jueves, 20 de septiembre de 2018

CHARLES LLOYD & SILVIO RODRÍGUEZ: LA MÚSICA PELIGROSA


Para Tintxo, por supuesto
Charles Lloyd, es un músico de jazz nacido en Memphis en 1938. Y yo lo cuento entre los grandes porque su figura y talento no se han casado nunca con nadie, y es peligroso. Esto último es fundamental: la música debe ser también peligrosa (¡¿por dónde andas Juan Querol?!), debe despertar conciencias y hacerlo con un bofetón, si es necesario. Quizás no guste a la primera escucha. Esto es parte de su peligrosidad, porque estaros seguros que cuando a la 2ª o 3ª os vaya atrapando, estaréis perdidos. Ya nunca volveréis a ser los mismos. Y eso es lo mejor de todo. Porque el cambio es algo inherente a nuestro mundo, a la materia que con la que se construye. Sólo los malos no cambian. Los que se agarran a lo que ya tienen y se quedan para siempre iguales. Yo creo que estos son los verdaderos traidores, los parásitos a los que se refiere Ernesto Cardenal, los que desprecian lo más noble de la naturaleza humana: el cambio, el progreso...

Y os dejo, para muestra un botón, con Twin Pearls, el temazo que Charles Lloyd grabó en 1967 con Keith Jarrett ¡al saxo soprano!, él mismo al tenor, Jack De Johnette a la batera y Ron McClure al contrabajo. Y al lorito, ¡peligro por los cuatro costados!…
Y añado, para completar la pareja (más "&"), la increíble versión, que un buen amigo me ha encontrado y que Charles Lloyd realizo más de 20 años después, de la bonita Rabo de nube, la canción de Silvio Rodríguez, otra alma con goma2 en los dedos, e imprescindible en estos años musicalmente tan dados al bostezo, a la MTV, a lo mismo-de-siempre. Sí, no podía haber ocurrido de otra manera: Charles Lloyd  y Silvio Rodríguez, dos perlas gemelas y muy peligrosas.


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martes, 4 de septiembre de 2018

BERNSTEIN & KARAJAN, PARECIDOS RAZONABLES


El pasado 25 de agosto se cumplieron los 100 años del nacimiento de Leonard Bernstein, posiblemente el compositor americano más famoso de todos los tiempos (en lo que a la música clásica se refiere no tendría duda alguna al respecto). Pero Lenny, como era conocido entre sus amigos y amigas, no fue un grandísimo pianista. Ni un grandísimo director de orquesta. Ni tan siquiera un grandísimo compositor. En su época, en cada una de las categorías que he mencionado, hubo músicos mejores músicos que él. Seguramente no demasiados, pero sí algunos. Pero en lo que ninguno habría podido superarle, ni siquiera acercársele a los talones, fue en popularidad.

Y es que Bernstein no paraba quieto. En todos los sentidos. Era el prototipo de americano hecho para comerse el mundo y no dejar ni una miga sobre el mantel. Nada parecía detenerle y desbordaba una vitalidad que transmitió tanto a las orquestas a las que tuvo que dirigir, como a los hombres y mujeres que se cruzaron por su vida, que no fueron pocos ni anónimos.

Al final, sin embargo, como nos ocurrirá, tarde o temprano, a todos los mortales, Lenny murió. Tenía 72 años. Era un otoñal 14 de octubre de 1990. Y expiró en su residencia de Nueva York, en el mítico (también este inmueble lo es) edificio Dakota (¿no se cargaron ahí a John Lennon?, ¿no rodó también ahí Polanski su semilla del diablo hace hoy justo medio siglo?- que el que quiera lea la crítica en la entrada grandes películas, pequeñas críticas). Desde entonces, desde que Lenny no está entre nosotros, la partitura de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, uno de sus autores favoritos, descansa junto a su cuerpo: una buena compañía para emprender ese siempre enigmático viaje a la eternidad.

Aunque si estoy escribiendo sobre Bernstein lo hago, además de por los obvios motivos de su centenario, por otra circunstancia en la que, tal vez, no todo el mundo haya reparado. Y es que pienso que Bermstein se presentó al mundo musical, y al mundo en general, como un alter ego, eso sí, con todas las diferencias que quisiéramos atribuirle, al también mítico Herbert von Karajan. Yo, por lo menos, siempre les he encontrado físicamente parecidos, aunque personal y musicalmente siempre se posicionaran en las antípodas el uno del otro. Si uno era blanco, por decir algo, el otro negro. Si Karajan era un espíritu teutón: serio, distante, arrogante (¿no afirmó aquello de que cuando muriera no se le enterrara, porque si Jesús resucitó al tercer día él no esperaría tanto?), Bernstein era más popular, cercano, casi “de andar por casa”: puro estilo “Gran Manzana”. Y si Bernstein reinó en América, Karajan lo hizo en Europa. Karajan, más volcado en las grabaciones discográficas, Bernstein, más (¡cómo no!: This  is America) en la televisión, donde difundiría sus conocimientos musicales con grandes cifras de audiencia, como demuestran sus Conciertos para Jóvenes, grabados cuando era ya titular, lo era desde 1958, con apenas 40 años, de la Filarmónica de Nueva York, y que continúan siendo, al día de hoy, el programa cultural de mayor éxito en la Historia de la televisión.

