viernes, 13 de marzo de 2015

ELMER BERNSTEIN & RAVEL, PARECIDOS RAZONABLES

 
En la entrada fechada el pasado 8 de julio de 2014 inauguré (¡que pretencioso me suena ahora que lo  escribo!) una sección que llame de forma, no muy original que digamos, parecidos razonables, y en cuya 1ª edición citaba una canción Silence, Sea & Sky de The Chameleons y el tema principal de Twin Peaks escrito por Angelo Badalamenti, como curiosos "parecidos", dadas las diferencias geográficas, temporales y musicales que existen (espero que esto nadie lo ponga en duda) existentes entre el grupo inglés y el compositor de Brooklyn.
 
Pero pienso que esto de los "parecidos razonables" es uno de los ejercicios más saludables que podemos realizar metidos en estas "huestes artísticas" ya que se trata del mejor que demuestra, o por lo menos me lo demuestra a mí, que las líneas que configuran a los distintos artistas lejos de ser líneas paralelas, sin contacto alguno entre ellas, son justo lo contrario: líneas transversales, líneas de fuga (que diría el imprescindible filósofo francés Gilles Deleuze) que se cruzan continuamente y de cuyos encuentros surgen nuevos temas, nuevas melodías, nuevos actos de creación.
 
Por esto siempre he insistido, en mis clases, en tomar por bandera un aprendizaje continuo, que nunca se termine y que nos permita descubrir tantos parecidos razonables como nos sea posible. Porque este rastreo de similitudes de fondo y/o forma, lejos de darnos la pueril excusa de ir corriendo a cualquier oficina de Derechos de Autor a denunciar un miserable plagio, nos debe servir como impagable ejemplo de que el Arte, en mayúsculas, no es sino Uno, también con mayúsculas: aquella expresión al alcance sólo de los seres humanos, la que hace que podamos ser, al mismo tiempo, humanos o, como diría Nietzsche, demasiado humanos.
 
Y me animo, y confío en seguir con la sana costumbre (indicio de que aún no me he convertido en piedra o pedrusco), y traigo a colación una 2ª entrega de estos "parecidos razonables" que no harían referencia sino al Tema Principal de la película Matar a un ruiseñor (To Kill A Mockingbird), de Elmer Bernstein, que de vez en cuando pienso que es el mejor Main Theme, que dirían en Hollywood, escrito para cine y el Menuet o 3º movimiento de la suite para orquesta Le Tombeau de Couperin, una delicatesen de Maurice Ravel (para quien no tenga paciencia, cosa que lamentaría, de escucharla entero, el Menuet empieza en el minuto 9 y 43 segundos). Y sugerir, apenas, antes de dejaros disfrutar con ellas que los "parecidos" entre ambas, más que en sus notas y acordes, yo los derivaría del aire que "sopla" sobre las dos piezas y que vuelven a congraciarme, ¡una vez más!, con este género humano al que pertenezco, me guste o no, y que no puedo negar que en muchas ocasiones, en muchas más de las que debería, me saca, y me temo que continuará sacándome, de quicio.
 
     MATAR A UN RUISEÑOR, BERNSTEIN               
 



  LE TOMBEAU DE COUPERIN, RAVEL  
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jueves, 12 de marzo de 2015

QUÉ VIENEN LOS RUSOS

 
No sé lo que ocurre o, mejor dicho, si sé lo que ocurre pero se me escapan los motivos de que todo transcurra detrás de una simple máscara demonizada, cuando no de franca (e injusta, ya que aún no habrían hecho nada: ni bueno ni malo) antipatía y desdén. Porque, ¿a qué obedecen estos “gritos subidos hasta el cielo”, estas voces crispadas, esos tertulianos de diferentes ideologías, analistas en distintas televisiones y espacios radiofónicos puestos, sin embargo, unánimemente de acuerdo por una vez y sin que el medio de comunicación, sea cual sea su bandera, coaccione sus opiniones sobre el indiscutible ascenso al poder de Syriza en Grecia o los espectaculares resultados que las encuestas vaticinan sobre Podemos en España?

A mí que me gusta mucho el cine me viene a la memoria aquella película de Norman Jewison que en este país (eran años 60) se tituló ¡Que vienen los rusos!, pronunciado a modo de ¡socorro! o ultimátum desesperado hacia toda la población, tal y como lo soltaría, después de tantos meses de incertidumbre, el más solícito y tembloroso de los centinelas, apostado sobre un andamio al borde de una playa y sin quitar ojo (¡Dios le libre!), prismáticos en mano, a todo aquello que pudiera suceder o venir allende los mares. Y aunque alguno pensara que este desembarco de tan indeseables huestes (sic) nunca fuera a pasar, ha pasado. Y los rusos ya andan sobre la arena. Perdón, Syriza y Podemos ya están entre nosotros. Y vienen para quedarse.

Pero, ¿a cuenta de qué tantos miedos, tantas precauciones, tanto ¡cuidado!? Al fin y al cabo, ¿no son hombres y mujeres como nosotros y nosotras los que componen el número de afiliados y simpatizantes de los dos partidos, aunque Tsypras no haya nombrado a ninguna mujer para su primer gabinete y eso haya enfurecido y recargado las pilas de feministas y hombres bienpensantes con motivos indiscutibles- sic- e incrementado, por si alguna falta hiciera, las críticas y los malos augurios? Pero, ¿justifica eso, al fin y al cabo una muy vieja versión de la tan cacareada “guerra de sexos”, tanto revuelo?, ¿tanta “mieditis”? Yo creo que los tiros, si persistimos en hablar de “guerra”, van por otro lado.

Y es, tal vez, lo que se nos antojaba tan baladí, tan ficticio, cinematográfico e insustancial como aquel ¡que vienen los rusos!, a modo de torticera versión “telón de acero” del más infantil ¡qué viene el lobo!, no sea, en el fondo, ni tan baladí (porque es más serio de lo que parece, y eso trataré de mostrar en estas líneas), ni tan ficticio ni cinematográfico (porque es muy real), ni tan insustancial (porque es muy sustancial), cuando detrás de todo ello, de todas las cortinas de humo se me aparece con la máxima y terrible claridad la eterna aversión a los postulados que sostiene la izquierda más radical.

