se divide en dos partes de 45 minutos cada una (lo sé voy poco a poco), habrá ganado el partido.

Y esto que a muchos les puede sonar a chiquillada o a algo relativamente sencillo, si se mira con cuidado, o con cuidadín que decía el gran Chiquito, se verá que es bastante más complicado. Y más todavía si a las premisas citadas añadimos aquella nota fundamental, o fundamentalmente puñetera y antinatural (después me explico), de que cualquier jugador, que no sea el portero, ¡sólo puede emplear la cabeza y el pie para manejar y conducir el balón hasta la portería contraria y nunca las manos! ¡Coño, y esto que parece, a simple vista de pájaro, una tontería es lo que hace del fútbol el deporte más endiabladamente complicado que podamos, sapiens sapiens, haber inventado! Y el más apasionante. Por eso, decíamos arriba, que es el rey.

Pero “antinatural” y “endiablado”, también. Y lo escribo y lo subscribo. Porque el hombre, lo sabemos o lo hemos escuchado en algún documental, si por algo se distingue del resto de las especies animales que pueblan, y con las que compartimos, este Planeta es por el uso extremadamente singular y portentoso que hacemos de las manos y con ellas, de los dedos. Esta capacidad es la que nos hace naturalmente superiores y, a veces, y en nuestros mejores momentos, casi divinos.

Aunque si jugamos al fútbol, y no ocupamos el puesto de portero, las manos al bolsillo. Las manos no deben servirnos para nada, porque si se nos ocurre tocar con ellas el balón incurriremos en falta y si lo hacemos descaradamente seremos expulsados del partido. ¡Coño, esto empieza a complicarse, sí! Antinaturalmente…

Porque habrá que reconocer que poner a 11 jugadores (bueno a 10, el portero ahora no cuenta) de acuerdo en conducir con los pies un balón, no muy grande, en un campo, bastante más grande, y colarlo en una portería, ni grande ni pequeña, pero defendida por el único jugador que puede usar todo su cuerpo en impedir que este balón entre en su portería, es una práctica y un logro bastante, o por decirlo castizamente, muy jodido.

¿O habéis pisado, alguna vez, un campo de fútbol reglamentado, y os habéis situado, por ejemplo, en su centro y mirado, hacia delante y hacia atrás, las distancia que os separa de las porterías, ¡en el 5º pino!, o en el tamaño que desde ahí tienen esas mismas porterías, ¡liliputienses!? Pues añadid ahora a estas dificultades, que por el campo pululan 21 jugadores más como nosotros, y que con 10 de ellos tendremos que pergeñar una táctica que nos permita llevar el balón hasta la portería contraria, sorteando el denso tráfico de compañeros y contrarios, y conseguir un golito, mientras estos, los 11 contrarios harán todo lo posible para evitarlo. Complicadillo, ¿verdad?…

Y sin embargo, a medida que las dificultades crecen, nosotros, los homo sapiens sapiens,  nos vamos poniendo más y más cachondos. Lo sabemos. Las complicaciones hacen, irónicamente, que lo mejor de nosotros mismos salga a relucir. Y a todo esto habrá que sumar ahora, para entender por fin lo del deporte rey, los consecuentes directos que estas características complicadillas del juego tienen sobre el fútbol.
 

El primero de ellos, y creo que el más decisivo para que la complicación sea efectiva, y la subsiguiente consideración de deporte rey resulte concluyente es que, a causa de esas complicaciones, los goles que se marcan durante los partidos de fútbol son relativamente escasos. Incluso muchos partidos acaban con el resultado de 0-0, o con un pírrico 1-0. Pero esta racanería, paradójicamente y lejos de resultar un defecto, es la hace del fútbol precisamente un deporte real, ya que es esta escasez de goles la que hace que el resultado final de un partido sea muy incierto y que, de esta manera, ¡cualquiera de los dos equipos pueda ganarlo!

¿No os dais cuenta que en el baloncesto, por ejemplo y al contrario de lo que ocurre en el fútbol, las sorpresas o los “maracanazos” casi brillan por su ausencia? Un equipo para ganar un partido de baloncesto tiene que anotar en el cesto contrario, por lo menos, 30 canastas, y esto hace la victoria para el equipo más débil sea casi una misión imposible, y, por lo general, terminará dando su brazo a torcer ante el equipo más poderoso, al que le resulta mucho más sencillo, por sus probadas aptitudes y jugosas cuentas corrientes, llegar a esa cantidad de canastas.

Pero el fútbol es distinto. En el fútbol, a cuenta de lo que llevamos escribiendo, a cuenta de su complicación, de los pocos goles que se necesitan para ganar un partido, el equipo más débil puede derrotar al más fuerte. Y esto, desde David y Goliat, nos entusiasma. Porque el débil podrá ganar al fuerte y abusón sólo por 1-0. ¿Y qué equipo no es capaz de marcar solo un gol? ¡Un gol y no las 30 o 40 canastas, por acudir otra vez al ejemplo del basket! Y estas cuentas, un-solo-gol, únicamente cuadran jugando al fútbol. Y así, las sorpresas, los imprevistos, la incertidumbre del resultado, el lado hacia el que finalmente se inclinará la balanza nos mantendrá a todos en vilo, ¡esto es pasión!, mordiéndonos las uñas, estirándonos de los pelos, con los apretados “uuuyyys” entre los dientes porque el resultado, hasta el final de los 90 minutos, se mantendrá fácilmente en el aire.

Y después, y sobre estas premisas, ya nos cae el resto en cadena. Con los mimbres de la incertidumbre se inventan y se alimentan los grandes estadios abarrotados de ese público enfebrecido, las lucrativas quinielas y las apuestas en general: ¡más pasión!; también ellas contribuyen, ¿quién lo puede negar con dos dedos de frente?, a la inmensa popularidad del fútbol. Y al revés: también ellas, las apuestas, se calzan las chancletas y los trajes de baño y hacen del fútbol su particular y más refrescante agosto.

Por eso debemos convenir que, una de las sentencias más repetidas en los corrillos futboleros (que estarán llenos de estos lugares comunes; por algo el fútbol es el deporte rey y el más popular), aquella que reza que el gol es la salsa del fútbol, habría que entrecomillarla con esta extraña y aprendida coletilla (por lo menos para quien haya llegado hasta aquí), que los goles sean pocos o que la abundancia de salsa no arruine el plato.
 

Y termino con un más de lo mismo. Pensad que los partidos de fútbol acabaran con un 12-7 o un 21-8, o con un más ajustado y teóricamente apasionante 19-18, y mucho me temo que, al contrario de lo que pudiéramos creer sin la extraña y aprendida coletilla, ya que el gol sí sería entonces la salsa del fútbol y punto, posiblemente nos veríamos envueltos en un profundo muermazo, en un turre, en un mareante e insulso correcalles, en un sin ton ni son, hasta poder apostar (¡sí, me lo juego todo!) que dejaríamos de levantarnos de los asientos cada vez que nuestro equipo marcara un gol, ¿el 16º o el… 18º? Además de advertir que, con esta soporífera abundancia de goles, al fútbol habría que modificarle el nombre y en lugar de llamarle “fútbol”, referirnos a él como un tipo de “futbolito” o “futbito” jugado en campo grande, en el que el propio diminutivo del término ya nos estaría indicando que el fútbol habría perdido esas “rácanas” señas de identidad que le hacen único y especial, y que, entre otras cosas, le han aupado hasta la cima del podium, hasta su indiscutible majestad y reconocimiento como el rey de los deportes.

 
 

 

 
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