lunes, 18 de abril de 2016

NADAL & ATHLETIC: ¡HEMOS VUELTO!

Que me gusta el cine no es ningún secreto. Que por eso siempre me he querido dedicar al noble (lo fue en su tiempo, lo juro) arte de hacer películas, tampoco. Y viene esto a cuenta de que en las últimas horas se me ha pasado por la cabeza aquel plano final de El color del dinero, la simpática secuela que Martin Scorsese rodó sobre la descomunal (ésta sí) El buscavidas, de Robert Rossen, con la frase que Paul Newman suelta en su último plano anunciando, eufórico, para todo aquel que quiera oírle, ¡¡he vuelto!!

Y si me acordado de Paul Newman y de El color del dinero ha sido, sin duda, a cuenta de Nadal y de nuestro Athletic (¿será alguna vez suficientemente valorado lo que estos 11 aldeanos hacen cada semana desde hace más de 100 años?) Porque los lugares comunes, de los que el mundo, y el mundo del deporte no iba a ser una excepción, está lleno hasta los topes, suele repetir con una insistencia digna de mejor causa, que llegar a ser el Nº1 es algo complicado, que mantenerse en la cumbre, sigue rezando el lugar común, es algo todavía más difícil pero lo que casi nadie sentencia a continuación, por lo que esto último ya no es “tan lugar común”, es que una vez que se baja uno de esas vertiginosas alturas del number one, volver ha a ellas no es algo ya difícil sino un auténtico triple salto sin red, una pirueta al alcance de unos pocos elegidos.


Y hablo de Nadal. El domingo pasado conquistó su ¡9ª Masters 1000 de Montecarlo!, que se dice pronto. Pero no tan pronto si no se repara en que lo ha hecho después de haber sido el Nª1, después de haber dejado de serlo, después de sufrir innumerables lesiones, operaciones de apendicitis, y demás contratiempos que le han mantenido alejado de las canchas varios meses; detalle que en un deportista de 29 años ya no es ninguna tontería, por lo que el mérito de haber vuelto se puede multiplicar por 100.

Había cerrado Nadal su particular año 2015 sin “morder” al menos un trofeo de Grand Slam o de Masters 1000 por primera vez en 10 años. Había terminado en la quinta posición del ranking ATP, su posición más baja desde 2004. Y 2016 tampoco se había iniciado con unos resultados para echar cohetes. Pero el perseveraba y luchaba, confiaba en que la suerte tendría que cambiar. No rendirse nunca es uno de los atributos de los más grandes.

Aunque en su preparación para el Abierto de Australia, primer Grand Slam del año, sufrió un severo y doloroso correctivo (6-1, 6-2) a manos del otrora accesible para él, Novak Djokovic, en la Final de Doha. Novak le adelantaba, así, por primera vezl en sus particulares Head to Head: 24 a 23. Y en Australia, contra los pronósticos más pesimistas, caía en 1ª ronda contra Verdasco, circunstancia que sólo le había sucedido una vez en su carrera: Wimbledom 2013, Steve Garcis.

Pero Nadal no agachó la cabeza. Sabe que “volver” es el trance más duro para cualquiera y para un deportista más aún si cabe. Es el Everest de los que siempre se negarán a dar su brazo a torcer mientras les quede un miligramo de energía que dar.

Y se embarca en la gira sudamericana sobre arcilla. Más caña. Acude al Masters 250 de Buenos Aires. Pero nuevo traspiés: es derrotado en las semifinales por el emergente y talentoso austriaco Diminique Thiem. Incluso un 250 parece resistírsele. Pero continúa. Sin apenas descanso: Brasil, el Open de Río de Janeiro. Alcanza nuevamente las semifinales. Pero nuevamente es derrotado en esa ronda. Esta vez por el peleón uruguayo Pablo Cuevas. Y como todos somos de carne y hueso, y Superman solo sabe volar sobre una pantalla de cine, Nadal termina la gira con serias dudas sobre su endeble nivel tenístico y emocional. ¿Volver? ¿El Everest? Si casi se le atraganta el Pagasarri. Pero Nadal no es un deportista cualquiera. Es incansable. De esos que decía Bertold Brecht que luchan toda la vida. De esos que, sin duda, son los imprescindibles. Por eso sigue luchando…


Y llegan los primeros Masters 1000 del año: Indian Welles y Miami. Y mejora su rendimiento. Pero en Indian Welles vuelve a caer en semifinales contra Djokovic. Sin discusión: 7-6, 6-2. Y dos semanas más tarde, más palos en las ruedas de su recuperación. 2ª ronda, contra el bosnio Damir Dzumhur,… ¿quién? Un buen tenista que, quizás, dé que hablar en el futuro pero al que todavía, hoy, le falta un hervor. Pero irónicamente las altas temperaturas provocan que el tenista de Manacor tenga que abandonar el partido víctima de calambres, deshidratación y mareos cuando perdía 2-6, 6-4, 3-0.

Y, ¿lo siguiente? Más leña, sí. Nunca dejar de perseverar. Dos palabras mágicas: trabajo y esfuerzo. Masters 1000 de Montecarlo. Otra vez su querida tierra batida. Y ha sucedido hace pocas horas. No es milagro porque es un hombre quien lo ha logrado. Nadal derrota a Monfils en la final 7-5, 5-7, 6-0  en 2 horas y media. La fiereza de sus golpes, su portentosa preparación física, el peso sin igual que tienen sus bolas, su incansable espíritu de lucha se cobran por fin su recompensa. ¡Su 9º Montecarlo! Nadal se deja caer sobre la arcilla francesa. Levanta su puño y, como Eddie Nelson en El color del dinero, suelta un rabioso, ¡he vuelto! Sólo él sabe lo que esto ha costado. Pero a partir de ahora, gane o pierda, habrá que contar con él otra vez.   

Y hablaba también de nuestro Athletic. Todavía me duele la eliminación de la Europe League a manos y pies del Sevilla en una sangrante e injusta (¿hay alguna que no lo sea?) tanda de penaltis. Pero este domingo también, como Eddie Nelson, como Nadal, el Athletic ha vuelto. 0-1 contra el Málaga. Y esto no tiene precio. Otro tarde se empatará o se perderá pero ahora se sabe "volver". Y es ésta una gesta que nos sitúa entre los grandes. Entre ésos a los que siempre se distingue no por cómo se desploman sino por cómo se levantan de la lona. Por las miradas que, una vez recuperada la verticalidad, lanzan en derredor. Por esos ojos que retan y que anuncian que la siguiente batalla, o el siguiente partido, no le va a resultar sencillo  a nadie porque, tras las derrotas, están más vivos y fuertes que nunca. Que por eso han vuelto. Y que va a resultar imposible bajarles y echarles del carro. Ni con aceite hirviendo.

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