martes, 20 de septiembre de 2016

SHAKESPEARE VS CERVANTES, 4º ROUND; SORRY, 4º CENTENARIO


Voy a contribuir, porque con esta cachaza se me pasa el arroz y se me acaba el año, a esto de los cuartos centenarios de los fallecimientos de Don Miguel (de Cervantes) y de Sir William (Shakespeare) con alguna de mis clásicas vueltas de tuerca o salidas de tono. Hoy me apetece enredar y poner sobre el tapete una cuestión sobre la que no he oído reparar y que, además, quizás conteste a muchos de los desconcertados interrogantes que desde aquí, desde este lado de Europa, nos planteamos, o yo por lo menos, yo me planteo bastante a menudo.

Resumo: ¿por qué Shakespeare continúa siendo universal e, incluso, castellanamente conocido y leído, y a Cervantes, ¡y en su país natal!, le conocen sí pero no le “hojea” ni dios, según claman y atestiguan los eruditos (que de éstos sí que tenemos unos cuantos; posiblemente, demasiados) y las eternas, tristes, últimas y siempre desoladoras encuestas?

Se me ocurre una cosa: ¿tendrá algo que ver con todo este despropósito el hecho de que “seamos como somos”, o sea, nunca-jamás profetas en nuestra tierra, o sería más acertado que huyéramos, y como de la peste, de estos lugares comunes (vade retro semper!), y echáramos mano, o añadiéramos otros argumentos para tratar de explicar lo que resulta tan palmario y evidente: ¡Shakespeare a muerte!, ¡Cervantes manco y caput!?

Y se me ocurre: ¿tendrá esta inapelable cuestión algún avieso contacto con el hecho de que a Sir William le leemos traducido y, por lo tanto, convenientemente adaptado a nuestras vidas y años, mientras Cervantes continúa apareciendo impreso en el mismo castellano de los siglos XVI y XVII, en versión original, esto es, en un castellano de hace ya ¡cinco siglos!, y que a casi todos los españoles nos suena hoy a chino-mandarino y nos cuesta un dolor de sienes entender y seguir?

Y se me ocurre más todavía: ¿resultará el inglés en el que hablaba y escribía Shakespeare tan extraño y distante del que hablan y escriben los angloparlantes del siglo XXI como lo es para nosotros, castellanoparlantes de ese mismo siglo, el primoroso castellano de Cervantes?

Quizás, tirando por ahí, pudiéramos hallar algunas respuestas a los sonrojantes resultados de los cuestionarios con que los mass media nos torturan cada cierto tiempo y en los que el bueno de Cervantes aparece, entre los españoles, no sólo manco sino apaleado y ninguneado.

Claro, Shakespeare siempre suena moderno y actual. Cervantes, carcamal y anticuado. Pero defender que a ello la traducción no rinde una ayuda harto beneficiosa sería mentir como bellacos. El autor, el que sea, no puede imaginar la suerte que correrá su idioma en un futuro más o menos lejano. Consiguientemente, la adaptación a esas nuevas voces y modos es algo que escapa completamente a su arte. Pero para eso, para aquello que escapa del autor, como de cualquier vecino de su tiempo por su estricta, necesaria e imprescindible contemporaneidad, para eso, digo, están los traductores. Ellos, con buen oficio, consiguen que una obra escrita hace cuatro siglos, por ejemplo, aparezca ante nuestros moderrnetes ojos y oídos como un relato escrito hace cuatro meses.

Es a partir de ahí cuando el traducido Sir William siempre disputará, entre nosotros, españoles a pie de calle, la carrera por la notoriedad con una inalcanzable velocidad para el puro y original y lentorro Don Miguel.

Cito por no aburrir un par de casos. A ver qué tal nos suenan. Propongo una disputa, como en un vulgar concurso televisivo y/o radiofónico al uso, y para que ésta sea justa, el mismo tema para ambos autores, para Shakespeare y Cervantes: el tan socorrido love o amor. Sin límite de tiempo. Que lo tenemos de sobra. Primero leamos, venido desde Strafford-Upon-Avon, a Sir William Shakespeare:

¿A un día de verano compararte?...
¿A un día de verano compararte?
Más hermosura y suavidad posees.
Tiembla el brote de mayo bajo el viento
y el estío no dura casi nada.

