sábado, 7 de marzo de 2020

44 MARAVILLOSOS DÍAS

 Artículo publicado, con pequeñas variaciones, en el deportivo digital de El desmarque de Bizkaia

Decía, más o menos y si la memoria no me falla, aquel incombustible diplomático que fue Charles-Maurice de Talleyrand, o Talleyrand a secas, que quien no ha vivido los años previos a una revolución, no puede comprender lo que es la dulzura del vivir. Y a mí, después de asistir ayer a la clasificación de nuestro glorioso Athletic para la Final de Copa, me vino enseguida la sentencia a la cabeza. Sólo que cambiando las palabras necesarias para que la frase pudiera ser pronunciada como sigue (y con el beneplácito de Talleyrand, allá donde esté ahora), quien no haya vivido los días previos a una Final de Copa del Athletic, no puede comprender lo que es la dulzura de vivir.

Porque estos 44 días (o más; que el coronavirus nos deje trankis), que faltan hasta la celebración de la Final en el estadio de La Cartuja de Sevilla, van a ser inolvidables para muchos de nosotros, y en su discurrir podremos saborear, sin duda, lo que es esa dulzura del vivir, algo que, desgraciadamente, siempre está al alcance de muy pocos afortunados.


Porque en este país superar las semifinales de la Copa del Rey de fútbol tiene estas cosas. Que desde que el equipo en cuestión supera la eliminatoria hasta que disputa la finalísima suele transcurrir un considerable periodo de tiempo, que este año 2020, y si no he contado mal o no se me han trabado los dedos, serán 44 días (o más), ¡casi mes y medio! (o más) donde aparcaremos muchas de nuestras pesadas y cotidianas preocupaciones y se apoderará de nosotros una suerte de impaciencia, de ilusión, de ganas porque el Día llegue, y de que llegue cuanto antes aunque a los días nadie les podrá quitar ni una de sus 24 horas, ni al mes ninguno de sus 31 días.

¿Porque de qué trata esa dulzura del vivir, de la que hablaba el sabio Talleyrand, sino desear, anhelar, aguardar algo con tanta impaciencia como los niños esperan al Olentxero o a la Noche de Reyes teniendo, a veces, la sensación de que ese momento nunca va a llegar o de que se perderá, en un desgraciado descuido, entre cualquiera de los días que tejen una semana?

Aunque, según vamos haciéndonos mayores, ya adivinamos que eso de que los días no lleguen o de que desaparezcan por arte del birlibirloque nunca va a ocurrir; o sea que esa tarde, la que sea, nuestro Athletic pisará el césped sevillano, o el que sea, para disputar su Final. Pero hasta entonces ¡cuánto tiempo, sí! Pero ¡qué dulce espera, también! Porque tendremos que organizar el desembarco en Sevilla, concertar el viaje, si lo hacemos en avión, en coche o en tren, si lo hacemos con mengano o fulano o en cuadrilla o con la novia o la mujer, si bajaremos al Sur para ver el partido a secas o aprovecharemos y nos quedaremos por ahí unos cuantos díitas (¿nos darán permiso en el currelo?), si podremos alojarnos en Sevilla sin hacerle un roto al bolsillo o si habrá que conformarse y dormir en algún lugar cercano.

Y ¡hablaremos también del partido, cómo no!, que además de una finalísima es un derby contra la Real. Y se discutirá por todas las esquinas sobre si los donostiarras son más equipo que nuestro Athletic, pero si nosotros tenemos más experiencia y, sobre todo, un once más armado y al que cuesta hacerle un gol más que desmoralizar a Rafa Nadal. Y hablaremos también sobre si es preferible una defensa de 5, o de 4, sobre si Aduriz debe jugar desde el principio o si Garitazo debe guardárselo en el banquillo como un mago se guarda sus mejores cartas en la manga del traje, para sacarlo cuando el partido ya esté maduro y pueda actuar como revulsivo letal contra sus compatriotas. Y alguno dirá, ¡si la Real nos gana no sacaremos la Gabarra pero yo me tiro a la ría porque… no sé nadar! Y otro le contestará, ¡no te alarmes, a la 5ª la vencida! Porque sí, porque ya llevamos 4 finales de Copa perdidas, desde que derrotamos al BarÇa 1-0 en aquel bendito año 84. O sea que ya toca.

