sábado, 8 de diciembre de 2018

STANLEY KUBRICK Y ERNESTO CARDENAL CHOCAN ESOS CINCO


Sabido es que en este 2018 se están celebrando los 50 años del estreno de 2001: una odisea en el espacio, la película de Stanley Kubrick que cambió los caminos por donde hasta entonces se había movido la Ciencia Ficción cinematográfica, y que abrió nuevas y enormes posibilidades (aún no agotadas) para el futuro del género. Pero esto lo sabe casi todo pitxitxi.

Aunque también pienso que si la película gusta más o menos, o es considerada más o menos buena es, en este caso, y valga la redundancia, lo de menos, porque lo que de verdad importa, o lo que de verdad me importa a mí, es que el género, desde 2001, ya no volverá a ser el mismo, ni podrá seguir siendo considerado por la sesuda crítica un género, sí, pero menor. Y creo que sólo por esto ya podríamos anotar un buen tanto en favor de Kubrick, y de su 2001: haber hecho que el género sacara pecho, se pusiera de puntillas y creciera lo suficiente y necesario para hacerse por fin mayor. Y todo esto, ¡qué duda cabe!, siempre tiene su gran mérito sin importar tanto, y valga otra redundancia, los méritos o deméritos de la cinta en cuestión.
 

Pero es que además Kubrick, contando con la oposición y las puyas de una parte de esa sesuda crítica, se atrevió a prescindir, durante el montaje, de un músico del prestigio de Alex North para componer la banda sonora de su película y utilizar, en su lugar, extractos de conocidas piezas musicales clásicas. Así, por ejemplo, lo hizo con el archipopular Danubio Azul de Johann Strauss para alguna emblemática secuencia. Y al decidirse por esta opción, y he aquí lo que me interesa, la secuencia en cuestión, localizada en el espacio infinito, en el cosmos, con la nave espacial girando y bailando frente a la Tierra, tiende una mano, un choca esos cinco, al extraordinario e increíble Cántico cósmico del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal con el que estoy alucinando durante estos días.

Porque para Cardenal el cosmos, el universo en su totalidad, la vida es, sobre todo, unión, amor, armonía, y también música y danza. Así lo transcribe en muchas de las cántigas que componen su Cántico. Porque, sin ir muy lejos y sin atosigar al personal, podemos leer en la que hace la nº20:
(…)
La materia en formación tuvo una música
y su eco son los cantos de las ballenas en el fondo del mar
o los Cuartetos de Beethoven.
(…)
Animales y plantas, todos
nosotros del mismo antepasado microscópico.
Somos notas de la misma música.
(…)
Sinfonía del universo.
La creación es un canto.
La creación que no ha terminado todavía.
(…)
“Si nuestros ojos fueran más perfectos veríamos los átomos cantar”.
El protón dicen que parece una fuga de Bach.

O en la 30:
(…)
Newton vio lo que unía
a la manzana, a la tierra y a la luna.
La danza de la energía.
(…)
Materia terrestre y materia celeste con Newton
fueron la misma.
Los movimientos de la luna y los planetas:
los de las manzanas.

Y entonces cuando la nave espacial gira y baila a los sones del Danubio en el espacio bajo la atenta mirada de La Tierra me retrotraigo (¡incluso- ver el clip- la estilográfica, como una mini-nave, baila en el interior de la nave mayor y los pasitos de la azafata sobre la moqueta también son baile!), me retrotraigo, digo, a estos versos de Ernesto y pienso que una vez más, y ya irían unas cuantas, el director estadounidense se junta en sus películas con la Cultura mayúscula, con la Cultura que a todos nos compete e incluye; hace medio siglo con 2001, unos años después con Barry Lyndon, siempre con genio y con ideas singulares e inagotables; ideas que tienen, en este caso, en 2001 al cosmos como protagonista, como gigantesca pista de baile donde los danzantes, estos son, los planetas, estrellas, galaxias, nosotros mismos sabemos guardar las distancias, flirteamos, nos juntamos y nos separamos para volvernos a unir y componer, de esta forma, ese imponente mosaico de formas, de luces y sombras, de ritmos silenciosos que nos hacen quedarnos con la boca abierta cada vez que miramos hacia arriba y vemos una estrella que, es un decir, se encuentra a 11 mil años luz de nosotros; o sea, a un porrón de kilómetros de distancia, teniendo en cuenta que un Año luz sería la distancia que recorre la luz en un año; o sea, e intento no atragantarme, ¡9,46 x 10 elevado a la 12ª potencia kms!


