lunes, 10 de julio de 2023

FAREWELL BBK LIVE 2023

Ayer me di una vueltilla por el BBK Live, para que no se diga, y elegí el concierto de Ángel Stanich del que me habían hablado muy bien. Y fui a pesar de la hora a la que estaba programado el concert, ¡a las 15,30!, y a pesar de la chicharra que cascaba a esa hora intempestiva.

Pero a pesar de todos estos pesares el Escenario Vueling, que así se llamaba el lugar donde Ángel iba a tocar (la pasta ordena y manda en nuestros días, ¡sniff!: empleados ataviados con uniformes Vueling repartíeron abanicos con el logo de la compañía aérea para sacudirnos de encima el bochornazo), ubicado entre las robustas y acristaladas Torres Isozaki, que el arquitecto japo del mismo nombre había disreñado y construido, estaba lleno hasta los topes (cierto, el concert era gratis: bereziak) y con la peña con muchas ganas de pasar un buen rato. Y Stanich, en ese sentido, no se iba a hacer de rogar. Tocó una horita, que a muchos nos supo a poco, pero ya se sabe, donde manda Vueling no manfda marinero. Esto es lo que hay en estos tiempos que sólo saben cotizar en Bolsa.

Pero si nos olvidamos del abuelete cascarrabias, la cosa estuvo más que bien. Para empezar y antes de que Ángel se subiera al las tablas sonó el majestuoso Main Theme de Twin Peaks, lo que habla, y muy bien, de los gustos de Ángel. Aquí os lo dejo para que vayáis entrando en calor,

Y cuando terminó Badalamenti, el concert empezó. 9 temas. La peñota tararreando las letras y Ángel brincando mientras rasgaba su guitarra acústica. Delgadito, delgadito, una especie de flautista de Hamelín (a lo Ian Anderson) con mucha barba y mucho descaro. Me lo imagino a gusto en mitad de una bronca. Entre los 9 temas, y para que os hagáis una idea, este Escupe fuego,


Y a las 16,45 Ángel terminó. Bajo las notas del Centro de gravedad, de Battiato el grupo se despidió bailando (sí, impecables sus gustos musicales) y la peña siguiéndoles el rollo a él y a la bonita canción de Franco, brincando a lo loco. Era de lo que se trataba, ¿no? De perder, irónicamente, el centro de gravedad durante 60 minutos y olvidarnos, durante esa horita, de que en Ucrania la gente muere como moscas, de que, seguramente, algunas pateras estén rellenando los últimos y pírricos huecos que quedan libres entre sus endebles maderos antes de ser lanzadas a ese Mare Nostrum, que a ver si nos enteramos, traducimos del latín y nos convencemos de que es un mar "de todos nosotros" y de que, por lo tanto, a todos nos atañe lo que en él suceda. Seguro que Ángel suscribiría el deseo.



Pero ya finito: y la baskota preparándose para subir a Kobertas, y yo preparándome para subir a casa a comer y ver el Alcaraz-Jarry. Tenía hambre. ¡Coño, eran casi ya las cinco y media! Y pensé que posiblemente en estos tres días de Festival habría habido otros conciertos tan buenos como éste de Ángel Stanich, pero mejores, lo dudo. 
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domingo, 11 de junio de 2023

LA 6ª DE BEETHOVEN Y BREVE CARTA A MI PRIMO PERU

Peru,

voy a comentarte una cosa que me anda rondando por la cabeza estas últimas semanas. Es un recuerdo, o una invención mía, pero lo mismo me da porque a mis efectos, y a falta de que alguien me lo corrobore o me lo niegue, me vale lo mismo porque es cierto.


El caso es que yo andaría entonces por mis 12 o 13 años, y escuchando Grease, o a Travolta, Supertramp. Rod Stewart, etc., cuando le pregunté a tu padre a quien tenía, y sigo teniendo, por un gran sabio en muchas materias, y entre ellas, cómo no, en música clásica.

Y el caso es que le pregunté, o creo haberle preguntado (pero ya te digo que a mis efectos, me da igual), tío, si quisiera empezar a escuchar música clásica, ¿qué disco me recomendarías tú? Y al momento tu padre me contestó, la Pastoral, Toni, y sin ninguna duda, la 6ª sinfonía de Beethoven.

Y algo así debió ocurrir, porque me compré el disco y, durante muchos años, lo he tenido en casa, en vinilo, la 6ª de Beethoven. Pero cierto es también que no debí escucharlo muchas veces; quizás escuchara una cara, o quizás cara y media y, seguramente, nunca entero (en aquel momento, a los 12 o 13 años, casi 50 minutos de música sin palabras, ¡socorro!), porque el disco siempre ha lucido en mi estantería impecable, como recién sacado de la tienda.

Y ahora el tiempo ha pasado, corriendo que se las pela. Yo ya tengo 57, o sea que han pasado mucho más de 40 años, y ayer escuché la 6ª de Beethoven, en la versión cuyo enlace te dejo abajo (por si te apetece, sólo por si te apetece), y la carne se me puso de gallina 10 veces 10, y es que la 6ª es posiblemente mi sinfonía favorita (esta anéctota/recuerdo que te he contado contribuye, sin duda, a ello); esto es, para mí podrá haber otras sinfonías tan buenas como ésta, pero mejores, ni una.

