viernes, 23 de agosto de 2019

PASOLINI LOVED MARILYN TOO

 

Como a los buenos, y a menudo tan engreídos, cocineros a mí también me gusta mezclar. Y si son ingredientes que se encuentran en las antípodas de los sabores, mucho mejor. Pero es que además, en mi caso, no recurriría tanto a ingredientes ni a sabores sino que ahora, y siguiendo aquello que apunté en la crítica (ver la entrada grandes películas, pequeñas críticas) a la última y excelente película de Quentin Tarantino sobre la muerte de la inocencia, lo haría a Marilyn, por ejemplo, un poema del imprescindible, terrenal, amigo de los arrabales y de las periferias, de los pobres y más oprimidos, Pier Paolo Pasolini y la instalada en el otro lado de la Emilia-Romaña pasoliniana, la susodicha, glamorosa, hollywoodiense y star por antonomasia, Marilyn Monroe susurrando, más que cantando en 1959, cuando la ingenuidad aún lo arropaba casi todo,  aquello de I wanna be loved que oíamos en la película de Billy Wilder Con faldas y a lo loco.
 
 
Vaya, un deseo como todo el mundo ha tenido alguna vez. Aunque no todos, posiblemente ni el lumpen Pier Paolo ni la dorada Marilyn entre ellos, puedan presumir de haberlo conseguido. Y es que las adversidades habrían hecho, sin duda, de estas dos almas tan diferentes, íntimos compañeros de infortunios y desgracias, con Marilyn como anticipo de esa muerte de la inocencia, a la que aludía antes, con su trágico fallecimiento en 1962, y el gran Paolo, con su brutal asesinato en 1975 como un epílogo tardío de la misma, cuando casi todos sabíamos ya que las cosas no iban tan bien ni iban a dar marcha atrás.

marilyn

Del mundo antiguo y del mundo futuro

permaneció solo la belleza, y tú,

pobre hermanita menor,

aquella que corre detrás de los hermanos más mayores,

y ríe y llora con ellos, por imitarlos,

y se pone sus bufanditas,

toca sin ser vista sus libros, sus navajitas,

tú, hermanita más pequeña,

que poseías tu belleza humildemente,

y tu alma hija de gente pequeña,

nunca has sabido tenerla,

porque de otro modo no hubiera sido belleza.

Disparas, como un polvillo de oro.

El mundo te lo ha enseñado.

Así tu belleza se vuelve suya.

Del estúpido mundo antiguo

y del feroz mundo futuro

permanecía una belleza que no se avergonzaba

de aludir a los pequeños senos de hermanita,

al pequeño vientre tan fácilmente desnudo.

Y por ello era belleza, la misma

que tienen los dulces mendigos de color,

los gitanos, las hijas de los comerciantes

vencedoras de los concursos en Miami o Roma

Dispara, como una paloma de oro.

El mundo te lo ha enseñado,

y así tu belleza no fue más belleza.

Pero tú continuabas siendo niña,

boba como la antigüedad, cruel como el futuro,

y entre tú y tu belleza poseída por el poder

se inmiscuye toda la estupidez y la crueldad del presente,

te la llevabas siempre detrás como una sonrisa detrás de las lágrimas

impúdica por pasividad, indecente por obediencia.

Dispara como una blanca sombra de oro.

Tu belleza sobrevivida del mundo antiguo,

reclamada por el mundo futuro, poseída

por el mundo presente, se convierte así en un mal.

Ahora los hermanos mayores finalmente se dan la vuelta,

detienen por un momento sus malditos juegos,

salen de sus inexorables distracciones,

y se preguntan: ¿Es posible que Marilyn,

la pequeña Marilyn nos haya indicado la calle?

Ahora eres tú, la primera, tú, la hermana más pequeña, aquella

que no cuenta nada, pobrecita, con su sonrisa,

eres tú la primera a través de las puertas del mundo,

abandonado a su destino de muerte.

 
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sábado, 27 de julio de 2019

LOS COEN BROTHERS, CLINT EASTWOOD Y ALLAN DWAN

Corren malos tiempos para la lírica, de acuerdo. Y para los maestros: Allan Dwan, por ejemplo, ¿quién se acuerda de él? Era un director de cine canadiense, nacido en Toronto en 1885 y muerto en Los Ángeles en 1981: o sea, que nació mudo; esto es, que sus primeros trabajos (1916-1925) los realizó durante la época silente del cinematógrafo; y murió hablando; esto es, que sus últimas películas (1929-1957) fueron ya rodadas bajo los estigmas del cine sonoro.

Por todo ello, para una parte de la crítica cinematográfica más sesuda y original (sic), Allan Dwan formará siempre parte de ese exclusivo grupo de primitivos (quizás como King Vidor): realizadores a caballo entre dos maneras de entender el cine y que, ya durante su periplo sonoro, nunca abandonarán (¿podrían haberlo hecho realmente?) sus formas y maneras silentes: ese ir al grano, a lo esencial de cada giro argumental, de cada secuencia que caracteriza las mejores películas mudas y que a mí, por lo menos, siempre me ha recordado la increíble lucidez y rapidez con la que los compositores de Ópera saben plantear las tramas de sus mejores obras.
 
Pero hoy, o en esta apresurada entrada (¿cuál no lo es?), quisiera llamar la atención, aparte de sobre la longevidad del director, ¡casi 100 años!, aparte de su retirada oficial del cine con “apenas” 72 años y víctima, sin duda, sobre esas nuevas maneras de entender el cine, que empezaron a extenderse por un Hollywood golpeado en su más firme línea de flotación por el moderno fenómeno televisivo, y que retirarían sin contemplaciones a estos gloriosos primitivos al desván de los trastos viejos. Porque sin salirnos de los ya mencionados, ahí tendríamos a Allan Dwan poniendo fin a su carrera en 1957 con Al borde del río, o al propio King Vidor en 1959 con Salomón y la reina de Saba.
 

