domingo, 5 de junio de 2016

MUHAMMAD ALI: LA DIGNIDAD ENTRE DOCE CUERDAS: DEP

 
Muhammad Ali ha muerto. Y son ya muchos los grandes que se nos adelantan y se marchan antes de tiempo. Pero, en realidad, Ali nunca será tanto "uno de los muchos grandes" como "uno de los más grandes". Porque en él caben muchas de las cosas que hacen que los hombres, después de todo, merezcan la pena.

Cabrá siempre en él siempre esa juventud osada que deslumbró y se colgó la medalla de oro en unos Juegos Olímpicos con tan sólo 18 años;
 
y la figura del soberbio campeón de los pesos pesados que se ajustó el cinturón dorado en una velada contra el invencible Sonny Liston;

el genial deportista que deslumbró con su juego de pies (a lo Fred Astaire, según la acertada expresión de Garci) y su portentosa y precisa pegada (como una avispa);
 
el rebelde y contestatario que, en la cumbre de su carrera, cuando más tenía que perder, es desposeído del título por dar la espalda a la Guerra de Vietnam, y condenado a no subirse a un ring durante 3 años;
 
cabe también en Ali ese´deportista que no deja de perseverar y consigue regresar y recuperar el cetro de campeón, que nunca le habrían arrebatado, contra Foreman en la inolvidable jungla del Zaire, en un combate que hizo que el mundo entero contuviera el aliento y se detuviera durante 1 hora;
 
caben en él, en fin, los míticos y encarnizados, pero los más nobles también, enfrentamientos contra el infatigable Frazier;
 
y el hombre que nunca dejó pelear contra todo aquello que se le pusiera por delante y que considerara injusto;
 
contra el Parkinson, por ejemplo, que le propinó el golpe más bajo y rastrero y le perseguiría durante los últimos años de vida;
 
pero, sobre todo, en Ali cabe la más hermosa definición que la palabra "Dignidad" pueda tener entre nosotros, la Dignidad con mayúscula, la que hace que su estrella sea la única colocada de pie, en vertical, en el Paseo de la Fama hollywoodense; esa Dignidad (¿o acaso podemos verle- adjunto abajo el enlace- encendiendo, enfermo y tembloroso, el pebetero de Atlanta sin que la emoción nos haga también a nosotros temblar?) que sólo los seres humanos retienen y atesoran, y por la que, en este cuadrilátero que es la vida, nunca habría que dejar de luchar si no quisiéramos con ello dejar de llamarnos "seres humanos".

Por todo esto DEP, Muhammad Ali.


https://www.youtube.com/watch?v=80wMMFAcweQ
 
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jueves, 2 de junio de 2016

SHUTTER ISLAND: SORPRESAS NOS DA EL CINE


A mí Shutter Island me parece una película fallida. En realidad, como todas las que Scorsese ha hecho con Leonardo Di Caprio: la terrorífica Gangs of New York, El aviador, y otras de las que ahora no me apetece acordarme. No sé lo que el bueno de Martin ha visto en Di Caprio. Él dice que es como una joven y fresca réplica del mejor Robert de Niro. Yo tampoco le daría mayor importancia, y sus declaraciones y buenas intenciones las achacaría a los embates típicos de los años que no perdonan.

Sí, quizás Martin ya esté mayor y achacoso. Porque, ¿quién podría comparar al De Niro de Taxi Driver con el Di Caprio de El lobo de Wall Street y quedarse tan ancho? Sólo quien no se ha puesto todavía las gafas después de levantarse de la cama. Así que dejémosles tranquilos. A los dos. A Leonardo y, sobre todo, a Martin que tanto ha hecho por el cine (aunque quisiera no podré olvidarme nunca de la excelente El rey de la comedia,, y del papel que le brindó en bandeja de plata al gran Jerry Lewis) y por la… música (¿¡cómo iba a olvidarme tampoco de El último vals y de The Band, otra de sus mejores películas?!).

Aunque por esto mismo, por todo esto, Shutter Island me da pena y a la vez me pone de mala leche. Sus literales fusiladas a Vértigo, de Hitchcock, lejos de parecerme un entrañable homenaje al maestro de los maestros, se me antojan, por su pesadez y reiteración, el ejemplo más palmario de que Martin chochea, de que más vale de que nos vayamos convenciendo de que los años de Toro Salvaje pertenecen ya al siglo pasado. Qué se le va a hacer. La narración, el punto de vista que Scorsese maneja en Shutter, las trampas que tiende al espectador me parecen, realmente, impropias de un director de su envergadura, uno de los nuestros, citando el título que para su distribución española tuvo otra de sus más aclamadas películas y aunque nos cueste reconocerlo en esta isla, en este pastiche con Vértigo al frente, pero también con Zaroff y otras pajas cinéfilas detrás.

Pero el cine es una gozada. O al menos siempre lo es para mí. Y de lo más imprevisible, de la película que uno ya se no espera nada, de repente salta la más grata sorpresa. Y esto es lo que me pasa a mí siempre que veo esta farragosa e inverosímil Shutter Island. Porque viéndola tengo la oportunidad de escuchar durante los créditos finales (sí, hay que esperar hasta el último fotograma) una delicatessen u On the Nature of Daylight, de Max Richter, cantada no, acariciada por Dinah Washintong.