Y termino con la reflexión que toda esta batallita me sirve en bandeja. Cuando se tienen 12 o 13 años no para uno de recibir consejos (formulados con la mejor intención) por parte de los mayores pero, entonces, no caemos en la cuenta y se nos olvida una cosa, las orejas de aquel chiquillo que escucha el consejo también tienen 13 años, ¡entre las dos!, y no los 45 ó más de quien da el consejo.

Pero yo, ahora, con mis 57 años a la espalda alucino con la 6ª, entre cuyas notas siempre se filtrarán el recuerdo de tu padre y de mis "invencibles" 12 o 13 años, cuando creía que me las sabía todas y, realmente, no me enteraba de casi nada.

Pero ésta debe ser una de las lecciones que nos imparte la vida, siempre con una (jodida) condición: no tener ya ni 12 ni 13 años. Y, así, podemos afirmar que estas lecciones de la vida siempre llegan con retraso, siempre tarde, siempre a toro pasado. Lo que no deja de ser, a su vez, una cruel y dolorosa lección; como comprar un billete de tren cuando el tren ya ha partido, y en la estación sólo quedan los operarios de turno sando brillo al andén.

Abrazo, tu primo,
Toni


 
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viernes, 7 de abril de 2023

VIOLENCIA DE GÉNERO. UN MAL TRAGO

A veces no nos percatamos que cuando damos cuenta de las cosas, cuando tratamos de explicarlas, de dejarlas bien claritas, nos dejamos siempre muchas otras cosas en el tintero. Es humano. Decir presupone también no decir. Y por ello deberíamos asumir que la Verdad una y absoluta nunca formará parte de los enseres con los que se construye nuestro patrimonio. Podríamos aventurarnos a escribir que nos estará vedada, simple y llanamente, por el hecho de que somos insuficientemente racionales.

Y si escribimos ahora sobre la Violencia de Género, tan de moda, desgraciadamente, en nuestro día a día, sobre esa mancha tan recurrente y voceada que bien pudiera hacerse acreedora del premio al Tema de la Década, vuelvo a tener esa misma sensación de que no lo consideramos todo, de que no abarcamos con nuestras palabras y discursos todas sus ramificaciones, todas sus causas y (d)efectos. Y es  por ello que con esta entrada apenas si voy a tratar de contribuir, levemente, al entendimiento de esta lacra social, a sabiendas de que con ella apenas si podré aportar un escaso grano de arena, otro más, a un debate que, por nuestra naturaleza sapiens, siempre resultará incompleto.

Y vuelvo entonces mis ojos hacia las crueles e irrebatibles estadísticas y me encuentro en ellas cierto lugar común, un punto en el que parece que todos nos atrevemos a estar de acuerdo, con una línea de salida que no sería otra sino aquélla que proclama que la Violencia de Género ve incrementada sus lamentables cifras y recuentos (de víctimas) durante esos periodos del año a los que, tradicionalmente, consideramos de asueto; o sea, esos periodos en los que perdemos de vista al trabajo (aunque sólo sea, normalmente, durante 30 días) y, en su lugar, nuestros ojos, y con ellos nuestra mirada, se pierden entre los mares y las playas, entre los cielos y las montañas, diluidos en cualquiera de esos lugares que llaman a la pura expansión del espíritu, al más sano recreo, al relax más lúdico y divertido.

Sí, y aquí entonces, nos encontramos con una “bonita” paradoja para empezar el debate. Porque resulta, o corregirme si me equivoco, o si aquellas estadísticas, a las que aludíamos en el párrafo precedente, confunden sus resultados, que durante estos “expansivos” días en los que los que nos desembarazamos del duro trabajo y, en su lugar, revoloteamos cual inocentes e inadvertidos pajarillos sobre esos periodos más tranquilos y menos exigentes del calendario, nos vemos con que en esos preciosos y precisos momentos la calamidad genérica despunta, tiende sus gráficos y números hacia las nubes para, en un posterior y relampagueante giro, caer sobre nosotros y hundir sus afiladas pezuñas sobre nuestras pieles, que tan felices se las prometían.

Y se me podrían venir, entonces, a la cabeza esas películas de sir Alfred Hitchcock (Pero, ¿quién mató a Harry?, Psicosis, Los pájaros, etc.) en las que las inquietantes y turbadoras tramas tienen lugar, precisamente, durante esos periodos vacíos, esos momentos en los que, habitualmente, no-pasa-nada-de-nada, en los que la calma chicha parece haberse apoderado de todo el cotarro, tomando las riendas de este barco en el que todos navegamos hacia un destino aún por conocer. Sí, de la nada surge lo más peligroso e inquietante. Y me reafirmaría, llegados hasta aquí, en una máxima que, a menudo, comento en las charletas que surgen y se montan al respecto. Sí, en aquella que califica al trabajo como un súper poderoso (posiblemente el mayor de todos) enmascarador de las más retorcidas patologías que pudieran afectar al ser humano ya que no es casual que, en estas sociedades capitalistas donde vivimos, el hombre que trabaja, el hombre que hinca los codos se nos aparece como un hombre normal, un hombre sano (y en el más amplio sentido del término, corporal y espiritual), un hombre eficiente al que, por esta misma eficiencia, se le descarta ipso facto de formar parte activa de ese otro grueso de personas indeseables, peligrosas y no aptas para convivir con el resto de los mortales de una manera, más o menos, decorosa y saludable.