Sin duda, el cosmos como discotecón, como pista de baile de proporciones descomunales en el que todos y todo estamos re-unidos y movemos el esqueleto (por la fuerza de la gravedad, claro). Kubrick y Cardenal lo sabían. Y 2001, El Danubio Azul y el Cántico cósmico nos lo enseñan.


Fijaos, por último, que sólo el súper computador Hal-9000 no mueve, no menea sus huesos metálicos. Y así le luce el pelo: muere. Y a nosotros y, sobre todo, al astronauta David Bowman, con sus increíbles peripecias por salvar el pescuezo, casi nos arruina la película.



 
 
 

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lunes, 26 de noviembre de 2018

EL TANGO HA MUERTO

Hoy es un mal día para el tango. Lo fue cuando Gardel murió, pero a esa pérdida ya nos hemos ido acostumbrando. Pero a partir de hoy tendremos que acostumbrarnos a otra. Bernardo Bertolucci también nos ha dejado, y para muchos de nosotros su tango, el último que se escuchó en París, formará siempre parte de nuestra pequeña historia, de nuestra pequeña educación sentimental, con el permiso de Flaubert.

Porque El último tango...  de Bertolucci, mucho más allá que otras películas suyas (para mí siempre será la mejor, la más entrañable y sentida, la que a Bernardo le salió desde las más honda de sus entrañas) supuso una auténtica llamada de atención, una llamada que nos comunicaba que el cine también podía ser eso: algo nunca visto hasta entonces, como el personaje de Marlon Brandon, como ese Paul desesperado y desquiciado era también algo que, hasta el día de su estreno, no se había visto nunca sobre una pantalla de cine.

Después han ocurrido muchas otras cosas, gracias a Dios, pero El último tango en París, con Bernardo, con Marlon, con Maria, con el malogrado Gato, y su excelente banda sonora (ahí os va un enlace), siempre estará ahí, mientras que las otras "muchas cosas" pasarán de largo y apenas si sentiremos con su ausencia aquel mismo latigazo que experimentamos desde que vimos a Paul, en los minutos iniciales de la película, gritando mientras se tapaba los oídos bajo el paso elevado del tren; un grito que es todavía el grito de todos nosotros, el grito de nuestros tiempos, el grito de estos ruidosos tiempos que tanto nos cuestan comprender y que, a menudo, nos dejan perplejos, con el corazón metido en un puño...

 




 
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jueves, 1 de noviembre de 2018

UN PIS FUERA DEL TIESTO: LOS HERMANOS MALASOMBRA

Me acuerdo de cosas. Tengo por el cuello a la nostalgia pero aún me acuerdo de algunas cosas. Me acuerdo, por ejemplo, de aquellos Hermanos Malasombra que salían en un viejo programa de TVE que se llamaba Los Chiritipiflaúticos, junto a Valentina, al Capitán Tam-Tam, Locomotoro, y otros personajes ilustres y delirantes que nos distrajeron la infancia, y de los que hoy apenas unos cincuentones tenemos recuerdo.

Pero lo dicho: la nostalgia no va conmigo. La nostalgia me parece un “apalancón”. Que haciéndonos sentir a gusto, no nos permite, traidoramente, tirar para adelante. Y esto es peligroso. La nostalgia casa bien con aquello que escribía Manrique en la Coplas a la muerte de su padre, “cualquier tiempo pasado fue mejor” pero yo, si me quedo con algo, es con la letra y con el disfrute del poema. Y punto. Porque discrepo con el espíritu del verso.

Y así recuerdo a Los Chiritipiflaúticos y a los Hermanos Malasombra. Y a estos últimos, en concreto, que son a quienes quiero ir a parar. Porque me hacen pensar (que no añorar, ¡horror!). Y pensar que sus personajes, sus cachondeos y chuflas hoy ya no serían posibles. O si lo fueran, se echaría del escenario, o de la pantalla de TV, a los dos brothers con una patada en el culo, por inoportunos.