 Pero además, y en el caso del director canadiense tendríamos en dos de sus últimas películas, concretamente, en sus excelentes, y proyectadas por televisión haciendo honor a su “primitivismo”: una, Filón de plata (1954), a las 11 de la mañana, entre semana, en la 2 de TVE; la otra, Ligeramente escarlata (1956), de madrugada, a las 3 o 4, en Antena3- ¡no vaya a ser que las vea alguien! Pero las dos con inequívocos rasgos y antecedentes, sobre todo en lo que respecta a sus tramas y a la caracterización de sus personajes principales, interpretados, curiosamente (¿o no?) por el mismo actor, el pétreo John Payne, con dos de mis películas modernas favoritas como son Sin perdón (1992), de Clint Eastwood y Muerte entre las flores (1990), de los Coen Bros. Y ahí os irían los siguientes enlaces para abrir boca:
 

Porque afirmar y mantener que los William Munny de Sin perdón o el Tom de Muerte entre las flores están ya prefigurados y anunciados en los personajes que interpreta el mismo John Payne en las dos películas mencionadas de Dwan es algo que siempre me ha llamado la atención, y sus coincidencias no deberían caer en saco roto. Para eso estamos aquí…

 
 
Porque aparte de representar la enésima prueba de que los americanos, residentes en Hollywood, son los mejores espectadores de cine del mundo, algo que nunca me cansaré de repetir- para hacer buen cine hay que ver, entre otras cosas, mucho cine-, es también el más meridiano ejemplo de cómo lo primitivo puede (¡y debe!) estrechase la mano con lo moderno y producir entre ambos dos obras maestras como Sin perdón o Muerte entre las flores.
 

¿Por qué no es el John Payne de Filón de plata un alter ego del Clint Eastwood de Sin perdón?, ¿no se presentan sus personajes, al principio de ambas películas, dedicados a lo que podríamos llamar tareas del hogar, uno de ellos a punto de casarse y el otro cuidando de su miserable granja de cerdos, escondiendo detrás de estas apacibles y actuales circunstancias, un pasado que para nada fue apacible y en donde, los dos, se manejaban como dos de los más habilidosos y terribles pistoleros del Far West?, ¿y no van a ser, precisamente, esos modi de la pacífica (sic) sociedad que les rodea los que consigan sacar a la luz aquello a lo que ambos hombres habían decidido renunciar y que, sin embargo y mal que les pese, vuelve a aflorar, y a apoderarse de ellos?

Quizás demasiadas preguntas, o demasiado largas pero, sin duda, que las respuestas a todas ellas es un rotundo SÍ. John Payne, al final de Filón de plata, pierde la paciencia y ajusta las cuentas con esa sociedad tan sonriente y cínica como la que forman sus vecinos de Silver Lode, y abandona su entrañable (sic) pueblecito, eso sí, sin la oscuridad demoníaca que sigue a Clint Eastwood en Sin perdón pero, y esto sí que sí, para no regresar a él nunca más. Porque, sin duda, una vez destapado el tarro de “lo siniestro”, “lo sublime” no puede ya ser lo mismo para nadie. Y que Eugenio Trías me perdone la alusión al título de su magnífico ensayo.

Y en cuanto a Ligeramente escarlata y Muerte entre las flores, ¿qué decir? Pues más de lo mismo. Primitivamente modernos. O, ¿no sería su John Payne un indiscutible antecedente del Gabriel Byrne- Tom de la segunda?, ¿no simula John Payne, al igual que Gabriel Byrne pasarse a la banda enemiga con el único objetivo de desmantelarla y salvar así la vida de su jefe y amigo- Leo, aun a costa de perder en el envite a su auténtico amor, llámese ésta Rhonda Fleming en Ligeramente escarlata, o Marcia Gay Harden en Muerte entre las flores?
 
Primitivos, sí; chochos y caducos, ni por el forro.
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viernes, 5 de julio de 2019

LA INVESTIDURA SIN PROBLEMAS: EL PUEBLO ES SOBERANO

 Quizás esté ya medio loco, o loco entero, ¿quién sabe? (como dice la increíble canción de Jimmy Hendrix- ésta sí que tiene también peligro, y ahí abajo os dejo el enlace en vivo), pero yo creo que ya va siendo hora de que alguien diga lo que voy a decir yo en las líneas siguientes. Porque a mí el tema de las últimas Elecciones Generales celebradas en España en abril de este año, y los consiguientes, y al parecer, irresolubles problemas para que sus resultados den lugar c una investidura del Presidente como Dios manda, y a un nuevo Gobierno, como también Dios manda, no me parecen en absoluto complicados.
 

Sí, ¡los cojones!, podría soltarme cualquiera con un poco de mala leche. Pero yo le pediría, ante todo, calma, que se tomara unos minutos y leyera lo que voy a poner aquí debajo, y que después me suelte lo que le parezca, que yo ya habría cumplido con mi cívico deber de informar al respetable que quiera oírme y me habría quedado ya tan ancho como unas pascuas.