Sólo por esto Shutter Island no merece ser arrojada al cubo de la basura. Claro, quizás Martin haya perdido con el paso del tiempo el pulso cinematográfico, pero sigue teniendo un oído sabio y muy fino, como el de esos viejos a los que todavía no se les escapa ni una. Y si por si acaso se le escapaba ahí tenía (leo su nombre en los créditos) a su colega desde los tiempos del vals, al irrepetible Robbie Robertson, líder y alma mater de The Band, para echarle un capote y recordarle, por ejemplo, que el tema de Max Richter es una de esas joyitas que nunca hay que dejar de escuchar.

Os la adjunto, y a ver qué opináis; sobre todo los que no la conocéis aún.
  

 


 
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martes, 17 de mayo de 2016

26-J: LA SOBERANÍA POPULAR Y LA ABSTENCIÓN OBLIGADA

Dicen que la Campaña electoral ya ha comenzado. Por segunda vez en los últimos seis meses. Pero también dicen que la soberanía reside en el  pueblo. Y si esto segundo es así y nos lo creemos, deberíamos actuar en consecuencia sino la frase será agua de borrajas, otro de esos lugares comunes que todo el mundo cacarea y sobre los que nadie esté ni medianamente convencido. Luego mejor haríamos en olvidarnos de ello y apuntarnos a otra consigna, porque como bien decía Groucho Marx, soy hombre de principios pero si no le gustan éstos también tengo otros.

Aunque si realmente nos creemos que la soberanía reside en el pueblo, y que esta frase lejos de ser un camelo constituye la piedra angular sobre la que descansa nuestro Gobierno, deberíamos aplicarla concienzudamente y hasta sus últimas consecuencias. Pero, ¿cómo se come esto? Vayamos por partes.

Que la soberanía reside en el pueblo tendría su primera aplicación en el sistema electoral. Y así en España, por ejemplo, y ya que además es lo que nos toca más a mano, las Elecciones Generales, de donde salen los componentes de las dos principales Cámaras del país, el Congreso y el Senado, se realizan cada cuatro años y mediante ellas el pueblo ejerce su soberanía. Vota libremente y decide con su voto quién quiere que, durante los próximos cuatro años, le vaya a gobernar. Y esto es sagrado. Y sobre esto no creo que haya muchas voces discordantes. Estamos de acuerdo, ¿verdad?
 

Pero aunque a simple oído todos parecen decir que sí luego con las manos en la masa, con los pies sobre la tierra, bajados al terreno que dibuja la más cruda realidad, la “sagrada” afirmación no parece tenerlas todas consigo. Y por ahí nos empiezan a venir los problemas y los punzantes quebraderos de cabeza. Como por ejemplo, estas jaquecas o, más bien, lodos en los que andamos metidos desde la celebración de las últimas Elecciones Generales o, más en concreto, desde que el recuento de votos de tales Elecciones arrojó el resultado que arrojó, y que al decir de muchos concienzudos analistas hacen que el país sea, mal que nos pese, ingobernable y que, de esta forma, nos veamos abocados a una repetición electoral si es que queremos sacar nuestros zapatos de este paralizante lodazal.

Pero, ¿es cierto todo esto? En parte, sí. No lo voy a negar. Es indiscutible que los resultados y consecuencias de las Elecciones Generales de 2015 nos han llevado a carecer, por vez primera en nuestra historia reciente, de un gobierno en condiciones que nos gobierne, tal y como era nuestra pretensión allá por el mes de diciembre, la pretensión del pueblo soberano, no lo olvidemos. Y como consecuencia de ello se extiende y se enquista, como mal menor, la pretensión de repetir las elecciones.

Pero yo aquí levantaría la mano, me planto y me apeo del carro. Yo me niego a repetir nada. La repetición de las Elecciones sería asumir que el pueblo, que los ciudadanos nos hemos equivocado y que, entonces, los políticos amablemente (sic) nos conceden una segunda oportunidad. Y no, esa rueda de molino yo, por lo menos, no me la trago ni con bicarbonato.

Porque yo, el pueblo soberano, ya voté una vez. Y los resultados fueron los que el pueblo soberano y yo quisimos. Los recuerdo por si acaso, PP, 123 escaños; PSOE, 90; Podemos, 69 y C´s, 40; y podríamos seguir pero estos son los principales protagonistas y nada más lejos de mi intención que aburrir más de la cuenta a los ya de por sí sufridos lectores. Y que nadie nos venga con la monserga de que éstos son unos resultados imposibles de manejar, que la mayoría absoluta son 176 escaños, y que cómo coño se puede alcanzar semejante cantidad de escaños. A lo que yo, como representante del pueblo soberano que soy, y ni más ni menos cualificado que cualquier otro, me lavo las manos y digo ÉSE NO ES MI PROBLEMA.

Yo, y el pueblo soberano, ya votamos una vez. Lo repito. Y los resultados fueron los que fueron. Y ahora debéis ser vosotros, los políticos, los encargados de llevar nuestras soberanas conclusiones a la práctica, los encargados de arremangarse y ponerse manos a la obra para que estos resultados, no lo olvidemos, los sagrados resultados de la soberanía popular sean lo que deben ser: efectivos y reales.

