martes, 12 de octubre de 2021

QUÉ ES LA ORQUESTACIÓN


Leo en un diccionario, preparación y adaptación de una obra musical para que pueda ser interpretada por una orquesta. Así la cosa no parece complicada. Las palabras tienen esa facultad. Explican el mundo y nos lo hacen más o menos asequible. Sin embargo, de aquello sobre lo que no podemos decir ni una palabra mejor es correr un tupido velo y pasar a otra cosa que sí podamos reducir a palabras. Esto no es ninguna novedad ni ninguna invención de mi cosecha, faltaría más. Ya en el Génesis del Antiguo Testamento podemos encontrar ese pasaje en el que Yahvé dice, hágase la luz, y la luz se hizo.

Pero a lo que iba con la orquestación, resumirla con palabras no es sino una manera de reducirla. Tengamos en cuenta que una orquesta sinfónica, por ejemplo, suele constar de aproximadamente 100 instrumentos y músicos, aparte del director. Luego orquestar una pieza, pongamos, como será el caso que aquí exponemos, para solo piano no resulta una tarea ni mucho menos sencilla. Habría que trasponer lo que en la pieza original el autor compuso para 1 solo piano, transponerla, digo, a esos 100 instrumentos aproximadamente, cada uno con su ritmo, notas y color propios. La cosa empieza a complicarse, no, lo siguiente, y entre los mayores alardes y ejemplos majestuosos de orquestación, y para que ésta se entienda, no dudaría en acudir a los célebres Cuadros de una exposición, que Modest Mussorsgki compuso para piano solo y escuchar, después, la famosa orquestación que Maurice Ravel realizó de la pieza. Cierto es que Ravel es uno de los grandes orquestadores de la Historia de la Música, pero no le vamos a quitar mérito alguno por ello, ¿verdad?

Y para no hacer esta entrada demasiado larga, me limitaré a incluir el final de la obra, la impresionante La gran puerta de Kiev en sus dos versiones, la primera para piano, y la segunda según la orquestación de Ravel. No se trata de decidir cuál es mejor o peor, por supuesto. Como mucho conformémonos con decidir cuál me gusta más, y con introducirnos en lo que sería una orquestación, que es lo que tratábamos de empezar a aclarar con estas (ya demasiado largas) líneas.

LA GRAN PUERTA DE KIEV- SOLO PIANO

LA GRAN PUERTA DE KIEV – ORQUESTACIÓN

 

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jueves, 7 de octubre de 2021

PARECIDOS RAZONABLES: SOROLLA, NIÑOS & ANIMALES




Los parecidos razonables pueden encontrarse en los lugares más inesperados. Por ejemplo, ayer tuve el placer de ver el macizo cuadro de Sorolla
Isabelita y Thor que, según me contó el encargado, le resultó toda una odisea pintarlo. La propia Isabelita ya con más de ¡90 años! le había asegurado que, durante las sesiones de posado, el animal no paraba quieto y no dejaba de moverse y dar vueltas al salón. Sorolla acabó harto e Isabelita, esbozando en el lienzo una expresión que no delataba, precisamente, sus “buenas pulgas” hacia el peleón y aristocrático Thor.

Y pocos días después tuve la ocasión de disfrutar con esta bonita fotografía entresacada de la serie Niños y animales de la Russian Federation of Photographers. Con mejor humor tanto el animal como la cría lucen, en esta ocasión, sus “mejores galas”. Y es que todos tenemos días y días, ¿no? Y vaya usted a saber qué mosca nos ha picado. Así sobre el paisaje otoñal, que tanto el perro como la niña pisan, ellos representan inconscientemente la vida que surge y se desarrolla contra cualquier avatar.

Y terminemos con un poco de musicón ad hoc, mientras disfrutamos de estos dos excelentes retratos, con Diamonds Dogs, por ejemplo, porque el insustituible David Bowie también habla de “perros” en su canción, ¿o no?








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martes, 5 de octubre de 2021

BILBAO, EL MUNDO EN TUS MANOS

Este texto bien podría formar parte de esas cosas para hacer en Bilbao cuando estás coñado, sobre las que vengo escribiendo en este blog desde hace tiempo, pero a este he preferido adjudicarle una entrada en exclusiva, básicamente por su extensión.

A mí, y a quién voy a engañar a estas alturas, Bilbao me enrolla. Así, sin exagerar, aunque podría. Me encanta ver y sentir una ciudad rodeada de monte por sus cuatro costados. Y me encanta que no sea grande ni pequeña, que tenga un tamaño ideal. Porque en esto siempre chocaré esos cinco con el simpar Aristóteles: las ciudades, lo quieran o no, tienen sus "tamaños ideales".