Aunque no se me malinterprete. Que escribo “radical” no con un sentido extremista, yihadista o arcaico, del tipo de que ¡no quede en pie ni una iglesia, ni una sotana sin agujerear!, sino en la más noble acepción de una izquierda que no ha torcido aún los brazos, que se niega a verse domesticada; una izquierda, izquierda, zurda, mcenroe, impertinente, siniestra y orgullosa de ser todo eso (por lo que siniestra tendría de un toque de “asustador”, de “despertador” de unas conciencias ya dormidas durante demasiadas noches); dispuesta a cambiar lo que crea que debe cambiarse. Y sin que el pulso vaya a temblarle con el cambio.

Y entonces, ¿qué pasa?, ¿qué hay de malo en ello? Y pregunto, ya sin miramientos de ninguna clase, si toda esa inquina no responde, realmente, al nulo encaje que la izquierda-izquierda tendría en los esquemas sobre los que nos estamos empeñando en construir esta mastodóntica y macroeconómica Europa del euro; estos serían, capitalismo, más o menos, salvaje y campando, más o menos, a sus anchas, obscenas y progresivas desigualdades entre una población que cada día pinta menos (ya lo dijo Marx, un sistema que perfecciona al obrero pero que denigra al ser human), que cada día está más micro y desafectada de esas cifras macros bajo los gritos, éstos también, de ¡sálvese quien pueda!, y que Europa y este mundo globalizado, en general, quieren convertir en los únicos índices a tener en cuenta, como si el pan y el periódico llegaran a nuestras mesas sobre las alfombras mágicas de PIB.

¿Y no tendríamos pruebas suficientes para probar un cambio de rumbo? ¿No sentimos unas ganas inmensas de meter el pan, ya que hablamos de “pan”, en otra salsa? ¿Una roja de tomate, por ejemplo? Simplemente por curiosidad. Aunque cierto es que, como dice la canción, la curiosidad mató al gato, pero ¿quiénes de los que están leyendo estas apresuradas, como siempre, líneas son un gato o tienen cuatro patas? Pero lo dicen y lo repiten todos, ¡que vienen los rusos! Y ya me lanzo porque, ¿no fueron precisamente esas mismas y absurdas palabras las que hicieron posible hace 70 años (estos días en los que, irónicamente, conmemoramos la liberación de Austwitz) uno de los capítulos más sangrantes y vergonzosos de la Historia de la Humanidad? Porque ese maldito e hipócrita aviso (sí, ya va siendo hora de que llamemos a las cosas por su nombre) contribuyó a que las principales potencias europeas (o Francia y Gran Bretaña) y los EEUU de América demoraran su intervención en los planes que Hitler llevaba madurando desde muchos años antes, desde el 31 o el 33 o mucho antes, cuando el huevo de la serpiente era sólo eso: un huevo y tal vez con un certero y contundente golpe de cuchara nos hubiéramos ahorrado los disgustos que nos vinieron después por todas partes, y cuyas consecuencias aún sufrimos 70 años después (y los que nos quedarán, porque estas cosas no se arreglan como un grifo que estuviera goteando)?

Pero quizás todo esto no sea tan difícil de entender si apelamos al furibundo antagonismo que plantea entre el capitalismo y el comunismo; dos estructuras económicas que, seguramente, lo único que tengan en común sea precisamente esa categoría de estructura y de ordenadores de los ámbitos económicos. Y que desde este status de las “perras” haría que los restantes difirieran también como el agua del vino. Aunque tampoco esto debería ser ni dar para tanto porque las mismas nociones de “estructura” y “ordenador” ya recogen muchas ideas que hacen que los dos regímenes no puedan asimilarse bajo esferas tan antagónicas, como el día y la noche, el círculo y el cuadrado o el agua y el vino.

Por lo menos se me ocurre y confío en que los dos sistemas desean que los hombres y mujeres que viven y se rigen bajo sus auspicios lo hagan de la forma que creen más justa y armoniosa. E, incluso, me atrevería a conceder que esa forma fuera diferente en ambos casos pero lo que nadie, ni en las peores circunstancias, debería poner en duda es de que para los dos sistemas su forma es la más justa y armoniosa. Y esto, desde que los griegos decidieron inventar la filosofía, se ha asimilado siempre con lo mejor.

Así que si vienen los rusos, que vengan. Y dejémosles que hagan aquello que crean más justo. Que por ahí nunca nos van a ir mal (o peor) las cosas. No les neguemos la oportunidad (¿o no decimos, como un latiguillo, que todo el mundo merece una de ésas?), la palabra, el turno de hacerse oír porque, entre otros muchos motivos, con ello está en juego la calidad de nuestras democracias. ¿O no sería, acaso, una democracia menor aquélla que corta de raíz y se cierra en banda a los argumentos de una parte, por lo visto cada vez mayor, de la población? ¿O es que, y por aquí andaría el quid de muchas cuestiones, esta mastodóntica y macroeconómica Europa del euro ha decidido que se vive mejor (sic) bajo una democracia menor y recortada, una democracia que premia a los iguales aunque estos representen a diferentes siglas y condena a los distintos que presumen, y a mucha honra, de ser distintos, invocando y repitiendo insensatas consignas para amedrentar a la población (sí, ¡que vienen los rusos!)

Hace 70 años también las democracias nos asustaron. Por motivos similares. Y Hitler frenaría con sus panzers a las hordas rojas. Dejémosle hacer… No es tan mal tipo. Y el verdadero susto nos vino después. No quiero repetirme. Pero salvando todas las distancias que sean precisas, por supuesto, aprendamos la lección de la intolerancia. En una democracia o cabemos todos, y todos sin excepciones, o la democracia se convierte en un micro juguete en manos de unos pocos macros. Y los juguetes ya se sabe lo que ocurre con ellos: cuando nos hacemos o nos creemos mayores nos aburren y los arrojamos al cuarto de los trastos viejos. Y entonces ¡que tiemble la tierra! Rojos, verdes, amarillos, azules… : ¡el arco iris parpadea, vuelve a estar en peligro! Y este peligro es el real. Y no porque los rusos vengan.