A veces demasiado brilla el ojo
solar  y otras su tez de oro se apaga;
toda belleza alguna vez declina,
ajada por la suerte o por el tiempo.

Pero eterno será el verano tuyo.
No perderás la gracia, ni la Muerte
se jactará de ensombrecer tus pasos
cuando crezcas en versos inmortales.
Vivirás mientras alguien vea y sienta
y esto pueda vivir y te dé vida.

¡Pero ojo, en la versión traducida por Manuel Mújica Láinez!

Luego, llegado desde Alcalá de Henares, a Don Miguel de Cervantes:
 
A Dulcinea del Toboso
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
¡Oh, quién de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual pelea!
¡Oh, quién tan castamente se escapara
del señor Amadís como tú hiciste
del comedido hidalgo don Quijote!
Que así envidiada fuera, y no envidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escotes.
 
¡Pero ojo, éste a pelo y más original que los helados de queso! 

Y por si alguien del jurado no estuviera aún muy convencido y dudara en emitir su veredicto, le dejaríamos el monólogo shakesperiano de Shylock en El mercader de Venecia, puntualmente traducido para la versión que en el cine hizo Al Pacino, junto al famoso también (aunque pocos lo hayan echado el merecido vistazo) episodio cervantino de los molinos de viento de Don Quijote, pero en versión original (sin subtítulos), y que la extensión de uno y otro no nos despiste, que por ahí no van los tiros. Primero, la traducción del mercader:

¿Y cuál es su razón? ¡Que soy judío! ¿No tenemos ojos los judíos? ¿No tenemos manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No comemos lo mismo? ¿No nos hieren las mismas armas, no sufrimos las mismas dolencias y nos curan los mismos remedios? ¿No sufrimos en invierno y en verano el mismo frío y el mismo calor que los cristianos? Y si nos pincháis, ¿no sangramos? si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos?, si nos envenenáis, ¿no perecemos? y si nos ofendéis, no vamos a vengarnos? Si en todo lo demás somos iguales, también en eso lo seremos.

Segundo, los molinos de Don Quijote sin subtítulos:

(…) En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vió, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.
 
Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear, tal fue el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió Don Quijote, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza, cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo han de poder poco sus malas artes contra la voluntad de mi espada. Dios lo haga como puede, respondió Sancho Panza. Y ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del puerto Lápice (…)

Ya está. El jurado y, sobre todo, vosotros diréis. Aunque a mi modesto parecer la cosa tiene una complicada y muy puñetera solución. ¿O habría que traducir, y sin que esto suponga ningún menoscabo, a Cervantes y nos quedarnos tan anchos? ¡JA! Como subtitular al castellano una película argentina y confiar en que ningún platense se mosquee y nos rompa la cara, y con razón.

Así que me temo que en estas que estamos en el cuarto centenario de Cervantes seguiremos estándolo en el quinto y en el sexto. Aunque yo, por si las moscas, aquí os incluyo el original y sin subtítulos monólogo de Shylock, y lanzo al aire las últimas preguntas, ¿será este inglés para los anglosajones del siglo XXI tan pesado como lo es el castellano de Cervantes para nosotros? Juraría que no pero me gustaría dar otra vuelta de tuerca al tema y saber porqué. Si la respuesta me sorprende y es afirmativa, tampoco me quedaría con la boca cerrada y re-preguntaría, por qué. Pero mientras localizo y contacto con algún colega proficiency o con algún viejo profesor del colegio o con algún amable comentarista de esta entrada y les formulo estas preguntas, aquí os dejo con las sabias, originales y sin subtitular, palabras de Shylock, por si algún nativo del Bre-exit consulta, de vez en cuando, este mismo blog y quiere también darme una respuesta que será, sin lugar a dudas, muy bienvenida:

(…) And what's his reason? I am a Jew. Hath not a Jew eyes? Hath not a Jew hands, organs, dimensions, senses, affections, passions? Fed with the same food, hurt with the same weapons, subject to the same means, warmed and cooled by the same winter and summer, as a Christian is? If you prick us, do we not bleed? If you tickle us, do we not laugh? If you poison us, do we not die? And if you wrong us, shall we not revenge?
If we are like you in the rest, we will resemble you in that.
 