Porque vamos a ver, en una democracia como la nuestra, y según dice no sé qué artículo de nuestra Constitución, ¿dónde reside la soberanía? En el pueblo, ¿no?.Por eso hablamos de soberanía popular. Y el pueblo, ¿qué dice? El pueblo, sí, dice muchas cosas. Algunas con sentido y otras sin él, PERO cada cuatro años (más o menos) el pueblo no sólo dice sino que habla, y habla en las urnas, durante la celebración  de las consiguientes Elecciones. En éstas el pueblo habla y es soberano. En las urnas, y en el escrutinio de los votos que emite y deposita en ellas, reside la auténtica y democráticamente sagrada voluntad popular y, tirada por ella, la soberanía popular; esto es, el pueblo es democrática y electoralmente soberano.

Entonces me pregunto yo, poniendo cara de bobo, ¿dónde está el problema? El pueblo ha dictado sentencia. Y los resultados electorales son su sentencia. Ahora sólo falta que los políticos y líderes de turno sepan leer dicha sentencia. Sepan… y quieran, porque para mí lo que el pueblo, que es soberano, no lo olvidemos, quiere está más clarinete que el agua destilada.

O repasemos, si no, los resultados de las Elecciones del 28 de abril: 1º PSOE: escaños, 123; votos totales, 7.480.755; porcentaje, 28,68%; 2º PP: escaños, 66; votos, 4.356.023; porcentaje, 16,70%; 3º CIUDADANOS, escaños, 57; votos, 4.136.600; porcentaje, 15,86%; 4º UNIDAS PODEMOS, escaños, 42; votos, 3.732.929; porcentaje, 14,31%... y no sigo por no alargarme y porque para lo que pretendo decir me basta con los datos expuestos hasta ahora, sin menosprecio alguno (¡faltaría más!) para los no citados.

Porque vamos a ver, vamos a leer los resultados de la voluntad popular, lo que la soberanía popular ha querido decir con sus papeletas y que parece que nadie está dispuesto a hacerle el más mínimo o puto caso. Aunque aquí estoy yo, y el guante que lo lanzo por si alguien se anima a recogerlo y a solucionar semejante disparate y caos en el que país parece estar sumido post-electoralmente….

Pues, ¿qué ha dijo el pueblo soberano en la convocatoria electoral del 28A? Porque yo leo los resultados y no veo las complicaciones por ningún lado. Se me tachará de ingenuo pero la verdad es que no las veo ni con prismáticos. Porque el pueblo soberano ha dictado que el PSOE es el partido ganador de las Elecciones del 28A, pero que no gana con una mayoría suficiente que le permita formar gobierno en solitario (ya se sabe, sobre los 350 escaños que conforman el Hemiciclo, se necesitan, las matemáticas mandan ahora, 176- la mitad más uno, sí- para lograr esa mayoría).

Luego si se quiere un gobierno estable debería ser al PSOE, como partido ganador, al que le toca buscar alianzas que le permitan alcanzar esa estabilidad gubernamental tan necesaria para que el pueblo navegue viento en popa y a toda vela y tranquilidad. Porque para esto fuimos todos a votar, ¿o no? Y así lo hicimos y así se lo hacemos saber a quien quiera oírnos. Porque incluso hemos pensado en esa posibilidad con nuestros votos. Sí, ¿o acaso no le dimos al PSOE únicamente 123 escaños, a todas luces insuficientes? Porque está claro que queríamos al PSOE al frente del gobierno, pero con ¡alianzas!
 
¿Y dónde tendría que buscarlas? Y tampoco habría de qué preocuparse ni  echarse las manos a la cabeza temiendo no sé qué contratiempo porque también en eso el pueblo soberano ha pensado al votar. Y le dio el 2º lugar al PP con 66 escaños. así que el PP tendría todo el derecho a arrogarse el papel de aliado. Luego la alianza de marras, el pueblo soberano, nosotros también la hemos puesto sobre el tapete: PSOE + PP ó 123 escaños + 66; o sea = 189. ¡Bingo! ¡Mayoría absoluta! ¡Y punto pelota! ¡A obedecer los dos! Ésta es la decisión que ha tomado el pueblo tras las consulta del 28A. ¿Que a eso se le llama "gobierno de coalición"? Pues que se le llame como se quiera, y al que dé la gana que lo enrienda. El pueblo es soberano, ¿o no lo es, y todo es de boquilla? Porque si es cierto eso y es soberano, PSOE y PP manos a la obra. ¡Al cuarto! ¡Y a no salir hasta que hayan llegado a un acuerdo de gobernabilidad! ¿Hasta que las legañas les sirvan para atarse los zapatos! Porque ésa es su obligación como los dos partidos ganadores de las elecciones pero sin mayoría. Porque eso es lo que la soberanía popular ha decidido. Y ella manda. Y los problemas se acabaron. Y los dimes y diretes. Y que soy o dejo de ser. ¡Y que nadie nos aburra por más tiempo, por favor! O por lo menos que no lo hagan durante los próximos 4 años. Después, tras esos 48 meses ya se verá. Habrá nuevas elecciones, y el pueblo (se supone que continuará siendo soberano) decidirá con sus votos si aprueba o descalifica ese gobierno PSOE + PP. Pero de momento, trankis. Eso ya será parte de otra historia. Pero que nadie se equivoque. El pueblo soberano votó con más de dos dedos de frente. Y con los resultados de los comicios del 28A, la formación de un gobierno estable (como he tratado de demostrar) está ahí, al alcance de la mano. Otra cosa es que los políticos de turno quieran o no tenderla o, mejor dicho, que los políticos de turno escuchen de verdad y se plieguen a la voluntad popular; y reconozcan que la s-o-b-e-r-a-n-í-a que ostenta no es una palabra cualquiera formada por 9 letras al buen tun-tun.
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jueves, 27 de junio de 2019

POESÍA A RAS DE TIERRA. UNA CHARLA AD HOC

Con las variantes a las que mi horrible memoria me obligó, esta fue la conferencia que impartí en la Librería Cámara de Bilbao, el pasado 19 de junio con motivo de la presentación de mi poemario PÓRTATE BIEN AUNQUE SEA ABURRIDO (Huerga & Fierro editores).

