miércoles, 30 de septiembre de 2015

REBECA DE MANDERLEY, BODAS DE PLATINO: CUANDO HITCHCOCK SE HIZO MAYOR


A Jose Mª Latorre

 
Anoche volví a ver Rebeca. Y como todas las obras de arte, ¿o alguien se atrevería a llevarme la contraria y a defender que Rebeca no lo es?, volvió a sumergirme en un mar de interminables sugerencias, de no estar, ni en las peores circunstancias, perdiendo el tiempo sino, al contrario, prolongando cada segundo como una goma que pudiera estirarse hasta el infinito, con nuevas ideas que sacuden lo que “pensaba-que-sabía” y me hacen dudar con esas dudas mágicas que te enriquecen, hasta que después de su último plano[1], y nunca antes, me sueltan y tengo, entonces, la feliz sensación de haber asistido a un espectáculo irrepetible.
 
Porque creo firmemente que estas cosas tienen las obras maestras. Se las puede presentir, notar cuando se aproximan y van a dejarte su inconfundible sello pero será después de los clásicos The End, o Fine o Fin cuando se  alejan con la cabeza erguida, casi arrogantes ma non troppo cuando comprendes que has sido tocado por su mágica varita y que ya no podrás nunca ser el mismo que eras antes de haber compartido esa tarde con ellas. Y acaso, en ese momento, rematada la misión se despidan con una sonrisa cómplice, con un guiño de ojos, con un “hasta la próxima”, o simplemente con un seco e inolvidable acorde en su banda sonora.

Y sobre estas cosas voy a hablar un rato. Me pondré cómodo y simularé, para ello, que me siento en el porche de una agradable casita de madera, por ejemplo, a la sombra de una cálida noche de verano, y que enciendo (aunque no me las haya fumado en la vida) una pipa cargada con el más excelente de los tabacos habaneros, de ésas que sólo pueden disfrutarse muy lentamente ya que yo, para estas cosas, también voy a necesitar mi tiempo para no olvidarme de ninguna, para escuchar atento todo aquello que tienen que decirme. Que no es poco. Por eso me arrellano en la mecedora y dejo vagar la mirada hasta el tranquilo horizonte que se confunde entre sombras con los campos. Silenciosos. Y aspiro una profunda calada que me ayuda a recordar, a mí también, que anoche soñé que volvía a Manderley…
 

Porque, ¿qué es Manderley, aparte del recuerdo de una imponente mansión, de ese montón de piedras ahora calcinadas y derruidas que nuestros ojos apenas si aciertan a ver entre la niebla? ¿Por qué, en esos primeros planos de Rebeca, las verjas de Manderley se abren y nos descubren, sin que aparentemente nadie salvo la memoria las haya abierto, un paraje tan inhóspito? ¿Por qué el aire que fluye, que sube desde las raíces de la tierra casi puede tocarse? ¿Y por qué, ya puestos a preguntar, la onírica voz que nos introduce en la historia nos suena tan seca y melancólica y temerosa, como si ese recuerdo al que el sueño empuja a la protagonista le cerrara los labios y, al mismo tiempo, le diera permiso para hablar, para seguir contándonos, como si a la propia recurrencia del sueño hubiera terminado por acostumbrarse haciendo de él un inquietante, sí, pero también asiduo compañero de viaje, un maligno quiste que no crece, que no mata pero que siempre está-ahí con ella, con nosotros, inextirpable?

Claro, Manderley es el Mal; el Mal que se nos filtra entre nuestras más recónditas arterias y formas de ser. Rebeca es, así, desde sus planos iniciales como un cuento que se recitara en voz baja, el relato de cómo todos los manderleys se mezclan con nuestra sangre gracias a las sabios y aviesos conjuros de todas las Rebecas que en el mundo han sido (¡fascinantes princesas del Mal!), dejando en nuestras venas el hálito venenoso del que ya no podremos prescindir si no queremos con ello desgajarnos de una órgano vital de nuestra más íntima condición de seres humanos. Una vez que probado un bocado de Manderley su regusto nos acompaña para siempre. Para siempre nos completa.

Y para contarnos este fantástico proceso Rebeca, la película, elegirá a una persona cualquiera. ¡De ella ni siquiera llegaremos a saber su nombre! Será ingenua pero, sobre todo, resulta atractiva. No en vano la ingenuidad y la belleza siempre han sido los mejores cebos para hacer que el Mal salga de su guarida, olfatee la carne y se presente ante nosotros. ¿O alguna de las novias que Drácula se echa a los dientes tiene algún desperdicio? La Hammer nos dice que no. Y Joan Fontaine tampoco será un anzuelo desdeñable. Su simplicidad resulta casi una provocación. Apetece zarandearla. Espabilar sus sentidos. Que abra los ojos. Que se baje de las nubes. Que se entere, por fin, de qué va este viaje en el todos estamos embarcados. Y  quisiéramos corromper tanta simplicidad. Semejante candidez se nos antoja fuera de sitio. Todo ello nos impide dejarla pasar de largo. E irse de rositas. Y si no,  ¿por qué el rígido señor de Winter iba a fijarse en ella? ¿Cómo iba a proponerle en matrimonio cuando apenas si se han conocido hace un par de días? ¿Por qué iba a querer hacer de ella una segunda Rebeca de Winter, una segunda ama y señora de Manderley cuando el cadáver de la primera aún rezuma y huele?

