domingo, 8 de mayo de 2016

OLAIZOLA, ¿EL GIGANTE SE TAMBALEA?

Aimar Olaizola no ganará este año el Manomanista. Ni tan siquiera jugará las semifinales. Y yo he esperado unos días a que el suelo se calme, a que pudiera seguir sosteniéndome sobre la maderas de mi casa. Porque aseguran que cuando un gigante, aunque éste mida 1,83 lo que no es mucho para un gigante, se tambalea, la tierra tiembla. Y lo he comprobado. Es cierto.

El pasado sábado 30 de abril el gigante Aimar Olaizola sufrió la que, posiblemente, haya sido su derrota más dolorosa en los casi 20 años que lleva batiéndose el cobre por todos los frontones de Euskadi y alrededores. Esa tarde el joven (aún no ha cumplido 20 años) pelotari de Arana, Iker Iribarría le apeó del Campeonato Manomanista derrotándole 22-14. Fue la suya una victoria incontestable. Y la derrota de Aimar, una derrota sin paliativos, una cruenta bofetada que no tuvo la más mínima réplica. El campeonísimo, ¿o cómo habría que llamar a un portentoso y gigantesco pelotari, uno de los más grandes, que atesora las txapelas del Manomanista de 2005, 2007, 2012 y 2013, del 41/2 de 2002, 2004, 2005, 2008, 2011, 2012 y 2013, y del Campeonato de Parejas de 2008, 2011 y 2016: ¡14 txapelas, en total!?, claudicó en el Labrit, sacudió sorprendido la cabeza, y después de felicitar al vencedor, se retiró tambaleándose (anímicamente, claro) al túnel de vestuarios.

Allí el gigante se sentaría en el banco, frente a las duchas, y repasaría, seguramente, el partido recién finalizado. Sí, había recibido una paliza en toda regla. Y no tanto por el resultado final (habría cosechado anteriormente resultados más abultados en contra) sino por las casi nulas posibilidades de triunfo que presentó a lo largo del encuentro. Y esto sí que le habrá cogido desprevenido. Porque si por algo se ha distinguido Aimar a lo largo de su carrera es por ese espíritu de “donde pongo el ojo pongo la bala”, tan arraigado al sobrenombre por el se conoce, el Becadero de Goizueta, por ese carácter de killer que le ha hecho ser un deportista tan singular como el “1”, admirado y temido, a partes iguales, en todos los frontones donde se ha presentado a jugar a mano. Y en los vestuarios del Labrit, mientras el killer no encontraba aún consuelo ni respuesta a lo que acababa de ocurrirle, la tierra empezó a moverse. Es lo que sucede cuando un gigante se tambalea. Aunque sólo mida un metro ochenta y tres.

Pero, ¿tan fuera de pronósticos ha sido lo ocurrido ese 30 de abril en Pamplona? Y quizás, si fuéramos cuidadosos con nuestras respuestas y repasáramos alguno de los últimos partidos de Aimar, pudiéramos deducir que lo que parecía imposible, no sólo, es posible sino que entra con todas las garantías “dentro de los pronósticos”.

A mí, y ya sé que es muy fácil escribirlo ahora, después de la hecatombe del 30 de abril, pero a mí, decía, la mosca ya me empezó a zumbar los oídos el 4 de mayo de 2014. Hace 2 años. Aquel día se jugaba en el Frontón Bizkaia la Final del Campeonato de Parejas, Olaizola y Aretxabaleta contra Irujo y Barriola. Resultado final, 22-13 a favor de Irujo pero lo que más llamó mi atención fue la desidia que mostró Aimar durante el partido, como si su irrenunciable espíritu de killer se hubiera tomado unas inesperadas vacaciones. Pero como el mejor escribano hace un borrón y todos somos humanos pensé que a un mal día cualquiera tiene derecho.

Pero en Donosti, apenas un mes después, Retejí Bi le eliminó del Manomanista 2014 con un contundente 22-11. E Irujo le ganaba la Final del 41/2 en Bilbao, el 14 de diciembre, por un más que ajustado 22-17. Pero el killer seguía de vacaciones. Y las yugulares de sus víctimas, sanas y salvas.

Y el 2015 no empezó con mejores augurios para el bueno de Aimar. El Campeonato de Parejas lo disputa con Beroiz y ¡no pasan de la liguilla de cuartos de final! El emergente Urrutikpetxea le gana la final del Manomaniista en Bilbao, 22-17 y en el 41/2 vuelve a perder contra Irujo, el 15 de noviembre de 2015, 22-6. Otro severo correctivo.

Y, por fin, 2016. Aimar gana con Urrutikoetxea el Campeonato de Parejas derrotando a Rezusta e Irujo, que tuvo que retirarse por lesión en uno de sus dedos, cuando el marcador les favorecía 16-10. Todo parece haber vuelto a su sitio. Aimar , en lo más alto del podio y con la txapela sobre su cabeza. Ha disputado un campeonato más que solvente y se dispone, con la 14ª txapela en el zurrón y con la moral recuperada, a afrontar el Manomanista. Mientras nadie parece querer reparar en el papel que Urrutikoetxea ha jugado en la consecución del Campeonato. Cierto es que ha disputado el Parejas ocupando los cuadros largos del frontón pero el gerriko colorado que distingue al vigente Campeón del Manomanista parece que le da alas. Juega y se mueve por el frontón como los ángeles. Maneja los ritmos del partido a su antojo. Sabe acortar el frontón situándose al borde del cuadro 4 y enseñar toda suerte de sotamanos, aires y boleas que imprimen a los tantos una velocidad endiablada. De esta forma, sin duda, es más fácil jugar y… rematar. Seguro que Aimar lo sabe.