Yo ya había hecho antes mis pinitos con la poesía. Nada serio, pero siempre me había gustado: Miguel Hernández, Cernuda, Neruda, José Hierro, y tantos otros. Y como siempre me pasa, aquello que me gusta quiero hacerlo yo o, por lo menos, probar. Así me pasó con el cine, y rodé y ruedo mis cortometrajes, e incluso realicé una película, Lo mejor de cada casa, de la que, quizás, alguno os acordéis porque todavía me paran de vez en cuando por la calle, y me preguntan por ella, por dónde pueden encontrarla o cómo pueden verla. Y esto es una gozada que no tiene precio. Y lo mismo me pasó con el ensayo. Y ahí están, todavía dando guerra, Divino tesoro o el más reciente y arduo Cállate la boca. O el sueño de ser algún día director de orquesta.

Pero reconozco que la poesía es algo especial. Siempre he pensado que un país sin poetas y sin poesía es un país a medias (y luego trataré de explicar por qué), un país que no puede merecer mucho la pena. Porque, desde los lejanos tiempos de Homero, en la Antigua Grecia, el poeta siempre colocaba a sus lectores en contacto con unos mundos que estaban más allá de sus propias miradas, de sus propias experiencias, y cuyas acciones les habían precedido y que, por lo mismo, podrían servirles de ejemplos a seguir… o no; y esto es, porque la trascendencia siempre habría sido algo inherente al sentir poético.

Aunque quizás, por esto mismo, hoy en día la poesía provoca más rechazo que nunca. Lo trascendente no casa bien con este mundo nuestro tan pragmático, tan de plazos cortos, y donde la “muerte de Dios”, el principal baluarte de esa trascendencia, ya es toda una realidad desde que lo proclamara Nietzsche a finales del siglo XIX.

Por eso creo que sin trascendencia nos quedamos a medias y la poesía no iba ser menos. Estoy seguro  que la poesía sin trascendencia no es realmente poesía sino un arte cojo y de muy corto recorrido, y por todo ello cuando cumplí mis 50 años, y mezclando mis gustos poéticos con esta trascendencia que yo pensaba tan necesaria y que pretendía rescatar modestísimamente, me enfrasqué en escribir este libro que hoy os presento, PÓRTATE BIEN AUNQUE SEA ABURRIDO, intentando además quitar razones a todos aquellos buenos amigos y lectores que cuando les comentaba que andaba enfrascado en la redacción de un poemario me contestaban enseguida, ¡pero Toni, ¿qué haces? A la poesía no la entiende ni dios; la poesía es un coñazo!

Así que en estas me encontraba queriendo ser trascendente pero, obviamente, no un coñazo, cuando me encontré con un poeta chileno, Jorge Tellier un excelente poema suyo: El día del fin del mundo. Os lo leo y os cuento…

 
El día del fin del mundo

será limpio y ordenado

como el cuaderno

del mejor alumno.

El borracho del pueblo

dormirá en una zanja,

el tren expreso pasará

sin detenerse en la estación

y la banda del regimiento

ensayará infinitamente

la marcha que toca hace veinte años en la plaza.

Sólo que algunos niños

dejarán sus volantines enredados

en los alambres telefónicos

para volver llorando a sus casas

sin saber qué decir a sus madres,

y yo grabaré mis iniciales

en la corteza de un tilo

pensando que eso no sirve para nada.

Los evangélicos saldrán a cantar

a las esquinas sus himnos de costumbre.

La anciana loca paseará con quitasol.

Y yo diré ‘El mundo no puede terminar

porque las palomas y los gorriones

siguen peleando por la avena en el patio‘.

 
Y es que en estos versos de Jorge Tellier vi una posible solución al problema que me había planteado al escribir poesía; éste de ser trascendente, pero no un coñazo. E inventé una posible descripción para lo que poéticamente yo quería hacer, y que Jorge Tellier me había inspirado: escribir una POESÍA A RAS DE TIERRA; una poesía que tomara su estilo, sus temas, que nos hablara, desde la más pura cotidianidad, desde las pequeñas cosas que nos ocurren a cada uno de nosotros cada día, nada más levantarnos de la cama y asomar la cabeza por la ventana.

Sí estas cosas debían de ser el meollo de la cuestión, el argumento de una poesía que, de esta manera, debía ser también poesía narrativa, una poesía que contara cosas, aquello que vivimos y de lo que vivimos diariamente porque los relatos sí que entendemos, y creía que esto podía librarme del peligro de resultar un coñazo, porque la Poesía a ras de tierra, o este PÓRTATE BIEN… por extensión, sería una poesía que se lee, que cuenta…¡y que se entiende!, porque hablaría de cosas que a todos nos han ocurrido alguna vez, o que entran dentro de lo posible que nos ocurran.

Y entonces a partir de ese entendimiento podríamos dar el siguiente paso, un paso que muchas veces nos sorprende porque, de repente, una idea, esa idea cotidiana, ese verso, esa poesía nos emociona. Y esto, la emoción ya resulta  trascendente. Es como aquello que escribía Quevedo hablando de todos nosotros, y que tantas veces hemos escuchado, lo de somos polvo, pero polvo enamorado. Es decir algo tan cotidiano como el polvo, pero al mismo tiempo, algo tan trascendental como estar enamorado, algo para lo que nos cuesta encontrar palabras exactas para definirlo, porque sí, porque está más allá de una simple explicación, porque ni es pragmático, ni intrascendente, ni individual, porque a todos nos atañe, a todos nosotros nos afecta; porque es, sin duda, el amor un universal.