En su época el Estagirita mencionaba a Atenas como su ciudad ideal, con sus 10.000 habitantes, y hoy yo apostaría por Bilbao, con sus casi 300.000; una ciudad más pequeña seguramente no dejaría de resultar monótona, de estar subido en un tiovivo, además de que carecer, con la misma seguridad, de ciertos servicios y distracciones que muchos estimamos imprescindibles para una vida mediadamente llevadera y agradable.

Por eso creo que 300.000 está bien. No son muchos ni son pocos. O, ¿es que una ciudad, por ejemplo, con 10.000.000 de habitantes no resulta, durante muchas horas del día, caótica y ruidosísima, con demasiadas moles de hormigón aplastando, figuradamente claro, al sufrido "inquilino", a nosotros que, a veces, no sabremos ni hacia donde orientar las narices para respirar un poco de… ¡aire!? O que se lo pregunten si no a Giulani, el alcalde que arregló el Manhattan neoyorkino y que, sin embargo, arrojó la toalla ante el encargo de poner orden-y-concierto en el tremendo México D.F. (sólo 10 millones de sufridos cuates pululando por el centro de la ciudad).

Y sin entrar a considerar que en esas ciudades bien pobladitas, y vaya usted a saber por qué, las prisas traen a sus habitantes de cabeza, bien agarraditos por el cuello. Y sobre el simple acto de caminar, ¿qué? Mientras en las pequeñas ciudades no nos bajaríamos de ese tiovivo al que antes aludía, en la grandes los andares cotidianos se resuelven, a menudo, en insufribles y atrompicadas idas y venidas, en stress y caos; pelos de punta sobre las aceras y los pasos de cebra.

Y podríamos  a este respecto mencionar aquella ocurrencia que manejaba el Ayuntamiento de alguna de estas ciudades súper pobladas sobre organizar dos carriles bien diferenciados en sus aceras más concurridas. Una, para peatones que anduvieran rápido o rapidísimo y otra, para los peatones más tranquilotes. Un disparate que nunca terminé de creerme del todo ni llegó a aplicarse, creo. O, ¿alguien se podría imaginar en la actualidad estas aceras divididas en dos carriles, cruzadas por esos patinetes que tan de moda están y sobre los que uno parece ir volando? Añadamos a esto el doble sentido de la acera sería, en realidad, cuádruple: hacia el Norte, hacia el Sur, liebres y tortugas. Sí, ¿quién dijo “¡socorro!”? Aunque tampoco habría que sacar las cosas demasiado de quicio. De momento parece que las aceras se quedarán como están: un sentido único (el sentido común, se supone), y liebres y tortugas juntas. Pero el peligro de los dos carriles ahí está, puesto a dar un paso al frente cuando ya no se pueda aguantar.

Por esto, y en definitiva, me quedo con y en Bilbao, donde todo está-a-mano, pero ¡ojito!, donde todo es diferente. Esto es lo que hace a Bilbao una ciudad sin parangón con cualquier otra ciudad: todo cerca pero todo distinto. ¿O acaso el visitante no vive la diferencia entre el incomparable Guggenheim y el Teatro Arriaga ubicado en el bonito Arenal?, ¿y no separan a estos dos flamantes edificios apenas 500 metros? O, ¿qué decir de la zona de Abandoibarra y el mismo Casco Viejo?, ¿no son más parecidos el perro y el gato?, ¿y no hay entre los dos los mismos 500 metros de distancia? Y por no aburrir, ¿no ocurre lo mismo entre Indautxu con sus tropecientos mil bares (es un decir, claro) y la Milla de Oro en la Gran Vía con sus tropecientos mil comercios y tiendas (es otro decir, por supuesto)? o tirando ya, y por no aburrir, hacia el Ensanche, ¿entre el final de la propia Gran Vía con su espectacular Palacio de Euskalduna y el majestuoso San Mamés, el campo de fútbol del Athletic, seguramente el punto de partida para todo lo que Bilbao será en el futuro, con la Ría vigilando expectante aquello que se edifica en Zorrozaurre o que se construirá más allá… y hasta el infinito?

Aunque como estamos en Bilbao este infinito será también un infinito a-mano, nada que se pierda detrás de sus montañas. Sí, y esto no tiene precio. Darse una vueltilla por Bilbao y, parafraseando el título de aquella mítica película de Raoul Walsh (a mí que me gusta el cine, ¿verdad?), tener el mundo en tus manos.


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