Porque que alguien cante en 2018 aquello que cantaban los Hermanos de, somos los hermanos Malasombra, somos malos de verdad, somos como una espina, que solo sabe pinchar y más malos que la quina, quedaría, no ya como una tonadilla anacrónica, sino como una bravuconada que no vendría a cuento, muy lejos de las pretensiones originales de resultar una gracieta más o menos amable y divertida.

Porque para cantar eso de malos de verdad, y que una gran mayoría de este país se tronche de risa, hace falta, además de una considerable dosis de ingenuidad, creer, a pies juntillas, que la bondad, como reverso de la maldad, no solo es posible sino que es amplia mayoría, y que gana a la maldad por una abultadísima goleada. Y entonces, sí, la maldad hecha minoría, hecha, por lo tanto, excepción, sí que puede resultar tema para la sorna, asunto para tomárselo a sano pitorreo. Esta excepción del malo que presume de maldad, de los Hermanos Malasombra, más malos que la quina, en cuanto que sería excepción a la regla (bondadosa), nos movería, como nos movía, a la risa.

Porque el chiste está siempre en la excepción, excepcionalmente. Aquello que contaba Woody Allen sobre el hombre que va al médico y le cuenta que su mujer se cree una gallina. Y el médico le dice que venga con ella a la consulta y que lo arreglará. Y entonces el hombre le responde que no es tan fácil: que él también quiere los huevos... Esto es, la excepcionalidad de la mujer que se cree una gallina. Y la excepcionalidad del marido que no quiere quedarse sin los huevos. La excepcionalidad...

Pero hete aquí que hoy, cuando la tortilla se ha volteado y los malos han girado el partido y el resultado, y son, ahora, ellos los que ganan por goleada a los buenos, la maldad ya no es la excepción sino la regla (malévola), y la presunción de maldad, de la que hacían gala los Hermanos Malasombra queda como una chirigota más pasada que las pinturas de las cuevas de Altamira.

Sí, claro, los malos-malotes (soy muy malo, ¡pues yo más y pongo esta cara de malísimo!) o los malos reincidentes o los que trincan y engañan, o los que falsean documentos públicos o expedientes académicos, o los que se abren cuentas en Suiza o en cualquier paraíso fiscal que toque y alimentan sus saldos con lo que pueden escamotear a tantos ingenuos, los que matan incluso, han dejado de ser una excepción y se han convertido en esa regla malévola, en los verdaderos signos de los tiempos que corren.

Y entonces cuando vemos esos decorados en blanco y negro, de cartón piedra, y a los Hermanos Malasombra cantando su letanía pienso, ¡cómo hemos cambiado! Pero lo pienso sin gota de añoranza y sí como un flagrante ejemplo de cómo está, desgraciadamente, el patio y los trapos que cuelgan en él. Nada de ingenuidad, ni de bonhomía y sí mucha mala leche, venganzas y unas ganas inmensas de medrar, de tener a toda costa más “ceros” en la cuenta corriente que el vecino, de ser más listo que el pobre ingenuo, de sabérselas todas, de presumir de que aquí estoy yo en un yate de nosécuántosmiles de euros, tostándome al sol en una remotísima y paradisíaca playa, sin haber dado ni clavo pero habiendo estafado a cuantos más y cuanto más, mejor.

Y descarao. En este orden de cosas, presumir hoy de malo, o de ser uno de los que se ríen con los Hermanos Malasombra, sería como… presumir de guapo o guapa en un desfile de modelos: una chorrada: un pis fuera del tiesto.
 

 
 
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miércoles, 10 de octubre de 2018

LEBRON Y LOS LAKERS: EL ELEGIDO Y LOS ÁNGELES

Para Alfonso,
que está atravesando su particular 11-S
 
Ahora que la pretemporada del nuevo curso de la NBA ya ha comenzado, yo voy y me descuelgo con estas reflexiones que espero que nos lleven, al final del camino, a hablar de la mencionada NBA.