Por eso la universalidad, esta trascendencia obra el milagro y hace que todos tengamos algo en común, que todos seamos parte de algo que sí, que nos trasciende, y que todos juntos, a partir de ahí, nos guste o no, estemos embarcados en un mismo barco, al que podríamos llamar “VIDA HUMANA”; cada uno jugando un papel distinto, pero todos iguales; cada uno, capitán, contramaestre, fogonero, vigía o, incluso, polizonte pero todos, seres humanos. Y esto que parece una tontada es lo que nos debe hacer, entre otras  muchas cosas, solidarios, lo que debe hacer que nos pre-ocupemos por los demás, que sintamos que en este mundo nadie puede ir a su bola, y quien insistiera en esta postura sería invitado, amablemente, a tomar un bote y dejar el barco en el que vamos todos los demás. Y él a flotar a la deriva, tan a gusto, en solitario, hasta que las fuerzas le aguanten. Y que sea por mucho tiempo porque desear, no deseamos solidariamente mal para nadie. Porque si de algo estoy convencido es que el arte, y la poesía por inclusión, si deben servir para algo, es para hacernos mejores, mejores viajeros.
 

Por eso, con mis 50 años encima, comprado el pasaje y subido a este barco al que he llamado VIDA HUMANA me puse a escribir PÓRTATE BIEN… dentro de ese programa genérico al que aludía como Poesía a ras de tierra, y por eso me convencí de que los temas de los poemas serían los argumentos que tendría más a mano, los más cotidianos, los que todos conocemos. Por ejemplo, ese amigo al que hace años que no veía y que un día, sin previo aviso, se presentó en mi casa y me contó que había estado muy jodido y que acababa de salir del hospital. Cuando entonces escribí Una forma poética de pasar por la vida, que más o menos viene a decir que…

 
Ayer por la tarde vino a casa

el Casero Comunista.

Viví con él cinco años.

No, tal vez fueron cuatro.

O cuatro y medio. No lo sé.

Pero fueron los justos y suficientes.

Yo fui su Primer Inquilino.

Y nos hicimos amigos.

Y de esos que duran

más que los años y los números.

Tocó el timbre y entró como siempre.

Como si la casa fuese suya. Y con más kilos

aunque no estropeado.

Acababa de salir del Hospital

después de quince días ingresado,

después de haber tonteado con las enfermeras

y después de haberse puesto el hígado

en condiciones de cruzar las calles.

Hacía mucho que no hablábamos.

Y mucho más que no nos veíamos.

Me contó que su hijo ya ha cumplido los doce.

(Yo le calculaba siete como mucho).

Y que apunta maneras pegándole a la raqueta.

Gana con cierta facilidad a jugadores que ya tienen catorce.

¡A ver si al final me retiro por algún lado!,

me dijo. Y entonces nos reímos y le miré.

No había cambiado demasiado.

Porque yo también habré cambiado.

Y los cambios nos hacen soñar

que seguimos siendo los mismos.

Por su parte, idéntica seriedad.

Como si todo fuera una cuestión de vida o muerte.

Y sin perder la compostura,

la juerga, el desmadre más sano e inoportuno

(de ahí que se me haya ocurrido eso del Casero Comunista),

asoma detrás de su pose regia.

Aunque a mí no me engaña.

Fueron cuatro años y medio.

Pero fueron muchos años.

Con los veinte en los bolsillos

cada año que se añade da para mucho.

Y nosotros no aprendimos a desaprovecharlos.

Pudimos haber estado la tarde entera charlando.

Y la noche. Hasta que se hiciera la mañana

como tantas veces se nos hizo

hace… ¡cuánto tiempo!

Pero en los ratos que nos pisábamos las palabras,

cuando las frases se quedaban colgando

a medias y la conversación crecía

describiendo los disparates que habíamos cometido,

ese mismo tiempo se comprimía e inconscientemente

descubríamos que las agujas de todos los relojes

se habían detenido

para mirarnos y escuchar

a dos amigos que podrían contarse sin parar

a tomarse un respiro.

Luego, al final de la visita, nos separamos.

Tenía que visitar a un tío,

de más de ochenta años,

que acababa de quedarse viudo.

Iba a hacerle la cena. El Casero

sigue siendo un cocinero de primera.

Y nos despedimos con un abrazo.

Más sincero yo no sabría darlo. Lo juro.

Y quedamos en volver a vernos.



Y cenar los cuatro.

Él y yo y nuestras respectivas, Gema y Paula.

Y estoy planeando decirle a Paula que prepare

un rape al horno con patatas panaderas.

Quizás tengamos que regarlo

con agua destilada. Por lo del hígado del Casero.

Pero, ¡qué coño! La salud ante todo.

Ya nos la maltratamos bastante en su momento.

Y, ¡ojo!, no me arrepiento. Aunque no repito.

Además sólo el rape de Paula ya es de cinco estrellas.

Y con patatas panaderas.

Lo borda.

 
Y trato de contarlo con esa necesaria y trascendente emoción porque a todos nos ha podido ocurrir algo similar. Y en esto consistiría la Poesía a ras de tierra: algo simple pero endemoniadamete complicado de hacer. Y lo digo por experiencia ahora que lo he hecho. Pero éste ya es un problema del que escribe. Nosotros, y ahora me cambio de lado, somos, más bien, lectores. Y esto es más sencillo. Jorge Tellier, por ejemplo, también nos habla en su poema sobre él mismo, sobre una experiencia que él ha vivido, Jorge Tellier nos hablaba sobre Jorge. Aquél sería su yo poético e intransferible, pero al mismo tiempo, al hablarnos a ras de tierra, cotidianamente, al hacer que le entendamos, que nos emocionemos, trasciende la línea del suelo, los huesos y la carne de Jorge, y nos habla sobre todos, sobre todos nosotros; esto es, sobre algo que a todos nos atañe y nos incumbe, seamos CAPITANES, CONTRAMAESTRES, GRUMETES, POLIZONES A BORDO DE LA VIDA HUMANA, DE ESTE BARCO EN EL TODOS NAVEGAMOS. 