Esto lo tengo claro. Pero con la misma claridad, la Violencia de Género se nos presentaría entonces como un problema irresoluble. Sí, la “bonita” paradoja. El hombre que trabaja y que da el callo, también agrede y atiza una bofetada. Luego ese hombre tan normal, también puede esconder y ser un maltratador o un asesino. Un problema que siempre traerá de cabeza a la Policía en sus pesquisas (la peligrosa normalidad) y cuya solución, si tratáramos con ella de responder al irresoluble problema, excedería los límites de nuestros razonamientos y, con ello, los límites de esta humilde entrada que si a algo aspira no es, precisamente, a engrosar los informes de una bulliciosa comisaria sino, apenas, a no desmerecer del nombre de este mismo blog; o sea, a constituirse en otra vuelta más a la tuerca, a esa tuerca que, en este caso, llamamos Violencia de Género. Así que no revolvamos la máxima y dejemos el enunciado tal cual está y escribámoslo directamente: durante los periodos vacacionales las agresiones y cifras de víctimas debidas a la Violencia de Género se disparan, y perdón por la expresión. Sir Alfred sabía lo que rodaba, qué dudas deben cabernos.

Pero enredemos un poco más. Y a pesar del tiempo libre no nos tiremos a la bartola. Porque durante las vacaciones nos habríamos desembarazado del trabajo. Obvio, sí. De ese elemento que, líneas arriba, habríamos calificado como el más poderoso enmascarador de patologías que nuestras sociedades capitalistas hayan inventado en su ya larga existencia. Así, que digámoslo y que no nos duelan prendas por decirlo: obvio también, sí, vale, pero y qué más. Porque habríamos consentido en que siempre hay un algo  más. Que siempre hay algo que nos dejamos en el tintero. Así que otra vuelta más, por favor.

Y a ver qué tal ésta: durante los periodos vacacionales la convivencia entre personas que normalmente, ¡por el trabajo, sí!, se mantienen separadas, cuando este trabajo se interrumpe durante una temporada, ellos vuelven a juntarse, vuelven a convivir de una manera más continuada. Y no estaríamos acostumbrados, o habríamos perdido (olvidado) la costumbre. Y ante semejante novedad surgirían las indeseables sorpresas, los roces, las disputas, los desencuentros o los encuentros con esas personas a las que habríamos colocado en un aparte durante nuestra vida diaria, y que vuelven ahora, con el sol y la playita, con la montaña y las excursiones, a reaparecer, vuelven a hacer acto de presencia y hacen que el equilibrio en los que la costumbre nos había colocado se desequilibre y nos podamos sentir, entonces, diferentes, sí, pero tirando a peor. Y si las novedades no llegan a sacarnos de quicio, sí que, por lo menos, nos sacan de nuestra rutina que, bien o mal, ésa sí habríamos aprendido a manejar.

Y en estas nuevas circunstancias la Violencia de Género tendría un buen abono para brotar y hacer acto de presencia. Correcto. Las estadísticas, en este sentido, no engañan y no suelen, desgraciadamente, fallar. (Claro, las estadísticas hablan sobre lo que ya habría ocurrido; así es muy fácil). Pero con esto nos olvidaríamos (en el tintero, sí) de un aspecto al que yo, por lo menos, nunca habría oído aludir cuando se discuten las razones y sinrazones por las que se incrementan las cifras relativas a la Violencia de Género. Y yo lo escribiría como un consecuente de esta línea de reflexiones que podríamos dibujar a partir del tiempo libre, de esas inusuales convivencias más acentuadas y del…el ¡consumo de bebidas espirituosas!, sí, de esos (malos) tragos provenientes de un, más o menos, laborioso proceso de destilación, y que no deberían engañar a nadie con su interpelación a un espíritu santo pero, realmente, nada santo.

Pero este dato que a mí se me antoja, por lo menos, digno de echarle un buen vistazo, a nadie parece importarle. Y así, esta tuerca se niega a dejar de girar. O el alcohol como una (otra) causa de la Violencia de Género. ¿O no empinamos el codo, más a menudo de lo que las buenas costumbres nos aconsejan, en esos tiempos libres, en esas épocas sobre la que habríamos corrido el más contundente y tupido velo al (maldito) trabajo, a los (malditos) jefes, a las (malditas) obligaciones? Sí, el vinito, las cervezas, el refrescante gin-tonic, el cuba-libre (sí, sí, eso: el tiempo libre), y yo no lo dudaría, y por eso mismo redacto esta entrada, contribuyen a que levantemos la mano (y no, precisamente, porque yo-sí-lo-sé) con una facilidad que creíamos impropia de nosotros mismos, tan aplicados en la oficina, tan avezados en las reuniones, tan creativos en los meetings on-line. ¡Si hasta el director suele echarme el brazo al hombro, Juan-te-quiero! Lo juro, sí, hasta el jefe me quiere. Y no miento.