 

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jueves, 19 de febrero de 2015

GASOL STAR


Ahora que ya ha pasado el GasolStar o el Partido de las Estrellas 2015 no quisiera dejarlo pasar del todo sin hacer un par de precisiones o “vueltas de tuerca”.

1ª. Que el susodicho Partido de las Estrellas va camino de “estrellarse” (y mil perdones por el chiste fácil), o de convertirse en el Bluff de las Estrellas ya que estos BluffStars parecen empeñados en desterrar de este Partido cualquier aspecto que no responda a lo estrictamente cachondo-divertido y/o circense (y dicho esto con el mayor de los respetos para todos los Gabi, Fofó y Miliji que en el mundo han sido y, gracias a Dios, continúan siendo): un correcalles continuo, mates sin oposición alguna, botes y driblings a lo Globetrotters y, en definitiva, patxanga a punta pala.

Sí, la patxanga amenaza seriamente con comerse al Partido de las Estrellas. Y no dejar de él ni los huesos porque ese espíritu competitivo tan necesario para que el público (¡jamás lo olvidemos!), primera y última razón que sostiene el espectáculo, llene los pabellones brilló por su ausencia en este auténtico Bluff de las Estrellas 2015.

O asistir a los minutos finales del Partido, ¡y cuando el marcador estaba todavía igualado!, viendo a al equipo que ganaba botar y botar y marear el balón, dejando transcurrir el tiempo, mientras el otro equipo, ¡el que perdía!, se dedicaba a mirarles y sonreír, sin mover ni un solo dedo, porque aquello ya estaba a punto de terminar, y luego todos juntos y felices despedirían ese Fin de Semana en el que habrían jugado, ¡no!, en el que se habían paseado durante un par de horas por el parqué del mítico Madison Square Garden (¿no se merecen sus instalaciones otra actitud?), sin haber caído en alguna ingrata torcedura de tobillo o distensión muscular que pudiera apartarles unas semanas de la competición, ¡ésta sí!, oficial o de su futura disposición como agentes libres o de lo que sea.  
 

2. ¿Habría que reparar, si estamos con éstas, en que a un partido deportivo, del deporte y la naturaleza que sea, en cuanto se le resta ese espíritu competitivo, el quién ganará o perderá pierde, y valga la redundancia, todo interés? Hasta en los enfrentamientos de Solteros vs. Casados la victoria y la derrota tienen su importancia (¡cuántas veces por ellas se llega a las manos!).
 

3. ¿Y habría que puntualizar, entonces, en que esta patxanga, este cachondeo a raudales es una de los signos que distinguen y banalizan hasta el ahogo a estos tiempos que corren y en los que, desgraciadamente, estamos embarcados? Si la vida está así el basket, claro, no iba a ser menos.
 

4. ¿Porque dónde han quedado aquellos competitivos y serios Larry Bird, Jordan, Dominique Wilkins o Magic, que también era pura diversión, de acuerdo, pero al que tampoco le gustaba perder ni a la petanca? Ellos jugaban y las risas y los gestos amables se sucedían, sí, durante el 1º, el 2º o, incluso, el 3º cuarto, pero en cuanto el Partido descontaba sus últimos minutos colocaban el cuchillo entre los dientes y no se cogían ni prisioneros. Se buscaban la victoria y el público agradecía su entrega. Y más aún esa entrega que, realmente, no iba a parar a ningún sitio. Bueno sí, al honor. Pero, ¿qué coño es hoy en día esto del honor? Y no miro a nadie. Aunque más de uno de esos que tomaron parte en ese Bluff de las Estrellas debería darse por enterado y agachar la cabeza… sin que los sones del Star-Spangled Banner o de esa Bandera Tachonada de Estrellas estén atronando en riguroso directo.
 

5. Pero todo esto lo supe después, presenciando el partido (en diferido; las madrugadas en directo han quedado, definitivamente, atrás: este cuerpo mío no me las perdona). Antes no había caído en la cuenta de la magnitud que actualmente alcanza la patxanga. Que se lo come todo. Y con la que la frivolidad pasa a ponerse el traje de dueña de la función. Y yo, en la inopia. Le escribí, incluso, a SSMM para que sacaran chispas del evento y acudieran a Nueva York a presenciar el y ver el salto inicial de los Gasol (previamente había mandado sendos emails a la cadena ESPN y a Barack Obama comentando que ese salto entre dos hermanos it world be a nice touch). Y si no, para los escépticos de siempre, aquí tenéis la “prueba del algodón”:

“Estimadas Majestades Don Felipe VI y Doña Leticia,

sé que este consejo quizás les llegue con retraso pero aún y así no puede evitar enviároslo ya que creo que redundaría mucho y bien en beneficio de la imagen de la Corona y, por extensión, del país en su globalidad.

El asunto es sencillo. este próximo domingo 15 de febrero en el Madison Square Garden de Nueva York va a disputarse el partido de baloncesto conocido como el All Star Game que reúne a los mejores jugadores profesionales de la NBA, que se encuadran en los equipos del Este y del Oeste. Este año, ¡¡y por 1ª vez en toda la Historia del baloncesto profesional americano! van a enfrentarse como titulares (elegidos entre los cinco continentes, y por votación popular) dos hermanos que ¡además son españoles!!

Como bien sabe todo el mundo relacionado con este deporte éstos son los Hnos. Gasol, Pau y Marc, nacidos en Sant Boi, para más señas, o sea, catalanes de pura cepa pero españoles por encima de todo (su defensa y compromiso con los colores españoles en los distintos encuentros internacionales ya sean mundiales, europeos, juegos olímpicos no me dejan lugar a la duda).

Por todo ello, y dado además el carácter competitivo pero también, o sobre todo, lúdico y familiar que tiene este acontecimiento, que es seguido en millones de hogares SERÍA TODO UN DETALLE (DE INSOSPECHADOS BENEFICIOS PARA LA CORONA ESPAÑOLA DE CARA A LOS MISMOS EEUU Y AL RESTO DEL MUNDO) QUE SUS MAJESTADES TUVIERAN A BIEN ESTAR PRESENTES MAÑANA POR LA TARDE-NOCHE EN EL MADISION, SE FOTOGRAFIARAN Y SALUDARAN A LOS HNOS. GASOL Y FUERAN, EN FIN, UNOS MÁS ENTRE LOS PARTICIPANTES DE ESTE SINGULAR FIESTA DEPORTIVA.