Y si hablo de los dos, aparte de sus parecidos físicos razonables (por lo menos para mí), es porque sus características me retrotraen a esos años de la Guerra Fría, donde si había, pongo por caso, un ajedrecista eminente a este lado del charco, y pronúnciese Karpov, los americanos producían otro a su estilo, al american way of life, pronúnciese ahora el controvertido y espectacular Bobby Fisher (¿cuántos reportajes y películas no se habrán producido sobre su esquiva figura?); y, del mismo modo, donde habría en la vieja Europa un aclamado director de orquesta, éste sería, Karajan, los americanos sabrían oponerle puntualmente su réplica correspondiente, o sea, Bernstein.

Y si Karajan nunca anduvo lejos de los centros de poder, no sólo musicales sino políticos, Bernstein tampoco los esquivaría. Sólo que a estos añadiría los aromas de esa atractiva popularidad que le acompañaba allá por donde fuera: compuso una Misa por encargo de la familia Kennedy, aunque también celebraría un concierto multitudinario con motivo de la caída del Muro de Berlín, con su salud hecha ya unos zorros, consecuencia, ¡cómo no!, de excesos de todo tipo. Llegó a fumar más de cuatro paquetes de tabaco diarios, asiduo consumidor de todo tipo de pastillas, y practicante del sexo sin demasiados miramientos. Tuvo relaciones con casi todos los miembros de sus orquestas. Tanto hombres como mujeres. Y con famosos de su tiempo, que podrían rellenar una inmensa lista de agraciados. Cuentan que Marlon Brandon andaría entre las líneas de su pentagrama.

Luego ni que decir tendría que en un hipotético enfrentamiento entre Bernstein y Karajan hoy, pisando ya el 2018, el ganador, y por k.o. técnico, sería el músico americano. Qué duda nos debería caber que, en ese hipotético cuadrilátero de la fama, el espíritu televisivo, follarín, alegre y animoso de Lenny levantaría los brazos triunfante. Hoy todos quisiéramos parecernos a él: culto, pero popular y desinhibido. Mientras que Karajan se nos habría quedado trasnochado. Culto, sí, muy culto, pero frío como un susto, seco como una nuez, adusto como un carraspeo…

Y es que en estos tiempos baumanianamente líquidos, sí, y populacheros como una romería, los ademanes y la entrepierna juguetona de Lenny serían otro ejemplo de esas actitudes ganadoras que derrotan a la solidez, a la rigidez de Karajan, a sus ojos entornados, casi ausentes, mientras la orquesta sigue, sin perderse una coma, el dictado que surge de sus prodigiosas y geniales manos.

Así que aquí os dejo con el Adagietto de la 5ª de Mahler, con el que Lenny cubre su pecho, pero en una versión ejecutada por Karajan porque, después de sus razonables parecidos (físicos), que haya también, y a pesar de sus diferencias, buen rollete entre estos dos genios de la música.



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jueves, 30 de agosto de 2018

MUSEO GUGGENHEIM Y JOANA VASCONCELOS: UNA VISITA MUITO OBRIGADO

 El otro día volví al Guggenheim para ver y disfrutar con la exposición de Joana Vasconcelos que, además, lleva por título I´m Your Mirror, con el que parafrasea la inolvidable (para muchos, entre los que me cuento) canción que Nico interpreta en el primer disco de la Velvet Underground (os incluyo el vídeo aquí abajo para que se os haga más amena la lectura de estas líneas).

La exposición merece la pena. Y bastante. Vasconcelos es una de esas artistas de “gran tamaño” que no deja indiferente a nadie. Además sus obras, multidisciplinares, invitan a que el público no pase de largo frente a ellas sino que participe en/con las obras, con una conexión con el mundo actual que nos rodea, que hace que el paseo por las salas donde se exponen, sea una bellísima versión sobre cualquiera de los aburridísimos telediarios que se cuelan a diario en nuestras casas. Vaya, que aprendo más de esta vida viendo, por ejemplo, la obra que Joana realiza sobre la decapitación de una mujer con burka que escuchando las clásicas peroratas de Ana Blanco sobre los disturbios de Siria.

