martes, 24 de marzo de 2026

LOS OSCAR: UN INCISO


Estos días lo he pensado: de unos años a esta parte las películas candidatas a los premios más importantes de los Oscar hollywoodienses, bien pudieran adscribirse y estar acompañadas por etiqueta donde se leyera algo tan rotundo como "no habrás visto nunca nada igual en tu vida". Pero sin llegar a preocuparse, y esto sí que es preocupante, por contestar a una pregunta que ciertamente debería formularse antes: ¿merece la pena ver ese algo que nunca habrías visto en tu vida?, ¿o sería preferible que continuara descansando en el "oscuro cuarto de los proyectos descartados y olvidados para siempre jamás"?

Porque ésa es la pregunta clave que andaría rondaando por mi cabeza, en estas fechas próximas a los Oscar después, por ejemplo, de haber visto y sufrido ese engendro perpetrado por Paul Thomas Anderson en compañía de Leonardo di Caprio y Sean Penn, entre otros y titulado, aquí en España, Una batalla tras otra y que, finalmente, se habría llevado los Oscar de máyor enjundia en esta 99ª edición, poniendo sobre el tapete y boca arriba aquel viejo chiste del manicomio, aquél que decía, en el 1º piso estában los locos, en el 2º los que lo están un poco más, en el 3º un poco más y en el último... el Director ;y que, por desgracia, hoy estaría más vigente que nunca 

Así que no voy a perder más el tiempo redactando una crítica que no me llevará a ninguna parte y, en su lugar, me centraré en esos llamados premios menores. Y justo ahí, y entre las películas nominadas al Oscar a Mejor Película Extranjera, me habría encontrado este año con la más que soportable- a pesar de su larga duración lo  cual, sin duda, le añadiría un mérito aún mayor- El agente secreto, película presentada bajo bandera brasileña y ¡co-producica, dirigida y escrita! por Kleber Mendoça Filho y que no tendría nada que ver, escrito sea de paso, con la magnífica novela del mismo título de Graham Greene.

En su lugar, El agente secreto, de Kleber Mendoça nos sitúa en el Brasil de 1977 durante los terribles días de la dictadura militar cuando Marcelo o Wagner Moura llega a Recife con la intención de reencontrarse con su hijo, pero pronto se dará cuenta de bruces con la realidad y, sobre todo, con las fuerzas gubernamentales que le persiguen y ponen en constante peligro su vida.

Sí, El agente secreto vence y convence. Consigue que ni por una sola vez, como tantas veces me ha ocurrido, vuelva como un periscopio la cabeza buscando el lugar donde los diseñadores han decidido colocar salvadora puerta de salida. Y, sobre todo, me hace recapacitar durante los últimos minutos de la película, en la poca importancia que tienen todos estos asuntos nuestros, observados con la debida distancia temporal. Sí, aquello que en su momento nos parecía una cuestión de vida o muerte, tiempo después debemos hacer esfuerzos para acordamos de ello.

Esto me sucedio con El agente secreto. En su tramo final la película vuela 16 años después. Y el hijo de Marcelo, interpretado- y no casualmente- por el mismo Wagner Moura-, apenas si recuerda nada de aquellos terribles sucesos que vivió su padre, como la más rotunda confirmación de que el tiempo, más que curar, lo borra todo en nuestras mentes sapientes, como si sólo el presente contara para ellas. Quizás, de no ser así, posiblemente la vida se nos haría insoportable. Sabia es la Naturaleza, sin duda.

Aunque si dejara de lado mis arrebatos filosóficos- lo siento- y me centrara en los cinematográficos no podría dejar de corroborar que este final de El agente secreto me llevó a otro final, éste, sin duda, más memorable, áquel con el que Hitchcock concluía su infravalorado y alucinante Topaz. En el un periódico es arrastado por el viento desde el banco de un bucólico parque. Cuando cesa el remolino leemos en su portada (la acción de Topaz trascurre en los años 60´) que la crisis de los misiles de Cuba se ha desactivado. Nadie parece reparar en ello, los ciudadanos caminan enfrascados en sus cotidianas tribulaciones, pero la película nos muestra el reguero de víctimas que la crisis ha dejado tras de sí; tan protagonistas, tan llenas de vida en su momento, como insignificantes ahora. Sí, la Vida que no sabe estarse quieta y... olvida.