Porque salgo (¡toma ya!) desde Las conversaciones con Goethe, el libro que J.P. Eckermann escribió sobre los últimos años de vida del gran escritor alemán, y que tan fascinante me ha resultado (bien que decía Nietzsche que le parecía la mejor obra escrita en lengua germana) y, sobre todo (por lo no previsible), por las dudas que me ha aclarado sobre el alucinante ascenso al poder de Adolf Hitler, sobre la 2ª Guerra Mundial, el Holocausto judío y todas esas barbaridades que cientos de documentales, películas y entrevistas dedicadas al tema, nos cuentan casi a diario.
 
Pero continuo. Y me refiero entonces a la figura del Daimon, sobre la que Goethe habla largo y tendido en estas conversaciones, y sobre la que no puede dejar de manifestar su admiración y que, además, me ha respondido a alguna de esas preguntas-sin-respuesta que me han rondado desde siempre por la cabeza, como esa por la que me he preguntado en el párrafo anterior; o sea, ¿cómo fue posible que un país tan civilizado como Alemania desencadenara las monstruosidades que desembocaron en los crematorios de Auswitz y de tantos otros lugares de infausto recuerdo?

Y es que el Daimon sobre el que Goethe escribe viene a ser una persona que aparece sobre la faz de esta Tierra cada cierto número de años, investido con una serie de particularidades que lo hacen vivir casi al margen del resto de los mortales, diferentes y geniales en su singularidad, enérgicos, impulsivos, dioses y demonios a partes iguales pero, en el fondo, una manifestación de que una divinidad “vigila” todos nuestros movimientos y nos envía, de vez en cuando, a uno de estos Daimon, situados más allá del bien y del mal (Nietzsche, again!), para hacernos ver a nosotros, vulgares mortales, lo que es capaz de realizar.
 
Os pongo algunos ejemplos. Por ejemplo, el Daimon por antonomasia para Goethe fue Napoleón Bonaparte. y es que a pesar de las guerras y muertes que provocó, su figura no podía dejar de asombrarle: su juventud, su osadía, su energía, su capacidad de generar empatías y entregas totales a su persona, su visión de futuro, su ánimo de alterar el curso de la Historia … Otro Daimon para el escritor alemán sería, sin duda, Mozart que con sólo 5 años ya componía música y daba sus primeros conciertos, o Lord Byron y su personalísima poesía. Son, sin duda, todos ellos personajes tocados por la varita del genio, singulares en su genialidad y que, normalmente, gozan de muy pocos años de vida, ya que sus años son, realmente, años que valen el doble o el triple que los normales, años vividos sin desperdicio, a tope para, rápidamente (no pueden esperar), alcanzan sus objetivos, aquello para lo que fueron depositados en la Tierra... y, rápidamente, morir a continuación. Napoleón lo hizo con 52 años, Lord Byron, con 36 años, Mozart, 35, ¿nos acordamos del “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, de Nick Ray?.

Ellos serían los elegidos… que mueven con sus ideas al resto de una Humanidad que, por momentos, parece dormida. Son los elegidos a los que debe rendirse la merecida admiración, a pesar de no coincidir con ellos en muchas de sus acciones, pero a los que nunca puede negarse esa singularidad de la que se hayan investidos: únicos en medio de la masa.

Goethe lo sentía de esta manera y, durante sus últimos años, no dejaba de añorar la próxima venida de uno de estos elegidos que sacudiría a la futura Alemania, y al Mundo, ¿porqué, no?, del letargo y de la apatía política y artística en la que se hallaba sumido malgré lui; ¿tal vez, y por desgracia en este caso, hablaría del próximo Führer? Aunque yo prefiero mirar con las lentes más cortas y pensar en Richard Wagner, ese músico que puso banda sonora al despertar alemán.

Y todo esto se me habría ocurrido mientras leía esas bonitas conversaciones de Eckermann y veía a Lebron James, ¡sí, a Lebron por fin!, con su desgarro ocular, enfrentándose a los Warriors de Oakland durante las últimas finales de la NBA.