Y por eso el 30 de abril de 2016, cuando debuta en la edición del Manomanista de este año, ¡jugando él solo!, sabe que la prueba va a ser de fuego. Frente a él Iribarría, que viene de sacar, literalmente, a pelotazos al otrora prometedor Juanarena, ¡22-2! Y el killer no está acompañado. Tiene 36 años (hace 37 en noviembre). A lo largo de su carrera ha pasado a muchos jóvenes por su rodillo particular. Pero ahora lleva tiempo, sí, desde aquel 4 de mayo de 2014, según mis cuentas, moviéndose en la cuerda floja. Puede que lo que pasó el sábado 30 de abril no se lo esperaba nadie, ¿o sÍ lo esperábamos, aunque nos dolía dar crédito a nuestras sospechas? Y, como algunas películas del no tan Far West deberían habernos enseñado siempre llega por el fondo de la calle algún joven pistolero más rápido que el gigante, aún con su metro ochenta y tres, pero cansado killer, que aguarda confiado en su despacho bajo sus bien ganadas y gloriosas 14 txapelas…

Y la pregunta se impone. ¿qué hará ahora el gigante después de que la tierra haya temblado también bajo sus pies?

 

      

 
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miércoles, 4 de mayo de 2016

LOS WARRIORS, A SIMPLE VISTA

El 73-9 de los Warriors en esta Temporada Regular 2015/2016 de la NBA nos ha tocado la fibra. Ahí es nada derrocar el récord de 72-10 que tenían los Bulls de Jordan y que muchos creíamos que sería un registro que perduraría ad infinitum. Pues ad infinitum han sido apenas 20 años porque en el Olimpo del Baloncesto ha hecho acto de presencia otro equipo, de la Bahía de San Francisco para más señas, que se autoproclaman guerreros o warriors en la jerga de Shakespeare (¡salud por su 4º Centenario!); un equipo especial, de esos que surgen cada cierto tiempo, un número de años indeterminado, y a los que se reconoce a simple vista.

Su serie contra los Blazers de Lillard empezó el domingo. ¿Notarán estos guerreros la  baja de Curry? Me temo que no y la verdad es que tampoco me importa demasiado. Porque ganen o pierdan las semifinales, para mí serán siempre uno de esos equipos especiales, uno de esos equipos que se forman cada muchos años. Y sin que nadie acierte a decir cómo ni porqué. Pero a los que siempre se les reconoce a simple vista.
 

Y si para muestra vale un botón me remonto al 3º cuarto del 4º partido de su serie contra los Rockets. No faltaba ni un segundo para el descanso, el marcador estaba empatado, creo que a 59, y Curry sufre un desafortunado resbalón. Resultado: esguince de rodilla y baja para la segunda parte y para unos cuantos partidos más si los Warriors superaban la eliminatoria contra Houston, cosa que en ese momento estaba por ver.

Y con estos antecedentes se inició el 3º cuarto, y los Warriors sin su estrella le endosaron ¡41 puntos! a los Rockets y el partido finiquitado. ¿Fue aquello un homenaje que los guerreros brindaron a su jefe maltrecho?, ¿fue un puñetazo en el parqué del Toyota Center, un grito de rabia, “un aquí estamos aunque nos falte él”? Fue un espectáculo increíble. Movían el balón a una velocidad de vértigo. Los triples llovían desde todas partes. Y todos contribuían al espectáculo. A los Rockets sólo les faltaba sacar sus cámaras fotográficas e inmortalizar la paliza.

 
Al final de esos mágicos 12 minutos, 41-20. Y aunque faltara el último cuarto la eliminatoria ya estaba 3-1. sólo me hizo falta verlos jugar durante esos 12 minutos para darme cuenta de que, lleguen o no lleguen, ganen o pierdan las finales de este año, son estoa Warriors un equipo especial, un equipo para la Historia, incluso al margen de su 73-9, un equipo, que yo recuerde, a la altura de unos pocos, de los Lakers de Magic o los Celtics de Bird, o los Pistons de Dumars, Thomas o del “gusano”, o los Bulls de Jordan y por encima (y que me perdonen sus aficionados) de aquellos Rockets de Olajuwon o de los Lakers de Kobe y Shaquille o de los Heat de LeBron o, incluso, de los Spurs de Duncan, Ginobilli y Cía. Éstos fueron muy buenos equipos; seguramente excelentes, pero nunca “especiales” como lo fueron los otros y como lo son estos Warriors.
 
Y basta con verlos jugar. No es necesario haber estudiado, ni ser experto en defensas al hombre o en zonas 2-3. No es necesario recurrir a pizarras ni a ningún otro tipo de jama-cocos. Basta con verlos jugar. A simple vista. Sólo con eso nos damos cuenta de lo fácil que para ellos resulta hacer posible lo que para muchos es imposible.
 
¡Alucinantes y divinos!
 
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lunes, 18 de abril de 2016

NADAL & ATHLETIC: ¡HEMOS VUELTO!