Incluso, y no voy a destripar más propuestas, puede asistirse a una encomiable, y más que saludable y recomendable, confraternización entre sexos disfrutando en los exteriores del museo del gran anillo que Joana realiza con embellecedores de neumáticos de coches (el hombre y el automóvil) y coronado por un diamante realizado con platos de cocina (la mujer y la cuisine) y, sobre todo ya en el interior, de los dos inodoros de pared (elementos, ni que decir tiene, adscritos a la sexualidad masculina) recubiertos y embellecidos con piezas de ganchillo (arte en el que las mujeres son, tradicionalmente, maestras). Incluso con estos inodoros el homenaje a la Fuente de Duchamp, pionera del ready-made y padre del arte más vanguardista, me parece un precioso y atinado detalle en estos tiempos que corren que se las pelan y hacen que nos volvamos tan olvidadizos.

Y, por último, un pensamiento, ¿un deseo marciano?, que me asaltó a la salida de la exposición, y con el me hago eco de una idea que tiene un buen amigo poco marciano:  ¿y si Vasconcelos y, por ejemplo, Barceló fueran compatriotas, y si España se olvidara de mirar tanto hacia arriba, hacia Europa quiero decir, y concentrara su atención en Portugal, en ese país que tiene ahí al lado y con el que sí le unen muchas más cosas y años de común convivencia, y juntos se centraran en construir una verdadera Península Ibérica, donde se bailara la jota, se cantara fado, se leyera a Pessoa, se viera el cine de Buñuel y de Miguel Gomes, se disfrutara con las playas de El Algarve o con las de Caños de Meca, se comiera una exquisita merluza a la ondarresa o un delicioso bacalao dorado?, ¿o tantas diferencias hay entre las costas de Finisterre y los atajos que bordean Oporto o el tranvía que recorre renqueante las angostas y enrevesadas calles de Lisboa?...

Bueno, pero paro ya, y os dejo con Nico y la Velvet. Lo prometido siempre ha sido deuda:
 
 

 
 
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jueves, 19 de julio de 2018

WIMBLEDON: EL 5º SET SIN TIE-BREAK ES UN TURRE

Hace algunos años escribí a la Federación de Tenis una carta que hoy, después de haber presenciado y ¡padecido!, algunos de los partidos de la última edición de Wimbledon, lejos de echar marcha atrás, hace que me reafirme en mis trece.

Bueno, la carta decía, más o menos, lo siguiente:

Estimados amigos/as,
ante todo felicitaros por la labor que realizáis por el bien de este increíble deporte, al que todos queremos, que es el tenis. Asistir, aunque únicamente sea como televidente, a uno de los partidos que actualmente se está disputando en Melbourne (era el mes de enero) es, no se me ocurre otra expresión, una gozada.

Pero, a pesar de esto, quisiera realizar una pequeña puntualización que me gustaría que ustedes trasladaran a los organismos y personas competentes para que le dieran una oportuna solución (que yo asimismo, modestia aparte, me atrevo a conjeturar en las siguientes líneas).

El tema sería el siguiente: en los partidos correspondientes a los torneos del Grand Slam (entonces Australia, hoy sólo Roland Garros y Wimbledon), el 5º set se ha decidido, excepcionalmente, que no se resuelva mediante el justísimo (al menos para mí, aunque esto ya sería otro cantar) recurso a la disputa de un tie-break, sino que se continúe, en su lugar, jugándose el partido hasta que uno de los dos jugadores obtenga una ventaja de 2 juegos.

A la situación le (pr)opongo una serie de pegas o defectos:

1º. Importante: si el tie-break es válido (y se supone que justo además) para resolver los empates a 6 juegos en el primer, en el segundo, en el tercer y en el cuarto set, ¿por qué no lo es también para el quinto set?

2º. No menos importante: cuando el partido no se sabe cuándo va a acabar (al no haber tie-break este hecho resulta más evidente) y puede prolongarse, de hecho, sine die (recuerdo aquel interminable 72-70 que disputaron Isner y Mahut hace unos años en el mismo Wimbledon- por cierto en la ronda siguiente Isner perdió en tres sets contra un tal Thiemo de Baker), el partido pierde interés y los espectadores acaban tan agotados como los sufridos jugadores, ya que en cualquier espectáculo que se precie es fundamental que el espectador, que al fin y a la postre es quien paga y debería mandar, sepa CUÁNDO VA A ACABAR aquello para lo que ha abonado su entrada.