Claro, que entonces la proposición de Maximiliam de Winter no es, en absoluto, inocente. Por supuesto que no. ¿Cómo iba a serlo viniendo de quien viene, de los labios del… señor de Manderley? Rebeca, su primera compañera, ha muerto. Le ha dejado solo. Aunque antes ya se le hubiera escapado. Se había vuelto tan poderosa como él. Como el señor. O más aún. El Mal tiene estas caprichosas maneras de hacerse sentir. Demuestra, directamente, sus preferencias. Y en este caso eligió a Rebeca. Sin duda que es un bocado más sabroso que el cuarteado y gélido señor de Winter (y perdón por el chiste fácil). Y así detrás del Mal correrá la película, también encantada, transpirando la no-presencia de Rebeca por los cuatro costados, por cada uno de sus fotogramas. Y el propio Maximiliam se plegará a sus embrujos. Pasa, por resumirlo en una frase hecha, de amo a rehén.

Y en estas circunstancias, ¿no nos parece ahora lógico que el señor de Mnaderley se rebele con su última gota de soberbia decimonónica y trate de recolocar las piezas en su debido lugar? Rebeca, la compañera que todo señor del Mal desea tener a su lado, ha quebrantado demasiadas reglas. Y la principal de todas ellas. Ha ido demasiado lejos. Ha olvidado la sumisión debida al señor del castillo. Y cuando, con la rabia asomándole bajo la boca, le confiesa que le aborrece, que está embarazada de otro hombre, un vulgar y advenedizo joven o George Sanders, para más señas,, el señor de Manderley estalla y, con la furia del amo que se siente ultrajado en sus más íntimas entrañas, acaba con la vida de la desagradecida Rebeca de Winter aunque él, por supuesto (nobleza obliga), no lo reconocerá jamás.

Así las piezas encajan mejor. Por lo menos a mí. ¿O no se ha paseado el señor de Winter por la Riviera francesa en busca de una nueva compañera, una sustituta de la aquella primera e infiel Rebeca? Y Joan Fontaine se nos antoja perfecta. Ya hemos hablado de estas cosas. Una impresionable criatura apenas estrenada en los avatares de la vida; una ingenua que confunde al oscuro señor de Winter por un melancólico y frágil Lord Byron arrebatado por pensamientos sin duda demasiado profundos para que un vulgar espíritu pueda osar en comprenderlos. Y Joan Fontaine se enamora del señor de Winter. Faltaría más. Joan Fontaine se enamora de aquello que nadie puede evitar querer: la persona que uno, en este caso una, se inventa; el hombre al que su propia fantasía ha modelado según sus perfectos cánones[2].

Aunque Maximiliam de Winter también juega con ello. Él sabe bien lo que podría ocurrir, y ha ocurrido. Y aprovecha la circunstancia. La mosquita muerta se ha enredado en la tela de araña que él ha urdido. Y ha caído. Y la araña, o sea, Maximiliam ahora sólo tiene que tenderle el brazo, ayudarla a levantarse con la más increíble de las promesas. De hecho, aunque ella obviamente no lo sepa aún, ya ha tomado, de su brazo, el camino del castillo. De los Cárpatos a Londres. O de la Riviera a Manderley. Que en realidad aún resulta más irresistible que el grisáceo Londres. Porque si Londres se encuentra en Inglaterra, Manderley no se encuentra en ningún sitio. O, a lo sumo, en los sueños. Que siempre serán invulnerables. Y por eso, más peligrosos que cualquier capital de Europa o que cualquier otra ciudad.

Así que, de momento, las piezas cuadran. El señor de Manderley ya tiene nueva compañera. Y Manderley, nueva señora. Cierto es que la señora Danvers, el ama de llaves de Manderley, no admite que una segunda señora venga a ocupar el lugar que dejó Rebeca, la primera. Sobre todo cuando Joan Fontaine, a pesar de su belleza, no resiste con ella la mínima comparación. Su simplicidad representará para la señora Danvers el mismo insulto que nos suponía a nosotros cuando la vimos por primera vez acompañando a su vieja y vulgar tía por los hoteles de la Riviera. Y sobre todo, ¿con qué derecho semejante realidad se impone a los recuerdos?, ¿o las copias a los ideales? Y por si esto no fuera suficiente Joan Fontaine entabla la pelea en terreno hostil. Introduce su ingenuidad en un terreno de calientes panteras. Porque la señora Danvers amaba a Rebeca. ¿O alguien lo pone en duda? La turbia señora Danvers amaba a la resplandeciente Rebeca. Con el amor más desgarrador de todos. Ellas que son animales en celo. El amor no tanto o también hacia una persona, hacia un cuerpo y un alma, sino el amor hacia los detalles, hacia las cosas del ser amado: el fetiche, el hechizo por sus objetos, el conjuro más dramático y absoluto.

Y Joan Fontaine se siente rechazada. Impelida hacia la puerta. ¿Cómo podía ser de otro modo? Aunque ella, con esa ingenuidad aún no quebrada, no acierta a entender la nueva situación. Las ambiguas relaciones entre la señora Danvers y Rebeca de Winter forman parte de un espacio que ella aún no está en condiciones de pisar. Pero, ¿cómo la  compañera del señor de Manderley no iba a despertar el interés de una vulgar ama de llaves? La señora Danvers estaba muy unida a Rebeca, creo recordar que le dice Lawrence Olivier a Joan Fontaine (tratémosles de tú a tú, no seamos rebecas). Y el señor de Winter respira tranquilo…

 … hasta la sorpresa que le reserva el giro final de la película atizándole un guantazo en su severo rostro de gran señor, cuando el cadáver de la auténtica Rebeca surja de las profundidades del lago, de lo más hondo de la trama, y el señor de Manderley se sienta, por primera vez en su vida (seguramente), atrapado. Será, entonces, el momento de revolver de nuevo las piezas. De alterar su disposición. De reparar, por ejemplo, en su segunda señora de Manderley. De solicitar sibilínamente, ¿podría ser de otra manera?, su ayuda. Y ella, por supuesto, encantada. Que por algo el señor fue a buscarla hasta las costas francesas.
 
