viernes, 11 de agosto de 2023

SIXTO RODRÍGUEZ. DEP.



Ayer, con motivo del reciente fallecimiento de Sixto Rodríguez, a los 81 años, volví a ver su documental Searching for Sugar Man (2012), de Malik Bendjelloul, que en su momento ganó el Oscar, aunque esto sea lo de menos, y que nos habla sobre su increíble peripecia, sobre su música y su persona, súper popular en Sudáfrica, donde vendía más, y era más conocido que el mismísimo Elvis Presley, pero del que el resto del mundo, incluido su EEUU natal, no había oído hablar más que a las nubes.

Tan era así que todavía revisando el documental me asaltaban las dudas sobre que no fuera un "falso documental", tipo el Grizzlie Man, de Herzog, y que el propio Sixto no fuera un persnaje ficticio. Pero ayer se disparon las dudas, porque los medios se hicieron eco de que Sixto había fallecido, muy discretamente, tal y como había vivido. Luego, y de manera irónica, la muerte le ha convertido, finalmente, en una persona, a ojos de cualquiera, tan real como tú o yo que estamos leyendo o redactando estas líneas.

Aunque lo que de verdad resulta, al menos para mí, lo más valioso del documental es el cruel retrato que en él se hace sobre la Fama. Y la escribo con mayúscula porque creo que la Fama es el personaje central de este documento sobre Sixto Rodríguez; ese escurridizo y puñetero personaje, la Fama digo, que siempre quiere acaparar todo el protagonismo y al que el genial Rudyard Kipling le paró los pies con su inmortal If... escribiendo aquello que hoy se puede leer en el marco que precede a los jugadores antes de saltar a la Pista Central del Old England Tennis Lawn de Wimbledon:

(...)
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors just the same.

Pues eso, que un poco de humildad nunca está de sobra. Ésa es la gran lección que Sixto nos deja con su persona y su música. DEP. Y os dejo con su emblemática I Wonder. Que la disfrutéis, que él sabrá reconocerlo allá donde ahora esté.


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miércoles, 9 de agosto de 2023

BEETHOVEN & ANTON KARAS, PARECIDOS RAZONABLES,

Nunca me lo hubiera imaginado, pero el otro día escuché la Sonata para violín y piano nº 8. de Ludwig Van Beethoven, y cuál no sería mi sorpresa cuando durante el tercer movimiento me vi trasladado a Viena (¿o acaso no fue la capital austríaca donde el insigne músico murió?), pero también a la Viena que Carol Reed retrató y a la que Anton Karas pusiera música con su inolvidable cítara (¿o acaso el "parecido razonable" no sería sino un guiño de Karas a la memoria de su colega?).

Yo, por si las moscas, aquí os dejo las dos piezas, y a ver qué os parece o a ver si me he vuelto loco, que todo es posible en estos tiempos:

Beethoven



Karas
















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jueves, 3 de agosto de 2023

EL VERANO Y LOS LIBROS

 

Ya estamos en agosto. El mes de bakatas por excelencia, el mes para tocarse las partes pudientes más a gusto, pero para no dejar descansar a la más pudiente de todas; ésta sería, la cabeza. ¡Esto nunca! La cabeza siempre debe estar en funcionamiento. No sabrían las neuronas lo que es pasarse un minuto, si acaso, tumbadas a la bartola. Por eso, incluso en agosto, debemos darles cañota. Con un libro, por ejemplo. Y dejarlas que se ejerciten en la lectura. Y el tiempo libre, y agosto sería  el mes que más tiene de esto, es el terreno ideal donde explayarse repasando con la mirada esas líneas paralelas donde se nos cuentan tantas cosas.

Yo, por esto, siempre con un libro en mente o bajo el brazo. E incluso, el libro que ahora me traigo entre manos, en este caso, Un brindis por San Martiriano, del cineasta Albert Serra, el de Pacificion (Mejor Película del 2022, según la mítica revista Cahiers du Cinema, y como podéis suponer, cuasi-desconocida por estos lares nuestros), y donde se recoge, sí, el brindis, el pregón que Albert pronunció con motivo de las fiestas de su pueblo natal, Banyoles, y que estaría ahondando en lo mismo que llevo escrito hasta ahora: si las neuronas no descansan ni en agosto, carnaza, y de la buena como el propio Serra señala en su libro, en una cita que no le corresponde precisamente a él, pero que es mérito suyo (y, obviamente, de Charlie Munger que es el autor) haberla incluido en el libro. Y dice algo así como que, no he conocido nunca a una persona sabia (sobre una gran cantidad de materias) que no se pasara el día leyendo: ni una, cero.