(Entre paréntesis, recordaría al respecto los lanzamientos de los cohetes al espacio. El lanzamiento se ejecuta después de una cuenta atrás: 3-2-1-¡0!, y no después de una cuenta hacia delante que quién sabe cuándo va a concluir. Supongamos: 1-2-3-4-5- etc, etc…A la cuenta de 78, por ejemplo, me imagino que ya no quedaría nadie en las tribunas de Cabo Cañaveral.

O incluso, la misa. ¿Quién escucharía una sin saber cuándo va a terminar? Cuando se estuviera leyendo la 18ª lectura del Santo Evangelio según X, apuesto lo que fuera a que los banquitos del templo estarían ya más vacíos que la lavadora de una comunidad de nudistas. Y cierro paréntesis).

3º. Importante también: en esta situación sin tie-break el jugador que saca con igualdad en los juegos (imaginemos 7-7, 10-10, 14-14, etc.) tiene una GRAN VENTAJA psicológica respecto al jugador que sirve con desigualdad en los juegos (imaginemos 8-7, 11-10, 15-14, etc.).

Mientras que, en el primer caso, el jugador que saca puede perder su servicio y aún dispondría de otro juego para poder recuperarlo, recomponer la igualdad y evitar la derrota, en el segundo caso, el jugador que saca tiene “la soga al cuello” de forma permanente: claro,  perder su servicio le supone, inexorablemente, perder el partido. Y este desgaste mental (se entiende, el tener tantas veces la “soga al cuello”) se incrementa según los juegos y el partido vayan alargándose.

Sólo traería a la memoria aquel largísimo 5º set en la final de Winbledom entre Federer y Roddick que terminó a favor del tenista suizo 16-14. Sinceramente creo que para Roddick estar sirviendo siempre perdiendo, en situación de desventaja 15-14, 14-13, 13-12, 12-11, 11-10. etc. debió suponerle una añadida y, a lo que voy, injusta, porque nada ha hecho para sufrir tamaño castigo y evitable “tortura”. Porque bastaría para ello con mantener el tie-break también para el 5º set.

Y sin más y pidiendo perdón por, quizás, tan larga digresión, y agradeciendo vuestra paciencia infinita, recibid el más cordial de los saludos,

Toni Garzón
Un aficionado más


Sólo un par de días después me llamaron desde la Federación y, aún reconociéndome que tenía razón en mis argumentos, me aclaraban que poco podían hacer, ya que la decisión de no decidir el 5º set con un tie-break era una postura que defendían los grandes popes del Circuito; o sea, los Federer, Nadal, Murray, Djokovic, etc. Así, que los demás debíamos quedarnos calladitos.

Bueno y yo, por lo menos, he callado hasta hoy, porque ahora espero que después de las SF del Wimbledon de este año, donde el absurdo del no querer jugar un tie-break en el 5º set ha perjudicado, precisamente, a Federer (¡menudo turre para el suizo de 36 años meterse en un berenjenal de 11-13!), a Nadal y a Djokovic, ya que aunque éste ganara el partido qué agonía debió suponerle estar esperando, contando ovejas, a que acabara el interminable Ishner v. Anderson, para saltar a disputar su partido.

Resumiendo, creo que en este mundo hay cosas que son difíciles y otras muy fáciles de arreglar. Ésta sobre la que estoy escribiendo pertenece, sin duda, a las segundas. Basta con jugar un tie-break en el 5º set para que todo sea más justo y normal. Y punto, pelota y partido.

Por cierto, Djokovic ganó la edición de este año contra Anderson que no sé si acusó el inmerecido cansancio, yo sí lo sufrí con un gran bostezo, del 11-13 del 5ª set en los Cuartos contra Federer o de los 26-24 del 5ª en la SF contra Isner. Aunque al final siempre ocurre lo mismo: el pato lo paga quien ha pagado la entrada: la final fue un turre.

¡Ah! y otro día hablaremos del Mundial y del VAR…

 
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viernes, 29 de junio de 2018

AMANECER CON EL PIANO DE JOSETXO: QUIÉN DA MÁS

El martes 26 de junio me tocó cerrar los coloquios del 2º trimestre del cineclub FAS de Bilbao con la mejor de las compañías que alguien pudiera imaginar: sobre la pantalla, una excelente versión del clásico silente de Murnau, Amanecer (1927), y sobre las teclas del piano que acompañó la proyección, los dedos del no menos excelente Josetxo Fernández de Ortega.

Por eso el placer y la gozada fueron dobles. Al menos, para mí. O triples también, porque contamos con los socios y asistentes a la proyección y al coloquio y que, con un criterio digno de alabar, dieron, en un número más que notable, la espalda al fútbol, a los problemas de Messi, al Argentina-Nigeria correspondiente al Mundial de Rusia.