Claro, y yo le creo. Creería a ese anónimo y súper disciplinado currante, pero también creería que, durante una feliz barbacoa, ha atizado un sonoro puñetazo a su mujer a la que ahora, con este calor y estas birritas encima, no hace más que oír y ver a todas horas rondando a su alrededor como una mosca verde, incordiando con sus caprichos (que ahora parecen innumerables), con sus ganas (que ahora parecen eternas) de buscarme la boca, ¡qué está aquí, coño, la boca digo! Sí, y el pacífico anónimo se da cuenta de repente, según levanta el dedo para pedir acaso una sangría bien fresquita, que esta mujer le tiene harto.

Pero al alcohol nadie lo menciona (y me refiero ahora a los mass media en su más amplia generalidad) cuando se habla del tiempo libre, de las vacaciones y de la Violencia de Género. Como si nadie pudiera meterse con él o cerrar el tapón que lo contiene so pena de sufrir algún ignoto pero tremendo castigo (se dice censura). Y yo, sin embargo y no solo por llevar la contraria que, por otro lado, me encanta, lo colocaría sobre el tapete. Lo expondría a la intemperie, a debate. Lo sacaría a colación para, a continuación, intentar sacarlo de muestras vidas. O, por lo menos, que nos pusiera los sentidos en modo alerta. Sí, advertidos. Por lo que pudiera pasar. Por no poder embozarnos nunca más en la ignorancia, en ese trillado yo-no-lo-sabía ¿O, acaso, no nos retumban los oídos con aquel viejo consejo del Si bebes, no conduzcas? Y bien parece que lo hemos aprendido. Pero ahora habría que añadirle alguna proclama semejante a un si estás de vacaciones, modera el consumo de alcohol. O, disfruta de las fiestas del pueblo, pero ¡a secas! O con las bermudas haz lo que sea, pero sobrio. Y luego en casa, como en la calle, un más de lo mismo o, por lo menos, las bebidas espirituosas en el armario y  bajo llave y candado, fuera del alcance de los niños, como los orfidales o los antidepresivos o, ¿no forma parte el alcohol de estos productos que nos calman y transforman el ánimo desde un uso moderado y que, sin embargo, desde sus excesos nos introducen en vena el más eufórico aquí-estoy-yo-porque-yo-lo-valgo-y-qué-pasa-contigo? Y la gresca a la vuelta, no ya de la tuerca, sino de la esquina. Y la sangre a mil, hirviendo el puchero… ¿Quién dijo aquello de hogar-dulce-hogar?

Pero, ay amigos, sí, lo dicho. Con el alcohol no se juega. Sí, el alcohol es sagrado. Y a cuenta de esta santidad se habría envestido con los ropajes de un lobby intocable, patrocinador y hacedor de incontables eventos, patrocinador y hacedor de nuestras propias existencias. Y en esta situación a ver quién es el valiente que le pone el cascabel al gato (porque del Gobierno que se forra con él, y más allá de aquel bebe-y-no-condizcas, que ya hasta nos suena incluso cariñoso, ni hablar del peluquín, por supuesto), a ver, escribo, quién osa predicar, ya que hablamos de santos-sic-, algo en su contra. ¡Si hasta Jesús, el Hijo de Dios, le dio a la pitarra durante la Última Cena que celebró con sus 12 mejores amiguetes, perdón, discípulos! Sí, mucho me temo que con el alcohol vamos a tener que bregar durante un rato larguísimo, vamos a tener que convivir con él hasta que... ¿nosotros también dejemos de ser Hijos de Dios? Bien, no nos pasemos de la raya. Pero entonces, ¿qué hacemos?

Y propondría al respecto dos cosas. A cargar en nuestra propia mochila. Nadie nos va a echar en esto una mano. La primera cosa ya estaría hecha: aquella con la que hemos trazado, desde las periodos vacacionales, un incontestable vínculo entre la Violencia de Género y el (consumo de) Alcohol. Y la segunda cosa, obvia también: actuar, desde lo aprendido y asumido, consecuentemente. Por ejemplo, no bebiendo. O si esta postura se nos presentara demasiado “peligrosa” ante las posibles reacciones que el todopoderoso lobby del “codo empinado” pudiera adoptar contra nosotros o contra nuestras familias, beber con moderación pero a sabiendas de lo que esos moderados traguitos pueden llegar a hacer con nuestros pellejos, en lo que esos inocuos sorbitos pueden convertirnos cual si se trataran de la pócima que el educado doctor Jekyll engullía antes de convertirse en ese brutal Mr. Hyde de la magnífica novela del gran Robert Louis Stevenson.