Y así, démosles a las neuronas material con el que distraerse, letras con las que poder enredarse de los pies a la cabeza, ideas, ideas nuevas o viejas (ésas que corroboran lo que ya sabemos y que, por eso, tanto nos ponen y congratulan,…o, incluso, ninguna idea… ¡¿Cómo que ninguna?!, saltaría al momento el interpelado, y yo reafirmándome, sí, sí, has oído bien: ninguna idea. Y entonces, quizás, el aludido me respondiera, sí, me estás leyendo el pensamiento, Toni: eso me pasa a mí, como nada se me queda y todo se me olvida, decidí en su momento pasar de leer. Y en éstas sigo. Y yo repetiría el consejo, porque incluso en esa circunstancia, lee y le citaría, a continuación, aquel ejemplo del sabio que colocaba un cedazo debajo de un chorro de agua cristalina, y después de unos segundos cerraba el grifo y preguntaba a su alumno, qué ha quedado del agua en el cedazo. A lo que el alumno, mirando perplejo el brillante cedazo, respondía, nada, maestro, no ha quedado nada. Efectivamente, respondía el sabio, no ha quedado nada, pero ¿no luce el cedazo más limpio, más brillante? Y al alumno no le quedaba más remedio que asentir. Pues esto pasa con los libros y con la mente, concluía el sabio su master class: aunque creas que nada se ha quedado en ella, con la lectura siempre estará más limpia, y será más brillante.
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viernes, 14 de julio de 2023

HAGAMOS PIÑA, POR FAVOR

Creo que, aunque nos suene a chirigota, la clave de la solución a casi todos nuestros problemas tiene nombre de fruta: “piña”. Porque, en el fondo, se trata de eso: de hacer piña. De remar todos juntos. De ser parte de una misma trainera. De un mismo equipo de hombres y mujeres. Esto es: o arrimamos todos el hombro, cada uno con las fuerzas que Dios le haya dado, o de aquí no sale nadie (vivo).

Por eso, resulta tan necesaria esta  piña de la que ahora hablo, y que no brota de la tierra sino que entre todos nosotros debemos cultivar y que, a modo de devolución de favores, ella no sólo nos dará a cambio de comer, sino que además nos suministrará techo, coraje y consuelo cuando los necesitemos, durante estas puñeteras épocas de vacas flacas por las que, demasiado a menudo (¡ay!), a todos nos toca pasar.

Y cuando pienso un poco en todo esto, no dudo ni por un instante en que esta piña, esta gratificante sensación de formar parte de un colectivo que me acoge, que consigue que me sienta indestructible, vaya, que puedo con todo aquello que este mundo vaya a echarme encima, no la he sentido nunca igual a cuando la experimentaba durante aquellos años en los que el Colegio, en el que estudiaba (poco) acudía en pleno a la Basílica de Begoña a dar gracias a la Amatxu, y los 2500 alumnos que éramos (alumno arriba, alumno abajo) nos distribuíamos en los bancos  de menor a mayor edad, de menor a mayor curso.

Curiosamente yo, en mis recuerdos, siempre me imagino sentado en los bancos delanteros. O sea, siempre me imagino “pequeño” pero gracias a ello escuchaba, cuando tocaba, las voces de los otros, de los más mayores que se colocaban detrás, llegando hasta mis oídos mágicas, amplificadas por el eco del lugar, rotundas, poderosas, llenando y vistiendo hasta el último rincón de la majestuosa Basílica, mientras mis ojos, atrapados por la emoción, no se apartaban del frente, del altar embellecido como nunca, donde varios sacerdotes (en esos días especiales siempre había más de uno) oficiaban la Misa y el pelo, lo que no me suele ocurrir por cualquier menudencia, se me ponía de punta. Y con un nudo en la garganta podía creerme, entonces, el rey del mundo; y yo, uno de los más pequeñarras del Colegio, ocupando súper formal su sitio en uno de aquellos bancos delanteros, como si en mi vida hubiera roto un plato (¡si aún no había tenido tiempo!) podía, incluso, hacer frente al mismísimo Mike Tyson y ponerle a correr por patas ante mi gesto firme y convencido.