Pero yendo a lo que vamos, y a lo que quiero ir, que no es a otra cosa que a la prodigiosa Amanecer… Sí, no exagero: “pro-di-gio-sa”. Como tantas otras obras pertenecientes a los últimos años del Cine Mudo, a esos que precedieron y, muchas veces, ya se juntaron con el cine sonoro que ya voceaba desde los tiempos de El cantor de jazz, también de 1927.

En 1895, 32 años antes, y tuvimos ocasión de comprobarlo en el mismo cineclub, se habían iniciado las andanzas del celuloide con aquellas primeras películas de los hermanos Lumiere, Salida de la fábrica de los Lumiere en Lyon, La llegada de un tren a la Ciorat, El mar, y un larguísimo etc. Y como una increíble avanzadilla de los tiempos líquidos que nos iban a tocar vivir, y que aún vivimos, durante el siglo XX, estos tiempos que, en contraposición a los tiempos sólidos que habríamos conocido hasta entonces y donde se sabía exactamente en qué estado te encontrarías en función de los años que adjudicara tu DNI (estudiante, cursando la mili, carrera, novia, trabajo ¡fijo!, mujer, hijos, nietos…), todo iba a saltar por los aires, ponerse manga por hombro y dejarnos en la mayor de las incógnitas sobre qué es lo que va a pasarnos al segundo siguiente de hacernos la pregunta…

Sí, a esto me refería en una reciente entrada en mi blog cuando hablaba de las pinturas rupestres, garabateadas por nuestros ancestros hace 40.000 o, según recientes estudios, hace 70.000 años, y de las primeras civilizaciones surgidas a orillas del Tigris y del Eufrates hace 6.000 años, o del Nilo hace 5.000. Sí, no cabe duda de que el tiempo entonces avanzaba, por seguir usando términos cinematográficos, a cámara lenta, muy lenta. Que el hombre se tomó su tiempo, valga ahora la redundancia, para dejar las pinturas de colores y pasar a construir, las algo más colosales, pirámides. Casi 34.000 años, según unos, o 64.000 según otros. Que tanto monta como monta tanto.

Porque en cualquiera de los casos, tiempos solidísimos como una roca., hasta la llegada del siglo XX y del cine mudo a sus espaldas que se erige como el más poético canto a la liquidez de los nuevos tiempos ya que en un plazo de apenas 30 años comienza, se desarrolla, crece, madura y muere atizando un golpe en la mesa y asegurando que más que desaparecer, se pone de costado y deja, respetuosamente, paso al estrepitoso cine sonoro, ofreciéndonos, a modo de espléndido canto del cisne, aquella inagotable muestra de obras de arte a la que antes aludíamos y que vendrían a decirnos algo como, aquí está el nivel que en 30 años hemos sido capaces de alcanzar, a la vez que nos lanzaban el guante y nos retaban bravucones, a ver, a ver si vosotros, tan parlanchines, conseguís llegar a nuestra altura. Sí, eso “decían” La pasión de Juana de Arco, El demonio y la carne, El gran desfile, El maquinista de La General, El circo, Metrópolis, El acorazado Potemkin, El viento, La madre, Los muelles de Nueva York, El cameraman … Y el mundo marcha, Luces de la ciudad, Vampyr, y no sé cuántas obras maestras más.

Y cierto, la bravuconería silente quedó ahí, junto a la planta de nuestros pies. Pero los cineastas sonoros recogieron el reto. ¡Cómo no! ¡Buenos eran ellos! Aunque muy pronto comprobarían que el reto se las traía, tan pronto como supieron que igualar la maestría de Amanecer, por ejemplo, iba a tratarse de una empresa diabólica, una cumbre casi imposible de hollar y que aquellos mudos que no “decían” nada, en realidad quizás callaran porque ya lo habrían dicho todo.
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martes, 19 de junio de 2018

POR QUÉ EL FÚTBOL ES EL DEPORTE REY



Sí, ahora que el rey es más rey que nunca. Ahora que el balón que ha chutado, corre por los campos de Rusia pero también por la hierba que todos vemos apoltronados en las butacas de nuestras casas, os voy a contar lo que nadie os ha contado nunca sobre el fútbol, pero empezando, irónicamente, por una cosa sobre la que todos habréis oído hablar antes miles de veces, eso: que el fútbol es el deporte rey. Y todos podréis pensar, al momento, en algún o en algunos motivos para que este aserto sea tan cierto como que la Tierra da vueltas y todos, casi sin excepciones, tendréis razón.