Y sin descuidar las espaldas ya que la gente ésta de los lobbies no se anda con menudeos. Y menos las del alcohol que no son, precisamente, angelitos de la Guarda. Claro que, entonces, alguno podría pensar, con esto que escribes, Toni, no haces más que señalar al siempre socorrido punto medio. Al ni tanto ni tan calvo. A ese moderado lugar donde nunca acertamos a estar porque no se sabe, ni nadie nos lo dirá nunca, dónde demonios está. Y yo, mal que pudiera pesarme, debería asentir al reproche, agachar la cabeza y contestar al toca-pelotas, vale, lo sé, pero, por lo menos, inténtalo. Y con eso habría que conformarse. Pero no creer que la estrategia es una minucia. O si no, escuchad: con el intento de no beber mucho, beberemos menos. Y, seguramente, el brazo no se nos iría para arriba tantas veces y las mujeres y los niños, en consecuencia, no esconderían sus rostros detrás de sus brazos, tantas veces. Todo un principio, según mi modesta caligrafía y opinión, para crecernos en el futuro; un principio al que si además, pudieran acompañar los productores de estas bebidas espirituosas con sus campañas de marketing, pues eso, miel sobre hojuelas.

Aunque no contemos con ello. Por lo menos, a las primeras de cambio. Porque nadie conocido ni por conocer se ha echado todavía piedras sobre el tejado que le resguarda de la lluvia. Al capital las cuentas de resultados y beneficios le ordena, manda y le pone ¡firmes!. Y si nosotros insistimos en continuar haciendo nuestra vida en este territorio capitalista, no tendremos más remedio que apechugar con las consecuencias. Y entre éstas, con aquellos problemas a los que, en el inicio de estas líneas, presentábamos como irresolubles. Pero aquí voy yo y esta entrada, y que sirva la paradoja y veamos la botella medio llena: intentar no beber mucho ya es todo un paso hacia ese beber menos que, sin duda, nos va a mejorar, que nos va hacer dar la espalda a la Violencia de Género, que nos va a hacer potencial, luego activamente menos peligrosos. Y, de momento, con ese paso démonos con un canto en las narices. Que no es moco de pavo. Sí, al paso me refiero.

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sábado, 25 de marzo de 2023

EL CINE EN LIBERTAD


Ando repasando la lista de las 100 Mejores Películas de la Historia del Cine que la revista inglesa Sight & Sound publicó el pasado año convocando para ello a más de 1000 críticos, especialistas y "sabios" en la materia. La Lista se puede consultar en web de la revista y tiene, como el boticario, de todo. A mí, sobre todo, me llamado la atención el papel fundamental que en ella tienen las mujeres. Akerman, sin ir más lejos, con su Jeanne Dielman ha desbancado nada menos que a Vértigo, de sir Alfred y es la number One. Claro, el #me too también se deja notar en la Lista (¡faltaría más!).

Pero sobre lo que ahora, y en esta entrada, quisiera llamar la atención es sobre algunas piezas cortas (¡sí, cortometrajes!) que también ocupan su merecidísimo lugar en la Lista. 
Y entre éstas tendríamos a la fascinante La Jetée (en el puesto 67), el cortometraje (30 minutos) que Chris Marker rodó en 1962 y que, aún hoy, mantiene intacta en sus fotogramas a la más rabiosa y urgente actualidad, además de ser uno de los hijos-bandera de la Nouvelle Vague, esa corriente (¡aire fresco!) del cine francés que cambió, desde el final de la década de los 50´, la forma de hacer y de ver cine. Porque desde la Nouvelle Vague, y La Jetée no iba a ser, en este sentido, una excepción, habríamos aprendido que el Cine es un Arte donde todo, absolutamente todo cabe, donde todo, absolutamente todo vale y al que sólo la imaginación puede poner límites.

Y aquí os dejo con una de las secuencias maestras de La Jetée, la visita que los protagonistas hacen al Museo de Animales Disecados, y donde me han parecido escuchar ecos del Tango, de Bertolucci y Gato Barbieri, y pisadas de la más gratificante Libertad campando a sus anchas. 



 

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lunes, 13 de marzo de 2023

ULISES O LA AMBICIÓN SIN LÍMITES


El otro día terminé el
Ulises. Y digo bien: lo terminé yo, y no fue él quien terminó conmigo. Porque la novela tiene su tela. No la encontrarás, si buscas en cualquier diccionario, bajo la palabra “sencillo”. Incluso quizás tampoco debajo de “inteligible”. O por lo menos, no del todo. Aunque si apartas al miedo, te atreves y si la lees, te aseguro que nunca habrás leído nada igual. Ni leerás algo semejante.

A mí, sin ir más lejos, me dejó ojiplático. Y eso que sabía de antemano lo que podía vernirme encima, a lo que podía enfrentarme. Pero ni por esas.  Me temo que Ulises siempre te cogerá desprevenido en cada una de sus páginas. ¡Casi hasta 1000! en la edición que publicó Debolsillo, y que fue la que yo tuve entre las manos. Es tanta su ambición que cada párrafo me desarbolaba. Me cosía en el ánimo una expresión semejante al clásico “encogimiento de hombros”, a la pregunta de, y ahora qué. Como creo que se preguntaba un desorientado Elvin Jones, el baterista del segundo cuarteto de John Coltrane, tras la muerte del genial saxofonista.

Porque me parece que Ulises cierra las puertas con el más sonoro estruendo a todos aquellos que siempre hemos pretendido escribir e imaginar algo nuevo, algo que nadie haya imaginado nunca-jamás. por eso Ulises es también, junto a esa portentosa ambición, la mayor cura de humildad. Curioso, ¿verdad?