Que me gusta el cine no es ningún secreto. Que por eso siempre me he querido dedicar al noble (lo fue en su tiempo, lo juro) arte de hacer películas, tampoco. Y viene esto a cuenta de que en las últimas horas se me ha pasado por la cabeza aquel plano final de El color del dinero, la simpática secuela que Martin Scorsese rodó sobre la descomunal (ésta sí) El buscavidas, de Robert Rossen, con la frase que Paul Newman suelta en su último plano anunciando, eufórico, para todo aquel que quiera oírle, ¡¡he vuelto!!

Y si me acordado de Paul Newman y de El color del dinero ha sido, sin duda, a cuenta de Nadal y de nuestro Athletic (¿será alguna vez suficientemente valorado lo que estos 11 aldeanos hacen cada semana desde hace más de 100 años?) Porque los lugares comunes, de los que el mundo, y el mundo del deporte no iba a ser una excepción, está lleno hasta los topes, suele repetir con una insistencia digna de mejor causa, que llegar a ser el Nº1 es algo complicado, que mantenerse en la cumbre, sigue rezando el lugar común, es algo todavía más difícil pero lo que casi nadie sentencia a continuación, por lo que esto último ya no es “tan lugar común”, es que una vez que se baja uno de esas vertiginosas alturas del number one, volver ha a ellas no es algo ya difícil sino un auténtico triple salto sin red, una pirueta al alcance de unos pocos elegidos.


Y hablo de Nadal. El domingo pasado conquistó su ¡9ª Masters 1000 de Montecarlo!, que se dice pronto. Pero no tan pronto si no se repara en que lo ha hecho después de haber sido el Nª1, después de haber dejado de serlo, después de sufrir innumerables lesiones, operaciones de apendicitis, y demás contratiempos que le han mantenido alejado de las canchas varios meses; detalle que en un deportista de 29 años ya no es ninguna tontería, por lo que el mérito de haber vuelto se puede multiplicar por 100.

Había cerrado Nadal su particular año 2015 sin “morder” al menos un trofeo de Grand Slam o de Masters 1000 por primera vez en 10 años. Había terminado en la quinta posición del ranking ATP, su posición más baja desde 2004. Y 2016 tampoco se había iniciado con unos resultados para echar cohetes. Pero el perseveraba y luchaba, confiaba en que la suerte tendría que cambiar. No rendirse nunca es uno de los atributos de los más grandes.

Aunque en su preparación para el Abierto de Australia, primer Grand Slam del año, sufrió un severo y doloroso correctivo (6-1, 6-2) a manos del otrora accesible para él, Novak Djokovic, en la Final de Doha. Novak le adelantaba, así, por primera vezl en sus particulares Head to Head: 24 a 23. Y en Australia, contra los pronósticos más pesimistas, caía en 1ª ronda contra Verdasco, circunstancia que sólo le había sucedido una vez en su carrera: Wimbledom 2013, Steve Garcis.

Pero Nadal no agachó la cabeza. Sabe que “volver” es el trance más duro para cualquiera y para un deportista más aún si cabe. Es el Everest de los que siempre se negarán a dar su brazo a torcer mientras les quede un miligramo de energía que dar.

Y se embarca en la gira sudamericana sobre arcilla. Más caña. Acude al Masters 250 de Buenos Aires. Pero nuevo traspiés: es derrotado en las semifinales por el emergente y talentoso austriaco Diminique Thiem. Incluso un 250 parece resistírsele. Pero continúa. Sin apenas descanso: Brasil, el Open de Río de Janeiro. Alcanza nuevamente las semifinales. Pero nuevamente es derrotado en esa ronda. Esta vez por el peleón uruguayo Pablo Cuevas. Y como todos somos de carne y hueso, y Superman solo sabe volar sobre una pantalla de cine, Nadal termina la gira con serias dudas sobre su endeble nivel tenístico y emocional. ¿Volver? ¿El Everest? Si casi se le atraganta el Pagasarri. Pero Nadal no es un deportista cualquiera. Es incansable. De esos que decía Bertold Brecht que luchan toda la vida. De esos que, sin duda, son los imprescindibles. Por eso sigue luchando…


Y llegan los primeros Masters 1000 del año: Indian Welles y Miami. Y mejora su rendimiento. Pero en Indian Welles vuelve a caer en semifinales contra Djokovic. Sin discusión: 7-6, 6-2. Y dos semanas más tarde, más palos en las ruedas de su recuperación. 2ª ronda, contra el bosnio Damir Dzumhur,… ¿quién? Un buen tenista que, quizás, dé que hablar en el futuro pero al que todavía, hoy, le falta un hervor. Pero irónicamente las altas temperaturas provocan que el tenista de Manacor tenga que abandonar el partido víctima de calambres, deshidratación y mareos cuando perdía 2-6, 6-4, 3-0.

Y, ¿lo siguiente? Más leña, sí. Nunca dejar de perseverar. Dos palabras mágicas: trabajo y esfuerzo. Masters 1000 de Montecarlo. Otra vez su querida tierra batida. Y ha sucedido hace pocas horas. No es milagro porque es un hombre quien lo ha logrado. Nadal derrota a Monfils en la final 7-5, 5-7, 6-0  en 2 horas y media. La fiereza de sus golpes, su portentosa preparación física, el peso sin igual que tienen sus bolas, su incansable espíritu de lucha se cobran por fin su recompensa. ¡Su 9º Montecarlo! Nadal se deja caer sobre la arcilla francesa. Levanta su puño y, como Eddie Nelson en El color del dinero, suelta un rabioso, ¡he vuelto! Sólo él sabe lo que esto ha costado. Pero a partir de ahora, gane o pierda, habrá que contar con él otra vez.   