Y ¡menos mal!, podríamos pensar, porque después de Una batalla tras otra yo sigo tan pichi. ´Sí, serán mis viejísimos influjos animales, irracionales, y que aún conservamos quién sabe dónde, los que nos permiten vivir, sobre cualquier circunstancia, siempre en presente.

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jueves, 5 de marzo de 2026

EL MUNDO SIEMPRE NOS COGERÁ EN PELOTAS

Siempre me ha llamado la atención que a pesar de los increíbles progresos que nuestra sociedad occidental ha venido experimentado durante los últimos siglos y, con especial alucine, durante los últimos, digamos, 75 años, sin embargo los cambios a los que nuestro mundo es sometido, nos continúan cogiéndonos con el pie cambiado, con una sorpresa que nos deja que sigamos haciendo esos gestos tan nuestros de arquear las cejas o de subir los hombros. Y todo ello a pesar de creernos listos, listísimos en progresión geométrica, y olvidándonos de aquella conocida y feliz ocurrencia que pronunciara Sócrates hace casi 3000 años, y que vendría a decir algo así como que sólo sé que no sé nada.

Claro, y a ver si nos entra en la cabeza, listos pero no listísimos, acaso y más acertadamente, listos ma non troppo recurriendo ahora a los latinos. Porque ejemplos no nos faltarían para tomar nota, enumerar las cosas que nos han acontecido en Occidente durante los últimos años y con las que apenas hace poco tiempo ni nos habríamos atrevido a soñar so pena de ser tachados de "lunáticos" o que, si nos las hubieran dicho a nosotros, habríamos levantado el mentón en una inequívoca y chulesca actitud, a la vez que habríamos respondido al iluso interlocutor de turno con un rotundo ¡eso te lo crees tú!

O si no que alguien hubiera puesto la mano en el fuego por acertar en 1945, por ejemplo, que la Televisión iba a ser apenas 10 años después ese invento que todos colocaríamos en nuestras casa y que nos habría hecho cambiar tanto o más aún que el Descubrimiento de América. Creo que muy pocos sabios hubieran augurado en su tiempo que semejante electrodoméstico, porque de eso se trata, cambiaría nuestras neuronas y nuestros más íntimos modi viwendi hasta un extremo semejante y sin apenas moverse del salón de una casa cualquiera. 

Pero después de la sorpresa de la "caja tonta y cuadrada" muchas otras sorpresas habrían llegado y alterado a nuestras vidas. Y escogo a otra de ellas: Internet. Porque hoy, ¿quién sería el indocumentado que defendería que Internet no ha modificado nuestras maneras de ver y enfrentarnos al mundo real; sí, real pero introduciendo en él los cambios, que desde la virtualidad de su lenguaje, nos ha suministrado la mencionada Red de redes?,  ¿quién lo habría  pronosticado; pero en serio?

Y abriría un escueto paréntesis para contaros, al hilo de esto último, que hace unos meses, durante una de las limpias a las que, periódicamente, someto a mi despacho, rompí y tiré a la basura un par o tres de certificados que atestigüaban que había finalizado los cursillos de MS-2 y de Lotus 123 con unas más que decentes calificaciones.. Claro, entonces a todos se les llenaba la boca hablando de que eso era el futuro aunque, apenas unos meses más tarde, caíamos en la cuenta de que aquello era, en realidad, un timo, no como el del tocomocho pero casi. Ni los más entendidos sabían por dónde les daba el aire; el viento soplaba, sí, todos de acuerdo, pero nadie hubiera apostado para qué.