Porque Lebron es uno de esos Daimon de los que hablaba Goethe. Estoy seguro. Más allá del bien y del mal. De los odios y simpatías. Y si para muestra de cómo se las gastan estos Daimon valiera un botón, recuerdo que, antes de uno de esos decisivos partidos finales, con los calambres, con el ojo como un tomate (¿vería algo por él?... Pero para un Daimon eso es simple cosquilleo), Lebron habló con su entrenador. Tú preocúpate sólo, le dijo, por los cuatro jugadores que saltarán a la pista conmigo porque yo voy a jugar todo el partido.  Así son los Daimon. Y LeBron lo es. Sabía que la Final estaba perdida como Waterloo lo estuvo para Napoleón, pero no podía actuar de otra manera. Sólo al Destino se rinden estos Daimon rendirse. Pero a su propio Destino.

Y por cierto, esta temporada Lebron jugará con los Lakers de Los Angeles. Sí, el elegido y los ángeles, una mezcla de la que no pienso perderme ni un sorbito.
 

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jueves, 20 de septiembre de 2018

CHARLES LLOYD & SILVIO RODRÍGUEZ: LA MÚSICA PELIGROSA


Para Tintxo, por supuesto
Charles Lloyd, es un músico de jazz nacido en Memphis en 1938. Y yo lo cuento entre los grandes porque su figura y talento no se han casado nunca con nadie, y es peligroso. Esto último es fundamental: la música debe ser también peligrosa (¡¿por dónde andas Juan Querol?!), debe despertar conciencias y hacerlo con un bofetón, si es necesario. Quizás no guste a la primera escucha. Esto es parte de su peligrosidad, porque estaros seguros que cuando a la 2ª o 3ª os vaya atrapando, estaréis perdidos. Ya nunca volveréis a ser los mismos. Y eso es lo mejor de todo. Porque el cambio es algo inherente a nuestro mundo, a la materia que con la que se construye. Sólo los malos no cambian. Los que se agarran a lo que ya tienen y se quedan para siempre iguales. Yo creo que estos son los verdaderos traidores, los parásitos a los que se refiere Ernesto Cardenal, los que desprecian lo más noble de la naturaleza humana: el cambio, el progreso...

Y os dejo, para muestra un botón, con Twin Pearls, el temazo que Charles Lloyd grabó en 1967 con Keith Jarrett ¡al saxo soprano!, él mismo al tenor, Jack De Johnette a la batera y Ron McClure al contrabajo. Y al lorito, ¡peligro por los cuatro costados!…
Y añado, para completar la pareja (más "&"), la increíble versión, que un buen amigo me ha encontrado y que Charles Lloyd realizo más de 20 años después, de la bonita Rabo de nube, la canción de Silvio Rodríguez, otra alma con goma2 en los dedos, e imprescindible en estos años musicalmente tan dados al bostezo, a la MTV, a lo mismo-de-siempre. Sí, no podía haber ocurrido de otra manera: Charles Lloyd  y Silvio Rodríguez, dos perlas gemelas y muy peligrosas.


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martes, 4 de septiembre de 2018

BERNSTEIN & KARAJAN, PARECIDOS RAZONABLES


El pasado 25 de agosto se cumplieron los 100 años del nacimiento de Leonard Bernstein, posiblemente el compositor americano más famoso de todos los tiempos (en lo que a la música clásica se refiere no tendría duda alguna al respecto). Pero Lenny, como era conocido entre sus amigos y amigas, no fue un grandísimo pianista. Ni un grandísimo director de orquesta. Ni tan siquiera un grandísimo compositor. En su época, en cada una de las categorías que he mencionado, hubo músicos mejores músicos que él. Seguramente no demasiados, pero sí algunos. Pero en lo que ninguno habría podido superarle, ni siquiera acercársele a los talones, fue en popularidad.

Y es que Bernstein no paraba quieto. En todos los sentidos. Era el prototipo de americano hecho para comerse el mundo y no dejar ni una miga sobre el mantel. Nada parecía detenerle y desbordaba una vitalidad que transmitió tanto a las orquestas a las que tuvo que dirigir, como a los hombres y mujeres que se cruzaron por su vida, que no fueron pocos ni anónimos.