 
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lunes, 5 de septiembre de 2016

RADIOHEAD, SU MELODÍA INFINITA


En una vieja entrada en este blog, más en concreto el 13 de octubre de 2012, escribíamos sobre el concepto de melodía infinita que Richard Wagner acuñó en el ensayo que tituló La música del porvenir.

Pero no vamos a repetir aquellas cosas que dijimos entonces. La entrada continúa ahí a disposición de todo aquel o aquella que quiera perder un poco de su valioso tiempo en hojearla y en dar con su texto otra vuelta de tuerca a esas ideas que tan firmemente (¿o no?) tiene arraigadas en su cabeza. La entrada, para más señas y por si acaso, lleva aún por título HABLANDO DE CINE (Y 2): LA MELODÍA INFINITA.

Y para ilustrar y explicar el concepto wagneriano incluíamos algunos representativos ejemplos de eso que podríamos contener dentro de la idea de “melodía infinita”, una de mis películas favoritas, En el curso del tiempo de Wim Wenders, y una música que tampoco encuentra su principio ni final en sus acordes (como aquella tampoco los encontraba en sus fotogramas), que pudiera estar sonando infinitamente, y citábamos, ¡cómo no!, el aria central de la inmortal Tristán e Isolda del mismo Wagner y el tema de The Cure, sí, The Cure, A Forest, sí, A Forest que en alguna de las versiones que el grupo realiza en directo es capaz de sumergirnos en un océano de notas, acordes y ritmos que parecieran no fueran a tener fin jamás. Es una melodía infinita más de 100 años después de que la enunciara Wagner.

Pero he aquí que casi 4 años después de que escribiera aquella entrada he vuelto a encontrarme con una música que no desmerecería de estos dos ilustres precedentes y que hace perfecto honor a aquello sobre lo que Wagner dio tantas vueltas de tuerca.

 Fue el sábado pasado, escuchando Radio3 (soy un clásico), donde la cadena retransmitía en diferido el concierto que Radiohead ofreció el 8 de julio de este mismo año en Suiza, en St. Gallen más concretamente (por su parte, los culinquietos ya han subido a YouTube el full concert). Ocurrió mientras el concierto se alargaba, mientras los breves temas con los que la noche se inició fueron haciéndose más extensos, más cautivadores, más hechizantes. Porque esto de la melodía infinita no deja de ser eso, un hechizo del que nunca quisiéramos despertar. Fueron y son momentos especiales, eternos, e insertamos, para disfrute del que haya llegado hasta aquí, el mágico Street Spirit que la banda incluyó en su disco The Bends en la versión que el grupo tocó en el mítico Festival de Glastonbury de 1997; concierto al que la entusiasmada crítica no ha dudado en calificar como uno de los mejores de todos los tiempos.


Ahí las semejanzas de Radiohead con The Cure se me antojan y se me hacen incontestables. Por eso también sigo pensando que son todavía los dos mejores grupos del momento. El resto queda a años luz de ellos; sobre todo de sus increíbles y wagnerianas melodías infinitas.
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martes, 16 de agosto de 2016

FRANCO CONTINÚA ENTRE NOSOTROS; PRIMO LEVI LO DEJÓ ESCRITO: ¡S.O.S.!


Siempre con un libro bajo el brazo, aunque en estas tórridas tardes del verano, paradójicamente, no tenga casi tiempo de abrir las tapas. Pero hago lo que puedo, y estos días ando con El sistema periódico, de Primo Levi que leí en alguna parte que había sido elegido el mejor libro de ciencia escrito durante el último siglo.
 

