jueves, 3 de diciembre de 2015

ROBERTO DEVEREUX, UNA ÓPERA DE DONIZETTI: APUNTES PARA UN COLOQUIO

Apuntes para un coloquio sobre las representaciones de Roberto Devereux de Gaetano Donizetti que pudimos disfrutar (yo, al menos, así lo hice) en el mes de noviembre de 2015 en el Palacio de Euskalduna de Bilbao.

1. Un perito, de “pero”, para empezar; pero sólo uno y pequeño. La puesta en escena de la 1ª escena, y valga la redundancia, del Acto I: las plantas y los bancos corridos que adornaban el decorado… Como el escaparate de una moderna tienda de decoración. O los animados jardines de un cuadro de Renoir. O una típica cervecera de verano. ¡Toda una invitación para tomar el fresco y sentarse! ¡Y charlar! ¡Para que los personajes hablen o canten (estamos en una de las óperas “isabelinas” de Donizetti) sentados! ¡Para que no se muevan! ¡O se muevan poco!

Y en el siglo XVI en palacio sólo los reyes podían sentarse en tronos majestuosos. Y así, al resto de mortales, a la corte sólo le quedaba estar de pie y saludar los pasos reales concertando una reverencia que sólo desde la posición erguida podían tener el decoro debido a un monarca. De modo que los personajes sólo ven ante sus ojos espacios espartanos, despejados e inmensos en los que sus cuerpos son engullidos y minimizados entre las altas paredes, bloques macizos y (¡ojo!) sin ventanas: puntos trasparentes por donde entraría el aire y la claridad del día, y que ellos, los personajes, apenas si van a poder rellenar con sus frívolas intrigas, con los débiles armazones que sostienen, en definitiva, el argumento de la ópera.

De esta forma la arquitectura nos hace sentir la fragilidad y grisura que atesoran estos hombres y mujeres renacentistas, más allá de las coronas y títulos que lucen sus cabezas y guardan en sus escritorios; fragilidad y grisura en la que también nosotros podemos vernos reflejados hoy en día logrando, así, que una ópera del siglo XIX, aparentemente inocua, conserve una actualidad a la que bien podemos atender en el siglo XXI.

Además, y después de esta primera escena, la cosa mejoró. Y mejoró bastante. Los escenarios se vaciaron. Y respiraron. Más oscuros, húmedos y fríos, lóbregos. Majestuosos también, … e inquietantes, sí. Que es lo que nunca debe faltar en un drama. Porque este Roberto Devereux, que nos visitó en Bilbao el pasado 21 de noviembre, fue antes una pieza dramática que un puro ejemplo belcantista. Y en esa amplitud escénica los personajes y cantantes pudieron, por fin, moverse, pasear a través de su regia grandiosidad su humana insignificancia.
 

Cierto es que alguno de ellos lo agradeció más que otro. Gregory Kunde es, en estas lides, un magnífico experto. No hay muchos como él. Verle cantar  su rol de Roberto y, sobre todo en esta ocasión, desenvolverse en la escena y con la escena ya es, de por sí, todo un privilegio.
 
2. Y, con estas formas, asistimos a una valiosa reflexión sobre el poder. Que hubiera hecho, sin duda, las delicias (salvando las distancias que cada uno o una quiera salvar) de Richard Wagner. Quizás por ahí pudiera rastrearse esa falta de belcantismo y lirismo a la que aludía antes y que el crítico Nino Dentici reprochaba a la representación. Y que yo no compartiría del todo… Porque, ¿ES ROBERTO DEVEREUX  UNA ÓPERA INEQUÍVOCAMENTE BELCANTISTA O BIEN PUDIERA ARRIMARSE, COMO LO HIZO EN SU REPRESENTACIÓN EN BILBAO, AL HIPOTÉTICO CATÁLOGO DE ÓPERAS DRAMÁTICAS?

No en vano Cesidio Niño, director artístico de ABAO, la entidad productora, en las notas incluidas en el programa de Escena, ya nos advertía de cómo durante la 2ª escena del 1º acto la mezzo tiene una manera de cantar muy diferente a la que pone en su voz en la escena de salida de ese mismo acto. Y anotaba, es un canto de tendencia más dramática (cursivas mías).