Pero así parece gastárselas James Joyce a través de las peripecias que vive su protagonista, Leopold Bloom, y que él relata, durante la jornada del 16 de julio de 1904 con sus distintos  encuentros y desencuentros, con sus amigos y con sus no tan amigos, con sus idas y venidas a través de los rincones de un Dublín de principios de siglo, pero ya inmortal para siempre.

Se divide la novela en apenas 3 partes y 18 capítulos, pero qué capítulos: cada uno de ellos redactado siguiendo un particular e intransferible estilo literario, a modo de compendio de las diferentes formas literarias que suelen comprenderse en los manuales de Literatura: monólogo interior, un magnífico interrogatorio al protagonista en 3ª persona (en el 17, para mí el mejor capítulo de todos, y por lo visto también para el propio Joyce), otro episodio redactado al modo de una peculiar crónica periodística, etc. Sí, para qué continuar con la lista. Me cuesta hasta identificar, por hacerlas comprensibles, las innumerables maneras que usa Joyce para componer su novela; novela a la que él se refería como “su novela-monstruo”, sin duda por las tan dispares piezas en las que se encuentra articulada, vertebrada. Y claro, él sabía lo que decía. Aunque seguramente, en 1924 (año de publicación de la novela) no fuera consciente de hasta qué extremos su “monstruo” podía llegar.

Porque sus influencias no se iban a detener únicamente en la literatura (La conjura de los necios, la famosa y no tan original como su editorial trataba de vendérnosla- hasta el nombre de su protagonista, Ignatius, tiene su particular referencia en el Ulises joyceano, o la magnífica Los seres queridos, de Waugh y que, años más tarde, Tony Richardson convirtiera en una no tan magnífica película) sino que, incluso, otras artes han bebido, hasta hartarse, de ella. Y cómo han empinado el codo. Yo, y por citar sólo un par de ejemplos, no me imagino el 8 ½ de Fellini sin Ulises. O el grueso de la producción que la crítica encuadraría en las diferentes y nuevas corrientes con las que el cine se nutriría desde la década de los 60´del siglo pasado; sobre todo, el Free Cinema inglés (A Hard Day´s Night, de Richard Lester) o la Nouvelle Vague francesa (Cleo de 5 a 7, de Agnes Varda).

Y con todo esto, aún me quedaría corto. Porque si la ambición, y más allá de sus posibles virtudes y/o defectos, que destila las páginas del Ulises no encuentra otra referencia que su aspiración a aparecérsenos como una obra total (como lo serían las pinturas que Miguel Ángel pintara para la Capilla Sixtina o El paraiso perdido, de Milton o El Casanova de Fellini que el director de Rimini dirigió y al que añadió, ni corto ni perezoso, su propio apellidosus influjos, de igual manera, no quedan tampoco encorsetados en una obra en-concreto. Van mucho más allá de cierta película, cierta pintura, pieza teatral o aquello que pudiera ocurrírsenos en singular, para pasar a moldear y a crear sí, ¿por qué no?, el propio imaginario por el que la cultura inglesa, en todas sus manifestaciones, va a sernos reconocible desde el primer vistazo: Mister Bean, La naranja mecánica, la dignidad, la excentricidad, los exabruptos, el más estirado gentleman junto a la vulgaridad más extrema, ¿o acaso la propia monarquía inglesa, el buque insignia de dicha nación, no estrecha las manos con sus rígidos ademanes a las más más pueriles y escatológicas maneras de escandalizar, unidos el sir con el not sir (y que ahora nos perdone otro inglés, éste Hamlet), no cabalgan, casi un siglo después, sujetos y bien agarraditos a la cola uliseana?

Lo que me recordaría, y ahí es nada, al caso Whitman, y sus Hojas de hierba. Porque si, tal y como he defendido en alguna otra ocasión, creo (firmemente) que el poeta americano crea, con sus rimas y con un acierto de todo punto alucinante, el propio ser-y-sentir que identifica al pueblo americano, Joyce con Ulises intenta y consigue, a mi entender, una operación de idéntico e hiperbólico calado.

Y más allá de esos errores y/o virtudes a los que hemos aludido pero que, como apunta José Mª Valverde,  traductor y prologuista del libro en la edición mencionada, cada libro como cada persona tiene “los defectos de sus virtudes” Joyce habría salido más que airoso del intento. No en vano podría asegurarse que en las "irlandesas" páginas de Ulises encontramos esa piel inglesa que se extiende hasta nuestros días y de cuya alma me temo que le va a costar deshacerse… a larguísimo plazo, si es que alguna vez consigue soltarse la cremallera; tan inmortal su alma como la del mismísimo Ulises que nos dejara Homero.





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sábado, 11 de febrero de 2023

LOS NUEVOS ACOMODADORES

 

Cuente con pelos y señales lo que le ocurrió ayer día viernes del presente mes de febrero del año en curso durante la audición del 2º concierto para violín de Dimitri Shostakovich.

Sí, fue la última alegría que me traje a casa. Un día había leído “el cambio de las cosas le es grato al poeta” o más o menos, pero  a mí, que hago lo que puedo con las rimas y los ritmos, el cambio no me resulta tan gratificante o no lo hace porque sí. Vaya, que no cambio y soy automáticamente feliz. Puede pasar o no. Todo depende, que diría ahora el bueno de Pau Donés, qepd.