Y así yo mismo, con este poemario que hoy os presento aquí, en la entrañable, por muchos motivos, LIBRERÍA CÁMARA[1], con este PÓRTATE BIEN AUNQUE SEA ABURRIDO no he querido hacer otra cosa: apuntarme, como el más humilde secretario, a este gran consejo de la Poesía a ras de tierra donde también podemos codearnos con Ernesto Cardenal, o Gil de Biedma o Walt Whitman o al mismísimo Pasolini, entre otros. Todos ellos, una compañía como difícilmente podríamos encontrar y que nunca nos dejará en la estacada. Porque son ELLOS SÍ pero, al mismo tiempo, al hacer que sus versos pierdan ese sesgo de anecdoticidad y se trascendentalicen, consiguen que NOSOTROS, que les leemos, nos sintamos cómplices de sus experiencias, que podamos subirnos a ese mismo barco “trascendente”, a la VIDA HUMANA que ponen a nuestra disposición y dejar, con ello, la tierra firme, pero intrascendente, repleta de chascarrrillos, eslóganes, ocurrencias que no nos llevan a ningún lado pero de donde habríamos partido sí, aunque para aspirar a algo más, a algo más trascendente, y que no nos dé miedo decirlo, porque ningún otro ser vivo de los que pueblan este Planeta, puede presumir de serlo.

Eta eskerrik asko, por venir y aguantarme…



[1] Cuando se me preguntaba de niño qué quería ser de mayor, si médico o abogado o ingeniero, yo siempre contestaba “ser el dueño de una librería como Cámara”.


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miércoles, 29 de mayo de 2019

NACIONALISMO ESCRITO SOBRE EL VIENTO

El cine clásico, y Escrito sobre el viento, el melodrama que Douglas Sirk dirigió en 1956 lo es por los cuatro costados, tiene estas cosas: que puedes verlo mil veces y durante cada una de esas mil veces encontrarás en él algo en lo que antes no habías reparado y que además es siempre algo que merece la pena. Y en esta ocasión, y ante la marabunta de elecciones que ha habido en España, la clásica Escrito sobre el viento me ha susurrado algo en el oído, algo que voy a tratar de trasladar a estas líneas.

Porque, durante este quinto (creo) visionado de la película de Douglas Sirk, sus fotogramas me han advertido que este excelente melodrama también nos habla sobre el… ¡nacionalismo! en su más peligrosa deriva, que no deja de ser uno de los caballos de batalla que debemos montar en esta Piel de Toro que nos re-coge. Y trato de explicarme lo antes posible, a riesgo que de no hacerlo pueda ser tachado de incurable lunático.

Y me defiendo como gato panza arriba. E insisto en mis “trece”. Porque, ¿no transcurre Escrito sobre el viento, casi en su integridad, en una localidad que rinde sumisa pleitesía a la “H” de Hadley, el patriarca, el ancestro intocable, cuya inicial está grabada en cada rincón de la ciudad, y que no habría sido sino el omnisciente y todopoderoso mandamás que, desde la nada, levantó la floreciente ciudad a partir de los yacimientos petrolíferos que en ella halló, y que tan pingues beneficios le ha reportado y le continuará reportando, me imagino, sine die, y a la que los personajes principales, Kyle Hadley (Robert Stark), hijo de Hadley, Mitch Wayne (Rock Hudson), su amigo y empleado (¡cómo no!) de la Hadley Oil Co., y la hermana de aquél, la atractiva y sensual Marylee Hadley (Dorothy Malone) aparecen atados de pies y manos, y de cabeza añadiría, como si todo su mundo se redujera a las lindes que marca la recurrente “H”?

Y no estaría divagando demasiado, ¿o si?, si equiparara, en toda su significación, esta inevitable “H” a la ikurriña vasca o a la estelada catalana, por ejemplo, que también, como esa “H” de Hadley en la localidad donde trascurre Escrito sobre el viento, puntúan todopoderosas cada balcón o ventana o rincón de nuestras queridas Euskadi o Catalunya.

Por esto decía que el melodrama de Sirk también me parece que habla del nacionalismo. Sus personajes conocen otras ciudades, pero “H” es la mejor. Sin duda. En “H” han nacido, en ella se han criado y en ella continúan viviendo ya de adultos. Claro que, por sus trabajos y sus altas posibilidades económicas, a menudo han viajado a otros lugares, pero siempre regresan a la “H”, como si la letra, o la ciudad que ésta representa, no les dejara olvidarla, escapar de ella definitivamente y les obligara, por el contrario, a volver a ella (aunque sea mental o sentimentalmente) como tirados por un irrompible hilo invisible que llevaran atado a la cintura, como si la “H” no les dejara fijar los ojos en otros horizontes, o en otras tierras, más allá de sus contornos que siempre serán reducidos al no haber ninguno más importante que ellos.