¿O, acaso, el señor de Manderley no se sirve del amor que sabe que despierta en Joan Fontaine para hacer de ello la coartada preci(o)sa que le liberará de cualquier implicación que pudiera hacerle parecer culpable de la muerte de Rebeca? ¿Quién o qué podría inducirnos a pensar lo contrario? El señor de Winter (¿hay alguna razón para que nosotros, espectadores, le creamos?) le ha contado a Joan Fontaine que Rebeca le confesó estar enamorada de otro hombre y, reprochándole su pusilánime carácter, le había asegurado sonriendo que esperaba un hijo de ese hombre. Y supurando  todo su odio se habría abalanzando sobre él. Pero tropezó y se golpeó contra las maderas del suelo. Una caída fortuita y una muerte instantánea. El señor de Winter, asustado, ante las conclusiones que pudiera extraer la Policía y que, sin duda, le incriminarían decidió esconder el cuerpo de Rebeca en el fondo de un velero de su propiedad que, posteriormente, habría hundido agujereando el casco del balandro. Días después un cuerpo (el azar, siempre dispuesto a confundirnos), en avanzado estado de descomposición, había emergido flotando sobre las aguas. Y el señor de Winter habría identificado en él el cadáver de su infortunada esposa. Y Rebeca, enterrada. Y el caso, cerrado. Y Joan Fontaine suspira aliviada y cree en sus lágrimas, ¡claro que sí!, abducida por la desesperación, por la fragilidad que de repente enseña su desamparado señor  o quizás, ¿porque no creer en sus palabras supondría una amenaza para ese nuevo status que ha adquirido como segunda señora de Winter? La ausencia de respuestas, la indefinición a la que se acoge en estos momentos la película, hará que Rebeca sea también un trozo de Manderley, del puro Mal-igno.

Porque la segunda de Winter lo ha escuchado todo. Y piensa en silencio mientras su marido habla y cuenta y se descompone a medida que la confesión sale de su garganta. Sí, Joan Fontaine piensa por primera vez en su vida. También en ella Manderley estaría dejando su huella borrando cualquier atisbo de ingenuidad. O, ¿no nos resulta sorprendente cómo desde ese instante la segunda señora de Manderley pasa a la acción? ¿Cómo la compañera defiende a su esposo y señor porque seguramente intuye que sin él lo pierde todo? En Manderley lo que primero importa es el yo. Los demás-que-no-son-yo están detrás ocupando siempre un puesto indudablemente secundario. Y será en esta acción donde la nueva Joan Fontaine se erige en protagonista. El personaje crece. El veneno que destila el Mal-igno, Manderley, Rebeca, ha penetrado y aromado hasta la última célula de su sangre. La niña-mujer (¡y que nadie me hable de Julio Iglesias, por favor!), la hacendosa polilla que acompañaba a la tía solterona en la Riviera francesa, ha despertado convertida en una espléndida y ¡calculadora! mariposa. Es la segunda pero ya es también la auténtica señora de Manderley. Y, en su defensa del amor (y devoción) que siente por el señor de Manderley, no estará dispuesta a dejarse engañar. Y, ahora que lo sabe todo, aprende a callar. Y desde ese instante estará atrapada. Pero no importa. El señor de Manderley también lo está. Por ella y con ella. En Manderley. Incluso aquel ingrato e insuficiente papel de compañera o concubina habrá quedado atrás. Es una igual a su señor. Y así se comporta cuando el último hallazgo (el último apretón de manos que nos ofrece el azar) coloque a todas las circunstancias y a la película entera en su contra.

El velero de Max reaparece casualmente (again!) varado e incrustado en las ciénagas del lago, y en su interior el cuerpo de una mujer. Las preguntas surgen por sí solas. (El azar siempre juega con buenas cartas). ¿Quién es entonces la persona enterrada en la tumba de Rebeca? ¿Y por qué Maximiliam de Winter certificó que se trataba de Rebeca? Pero Max tiene, ahora, un nuevo y valioso hombro sobre el que apoyarse. La nueva señora de Manderley no va  dejarle solo. Max es marido; el amo y señor de Manderley. Y ella, la señora. Y esa ayuda impedirá que Max se derrumbe y reconozca otra versión de los hechos que pudieran hacerle aparecer como culpable.

Pero en ese impasse exasperado, y en una postrera y maliciosa devolución de favores, Hitchcock deja que el azar se adelante y suba a la palestra, acudiendo en auxilio de su nueva heroína. El sabio director sabe que ninguna trama puede sostenerse sin él, que el azar no puede faltar en ninguna fiesta digna en llamarse “ficción”. Porque el azar siempre nos cogerá desprevenidos. Hará que saltemos en las butacas. Porque Rebeca no estaba embarazada sino que sus visitas al médico obedecían a que padecía un cáncer mortal desde hacía varios meses. Luego el veredicto no presenta dudas. Ella misma subió al velero. Y lo  hundió. Y el señor y la señora de Manderley respiran aliviados.

Luego, ¿podríamos concluir que el azar se posiciona del lado de los “malos”? Y no, no es eso. Lo que ocurre es que para el azar no existen ni malos ni buenos. El azar nos dice que todo depende. Que esa manía nuestra por separar y distinguir a lo bueno de lo malo es sólo eso: una patética terquedad. Porque el azaroso y cancerígeno tumor de Rebeca ha cerrado el caso. Por segunda vez. ¿La definitiva? ¿Quién podría asegurarlo? Depende… Aunque el señor y la segunda señora de Manderley hayan sido salvados por esa campana que no es sino la forma en que al azar le gusta llegar hasta nuestros oídos. ¡Talan-talan!. ¿Las oímos bien? Porque ésas no son campanadas de boda. Ni de “comieron perdices”. Rebeca nada nos propone para que desviemos la mirada hacia otra dirección y nos traguemos los pajaritos sin rechistar, ni para que creamos que el Happy End es, realmente, tan happy como pretende ser aparentemente, y no the last y el más genial escalofrío con que Hitchcock nos arropa. Puñetero y mal-icioso también él. Y el Mal-igno se quedará, así, con nosotros, adoptando las trazas de esas mismas mantas que nos cubren y nos calientan, por ejemplo, durante esas noches que soñamos que volvemos a Manderley. No pretendamos separarle del Bien y arrojarle de la cama, porque estad seguros que volverá a subirse a ella mientras dormimos plácidamente.