Y hablaba también de nuestro Athletic. Todavía me duele la eliminación de la Europe League a manos y pies del Sevilla en una sangrante e injusta (¿hay alguna que no lo sea?) tanda de penaltis. Pero este domingo también, como Eddie Nelson, como Nadal, el Athletic ha vuelto. 0-1 contra el Málaga. Y esto no tiene precio. Otro tarde se empatará o se perderá pero ahora se sabe "volver". Y es ésta una gesta que nos sitúa entre los grandes. Entre ésos a los que siempre se distingue no por cómo se desploman sino por cómo se levantan de la lona. Por las miradas que, una vez recuperada la verticalidad, lanzan en derredor. Por esos ojos que retan y que anuncian que la siguiente batalla, o el siguiente partido, no le va a resultar sencillo  a nadie porque, tras las derrotas, están más vivos y fuertes que nunca. Que por eso han vuelto. Y que va a resultar imposible bajarles y echarles del carro. Ni con aceite hirviendo.

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miércoles, 6 de abril de 2016

SIN PERDÓN: BOB "EL INGLÉS" & SAMUEL JOHNSON, PARECIDOS RAZONABLES. Y ACLARO...


Aclarando… Cuando en las entradas a este blog escribo mis “parecidos razonables” no pretendo establecer ninguna valoración comparativa entre las dos obras que se comparan razonablemente. No trato de decir que aquello porque fue primero fue mejor y que esto, por ser presente, peor o una burda copia del pasado. Con mis parecidos razonables ninguna de las partes está en litigio, ninguna queda por encima de la otra. No hay cruce de sables.

Mis objetivos no irían por ahí. Ni mucho menos. Yo voy a otra cosa. Quiero que veamos cómo asumiendo la tradición podemos conseguir que esto que estamos realizando hoy nos ofrezca, además de los valores intrínsecos que pueda tener, mayores lecturas, otras perspectivas, riquezas de contenido y lograr, con esto, que la añorada y feliz tradición se vivifique en la obra más contemporánea y se nos muestre más actual de lo que normalmente se tiende a creer. Lo que sería, sin duda, otro mérito a añadir a la obra más contemporánea.
 
Mis parecidos razonables son, de esta forma, un reto, un guante lanzado al aire para conocer la tradición, para asumirla con todas sus consecuencias e interiorizarla porque de este modo conseguiremos que cualquier creación que afrontemos pueda ser doblemente apreciada: por lo que es y por la contribución que nos aporta esa tradición asumida e interiorizada; es decir, que no sea nuestra creación una creación simplemente mimética respecto a la tradición sino que actualice a ésta y pueda darse aquélla aportando nuevos puntos de vista e inscribiéndose, pasado un tiempo y con plenos derechos, en esa misma, vasta y fructífera tradición.

Éste fue el caso de Nexos 6 y Walt Whitman (cfr, Nexus 6 & Walt Whitman, parecidos razonables y… ¡felices fiestas!, en entrada del 23 de diciembre de 2016). Y éste es ahora el caso, motivo de la presente entrada, de Bob “el Inglés”, Richard Harris en Sin perdón, y no casualmente apodado “el Inglés”, con Samuel Johnson, autor de un monumental Diccionario de la lengua inglesa, y uno de esos inmortales personajes que pulularon por el Londres del siglo XVIII, al que muchos, no sin cierto criterio y para sorpresa de muchos “continentales” (entre los que me incluyo), aún denominan el “Siglo de Johnson” y protagonista, para terminar con este breve repaso a su biografía, de la celebradísima Vida de Samuel Johnson, que escribiera su amigo y biógrafo particular James Boswell al igual, tampoco casualmente, que vemos en la película de Clint Eastwood con W.W. Beauchamp, Saul Rubinek, que intenta escribir la vida y hazañas de Bob “el Inglés”. Sí, otro parecido razonable dentro de un primer parecido razonable.
 
Y apuesto a que Clint tuvo en cuenta estas circunstancias, a partir del voluminoso libro de Boswell, casi 2000 páginas, a la hora de recrear a los personajes de Bob “el Inglés” y de W.W.Beauchamp. Y apostaría, a pesar de estar en estos momentos rozando las más altas cotas de la ruina, porque sé que esta mano no me la gana ni el Edward G. Robinson de El rey del juego.

Leed sino el famoso diálogo de Bob “el Inglés” en la barbería de Sin perdón, comparando a la realeza (británica) con un simple presidente (americano). BOB “EL INGLÉS”: En la realeza hay majestad, dignidad, lo que excluye la posibilidad de un asesinato. Verá si usted apuntara con un revólver a un rey o una reina su mano temblaría como un flan. EL BARBERO: Yo no apuntaría a nadie con mi revólver. BOB “EL INGLÉS” (cont.): Siempre es una buena política, muy buena. Pero si lo hiciera le aseguro, si lo hiciera, la visión de la realeza le obligaría a eliminar toda idea de derramamiento de sangre, y se quedaría, ¿cómo lo diría?, extasiado. Ahora bien, un presidente, ¡oh, por favor!, ¿por qué no disparar a un presidente?
 