Y es que la “piña” tiene estas cosas. Aunque irónicamente, en los presentes días que corren que se las pelan, no dejamos de negarnos a formar parte de una de ellas. Como si nos avergonzara. Como si fuese de cobardes. Y nos gusta, entonces, salirnos y desembarazarnos de la “piña”, e ir siempre a nuestro aire, a nuestra bola, siempre por nuestra cuenta (y riesgo) a todas partes; y si te he visto no me acuerdo, y a los demás que les den sopa caliente.

Pero así nos van las cosas de bonitas, escribía antes, creyéndonos los amos del cotarro, sin acogernos a nadie, más solos que la una menos veinte. Aunque, en realidad ridículos “amos del cotarro”, egoístas, insolidarios, pensándonos  siempre los más guapos y listos, y valga la redundancia, de la clase y sin que nadie nos haya preguntado nada, sin que a nadie le importe un rábano nuestra belleza y nuestra sabiduría, porque por algo esas virtudes (sic) son sólo nuestras, y sólo a nosotros nos incumben.

Y así seguimos. Y así nos va. Solitos. Y cuando surge algún problema, pero de esos gordos, de esos de verdad, ¡ay!, ¡qué bajón!, ¿no hay nadie con quien pueda hablar?, ¿no hay nadie que pueda echarme un capote?, ¿a mí, al más guapo y listo de la clase? Claro, seguimos sin enterarnos de casi nada. Porque sólo siendo parte (y arte) de la piña, sólo acogidos al resto de semejantes podremos sentir ese alivio tan necesario para esos momentos jodidos, sólo siendo piña podremos respirar juntos y… tranquilos.

Por eso yo, cuando las cosas me vienen mal dadas, reseteo y vuelvo a Begoña a sentarme en uno de sus bancos delanteros. Y vuelvo a fijar los ojos en la Amatxu y es, entonces, cuando hasta mis pequeños oídos llega desde atrás aquel vozarrón de los más mayores, cantando aquello de,

Virgen de Begoña,

Madre de mi Dios,

desciende tu manto

y cobíjanos.

¡Oh, Virgen de Begoña,

oh Reina de Bizkaia,

alzad, alzad los brazos

que suben hasta Tus plantas!

Míranos con amor…(1)

… y yo, entonces, carne de gallina. Pero nunca solo. Siempre acompañado. Siempre formando parte de una piña. Sí, de la más dulce, de la invulnerable. 

(1) Aún busco esta canción. Agradecería a cualquiera que pudiera echarme un capote para encontrarla, y no pensar que la he soñado.
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lunes, 10 de julio de 2023

FAREWELL BBK LIVE 2023

Ayer me di una vueltilla por el BBK Live, para que no se diga, y elegí el concierto de Ángel Stanich del que me habían hablado muy bien. Y fui a pesar de la hora a la que estaba programado el concert, ¡a las 15,30!, y a pesar de la chicharra que cascaba a esa hora intempestiva.

Pero a pesar de todos estos pesares el Escenario Vueling, que así se llamaba el lugar donde Ángel iba a tocar (la pasta ordena y manda en nuestros días, ¡sniff!: empleados ataviados con uniformes Vueling repartíeron abanicos con el logo de la compañía aérea para sacudirnos de encima el bochornazo), ubicado entre las robustas y acristaladas Torres Isozaki, que el arquitecto japo del mismo nombre había disreñado y construido, estaba lleno hasta los topes (cierto, el concert era gratis: bereziak) y con la peña con muchas ganas de pasar un buen rato. Y Stanich, en ese sentido, no se iba a hacer de rogar. Tocó una horita, que a muchos nos supo a poco, pero ya se sabe, donde manda Vueling no manfda marinero. Esto es lo que hay en estos tiempos que sólo saben cotizar en Bolsa.