Y la nueva señora de Manderley ya nunca estará preocupada por la salud de su querida y achacosa tía. Las señoras de Manderley no se ocupan de esas cosas. Se ocupan, en su lugar, de que personas como ella (como la tía) o como nosotros nos vayamos pre-ocupando. Ahora la segunda señora de Manderley ya ha arrojado tierra sobre la primera. Y será por eso más poderosa. Ha sellado con el señor de Manderley una unión que en este mundo nadie se atreverá a destrenzar. El Mal-igno, Manderley garantiza esa alianza.

¿Y todo ha terminado? Claro, depende…. Porque la segunda señora de Manderley sueña. Sueña que, anoche volví a Manderley. Del Mal-igno uno no se desprende como de una vulgar camiseta. El Mal-igno se cobra su precio con este tipo de cosas. No nos salvamos haciéndonos malos, (¿y mayores?) sin abonar algo a cambio, sin abandonar a las muñecas y a los “geypermanes”. Manderley y la segunda señora de Manderley tampoco podrán separarse nunca. Será este sueño de Manderley, me temo, un sueño muy recurrente. La segunda señora lo volverá a soñar. Y tantas veces como Manderley se anime a visitarla. Porque Manderley, desde sus nebulosas ruinas, desde su invisibilidad onírica siempre sabrá cómo hacernos llegar su mal-sano aliento. Es el trato. La contrapartida por habernos ayudado a hacernos mayores. Y tomémonos un segundo de silencio. La gratificante e imaginaria pipa ya se ha consumido. Y apenas si añadiré un par de detalles sobre estas cosas que nos vienen ocupando.
 
…

Porque Alfred Hitchcock nos habría contado todo esto con la primera película que rodaría en los Estados Unidos. O en Manderley[3]. Y con ella también él se habría hecho mayor. Como el personaje no name de Joan Fontaine. Y este hecho marca las diferencias de tono y de valor entre el cine que Hitchcock realizara anteriormente en Inglaterra y el cine que, desde Manderley, dirigirá en Hollywood. Sobre sus colinas Hitchcock entrará en contacto con eso-que-entre-nosotros-no-va-tan-bien, con Manderley, con el Mal-igno. Y lo acoge entre sus brazos. Y ya no lo suelta. Y como Manderley agita los sueños de la segunda señora de Winter también agitará las ficciones de Sir Alfred durante el resto de su carrera cinematográfica, y americana.

O, quizás lo hiciera hasta 1972. Hasta Frenesí. Porque pienso que su posterior y última película, La trama, no representa sino una vuelta a los más ligeros (pero, ¡atentos!, nunca despreciables) modos que Alfred Hitchcock practicara en suelo británico. Pienso en que fue como si el viejo Sir intuyendo que sus días estaban agotándose hubiera querido cerrar el círculo y des-cruzar el charco, regresar al lugar de donde una vez vino, joven y libre[4]. Porque si en Inglaterra Alfred Hitchcock demostró ser uno de los directores de cine más hábiles e inteligentes, todo un maestro de la técnica y del suspense; en Hollywood añade a estos logros el descubrimiento de Manderley, aquello que nos obliga a mirar siempre más allá de la sorpresa, del puro entretenimiento y del suspense, a reservar un hueco a la, no siempre grata pero sí indispensable reflexión. Porque Manderley, el Mal-igno completará todas sus ficciones a partir de Rebeca. Aunque esté reducido a cenizas, o tal vez por eso mismo, ya que ni un vulgar incendio ni un insignificante y devoto sicario del Mal-igno, o la señora Danvers, podrán acabar nunca con él. Por eso Manderley se filtrará siempre en nuestros sueños impregnando el mismísimo aire que recorre nuestros pulmones. Que alienta para que él, Sir Alfred, no sólo aterrice en América sino para que se haga mayor, y pueda completar uno de los estudios más penetrantes que sobre el ser humano artista alguno haya elaborado jamás, a partir de nuestras holísticas maneras de ser-humanos, de vivir o de soñar, simultáneamente, con nuestros particulares fantasmas, con todos esos manderleys que siempre nos acecharán y alimentarán desde lo más profundo e ignoto de nuestras almas.




[1] Al que, por cierto, el espabilado Welles no duda en tributar reconocimiento o en “fusilar” directamente su último plano para su, también, último plano de su, también, aclamada opera prima o Ciudadano Kane (si  se nos permite decir que Rebeca fue para Hitchcock su ópera prima estadounidense). Las llamas que se apoderan del dormitorio de Rebeca, de la almohada de su cama donde vemos delicadamente bordada la recurrente e inconfundible “R” no pueden sino recordarnos el “Rosebud” tallado sobre el trineo que, igualmente, se consume en el fuego de la chimenea de la abandonada mansión de Charles Foster Kane; apenas a la vuelta de la esquina, o un año después de que Hitchcock diera la voz de “corten” sobre el incendio que destruía Manderley.
[2] Casi treinta años después el propio Hitchcok haría otra película profundizando sobre este tema. Se llamará Vértigo.
[3] El siempre turbio y espabilado Lars von Trier habría tomado muy buena nota de estas enseñanzas. Con su Manderlay no me deja lugar a la duda. No debemos equivocarnos por un inocuo cambio de vocales.
[4] Y ahora que lo escribo no puedo dejar de acordarme del John Wayne de El hombre tranquilo, de John Ford. También en ella Sean Thronton regresa a su hogar, en Irlanda, después de haber pasado muchos años en los Estados Unidos.
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jueves, 24 de septiembre de 2015

ALFONSO BASTERRA: SE ABRE LA SESIÓN

(Este artículo ha sido escrito para la Revista de Antiguos Alumnos del Colegio de los Jesuitas de Bilbao. Que vaya a ser publicado o no, ya no me concierne totalmente a mí. Pero lo he hecho porque creo que Alfonso se lo merece y porque pienso que, de paso y ahora que el juicio va a abrirse, no nos vendría mal a nosotros echarnos cierta capa de humildad a las espaldas).
 