Y hablaremos de muchas más cosas. Que si puede la Gabarra flotar. Que si el campo duro y las gradas alejadas del campo de La Cartuja, si jugamos por fin en Sevilla, favorecen a uno u otro equipo. Que si la Real terminará pagando su bisoñez en estas lides. Y hablaremos atropelladamente. Casi sin esperar a que nadie nos conteste. Sí, durante estos 44 días todos aprenderemos a hablar por los codos. Del 11 inicial y del 11 final. Con esas ganas de que el Día llegue por fin, y de que todavía no, no llega, como si por unas horas nos hubiéramos cambiado de domicilio y todos estuviéramos viviendo en Villar del Río, aquel pueblecito del Bienvenido Mr. Marshall, de Berlanga, donde sus habitantes se mordían las uñas esperando que los americanos hicieran acto de presencia en sus calles repartiendo dólares a diestro y siniestro. Y todos soñando con lo que harían después

Sí, a todo esto creo que es a lo que Talleyrand se refería cuando hablaba de la dulzura de vivir, de los días previos a una revolución o… a una Final de Copa de nuestro Athletic. Y por todo esto, y 44 días antes de la Final y de todo lo que en ella pueda pasar, yo escribiría,  eskerrik  asko, Athletic, bihotz bihotzetik!
 

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jueves, 27 de febrero de 2020

QUÉ MÁS DA, SI TODO DA IGUAL

La cosa, no penséis que exagero, se las trae. Porque desde que la Revolución Francesa instauró aquello tan bonito de Igualdad-Fraternidad-Libertad la cosa no sólo ha ido rápido sino que, con esta rapidez (o liquidez, que diría el imprescindible Bauman), la cosa se nos ha hecho paradójicamente complicada, o muy complicada.

Claro, con la cosa me estoy refiriendo a la Vida, a nuestras vidas cotidianas, en las que andamos diariamente enredados mientras el tiempo pasa (volando), mientras que con esa Egalité nos las prometíamos tan felices. O, ¿no nos ha resultado, acaso, una promesa fallida o, por lo menos, no tan feliz como proclamaban y soñaban nuestros antepasados en las Tullerías?

Claro, la cosa nunca se nos dice del todo. Parece que siempre nos empeñamos en hablar a medias. Y la Egalité se nos presenta, hoy en día (y ya en el siglo XXI), como una preciosa conquista irrenunciable. ¿Preciosa, he puesto? Porque ya sabéis que he aprendido desde que escuché el mítico vinilo The Dark Side Of The Moon, de los imprescindibles Pink Floyd, que todo lo bueno tiene su otra cara, aquélla oscura, no tan buena y que, por lo tanto y del mismo modo, todo lo precioso tiene también su otra cara, también oscura, no tan preciosa, e incluso, fea (como eso de atizar a la abuela con un palo).

Y es que con la Egalité, con la Igualdad corremos un serio peligro en el que no siempre hemos reparado: pensar que todos somos iguales, que todos valemos lo mismo, que todas nuestras palabras cuestan, por lo tanto, lo mismo, las pronuncie quien las pronuncie, sin reparar en que, quizás, esta completa y absoluta Igualdad nos está llevando por los más oscuros y revueltos (de “eses”) caminos de la amargura que, de hecho, es por donde parece que nos estamos empeñando en transitar.

Porque si nos agarramos a esa Igualdad universal posiblemente también nos estemos acercando (inconscientemente, vale, lo concedo) a ese qué más da con el que comenzaba el título de esta entrada. Claro, qué más da, si todo da igual, si todo vale lo mismo, si todo es igual, si todos somos iguales, si lo mismo vale un roto que un descosido. Y es que, aún a riesgo de encontrarme más solo que la una o con más de uno en desacuerdo o, peor todavía, con ganas de gresca, apuntaría a que esta Igualdad debe ser afinada ya que si con Ella nos vemos abocados a ese peligroso todo-da-igual, habrá que frenarle los pies y reconocer que no todos somos tan iguales, que al igual que un brazo y un cerebro, que pertenecen los dos al mismo cuerpo humano pero con innegables y diferentes valores, un servidor y Bill Gates, por ejemplo se me ocurre, también somos iguales en cuanto integrantes de la raza humana sapiens pero, ¡qué duda cabría!, también somos diferentes (y no sólo físicamente, claro) y valorados, por lo tanto, con diferente rasero y precio.