Al final, sin embargo, como nos ocurrirá, tarde o temprano, a todos los mortales, Lenny murió. Tenía 72 años. Era un otoñal 14 de octubre de 1990. Y expiró en su residencia de Nueva York, en el mítico (también este inmueble lo es) edificio Dakota (¿no se cargaron ahí a John Lennon?, ¿no rodó también ahí Polanski su semilla del diablo hace hoy justo medio siglo?- que el que quiera lea la crítica en la entrada grandes películas, pequeñas críticas). Desde entonces, desde que Lenny no está entre nosotros, la partitura de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, uno de sus autores favoritos, descansa junto a su cuerpo: una buena compañía para emprender ese siempre enigmático viaje a la eternidad.

Aunque si estoy escribiendo sobre Bernstein lo hago, además de por los obvios motivos de su centenario, por otra circunstancia en la que, tal vez, no todo el mundo haya reparado. Y es que pienso que Bermstein se presentó al mundo musical, y al mundo en general, como un alter ego, eso sí, con todas las diferencias que quisiéramos atribuirle, al también mítico Herbert von Karajan. Yo, por lo menos, siempre les he encontrado físicamente parecidos, aunque personal y musicalmente siempre se posicionaran en las antípodas el uno del otro. Si uno era blanco, por decir algo, el otro negro. Si Karajan era un espíritu teutón: serio, distante, arrogante (¿no afirmó aquello de que cuando muriera no se le enterrara, porque si Jesús resucitó al tercer día él no esperaría tanto?), Bernstein era más popular, cercano, casi “de andar por casa”: puro estilo “Gran Manzana”. Y si Bernstein reinó en América, Karajan lo hizo en Europa. Karajan, más volcado en las grabaciones discográficas, Bernstein, más (¡cómo no!: This  is America) en la televisión, donde difundiría sus conocimientos musicales con grandes cifras de audiencia, como demuestran sus Conciertos para Jóvenes, grabados cuando era ya titular, lo era desde 1958, con apenas 40 años, de la Filarmónica de Nueva York, y que continúan siendo, al día de hoy, el programa cultural de mayor éxito en la Historia de la televisión.

Y si hablo de los dos, aparte de sus parecidos físicos razonables (por lo menos para mí), es porque sus características me retrotraen a esos años de la Guerra Fría, donde si había, pongo por caso, un ajedrecista eminente a este lado del charco, y pronúnciese Karpov, los americanos producían otro a su estilo, al american way of life, pronúnciese ahora el controvertido y espectacular Bobby Fisher (¿cuántos reportajes y películas no se habrán producido sobre su esquiva figura?); y, del mismo modo, donde habría en la vieja Europa un aclamado director de orquesta, éste sería, Karajan, los americanos sabrían oponerle puntualmente su réplica correspondiente, o sea, Bernstein.

Y si Karajan nunca anduvo lejos de los centros de poder, no sólo musicales sino políticos, Bernstein tampoco los esquivaría. Sólo que a estos añadiría los aromas de esa atractiva popularidad que le acompañaba allá por donde fuera: compuso una Misa por encargo de la familia Kennedy, aunque también celebraría un concierto multitudinario con motivo de la caída del Muro de Berlín, con su salud hecha ya unos zorros, consecuencia, ¡cómo no!, de excesos de todo tipo. Llegó a fumar más de cuatro paquetes de tabaco diarios, asiduo consumidor de todo tipo de pastillas, y practicante del sexo sin demasiados miramientos. Tuvo relaciones con casi todos los miembros de sus orquestas. Tanto hombres como mujeres. Y con famosos de su tiempo, que podrían rellenar una inmensa lista de agraciados. Cuentan que Marlon Brandon andaría entre las líneas de su pentagrama.