Y ahora leed y “oíd” a SAMUEL JOHNSON hablando sobre el Rey, en el mencionado James Boswell, Vida de Samuel Johnson, Ed. Acantilado, Barcelona, 2007, pp.392-393.: Señor mío, debe tener en cuenta que en nuestra constitución, de acuerdo con sus auténticos principios, el Rey es la cabeza del Estado, la suprema instancia: se halla por encima de todo lo demás, y no hay poder por el cual se le pueda juzgar. Es por eso que sostenemos que nada malo puede hacer el Rey, que todo lo que se pueda torcer y salir mal en el gobierno no debe ser colocado más allá de nuestro alcance imputándosele a la Majestad. Siempre habrá que resarcir la opresión, castigando a los agentes inmediatos de la misma. Aun cuando lo ordene, el Rey no puede forzar a un juez a condenar injustamente a nadie, por lo cual es al juez al que habremos de acusar y castigar. Las instituciones políticas se forman sobre la consideración de aquello que con mayor frecuencia tiende a redundar en bien de la totalidad, aunque de vez en cuando se produzcan excepciones. Así pues, es mejor en términos generales que la nación tenga un supremo poder legislativo aun cuando en ocasiones pueda estar sujeto a abusos. Asimismo, señor mío, es preciso tener en cuenta esta otra consideración (subrayada en el original): que si el abuso fuera inmenso, la misma naturaleza se alzaría en su contra para reclamar sus derechos originales y desbaratar un sistema político corrupto.
 
Y perdonadme por la, seguramente, larga cita pero, ¿no podría ser Bob “el Inglés” quien pronunciara estas palabras, así como que fuera Johnson quien firmara su disertación sobre los atentados contra un presidente y la salvedad de la realeza? ¿No nos suenan en ambos discursos un mismo aire convincente, de gentleman, casi arrogante, una misma seguridad en lo que los personajes defienden, la misma presunción y autoridad británicas? ¿No podrían, en fin, los dos personajes, el real y el ficticio, desde el siglo XVIII al siglo XX, intercambiar sus papeles en la vida y sobre la blanca pantalla de una sala de cine?

Sí, éstas son mi aclaración y mis parecidos; mis parecidos razonables; los que hacen crecer a Bob “el Inglés” a partir de la tradición y del recuerdo que nos trae (o por lo menos me lo trae a mí) del singular Samuel Johnson, y a éste crecer también por añadidura, a pesar de los años trascurridos, con su contribución (siguiendo las consignas de Clint Eastwood, por supuesto) a perfilar el carácter de Bob “el Inglés”.

Los parecidos razonables hacen así más grande y rica la obra más contemporánea, o el excelente western de Clint Eastwood en este caso, consiguen a través de las felices sinergias que establecen con la tradición y el pre-juicio construir una más que saludable actualidad. Son ellos, mis parecidos razonables, los que se vuelven hacia el pasado para tomar desde el presente un mayor impulso hacia el futuro, los que sacan, en definitiva, enseñanzas de aquello que fue ayer para dignificar esto que estamos viendo hoy. Y con ello dignificar aún más si cabe la propia tradición.
 

Por eso empezaba escribiendo que mis parecidos razonables nunca valoran. Ninguna de las obras “parecidas” es mejor ni peor que la otra. Simplemente una es y la otra fue. Pero desde los “parecidos” una, aquélla que fue, de un paso al frente y se actualiza, y la otra, aquélla que es ahora, se incorpora a la tradición y se aspira a eternidad como la primera, como Samuel Johnson, y como... Bob “el Inglés”. De este modo ambas obras se ennoblecen. Ambas salen, por igual, muy bien libradas del head to head: la obra del pasado porque su reminiscencia y presencia en una obra más actual le sirve en bandeja aquello de la eterna juventud de los clásicos, y la obra más contemporánea por aquello de representar a un presente que no se olvida que sólo con y desde la tradición y lo pasado se puede sacar pecho y aspirar a ser todo un clásico, a ser verdaderamente el más moderno.

PS,- Menciono de pasada, y termino, que estoy dispuesto a defender que para la construcción de todos aquellos personajes que han protagonizado las diferentes películas que el cine inglés y hollywoodiense han situado en el siglo XVIII (Las amistades peligrosas, Valmont, etc.), la lectura de Vida de Samuel Johnson, los impagables diálogos y reflexiones de su protagonista han resultado para todos sus guionistas de una imprescindible ayuda. 
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miércoles, 16 de marzo de 2016

BLAS DE OTERO, 100 AÑOS YA...

Este artículo fue publicado por la revista Hoy y Ayer en su número de Primavera/Verano 2016.

En el centenario del nacimiento de Blas de Otero se me ocurrió esta poesía. Si podía se lo debía. Qué menos. Es el poeta de Bilbao, el poeta de mi ciudad. Espero que no os disguste. QEPD.



15 de marzo de 2016

Me acerqué a una floristería

y compré un ramo de lirios.

Me gusta su olor.

Pienso con sus flores que la primavera

no es una quimera, y volverá.

Como todos los años.

Pero hoy también

es el aniversario del poeta,

del pido la paz y la palabra,

del día que sonrió al mundo

sin saber aún

lo que en él le esperaba.

Y llego hasta el 28

de Hurtado de Amézaga,

en Bilbao, la calle del viento

porque aquí el viento

sopla fuerte y tieso.

Como Blas.

Y sin que nadie sepa adónde va

o de dónde viene.

Como Blas.

Pero ojala arrastre con él

la paz y la palabra,

y las esparza por estos mundos de Dios,

a los que buena falta les hace:

paz-peace-alssalam,

y palabras sensatas.

Como Blas.

Al pie del portal deposito los lirios.

Para el, para el Ángel fieramente humano

que nació aquí mismo

hace ya 100 años.