Primo Levi era químico pero también un excelente escritor y El sistema periódico es buena prueba de ello. Además no se trata de ningún enrevesado tratado científico sino de una entretenida y fascinante colección de breves relatos (posiblemente fuera esta, la “brevedad”, la que me animó a escoger sus páginas para amenizar estos días tan ajetreados), y que tiene desde sus títulos y tramas una directa relación con diferentes elementos químicos, a los que Levi convierte en metáforas sobre el hombre y las relaciones humanas, tal y como podemos leer en la contraportada del libro editado por Península. Así tenemos Argón, Hidrógeno, Zinc, etc. hasta Carbono, que es el veintiuno y último relato. Todos ellos buenos cuentos y varios, excelentes; sin ir más lejos, Zinc me pareció uno de esos que el gran Borges podría incluir en cualquier antología de las suyas sin ningún desmerecimiento.

Pero para estas líneas me quedaré con Oro, porque en él he encontrado una frase que me ha dado que pensar y que es, directamente, el motivo que me ha impulsado a escribir estas parrafadas, aparte de intentar prestar con ellas algún pequeño servicio a la buena literatura, a Primo Levi, y a avivar en algún interesado lector las ganas por comprar El sistema periódico, que no nunca sobraría en ninguna buena biblioteca, como siempre defenderé cuando algún libro me toca la fibra.

Pero a lo que iría sería a esa frase que dice, (…) el fascismo había hecho efecto sobre nosotros, como sobre casi todos los italianos, alienándonos y volviéndonos triviales, pasivos y cínicos, ya que al momento he pensado en nosotros pero en nosotros, nosotros, en los españolitos de a pie y en los 40 años (que se dicen pronto) en los que también sufrimos como Levi el fascismo puro y duro, bajo las señas de la dictadura de Franco.

Porque pienso que aún, casi medio siglo después de que el funesto dictador muriera y acabara con ello su cruento régimen militar, continuamos, en cierta y desoladora manera, enredados y bebiendo de aquellos mismos líquidos que empaparon y dieron voz a su peripatético pero muy peligroso, ¡Arriba, España!

Y habría sido Primo Levi quien me habría puesto sobre la pista. O más en concreto, su cuento Oro y la frase que repito como un mantra, (…) el fascismo había hecho efecto sobre nosotros, como sobre casi todos los italianos, alienándonos y volviéndonos triviales, pasivos y cínicos. Y pregunto, ¿no seguimos con la inestimable (sic) ayuda del caudillo alienados con nuestra propia historia, con nuestros ancestrales complejos arrastrados desde el… oro, sí pero, en nuestro caso, desde el Siglo de Oro, y no seríamos asimismo triviales (encendamos, por ejemplo, la televisión en cualquier momento del día), pasivos (¿no es la queja nuestro deporte nacional preferido; la queja y a continuación el cruzarse de brazos y dormir la siesta más pesada que podamos imaginar?), y cínicos (¿o no nos creemos más listos, espabilados y pícaros que cualquier otro que no sería sino un pobre diablo que no sabe disfrutar verdaderamente (sic) de la vida y se pierde en sesudos jamacocos que no llevan a ninguna parte y de los que nosotros, afortunadamente (sic) tan listos, nos hemos apartado recurriendo al cachondeo más ruidoso y frívolo, a la noche más larga?

¿O no nos daría en estos días, que quien más o quien menos se pira unos diítas de bakatas, el turismo más europeo, los cabezas cuadradas que bajan de Alemania, los gentlemen trasmutados en hooligans como réplicas del doctor Jeykill o los
finos y educadísimos franceses, la razón más indiscutible a nuestra sin sustancial manera de pasear por este mundo? ¡Si todos ellos quieren lo que tenemos nosotros! ¿Para qué tenemos que preocuparnos entonces?, nos preguntaríamos alienados, triviales, pasivos y cínicamente ignorantes. ¿O no es, en el fondo, esta una de las causas del lamentable espectáculo en el que nuestra clase política anda solazándose, no-hay-prisa-je-je, como quien no se entera de nada, desde hace más de seis meses, en este disparate de dimes y diretes que amenaza, pero a quién le importa si somos tan listos, con tumbarnos de un sopapo, del que quién sabe después lo que nos va a costar despertar y levantarnos?