Pero si nos olvidamos del abuelete cascarrabias, la cosa estuvo más que bien. Para empezar y antes de que Ángel se subiera al las tablas sonó el majestuoso Main Theme de Twin Peaks, lo que habla, y muy bien, de los gustos de Ángel. Aquí os lo dejo para que vayáis entrando en calor,

Y cuando terminó Badalamenti, el concert empezó. 9 temas. La peñota tararreando las letras y Ángel brincando mientras rasgaba su guitarra acústica. Delgadito, delgadito, una especie de flautista de Hamelín (a lo Ian Anderson) con mucha barba y mucho descaro. Me lo imagino a gusto en mitad de una bronca. Entre los 9 temas, y para que os hagáis una idea, este Escupe fuego,


Y a las 16,45 Ángel terminó. Bajo las notas del Centro de gravedad, de Battiato el grupo se despidió bailando (sí, impecables sus gustos musicales) y la peña siguiéndoles el rollo a él y a la bonita canción de Franco, brincando a lo loco. Era de lo que se trataba, ¿no? De perder, irónicamente, el centro de gravedad durante 60 minutos y olvidarnos, durante esa horita, de que en Ucrania la gente muere como moscas, de que, seguramente, algunas pateras estén rellenando los últimos y pírricos huecos que quedan libres entre sus endebles maderos antes de ser lanzadas a ese Mare Nostrum, que a ver si nos enteramos, traducimos del latín y nos convencemos de que es un mar "de todos nosotros" y de que, por lo tanto, a todos nos atañe lo que en él suceda. Seguro que Ángel suscribiría el deseo.



Pero ya finito: y la baskota preparándose para subir a Kobertas, y yo preparándome para subir a casa a comer y ver el Alcaraz-Jarry. Tenía hambre. ¡Coño, eran casi ya las cinco y media! Y pensé que posiblemente en estos tres días de Festival habría habido otros conciertos tan buenos como éste de Ángel Stanich, pero mejores, lo dudo. 
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domingo, 11 de junio de 2023

LA 6ª DE BEETHOVEN Y BREVE CARTA A MI PRIMO PERU

Peru,

voy a comentarte una cosa que me anda rondando por la cabeza estas últimas semanas. Es un recuerdo, o una invención mía, pero lo mismo me da porque a mis efectos, y a falta de que alguien me lo corrobore o me lo niegue, me vale lo mismo porque es cierto.


El caso es que yo andaría entonces por mis 12 o 13 años, y escuchando Grease, o a Travolta, Supertramp. Rod Stewart, etc., cuando le pregunté a tu padre a quien tenía, y sigo teniendo, por un gran sabio en muchas materias, y entre ellas, cómo no, en música clásica.

Y el caso es que le pregunté, o creo haberle preguntado (pero ya te digo que a mis efectos, me da igual), tío, si quisiera empezar a escuchar música clásica, ¿qué disco me recomendarías tú? Y al momento tu padre me contestó, la Pastoral, Toni, y sin ninguna duda, la 6ª sinfonía de Beethoven.

Y algo así debió ocurrir, porque me compré el disco y, durante muchos años, lo he tenido en casa, en vinilo, la 6ª de Beethoven. Pero cierto es también que no debí escucharlo muchas veces; quizás escuchara una cara, o quizás cara y media y, seguramente, nunca entero (en aquel momento, a los 12 o 13 años, casi 50 minutos de música sin palabras, ¡socorro!), porque el disco siempre ha lucido en mi estantería impecable, como recién sacado de la tienda.

Y ahora el tiempo ha pasado, corriendo que se las pela. Yo ya tengo 57, o sea que han pasado mucho más de 40 años, y ayer escuché la 6ª de Beethoven, en la versión cuyo enlace te dejo abajo (por si te apetece, sólo por si te apetece), y la carne se me puso de gallina 10 veces 10, y es que la 6ª es posiblemente mi sinfonía favorita (esta anéctota/recuerdo que te he contado contribuye, sin duda, a ello); esto es, para mí podrá haber otras sinfonías tan buenas como ésta, pero mejores, ni una.

Y termino con la reflexión que toda esta batallita me sirve en bandeja. Cuando se tienen 12 o 13 años no para uno de recibir consejos (formulados con la mejor intención) por parte de los mayores pero, entonces, no caemos en la cuenta y se nos olvida una cosa, las orejas de aquel chiquillo que escucha el consejo también tienen 13 años, ¡entre las dos!, y no los 45 ó más de quien da el consejo.