Y por esto me alegro. No por lo de Pau, por supuesto, sino porque, entre estos cambios que nos toca sufrir a diario, pensaba que el oficio de acomodador había sido engullido por estas feroces mandíbulas que se gastan estos tiempos (tan) modernos que nos empujan a andar con prisas a todas horas y a todas partes como si tuviéramos plantado delante de las narices, y de forma continua, el último autobús o el último metro del día que está a punto de salir y que si no nos pegamos una buena pateada perderemos sin remedio, porque ¡yo no espero a nadie!, nos avisa el chófer. Y así, como si de un correlato de la tan voceada “España vaciada” se tratara, los acomodadores, tan amables ellos, habrían ido a dar con sus huesos a ese limbo de los “oficios vaciados”.

Pero, ¡alto ahí! Porque ahora parece que una sonrisa quiere volver a asomar en mis labios. Sí, me había precipitado.  Aún hay esperanzas: ¡los acomodadores continúan con vida! Sí, yo, y sin más lejos, los vi ayer mientras asistía al concierto de Shostakovich con mi mujer. Así que respira, Toni, respira tranquilo. Y lo hago pero... no dejo de estar contrariado, no dejo de notar ciertas diferencias respecto a aquellos viejos acomodadores que habríamos conocido de-toda-la-vida.

Y es que, al contrario de aquéllos, estos modernos acomodadores se toman, de entrada (y valga la expresión), algunas dudosas licencias y no sienten un ápice de vergüenza torera porque un espectador, bajando la mirada, pueda verles en esas actitudes que ahora gastan y que en nada se parecen a eso que podríamos llamar “estar currando”.

Porque así es, y lo cuento como lo vi. Hoy estos modernos acomodadores no te ayudan cuando andas un poco despistado a la hora de encontrar la fila y la butaca que debes ocupar. Les preguntas y quizás el eco te responda. Ni tan siquiera les oirás decir, esta boca es mía. Y obvio, tampoco te tienden la mano esperando una propina. ¡Faltaría! Y obvio también en estos tiempos tan liberales, tampoco usan uniforme, y cada uno viste a su bola. Pero es que, a menudo, ni te miran y, como si de un espectador cualquiera se tratara, entran todo tiesos en la sala, caminan lentamente por el pasillo, buscan, encuentran su-su butaca y… se sientan en ellas todo panchos. ¡Ala, tócate la bola!

No me digáis que no es para alucinar. Aunque trankis, porque aquí no termina la broma, ya que en cuanto la sala se quedó a oscuras y la orquesta empezó a sonar, me di cuenta que uno de esos modernos acomodadores, repantigando en su asiento como si le hubieran arrojado desde el piso de arriba, no había apagado la luz de su linterna, que la luz continuaba encendida, que parecía, además, no tener gana alguna de apagarla. Vaya, que no se daba por enterado o que le importaba un carajo que las pilas se terminaran o que algunos espectadores (yo, por ejemplo, entre ellos) nos estuviésemos cagando hasta en sus parientes de 4º generación; vaya, que le daba todo igual, por no escribir una grosería. Porque los demás a tragar, a sufrir su impertinencia y descaro.

Pero yo, como había ido en compañía de mi mujer, y por respeto a ella (estaba tan concentrada), por no meterla en un apuro, decidí mantener la boca cerrada y digerir la mala leche con un poco de pan, lo que es también un decir, porque a los conciertos no suelo llevar bocadillo, cosa que si hago cuando voy al fútbol, y lo apunto para que nadie se crea que soy un extraterrestre.

Y así me quedé, entonces, con la música en mis oídos y con la lucecita de marras en mis ojos, que molestar no es que molestara a mis retinas, pero joder sí que jodía a mi cabeza que no dejaba de dar vueltas (run –run -run). Pero tranquilos, porque ahí no acababa todo, ya que cuando giré el cuello, simplemente por desentumecer las cervicales, me quedé patidifuso y descubrí en la sala no sólo una, sino 2, 3, 4, 5,… ¡hasta 12! de estos modernos acomodadores, igualmente repantigados en sus butacas, y con sus linternas encendidas de forma que, si le hubiéramos añadido a la escena el suave cri-cri de los grillitos, habríamos creído estar durante una plácida (lo digo otra vez por la música) noche de verano, en la más bucólica de las campiñas rodeados por encantadoras luciérnagas, en lugar de en una sala de conciertos escuchando la imponente música de Shostakovich.

Lo cual ya me mosqueó a tope. Y lo cual (y perdón por la reiteración), agregándose a ese mosqueo que iba in crescendo (recuerdo a los que han llegado tarde-jeje- que estaba en un concert), hizo que me volviera y, al oído, le susurrara a mi mujer, ¿es que estos acomodadores no apagarán nunca las luces de sus linternas? Y a lo que ella me respondió, pareces bobo, Toni, eso ni son linternas, ni ellos son acomodadores; son espectadores como tú y como yo, y las linternas son Smartphones como los que tú, cabezón-a-más-no-poder, te niegas a comprar.