Claro, Franquito sigue haciendo de las suyas. Ha muerto, sí, hace casi medio siglo, pero sus muy prescindibles “enseñanzas” continúan empozoñándonos la sangre (española, que cantaría el bueno de Manolo Tena). De esto ya no tendría duda alguna. Primo Levi, El sistema periódico y el Oro me la habrían despejado.  
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lunes, 25 de julio de 2016

26-J: SÍ VA MÁS: UN ANEXO


Me iba a callar o, por lo menos, no escribir más sobre este disparate político en que estos indocumentados y asiduos habitantes del Congreso nos están metiendo desde hace meses. Pero como siempre, la rectificación ha llegado hasta mi puerta y antes de los días decisivos me ha llamado. Y no he tenido más remedio que abrir, escucharla y plegarme a sus siempre convincentes consignas, y donde ya dije Diego decir ahora, digo. O al revés. (El refranero no es lo mìo: lo sabéis).


Así que añado ahora un anexo a esta España ¿semipiternamente? electoral a cuenta de unos versos que he leído y extraído de las Hojas de hierba, de Walt Whitman, con las que ando enredado desde hace casi dos años. Y tan a gusto. (También lo sabéis).

El poema lo escribe Whitman en 1873 en un momento en que los Estados Unidos están sufriendo una gravísima crisis económica derivada de la quiebra de la banca de Jay Cooke, y en unas deprimentes circunstancias a las que no he podido dejar de sacar ciertas y tristes semejanzas con estas otras que estamos viviendo nosotros aquí y ahora. Por ello, la rectificación y el anexo. Me han salido a bote pronto.
 

Porque al igual que Whitman, y después de tanto desatino, creo que nosotros también debemos mantener intactas nuestras esperanzas (esas que nadie debería poder sustraernos ni en las peores circunstancias) en que el futuro que se nos abrirá después de estos vergonzosos meses in albis, de tantas y tantas impresentables declaraciones y bochornosos riffi-raffes entre aquellos y aquellas destinados a ser un día nuestros gobernantes, será un panorama más halagüeño, amable y sosegado.

Lo habría escrito el poeta en sus versos finales, bien puedo confiar en ti, patria, en tu suerte y en tus días./¿Quién sabe si no son estas las lecciones que te convienen?/Acaso de ellas surja tu canto futuro, tu trinar jubiloso,/destinando a colmar el mundo.

Y yo lo suscribo. Me apunto. Después, eso sí, de los merecidísimos tirones de orejas. Y espero, parafraseando a Whitman, que de tanto desatino y desbarajuste surjan finalmente “esas lecciones que más nos convienen”. Y me agarro a ellas. Todas cuelgan del irremplazable racimo de la esperanza.

Y el poema en cuestión. No tiene desperdicio.

AL VAGAR POR LA MAÑANA[1]

Al vagar por la mañana,

salido de la noche y de sus pensamientos sombríos, a ti te tengo

en el pensamiento:

¡por ti suspiro, armoniosa Unión!, ¡por ti, divino pájaro cantor!,

por ti, patria, sumida en días aciagos, acuciada por la arteria y la

consternación, por todas las bajezas, por todas las traiciones,

y este simple prodigio he contemplado: el zorzal que alimenta a

su polluelo,

el zorzal cantor, cuyas notas de alegría y fe extática

no dejan de ratificar al alma, y de solazarla.