Si las infantas también pudieran acudir el efecto sería doblemente espectacular. UNA CASA REAL TAN GUAPA, REPUTADA Y UNIDA NO SE ENCUENTRA HOY EN DEMASIADAS PARTES. ¡¡APROVECHEMOS EL MOMENTO!! Yo mismo con tiempo y dinero me daría mañana una vuelta por Nueva York pero me temo que el deseo excede a mis posibilidades, cosa que confío en que a ustedes no les ocurra, y que estas precipitadas líneas no hayan llegado demasiado tarde.

Sin otro particular, reciban el más cordial saludo.”

Pero, posiblemente, y aún llegándole a tiempo la carta, Don Felipe que por algo es VI se oliera, mucho antes que yo, la patxanga y decidiera evitar el viaje y el frío que pelaba ese 15 de febrero la 5ª Avenida.
 

6. Pero con todo, y en diferido, yo vi el Partido. Creo que era algo inevitable y de obligado cumplimiento para alguien que como yo ha crecido y disfrutado con los Buscató, el mítico Walter Szczerbiak (¡que no hubiera hecho con una línea de 3 por delante!), el irrepetible Carmelo Cabrera, Santillana y luego con los grandes Epi, Corbalán, Solozábal...,, para alguien que como yo ha soñado con la NBA como si de un planeta basket situado a millones de kilómetros de nuestra galaxia se tratara, y para el que los únicos hermanos que había vestidos con tirantes y de corto eran aquellos increíbles hermanos Margall.

Así que yo sí que vi el Partido porque para mí, por lo menos, éste siempre será, mucho más allá del BluffStars, el GasolStars. Y cuando los dos saltaron por la posesión inicial pensé que, de igual manera que voy haciéndome tan viejo, todo es posible.
 

7. Sin duda, fue un pequeño salto entre dos hombres, pero un gran salto para este crítico país, y para todo aquél que quiera enterarse de que esto está cambiando. Y para bien.
 
                                               

 
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domingo, 15 de febrero de 2015

CARNAVALES EN BILBAO, SIEMPRE "PASADOS" POR AGUA


¡Por fin podré defenderme de todos aquellos que me acusan de divagar cuando afirmo que "Bilbao + Carnaval =Lluvia; y que éste es un axioma tan cierto como que 2 más 2 es igual a 4"! Porque el otro día recibí una carta extraña. Y sin reproducir textualmente sus palabras que son farragosas a veces, y como decía antes, extrañas a menudo trataré de resumirlas.

La carta estaba fechada el 1º de febrero y la enviaba la consejería de turismo de un ayuntamiento de puño y letra del alcalde de un pueblo de cuyo nombre sí que me acuerdo pero que no voy a mencionar porque, sinceramente, pienso que no viene a cuento. Lo extraño no está en relación con los apellidos del pueblo sino con su desesperada situación y petición ad hoc.

El caso es que ese pueblo suele padecer muy prolongados periodos de sequía. Y a menudo sus cosechas se arruinan por esa falta de agua o, en el mejor de los años, éstos son cuando caen cuatro gotas de sus ingratos cielos, sus campos producen alimentos que no surtirían las despensas de un Arzak o un Ferrán Adriá pero que, por lo menos, sirven para engañar, y nunca mejor expresado, los estómagos de sus sufridos vecinos.


Y por todo esto viene la extraña petición. Porque por boca del alcalde, y con unas palabras que romperían el corazón del más desalmado bandolero de la Sierra Morena, nos piden a nosotros vecinos de Bilbao que tengamos, a bien, organizar nuestros próximos Carnavales en su pueblo ya que tienen perfectamente comprobado que siempre que los bilbaínos se tiran a Don Carnal a la chepa, las nubes descargan torrenciales ríos de agua; vaya, que no hay un bilbaíno disfrazado de pirata, de Superman, de Flautista de Hamelín o de mexicano o de lo que sea, que no se pille, durante estas animosas fiestas  carnavaleras, una buena chupa como Dios manda: caladito hasta los huesos, chorreando agua desde la cabeza hasta la última punta del zapato.


Los gastos de desplazamiento hasta el pueblo, estancia y manutención correrían a cuenta de su propia consejería de turismo. Faltaría más, escribe el alcalde. Y además para los más altruistas, desocupados y juerguistas, el ayuntamiento estaría dispuesto a prolongar su estancia en el pueblo más allá de los días que marcan e Carnaval: ¡dos semanas a contar desde el "entierro de la sardina"! Y jura y perjura el alcalde que nadie se sentirá defraudado, y pone la mano en el fuego a que todos querrán repetir el próximo año.

El hombre está convencido que con esta novedosas y sorprendente táctica todos saldremos ganando. Ellos es obvio. Conocerán a gente nueva. Y sobre todo tendrán los campos regados en abundancia. Buenas cosechas y pingües beneficios para sus humildes arcas. Y nosotros, los bilbaínos, porque la diversión estaría garantizada. Qué más da que aquí o allí, en nuestro botxo. Y porque los jóvenes y las jóvenes del pueblo están dispuestos y dispuestas para todo-todo, dispuestos y dispuestas a liarse la manta a la cabeza si hace falta y hacer que nuestra estancia entre sus convecinos sea una experiencia alucinante y única. Palabra de alcalde, añade el alcalde. Y lo jura también por éstas (aunque yo ya no sé a que "éstas" se refiere).


Y después el alcalde y la carta se despiden con un cordial saludo y quedan a la espera de nuestras gratas noticias. Y yo no sé lo que harán los demás. Pero a mí como que me apetece. Cambiar de aires. Porque si en Carnavales me calo siempre hasta el tuétano que, por lo menos, lo haga en otro lugar que no conozco y que el viaje sirva para que otras personas sonrían y sean felices cuando miren al cielo y vean alucinados cómo el agua descarga y empapa sus tierras y sus bonitos disfraces de romanos.
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lunes, 9 de febrero de 2015

RAFAEL CHIRBES EN LA ORILLA


El otro día terminé de leer En la orilla, la novela de Rafael Chirbes, editada por Anagrama en 2013 y que ha sido Premio de la Crítica y Premio Francisco Umbral; en principio y en final, dos galardones poco sospechosos. Y es que tenía ganas de echarle la vista a una novela española reciente por aquello de que me he aburrido de escuchar, por activa y por pasiva, el soniquete de que lo bueno siempre está o viene siempre de fuera y que lo nuestro es (siempre también) como un equipo de segunda división o de primera… pero con más “enchufes” que la oficina de Bill Gates.