Así que, durante la representación, me atreví y disfruté trazando una imaginaria línea que fuera desde el anillo que luce en su dedo la Reina Isabel (1533-1603) al dramático Anillo de la Tetralogía wagneriana. ¿O no serían acaso estas dos joyas símbolos de un mismo poder absoluto, de aquél que dispondría sobre la vida y la muerte de las personas y que, desde el momento en que caen, casual y fatalmente, en manos de simples mortales, arrastran consecuencias aún más irreparables y dolorosas? Los celos del Duque de Nottingham provocan que éste guarde y retenga el anillo salvador de la Reina y desencadena, cuando puede evitarlo, la ruina y ejecución final de Roberto al que posiblemente la Reina, creyendo que posee el anillo que ella misma le dio lo usará para salvar la vida. Sí, enviándole a la Torre, tal vez, sólo haya querido poner a prueba su amor.

3. Y van a ser, por último, estas fatales consecuencias las
que hagan que Isabel renuncie al poder (¿como lo hace el Wotan wagneriano en El ocaso de los dioses?) y entregue el anillo a quien se convierte así en su sucesor, el rey Jaime I. E Isabel puede entonces soltar su desesperación y llorar como mujer que es.

4. Y por eso, quizás, me gustara también una de las últimas réplicas que canta dirigiéndose a los que han sido, hasta el desenlace final, sus amigos y consejeros de confianza, ese Duque de Nottingham y su mujer, Sara, que le ha engañado con Roberto, cuando la reina, la reina protestante, como es históricamente conocida, les dice ante sus peticiones de clemencia que no es ya ella la persona a quien deben dirigirse (una mujer ya normal- a la que histórica e irónicamente también se la conocerá como La reina virgen, aquel título de aquella mediocre película sobre su vida que interpretaba Jean Simmons y dirigía el también mediocre George Sydney, el de Los tres mosqueteros con Gene Kelly, teniendo en cuenta que Isabel, además de reina de Inglaterra ¡durante 44 años!: desde los 25 años hasta su muerte acaecida apenas 2 años después de la del personaje de su favorito Roberto Devereux,, ha sido, con la reforma protestante jefe, asimismo, de la Iglesia Anglicana). ¿Y NO SE PODRÍA PENSAR, ESCUCHANDO SUS PALABRAS, EN LAS RECIENTES DECLARACIONES DE VLADIMIR PUTIN CUANDO, REFIRIÉNDOSE A LOS YIHADISTAS, DICE QUE SEA DIOS QUIEN LES JUZGUE, QUE ÉL SÓLO PRETENDE LLEVARLES ANTE ÉL? BURLA BURLANDO, MÁS ACTUALIDAD…
 
5. Reflexiones sobre el poder que, al fin y al cabo, Donizetti extiende desde el siglo XVI, años en los que trascurre la ópera, hasta el momento histórico, siglo XIX, en el que la escribe (no sería otra mi interpretación del “anacronismo”, como desacertadamente se refiere a él, y que me perdone, el prestigioso estudioso William Ashbrook, en que incurre el músico italiano cuando introduce en la obertura de su ópera el Himno Inglés que data del siglo XVII y no del XVI), e incluso más allá, hasta nuestro siglo XXI en el oímos y asistimos a la representación de la ópera. Y comprobamos entonces que las cosas, desgraciadamente, no han cambiado demasiado en estos cinco siglos: el poder necesariamente discrimina, es injusto y, por lo tanto, abona el terreno para la corrupción. Aunque en cuanto pasa o se distribuye entre hombres y mujeres no tan reales y sí más corrientes (y dicho sea esto sin ninguna mala uva) las consecuencias de este “democrático” y corrupto poder pueden ser incontrolables.

Luego habría que aplicarse con todo lo que esté a nuestro alcance y en  nuestras manos sin anillos para evitar esta deriva funesta e intentar que, al menos, la esperanza sea lo último que se nos pueda sustraer. Donizetti y Wagner no creo que anduvieran demasiado distanciados en estas consignas. Roberto Devereux y la Tetralogía del anillo (y continuamos salvando las distancias que se quieran) son, en estas circunstancias, dos serios avisos para navegantes. Y el que tenga oídos y quiera oír, que los escuche. La modernidad de los clásicos, que dicen algunos.

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