Pero yo, en estas líneas, voy a centrarme en un detalle, en el detalle que hace que la realeza del fútbol sea una proclama indiscutible, en el auténtico quid de la cuestión y, sobre el que también pienso, que muchos no habréis reparado con la atención que se merece: el fútbol es el deporte más complicado que al hombre, en cuanto homo sapiens sapiens, se le ha podido ocurrir inventar y practicar, o ver en vivo pagando una entrada o en el salón de su casa abonándose a un canal de televisión. Y por estos derroteros voy a seguir.
 

Porque al hombre, a ese homo sapiens sapiens, todo lo que es complicado le resulta más atractivo y apasionante que aquello que es más sencillo. Le va en los genes. Y a estos les va la marcha de la complejidad. ¿O, acaso, no preferimos contemplar las majestuosas y complicadas pirámides de Egipto que la apañada y sencilla caseta de un perro? Luego sigamos.

Y reparemos en que el fútbol es un deporte en el cual dos equipos, compuestos cada uno por 11 jugadores, juegan sobre un campo rectangular cuyas medidas más comunes suelen ser, en la Liga Española sin ir más lejos, de 105 metros de largo y de 68 de ancho, y tratan sobre él de meter un balón, que de acuerdo con lo que dictamina el Reglamento de Competencia de la Internacional Board, en su regla 2ª, será esférico, de cuero o de algún otro material adecuado, con una circunferencia no superior a 70 centímetros ni inferior a 68; con no más de 450 gramos de peso ni menos de 410 al comienzo del juego y con una presión que oscile entre las 0,6 y 1,1 atmósferas al nivel del mar; o sea, y hablando en plata, entre los 600 y 1100 gramos por centímetro cuadrado, tratan, decía esos dos equipos de meterlo en una portería (cada uno en la del contrario, claro), situada en los dos lados cortos y opuestos del mencionado campo rectángular, de 7 metros y 32 centímetros de largo, y 2 metros y 44 centímetros de alto, defendida por un jugador al que llamamos portero y que será el único de los 11 que pueda emplear para evitar que el balón entre en la portería cualquier parte de su cuerpo (luego veremos que esto para el resto de los jugadores será una excepción, y una nota fundamental para todo lo que pretendemos explicar). Bueno, cojamos aire…

Y ahora, si ese balón entra en la portería, el equipo que lo haya logrado habrá marcado un gol. Y el equipo que marque más goles al término del tiempo reglamentado, que se divide en dos partes de 45 minutos cada una (lo sé voy poco a poco), habrá ganado el partido.

Y esto que a muchos les puede sonar a chiquillada o a algo relativamente sencillo, si se mira con cuidado, o con cuidadín que decía el gran Chiquito, se verá que es bastante más complicado. Y más todavía si a las premisas citadas añadimos aquella nota fundamental, o fundamentalmente puñetera y antinatural (después me explico), de que cualquier jugador, que no sea el portero, ¡sólo puede emplear la cabeza y el pie para manejar y conducir el balón hasta la portería contraria y nunca las manos! ¡Coño, y esto que parece, a simple vista de pájaro, una tontería es lo que hace del fútbol el deporte más endiabladamente complicado que podamos, sapiens sapiens, haber inventado! Y el más apasionante. Por eso, decíamos arriba, que es el rey.

Pero “antinatural” y “endiablado”, también. Y lo escribo y lo subscribo. Porque el hombre, lo sabemos o lo hemos escuchado en algún documental, si por algo se distingue del resto de las especies animales que pueblan, y con las que compartimos, este Planeta es por el uso extremadamente singular y portentoso que hacemos de las manos y con ellas, de los dedos. Esta capacidad es la que nos hace naturalmente superiores y, a veces, y en nuestros mejores momentos, casi divinos.

Aunque si jugamos al fútbol, y no ocupamos el puesto de portero, las manos al bolsillo. Las manos no deben servirnos para nada, porque si se nos ocurre tocar con ellas el balón incurriremos en falta y si lo hacemos descaradamente seremos expulsados del partido. ¡Coño, esto empieza a complicarse, sí! Antinaturalmente…

Porque habrá que reconocer que poner a 11 jugadores (bueno a 10, el portero ahora no cuenta) de acuerdo en conducir con los pies un balón, no muy grande, en un campo, bastante más grande, y colarlo en una portería, ni grande ni pequeña, pero defendida por el único jugador que puede usar todo su cuerpo en impedir que este balón entre en su portería, es una práctica y un logro bastante, o por decirlo castizamente, muy jodido.