Que a algunos pueden parecernos muchos

e incluso a otros, demasiados.

Y recito su soneto Hombre

para mis adentros, a voz pequeña

y con los labios prietos.

Nos dejó una sofocante noche de verano.

En Madrid Blas. Hace 37 años.

Que a algunos pueden parecernos muchos

e incluso a otros, demasiados.

Porque hay personas que no deberían irse nunca,

mas que para dar una vuelta…

y volver. Como la primavera.
 
Como todos los años. Como siempre.

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lunes, 7 de marzo de 2016

AND THE OSCAR GOES TO....


No he querido darme mucha prisa para escribir algo sobre la última edición de los Oscar, la 88ª si no me equivoco. Y es que estos premios no me quitan en absoluto el sueño y no dejan de parecerme una “gracieta” más o menos entretenida, más o menos coñazo de cómo reparte Hollywood los pasteles y el prestigio entre las distintas películas estrenadas a lo largo del año en cuestión.

Pero ya digo eso me trae, y dicho sea con todos los respetos, al pairo. Reconozco, por ejemplo, que no he visto ni una sola de las películas nominadas al Oscar a la Mejor Película de este año. Pero también reconozco que, poco a poco, a lo largo de los próximos meses o… años iré viéndolas, más que nada, por curiosidad, por saber qué es lo que más gusta y más se valora en la Meca del Cine y, de rebote, qué es lo que más gusta y se valora entre los millones de espectadores que, adocenados y amaestrados como los perritos más fieles que uno pueda imaginar, acuden puntualmente a las salas comerciales para ver esa ingente cosecha de oscars y de talento yankee a raudales.

Pero a lo que yo voy es a otra cosa. Como siempre. Pero a otra cosa a cuenta de los Oscar, de esta última edición de las estatuillas que reparte Hollywood. Para extraer con ello, y ésta es siempre mi esperanza, alguna conclusión que nos ayude a entender un poco mejor este mundo-de-mil-demonios en el que andamos metidos ya que, entre otros motivos, parecemos empeñados en construirlo así: con mil demonios, ni uno más ni uno menos. Y a veces, lo apunto por las risas y el cachondeo que en ocasiones atruenan nuestros oídos, hasta parece que nos gusta. O que tantos demonios nos la ponen…

Pero a lo que voy, o a lo que iba es que esta en esta última edición de los Oscar, la 88ª ya lo sabéis, se decidió entregar los premios atendiendo al orden cronológico que lleva la realización de una película. De esta forma los primeros premios es ser entregados fueron los oscars a los guiones, germen escrito del que nace lo que posteriormente será la película. Así el Oscar al Mejor Guión Adaptado fue para La gran apuesta. Y el Oscar al Mejor Guión para Spotlight. Y siguiendo durante el transcurso de la velada con las sucesivas entregas se finalizó, como objetivo y colofón en el que confluyen las restantes categorías, con el Premio Gordo, con el Oscar a la Mejor Película que fue a recaer, asimismo, en Spotlight.

Y hasta aquí nada demasiado novedoso bajo el sol. Un nuevo criterio a la hora de entregar las estatuillas y poco más. Pero…, ¿estamos seguros? Porque cuando las categorías intervienen y contribuyen al unísono en el acabado de la película, ¿qué premio se concede en primer lugar y cuál en segundo, que en este caso es el primero en importancia ya que el último, el Oscar a la Mejor Película, es el más importante?

Y ya voy a lo que voy. Entre el director de la película y el actor protagonista, ¿a quién damos el Óscar primero? Tradicionalmente siempre se entrega el Oscar al Mejor Director antes que el Oscar a la Mejor Película; esto es, el Oscar al Mejor Director es el 2º premio en importancia, el que más se acerca, reloj en mano, al Oscar a la Mejor Película.

Pero, ¿qué iba a pasar este año aplicando el nuevo criterio a la hora de repartir los preciados Oscar? Pues que el Oscar al Mejor Director, que fue a parar a las manos de Iñarritu, quedó relegado al tercer cajón del podium y fue entregado en tercer lugar, empezando por el final, claro. Una medalla de bronce, para entendernos. Y el Oscar al Mejor Actor, que recogió Di Caprio, subió un peldaño en el figurado podium y se colgó la hipotética medalla de plata. Luego, por último y ya para el anecdotario, Oscar para Spotlight. Y medalla de oro que te crió.

Pero creo que todo esto, este nuevo orden no había ocurrido hasta la fecha o llevaba muchos años o ediciones de Oscar sin ocurrir. ¿Y qué me pasa?, ¿qué tengo que añadir? Pues que no me parece baladí. Que Iñarritu, el Mejor Director, suba primero a recoger su premio y que después lo haga Di Caprio, el Mejor Actor es una manera, tan decorosa como otra cualquiera, de prestigiar al actor o a los actores por encima del director o los directores; una manera, tan decorosa como otra cualquiera, de reconocer que son ellos los que llevan y llenan, principalmente, las salas del cine(y por favor que nadie me salga con la aburridísima guerra de sexos; yo hablo de ellos y de ellas también, de los actores en general), los que hacen que el negocio les dé a todos ellos, a sus niños y mujeres, de comer.

Y así Hollywood fue fiel a su regla de oro, al principio que le dio, le da y le dará su auténtica razón de ser y de continuar siendo. Hollywood es la Meca del Star System. Él inventó el sistema y el sistema, agradecido, le llena la boca y los bolsillos. Luego es normal que Di Caprio recogiera su estatuilla después de Iñarritu. Las peores películas de Leo seguirán viéndose durante muchos años porque en ellas sale y están protagonizadas por Di Caprio.