En este sentido la (otrora) todopoderosa industria cinematogáfica muy bien podría habernos orientado sobre todo esto que despierta mi curiosidad y... perplejidad. ¿O no podrían las (otrora) todopoderosss Metro-Goldwyn-Mayer, Paramount Pcictures, United Artists,  etc. haber previsto los demoledores (d)efectos que sobre sus cuentas de resultados iba a provocar Internet hasta el punto de provocar la desaparición de muchas de ellas?,  ¿a qué se dedicaban sus bien remunerados, supongo, analistas?, ¿nadie supo adivinar y avisar de lo que se les venía encima? Películas en casita a la vuelta de un "click", cómodamente instalados en nuestro butacón preferido, lejos del engorro de tener que ir, y además pagando, a esas oscuras e inhóspitas salas comerciales que habrían ido cerrando sus puertas como caen las fichas del dominó empujadas por la que tienen detrás?

Y ahora la guinda del pastel, the last but not the least; esto es la Inteligencia Artificial, sí, la IA de marras, la que está poniendo todo patas arriba. Y podríamos pensar que, en contra de lo que ya nos habría sucedido con la Televisión o con Internet, la IA nos cogería por fin preparados. Y elementos para creer en ello parece no habernos faltado. Y no obstante habríamos vuelto a fallar, a quedarnos muy cortos. Más que nunca hoy los miedos a eso imprevisible que pudiera depararnos la IA, nos tienen en ascuas.

Y eso que ya lo escribía antes. Porque la propia industria audiovisual habría ido sembrando de anticipaciones nuestras elucubraciones sobre una inteligencia artificial. O, ¿quién no se acuerda de Hal-9000, en el 2001 de Stanley Kubrick, el súper ordenador que arruina la misión del Aries B1B cuando los astronautas deciden desconectarlo ante la increíble capacidad que parece haber desarrollado para pensar- sentir incluso- por sí mismo?, ¿o aquella terrible guerra contra las máquinas que está en el origen de Terminator2 cuando aquéllas se rebelan contra el ser humano que las ha diseñado y creado?

(Lo que, en el fondo, no dejaría de ilustrarnos, y abro con ello un segundo paréntesis, sobre el pánico que los humanos sentimos hacia la animación de lo inanimado, hacia el hecho de que, de repente, un muñeco, una piedra se meneen y cobren vida por sí mismos ante nuestra atónita mirada que, en definitiva, sean como nosotros somos?)

Sí, el mundo parece cogernos siempre la delantera a pesar de nosotros hayamos sacado billete para viajar con él, aunque, ¿incluso y aparentemente?, nosotros lo hagamos (posible). Lo inventamos, sí, pero él nos sobrepasa. Porque quizás, y como (im)posible solución a mi desconcierto, y al hilo de los ejemplos que hasta aquí habría expuesto, quizás, digo, nos haya llegado la hora de admitir a lo imprevisible como necesario compañero para cualquier travesía que queramos organizar y emprender; y a pesar de que esto imprevisible pueda ser recogido en nuestros códigos racionales sólo bajo la condición de indeseable.

Y ya tendríamos, entonces, al equipo completo. Con las conclusiones en la punta de la lengua o... del teclado. Con el ufano progreso sacándonos una cabeza y mirando hacia atrás y viéndonos cada vez más con la lengua fuera, haciendo la goma- por emplear ahora un término ciclista- desconcertados, sin saber qué hacer- echar pie a tierra o continuar- ni hacia dónde dirigir nuestros ojos, ni para qué hacia allí precisamente, tentados en estas circustancias, y más que nunca, hacia el carpe diem, que no sería sino el perfecto complemento del ¡a la mierda con todo(s) lo(s) demás!, el caldo donde se cocina el más pernicioso de los egoísmos, el que siempre nos dejará con hambre, asustados ante lo que se nos puede venir encima porque, por mucho que no queramos, siempre seremos seres- hacia.

Sí, seres hacia lo impreviisble.

¡Qué miedo, ¿verdad?!

   



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