Porque el país no es, ni mucho menos, ingobernable. Me niego a creerlo. Me niego a asumir que cuando introduje la papeleta en la urna aquella mañana del 2OD no estaba en mis cabales, que estaba equivocado, metiendo la pata hasta el zanco. Con eso no estoy dispuesto a transigir. Yo hice bien mi cometido y no metí el pie en ningún socavón.

Y como a terco no me gana casi nadie voy a demostrarlo. Con los resultados electorales del 20D, en la mano, el país claro que es gobernable. El PP como partido más votado debería formar gobierno. El pueblo soberano así lo dictaminó. Y también dictaminó que no lo hiciera en solitario porque para eso nuestra voluntad popular y soberana fue que no contara con una mayoría absoluta. Y por lo tanto que tuviera que buscarse la vida, que se acercara al segundo partido más votado, que por algo fue el segundo y se merece, por lo tanto, esa distinción, buscando los apoyos suficientes y necesarios para armar ese gobierno estable que cualquier ciudadano en sus cabales deseamos tener. Y así, PP (123)+PSOE (90) = 213 escaños: mayoría absoluta. Y asunto arreglado.

¿Fácil? Nadie ha dicho que lo sea. PERO ES LO QUE EL PUEBLO SOBERANO HA DECIDIDO CON SUS VOTOS. Luego si esta soberanía popular es cierta, y no un camelo, los políticos, como encargados de llevarla a buen puerto, deben hacer lo posible e imposible por conseguirlo, por conseguir la tan ansiada estabilidad gubernamental. Porque, repito, el pueblo es soberano. Y deberíamos reafirmarnos en nuestras posiciones: NOSOTROS HICIMOS BIEN NUESTRO TRABAJO, luego ahora haced vosotros bien el vuestro.
 

Pero dice Rajoy, con Sánchez no hay forma de ponerse de acuerdo. Y Sánchez dice,… más o menos lo mismo. Y lo intenta por otro lado. Pero también “agua”. Y de ahí todos quietos. Nadie se menea. Luego a repetir la consulta. Pues no. Yo no repito nada. Continúo negándome. Si Rajoy y Sánchez no se ponen de acuerdo, como fue nuestra voluntad el 20D, que se levanten de la mesa y que vengan otros dos. O por lo menos otro nuevo. Y si estos tampoco, que vengan otros dos. Y así hasta que se pongan de acuerdo. Porque me temo que, como ocurre en muchas ocasiones, las diferencias son diferencias más de índole personal que de cualquier otra cosa; cuestiones que atañen a los egos personales; de creerse el fideo más importante que la sopa. Y no. Y por eso mismo podemos estar seguros de poder hallar entre tantos afiliados dos representantes, uno del PP y otro del PSOE que acuerden y nos estabilicen el país. Y punto.

¿Ingobernable? ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de gobernar? De partidos, del PP y del PSOE, de sopas y nunca de fideos; estos serían, personas físicas e individuales. Que por aquí sí que vienen los problemas encadenados, las rencillas, el éste no me cae muy allá, el aquel estúpido, el usted no es decente (que es de donde me temo que empezó todo este maremagno, ¿se acuerdan ustedes?).

Y termino y para terminar propondría una historia. Quizás un exabrupto, una boutade, una exageración o una idiotez. Todo dependerá de quien haya llegado hasta aquí y lo lea. Y supongamos que después del 20D y con los mismos resultados que arrojaron entonces las urnas, Rajoy hubiese convocado a Sánchez para abrir las negociaciones y formar un gobierno estable. Supongamos también que, tras unos primeros y tensos tiras y aflojas, la comunicación entre ambos líderes hubiera ido tomando unos derroteros, más o menos, esperanzadores. Pero supongamos (Dios no lo quiera, obviamente, pero quizás sí, quizás sea ésta sea una “estúpida” historia) que, entre tanto, durante un desgraciado sábado por la noche, después de salir de una cenota con viejos amigos registradores, Rajoy, algo achispado, hubiera cogido imprudentemente el coche y en uno de los pasos de cebra del Paseo de la Castellana hubiera atropellado a la mujer de Pedro Sánchez que, en ese momento, caminaba en compañía de una amiga, ocasionándole, a cuenta del violento topetazo, un coma irreversible.

Entonces claro, las negociaciones entre Rajoy y Sánchez podrían entrar en un comprensible colapso. Y quizás se rompieran definitivamente. Los psicólogos habrían aconsejado, con atinado criterio, a Sánchez evitar la presencia de Rajoy, no volverle a ver ni tan siquiera de reojo.

Y, ¿qué pasa entonces?, ¿el país se habría hecho ingobernable por las comprensibles diferencias personales que habrían surgido entre los representantes de los dos partidos ganadores de las Elecciones? Y creo sinceramente que nadie contestaría que sí a semejante pregunta sino que, por comprensible incapacidad de uno o de los dos candidatos,  se acudiría a otro o a otros dos representantes de esos mismos partidos para que finalizaran las negociaciones que los primeros ya habrían comenzado a construir porque la soberanía reside en el pueblo. Y el pueblo ya habló. Y nos guste o no se le debe obedecer contra viento y marea, contra huracanes y tsunamis. Porque para eso es soberano. Y lo que deposita en las urnas es ley. Y la ley, muchas veces, es dura. Y para muchos, ingrata. Pero nos guste o no, les guste o no a los políticos, de momento así son las cosas. Y todos debemos ser consecuentes con ellas.