Así que mi gozo en un pozo. Los acomodadores sí que han caído en ese triste rincón de los “oficios vaciados”.  Y lo que yo veía era, en realidad, un espejismo. Linternas, no; Smartphones, sí. Y una putada de las buenas, porque si aquellos viejos acomodadores apagaban respetuosamente su luz cuando el espectador de turno ya había encontrado su butaca, estos modernos y falsos acomodadores (yo, y lo siento, sigo llamándoles así, y que perdone el que se ofenda) van a su bola-bola, con la luz de sus linternas, perdón, de sus móviles a todas partes, Y claro, si alguien se molesta, ¡chitón!, porque ellos también han pagado su entrada.

Sí, y entonces reconozco que las cosas han cambiado.  Que los viejos acomodadores duermen ya el sueño de los justos, y que estos modernos no son ni acomodadores ni nada por el estilo sino, seguramente, simples ciudadanos de a pie a los que una buena tarde, esta tarde en concreto, se les ha ocurrido entrar en un cine o en una sala de conciertos como se les hubiera podido ocurrir entrar en un bar o en unos grandes almacenes: con el Smartphone siempre a mano y encendido porque, en el fondo y si son sinceros, lo que suena sobre el escenario o lo que se proyecta sobre la mágica y blanca pantalla, les importa más bien cero coma…

Endúlcenos entonces los oídos ahora, ya que habla usted tanto de música, con una solución plausible al problema que plantea en su no, precisamente, breve digresión.

Siempre he pensado que el imperativo propuesto por el filósofo alemán Immanuel Kant, además del eje central de su ética, resulta de una inestimable e imprescindible ayuda, amén de ser un mandamiento, para que nadie se moleste o se sienta aludido, no dependiente de ninguna religión ni ideología; y, por si esto fuera poco, autosuficiente, o sea, capaz de regir el comportamiento de todos los hombres y mujeres que pueblan este planeta, y no únicamente una sala de conciertos, en todas sus manifestaciones. Y el kantiano imperativo diría lo siguiente, atentos: obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Lo que, aplicado al caso de ayer por la tarde-noche, querría decir que si yo enciendo mi Smartphone durante el concierto sería como defender que está permitido, sin temor a castigo o represión legal alguna, encender los Smartphones durante los conciertos. Con lo cual, todos los asistentes a un concierto podrían encender su Smartphone y no recibir, por su acto, ninguna reprimenda o acusación. Así la sala entera, no sólo estaría iluminada con sus luces sino que, constantemente, se produciría un molesto parpadeo a partir del ineludible apagado y encendido de los respectivos Smartphones según vayan presentándose las necesidades o caprichos de sus propietarios. Vaya, un caótico juego de luces que convertiría, automáticamente, la sala en una lamentable e inoportuna discoteca…

… a la que nadie querría acudir, me refiero a la sala-de-conciertos-discoteca, y menos aún pagando.

Sí, me temo que no. Yo no, por lo menos.
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lunes, 2 de enero de 2023

2023: ¡BANDERAZO DE SALIDA!

Y para empezar el Año, qué mejor que con una canción de amor o con el Lovesong de los Cure y con el primer poema que he encontrado este año en la chistera. Y no dejad nunca, nunca de masticar la Esperanza. Así que buen provecho y...

¡¡¡FELIZ AÑO!!!


 


Quisiera que Borges,-

No estoy acostumbrado a la eternidad (Borges)


Quisiera que Borges

comprendiera mi espantada.

Quisiera que

comprendiera mis esfuerzos

por situarme

en el extremo opuesto

de la Gran Vía que él ocupa

con su sombra alargada

y siempre imprescindible.

Quisiera que creyera que mis esfuerzos

han dado sus frutos,

y que hoy, por fin,

soy yo quien comprende.

Aunque nunca conseguiré

explicarle, a él ni a nadie,

cómo me ha venido esta certeza,

y cómo con los días sucesivos

he llegado a acostumbrarme a ella.

Ahora está aquí, conmigo,

amplia, silenciosa,

a mi lado,

y cuando el cansancio

le vence, recuesta suavemente

su cabeza sobre mi hombro.

Ella no lo sabe,

ni siquiera podría adivinarlo

pero por su rostro

tranquilo y adormecido

hubiera sido capaz de dar mi vida entera.

Hoy no es ya necesario.

Aunque ni el mismísimo Borges lo consiguiera,

yo sí soy capaz, ahora mismo,

de confundirme con su sueño,

diluirme en sus anhelos más posibles

e imposibles.

Lo he logrado. Pero también sé

con seguridad que

cuando sea necesario

tendré que guerrear,

a brazo partido,

contra todo aquel que ose ponerme en duda,

contra todo aquel que ose poner en duda

esta preciosa conquista mía:

la única que he alcanzado

con mis propias manos,

con mis tercos afanes,

la única que me ha sorprendido

batiéndome el cobre,

contra vientos y mareas,

sin desfallecer,

la única a la que no he consentido jamás

un “no” por respuesta.

Así que, seguramente,

fuera esto lo que Borges no supiera.

Ahora la eternidad descansa en mi regazo,

y yo voy acostumbrándome a ella.




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