miércoles, 4 de octubre de 2023

LA ITALIANIZACIÓN DE LA POLÍTICA ESPAÑOLA

Llevo dándole vueltas a esta entrada desde hace meses. No sé si resulta apropiada o responde, más mal que bien, a una de esas estrafalarias ideas que rodean mi cabeza quizá con demasiada asiduidad. Tendré que preguntárselo a mi psicoanalista (desde aquí un saludazo), en un rato que tenga libre.

El caso es que esto que de la italianización de la política española trata de responder a las últimas maniobras, estrategias, declaraciones y contradeclaraciones, a aquel donde dije "digo", ahora digo "Diego", al desastre más puro y más duro, y seamos de una vez claros, con que nuestros políticos, prácticamente sin una decorosa excepción que les avale, nos llenan las retinas y los oídos con sus, cada día más, impresentables actuaciones y desvaríos, que no discursos.

Sí, todo parece indicar que los políticos, y la Política con ellos, se han empeñado desde hace años en tocar fondo, y parece que ahora por fin lo están logrando, aunque los "curados de espanto" sabemos que el fondo siempre es una forma de hablar y que a un poquitín que nos lo propongamos podemos seguir descendiendo, y que al fondo le suceda otro fondo, y a éste otro, y así hasta que podamos calentarnos las manos en las ascuas del Infierno.

Sí, todo muy tremendo, ¿verdad? Apocalíptico. Pero si me he decidido, por fin, a escribir estas líneas, ha sido por eso mismo. Pero al contrario. O sea, para calmar los ánimos, para que el pánico no cunda y que respiremos tranquilos. Porque nada es tan (políticamente) tremendo como parece contando, además, con que los ciudadanos ya parece que hemos dado el primer paso para desembarfazarnos de este apocalipsis que parece que se nos viene a caer encima.

Y este primer paso no sería otro que haber corrido un tupico velo, habernos girado de espaldas cuando uno de nuestros políticos quiere decirnos algo importante (sic), habernos "desafectado" de esta política del "y tú más", del " y yo entonces, ¿por qué menos?", de los corpúsculos que, a diario, rellenan nuestras calles con sus pintorescas protestas, de gente a la que nada básico le falta para vivir, y termina las concentraciones tomándose un vinito, y tan amiguetes, en la terraza de cualquier taberna donde hayan decidido poner punto y final a la manifestación (LGTBI, referendum sí, referendum no, maltratos, acercamiento de presos, etc.).

Sí, y decía o escribía, "corpúsculos" porque el hartazgo o esa molesta sensación de salir para nada ya se adueñado de nuestros brazos (haciéndonos bajar las manos), de nuestros gritos (haciendo que shora apenas sean audibles por el cuello de nuestras camisas), por el mismo número de asistentes a la protesta (inexorablemente hasta el moño, y con crecientes ganas de volverse a casa, y que ésta sea la última).

Sí, el ciudadano ha dicho "¡basta!". Hasta los cojones, y no me creo nada. Pero yo insisto, y no se trata de ninguna broma, que esta situación me pone.... las pilas, me hace abrigar esperanzas. Porque al contrario que la Política, progresiva y éticamente deteriorándose, y de los políticos en cuyas manos jamás pondría la suerte de un ser que me importara acaso un cero coma, el país, la Economía no va tan mal. Al extremo de poder pensar que Política y Econmía son dos ciencias que, en nuestros turbulentos días, van cada una por su lado. ¡Quien lo diría! La Política más atada a los dimes y diretes de nuestros políticos de turno; la Economía más sujeta a las directrices que nos vienen impuestas desde Europa, desde este Mundo Globalizado en el que estamos viviendo.

Por todo ello, tranquis, que no cunda el pánico, que nuestros políticos, si ése es su gusto, metan sus cabezas en las aguas de la más insensata mediocridad, en las aguas del "a mí qué me importa". Mientras la Economía no se obceque en seguir sus pasos.

Y de ahí lo de la "italianización". Porque yo siemrpe cuando miraba a los italianos alucinaba con la inestabilidad política que les era cosustancial, con esos primeros ministros que duraban en su cargo lo que un caramelo a la puerta de un colegio, con sus Cicciolinas, con sus Berlusconis, sus constantes estiramietnos cutáneos y escarceos amorosos, y con los desastres y más desastres parlamentaios pero que a los italianos de a pie les importaba cero coma y seguían adelante como si nada, como si oyeran llorer pero que, sin embargo o quizá por ello, por ese a-la-Política-el-caso-justo, o sea muy-poco, continúan formando parte del G7, ¡de los siete países más industrializados del mundo!, manteniéndose en él con un decoro económico más que digno.

Por eso repito, no nos llevemos las manos a la cabeza cuando encendamos los televisores, ni nos asalten las sombras de una eminente catástrofe. Lo que nos está ocurriendo no es más que el mejor signo de que el país va (económicamente) bien, de que el país está italianizándose, de que la Política terminará encerrada (y castigada) en su cuarto y sin paga (jeje), dejando que la Economía se las arregle por sí sola, acatando las normas que le llegarán desde Europa o desde el Mundo Globalizado.

Sí, ya es hora (porque Ella lo habría querido así) de que la Política se haga a un lado, que giren sobre sus talones, que sus consignas no nos hagan más que esbozar una sonrisa de circunstancias, y dejar que pasen hasta la próxima ocurrencia. Sí, hasta el próximo y aburrido, ¡y tú más!... Y nosotros cada vez más italianos, cada día más cerquita del G-8.


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