No podemos obviar esta realidad. Cruda o no. Pero en un hipotético caso de destrucción masiva del Planeta y en la coyuntura de tener que salvar, digamos, a 20 individuos de esta raza humana sapiens, a la que sí, todos pertenecemos porque todos somos humanos e iguales, algunos habría que tendrían prioridad sobre otros, por sus mayores méritos o valía para la Humanidad, y desde este punto de vista yo mismo debería reconocer con la cabeza gacha y, quizás, con los ojos arrasados por las lágrimas (soy un giñao) que Bill Gates, con los otros 19 afortunados, subiría a esa nave nodriza que le sacaría de la Tierra y lo llevaría a otro planeta más saludable y a salvo, mientras que un menda le vería despegar con los pies en el suelo, tragando saliva y muerto ya (de envidia cochina).
 
Pero esto que suena tan horrible evitaría que cayéramos de bruces en ese babilónico todo-da-igual y evitaríamos tonterías como este calendario con el que nos viene obsequiando la copistería Goya desde hace un par de años, y en el que se han suprimido los santorales (se supone que por no herir las susceptibilidades de nadie, ya que todos-somos-iguales- sic) que corresponden a cada día del año. De forma que el 14 de febrero, ya no es San Valentín sino Valentín, a secas; del mismo modo que el 19 de marzo ya no es San José sino José, como si el tal José fuese un coleguita más de la cuadri (sí todos-somos-iguales) y sin caer en la cuenta, además, que por estos derroteros tan absolutamente igualitarios podemos despeñarnos en cualquiera de esas “eses” que puntúan nuestro particular camino de la amargura. Sí, posiblemente, en el año 2021 este 19 de marzo sea el día de Pepe. Y todos nos reiremos cuando arranquemos la hoja de febrero y lo veamos; sí, porque todo-da-igual. ¡Socorro!
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martes, 18 de febrero de 2020

LA COPA CALCUTA, EL CALEDONIAN Y STEVENSON

Para Paula,-

El fin de semana del 8 de febrero di cumplida cuenta de uno de mis añorados viajes; a la 1ª parte de uno de mis añorados viajes, para ser más exactos. La cosa consistía en presenciar, como primer objetivo, en directo un Escocia versus Inglaterra en Murrayfield con la Copa Calcuta en juego; o sea, el partido que enfrenta a estos dos equipos dentro del VI Naciones de Rugby, y en Edimburgo, en la guarida escocesa y lugar de nacimiento de mi admirado Robert Louis Stevenson.

Porque visitar la Stevenson House, donde el escritor residió desde los 7 a los 30 años, y recitar (soy un romántico o un colgao, ¿qué se le va a hacer?) junto a la farola que preside, desde la acera, la subida por las escaleras que conducen a esa puerta del 17 de Heriot Street, el precioso poema de El farolero, era el segundo de mis deseos:
 
(En traducción de Txaro Santoro y José María Álvarez)

Mi té está a punto y el sol se va;

es hora de apostarme en la ventana para ver pasar a Leerie;

cada atardecer a la hora de sentarnos a tomar el té,

con su escalera y su luz pasa Leerie encendiendo las farolas.

Tom será conductor y María irá al mar,

y papá es banquero, el más rico de los banqueros;

pero yo cuando sea mayor y pueda decidir qué quiero ser,

oh Leerie, iré contigo para hacer cada tarde la ronda de las farolas.

Nosotros somos muy afortunados; tenemos una farola junto a la puerta.

Y Leerie se detiene para encenderla igual que hace con todas;

oh Leerie, antes de marcharte con tu escalera y tu luz

esta noche saluda al niño que te estará mirando.

Y para concluir el finde, y como tercer deseo, y ya que viajaba con Paula, mi mujer, no demasiado aficionada al rugby y todavía menos a la lluvia, al viento (¡y con la borrasca Ciara cayendo sobre nuestras cabezas por si no teníamos suficiente!) y al frío-que-pela y que asola durante estas fechas las Highlands, había reservado una habitación en el mítico Caledonian, un hotelazo, para dos noches (¡nuestro bolsillo no va más!) que suponía iba a gustarle (¡cómo no!), y con el que además rendía el más que merecido homenaje a la película Promesas del Este, de David Cronenberg, una de las últimas obras maestras que he tenido ocasión de ver en una sala de cine.

Y es que en la mencionada película Viggo Mortensen, enrolado en la mafia rusa que opera en Inglaterra, tiene que esconder al tío Stefan, el tío de la enfermera que interpreta Naomi Watts, su amor imposible, ya que la mafia quiere asesinarle, para lo cual le inscribe en el Caledonian en lugar de enviarle con un tiro en la cabeza al cielo tal como le han pedido sus jefes, a ese hotel que también está muy arriba y tiene también estrellas (5). Aparte de todo esto el papel del tío Stefan esté interpretado en la película de Cronenberg por Jerzy Skolimovski, el gran director polaco de El buque faro o El año de las lluvias torrenciales, lo que no hacía sino añadir (al menos lo hacía para mí) mayor mítica y placer al viaje.