Si una tarde, esta tarde por ejemplo, me lo cruzara por la acera nos saludaríamos efusivamente e incluso podría darle un abrazo, gesto que tengo reservado para los que son muy amigos o para los que son bastante conocidos y a los que hace mucho tiempo que no veo. Y sin duda que Alfonso entraría dentro de este segundo grupo. Porque si me lo encontrara por la calle, esta tarde digo, por ejemplo, se romperían los 20 años (o más) que llevaría sin saludarle en vivo y en directo. Así que si tuviéramos un rato quizás hasta nos iríamos a tomar un café o lo que fuera y hablaríamos resumidamente (el tiempo sigue siendo oro) de nuestras cosas, de cómo nos va la vida y de qué ha sido de nosotros en estos últimos 20 años.

Sí, y creo que además yo estaría a gusto. No recuerdo que Alfonso fuera un mal chaval, agresivo o borde sino más bien al contrario, tranquilo, hasta pánfilo, un buenazo, hasta la ingenuidad, como suelen serlo casi todos los hombres un poco pasados de peso, tripones, a lo oso panda; un tipo, en resumen, que no molesta en absoluto y que tampoco asusta a nadie.


Y sin embargo, Alfonso Basterra, que así se apellida, lleva casi dos años en la cárcel. A la espera de que se abra el juicio o, por el tiempo que lleva esperando, a la espera de que se abran nuevamente las aguas del Nilo (que parece que, ¡¡¡por fin!!!, lo van a hacer). Acusado de asesinato o de homicidio que, a decir verdad, nunca he tenido muy claro qué es lo uno y lo otro, y que ni me importa ya que el resultado de ambas palabras es igualmente aterrador. Y Alfonso Basterra ahí sigue, en Galicia adonde se fue a vivir después de acabar sus estudios de periodismo en la UPV de Lejona, y donde se casó y adoptó a una cría oriental, y donde después se separó, solo que ahora en lugar de estar en casa le han metido en una celda que no será más grande que mi dormitorio, y a la espera, a la espera de juicio porque la Justicia le acusa de haber matado, en complicidad con su exmujer (que también está detenida), a su hija.

Y, ¿dos años, veinticuatro meses, setecientos veinte días esperando no son mucho tiempo para que se continúe hablando de Justicia? ¿O quizás sea que la Justicia y la Injusticia, como tan a menudo ocurre con todos los términos contrarios, se dan efusivamente y demasiado a menudo la mano? Porque una Justicia lentísima, ¿es justa o es una tortura añadida que ningún ser humano debería merecerse simple y llanamente por el hecho irrefutable de que somos humanos?

Sí, a mí estas cosas me estremecen. Como me estremecen los refugiados sirios o los que ocupan las dependencias de Guantánamo. O quien esté jodido. Cuando estás frente al dolor, pisas territorio sagrado, decía más o menos Oscar Wilde. Y esta frase es hoy, y más que nunca, una categórica afirmación. Cuando disponemos a nuestro alcance, en pleno siglo XXI, de los mayores y mejores medios de los que jamás la humanidad ha dispuesto, sino para eliminar por completo el dolor (me temo que éste siempre se empeñará en caminar a nuestro lado mientras andemos por aquí), sí, por lo menos, para atenuarlo hasta límites soportables (que esa compañía no nos resulte tan ingrata y desagradable). Y esto lo escribiría y se lo diría a todos aquellos que en algún desafortunado momento se ven las caras, frente a frente, con esa Justicia-Injusticia, y se enredan en su tela de araña; en unos hilos que amordazan, humillan y no te dejan ver más allá de ellos, como si el fino pero indestructible tejido del que se componen les hiciera infinitos y se alargaran y se alargaran hasta que sólo cabría arreglárselas como buenamente se puede y, de este modo, vivir, no, sobrevivir en la tela procurando que la araña no nos engulla en un descuido.
 

Así que desde aquí ¡¡ánimo Alfonso Basterra!! Que algunos y alguien como yo nos acordamos de ti de vez en cuando. A distancia, sí. Pero pensando también en que lo que a ti te está ocurriendo podría habernos ocurrirnos a cualquiera de nosotros. Porque como tú, ¿no estudié también yo en Bilbao con los Jesuitas de Indautxu?, ¿y no pertenecemos a la misma Promoción, a la del 83?, ¿y no subiste y bajaste de Lejona, dos veces al día, durante los cinco años que dura la carrera de Periodismo con uno de mis mejores amigos?

Sí, la vida pasa, Alfonso. Sólo que a veces a unos les pasa por encima. Como te ha pasado a ti. Y que nadie me pregunte porqué a unos sí y a otros, no. Porque no tengo ni idea. Toca y te ha tocado. Porque muchos no tienen tan mala suerte. Y lo leemos en las páginas de esta Revista de Antiguos Alumnos, por ejemplo. Con sus éxitos llenando líneas, párrafos y pies de fotos. Porque es bonito reconocer que ese flamante y nuevo Director para Hispanoamérica de X estuvo en mi clase, a mi lado, en un pupitre a dos metros apenas de distancia, y durante tres años, 6º, 7º y 8º si no recuerdo mal. Pero también es hora de que nos acordemos que un infortunio ha “colocado” a otro de nuestros compañeros en una celda de una prisión gallega. Y que tiene nombre como ese flamante y nuevo Director para Hispanoamérica de X. Se llama Alfonso. Y se apellida Basterra. Y él también estuvo en nuestra clase, a nuestro lado o en ese pupitre a dos metros apenas de distancia. Porque, que no se nos olvide, el Triunfo y la Desgracia no dejan de ser sino las dos caras de una misma moneda; la moneda que todos (y sin excepción) llevamos en el bolsillo y con la que cada día compramos el pan.