Y por esto, porque me interesaba esta nueva lectura que me ofrecía el clásico, tiré por ella. Y así descubrí que el personaje que pone en marcha la película no es otro que la atractiva Lucy Moore (Lauren Bacall) que viene, ¿casualmente?, de fuera de la “H”, y de la que se enamorarán los dos inseparables amigos, Kyle y Mitch, con lo que trama ya estaría montada. Añadamos, por si algo faltara, que Marylee, la hermana de Kyle, siempre ha querido, desde que era una niña, a Mitch y ha soñado (¡cuántas veces lo habrá soñado!) con ser su amantísima esposa, Marylee Wayne; sí, libre, por fin, del estigma de la “H”.
 
Pero el drama, y por eso Escrito sobre el viento es un melo-drama, a menudo representa un destino del que los humanos no podemos escapar tan fácilmente. Cierto es que, podríamos pensar, basta con desearlo, pero no menos cierto es, y en esto todos estaríamos de acuerdo, que los deseos no siempre se cumplen, y que escapar de la “H”, desanudarse de ese hilo invisible que nos rodea la cintura, no siempre es cuestión de “echar por patas” o de comprarse unas tijeras en cualquier mercería y “cortar” por lo sano. O que se lo pregunten sino a tantos vascos y vascas, o a tantos catalanes y catalanas, o... a Kyle y Marylee.

Porque sí, durante la partida o los minutos (apenas 95) que dura Escrito sobre el viento, Lucy se quedará con Mitch y ambos conseguirán escapar de todo lo que la “H” representa, pero con increíble sufrimiento. A Lucy la huída le cuesta un aborto y casi la vida, y a Mitch, un juicio que le hubiera condenado a muerte si no hubiera sido por la intervención in extremis de Marylee. Mientras, Kyle, por el contrario, se quedará para siempre en su tierra, en “H”, pero muerto de un disparo. Y la propia Marylee se confinará, igualmente, en la letra heredando la fortuna y los ricos yacimientos de su progenitor ya fallecido, amén de sus sacrosantos recuerdos, y una asexuada figura (sí, ella, Marylee).

Pero, ¿no tendríamos que pensar, y con fundadas razones, que escapar de una ciudad, o de una determinada región, debería ser tan fácil como abrir y traspasar una puerta moliente y corriente? ¿Acaso a los humanos no nos han puesto pies después de las piernas en lugar de raíces como a los árboles que nunca-se-mueven-de-su-sitio?

Así que nadie, ningún espectador, ¡ningún nacionalista de pro!, eche las campanas al vuelo, ni esboce una sonrisa porque el nacionalismo puro y duro, y Escrito sobre el viento con él, no de motivos, precisamente, para el cachondeo. Y la imagen final de la película con la vital, sensual y atractiva Marylee, solitaria, embutida en un frío traje, sentada en el escritorio y bajo el gran retrato del que fuera su padre, ¡la gran “H”!, acariciando (¡tanto amor desperdiciado!), cual si se tratara del más irónico icono sexual, la maqueta de una torre petrolífera, ¡la gran "H"! (ahora, metafóricamente hablando), no puede dejar lugar a la más mínima duda. A mí, por lo menos esta quinta vez (creo) que he visionado la película de Douglas Sirk, no me la ha dejado. Observo a Marylee, y cambio la mansión de los Hadley por cualquier caserío o masía de nuestros contornos más cercanos, y obtengo una ecuación que me pone los pelos de punta: cuando la tierra además de darnos tomates, caracoles (o petróleo) se convierte en un espacio pegajoso del que no se puede salir (emocionalmente, sí) y en el que los pies se nos van hundiendo poco a poco, transformándose en raíces … , cuando el hombre y el árbol se parecen más que nunca, cuando la tierra va adquiriendo las formas y la impermeabilidad de un peligroso pantano que no nos deja (a los hombres, claro) mirar nunca más allá... de la (misma)orilla de todos los días.






NB,- Refutando, y no me duelen prendas en reconocerlo, aquella (frívola) interpretación que apunté en alguna de las entradas en este mismo blog, sobre que las livianas y mayoritarias mangas cortas que vestían los catalanes durante sus primeras reivindicaciones independentistas, contrapuestas a los rudos abrigos que usan, por ejemplo y dado el-frío-que-pela por esas latitudes, los exaltados habitantes de las repúblicas ex-soviéticas, no iban sino a terminar, como las propias reivindicaciones, en agua de borrajas o en el simple cesto de la ropa sucia y sudada. Quizás no reparé en su momento, y dado el tiempo y el cariz que las cosas han adquirido desde entonces la sospecha no se me antoja sino una cruda realidad (textil), en que la misma liviandad de la  manga corta permite que los movimientos corporales (o nacionalistas) puedan ser tremendamente ágiles, escurridizos e… incansables.   
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miércoles, 1 de mayo de 2019

28A, LA PARTICIPACIÓN, LOS PARAGUAS Y EL CONCIERTO

 
Ahora que ya hemos pasado, en este país de marras, por la primera cita electoral del año- luego, como en cascada, se nos vendrán otras dos o tres encima- no puedo de dejar de congratularme por la alta participación que estos comicios han tenido. Más del 70%. Lo que no es una cifra despreciable y que, según lo que me apetece pensar, nos va acercando poco a poco a esos niveles de conciencia cívica y ciudadana tan necesarios para poder presumir de eso: de cívicos y ciudadanos. Y quiero creer que estamos en el buen camino. Lo que no quita, ¡no seamos tan ingenuos, por favor!, para que evitemos echar demasiadas alharacas y campanadas al vuelo, porque esta marcha (tan campante) hacia delante tendrá sus ingratos parones e, incluso, sus retruécanos, regresos y vueltas hacia atrás pero, como dicen ahora algunos eruditos, la serie histórica y yo no lo dudo, por lo menos, será positiva y seguirá tirando tiesa.
 