 
Y así nos pasamos Paula y yo el finde. El partido y la Copa Calcuta (se juega desde 1872 y creo, que es la competición entre equipos más antigua de la Historia) volvió a manos de Inglaterra porque el quince de la Rosa ganó 6-13; el Caledonian nos recibió con los brazos abiertos y nos despidió con un sonriente see you soon; y yo comprendí porqué el sufrido Robert Louis tuvo que salir de su ciudad natal y emigrar a los cálidos Mares del Sur (ésta será, D.m., la 2ª parte de nuestro añorado viaje “Stevenson”). El clima y el cielo no dan tregua. El viento y el frío siguen pegándonos de frente. Y mientras la lluvia nos ataca desde arriba. Pedimos refuerzos y resonó (ver vídeo) el Flor de Escocia. Sí, todo fue fantástico.
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lunes, 27 de enero de 2020

CUÁNTO VALE LA VIDA DE UN NIÑO

A Kobe Bryant, QEPD

Cuánto vale la vida de una persona, siempre es una pregunta que me ha servido para comerme un poco más la cabeza de lo que ya lo hago habitualmente. ¿Valemos todos lo mismo?: ¿ricos y pobres?, ¿famosos y anónimos?, ¿ciudadanos de un país de los llamados de 1º mundo o ciudadanos de los llamados del 3º mundo?, ¿pequeños y mayores? Sinceramente, y por desgracia, posiblemente el precio de una vida varíe según algunas circunstancias y, sobre todo, en función de la cabeza que se nos ocurra valorar. Pero todo esto no puede quitar ni hacernos olvidar que la vida de una persona debe tener un precio mínimo, y un precio aceptable por el más común de los sentidos.

Y estas pajotas se me han ocurrido a cuenta de la importante indemnización que la multinacional IKEA ha tenido que abonat a los padres de Josef Dudek, un pequeñín de 2 años de edad al que una cómoda IKEA, en concreto el mueble Malm de 32 kilos de peso, se le cayó encima en su casa de California aplastándole y causándole la muerte allá por mayo de 2017.
 
El caso fue que la multinacional sueca ha pagado por la gracia de Malm 41 millones de euros, 46 millones de dólares al cambio yanqui, lo que, de verdad, me parece una justa cantidad (de hecho ha sido el mayor acuerdo alcanzado por un caso de negligencia infantil en EEUU), y no las indemnizaciones ridículas que muchas veces oímos que pagan las compañías aseguradoras a víctimas por ejemplo de negligencias médicas que ocurren en países como éste en el que estamos; esto sería, en Spain. Conocido tendría a un amiguete al una operación de fimosis le dejó postergado sine die en una silla de ruedas, con tres hijos, creo, y con menos de 40 tacos. Después de muchas luchas, reclamaciones, recursos y más recursos la familia consiguió que la aseguradora se rascase los bolsillos y llegara hasta 180 mil euros. Creo que las diferencias saltan a la vista. Cierto que un caso nos enfrentamos a la muerte y en el otro a una invalidez más o menos total. Pero lo que nadie puede cambiar es que la putada, en cualquiera de los dos casos, está servida en bandeja.
 
Surge entonces la pregunta que me formulaba antes. Y yo la respuesta a la que me apuntaría sería aquella en la que la decisión de los jueces dictaminara que la familia o la persona perjudicada o muerta por negligencia nunca en el cómputo global de años que pudiera vivir tuviera que preocuparse por el vil metal; eso es, por el dinero contante y sonante. A esto es a lo que el todopoderoso Estado, sea el que sea, debiera dar cumplida respuesta ya que, si también somos justos con él, con el Estado, éste nada (ni nada más ni nada menos) puede hacer por remediar la desgracia, que a los desgraciados las cuestiones económicas no les ocupen un segundo la cabeza y que ésta la tengan enteramente disponible para lo que les venga en gana. Que merecido se lo tendrían Nos lo dijo Oscar Wilde, el dolor es sagrado.