¿O habéis pisado, alguna vez, un campo de fútbol reglamentado, y os habéis situado, por ejemplo, en su centro y mirado, hacia delante y hacia atrás, las distancia que os separa de las porterías, ¡en el 5º pino!, o en el tamaño que desde ahí tienen esas mismas porterías, ¡liliputienses!? Pues añadid ahora a estas dificultades, que por el campo pululan 21 jugadores más como nosotros, y que con 10 de ellos tendremos que pergeñar una táctica que nos permita llevar el balón hasta la portería contraria, sorteando el denso tráfico de compañeros y contrarios, y conseguir un golito, mientras estos, los 11 contrarios harán todo lo posible para evitarlo. Complicadillo, ¿verdad?…

Y sin embargo, a medida que las dificultades crecen, nosotros, los homo sapiens sapiens,  nos vamos poniendo más y más cachondos. Lo sabemos. Las complicaciones hacen, irónicamente, que lo mejor de nosotros mismos salga a relucir. Y a todo esto habrá que sumar ahora, para entender por fin lo del deporte rey, los consecuentes directos que estas características complicadillas del juego tienen sobre el fútbol.
 

El primero de ellos, y creo que el más decisivo para que la complicación sea efectiva, y la subsiguiente consideración de deporte rey resulte concluyente es que, a causa de esas complicaciones, los goles que se marcan durante los partidos de fútbol son relativamente escasos. Incluso muchos partidos acaban con el resultado de 0-0, o con un pírrico 1-0. Pero esta racanería, paradójicamente y lejos de resultar un defecto, es la hace del fútbol precisamente un deporte real, ya que es esta escasez de goles la que hace que el resultado final de un partido sea muy incierto y que, de esta manera, ¡cualquiera de los dos equipos pueda ganarlo!

¿No os dais cuenta que en el baloncesto, por ejemplo y al contrario de lo que ocurre en el fútbol, las sorpresas o los “maracanazos” casi brillan por su ausencia? Un equipo para ganar un partido de baloncesto tiene que anotar en el cesto contrario, por lo menos, 30 canastas, y esto hace la victoria para el equipo más débil sea casi una misión imposible, y, por lo general, terminará dando su brazo a torcer ante el equipo más poderoso, al que le resulta mucho más sencillo, por sus probadas aptitudes y jugosas cuentas corrientes, llegar a esa cantidad de canastas.

Pero el fútbol es distinto. En el fútbol, a cuenta de lo que llevamos escribiendo, a cuenta de su complicación, de los pocos goles que se necesitan para ganar un partido, el equipo más débil puede derrotar al más fuerte. Y esto, desde David y Goliat, nos entusiasma. Porque el débil podrá ganar al fuerte y abusón sólo por 1-0. ¿Y qué equipo no es capaz de marcar solo un gol? ¡Un gol y no las 30 o 40 canastas, por acudir otra vez al ejemplo del basket! Y estas cuentas, un-solo-gol, únicamente cuadran jugando al fútbol. Y así, las sorpresas, los imprevistos, la incertidumbre del resultado, el lado hacia el que finalmente se inclinará la balanza nos mantendrá a todos en vilo, ¡esto es pasión!, mordiéndonos las uñas, estirándonos de los pelos, con los apretados “uuuyyys” entre los dientes porque el resultado, hasta el final de los 90 minutos, se mantendrá fácilmente en el aire.

Y después, y sobre estas premisas, ya nos cae el resto en cadena. Con los mimbres de la incertidumbre se inventan y se alimentan los grandes estadios abarrotados de ese público enfebrecido, las lucrativas quinielas y las apuestas en general: ¡más pasión!; también ellas contribuyen, ¿quién lo puede negar con dos dedos de frente?, a la inmensa popularidad del fútbol. Y al revés: también ellas, las apuestas, se calzan las chancletas y los trajes de baño y hacen del fútbol su particular y más refrescante agosto.

Por eso debemos convenir que, una de las sentencias más repetidas en los corrillos futboleros (que estarán llenos de estos lugares comunes; por algo el fútbol es el deporte rey y el más popular), aquella que reza que el gol es la salsa del fútbol, habría que entrecomillarla con esta extraña y aprendida coletilla (por lo menos para quien haya llegado hasta aquí), que los goles sean pocos o que la abundancia de salsa no arruine el plato.
 

Y termino con un más de lo mismo. Pensad que los partidos de fútbol acabaran con un 12-7 o un 21-8, o con un más ajustado y teóricamente apasionante 19-18, y mucho me temo que, al contrario de lo que pudiéramos creer sin la extraña y aprendida coletilla, ya que el gol sí sería entonces la salsa del fútbol y punto, posiblemente nos veríamos envueltos en un profundo muermazo, en un turre, en un mareante e insulso correcalles, en un sin ton ni son, hasta poder apostar (¡sí, me lo juego todo!) que dejaríamos de levantarnos de los asientos cada vez que nuestro equipo marcara un gol, ¿el 16º o el… 18º? Además de advertir que, con esta soporífera abundancia de goles, al fútbol habría que modificarle el nombre y en lugar de llamarle “fútbol”, referirnos a él como un tipo de “futbolito” o “futbito” jugado en campo grande, en el que el propio diminutivo del término ya nos estaría indicando que el fútbol habría perdido esas “rácanas” señas de identidad que le hacen único y especial, y que, entre otras cosas, le han aupado hasta la cima del podium, hasta su indiscutible majestad y reconocimiento como el rey de los deportes.