Así que pensé que En la orilla me serviría para calibrar, personalmente y sin atender a esos voceras de turno, el estado en el que se encuentran nuestras cosas culturales; una novela reconocida casi por unanimidad como uno de los grandes logros de la última literatura pensada y escrita en castellano.

¿Y qué voy a decir? Pues que la más profunda decepción me hincó el diente en la yugular como si me hubiera topado con el más vulgar de los dráculas que nunca me haya podido imaginar. Eso sí: el mordisco bien que hizo su efecto y cumplió su objetivo: después de pasar las primeras páginas con el mejor y más saludable de los ánimos (lo juro), terminé víctima de una modorra que acabó por tumbarme y acogerme en el más plácido de los sueños. Aunque contra vientos y mareas había llegado hasta el final: página 437 (siempre Anagrama): el final de la vulgaridad: de la mala leche asomando por cada renglón, reiterativa, plomiza hasta el hartazgo (todos-todos-todos corruptos y malvados salvo, quizás, Esteban que lamenta una y otra vez no serlo o haberlo sido); el final, en fin, de esta tortura ideada por el bueno de Chirles. Porque estoy seguro que el valenciano no la ha pergeñado a posta. Simplemente le ha salido una mala novela. Y por eso a nadie se le condena. Bastante tenemos los no-demasiado-brillantes con capear y soportar nuestra múltiple y sangrante mediocridad.

Pero dos cositas al hilo del ladrillo Chirbes. Sí, no tengamos miedo del nombre porque el propio Chirles sitúa su historia sobre el fondo y los años de los pelotazos inmobiliarios y de la creciente inmoralidad que se ha apoderado de este, nuestro, país de marras. Así que lo de “ladrillo” se lo tendría ganado a pulso. Por temática. Y por resultado. Aunque yo iba a por otra cosa. O más exactamente, a por dos cosas. Y ahí van.

Y la primera, una pregunta. Ésta: ¿a qué puede obedecer tanta unanimidad a la hora de elogiar al ladrillo Chirbes? ¿Es cierto que todos, lo que por “todos” entendemos habitualmente, están de acuerdo en que nos encontrarnos ante una de las últimas obras maestras que nuestra castellana literatura ha parido? ¿No hay ninguna voz discordante? ¿No veo ningún dedo levantado? ¿Algún “pero”? ¿Algún tímido “a mí no me ha gust…”?

Porque si no hubiera nada de esto, digo, nada de voces discordantes ni dedos apuntando a los cielos entonces ya tendríamos nuestra segunda parte de El Quijote. Y a un descendiente directo de Don Miguel llamado Rafael, con diferentes apellidos los dos, o sea, de diferentes linajes aunque con el mismo pulso narrativo y la misma, generosísima y alucinante inventiva literaria. Y no sólo eso sino que a mí mismo ya me estaría faltando tiempo para hacer las maletas, guardar un par de mudas y pedir asilo, cama y merendola en el psiquiátrico más cercano a mi casa, por aquello de que a los seres que quiero no desearía que las visitas (que confío en que me hicieran, por lo menos, sábados o domingos) les fuera a costar un riñón por la exagerada duración de los trayectos.

Pero ¡ojo! que si, por el contrario, sí que ha habido voces discordantes y dedos alzados entonces aún estaríamos hundiendo más la barca en la orilla. Porque ni las voces se habrían escuchado ni los dedos se habrían visto. Y no se me ocurre otro motivo que alguien o alguienes las haya silenciado o los haya torcido hacia abajo. Aunque espero que con un simple esparadrapo sobre los labios o con un apretón de dedos ya que, al fin y al cabo, estaríamos hablando de papeles y libros, y alterarse en pleno siglo XXI por cuestiones de este calado es algo que reservo a bárbaros, impresentables y/o yihadistas de los que confío que aún nos separe un largísimo trecho de camino y de Historia.

Así que un esparadrapo, apretones y punto. Que con eso vale. Y entonces ya sin poder decir que esta boca es mía ni darme a conocer pasaría directamente a la “segunda cosa” que mencionaba un poco más arriba, y a la que podría incluir en un título donde se leyera: qué poco hemos avanzado en tanto tiempo. Y lo explico, ya que la explicación se conjunta con alguna de las razones que a mí sí que me harían enderezar decidido mi dedo índice y exclamar encorajinado, ¡¡no, a mí no me ha gustado ni h… En la orilla!!, ¡¡la novela de Chirles me parece una castaña, un bluff, un falso prestigio, sí, y un más de lo mismo!...

… ¿un más de lo mismo? ¿Otra vez con éstas? Pero un más de lo mismo, ¿de qué? Pues eso, de lo de siempre. De eso de lo que la literatura de este país viene adoleciendo desde siempre. O por lo menos desde que la dictadura o desde que aquel “pequeño mandamás” de infausto recuerdo y consecuencias nos pusiera sus botas sobre la chepa impidiendo que nos levantáramos cuando nos viniera en gana o que pudiéramos andar y respirar a nuestro aire. Y alguien, de cuyo nombre no me acuerdo y pido mil perdones por mi horrible memoria, empleó para esto a lo que ahora estoy refiriéndome la feliz expresión “efecto sonajero”.

 
¿Y en qué consiste este “(d)efecto sonajero”? Y espero que la respuesta no nos suene a chino. Porque el “efecto sonajero” sería aquél fenómeno por el que el escritor queda, de repente, embelesado por sus propias palabras, por sus (brillantes) ocurrencias sintácticas hasta tal punto que la narración se embota, se repiten los giros, y se estanca atrapada en el cepo que producen sus sonidos, ensimismada por los (bonitos) fuegos de artificio que las palabras han tejido en torno a ella. Pero sin avanzar (ni un metro). Quieta (como un muerto). Cualquier modesto artista de variedades nos lo diría sin rodeos. Las (brillantes) ocurrencias nos sorprenden. Y nos distraen. Pero durante un rato. Si éstas se prolongan demasiado o si se convierten en el verdadero motivo, en el alma mater del relato enseguida demuestran sus insuficiencias, su simple carácter de (bonito) “fuego de artificio”, y termina por aburrir al apuntador. El público, cansado de la misma gracia, empezará a silbar y a gritar aquello de “¡que venga otro!”, “¡que a este pelma ya le conocemos!”.