Por eso concluyo con el cutrerío que se me antojan los 180 mil euros que la aseguradora española abonó a la familia de ese conocido mío; y por eso mismo se me antoja correcto y digno los 41 millones que la aseguradora yanqui pagó a los padres del pequeño Josef. Y pensemos sino (yo como siempre a lo mío) en la frase que escuchamos en boca de William Munny o de Clint Eastwood durante la señera Sin perdón: cuando matas a un hombre le quitas todo lo que tiene y… todo lo que podría tener. Sí, posiblemente Josef, un hombre de 2 años poco podría tener pero, sin embargo, ¡cuánto podría haber llegado a tener! Sí, y a esto qué precio podríamos ponerle. La aseguradora americana lo tasó en 41 millones de euros. Es triste pero no está mal. La española con mi amigo, que es cierto que no ha muerto, 180 mil. Lo que es triste. Pero, además, irrisorio. Pero así están las cosas.

Por eso cuando alguien me habla de la cultura yanqui para ponerla a pingar yo siempre le contesto que se lo piense unos segundos. Y se acuerde, entonces, del caso del pequeño Josef contra la poderosa IKEA, o del recientemente malogrado Kobe Bryant del que Mumbrú contaba cómo después de la final olímpica, en la que España salió derrotada contra los Estados Unidos, el mismo Kobe entró en el vestuario español y estrechó las manos de sus jugadores y técnicos allá reunidos. ¡Uno a uno!... O de Sam, el hijo de Bruce Sprinsteen, pasta por las orejas, ¡pero nuevo miembro del cuerpo de bomberos de los EEUU!, como si el chaval, teniendo el padre que tiene, no hubiera podido dedicarse a otras actividades menos peligrosas y más lucrativas. Lo cual le honra y a mí no deja de sorprenderme gratamente ya que por aquí seguimos acostumbrados a patéticos casos como el de Kiko Rivera, también pasta por las orejas. Y es que actitudes como la de Sam me congracian con el género humano y dignifican, sin duda, a un país por mucho Trump que dirija, momentáneamente, sus destinos, porque esas actitudes dignifican a todos sus vecinos.

Claro que parece muy sencillo, ¿verdad?: aprender del que sabe más que uno. Pero no, no lo es tanto, ¿verdad, Kiko?...
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viernes, 17 de enero de 2020

#METOO EN EL BAGDAD CAFE


El pasado 7 de enero, martes como siempre, y sin apenas tiempo para jugar con los regalos, el mítico cineclub FAS (¡ya con más de 60 años sobre sus hombros, pero con la misma vitalidad que el primer día!- soy testigo) inauguró, a las 8 menos cuarto como siempre, su nuevo curso con la revisión de la bonita película de Percy Adlon, en su momento pronto convertida en película de culto (como el Calling You que canta en ella Jevetta Steele, y que propongo como banda sonora de estas líneas), Bagdad Café, de 1987. Menos mal que los fas-icos y los cinéfilos en general pronto nos olvidamos de los regalitos (si los tuvimos y nos los merecimos), del tiempo, y de casi todo lo que no se proyecta sobre la también mítica pantalla del Salón de El Carmen. Y claro, la tarde del 7 en ella flotaba Bagdad Café…: ¡un regalazo!

Aunque yo, además de disfrutar con las imágenes de Percy (¿qué habrá sido de él?) pensaba, como siempre, en otras cosas. Es lo que tienen las buenas películas, que mientras las ves, piensas en ellas y, además, en otras muchas cosas pero, ¡ojito!, siempre relacionadas con ellas, porque con las películas-coñazo también piensas en otras cosas (irónicamente en esto se parecían los dos antagónicos tipos de películas), pero eso sí: en ninguna relacionada con la película-coñazo y sí, en cambio, en otras movidas que nada le atañen, como, por ejemplo, ¡esta noche la voy a liar!, ¿vendrá Fátima a la cena con sus pantalones ceñidos?, o qué sé yo, pero de la susodicha película-coñazo que no me pregunten ni por el título porque el parkinson se ha adelantado unos años para darme las buenas noches.

Pero, ¿a cuenta de qué viene todo esto?, se preguntará más de uno. Pues a cuenta de que el Arte y Cine, sí, también con mayúsculas, o sea las buenas pelis son algo más serio de lo que parece en un principio porque nos cogen desprevenidos, con la pierna cambiada y si no atendemos bien a lo que nos cuentan no veremos que, en muchas ocasiones, se adelantan a los mismísimos tiempos en que las estamos visionando.
Como si casi todas estas buenas pelis fueran, en realidad, películas de ciencia ficción.
Y ya que estamos con ella, hablo de Bagdad Café. ¿Y no sería la película de Adlon una premonición ¡en 1987! de los tiempos #Metoo que nos están tocando vivir actualmente?, ¿no serían dos mujeres, una blanca, Jasmin y otra negra, Brenda (sin duda para hacerlas más universales), las auténticas protagonistas de la historia? ¿No se habría puesto en marcha el guión, y  la trama con él, precisamente en el momento en que el hombre, el impresentable compañero de Brenda, hace mutis por el foro y desaparece del Bagdad Café? ¿Y no volvería ese mismo hombre al final, sumiso y con el rabo entre las piernas, suplicando a su mujer si podría volver con ella? ¡A lo que Brenda contestará que, primero, deberá consultarlo con Jasmin! ¡Toma ya! ¿Y no cuenta, en definitiva, Bagdad Café los esfuerzos y peripecias que las dos mujeres tienen que padecer para emanciparse como personajes y personas, para hacer, literalmente, de la magia su modus vivendi más allá de la compañía de sus respectivas e inútiles parejas masculinas? Y sin tener, afortunadamente, nada que ver con las Thelma y Louise de la lamentable película del otrora interesante Ridley Scout, y realizada ésta ya cuatro años después.