Por todo ello en estas nuevas elecciones abogo por la abstención o por la única alternativa que salvaría los muebles en las circunstancias en que nos encontramos: que los incompetentes políticos que no han sabido qué hacer con aquello que el pueblo soberano decidió en primera instancia, aquel ya lejano 20D, agachen las orejas, hagan mutis por el foro, nos ofrezcan su irrenunciable y feliz dimisión y que se dejen de nuevos pactos (Unidos Podemos) que no ocultan sino los mismos programas y las mismas caras de siempre. Y que después asomen otras, nuevas de verdad, que en las papeletas de las nuevas elecciones el pueblo soberano lea otros nombres. Pero, lo sé, quizás esto sea otra manera de pedir que del olmo broten deliciosas peras.
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domingo, 8 de mayo de 2016

OLAIZOLA, ¿EL GIGANTE SE TAMBALEA?

Aimar Olaizola no ganará este año el Manomanista. Ni tan siquiera jugará las semifinales. Y yo he esperado unos días a que el suelo se calme, a que pudiera seguir sosteniéndome sobre la maderas de mi casa. Porque aseguran que cuando un gigante, aunque éste mida 1,83 lo que no es mucho para un gigante, se tambalea, la tierra tiembla. Y lo he comprobado. Es cierto.

El pasado sábado 30 de abril el gigante Aimar Olaizola sufrió la que, posiblemente, haya sido su derrota más dolorosa en los casi 20 años que lleva batiéndose el cobre por todos los frontones de Euskadi y alrededores. Esa tarde el joven (aún no ha cumplido 20 años) pelotari de Arana, Iker Iribarría le apeó del Campeonato Manomanista derrotándole 22-14. Fue la suya una victoria incontestable. Y la derrota de Aimar, una derrota sin paliativos, una cruenta bofetada que no tuvo la más mínima réplica. El campeonísimo, ¿o cómo habría que llamar a un portentoso y gigantesco pelotari, uno de los más grandes, que atesora las txapelas del Manomanista de 2005, 2007, 2012 y 2013, del 41/2 de 2002, 2004, 2005, 2008, 2011, 2012 y 2013, y del Campeonato de Parejas de 2008, 2011 y 2016: ¡14 txapelas, en total!?, claudicó en el Labrit, sacudió sorprendido la cabeza, y después de felicitar al vencedor, se retiró tambaleándose (anímicamente, claro) al túnel de vestuarios.

Allí el gigante se sentaría en el banco, frente a las duchas, y repasaría, seguramente, el partido recién finalizado. Sí, había recibido una paliza en toda regla. Y no tanto por el resultado final (habría cosechado anteriormente resultados más abultados en contra) sino por las casi nulas posibilidades de triunfo que presentó a lo largo del encuentro. Y esto sí que le habrá cogido desprevenido. Porque si por algo se ha distinguido Aimar a lo largo de su carrera es por ese espíritu de “donde pongo el ojo pongo la bala”, tan arraigado al sobrenombre por el se conoce, el Becadero de Goizueta, por ese carácter de killer que le ha hecho ser un deportista tan singular como el “1”, admirado y temido, a partes iguales, en todos los frontones donde se ha presentado a jugar a mano. Y en los vestuarios del Labrit, mientras el killer no encontraba aún consuelo ni respuesta a lo que acababa de ocurrirle, la tierra empezó a moverse. Es lo que sucede cuando un gigante se tambalea. Aunque sólo mida un metro ochenta y tres.

Pero, ¿tan fuera de pronósticos ha sido lo ocurrido ese 30 de abril en Pamplona? Y quizás, si fuéramos cuidadosos con nuestras respuestas y repasáramos alguno de los últimos partidos de Aimar, pudiéramos deducir que lo que parecía imposible, no sólo, es posible sino que entra con todas las garantías “dentro de los pronósticos”.

A mí, y ya sé que es muy fácil escribirlo ahora, después de la hecatombe del 30 de abril, pero a mí, decía, la mosca ya me empezó a zumbar los oídos el 4 de mayo de 2014. Hace 2 años. Aquel día se jugaba en el Frontón Bizkaia la Final del Campeonato de Parejas, Olaizola y Aretxabaleta contra Irujo y Barriola. Resultado final, 22-13 a favor de Irujo pero lo que más llamó mi atención fue la desidia que mostró Aimar durante el partido, como si su irrenunciable espíritu de killer se hubiera tomado unas inesperadas vacaciones. Pero como el mejor escribano hace un borrón y todos somos humanos pensé que a un mal día cualquiera tiene derecho.

Pero en Donosti, apenas un mes después, Retejí Bi le eliminó del Manomanista 2014 con un contundente 22-11. E Irujo le ganaba la Final del 41/2 en Bilbao, el 14 de diciembre, por un más que ajustado 22-17. Pero el killer seguía de vacaciones. Y las yugulares de sus víctimas, sanas y salvas.

Y el 2015 no empezó con mejores augurios para el bueno de Aimar. El Campeonato de Parejas lo disputa con Beroiz y ¡no pasan de la liguilla de cuartos de final! El emergente Urrutikpetxea le gana la final del Manomaniista en Bilbao, 22-17 y en el 41/2 vuelve a perder contra Irujo, el 15 de noviembre de 2015, 22-6. Otro severo correctivo.