Pero yo, ahora, con mis 57 años a la espalda alucino con la 6ª, entre cuyas notas siempre se filtrarán el recuerdo de tu padre y de mis "invencibles" 12 o 13 años, cuando creía que me las sabía todas y, realmente, no me enteraba de casi nada.

Pero ésta debe ser una de las lecciones que nos imparte la vida, siempre con una (jodida) condición: no tener ya ni 12 ni 13 años. Y, así, podemos afirmar que estas lecciones de la vida siempre llegan con retraso, siempre tarde, siempre a toro pasado. Lo que no deja de ser, a su vez, una cruel y dolorosa lección; como comprar un billete de tren cuando el tren ya ha partido, y en la estación sólo quedan los operarios de turno sando brillo al andén.

Abrazo, tu primo,
Toni


 
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viernes, 7 de abril de 2023

VIOLENCIA DE GÉNERO. UN MAL TRAGO

A veces no nos percatamos que cuando damos cuenta de las cosas, cuando tratamos de explicarlas, de dejarlas bien claritas, nos dejamos siempre muchas otras cosas en el tintero. Es humano. Decir presupone también no decir. Y por ello deberíamos asumir que la Verdad una y absoluta nunca formará parte de los enseres con los que se construye nuestro patrimonio. Podríamos aventurarnos a escribir que nos estará vedada, simple y llanamente, por el hecho de que somos insuficientemente racionales.

Y si escribimos ahora sobre la Violencia de Género, tan de moda, desgraciadamente, en nuestro día a día, sobre esa mancha tan recurrente y voceada que bien pudiera hacerse acreedora del premio al Tema de la Década, vuelvo a tener esa misma sensación de que no lo consideramos todo, de que no abarcamos con nuestras palabras y discursos todas sus ramificaciones, todas sus causas y (d)efectos. Y es  por ello que con esta entrada apenas si voy a tratar de contribuir, levemente, al entendimiento de esta lacra social, a sabiendas de que con ella apenas si podré aportar un escaso grano de arena, otro más, a un debate que, por nuestra naturaleza sapiens, siempre resultará incompleto.

Y vuelvo entonces mis ojos hacia las crueles e irrebatibles estadísticas y me encuentro en ellas cierto lugar común, un punto en el que parece que todos nos atrevemos a estar de acuerdo, con una línea de salida que no sería otra sino aquélla que proclama que la Violencia de Género ve incrementada sus lamentables cifras y recuentos (de víctimas) durante esos periodos del año a los que, tradicionalmente, consideramos de asueto; o sea, esos periodos en los que perdemos de vista al trabajo (aunque sólo sea, normalmente, durante 30 días) y, en su lugar, nuestros ojos, y con ellos nuestra mirada, se pierden entre los mares y las playas, entre los cielos y las montañas, diluidos en cualquiera de esos lugares que llaman a la pura expansión del espíritu, al más sano recreo, al relax más lúdico y divertido.

Sí, y aquí entonces, nos encontramos con una “bonita” paradoja para empezar el debate. Porque resulta, o corregirme si me equivoco, o si aquellas estadísticas, a las que aludíamos en el párrafo precedente, confunden sus resultados, que durante estos “expansivos” días en los que los que nos desembarazamos del duro trabajo y, en su lugar, revoloteamos cual inocentes e inadvertidos pajarillos sobre esos periodos más tranquilos y menos exigentes del calendario, nos vemos con que en esos preciosos y precisos momentos la calamidad genérica despunta, tiende sus gráficos y números hacia las nubes para, en un posterior y relampagueante giro, caer sobre nosotros y hundir sus afiladas pezuñas sobre nuestras pieles, que tan felices se las prometían.