Como ahora continuamos viendo algunos engendros de Mickey Rooney sin que acertemos a decir ni una letra del nombre del director. Y simplemente porque esas películas las protagoniza él, una estrella, aquel actor que no aprendió nunca a crecer o Mickey Rooney.

Y así creo que el orden en la entrega de estatuillas en la Edición 88ª de los Oscar no fue casual. Con él Hollywood se reafirmó en sus postulados. Uno de los cuales reza, la estrella por encima del director; la star y después, el director; la star apoyando la punta de su increíble Alexander Mc Queen sobre la espalda del directed by. Y de paso con esto Hollywood nos lanza el guante a los que estamos en la otra orilla, a los europeos del Zinemaldi, de la Mostra, de la Berlinale y, sobre todo, de Cannes. Porque ellos se quedan con las estrellas, con su Star System y a Cannes le ceden los directores, el cine más sesudo, el cine de autor. No nos peleemos, parece decir desde la colina de Hollywood. Hay pastel para todos. Para nuestra colina (ver foto arriba) y para vuestro paseo (la promenade de la croisette, ver foto sobre estas líneas). No nos enzarcemos en vanas disputas. Si mantenemos el orden, el negocio, repartido como buenos colegas (sic: ¿no serán gangsters repartiéndose sobre plano la Ciudad del Ocio?), nos rentará pingues, incalculables beneficios. A los dos. Pero siempre que tú estés a lo tuyo. Y yo a lo mío…

Sí, a mí los Oscar de este año bisiesto me han sugerido reflexiones como ésta. Y no me parece ni mal ni bien. En realidad son los hechos. Los mismos que continúan diciéndome que este mundo de las alfombras rojas y del entretenimiento es algo pero que muy, muy serio...
 

Sí, Al Capone lo hubiera firmado.
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miércoles, 17 de febrero de 2016

EL ESPECTÁCULO HA JODIDO EL PARTIDO DE LAS ESTRELLAS


El otro día vi el All Star Game de la NBA. Y digo “día” porque lo vi grabado, por la tarde, justo después de comer. Y lo siento. Pero ni por todo el oro del mundo (y es un decir, claro) hubiera trasnochado, estando como estaba sobre aviso, ya que el Gasol Star de 2015 había sido igualmente insufrible, para presenciar semejante chirigota, diseñada y escenificada en loor del espectáculo más circense y menos deportivo que quepa imaginar. Y dicho sea esto con todos los respetos hacia el muy honroso trabajo en el circo, hecho para entretener a la parroquia de cualquier edad. Ahí es nada.
 

Pero el baloncesto, y la NBA con más motivos aún (por algo presume de ser el mejor baloncesto del mundo), es deporte antes que nada. Y el espectáculo que le acompaña, cuando quiere resultar aún más atractivo para el espectador, debe estar por detrás de él, del deporte, del baloncesto, de la NBA, en este caso. Y si no sucede así, y ocurre al revés, como ocurrió en el Gasol Star de 2015, y como ha ocurrido este año en Toronto, tenemos lo que Goya nos ilustra en el famoso cuadro que he elegido para ilustrar este artículo: que Saturno o el espectáculo devora literalmente a su hijo o al deporte o al baloncesto o a la NBA.

Y lo explico. El año pasado, en el Gasol Star, ya habíamos tragado una de esas píldoras de desagradable sabor e ingesta, aunque de eficadísimos resultados contra el insomnio más puñetero, y asistido a un partido bochornoso e insufrible donde sin embargo todos, jugadores, técnicos, comentaristas, etc. incluidos, no dejaban, ni por un segundo, de sonreír bobaliconamente ante cualquier circunstancia por nimia que fuera ésta, y de dibujar con sus labios las sonrisas más estomagantes y “profiden” que uno pudiera  soportar.

Pero, ¿es que había no había nada de que reírse? Y creo sinceramente, sin pecar de aguafiestas, que no, que no había nada. Porque el All Star Game es traduciendo, más o menos el título, El partido de todas las estrellas. Y repito, por si alguien no me habría oído, el partido. Y lo pongo, además, en cursivas para que a nadie se le olvide que el partido es lo más importante. Y que se lo pregunten si no a los miles de espectadores que pagaron las entradas para el evento con una antelación digna de mejor causa o que las adquirieron, incluso, en la reventa abonando a todas luces, y más aún en esta ocasión y en estos tiempos que corren, un precio desorbitado.

Aunque entonces, y con más motivos que nunca, el espectáculo debería estar al servicio del partido. Hacer que éste resulte inolvidable de verdad. Pero si el espectáculo se coloca al frente del show, saca pecho y se presenta en primer lugar relegando deporte, al partido, lo realmente importante no lo olvidemos, a un papel segundón, de mera comparsa o bufón que le ríe las gracias espectaculares, pasa lo que pasa. Lo que ha pasado. O lo que me pasó a mí viendo el partido en diferido: que me faltaban dedos en las manos para manejar el mando a distancia y echar para adelante la grabación, ¡a toda hostia!, y no sólo en los descansos entre los cuartos, ni en los tiempos muertos, ni en los tiros libres, ni… Sí, la alteración de los factores o el espectáculo por delante del deporte, me incita a levantarme decepcionado y aburrido, a apagar el televisor e irme directamente a la cama, que para perder el tiempo ya me he hecho, sin duda, demasiado mayor.