Y Rafael Chirbes en la orilla y por desgracia, se me ha aparecido como uno de estos pelmas. Enseguida se les cala. Y se ve por dónde van o a dónde nos quieren llevar. Que casi siempre será a ninguna parte. Porque el pelma se repite y cansa. Es lo que tienen los “fuegos de artificio”. Que al principio nos hacen abrir los ojos y contener la respiración asombrados. Somos en esos momentos como niños que observan boquiabiertos las luces y explosiones que las pirotecnias dibujan en las noches de verano. Pero que cuando éstas se prolongan demasiado nos hacen volver la cabeza y desear escaparnos a otra parte. A las barracas, por ejemplo. Y subirnos, por fin, en el gusano loco.
 

Y olvidarnos de Chirbes. En su orilla hemos naufragado. En su orilla las filigranas que sus palabras tejen nos han agotado. Y el motivo es muy sencillo de entender. Y de padecer. Si en las filigranas, si en las formas (brillantes) nos quedamos, nos olvidamos no sólo del fondo sino también del resto de recursos con los que armamos una novela, en este caso. Sí, nos olvidamos. Resulta tan fácil “olvidarse” cuando estamos hipnotizados por las (brillantes) palabras. Y nos olvidamos, por ejemplo, de los personajes que es uno de los aspectos de los que nunca debiéramos olvidarnos cuando nos plantamos frente a una Olivetti, un Mac o un Pc. Pero con las filigranas nos olvidamos y todos los personajes hablan igual. Habla igual Esteban que Francisco. Habla igual Justino que Bernal. Habla igual Carlos que Liliana ¡que viene de Sudamérica y emplea la palabra “coger” como si no supiera el significado que ese vocablo tiene en su tierra! Sí, todos hablan igual. Bernal en la página 255, ¡un tipo como Bernal!, nos habla de “rasgos oligofrénicos”. Y en la página siguiente, en la 256, Justino repite “oligofrénicos, neolíticos”. Y la tertulia de bar de pueblo deviene en un simposium que se podría escucharse detrás de las puertas de cualquier sala de la Universidad de Harvard. Sí, todos hablan igual. Todos son ingeniosos. Todos hablan como Rafael Chirbes. El autor, encantado de haberse conocido, embelesado con su propia prosa, se come a sus criaturas. Como el Saturno de Goya devora a sus hijos.  Claro, ¿podría haber sucedido de otro modo? Nunca, cuando uno sólo piensa en sí mismo y en su apetito voraz, cuando la prosa, los retratos y diálogos de los personajes se lían y se anulan hasta el cero a la izquierda en los (brillantes) “fuegos de artificio” que el escritor valenciano desparrama por la orilla. ¿Serán culpa de las Fallas, valencianas también, estos fuegos? No demasiado fácil. Disculpen la broma.

Pero a Chirbes el tiro le sale sin remedio por la culata. Y le pinta la cara de hollín. Y ahí están entonces esos demoledores párrafos en los que el escritor aparece tan a gusto, realmente encantado en su propio talento. Y Rafael escribe, y escribe, y escribe sin importarle nadie más que él y él y él y su emperifollado “estilazo”; sin importarle que el lector, con ésas, tenga ya su sufriente cabeza por los simplones Cerros de Úbeda y que esté pensando ya en la hora de meterse en la cama y dejar la tremenda digresión sobre los cacahuetes para otro día (¡desde la 147 a la 153!: ¿no es también esto lo peor del “Garbancero” Galdós entretenido durante tantas páginas con la descripción de… una mesa).

Pero Chirbes continúa sin darse por aludido. Y tira hacia delante y hasta el final. Aunque yo ya no le acompaño. Figuradamente, claro. Sólo sea porque siempre procuro terminar todo aquello que empiezo. Pero ya me imagino a Chirbes caminando en solitario con sus propias e inofensivas (por su reiteración) ocurrencias. Son sus “dedos herramienta” (233) y luego en la 238 otra vez (¡no lo puedo evitar: es el efecto sonajero, suena tan bien), “manos herramienta” y todavía un poquitín más abajo “puños tensos, dos herramientas”. ¡Socorro! Mezclando hasta la extenuación, porque le gusta también (¡más sonajero!) lo populachero y lo culto o “la tarde se va en un pispás” (216) y “la gran tragedia de la historia o el milagro de la transubstanciación” (sólo en la página anterior, en la 215).

Y podríamos seguir y seguir… Pero no viene el caso. Rafael Chirbes es, en definitiva, otro de esos escritores a los que sólo les importa él. Y a los demás que nos vayan dando. Los personajes, miméticos, fotocopiados uno después del otro. Y los lectores sin nada sustancial que llevarnos de recuerdo. Y Rafael a lo suyo: sin reparar en que ese egoísmo literario es lo que, tradicionalmente, lastra y aleja (ese más de lo mismo) a los escritores españoles del público español. Sí, ellos también irían a lo suyo. ¡Cada página de sus novelas no es sino otra demostración de su “gigantesca” sapiencia literaria! ¡Sólo eso importa! ¡Sólo me importo yo! Sin sospechar que un universo tan personal nos deja a los demás fuera. Y que universos sin personajes, sin lectores son universos huecos, pequeñitos, insustanciales: universos de la anécdota Y por aquí no vamos a ningún sitio. O peor dicho, sí, sí que vamos: al sitio de siempre. Las (brillantes) ocurrencias apagándose en el corto plazo. Las frases, en el cliché. Y la intrascendencia campando a sus anchas. Y todo esto ya me “suena” a ¡tantos (d)efectos sonajeros!, a La colmena, a Tiempos de silencio, a El Jarama, y también a Pérez Reverte y a tantos otros consagrados en la más rabiosa (sic) actualidad. Seguramente demasiados. Porque después de terminar estas novelas nada (nos) queda salvo los brillantes (eso sí) ecos de sus cohetes y de las tracas luminarias explosionando contra el muro negro del cielo. Pero, ¡atentos!, que sólo son eso: ecos de los que pasaremos en cuanto alguien nos diga, ¡hola!

