Como está ocurriendo en casi todo el mundo, y las artes no van a ser una excepción a la regla, al movimiento LGTBI- no me falta ninguna letra, ¿verdad?- parece que le hemos dejado despertarse completamente, hemos desplegado la alfombra roja a sus pies y así se nos ha subido a las barbas y se ha puesto al frente del cotatrro, diseñando, por ejemplo y entre otras tareas, las puestas en escena sobre las que se va a dirimir y representar el espectáculo que esa noche nos toque presenciar.
A modo de comprobación, sólo habría que asistir a las representaciones que se exhiben, incluso, en escenarios de primer nivel, tipo Salzburgo, donde el otro día pude asistir por televisión- y ya vale, al final de esta entrada volveré sobre esto- a una lamentable escenografía de El viaje a Reims, última ópera escrita en inglés por Rossini- cierto, la ópera bufa, y la ópera de Rossini lo es, es, posiblemente, el escenario donde más a gusto se encuentra el señalado colectivo.
Pero yendo directamente al grano, bajándome de las ramas y hablando en plata de ley, habrá que spuntar que la frivolidad y el mariconeo LGTBI campaban a sus anchas de acuerdo con un género bufo sacado de madre, tanto en los ademanes vulgares y repetidos hasta el ahogo de algunos de sus principales cantantes/actores, como en los mismos decorados y vestuario que lucía la escena o los personajes y que me animaron, en más de una ocasión, a apagar el ordenador, y a otra cosa mariposa.
Pero no lo hice. Sobre todo porque la ópera me apasiona, y porque no conocía El viaje a Reims; y verlo en Salzburgo, aunque fuera por televisión, con la gran Cecilia Bartoli al frente del extenso casting, me parecíó motivo más que suficiente para aguantar lo que se me echara encima. De esta forma- nunca hay bien que por mal no venga- pude bosquejar alguna de las razones por las que esto ocurre, las razones por las que el LGTBI campa a sus anchas, escribía antes, y se encuentra tan a gusto en su estrecha convivencia con el bel canto.
Porque no conforme con estar, el mencionado colectivo se presenta, además, como el auténtico rey del mambo, el amo de la función. Y eso, ¿q quién no le gusta? Y reparo, sin salir de la más profunda de mis alucinaciones, en cómo estos responsables de la puesta en escena, de los vestuarios, de las lentejuelas y las risas sin dueño, estruendosas y casi sin motivo racional que las ocasione, suelen ser los últimos en salir a saludar una vez concluida la representación. Como los jefazos que se sitúan por encima de la plantilla. Y así lo hacen, después de los cantantes, del coro si lo hubiera, del director del coro si lo hubiera, de la orquesta y del mismísimo director, poniendo desde el centro de la escena su desbordante, ¿y por qué no decirlo?, artificiosa alegría trasmutados ellos mismos, como si de un jueguecito se tratara y no de uno de los espectáculos más serios que el hombre del Renacimiento habría inventado, en los miembros más importntes de la representación.
Y no lo entendía. No me entraba en la cabeza. Me parecía una exageración se mirara como se mirase. Que el director de la orquesta estuviera por detrás del diseñador de la escena. ¡Toma ya! Pero el otro día me pareció entender por dónde pueden ir los tiros. Y El viaje a Reims me corroboró las sospechas. Entre su nutrido reparto, la diva, Cecilia Bartoli, ya en los momentos de los saludos y reconocimientos, en cuanto vio subir a la escena al decorador y estilista no dudó en arrojarse a sus brazos como una quiceañera en celo, y beso pa´aquí y beso pa´allá.
Claro la diva, en este caso era la Bartoli pero bien pudiera haber sido cualquier otra, se siente cercana a estos personajes que encarnan la moda, los vestidos y abalorios. Sabe que, en cierta manera, está en sus manos. La voz es cosa, exclusivamente, suya. Pero el aspecto, más o menos radiante, que luzca durante la ópera será cosa de aquellos personajes a los que vengo aludiendo. Y en un mundo donde lo que importa cada vez más, ¡ay!, es lo que uno parece y no tanto lo que uno es, ellos ordenan y mandan. Y según las divas van entrando en años y carnes- que el tiempo a nadie concede un indulto-, ellos más ordenan y más mandan, más contentos se ponen (sic), más se necesita que su aportación (sic) sea la que se espera de ellos: nada apolillada, nada viejuna, moderna, desenfadada y jovial como lo son ellos mismos, como mejor se venden estos tiempos que nos están tocando (mal)vivir, de tal manera que su trabajo (sic) pase de esta forma, de ser más o menos, importante a ser totalmente decisivo.
Claro, pero entonces llegaría Paco con las rebajas. Y yo, por ejemplo, al que siempre le ha gustado asistir a presenciar ópera en algunos de esos principales teatros del mundo, he tomado ahora la drástica decisión de no acudir a ninguno más. El viaje, el hotel, ¡el precio de las entradas que, al contrario de bajar como el nivel de los espéctaculos- no creo que nadie ponga en duda que vestuario, decorados y puesta en escena, forman parte de la columna vertebral de cualquier representación que se precie- continúa elevándose, y sin visos de tocar techo!- me hacen tomar precauciones y quedarme en casa, para ahorrarme una pasta y evitar disgustos y arrepentimientos tardíos, que suelen ser los peores ya que no tendrían remedio.
Sí, qué le voy a hacer... Pero es una pena, ¿verdad?
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