Luego ni que decir tendría que en un hipotético enfrentamiento entre Bernstein y Karajan hoy, pisando ya el 2018, el ganador, y por k.o. técnico, sería el músico americano. Qué duda nos debería caber que, en ese hipotético cuadrilátero de la fama, el espíritu televisivo, follarín, alegre y animoso de Lenny levantaría los brazos triunfante. Hoy todos quisiéramos parecernos a él: culto, pero popular y desinhibido. Mientras que Karajan se nos habría quedado trasnochado. Culto, sí, muy culto, pero frío como un susto, seco como una nuez, adusto como un carraspeo…

Y es que en estos tiempos baumanianamente líquidos, sí, y populacheros como una romería, los ademanes y la entrepierna juguetona de Lenny serían otro ejemplo de esas actitudes ganadoras que derrotan a la solidez, a la rigidez de Karajan, a sus ojos entornados, casi ausentes, mientras la orquesta sigue, sin perderse una coma, el dictado que surge de sus prodigiosas y geniales manos.

Así que aquí os dejo con el Adagietto de la 5ª de Mahler, con el que Lenny cubre su pecho, pero en una versión ejecutada por Karajan porque, después de sus razonables parecidos (físicos), que haya también, y a pesar de sus diferencias, buen rollete entre estos dos genios de la música.



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jueves, 30 de agosto de 2018

MUSEO GUGGENHEIM Y JOANA VASCONCELOS: UNA VISITA MUITO OBRIGADO

 El otro día volví al Guggenheim para ver y disfrutar con la exposición de Joana Vasconcelos que, además, lleva por título I´m Your Mirror, con el que parafrasea la inolvidable (para muchos, entre los que me cuento) canción que Nico interpreta en el primer disco de la Velvet Underground (os incluyo el vídeo aquí abajo para que se os haga más amena la lectura de estas líneas).

La exposición merece la pena. Y bastante. Vasconcelos es una de esas artistas de “gran tamaño” que no deja indiferente a nadie. Además sus obras, multidisciplinares, invitan a que el público no pase de largo frente a ellas sino que participe en/con las obras, con una conexión con el mundo actual que nos rodea, que hace que el paseo por las salas donde se exponen, sea una bellísima versión sobre cualquiera de los aburridísimos telediarios que se cuelan a diario en nuestras casas. Vaya, que aprendo más de esta vida viendo, por ejemplo, la obra que Joana realiza sobre la decapitación de una mujer con burka que escuchando las clásicas peroratas de Ana Blanco sobre los disturbios de Siria.

Incluso, y no voy a destripar más propuestas, puede asistirse a una encomiable, y más que saludable y recomendable, confraternización entre sexos disfrutando en los exteriores del museo del gran anillo que Joana realiza con embellecedores de neumáticos de coches (el hombre y el automóvil) y coronado por un diamante realizado con platos de cocina (la mujer y la cuisine) y, sobre todo ya en el interior, de los dos inodoros de pared (elementos, ni que decir tiene, adscritos a la sexualidad masculina) recubiertos y embellecidos con piezas de ganchillo (arte en el que las mujeres son, tradicionalmente, maestras). Incluso con estos inodoros el homenaje a la Fuente de Duchamp, pionera del ready-made y padre del arte más vanguardista, me parece un precioso y atinado detalle en estos tiempos que corren que se las pelan y hacen que nos volvamos tan olvidadizos.

Y, por último, un pensamiento, ¿un deseo marciano?, que me asaltó a la salida de la exposición, y con el me hago eco de una idea que tiene un buen amigo poco marciano:  ¿y si Vasconcelos y, por ejemplo, Barceló fueran compatriotas, y si España se olvidara de mirar tanto hacia arriba, hacia Europa quiero decir, y concentrara su atención en Portugal, en ese país que tiene ahí al lado y con el que sí le unen muchas más cosas y años de común convivencia, y juntos se centraran en construir una verdadera Península Ibérica, donde se bailara la jota, se cantara fado, se leyera a Pessoa, se viera el cine de Buñuel y de Miguel Gomes, se disfrutara con las playas de El Algarve o con las de Caños de Meca, se comiera una exquisita merluza a la ondarresa o un delicioso bacalao dorado?, ¿o tantas diferencias hay entre las costas de Finisterre y los atajos que bordean Oporto o el tranvía que recorre renqueante las angostas y enrevesadas calles de Lisboa?...

Bueno, pero paro ya, y os dejo con Nico y la Velvet. Lo prometido siempre ha sido deuda:
 
 

 
 
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