Ahí pensé, y sentí

que si gusanos, serpientes y larvas repugnantes pueden

convertirse en dulces cantos espirituales,

si los bichos se transmutan así, y para eso se utilizan, y así son

bendecidos,

bien puedo confiar en ti, patria, en tu suerte y en tus días.

¿Quién sabe si no son estas las lecciones que te convienen?

Acaso de ellas surja tu canto futuro, tu trinar jubiloso,

destinado a colmar el mundo.






[1] En Hojas de hierba, de Walt Whitman, Edición bilingüe de Eduardo Moga, Galaxia Guttenberg, Círculo de lectores, Barcelona, 1996, p.1023.
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lunes, 18 de julio de 2016

NICHOLAS RAY, EL CINE EN CARNE VIVA


Sí, Nicholas Ray es uno de los directores que me pone la piel de gallina. Lo hace con sus películas, claro. No con todas, con algunas. Y no siempre sino a veces. Pero eso es mucho decir porque no son demasiados los directores de cine de los que lo puedo decir. A la emoción son pocos los que llegan. Y yo, después de tantos años y de tantas películas, hace tiempo que he decidido juzgarlas por la emoción que consiguen transmitirme, y que yo consigo experimentar en forma, por ejemplo, de eso, de los instantes en los que siento la piel de gallina. Ésa es la mejor señal, la única que no falla: la señal de que no estoy perdiendo el tiempo; la señal de que estoy asistiendo a algo muy especial.


Sólo por eso a Nicholas Ray se le debería eternamente un respeto, un puesto entre los más grandes cineastas. Quizás no en lo más alto de ese imaginario y cinematográfico podium; quizás tampoco en el segundo; ni en el tercero con la medalla de bronce que, por otro lado, ¿para qué la querría él? Porque posiblemente su cine no sea un cine redondo, o sea, que entre sus películas no habrá una obra maestra absoluta, de ésas que una mayoría estaría en condiciones de colocar entre “las 10 mejores de la Historia”. Pero ni falta que le hace. Porque el cine de Nicholas Ray es un cine de momentos. Y en esto no hay muchos que le puedan aventajarle, que puedan presumir más que él de tener en su filmografía tantas escenas inolvidables, tantos momentos de esos que te ponen la piel de gallina.

Y con ellos yo me doy por satisfecho. ¿Cómo no iba a dármelo? ¿Alguien se acuerda de una película entera? Pocos. Y por supuesto que yo, con mi memoria acuática, no pertenezco a ese club. Aunque tampoco lo echo de menos. Si valoro las películas, como he escrito un poco más arriba, por la carne de gallina, por la emoción que me produce su visionado no necesito juzgar la película en su totalidad. Me bastan los momentos; el mágico (e inolvidable) momento, por poner un ejemplo, en que Tracy se despide de Alvy en la penúltima secuencia de Manhattan que es uno de esos minutos en los que si decidimos que la vergüenza torera se vaya a la mierda nos pondríamos a llorar, y tan a gusto.

Pero ¡ojo! que con esto no defiendo los “juicios troceados” de las películas. Porque si esa escena de Manhattan nos emociona, eso indica que la película entera tampoco es manca y sí algo también especial. Tanto que estaría en condiciones de afirmar que una película será tanto mejor cuantos más momentos de esos de “piel de gallina” tenga. Porque si el todo se descompone en partes o la película en secuencias y planos, las partes se alimentarán y enriquecerán con la calidad del todo o de las secuencias y planos en que se descomponga la película. Por eso si cuando Tracy le dice a Alvy aquello de tienes que aprender a confiar en la gente, se nos forma un nudo en la garganta, otra de las formas que tiene la emoción de manifestarse, es que la película merece la pena. Y mucho.

Y en estas lides Nicholas Ray podría sacar pecho. Su cine se encuentra con los instantes en su salsa. Claro que por eso es un cine hecho más con el corazón que con la cabeza, más a tumba abierta que apalancado en un confortable butacón junto a una chimenea, más en carne viva que en el frío metal de un microchip.