No me cabe, entonces, duda alguna de que tanto la Jasminr como la Brenda de Bagdad Café son las auténticas pioneras, antecedentes e iconos de las reivindicaciones que las mujeres, puestas ya en pie, plantean hoy en día en las redes sociales, los mass media y en las calles a nuestros gobernantes. Percy Adlon sólo se adelantó al fenómeno… casi 30 años. Y en su día apenas se reparó en ello. Pero, ¿qué se le va a hacer? ¿No anunciaba también el expresionismo del Caligari de Robert Wiene en 1919 los derroteros que iban a caer sobre Europa 20 años después bajo las cruces gamadas y los brazos en alto de un tal Adolf Hitler? Tampoco casi nadie reparó en ello entonces. Así que repito, ¿qué se le va a hacer? 

Y es que sólo el Arte no cura ni la miopía ni la sordera. Necesita de la colaboración activa de todos, de los espectadores. Y nosotros, los fas-icos, no vamos a cruzarnos de brazos. Casi me atrevería a decir que al contrario: ¡cuánta más apatía e indiferencia nos encontremos, más caña, más buenas pelis que nos hagan comernos el tarro (un poco, al menos), que nos hagan pensar (en el futuro, ¿por qué, no?), hasta que nos salgan por las orejas! Sí, los martes, a las 8 menos cuarto, en el Salón del Carmen, en la Plaza de Indautxu de Bilbao, sin ir más lejos…

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martes, 31 de diciembre de 2019

LO MEJOR DEL 2019 HAN SIDO ELLAS

Sí, ellas, porque si me preguntara por el acontecimiento deportivo más reseñable de este año que ya, ya se termina, igual dudaría; pero si ese mismo alguien preguntón me apremiara, yo le preguntaría a su vez si podría quedarme con dos, y si el preguntón de turno me contestara que sí, ya no me comería tanto el tarro y diría que con la final de Wimbledon y la final de la Copa del Mundo de Rugby. Y creo que sin dudar.

La primera de ellas la jugaron durante casi 5 increíbles horas (en concreto, durante 4 horas y 57 minutos exactamente) Federer y Djokovic y la otra durante una hora y media (80 minutos reglamentados, OK), igualmente memorable, Inglaterra y Sudáfrica. Y la primera la ganó Djokovic. Y la segunda, Sudáfrica (12-32). Pero no mentiría si añadiera que eso de ganar o perder no debería tener demasiada importancia en estas excelsas circunstancias, aunque el bueno de Di Stéfano, QEPD, nunca estará de acuerdo conmigo.
 

Cierto es también que yo hubiera preferido que Federer hubiera ganado su 9º Wimbledon, pero qué se la va a hacer. Dice un manido proverbio que lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Porque, de hecho, es casi imposible jugar mejor de lo que lo hizo el suizo durante esas casi cinco horas de partidazo. Incluso dispuso de dos match balls. Una de ellas, incluso, con su servicio, creo recordar (y si no que alguien, ese alguien preguntón por ejemplo, me corrija). Pero ni aún así. Nada de nada. Y es que a Roger, que nunca se ha caracterizado ni por su sangre fría ni por su saber lidiar como se debe con los puntos decisivos de un partido, volvió a encogérsele el brazo. Le sucedía con 23 años. Y ahora, con 38, el músculo se le agarrota igual, aunque multiplicado por 2. Pero ésa fue la enseñanza que extraje del partidazo. Y comparad si no las estadísticas de la final…
 