¿O no es perder el tiempo presenciar un partido, como el del pasado año, el flamante (sic) Gasol Star o el de este año en Toronto, de cuyo resultado ni me acuerdo aunque sí recuerdo que se cruzaban apuestas sobre si alguno de los equipos, ya sabéis en estos All Star:, el Este y el Oeste, llegarían a ¡¡200 puntos!! Sí, cachondeo puro, pero del peor. Porque, ¿dónde estaban las defensas? Sí, de acuerdo, el All Star, el partido es, sobre todo, una fiesta, pero hasta en los encuentros entre solteros y casados hay pique, hay al final unas ganas de imponerse, de ganar, de derrotar al contrario que en este encuentro entre súper profesionales no vi por ningún lado.

Allí, en Toronto, el otro día, no defendía ni dios. ¿Cuántas personales se pitaron?, ¿cuántos tiros libres se lanzaron?, ¿cuántos tapones se pusieron? Cero coma. Sí, todo era un corre-calles continuo. Sin ningún orden ni concierto. Cogía uno la pelota, un par de botes contra el parque (no fuera a estropearse la madera) y… triple que te crió, estuviese donde estuviese (Stephen Curry se hartó de intentarlo, sin ton ni son, casi desde el medio campo), o se marcaba un mate (¿habrá llevado alguien la cuenta de cuántos se hicieron? No lo sé, pero a mí su reiteración me dejó tan grogui como si el Tyson de sus mejores veladas me hubiera atizado un crochet en pleno mentón) o un alley-hoop tan imposible y disparatado que hubiera hecho sonrojarse a los mismísimos Globetrotters.

Así que con estos precedentes, y con los peores antecedentes del año pasado confirmados, para el 2017 que no cuenten conmigo porque ni en diferido pienso presenciar semejante gracieta que a mí, por lo menos, no me hace ninguna gracia. Será, a lo peor, que soy uno de esos anticuados admiradores de los Marx Brothers. Y más hoy, porque los otros Brothers, los Splash, o los Thompson y Curry, ni una vez me hicieron esbozar la más triste y raquítica de las sonrisas.
 

Por eso todo había pensado en llamar al presente artículo con el conocido título de la patriotera canción, que Irving Berlin compusiera en 1918 y revisara 20 años después, God Bless America yet?, pero añadiendo al título el yet, o sea, un todavía. Porque,  ¿bendice todavía Dios a América? Ya que a este paso, con tanto espectáculo donde el deporte, el baloncesto, la NBA es apenas una migaja asomando en los labios del gigante tragón, terminarán cargándose el partido, el otrora esperado All Star Game, el Partido de las Estrellas donde los mejores jugadores del planeta (¿o hacemos memoria y repasamos las plantillas del Este y del Oeste con los Jordan, Magic, Larry Bird, Abdul Jabbar, Kart Malone, Shaquille, el mismo Kobe Bryant, etc. y etc.?) se reunían una vez cada año para jugar juntos, y divertirse sí, pero para ganar también y hacían, con todo esto, que para nosotros fuera, sin duda, un partido singular e irrepetible.
 

Porque en ganar el partido, cualquier partido pero el All Star con mayores motivos, en la victoria residía, para todos esos “jugones” (que diría el añorado Andrés), el honor de ser los mejores entre los mejores y eso no podían olvidárselo en el bolsillo de cualquier chaqueta. Por algo luego, en sus curriculums presumen (y a mucha honra) de haber sido elegidos All Star tantas veces.

Pero hoy en día ese honor, ¿dónde coño está?, que se preguntaría un buen aficionado harto del partido; perdón, de la pachanga. Seguramente escondido, avergonzado ante semejante espectáculo (sic); espectáculo “saturnial” y devorador de su propio vástago, que se olvida que él no es el rey de nada por sí solo, y que debe plegarse (en el caso que nos preocupa) a los intereses del deporte, de la victoria, y nunca a la inversa; cosa que aquellos Jordan, Magic, Larry Bird siempre tuvieron muy clarito: solo con el espectáculo no se construye ningún deporte. Quizás se alce la carpa de algún Circo del Sol pero al Partido de las Estrellas, en realidad, a ningún partido de ningún deporte, eso no le vale. Le resulta claramente insuficiente. Y si alguien no se lo recuerda urgentemente a todos esos Mandamases de la NBA muy pronto este histórico Partido de las Estrellas será tan histórico como el Tyranosaurio Rex. Y lo que es más triste aún, nadie lo lamentará. Porque como en su momento Spielberg rodó Parque Jurásico nosotros también podremos echar mano, con youtube o nuestra apañada videoteca, de los jurásicos y alucinantes All Star de los tiempos prehistóricos, pre-saturniales, donde el espectáculo no lo era todo.


PS,-  Sobre la Super Bowl también habría que escribir algo. Y darle otro merecido tirón de orejas o de patillas porque durante esta edición de 2016 me he hartado de contar ovejas. Y desgraciadamente no ha sido la última vez en estos últimos años. Claro, en América el espectáculo se lo está comiendo todo. Siempre tiene hambre el muy glotón. Ya se ha zampado el All Star. Y amenaza con seguir... Así que estos yankees, y todos nosotros por extensión y globalización, y por muy diferentes que nos creamos ahora, mejor que estemos al loro. O atengámonos a las consecuencias. Yo sólo aviso. 
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