Y entonces En la orilla, Chirbes, tantos premios, tanta celebridad… ¿a cuenta de qué? Y tal vez aquella simpática mujer, que me atendió aquel día cuando llamé a una Editorial preguntando por un manuscrito que les había enviado ya hacía bastantes meses, tuviera parte de toda la razón de este mundo (nadie la tiene nunca entera, claro) cuando me decía que en este país las cosas, en el fondo, siguen igual (y volvía a acordarme de mi más de lo mismo) y que las personas y los santones que reparten esos premios y bendiciones entre los escritores, en nuestro caso (a éste sí, a éste no) siguen siendo los mismos de ayer (y nada que ver con la chica de Antonio Vega), y continúan apoltronados en los mimos y mullidos sillones impartiéndonos sabias (sic) lecciones.

Claro que así no podemos avanzar. Como la narrativa de Chirbes. Aunque tal vez entonces la pregunta crucial debiera ser, ¿pero a quién le importa todo esto? Y en ese momento continuaría con el dedo tieso, hacia arriba y diría En la orilla es un truño. El  “efecto sonajero” escribía aquél de cuyo nombre sigo sin acordarme. Y le pido perdón. Y también se lo pido a todos aquellos que pudieran sentirse ofendidos por estas apresuradas, y quizás demasiado crispadas, líneas. Y a Rafael Chirbes, por supuesto. Aunque en su caso sólo será cuestión de que su próxima novela no le encante tanto. Y piense un poco en los demás. Y a lo grande.
 
 

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martes, 27 de enero de 2015

CONFERENCIA SOBRE CINE EN LA UPV: UN ANEXO

Desde hace varios meses llevo dándole vueltas a la idea de añadir un anexo a la Conferencia que pronuncié en la UPV el pasado año, y cuyo texto recogí en este blog, en la entrada de 21 de febrero de 2014 con el escueto título de Conferencia sobre cine en la UPV, aunque en realidad el título de la charla fue El salto (en el vacío) del corto al largometraje: el 2º acto.

Y el anexo en cuestión vendría a referirse a un extraño fenómeno que, con el tiempo, he pensado que se da casi exclusivamente en nuestro cine; éste sería, el cine que venimos realizando en Euskadi y, por extensión, en esta "piel de toro" o en este "jarrón mal pegado" que a menudo cita el Sr. Alcántara en sus columnas de El Correo. Y es que después de haber asistido en calidad de "seleccionador" a varios Festivales de Cortometrajes he llegado a la extraña conclusión de que el mencionado salto en el vacío debido, y resumo la mencionada Conferencia a tope, a la inconsistencia, cuando no fragante, ignorancia con la que nuestros guionistas y directores desarrollan los 2º actos de sus respectivos largometrajes, obedece no tanto a esa malévola herencia de no necesitar trabajar los 2º actos en los cortometrajes sino a la directa realidad de que esos cortometrajes están producidos y realizados en nuestro "jarrón mal pegado".

Porque los cortometrajes "patrios" tienen, en general, esa inequívoca (y malévola) marca: los 2º actos casi no existen. Y la tienen ellos, casi en exclusiva. Y hasta tal punto esta marca de fábrica sería un copyright made in Spain que apostaría a que reconocería uno de nuestros cortometrajes entre decenas enviados desde cualquier otra parte del mundo por esa hendidura, por esa cicatriz en la frente, o por esa marca: inicio original y/o explosivo; 2º acto, insustancial; y finale, sorprendente.

Y si esto lo pensaba yo pensaba como una característica, más o menos, general o global que afectaba a todos los cortometrajes, resulta que no, que no es así, que el fenómeno se reduce a un país en concreto; y más en concreto, al nuestro. Hasta el punto de que (con alguna pequeña salvedad, de la que ahora además no me acuerdo) me atrevería a afirmar que si me niego por principios a aceptar, sin darle la consabida vuelta de tuerca, ese barato, fachota, simplón y recurrente slogan de Spain is different, tal vez no esté tan seguro de no reconocer, plegando los hombros y maldiciendo la cruda realidad, que sí, que el Spanish´s Shorfilm is different. Que sólo pasa aquí, que los 2º actos de los cortos nos los pasamos por el forro de los c... Que aquí, y sólo aquí, damos en la diana cuando sostenemos que el salto del corto al largometraje es, efectivamente, un (escalofriante) salto en el vacío que a menudo se salda con cientos de cuentas corrientes en números rojos y, lo que es peor (por lo que tiene de humano), con cientos de crismas rotas  e irrecuperables para la causa.

¿Y los motivos de todo esto? Esperemos con tranquilidad a otra entrada. Que garantizo no será por la espalda. Ni a traición. Y pensemos, mientras tanto, en una respuesta.

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domingo, 4 de enero de 2015

CARTA A LOS REYES MAGOS


Queridos Reyes Magos,
con esta carta no querría pediros nada en concreto sino más bien un favor que espero que esté a vuestro alcance porque, me imagino, que si sois magos por algo tiene que ser. Y es que este favor, cuando os lo explique, ya veréis que tiene su punto puñetero, un bastante de complicación.

Y es que hace unos días la Fundación del BBVA, que como sabéis es uno de los más grandes bancos de este país de marras, eligió como “Palabra del Año 2014” a “selfie” que, como también os debe sonar, es aquella fotografía que uno se toma a sí mismo. El problema, como yo lo veo y como os quiero trasmitir, es que o estamos demasiado curados de espanto o que todo nos da demasiado igual o que, simplemente, las cosas suceden y nos pasan alrededor como si de un chorro de agua se tratara; esto es, que las cosas nos resbalan y que al cabo de un rato, la ropa se nos seca sin dejar rastro de las cosas. Y esto no deja de parecer triste y... alucinante. Por muchas veces que ocurra. Por muchas veces que lo tengamos delante de los ojos. Porque el estado de perpetua modorra en el que estamos sumidos resulta tan apabullante y tan desmoralizante al mismo tiempo, que uno tiene a menudo la sensación de encontrarse viviendo en el Planeta Inopia en lugar de en La Tierra o de no estar en sus cabales. Aunque loco o no loco yo insisto. Y por eso os escribo esta carta. Para pediros un favor: QUE ELIMINÉIS EL TÉRMINO “SELFIE” COMO "PALABRA DEL AÑO 2014".