Y se me podrían venir, entonces, a la cabeza esas películas de sir Alfred Hitchcock (Pero, ¿quién mató a Harry?, Psicosis, Los pájaros, etc.) en las que las inquietantes y turbadoras tramas tienen lugar, precisamente, durante esos periodos vacíos, esos momentos en los que, habitualmente, no-pasa-nada-de-nada, en los que la calma chicha parece haberse apoderado de todo el cotarro, tomando las riendas de este barco en el que todos navegamos hacia un destino aún por conocer. Sí, de la nada surge lo más peligroso e inquietante. Y me reafirmaría, llegados hasta aquí, en una máxima que, a menudo, comento en las charletas que surgen y se montan al respecto. Sí, en aquella que califica al trabajo como un súper poderoso (posiblemente el mayor de todos) enmascarador de las más retorcidas patologías que pudieran afectar al ser humano ya que no es casual que, en estas sociedades capitalistas donde vivimos, el hombre que trabaja, el hombre que hinca los codos se nos aparece como un hombre normal, un hombre sano (y en el más amplio sentido del término, corporal y espiritual), un hombre eficiente al que, por esta misma eficiencia, se le descarta ipso facto de formar parte activa de ese otro grueso de personas indeseables, peligrosas y no aptas para convivir con el resto de los mortales de una manera, más o menos, decorosa y saludable.

Esto lo tengo claro. Pero con la misma claridad, la Violencia de Género se nos presentaría entonces como un problema irresoluble. Sí, la “bonita” paradoja. El hombre que trabaja y que da el callo, también agrede y atiza una bofetada. Luego ese hombre tan normal, también puede esconder y ser un maltratador o un asesino. Un problema que siempre traerá de cabeza a la Policía en sus pesquisas (la peligrosa normalidad) y cuya solución, si tratáramos con ella de responder al irresoluble problema, excedería los límites de nuestros razonamientos y, con ello, los límites de esta humilde entrada que si a algo aspira no es, precisamente, a engrosar los informes de una bulliciosa comisaria sino, apenas, a no desmerecer del nombre de este mismo blog; o sea, a constituirse en otra vuelta más a la tuerca, a esa tuerca que, en este caso, llamamos Violencia de Género. Así que no revolvamos la máxima y dejemos el enunciado tal cual está y escribámoslo directamente: durante los periodos vacacionales las agresiones y cifras de víctimas debidas a la Violencia de Género se disparan, y perdón por la expresión. Sir Alfred sabía lo que rodaba, qué dudas deben cabernos.

Pero enredemos un poco más. Y a pesar del tiempo libre no nos tiremos a la bartola. Porque durante las vacaciones nos habríamos desembarazado del trabajo. Obvio, sí. De ese elemento que, líneas arriba, habríamos calificado como el más poderoso enmascarador de patologías que nuestras sociedades capitalistas hayan inventado en su ya larga existencia. Así, que digámoslo y que no nos duelan prendas por decirlo: obvio también, sí, vale, pero y qué más. Porque habríamos consentido en que siempre hay un algo  más. Que siempre hay algo que nos dejamos en el tintero. Así que otra vuelta más, por favor.

Y a ver qué tal ésta: durante los periodos vacacionales la convivencia entre personas que normalmente, ¡por el trabajo, sí!, se mantienen separadas, cuando este trabajo se interrumpe durante una temporada, ellos vuelven a juntarse, vuelven a convivir de una manera más continuada. Y no estaríamos acostumbrados, o habríamos perdido (olvidado) la costumbre. Y ante semejante novedad surgirían las indeseables sorpresas, los roces, las disputas, los desencuentros o los encuentros con esas personas a las que habríamos colocado en un aparte durante nuestra vida diaria, y que vuelven ahora, con el sol y la playita, con la montaña y las excursiones, a reaparecer, vuelven a hacer acto de presencia y hacen que el equilibrio en los que la costumbre nos había colocado se desequilibre y nos podamos sentir, entonces, diferentes, sí, pero tirando a peor. Y si las novedades no llegan a sacarnos de quicio, sí que, por lo menos, nos sacan de nuestra rutina que, bien o mal, ésa sí habríamos aprendido a manejar.