Aunque si me ha dado en pensar hoy sobre todo no ha sido, paradójicamente, viendo una de sus películas sino leyendo poesía; y concretamente, el Soneto V de Garcilaso. Lo transcribo:

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.


En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

Claro que si la poesía, y la duda ofende, no sería emoción en estado puro ya puede venir alguien y contarme qué coño es esto de la emoción. Y Garcilaso y este Soneto V, sobre todo, su terceto final (en negrita) me recordó ese momento inolvidable del cine de Nicholas Ray, cuando Humphrey Bogart dice, refiriéndose a Gloria Grahame, aquello de nací cuando ella me besó, morí cuando me abandonó. Viví unas semanas mientras me amó. Piel de gallina, sí. Y de la buena. En un lugar solitario. 1950.

O con la famosa secuencia de Johnny Guitar (que ésta sí al menos, reconozcámoslo, suele figurar en las listas de… mejores westerns), en la que Johnny y Vienna en la cocina del salón que ella regenta, a los sones de la canción de Victor Young, y que sería toda una declaración de principios, otro de esos momentos del cine de Nicholas Ray que sirven para explicar qué coño es todo esto de la emoción cinematográfica a la que tanto tiempo llevo dándole vueltas. Con sus palabras os dejo, y con un consejo: mientras leéis las líneas de diálogo hacedlo sobre la versión que Jeanne Balibar canta de Johnny Guitar (os adjunto el enlace), y encontraréis en la mezcla más emoción, más “piel de gallina”.


Vienna: Se divierte, ¿Sr. Logan?
Johnny: No podía dormir.
Vienna: ¿Y eso le ayuda?
Johnny: La noche pasa más deprisa. ¿Por qué estás despierta?
Vienna: Sueños. Pesadillas.
Johnny: Yo a veces también los tengo. Con esto los ahuyentarás.
Vienna: Ya lo he probado. No me ayudó demasiado.
Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú recuerdas.
Johnny: ¡No te vayas!
Vienna: No me he movido.
Johnny: Dime algo bonito.
Vienna: Claro. ¿Qué quieres que te diga?
Johnny: Miénteme. Dime que todos estos años me has estado esperando. Dímelo.
Vienna: Todos estos años te he estado esperando.
Johnny: Dime que te habrías muerto si no hubiera regresado
Vienna: Me habría muerto si no hubieses regresado
Johnny: Dime que aún me quieres como yo te quiero a ti.
Vienna: Aún te quiero como tú a mí.
Johnny: Gracias. Muchas gracias.

Vienna: ¡Deja de compadecerte! ¿Crees que lo has pasado mal? Yo no encontré el local. Lo construí. ¿Cómo crees que pude hacerlo?
Johnny: No quiero saberlo.
Vienna: Pues yo sí quiero que lo sepas. Por cada tabla, tablón y viga de este local…
Johnny: ¡Ya tengo suficiente!
Vienna: ¡No, vas a escucharme!
Johnny: Ya te he dicho que no quiero saber más.
Vienna: No conseguirás callarme, Johnny. Nunca más. Antes me habría arrastrado a tus pies para estar a tu lado. Te buscaba en cada hombre que conocía.

Johnny: Mira, Vienna, has dicho que has tenido una pesadilla. Los dos la hemos tenido, pero ha terminado.
Vienna: Para mí, no
Johnny: Es como hace cinco años. No ha pasado nada en este tiempo.
Vienna: ¡Ojalá!
Johnny: ¡Nada! No tienes nada que decirme porque no es real. Sólo tú y yo somos reales. Tomamos una copa en el bar del Hotel Aurora. La banda está tocando. Celebramos que nos casamos. Y después de la boda, salimos del hotel y nos vamos. Así que ríe, Vienna, sé feliz. Es el día de tu boda.
Vienna: Te he esperado Johnny. ¿Por qué has tardado tanto?..



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sábado, 9 de julio de 2016

SIDNEY LUMET EN EL DISTRITO 34: CONEXIÓN TOTAL


No dejan de sorprenderme las conexiones que existen entre las manifestaciones culturales que gozan de mi más rendida admiración. Aunque no por ello cada vez que me encuentro con una de ellas dejo de sorprenderme aún más si cabe.