Y, por fin, 2016. Aimar gana con Urrutikoetxea el Campeonato de Parejas derrotando a Rezusta e Irujo, que tuvo que retirarse por lesión en uno de sus dedos, cuando el marcador les favorecía 16-10. Todo parece haber vuelto a su sitio. Aimar , en lo más alto del podio y con la txapela sobre su cabeza. Ha disputado un campeonato más que solvente y se dispone, con la 14ª txapela en el zurrón y con la moral recuperada, a afrontar el Manomanista. Mientras nadie parece querer reparar en el papel que Urrutikoetxea ha jugado en la consecución del Campeonato. Cierto es que ha disputado el Parejas ocupando los cuadros largos del frontón pero el gerriko colorado que distingue al vigente Campeón del Manomanista parece que le da alas. Juega y se mueve por el frontón como los ángeles. Maneja los ritmos del partido a su antojo. Sabe acortar el frontón situándose al borde del cuadro 4 y enseñar toda suerte de sotamanos, aires y boleas que imprimen a los tantos una velocidad endiablada. De esta forma, sin duda, es más fácil jugar y… rematar. Seguro que Aimar lo sabe.

Y por eso el 30 de abril de 2016, cuando debuta en la edición del Manomanista de este año, ¡jugando él solo!, sabe que la prueba va a ser de fuego. Frente a él Iribarría, que viene de sacar, literalmente, a pelotazos al otrora prometedor Juanarena, ¡22-2! Y el killer no está acompañado. Tiene 36 años (hace 37 en noviembre). A lo largo de su carrera ha pasado a muchos jóvenes por su rodillo particular. Pero ahora lleva tiempo, sí, desde aquel 4 de mayo de 2014, según mis cuentas, moviéndose en la cuerda floja. Puede que lo que pasó el sábado 30 de abril no se lo esperaba nadie, ¿o sÍ lo esperábamos, aunque nos dolía dar crédito a nuestras sospechas? Y, como algunas películas del no tan Far West deberían habernos enseñado siempre llega por el fondo de la calle algún joven pistolero más rápido que el gigante, aún con su metro ochenta y tres, pero cansado killer, que aguarda confiado en su despacho bajo sus bien ganadas y gloriosas 14 txapelas…

Y la pregunta se impone. ¿qué hará ahora el gigante después de que la tierra haya temblado también bajo sus pies?

 

      

 
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miércoles, 4 de mayo de 2016

LOS WARRIORS, A SIMPLE VISTA

El 73-9 de los Warriors en esta Temporada Regular 2015/2016 de la NBA nos ha tocado la fibra. Ahí es nada derrocar el récord de 72-10 que tenían los Bulls de Jordan y que muchos creíamos que sería un registro que perduraría ad infinitum. Pues ad infinitum han sido apenas 20 años porque en el Olimpo del Baloncesto ha hecho acto de presencia otro equipo, de la Bahía de San Francisco para más señas, que se autoproclaman guerreros o warriors en la jerga de Shakespeare (¡salud por su 4º Centenario!); un equipo especial, de esos que surgen cada cierto tiempo, un número de años indeterminado, y a los que se reconoce a simple vista.

Su serie contra los Blazers de Lillard empezó el domingo. ¿Notarán estos guerreros la  baja de Curry? Me temo que no y la verdad es que tampoco me importa demasiado. Porque ganen o pierdan las semifinales, para mí serán siempre uno de esos equipos especiales, uno de esos equipos que se forman cada muchos años. Y sin que nadie acierte a decir cómo ni porqué. Pero a los que siempre se les reconoce a simple vista.
 

Y si para muestra vale un botón me remonto al 3º cuarto del 4º partido de su serie contra los Rockets. No faltaba ni un segundo para el descanso, el marcador estaba empatado, creo que a 59, y Curry sufre un desafortunado resbalón. Resultado: esguince de rodilla y baja para la segunda parte y para unos cuantos partidos más si los Warriors superaban la eliminatoria contra Houston, cosa que en ese momento estaba por ver.

Y con estos antecedentes se inició el 3º cuarto, y los Warriors sin su estrella le endosaron ¡41 puntos! a los Rockets y el partido finiquitado. ¿Fue aquello un homenaje que los guerreros brindaron a su jefe maltrecho?, ¿fue un puñetazo en el parqué del Toyota Center, un grito de rabia, “un aquí estamos aunque nos falte él”? Fue un espectáculo increíble. Movían el balón a una velocidad de vértigo. Los triples llovían desde todas partes. Y todos contribuían al espectáculo. A los Rockets sólo les faltaba sacar sus cámaras fotográficas e inmortalizar la paliza.

 
Al final de esos mágicos 12 minutos, 41-20. Y aunque faltara el último cuarto la eliminatoria ya estaba 3-1. sólo me hizo falta verlos jugar durante esos 12 minutos para darme cuenta de que, lleguen o no lleguen, ganen o pierdan las finales de este año, son estoa Warriors un equipo especial, un equipo para la Historia, incluso al margen de su 73-9, un equipo, que yo recuerde, a la altura de unos pocos, de los Lakers de Magic o los Celtics de Bird, o los Pistons de Dumars, Thomas o del “gusano”, o los Bulls de Jordan y por encima (y que me perdonen sus aficionados) de aquellos Rockets de Olajuwon o de los Lakers de Kobe y Shaquille o de los Heat de LeBron o, incluso, de los Spurs de Duncan, Ginobilli y Cía. Éstos fueron muy buenos equipos; seguramente excelentes, pero nunca “especiales” como lo fueron los otros y como lo son estos Warriors.
 