Y en estas nuevas circunstancias la Violencia de Género tendría un buen abono para brotar y hacer acto de presencia. Correcto. Las estadísticas, en este sentido, no engañan y no suelen, desgraciadamente, fallar. (Claro, las estadísticas hablan sobre lo que ya habría ocurrido; así es muy fácil). Pero con esto nos olvidaríamos (en el tintero, sí) de un aspecto al que yo, por lo menos, nunca habría oído aludir cuando se discuten las razones y sinrazones por las que se incrementan las cifras relativas a la Violencia de Género. Y yo lo escribiría como un consecuente de esta línea de reflexiones que podríamos dibujar a partir del tiempo libre, de esas inusuales convivencias más acentuadas y del…el ¡consumo de bebidas espirituosas!, sí, de esos (malos) tragos provenientes de un, más o menos, laborioso proceso de destilación, y que no deberían engañar a nadie con su interpelación a un espíritu santo pero, realmente, nada santo.

Pero este dato que a mí se me antoja, por lo menos, digno de echarle un buen vistazo, a nadie parece importarle. Y así, esta tuerca se niega a dejar de girar. O el alcohol como una (otra) causa de la Violencia de Género. ¿O no empinamos el codo, más a menudo de lo que las buenas costumbres nos aconsejan, en esos tiempos libres, en esas épocas sobre la que habríamos corrido el más contundente y tupido velo al (maldito) trabajo, a los (malditos) jefes, a las (malditas) obligaciones? Sí, el vinito, las cervezas, el refrescante gin-tonic, el cuba-libre (sí, sí, eso: el tiempo libre), y yo no lo dudaría, y por eso mismo redacto esta entrada, contribuyen a que levantemos la mano (y no, precisamente, porque yo-sí-lo-sé) con una facilidad que creíamos impropia de nosotros mismos, tan aplicados en la oficina, tan avezados en las reuniones, tan creativos en los meetings on-line. ¡Si hasta el director suele echarme el brazo al hombro, Juan-te-quiero! Lo juro, sí, hasta el jefe me quiere. Y no miento.

Claro, y yo le creo. Creería a ese anónimo y súper disciplinado currante, pero también creería que, durante una feliz barbacoa, ha atizado un sonoro puñetazo a su mujer a la que ahora, con este calor y estas birritas encima, no hace más que oír y ver a todas horas rondando a su alrededor como una mosca verde, incordiando con sus caprichos (que ahora parecen innumerables), con sus ganas (que ahora parecen eternas) de buscarme la boca, ¡qué está aquí, coño, la boca digo! Sí, y el pacífico anónimo se da cuenta de repente, según levanta el dedo para pedir acaso una sangría bien fresquita, que esta mujer le tiene harto.

Pero al alcohol nadie lo menciona (y me refiero ahora a los mass media en su más amplia generalidad) cuando se habla del tiempo libre, de las vacaciones y de la Violencia de Género. Como si nadie pudiera meterse con él o cerrar el tapón que lo contiene so pena de sufrir algún ignoto pero tremendo castigo (se dice censura). Y yo, sin embargo y no solo por llevar la contraria que, por otro lado, me encanta, lo colocaría sobre el tapete. Lo expondría a la intemperie, a debate. Lo sacaría a colación para, a continuación, intentar sacarlo de muestras vidas. O, por lo menos, que nos pusiera los sentidos en modo alerta. Sí, advertidos. Por lo que pudiera pasar. Por no poder embozarnos nunca más en la ignorancia, en ese trillado yo-no-lo-sabía ¿O, acaso, no nos retumban los oídos con aquel viejo consejo del Si bebes, no conduzcas? Y bien parece que lo hemos aprendido. Pero ahora habría que añadirle alguna proclama semejante a un si estás de vacaciones, modera el consumo de alcohol. O, disfruta de las fiestas del pueblo, pero ¡a secas! O con las bermudas haz lo que sea, pero sobrio. Y luego en casa, como en la calle, un más de lo mismo o, por lo menos, las bebidas espirituosas en el armario y  bajo llave y candado, fuera del alcance de los niños, como los orfidales o los antidepresivos o, ¿no forma parte el alcohol de estos productos que nos calman y transforman el ánimo desde un uso moderado y que, sin embargo, desde sus excesos nos introducen en vena el más eufórico aquí-estoy-yo-porque-yo-lo-valgo-y-qué-pasa-contigo? Y la gresca a la vuelta, no ya de la tuerca, sino de la esquina. Y la sangre a mil, hirviendo el puchero… ¿Quién dijo aquello de hogar-dulce-hogar?