 
 

 

 
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martes, 29 de mayo de 2018

CHAMPIONS LEAGUE, LA FINAL, LA RESACA Y EL MAL ROLLO

 
Sí, la final de la Champions de este año me ha dejado mal cuerpo. Quizás fue por aquello de que la ciudad que acogió el partido, Kiev, la capital ucraniana, formó en su día parte de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas soviéticas, esto es, la URSS y conocida es la afición de sus buenos y aguerridos pobladores por el vodka que templa los estómagos y el cuerpo, dado el frío que pela y azota aquellas latitudes, una de las razones por las que la susodicha final me dejó, paradójicamente, destemplado.

Y es que la Final no fue un partido bonito. O no respondió a las expectativas. O que, por lo menos, no respondió a mis expectativas. Porque, en realidad, en esos 90 minutos, sucedieron cosas que no me gustaron ni un pelo.

Algunas de ellas, casuales, como la bochornosa actuación del portero del Liverpool al que se le puede hacer culpable, sin que nos tiemble la mano a la hora de firmar la sentencia, de dos de los tres goles que marcó el Real Madrid: el primero de Benzema y el tercero que, aunque las crónicas se le apuntaran a Bale, creo que es, más bien o mal (depende desde qué lado lo miremos), un gol en propia puerta.

En cuanto al segundo, la antológica chilena del propio Bale, disfrutarla o nada qué decir, aunque el acrobático vuelo de Karius, el portero del Liverpool que se dejó las puertas abiertas y las llaves en casa, volvió a resultar decepciónate y feo. Se estiró sí, pero ¡con las manos en los bolsillos!, como un aplicado alumno al que se ha cogido en alguna cagada y recibe, por ello, una agria reprimenda.

Si Karius hubiera sacado los brazos tal vez nada habría cambiado, o sea que la chilena de Bale hubiera acabado, igualmente, en el fondo de las redes y que el segundo gol del Real hubiera subido, igualmente, al marcador. Pero igual no: quizás el meñique de Karius hubiera tocado el disparo de Bale y hubiera desviado el balón lo justo para que éste hubiera salido lamiendo, con la puntiiita de la lengua, el larguero. Quién sabe. Pero de lo que nadie me va a sacar es del convencimiento de que, con una estirada de Karius, como Dios manda, el gol habría resultado más bonito. Sí, bonito. Lo que no fue el partido.

Como tampoco lo fue, y con esto termino ya que me pareció literalmente una canallada nada azarosa, la entrada que Ramos realizó a la estrella del Liverpool, Mohamed Salah, al que agarró del brazo sobre el minuto 20, retorció con saña la extremidad y tiró de ella hasta que dio con el cuerpo del egipcio contra el césped, produciéndole una luxación que hizo que la Final terminara para él y… los suyos, con más de una hora de antelación.
 

Sí, Ramos cazó a Salah en otra fea acción que me recordó los placajes que sufren, a veces, los quaterbacks en los partidos de fútbol, pero americano, y en los que los defensores se emplean con particular dureza, y después se felicitan entre ellos dando saltos de alegría por la proeza lograda: derribar al quaterback.

Claro, que Ramos ni ninguno de los suyos realizó semejante bailoteo ni mostraron esa alegría incontenible. No hubiera estado bien. Y ellos no estaban jugando un partido de fútbol… americano. Pero que no lo jugaran o que expresaran esa alegría no quiere decir que no la sintieran. Estoy seguro. Y que tampoco venga ahora nadie y me acuse de escribir que Ramos lesionó a Salah a propósito. No, eso nunca. Como tampoco ese defensor de fútbol americano quiere mandar al quirófano al quaterback al que placa como un bestia, pero que si sucede, bueno, gafes del oficio o que no se hubiera puesto en medio, o que no hubiera sido tan bueno… Visita de condolencias al hospital y asunto zanjado.
 
Pero el caso fue que sin Salah y con la gracia de Ramos la mayoría de espectadores nos quedamos sin Champions. La ganó, eso sí, el Real Madrid, pero ellos son muy pocos en comparación con los millones que veíamos la Final en vivo o por televisión, y a los que una bonita final sin tantas gracias nos hubiera dejado con el cuerpo mucho más entonado.
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