Y basta con verlos jugar. No es necesario haber estudiado, ni ser experto en defensas al hombre o en zonas 2-3. No es necesario recurrir a pizarras ni a ningún otro tipo de jama-cocos. Basta con verlos jugar. A simple vista. Sólo con eso nos damos cuenta de lo fácil que para ellos resulta hacer posible lo que para muchos es imposible.
 
¡Alucinantes y divinos!
 
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lunes, 18 de abril de 2016

NADAL & ATHLETIC: ¡HEMOS VUELTO!

Que me gusta el cine no es ningún secreto. Que por eso siempre me he querido dedicar al noble (lo fue en su tiempo, lo juro) arte de hacer películas, tampoco. Y viene esto a cuenta de que en las últimas horas se me ha pasado por la cabeza aquel plano final de El color del dinero, la simpática secuela que Martin Scorsese rodó sobre la descomunal (ésta sí) El buscavidas, de Robert Rossen, con la frase que Paul Newman suelta en su último plano anunciando, eufórico, para todo aquel que quiera oírle, ¡¡he vuelto!!

Y si me acordado de Paul Newman y de El color del dinero ha sido, sin duda, a cuenta de Nadal y de nuestro Athletic (¿será alguna vez suficientemente valorado lo que estos 11 aldeanos hacen cada semana desde hace más de 100 años?) Porque los lugares comunes, de los que el mundo, y el mundo del deporte no iba a ser una excepción, está lleno hasta los topes, suele repetir con una insistencia digna de mejor causa, que llegar a ser el Nº1 es algo complicado, que mantenerse en la cumbre, sigue rezando el lugar común, es algo todavía más difícil pero lo que casi nadie sentencia a continuación, por lo que esto último ya no es “tan lugar común”, es que una vez que se baja uno de esas vertiginosas alturas del number one, volver ha a ellas no es algo ya difícil sino un auténtico triple salto sin red, una pirueta al alcance de unos pocos elegidos.


Y hablo de Nadal. El domingo pasado conquistó su ¡9ª Masters 1000 de Montecarlo!, que se dice pronto. Pero no tan pronto si no se repara en que lo ha hecho después de haber sido el Nª1, después de haber dejado de serlo, después de sufrir innumerables lesiones, operaciones de apendicitis, y demás contratiempos que le han mantenido alejado de las canchas varios meses; detalle que en un deportista de 29 años ya no es ninguna tontería, por lo que el mérito de haber vuelto se puede multiplicar por 100.

Había cerrado Nadal su particular año 2015 sin “morder” al menos un trofeo de Grand Slam o de Masters 1000 por primera vez en 10 años. Había terminado en la quinta posición del ranking ATP, su posición más baja desde 2004. Y 2016 tampoco se había iniciado con unos resultados para echar cohetes. Pero el perseveraba y luchaba, confiaba en que la suerte tendría que cambiar. No rendirse nunca es uno de los atributos de los más grandes.

Aunque en su preparación para el Abierto de Australia, primer Grand Slam del año, sufrió un severo y doloroso correctivo (6-1, 6-2) a manos del otrora accesible para él, Novak Djokovic, en la Final de Doha. Novak le adelantaba, así, por primera vezl en sus particulares Head to Head: 24 a 23. Y en Australia, contra los pronósticos más pesimistas, caía en 1ª ronda contra Verdasco, circunstancia que sólo le había sucedido una vez en su carrera: Wimbledom 2013, Steve Garcis.

Pero Nadal no agachó la cabeza. Sabe que “volver” es el trance más duro para cualquiera y para un deportista más aún si cabe. Es el Everest de los que siempre se negarán a dar su brazo a torcer mientras les quede un miligramo de energía que dar.

Y se embarca en la gira sudamericana sobre arcilla. Más caña. Acude al Masters 250 de Buenos Aires. Pero nuevo traspiés: es derrotado en las semifinales por el emergente y talentoso austriaco Diminique Thiem. Incluso un 250 parece resistírsele. Pero continúa. Sin apenas descanso: Brasil, el Open de Río de Janeiro. Alcanza nuevamente las semifinales. Pero nuevamente es derrotado en esa ronda. Esta vez por el peleón uruguayo Pablo Cuevas. Y como todos somos de carne y hueso, y Superman solo sabe volar sobre una pantalla de cine, Nadal termina la gira con serias dudas sobre su endeble nivel tenístico y emocional. ¿Volver? ¿El Everest? Si casi se le atraganta el Pagasarri. Pero Nadal no es un deportista cualquiera. Es incansable. De esos que decía Bertold Brecht que luchan toda la vida. De esos que, sin duda, son los imprescindibles. Por eso sigue luchando…


Y llegan los primeros Masters 1000 del año: Indian Welles y Miami. Y mejora su rendimiento. Pero en Indian Welles vuelve a caer en semifinales contra Djokovic. Sin discusión: 7-6, 6-2. Y dos semanas más tarde, más palos en las ruedas de su recuperación. 2ª ronda, contra el bosnio Damir Dzumhur,… ¿quién? Un buen tenista que, quizás, dé que hablar en el futuro pero al que todavía, hoy, le falta un hervor. Pero irónicamente las altas temperaturas provocan que el tenista de Manacor tenga que abandonar el partido víctima de calambres, deshidratación y mareos cuando perdía 2-6, 6-4, 3-0.