Pero, ay amigos, sí, lo dicho. Con el alcohol no se juega. Sí, el alcohol es sagrado. Y a cuenta de esta santidad se habría envestido con los ropajes de un lobby intocable, patrocinador y hacedor de incontables eventos, patrocinador y hacedor de nuestras propias existencias. Y en esta situación a ver quién es el valiente que le pone el cascabel al gato (porque del Gobierno que se forra con él, y más allá de aquel bebe-y-no-condizcas, que ya hasta nos suena incluso cariñoso, ni hablar del peluquín, por supuesto), a ver, escribo, quién osa predicar, ya que hablamos de santos-sic-, algo en su contra. ¡Si hasta Jesús, el Hijo de Dios, le dio a la pitarra durante la Última Cena que celebró con sus 12 mejores amiguetes, perdón, discípulos! Sí, mucho me temo que con el alcohol vamos a tener que bregar durante un rato larguísimo, vamos a tener que convivir con él hasta que... ¿nosotros también dejemos de ser Hijos de Dios? Bien, no nos pasemos de la raya. Pero entonces, ¿qué hacemos?

Y propondría al respecto dos cosas. A cargar en nuestra propia mochila. Nadie nos va a echar en esto una mano. La primera cosa ya estaría hecha: aquella con la que hemos trazado, desde las periodos vacacionales, un incontestable vínculo entre la Violencia de Género y el (consumo de) Alcohol. Y la segunda cosa, obvia también: actuar, desde lo aprendido y asumido, consecuentemente. Por ejemplo, no bebiendo. O si esta postura se nos presentara demasiado “peligrosa” ante las posibles reacciones que el todopoderoso lobby del “codo empinado” pudiera adoptar contra nosotros o contra nuestras familias, beber con moderación pero a sabiendas de lo que esos moderados traguitos pueden llegar a hacer con nuestros pellejos, en lo que esos inocuos sorbitos pueden convertirnos cual si se trataran de la pócima que el educado doctor Jekyll engullía antes de convertirse en ese brutal Mr. Hyde de la magnífica novela del gran Robert Louis Stevenson.

Y sin descuidar las espaldas ya que la gente ésta de los lobbies no se anda con menudeos. Y menos las del alcohol que no son, precisamente, angelitos de la Guarda. Claro que, entonces, alguno podría pensar, con esto que escribes, Toni, no haces más que señalar al siempre socorrido punto medio. Al ni tanto ni tan calvo. A ese moderado lugar donde nunca acertamos a estar porque no se sabe, ni nadie nos lo dirá nunca, dónde demonios está. Y yo, mal que pudiera pesarme, debería asentir al reproche, agachar la cabeza y contestar al toca-pelotas, vale, lo sé, pero, por lo menos, inténtalo. Y con eso habría que conformarse. Pero no creer que la estrategia es una minucia. O si no, escuchad: con el intento de no beber mucho, beberemos menos. Y, seguramente, el brazo no se nos iría para arriba tantas veces y las mujeres y los niños, en consecuencia, no esconderían sus rostros detrás de sus brazos, tantas veces. Todo un principio, según mi modesta caligrafía y opinión, para crecernos en el futuro; un principio al que si además, pudieran acompañar los productores de estas bebidas espirituosas con sus campañas de marketing, pues eso, miel sobre hojuelas.

Aunque no contemos con ello. Por lo menos, a las primeras de cambio. Porque nadie conocido ni por conocer se ha echado todavía piedras sobre el tejado que le resguarda de la lluvia. Al capital las cuentas de resultados y beneficios le ordena, manda y le pone ¡firmes!. Y si nosotros insistimos en continuar haciendo nuestra vida en este territorio capitalista, no tendremos más remedio que apechugar con las consecuencias. Y entre éstas, con aquellos problemas a los que, en el inicio de estas líneas, presentábamos como irresolubles. Pero aquí voy yo y esta entrada, y que sirva la paradoja y veamos la botella medio llena: intentar no beber mucho ya es todo un paso hacia ese beber menos que, sin duda, nos va a mejorar, que nos va hacer dar la espalda a la Violencia de Género, que nos va a hacer potencial, luego activamente menos peligrosos. Y, de momento, con ese paso démonos con un canto en las narices. Que no es moco de pavo. Sí, al paso me refiero.

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