 
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domingo, 23 de agosto de 2015

JAVIER PERIANES & MUHAMMAD ALÍ, PARECIDOS RAZONABLES

La otra tarde me di una vuelta por el Kursaal de Donosti para asistir al concierto que Javier Perianes daba junto a la Orquesta Sinfónica de San Petersburgo dirigida por el gran Yuri Termikanov.

Aunque por muy grande que el maestro ruso sea, y lo es mucho, el principal motivo que me hizo luchar contra el calor y cogerme el día libre fue Javier Perianes. El pianista onubense me parece, desde hace tiempo, una de esas personas que destilan modestia y amabilidad a raudales. Y esto en un músico de su talento es hoy, en estos días en los que cualquier mamarracho se te sube a gritos a la chepa, y en los que la ignorancia campa a sus anchas sin que nadie se atreva a pararle los pies, sencillamente un milagro: el milagro de saber estar siempre a la altura de las circunstancias.
 
Y ese 17 de agosto Javier lo estuvo de nuevo. Antes de su actuación le abordé a la entrada del Kursaal y le regalé un ejemplar de mi Divino Tesoro, el ensayo que escribí hace un par de años sobre, digámoslo para abreviar, la juventud. Y se lo dediqué: para todas las personas que merecen la pena, como puse en la primera página Y el rato que pasé con él antes del concierto y después, el Concierto para piano de Ravel con el que nos obsequió los oídos, me corroboraron en que jamás he estado menos equivocado.

Y me acordé, mientras le veía ejecutar el concierto volcado sobre su piano, nada menos que del mítico ¡Muhammad Alí! Porque si Alí se movía sobre el ring como una mariposa y picaba como una abeja, tal y como nos dejó dicho su asistente Bundini Brown, Javier Perianes sobre el piano no le va a la zaga. Si en el 1º movimiento del concierto de Ravel, en el Allegramente que comienza precisamente con el chasquido de un látigo, Javier Perianes es capaz con sus enérgicas, eléctricas y exactas notas de “picar como una abeja”, en el sublime segundo movimiento, en el Adagio assai, flota sobre el teclado “como una mariposa”, como si apenas pulsara las teclas. Y, sin embargo, el piano suena, ¡y cómo!, y su sonido nos llega y nos conmueve con un escalofrío que, quizás, pudiera ser la respuesta de nuestra piel al contacto con las alas de tan mágico e increíble insecto.
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ROGER FEDERER O CUANDO EL TENIS SE HIZO PING-PONG


Tiene 34 años. Y sus mejores años quizás hayan pasado... No lo sé. Pero Roger es aún el único deportista capaz de convertir un partido de tenis en una eléctrica disputa de ping-pong. Parece inagotable, una presencia que nos ha venido de otro planeta. Yo he escrito un libro con su nombre, Las lágrimas de Roger, que espero que más temprano que tarde vea la luz. De momento espero. Como espero que su magia nunca desaparezca. Aunque lo hará algún día. Por esto cuelgo estas entradas en este blog. Son los highlights de su SF contra Andy Murray en el Máster 1000 de Cincinnati 2015 y algún que otro golpe maestro. Cuando Roger hizo que el tenis pareciera una endiablada versión del ping-pong. Cuando sabemos que estamos viendo algo muy especial y, posiblemente, irrepetible. Vosotros diréis.

Anoto: quizás esté llenando lavueltaylatuerca con demasiadas "entradas deportivas", pero no me canso ni se me sube la bola con ellas, con espectáculos como éste de Cincinnati. Y es me reafirmo en que en el deporte se encuentran explicaciones a una parte fundamental de nuestros modos de ser así y, sobre todo, de aquellos modos que podemos aspirar a alcanzar alguna vez.
Anoto: El domingo 23 de agosto de 2015 Roger Federer ganó al No.1, Novak Djokovic, 76, 63 en la Final del Máster1000 de Cincinnati. A sus 34 años ganó el torneo sin perder un set, ¡ni ceder su servicio! Con la edad el saque es uno de los golpes que los tenistas van perdiendo inexorablemente, lo que les hace hincar la rodilla en partidos que antes dominaban. Pero a sus 34 años Roger parece, incluso, vencer a las leyes de la Naturaleza. Por eso si a Silvio Rodríguez le "estremeció la mujer que parió 11 hijos", a mí me "estremece" este divino suizo. Así que esta noche celebraré su triunfo con media jarrita de sangría y unos filetes de merluza a la romana. Estoy a gusto, me apetece el homenaje y Roger se lo merece.
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jueves, 20 de agosto de 2015

ESTE ATHLETIC TAMBIÉN SE MERECE UNA GABARRA

 
a mi hermano Mikel

No sé si  “rectificar es de sabios”. La verdad es que pienso que todo depende. Si rectificas y vas a peor, podríamos asegurar que es de ignorantes. Y si vas a mejor, pensar que todo haya sido cuestión de suerte, en cuyo caso habría que matizar y escribir que “rectificar es cuestión de afortunados”. Y eso, ¿qué demonios significa? Lo cierto es que rectificar sea de sabios me parece una soberana tontería como, por otra parte, me lo parece el 99% del refranero. Pero, ¡qué coño!, hoy me he levantado y cambiado de opinión. Y afirmo con rotundidad que a este Athletic se le debe una Gabarra.