Y, ¿lo siguiente? Más leña, sí. Nunca dejar de perseverar. Dos palabras mágicas: trabajo y esfuerzo. Masters 1000 de Montecarlo. Otra vez su querida tierra batida. Y ha sucedido hace pocas horas. No es milagro porque es un hombre quien lo ha logrado. Nadal derrota a Monfils en la final 7-5, 5-7, 6-0  en 2 horas y media. La fiereza de sus golpes, su portentosa preparación física, el peso sin igual que tienen sus bolas, su incansable espíritu de lucha se cobran por fin su recompensa. ¡Su 9º Montecarlo! Nadal se deja caer sobre la arcilla francesa. Levanta su puño y, como Eddie Nelson en El color del dinero, suelta un rabioso, ¡he vuelto! Sólo él sabe lo que esto ha costado. Pero a partir de ahora, gane o pierda, habrá que contar con él otra vez.   

Y hablaba también de nuestro Athletic. Todavía me duele la eliminación de la Europe League a manos y pies del Sevilla en una sangrante e injusta (¿hay alguna que no lo sea?) tanda de penaltis. Pero este domingo también, como Eddie Nelson, como Nadal, el Athletic ha vuelto. 0-1 contra el Málaga. Y esto no tiene precio. Otro tarde se empatará o se perderá pero ahora se sabe "volver". Y es ésta una gesta que nos sitúa entre los grandes. Entre ésos a los que siempre se distingue no por cómo se desploman sino por cómo se levantan de la lona. Por las miradas que, una vez recuperada la verticalidad, lanzan en derredor. Por esos ojos que retan y que anuncian que la siguiente batalla, o el siguiente partido, no le va a resultar sencillo  a nadie porque, tras las derrotas, están más vivos y fuertes que nunca. Que por eso han vuelto. Y que va a resultar imposible bajarles y echarles del carro. Ni con aceite hirviendo.

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miércoles, 6 de abril de 2016

SIN PERDÓN: BOB "EL INGLÉS" & SAMUEL JOHNSON, PARECIDOS RAZONABLES. Y ACLARO...


Aclarando… Cuando en las entradas a este blog escribo mis “parecidos razonables” no pretendo establecer ninguna valoración comparativa entre las dos obras que se comparan razonablemente. No trato de decir que aquello porque fue primero fue mejor y que esto, por ser presente, peor o una burda copia del pasado. Con mis parecidos razonables ninguna de las partes está en litigio, ninguna queda por encima de la otra. No hay cruce de sables.

Mis objetivos no irían por ahí. Ni mucho menos. Yo voy a otra cosa. Quiero que veamos cómo asumiendo la tradición podemos conseguir que esto que estamos realizando hoy nos ofrezca, además de los valores intrínsecos que pueda tener, mayores lecturas, otras perspectivas, riquezas de contenido y lograr, con esto, que la añorada y feliz tradición se vivifique en la obra más contemporánea y se nos muestre más actual de lo que normalmente se tiende a creer. Lo que sería, sin duda, otro mérito a añadir a la obra más contemporánea.
 
Mis parecidos razonables son, de esta forma, un reto, un guante lanzado al aire para conocer la tradición, para asumirla con todas sus consecuencias e interiorizarla porque de este modo conseguiremos que cualquier creación que afrontemos pueda ser doblemente apreciada: por lo que es y por la contribución que nos aporta esa tradición asumida e interiorizada; es decir, que no sea nuestra creación una creación simplemente mimética respecto a la tradición sino que actualice a ésta y pueda darse aquélla aportando nuevos puntos de vista e inscribiéndose, pasado un tiempo y con plenos derechos, en esa misma, vasta y fructífera tradición.

Éste fue el caso de Nexos 6 y Walt Whitman (cfr, Nexus 6 & Walt Whitman, parecidos razonables y… ¡felices fiestas!, en entrada del 23 de diciembre de 2016). Y éste es ahora el caso, motivo de la presente entrada, de Bob “el Inglés”, Richard Harris en Sin perdón, y no casualmente apodado “el Inglés”, con Samuel Johnson, autor de un monumental Diccionario de la lengua inglesa, y uno de esos inmortales personajes que pulularon por el Londres del siglo XVIII, al que muchos, no sin cierto criterio y para sorpresa de muchos “continentales” (entre los que me incluyo), aún denominan el “Siglo de Johnson” y protagonista, para terminar con este breve repaso a su biografía, de la celebradísima Vida de Samuel Johnson, que escribiera su amigo y biógrafo particular James Boswell al igual, tampoco casualmente, que vemos en la película de Clint Eastwood con W.W. Beauchamp, Saul Rubinek, que intenta escribir la vida y hazañas de Bob “el Inglés”. Sí, otro parecido razonable dentro de un primer parecido razonable.
 
Y apuesto a que Clint tuvo en cuenta estas circunstancias, a partir del voluminoso libro de Boswell, casi 2000 páginas, a la hora de recrear a los personajes de Bob “el Inglés” y de W.W.Beauchamp. Y apostaría, a pesar de estar en estos momentos rozando las más altas cotas de la ruina, porque sé que esta mano no me la gana ni el Edward G. Robinson de El rey del juego.