DJOKOVIC                                     FEDERER



10

Saques directos

26

9

Dobles faltas

6

61 %

% de primer servicio

65 %

74 %

Gana % en el primer servicio

78 %

56 %

Gana % en el segundo servicio

56 %

3/8

Puntos de break

7/13

3

Tiebreaks ganados

0

64

Puntos de recepción ganados

79

204

Puntos ganados

218

32

Juegos ganados

36

3

Máximo juegos seguidos ganados

4

7

Máximo puntos seguidos ganados

8

140

Puntos de servicio ganados

139

26

Juegos de servicio ganados

29

… pero cuando a uno le tiembla el pulso en las situaciones más comprometidas de la vida o de un partidazo, por genética o capricho divino, según vaya cumpliendo años, según vaya ganando en experiencia, el pulso le temblará más y más, contraviniendo al sentido común y a la propia experiencia, como si ésta no contase para muchísimas cosas pero no para esto de controlar el “parkinson”. Curioso y paradójico pero, creedme, tan cierto como que la Tierra da vueltas. Yo, que siempre he llevado el tema de los exámenes y las charlas, por ejemplo, peor que horrible, a medida que me voy haciendo viejo, ¡hostias!, lo llevo peor. Y si antes un par de sumiales me bastaban para pasar el mal trago, hoy ya ni con dos cajas. Así que he decidido que, en esas ocasiones, mejor me aguanto y trago saliva hasta atragantarme. Lo paso fatal, y hasta que el cuerpo, o la cabeza en este caso, me diga, basta, Toni.

Luego la final de Wimbledon 2019 me enseñó eso. Que no estoy sólo en el mundo de los “cagaos”, y que si has nacido con marcadas tendencias hacia el “cague”, morirás con esas mismas tendencias elevadas a la potencia que se te ocurra o que te marquen los años. Pero eso sí: la final fue inolvidable: inolvidablemente injusta. Federer ganó a Djokovic en todos los apartados del juego menos en el más importante: en el marcador. Y esto es algo que puede y suele ocurrir en otros deportes pero, muy raramente, en el tenis.


1

Novak Đoković

7-7

1

7-7

4

13-7


2

Roger Federer

6-5

6

6-4

6

12-3

Aunque hasta en eso, podríamos añadir, que Federer es único porque perdió siendo el mejor en la majestuosa pista Central de Wimbledon donde, por cierto, se acabó con el 13-12 del 5º set con los interminables y absurdos sets sin tie-breaks (cualquier cosa, y cualquier partido- de tenis- no iba a ser menos, debemos saber cuándo se va a acabar).

¿Y 2020? Puede ser… Puede que repita. Y puede que no repita. Pero pase lo que pase estemos atentos porque seguro que Roger nos enseñará algo nuevo y útil. Es lo que tienen los maestros: que aunque se lo propongan nunca pueden dejar de enseñar. Y sin desperdicio.

Y ahora, respecto a la otra final qué decir. Que Sudáfrica es un fantástico equipo. Que Inglaterra venía de derrotar a los todopoderosos All Blacks en las semifinales y parecía que, por fin, la Copa Ellis estaba a su alcance pero no, este año tampoco, este año les vuelve tocar esperar, porque si por algo guardaré esta final en mi memoria deportiva 2019 es por ver jugar a un equipo al rugby como 15 ángeles catxotas; un equipo que fue Sudáfrica, los del appartheid, los de Nelson Mandela, los del 5º pino por aquello de las distancias kilométrica que nos separan de ellos, los que nos repiten que en este mundo nunca hay que darse por vencidos, que la victoria siempre puede sonreírnos y hacer que la derrota sea un símbolo de la injusticia y que las finales, como decía Di Stéfano, no estén para jugarlas, sino para ganarlas. Pero para ganarlas bien. Y en eso Sudáfrica estuvo bien sobrada de talento. El rubio, pequeño y explosivo Fat de Klerk, el almirante, el último en abandonar el navío en caso de zozobra, Handré Pollard, el diabólico extremo y las piernas más veloces del universo rugby, Cheslin Kolbe, el señor al que sólo cabe tratarle de “usted” (por la cuenta que te trae), Eben Etzebeth… y así hasta que el talento se nos salga por las orejas.


Claro que su entrenador también responde al nombre de Rassie Erasmus y, tal vez, por no desmerecer de su apellido, no se canse tampoco de enseñar. Y nosotros, de aprender con él.

Sí, creo que en 2019 me quedaré con estas dos finales. Y me imagino que me quedaré con ellas durante mucho tiempo… Mientras pueda y tenga salud.

¡¡¡FELIZ AÑO!!!
 