Y me explico. La Gabarra, el fletar esta embarcación con el equipo subido en su cubierta, se ideó para festejar los títulos. ¿Sí o no? Y dejamos un prudencial lapso de tiempo para que cada cual piense en la respuesta… Y esta Supercopa de 2015, ¿es o no es un título? Ayer en la Wikipedia ya constaba que el Athletic cuenta en su palmarés con 2 títulos de la Supercopa de España. Se impone entonces la Gabarra. La Gabarra debe surcar las cada vez más limpias aguas de nuestra bilbaína ría.

Y creo que el principal argumento que defiende esta nueva (ayer mismo no opinaba así) tesis mía es que los títulos se logran con unas reglas concretas que los respaldan y les dan la autoridad precisa para poder proclamarse como tales títulos. En el año 84, por ejemplo, el Campeón de Liga y el Campeón de Copa resultó ser el mismo equipo: aquella bendita plantilla de Javier Clemente, y se decidió entonces según las reglas que por ser el mismo equipo el Campeón de las dos Competiciones, la Supercopa sería automáticamente añadida a las vitrinas del club rojiblanco. Años después el Real Madrid, como Campeón de Liga, y el Real Zaragoza, como Campeón de Copa, no se pusieron de acuerdo en cuanto a las fechas para disputar la Supercopa y ésta no se celebró. Luego esa temporada no hubo Campeón de la Supercopa. Son las reglas. Ellas dictaminaron que aquel año no hubiera Campeón de la Supercopa. Y más tarde las reglas vuelven a cambiar y se decide que  si el Campeón de Liga y el Campeón de Copa son el mismo club, entonces la Supercopa se juegue entre el Campeón de Liga y el… Subcampeón de Copa, a doble vuelta: el primer partido en el campo del Campeón de Copa y el segundo y definitivo en el campo del Campeón de Liga. ¡Y éstas son las reglas que han regido la Supercopa 2015! ¡Y las reglas mandan! ¡Y con éstas nuestro Athletic ha sumado un nuevo título! Luego yo quiero Gabarra. Con las reglas que este 2015 han regulado la competición de la Supercopa nadie ni nada, ni el argumento más rebuscado, nos la puede escamotear. Es un título. Y en el Athletic desde 1983 los títulos se celebran desde y con la Gabarra. Que las fechas son malas, que están ocupadas por importantes partidos, que los fastos de la Gabarra pudieran distraer a los leones de sus más acuciantes intereses deportivos, dígase Europe League o Liga BBVA, plenamente de acuerdo, y qué. Pues nos esperamos. ¿O no hemos esperado ya 31 años? ¿Qué importan unos días de más? Pero sacamos la Gabarra. Cuando nos venga bien o cuando nos apetezca que para eso somos de Bilbao. Pero la bajamos del Museo Marítimo y le damos vida.

Porque lo importante, y con esto termino, es pensar que los títulos se consiguen con esas reglas que los respaldan y les dan el sobrenombre de “títulos”. Sin las reglas no habría competición ni títulos. Y las reglas cambian con los tiempos. ¿O se atrevería alguien a defender hoy que la Gabarra que trasportó por la Ría al Athletic txapeldun de 1983 no debería haber salido porque si la Liga entonces hubiera premiado con 3 puntos la victoria, como pasa  en 2015, el Athletic no la hubiera ganado (cosa que no sé ni me importa)? No se me ocurre que haya nadie en su sano juicio con pelendengues suficientes como para defender semejante tontería. Y es que según las reglas que existen, y en el momento en que se disputan, se ganan los títulos. Y punto. Y si las reglas se modifican y se acuerda, supongamos, que el año que viene la Supercopa, por los motivos que fuera, desaparezca, no por ello el Athletic dejaría de ser el Campeón de la Supercopa 2015. Por esto he cambiado de opinión. Y que en el año 2030, por ejemplo, hablemos de gabarras en plural. Y citemos aquélla del 83, tan especial por ser la primera. O la del 84, la primera del doblete. O la del 15, la de la Supercopa contra el BarÇa de Messi. O… la del 25, la de la Champions, ¿por qué, no? Y así cada título tendrá su competición, sus reglas y su Gabarra. Alguna más memorable que otra; alguna más inolvidable que otra. Eso es inevitable. Según las circunstancias en las que ganaron y según las opiniones de cada uno. Pero todas serán gabarras: campeonatos y títulos de nuestro Athletic.

Por eso yo ahora no dejo de asomarme al agua esperando que la Gabarra asome su proa por el horizonte. No estropeemos tan singular modo de celebración. Único en el mundo como el Athletic. Y no hagamos excepciones. Porque nosotros no tenemos prisa. Porque si algo hemos aprendido los seguidores bilbaínos es a saber esperar. Y sabemos que merece la pena. 31 o  los años que hagan falta. Porque a nosotros el hambre de títulos no nos va a revolver el estómago ni nos va a poner enfermos. Como, desgraciadamente, les sucede a otros. Y no miro a nadie. Pero peor para ellos.
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domingo, 16 de agosto de 2015