Leed sino el famoso diálogo de Bob “el Inglés” en la barbería de Sin perdón, comparando a la realeza (británica) con un simple presidente (americano). BOB “EL INGLÉS”: En la realeza hay majestad, dignidad, lo que excluye la posibilidad de un asesinato. Verá si usted apuntara con un revólver a un rey o una reina su mano temblaría como un flan. EL BARBERO: Yo no apuntaría a nadie con mi revólver. BOB “EL INGLÉS” (cont.): Siempre es una buena política, muy buena. Pero si lo hiciera le aseguro, si lo hiciera, la visión de la realeza le obligaría a eliminar toda idea de derramamiento de sangre, y se quedaría, ¿cómo lo diría?, extasiado. Ahora bien, un presidente, ¡oh, por favor!, ¿por qué no disparar a un presidente?
 
Y ahora leed y “oíd” a SAMUEL JOHNSON hablando sobre el Rey, en el mencionado James Boswell, Vida de Samuel Johnson, Ed. Acantilado, Barcelona, 2007, pp.392-393.: Señor mío, debe tener en cuenta que en nuestra constitución, de acuerdo con sus auténticos principios, el Rey es la cabeza del Estado, la suprema instancia: se halla por encima de todo lo demás, y no hay poder por el cual se le pueda juzgar. Es por eso que sostenemos que nada malo puede hacer el Rey, que todo lo que se pueda torcer y salir mal en el gobierno no debe ser colocado más allá de nuestro alcance imputándosele a la Majestad. Siempre habrá que resarcir la opresión, castigando a los agentes inmediatos de la misma. Aun cuando lo ordene, el Rey no puede forzar a un juez a condenar injustamente a nadie, por lo cual es al juez al que habremos de acusar y castigar. Las instituciones políticas se forman sobre la consideración de aquello que con mayor frecuencia tiende a redundar en bien de la totalidad, aunque de vez en cuando se produzcan excepciones. Así pues, es mejor en términos generales que la nación tenga un supremo poder legislativo aun cuando en ocasiones pueda estar sujeto a abusos. Asimismo, señor mío, es preciso tener en cuenta esta otra consideración (subrayada en el original): que si el abuso fuera inmenso, la misma naturaleza se alzaría en su contra para reclamar sus derechos originales y desbaratar un sistema político corrupto.
 
Y perdonadme por la, seguramente, larga cita pero, ¿no podría ser Bob “el Inglés” quien pronunciara estas palabras, así como que fuera Johnson quien firmara su disertación sobre los atentados contra un presidente y la salvedad de la realeza? ¿No nos suenan en ambos discursos un mismo aire convincente, de gentleman, casi arrogante, una misma seguridad en lo que los personajes defienden, la misma presunción y autoridad británicas? ¿No podrían, en fin, los dos personajes, el real y el ficticio, desde el siglo XVIII al siglo XX, intercambiar sus papeles en la vida y sobre la blanca pantalla de una sala de cine?

Sí, éstas son mi aclaración y mis parecidos; mis parecidos razonables; los que hacen crecer a Bob “el Inglés” a partir de la tradición y del recuerdo que nos trae (o por lo menos me lo trae a mí) del singular Samuel Johnson, y a éste crecer también por añadidura, a pesar de los años trascurridos, con su contribución (siguiendo las consignas de Clint Eastwood, por supuesto) a perfilar el carácter de Bob “el Inglés”.

Los parecidos razonables hacen así más grande y rica la obra más contemporánea, o el excelente western de Clint Eastwood en este caso, consiguen a través de las felices sinergias que establecen con la tradición y el pre-juicio construir una más que saludable actualidad. Son ellos, mis parecidos razonables, los que se vuelven hacia el pasado para tomar desde el presente un mayor impulso hacia el futuro, los que sacan, en definitiva, enseñanzas de aquello que fue ayer para dignificar esto que estamos viendo hoy. Y con ello dignificar aún más si cabe la propia tradición.
 

Por eso empezaba escribiendo que mis parecidos razonables nunca valoran. Ninguna de las obras “parecidas” es mejor ni peor que la otra. Simplemente una es y la otra fue. Pero desde los “parecidos” una, aquélla que fue, de un paso al frente y se actualiza, y la otra, aquélla que es ahora, se incorpora a la tradición y se aspira a eternidad como la primera, como Samuel Johnson, y como... Bob “el Inglés”. De este modo ambas obras se ennoblecen. Ambas salen, por igual, muy bien libradas del head to head: la obra del pasado porque su reminiscencia y presencia en una obra más actual le sirve en bandeja aquello de la eterna juventud de los clásicos, y la obra más contemporánea por aquello de representar a un presente que no se olvida que sólo con y desde la tradición y lo pasado se puede sacar pecho y aspirar a ser todo un clásico, a ser verdaderamente el más moderno.

PS,- Menciono de pasada, y termino, que estoy dispuesto a defender que para la construcción de todos aquellos personajes que han protagonizado las diferentes películas que el cine inglés y hollywoodiense han situado en el siglo XVIII (Las amistades peligrosas, Valmont, etc.), la lectura de Vida de Samuel Johnson, los impagables diálogos y reflexiones de su protagonista han resultado para todos sus guionistas de una imprescindible ayuda. 
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