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sábado, 30 de noviembre de 2019

KORNGOLD, EL ARQUERO DE SHERWOOD

Hay personas y artistas por las que siento una especial debilidad, me resultan entrañables. Hablando de música citaría al gran, desconocido e infravalorado Nino Rota (sí, el del padrino, pero también el de cualquiera de sus tres excelentes Sinfonías) y, justo a su lado, también le haría dar un paso al frente, a Korngold, quizás más (o por ahí, por ahí…) desconocido e infravalorado aún que el músico italiano y por motivos que se antojan muy similares: haber compaginado la todo santa-música-clásica compuesta para salas de conciertos, con la música de cine compuesta para escucharse mientras se está viendo tranquilamente una película. Y esto, por lo visto, para los grandes popes “clásicos” resulta algo imperdonable. Y si además en esa otra actividad musical se tiene éxito y se ganan unas buenas perras ya ni te cuento. Como si el gran músico debiera ser siempre pobre de solemnidad, sufrido o muy sufrido, atormentado o muy atormentado, con una desgraciadísima vida personal, y afecto a todas las calamidades que a un ser humano le pueden caer encima.


Pero Korngold no fue así. Nace en 1897 en Brno, por entonces parte del Imperio Austrohúngaro, en el seno de una familia, más o menos, acomodada, y durante su infancia goza del fervor de sus contemporáneos que ven en él a un nuevo niño prodigio, ¡el nuevo Mozart! Casi nada al aparato. Aunque, como tantas veces suele pasar, su vida pronto se torcería. Primero, aunque parezca mentira, con la llamada de Hollywood para que arreglara la partitura de El sueño de una noche de verano, de Mendelsshon en la bonita adaptación para el cinematógrafo que en 1935 realizaría William Dieterlie. Y escribo “aunque parezca mentira” porque Korngold se sintió tan a gusto con la experiencia que, entre la amenazadora subida al poder de Hitler y las perspectivas que le pintaba la Meca del Cine, decide quedarse y continuar con su labor como compositor de bandas sonoras. ¡Horror!, pensarían muchos de esos finitos y estirados oídos clásicos. Éste no es uno de los nuestros, añadirían también después, no sufre, ni se atormenta, ni es cojo, mudo, ni sordo. ¡Horror, sí, un músico normal! ¡Y además, esperad un segundo, ha ganado 2 Oscar por hacer musiquillas para películas y vive en una situación totalmente desahogada[1] Vade retro! Y sentenciarían, con este tipo de “afortunados” no queremos tener ninguna relación. Y así fue. Korngold al cubo de la basura de las salas y de los programas clásicos de música.



Pero, ¿quién se había molestado en escuchar, seriamente, su excelente score para Robin Hood, por ejemplo? Seguramente ni pitxitxi. Y menos aún cualquiera de esos grandes directores que dirigían desde el podio a las más renombradas orquestas europeas. Así que, ¿Korngold?, ¿quién coño es Korngold?, ¿uno que fue niño prodigio?, ¿de qué niño me estás hablando, y de qué prodigio? Por eso cuando, terminada la guerra, Korngold vuelve a Europa, Europa ni se digna a mirarle. Enseña los Oscar y todos esos endomingados y puristas de la música clásica le dan la espalda y ya, entonces, no le queda más remedio que ahuecar el ala y volver, abatido, a las Américas, a Hollywood donde compone un par de bandas sonoras más, unas melancólicas variaciones para orquesta y un sentido homenaje a Johann Strauss hijo. Después, como a todos nos pasará algún día, Erich Wolfgang Korngold muere a la edad de 60 años en 1957.



Y para mí al que la injusticia siempre le ha “tocado” y que aún me “toca” y que el cine, ¡cómo no!, también lo ha hecho y lo hace, Korngold sí que es uno de los míos. Cosa en la que me reafirmo cuando escucho sus trabajos para la gran pantalla (como esta Suite de Robin Hood que he dejado arriba) y que hicieron que la música de cine cobrara un valor con el que hasta entonces ni soñaba tener, tal y como lo han reconocido Leonard Bernstein o el mismo John la guerra de las galaxias Williams. Y en la que aún me reafirmaría, más si cabe, cuando oigo sus composiciones para orquesta: su bellísimo Concierto para violín, por ejemplo, o su increíble ópera La ciudad muerta, donde se incluye el aria Gluck, das mir verblieb (arriba también), y que es de lo más conmovedor que estas orejas (las mías) han tenido ocasión de escuchar.



[1] El bueno de Korngold los ganaría por Anthony Adverse (1935) y por Las aventuras de Robin Hood (1938) con Errol Flynn.
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