RAFAEL CHIRBES QEPD

No suelo acostumbrar a criticar a los "colegas", a esos que tratan de ganarse el pan y la sal emborronando, con peor o mejor suerte, pedazos de papel en blanco.. Y ahora que Rafael Chirbes ha muerto de forma tan repentina, al menos para mí, me siento un poco canalla. Como si le debiera una. Porque recuerdo las molestas y poco gratas sensaciones que me produjeron su aclamada y multipremiada En la orilla, y cuando rápido como una centella, en cuanto leí su última línea, enrabietado como un chiquillo, escribí el artículo que después se incluiría en el sitio web de Tregolam. El país de los escritores, y que yo mismo subí a este blog en la entrada del pasado 9 de febrero de este año 2015. Y suscribo todavía las acaloradas reflexiones que entonces me produjo, pero hoy con la desgraciada desaparición de Chirbes, siempre lo es que un ser humano muera y más aún, diferencias apartes, que lo haga un escritor de esos que aunque no nos entusiasmen, son personas que piensan y que después tratan de volcar sobre un papel, y de la mejor manera que su talento les permite, dichos pensamientos. Por eso siempre me descubriré y guardaré un segundo de silencio ante ellos, ante gente como Rafael Chirbes, cuando nos dejan y nos dicen adiós o hasta pronto con un figurado y triste gesto en la mirada. Aunque lo único que con ello hacen no sea más que habernos tomado la delantera por un momento. Así que ahora, y a modo de sincero y sentido homenaje, propondría que echáramos un vistazo al que es posiblemente el mejor plano secuencia que este país, o Víctor Erice, ha rodado en los últimos años, y a los sones de En er mundo, el melancólico pasodoble que a mí (y no me preguntéis por qué) me hace pensar en la futilidad de esta vida y en viajar no sólo a El Sur sino a esas soleadas tierras y huertas valencianas que Rafael Chirbes acaba de dejar atrás. QEPD.





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lunes, 10 de agosto de 2015

DONIZETTI & "EL PADRINO" DE NINO ROTA, PARECIDOS RAZONABLES


Por ahora que seguimos torrándonos con este verano de marras vamos a imaginar un juego; vamos a imaginar que nos llamamos Nino Rota, que somos uno de los más grandes compositores musicales del siglo XX, autores de alguna de las más soberbias partituras para el cine y de alguno de los más brillantes (¡y qué lastima porque esto se olvida demasiado a menudo por los eruditos, sic, que citan nuestro trabajo!...) opus que son parte indisociable (y por mucho que les pese a esos eruditos de pacotilla) de los más punteros trabajos musicales del siglo pasado.

Y pensemos ahora en Rocco y sus hermanos, la extraordinaria película que dirigió Luchino Visconti en 1960 sobre el declive y la desintegración que sufre una familia de inmigrantes del sur de Italia cuando deciden escapar de la miseria y trasladarse a la progresivamente industrializada y próspera Milán. Y pensemos en que fuimos nosotros, o sea, Nino Rota, los que pusimos una bellísima partitura sobre los desgarradores fotogramas de Visconti. Y ya puestos, sigamos pensando que 10 años después más o menos, cuando un treinta añero director americano, que responde al tan poco modesto nombre de Francis Ford Coppola, uno de los enfants terribles del nuevo cine americano de los 70´, está en la pre-producción de una película que llamará The Godfather o El padrino y que, a su manera, también trata de la desintegración de la familia de un inmigrante italiano llegado, en esta ocasión, a principios del siglo XX a las costas norteamericanas de Manahattan (como diría el insigne Walt Whitman), se le vienen a la cabeza los nombres de Visconti y de Rocco y, cómo no, de Nino Rota. Y encarga entonces al músico italiano de… ¡Milán! (¿habría tenido en cuenta Visconti estos antecedentes milaneses para que la música de Rocco… surgiera de su talento?) la composición de la banda sonora de la película, de su padrino.

Y Rota se muestra encantado. El padrino va a ser una producción Paramount, con Marlon Brandon a la cabeza del reparto, además de otros jóvenes y prometedores actores como Al Pacino. Y el proyecto, qué duda cabe, parece serio y tiene buena pinta. Incluso, quizás, puede ser por fin (ya tenemos o Nino Rota tiene ya 60 años) el reconocimiento que nos merecemos, que Rota se merece más allá de la vieja Europa, sobre las colinas donde se alzan las letras que componen esa palabra mágica: Hollywood.

Y nos ponemos o Nino Rota se pone manos a la obra. Mantemos numerosas reuniones con Coppola. Es gratificante, no lo podemos negar, que un enfant terrible, un mocoso de apenas 30 años, haya reparado en nosotros desde tan lejos y nos hable maravillas de Rocco…, de La strada o de El gatopardo. Nos sentimos a gusto oyéndole hablar. Y casi a bote pronto (el entusiasmo nos recorre hasta el último extremo de la piel) buceamos en nuestro inagotable y fantástico bagaje cultural (y no como tantos otros creadores de hoy en día, y sobre todo en este país nuestro de marras, que tienen esa maleta más vacía que el maletín que lleva Michael Douglas en Un día de furia) y nos acordamos, o Rota se acuerda (seamos serios), de Don Pasquale, la ópera que Gaetano Donizetti compuso en 1843, su antepenúltima ópera (¡la 64 de 66!); y más en concreto en el aria Povero Ernesto… Cerchero lontana terra que canta el personaje de Ernesto cuando, creyéndose despreciado por su amada, planea huir y buscar una tierra lejana donde olvidar y poder empezar una nueva vida. Y canta sentidamente y… el aria cuenta, además, con una sorprendente introduzione de un precioso solo de trompeta que bien podría ajustarse a la película y ser la metáfora de esa lontana terra que, para los personajes de El padrino, es (justo al contrario) la tierra que han dejado atrás, el paisaje terroso que siempre vibrará en sus mentes y sobre el que sus pies nunca volverán a dejar sus huellas.

Y es entonces cuando Nino Rota consigue el milagro, nuestro parecido razonable, y Don Pasquale se estrecha la mano con El padrino, con ese su inolvidable tema principal que también introduce la trompeta y que para todos aquellos con un mínimo de sensibilidad queda inefablemente asociado con la pérdida y nostalgia por los orígenes, por los hogares y lugares que nos vieron nacer, dar nuestros primeros pasos, hacer nuestras primeras trastadas o besar nuestros primeros labios…
 
Así que Don Pasquale y Donizetti (con el gran Alfredo Kraus)...


Y El padrino y Nino Rota...

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