Pero si alguien quisiera contradecirme, para lo cual estaría en todo su derecho, ¡faltaría más!, yo le contaría entonces lo que el otro día me vi cuando fui a una Sala de Conciertos a disfrutar de una velada jazzística. Aunque ahora ni el género musical ni el grupo en cuestión me importen demasiado. Porque a lo que quisiera ir a parar es a lo que habría escrito antes, a la educación y al civismo, a nuestra educación y a nuestro civismo sobre los que aseguraba que vamos mejorando, lo que está muy bien.

Y si no, leed un poco más. Iba yo a la mencionada Sala, y entré en ella con tiempo, como siempre me gusta hacer. Además hacía una tarde de perros y llovía, como suele decirse, como si no hubiera llovido nunca en esta vida, Así que, qué mejor sitio para ponerse a cubierto que una moderna Sala de Conciertos. Se pudo ver a Noé regateando y comprando un paraguas a uno de esos negritos tan amables, tan  dispuestos y  tan oportunos siempre cuando los nubarrones hacen acto de presencia sobre nuestras cabezas. Pero esto es broma. A Noé no le vi por ningún lado.

Pero bueno y a lo que voy. Estaba yo ya dentro de la Sala. E iba viendo pasar a los futuros espectadores, uno detrás de otro (la Sala se llenó), con los paraguas empapados. Y entonces cual no sería mi sorpresa (porque debo decir que no entiendo nada de paraguas ya que, por una cuestión de principios- sobre la que no viene ahora a cuento que me explaye- yo nunca uso paraguas y, en su lugar, siempre me cobijo bajo un más elegante, pero más insuficiente también, sombrero), sí, cuál no fue mi sorpresa, cuando vi que todos, sí, todos sin excepción, y ojo, ¡y sin que ningún empleado de la Sala se acercara a ellos y les dijera nada!, cerraban sus paraguas empapados y los metían en las  maquinas embolsadoras, instaladas justamente a la entrada de la Sala.

Así da gusto, pensé. Así, los paraguas empapados y goteantes no mojan el suelo, ni lo encharcan con mojitos de agua, y así se evita el peligro de que alguien se resbale, se meta un trompazo contra el suelo y, a mal andar, y nunca mejor dicho, se disloque o se rompa algún hueso y haya que avisar y llamar al 112, y esperar, entre los nunca agradables aullidos y gestos de dolor del damnificado o damnificada, a que la ambulancia llegue, a que los sanitarios se apeen del vehículo y entren en la Sala y pregunten por la persona herida, que se dirijan a donde la víctima se encuentre y le practiquen los primeros auxilios, que mitiguen su dolor, que le inmovilicen aquellas partes de su cuerpo que presenten más claramente síntomas o una posibilidad de esguince o de algo peor, y esperar a que los camilleros entren en la Sala con la camilla, que acomoden al herido, ya más calmado, a la horizontal de la cama, bien sujeto, y a que, por fin, puedan entonces enfilar la puerta por donde han entrado, pero en sentido inverso, y que suban y encajen la camilla y, al herido con ella, en la trasera de la ambulancia y puedan, ¡¡¡ya!!!!, salir raudos y veloces hasta el Hospital de turno más cercano. Bajo, eso sí, el persistente y torrencial aguacero…

Pero todo esto, aquel día en que fui a la susodicha Sala a presenciar una sesión de jazz de un grupo de cuyo nombre no me acuerdo en estos momentos, no ocurrió. Por nuestra educación y civismo in crescendo, podría alegar. Y dentro de la Sala, yo y los futuros espectadores continuamos esperando el inicio del concierto que, afortunadamente y gracias a las embolsadoras de paraguas y a nuestra EDUCACIÓN y al CIVISMO in crescendo comenzó puntualmente, evitando todos estos contratiempos o resbalones (en este caso que me pre-ocupa) que se hubieran podido producir SIN EDUCACIÓN NI CIVISMO, con el más que posible retraso o cancelación del espectáculo dependiendo, seguramente, del daño sufrido por aquél o aquella que hubiera resbalado. Un engorro, vamos, una putada: devolución del importe de las entradas, decepción por no ver el concierto que durante tanto tiempo habíamos querido presenciar, aparte del daño y las consecuencias que hubiera podido sufrir el damnificado.

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Pero amigos yo, a riesgo de que me tachéis de ingenuote voy, de esta forma, confiando in crescendo en todos nosotros. El excepcional uso sin excepción de las embolsadoras de paraguas aquel día de concierto, la participación por encima del 70% en las elecciones del 28-A, me confirman que puedo hacerlo, lo que me llena, de paso, de energía y esperanza. La educación y el civismo abriéndose paso entre nuestras costumbres porque, vale, de acuerdo, aunque todavía sea de una manera no del todo consciente, y raquítica si se quiere, intuimos que tanto la una como el otro, la educación como el civismo van de la mano y son buenos para todos. Y si la persona que se hubiera partido un codo, por ejemplo, al resbalarse en la Sala de Conciertos por patinar sobre un charquito de agua formado por el puñetero goteo de un paraguas mojado no se partió, en esta ocasión, el codo fue porque no se resbaló, porque no había charquito de agua ni nada que se le pareciera, porque todo el mundo había metido- cívica y educadamente- su paraguas empapado en la consiguiente embolsadora. Y así, TODOS pudimos disfrutar del concierto. Porque si la educación y el civismo nos señala con en el dedo a CADA UNO, sus beneficios nos los repartimos entre TODOS. Y entender eso es, y lo creo de verdad, parte del progreso, uno de sus presupuestos más básicos: conseguir que la vida de los demás mejore, a partir de que mejoramos la nuestra propia.
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