Y para que no me quede la petición como una ocurrencia precipitada y a bote pronto y para que, por el contrario, quede constancia de que le he dado varias vueltas al asunto tal y como, por lo que llevo escuchado o leído, nadie parece haber hecho (¿veis, queridos Reyes Magos, cómo "las cosas nos resbalan sin dejar rastro"?), paso a exponeros las razones de mi deseo en la confianza de que os resultarán suficientemente convincentes y obraréis entonces en consecuencia.

En primer lugar siento que en un país donde se habla mayoritariamente en castellano elegir como palabra del año un término anglosajón, y por lo tanto universalmente comprensible, no deja de parecerme algo dudoso. Y lo digo por ese patético aroma que la designación puede tener de cara a contentar a la aldea global, a esa sacrosanta comunidad internacional, que entendería perfectamente nuestra elección. Sí, me parece oírles presumir, ¡somos de los vuestros!.

Y todo eso sin ser excesivamente retorcido ni sospechar que detrás de “selfie” se esconda la, no muy sana, intención de hacer que este país de marras pase (ya que no respondería a la crudísima realidad) por un territorio familiarizado y que domina la jerga inglesa; un país muy “enterado” y “progre”; lo que hoy se entiende por moderno, aunque yo más diría, que “modernete”, por aquello que tendría la intención de ingenua.  

Claro que en segundo o tercer lugar, pierdo fácilmente el orden escribiendo sobre estos temas, estaría el significado de la palabra en cuestión y los parecidos razonables que se derivan de sus similitudes etimológicas y fonéticas con otra palabreja con la que compartiría la raíz y… el tallo incluso; lo que ya me provocaría que la sonrisilla ingenua se me aparezca de pronto como la sonrisilla de un alelado que no se entera de nada, y que se me borre, ipso facto, del rostro. Y que, entonces, se me frunza el ceño, que la botella de la mala leche se  destaque entre la comida de la nevera, y que una honda preocupación me pegue un repaso de amargura desde el centro del estómago hasta el cuello donde se nos ubican las dos (¡sólo son dos y cuánto saben decir!) cuerdas vocales.

Pero, ¿a qué “palabreja” me estaría refiriendo? Y en este momento preciso es cuando pienso que “selfie” no anda demasiado lejos de “selfish”, por ejemplo, y que traduzco, en este país de indocumentados, de viva-la-vida, de mojitos y pepitos piscinas, como “egoísta”. Y si a esto le sumo que habría sido, precisamente, la Fundación de(l súper) BBVA quien ha seleccionado aquello de “selfie” la cosa va aclarándose poco a poco y adquiriendo unos tintes verdaderamente demoledores. ¡Claro, ¿no sería “selfie” un resumen perfecto de esta sociedad que se ríe sin saber muy bien de qué ni porqué se ríe, de esta sociedad en la que el carpe diem latino se ha trasmutado en una especie de vertiginosa escapada hacia el nada-ni-nadie-nos-importa, así que pasemos-esta-vida-lo-mejor-que-podamos, lo más tarambanas posibles, y sobre todo eso: sin que nada ni nadie nos importe un carajo?

Y, entonces, con estas premisas la elección de “selfie” como palabra del año ya tendría una mayor consistencia y sentido. Y una doble lectura (o una vuelta de tuerca) que, ciertamente, debería de darnos que pensar. Los popes de la economía mundial, del dinero globalizado, de la economía de mercado más salvaje, y de los que el BBVA forma sin duda parte (y muy a gusto), habrían encontrado en “selfie” una palabra que cuadra perfectamente con sus intereses y planes de futuro, que todos sabemos que son la comidilla que les hace a estos popes la boca agua y les endurece maliciosamente la entrepierna.

Por un lado estaría la diversión a tope y sin que sepamos, repito, y quizás ni nos importe, qué coño es esto que tanto nos divierte. Siempre con la insustancialidad y con el cerebro bien vacío. Nada sobre los hombros excepto el cielo. Y por otro lado, con el narcisismo más abyecto por bandera, el yo-yo y después más yo. Sí, el egoísmo ("selfish") más pernicioso y destructivo, aquél que no se miraría más que su propio ombligo y jamás repara en que a su alrededor hay otros, que hay otras personas, más personas, y que todos juntos viajamos en el mismo barco, que lo que a uno le afecte nos afectará, seguro, al resto. Y que nadie venga ahora con el dichoso efecto mariposa. Que esto es bastante más serio. Porque es de personas, como tú y yo, de lo que estaríamos hablando. De gente que no se lo está pasando tan bien como para retratarse, sonriendo estúpidamente, en un “selfie”. Que también necesita, urgentemente, su hermano etimológico y mayor, que el “selfish” se erradique de nuestras vidas. Porque así, “a nuestra bola” no se llega a ningún sitio más que a una muy solitaria isla poblada de robinsones. Aunque eso sí, todos riendo y haciéndose un “selfie”. Y aguardando al barco que le saque a él de la playa. Todo, como veis, muy cachondo y “selfish”.

Y con todo esto, y para finiquitar, ¿nos os parecería “casta" como "Palabra del Año 2014", un término repetido y usado hasta la saciedad en nuestros días, mucho más apropiado y sin pretender, con ello, hacer la pelota a ninguna opción política aunque deba reconocer mis preferencias por un partido de verbo, o sea, de acción frente a los partidos de siglas, o sea, de inacción? (Y ver para ello la entrada en mi blog lavueltaylatuerca.blogspot.com VERDI O V.E.R.D.I. VERDI, POR SUPUESTO, del 23/10/2013). ¿O no ha sido ella, la "casta" quien habría elegido a “selfie”, sin consultar a nadie más que a ella misma, por supuesto, como "palabra del año"? Y, por lo tanto, “casta” incluiría a "selfie", la superaría haciéndola continuamente posible, continuamente ganadora de un concurso que es esa misma casta quien organiza y patrocina.
 
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