El último caso me ocurrió hace unos días. Más o menos es como sigue. Una de las películas por las que siempre he sentido una particular afinidad es Distrito 34: corrupción total (lo sé, horroroso título donde los haya; así se las gastan los “ocurrentes” distribuidores españoles; en inglés se llamó con el más asequible Q&A, algo así como Questions and Answers). Yo, a efectos de esta entrada sobre conexiones, lo transformaría en Distrito 34: conexión total, y no tendría reparos en reconocer que este Distrito 34, junto a Veredicto final (The Veredict), me parecen las dos películas más logradas de Sidney Lumet e, incluso, por momentos me atrevería a señalar que Distrito 34 gana en la photo-finish a Veredicto por el canto de uno de aquellos viejos duros.

 Las excelencias de Distrito 34 son, en mi opinión, numerosas. El personaje que interpreta Nick Nolte, el inolvidable hombre pobre, me parece uno de los policías más conseguidos que he tenido ocasión de ver en el cine. Igual que el joven e inexperto ayudante del fiscal del distrito al que da vida Timothy Hutton y que junto al villano pero frágil e inolvidable Armand Assante y su atractiva y no menos inolvidable novia compondrán uno de esos inquietantes triángulos amorosos a los que yo, por lo menos, no había asistido desde los mejores momentos del cine de Sir Alfred o Encadenados (Notorius), por citar sólo uno. Pero no me extenderé en este tema y sí, en su lugar, recomendaros el visionado de la película para aquellos que no la hayan visto todavía y para todos los que, simplemente, queráis disfrutar de un pedazo de celuloide-sin-desperdicio.
 
Aunque a lo que iba con lo de las conexiones tiene su relación con la excelente secuencia de la muerte del personaje de Assante a los sones de un temazo musical que compone Ruben Blades y que Lumet utiliza para ilustrar la escena.

Mucho tiempo he pasado en tratar de averiguar el título de la canción, el álbum donde pudiera estar incluida, o si pudiera formar parte de la BSO de Distrito 34, si es que esta existe, cosa que, desgraciadamente, parece que no.

Pero el otro día youtube y la casualidad, que también juega su papel en las redes, me descubrieron por fin que el temazo en cuestión se llama The Hit y que forma parte de las canciones de Nothing but the Truth, el primer disco que el cantante panameño grabó enteramente en inglés y para el que se rodeó de unos colaboradores que cualquiera diría que me telefoneó previamente para consultarme. Ahí es nada: mi admirado Lou Reed que interviene en tres canciones, el mítico Elvis Costello que lo hace en dos y Sting, el ex The Police, pero que aún no había perdido el norte en solitario como prueban Nothing Like the Sun, que habría grabado cuatro años antes o The Soul Cages que publicaría al año siguiente y con el que alcanzaría, aunque no me importe demasiado pero sí que hablaría de su aún buen estado de forma,, el nº1 en las listas inglesas.

 
Así las conexiones se suceden y siguen cogiéndome desprevenido: Distrito 34-The Hit-Ruben Blades-Lou Reed-Elvis Costello… Como si alguna de mis debilidades y pasiones culturales, musicales en este caso, estuvieran realmente unidas por unos hilos que, quizás, sólo Dios acertara a contarme de dónde han salido, porque yo no tengo ni la menor idea.

Por eso, mientras nadie me chive esas certezas, continuaré plegándome ante el azar, ante aquello para lo que no tengo una explicación convincente, dejándome llevar emocionado, en definitiva, por cosas como The Hit, de Rubén Blades que me sienta ante una pantalla donde se proyecta la estupenda película de Sydney Lumet y que ahora me trae además al recuerdo el gesto adusto e imperecedero de Lou o la eléctrica energía de Costello. El resto, parafraseando al poeta, ya no sería asunto mío.
 
 
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