martes, 10 de octubre de 2023

CALABAZA PARA GUGGENHEIM

Cuando las cosas están bien, está bien que se digan y se cuenten. Creo que es de recibo. Luego si volvemos la tortilla del revés, habrá que estar de acuerdo con la setencia contraria o aquéllo que podríamos pronunciar concluyendo que cuando las cosas están mal, está bien que se digan y se cuenten.

Y a elllo voy. Porque del Museo Guggenheim he contado maravillas, y no creo que haya dejado pasar alguna de sus excelentes exposiciones sin el consiguiente bien o perfecto saliendo de mi boca. Pero claro que para todo hay un antes, una excepción (que confirmaría la regla), un por aquí no paso o el más categórico, esto no está bien, y lo siento mucho.

Y así fue como me sentí y lo que me ocurrió cuando vi la exposición de la artista japonesa Yayoi Kusama, uno de los iconos más aclamados y reconocidos del arte de nuestros días. Cierto es que quizá el día, el último día de la exposición, pudiera prestarse al desbarajuste reinante en el Museo, con decenas de visitantes colapsando las salas, niños y niñas para arriba y para abajo, mayores fotografiando los cuadros, esculturas e instalaciones de Yayoi o fotografiándose ellos mismos delante de cualquier artilugio que colgara de una pared. Pero me han contado, y no tengo motivos para dudar, de que otros días que no fueron, precisamente, el último ni uno de los últimos, el deprimente panorama no había sido muy diferente.

Sí, aquéllo era una jungla de visitantes, una manada de idas y venidas, un auténtico follón en el que el arte estaba pero no estaba, aniquilado por el gentío siempre irrespetuoso, siempre a lo suyo, como si, irónicamente, el individuo que lo conforma y lo hace posible le importara, más bien, cerocoma. Porque el arte necesita de cierta calma para poder apreciarse en la totalidad que se merece. Necesita interactuar con el espectador, entablar con él un diálogo a dos voces (¡sólo dos!) en el que ambos salen enriquecidos.

Porque La Gioconda, por ejemplo, no es hoy la misma que pintara en su momento el gran Leonardo, sino que sobre ella se han aposentado miles de miradas que la han reconvertido en lo que hoy es, en lo que su misteriosa mirada refleja. Y los visitantes y espectadores, ¡qué decir de ellos! La Gioconda tiene ese poder de haberles modificado el pensamiento aunque sólo fuera un poquito.

Pero la algarabía, los continuos roces y movimientos son el antídoto contra esos instantes mágicos. Y, por contra, el mejor medio (sic) para ver el arte de pasada, para un hoy te he visto, mañana no me acuerdo, para desear ¡escapar del Museo! y apalancarte fuera, en la terraza, apurando un cafecito.

Sí, y por todo ello, una buena calabaza para Guggenheim- al hilo de la muestra de Yayoi. Como les ocurría a aquellos perdedores en el viejo concurso del Un, dos, tres. Porque un museo debe ser siempre un museo y su asistencia a él aproximarse más a la entrada en un recinto sagrado, que a la estrepitosa y  atropellada visita al Corte Inglés durante el primer día de rebajas, tal y como este mundo tan posmoderno y guay (sic) parece empeñado en querer abrazar.

Sí, pero ya nos lo decía Canetti: hoy me asomé a la ventana y estaba todo lleno de gente. Así que a lo mejor quien avisa no es traidor. Luego, ¡cuidado con los populismos, con las masas "atilianas"- de Atila, claro! Lo poco agrada, lo mucho cansa. Y por una vez, y sin que sirva de precedente, habrá que darle la razón al refranero.  

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