sábado, 2 de febrero de 2019

SÁNCHEZ ROSILLO & LOU... Y AHORA, STEVENSON

En realidad, éste es un paréntesis en lavueltaylatuerca. Hace mucho tiempo escribí en ella (lo trascribo literalmente):

"Lo que me gusta es establecer relaciones entre aquellas cosas en las que paso el tiempo. Esto hace que me crea que en este mundo todos estamos más comunicados de lo que pudiéramos pensar. Me instala en la certeza de que todos viajamos en el mismo barco. Algunos serán grumetes, otros contramaestres, otros capitanes, otros cocineros e, incluso, algunos polizones que se han embarcado sin papeles. Pero de verdad eso no me importa. Porque a lo que voy es que, a pesar de su falta de documentos, ellos también viajan con nosotros. Y si algo le sucediera al barco esos indocumentados sufrirían las mismas consecuencias que los que hemos pagado el billete.

Y todo se me ha venido a la cabeza mientras leía ese bonito poema de Sánchez Rosillo que se llama Las palabras que he escrito y he pensado al momento en Lou Reed (¡siempre él!) y en esa increíble canción que se titula My House, porque en ambos, en el poema y en la canción, se habla de "casa" y encuentro un sosiego, una generosidad, una paz de domingo similares; un encontrarse a gusto consigo mismo y con los demás, con ese instante increíble al que nada pedimos porque nada le falta.

Primero, el poema:
 
Las palabras que he escrito no son mías,

aunque también a mí me pertenezcan.

Yo escuché, y dije luego

con mi voz y a mi modo lo que oí.

Qué raro patrimonio.

Al fin y al cabo, soy

un indigente rico, un rico pobre.

Y esta hacienda pequeña que es tan grande

nadie me la disputa

y hasta se me atribuye con frecuencia

su entera propiedad.

Hace ya muchos años que trabajo

con ilusión en ella,

y desde que la cuido procuré

esparcir a su tiempo la semilla

en surcos bien dispuestos.

Y en medio de los campos, poco a poco,

levanté como supe con mis manos

esta casa que veis.

No es suntuosa, desde luego, pero

podrá encontrarse acaso

alguna estancia en su interior que sea

cálida y habitable.

Intento en lo posible mejorarla

y le voy añadiendo

de tarde en tarde alguna dependencia.

Se halla a disposición de todo el mundo;

en verdad es de todos.

No hay aquí cerraduras; siempre están

las puertas bien abiertas.


Y ahora la canción. Vosotros diréis".

 
¡Y hoy, cuatro años después, me he encontrado con esta poesía (en traducción Charo Santoro y José María Álvarez alterando, y que me perdonen la osadía, en el penúltimo verso "graves" por "fieles" y eliminando el último donde se leía "Mi esposa y yo") de mi admirado y querido Robert Louis Stevenson que creo que llama a la misma puerta, a la misma casa y quiere juntarse con Sánchez Rosillo y con Lou. Y, por supuesto, no he podido resistirme a la tentación de "añadirlo". No iba a ser yo quien negara la entrada en esta casa a tan insigne visitante:

Mi esposa y yo en una romántica cabaña,

Olvidando el mundo, olvidados del mundo,

Altos como los dioses que habitan el Olimpo,

Felices con lo que tenemos, y felices también

Aguardando llenos de esperanza lo que aún no gozamos.

Ella arde en deseos de cabalgar feliz en un caballo;

Yo sueño con un barco;

¿A qué sueño regresaremos algún día

Mi esposa y yo?


Ella pone su afán en llenar de flores

Nuestro jardín, y yo en enriquecer una oscura bodega

Todavía mal provista; los dos soñamos agrandar

Nuestra pequeña cabaña y convertirla en una casa enorme

A donde puedan venir nuestros fieles amigos y compartir nuestra felicidad.
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martes, 15 de enero de 2019

CINE ESPAÑOL 2018, CINE CON PANTALONES CORTOS

 
Quizás sea una idea, más o menos, decente inaugurar las entradas de este año, ya que además es uno de mis temas recurrentes y estos días andan salpicados de premios Forqué, Feroz, Goyas…, con unas pequeñas puntualizaciones sobre el cine español que se nos fue y que a mí, por lo menos, me sigue trayendo de cabeza.

Porque vamos a ver, ¿cuál ha sido la mejor película española de 2018?, ¿o su mejor momento, ese instante dulce al que a veces no he tenido más remedio que acudir olvidándome de que su duración sean apenas unos segundos, un minuto o un cuarto de hora, olvidándome de la película entera? Y entonces me centro, recuerdo la voz de estos súper tacañotes que me hablan en voz baja, pero insistentemente, mientras estoy sentado frente a la pantalla de cine, y trato de hacer balance, y de repartir estos premios de mi propia cosecha. 

Sí, pero ¿premios, en plural?, o ¿ser más estrictos y apostar por el singular? Sí, quizás haga esto último porque a cualquier buen espectador no le sonará a chino que películas españolas buenas, de esas que, para mí, rozan o pasan el aprobado, pueden contarse con los dedos de una mano… y hasta quizás pudiera sobrarnos alguna falange.

Luego, y concretando, mi película española de 2017 ha sido Petra, de Jaime Rosales. Y eso que su director no es uno de mis tipos favoritos, pero ni falta que hace. Petra es una buena película, valiente, con riesgo y aunque a menudo suene a dejá vu, es una buena película para mayores.

Y aquí toco uno de esos puntos, a los que antes aludía, que me trae de cabeza o... por el camino de la amargura cuando me pongo a ver y a hablar sobre el dichoso cine español de nuestros días. Porque considero que el principal defecto de este cine español continúa siendo que es un cine de pantalones cortos, o sea, un cine pensado y realizado por "niños" y para "niños" entrecomillas por supuesto, un cine que aún no ha pegado el estirón y continúa durmiéndose a las mañanas antes de ir al cole.

Y si repasamos las películas más agraciadas, las candidatas a los premios gordos, no tenemos más remedio que asentir ante semejante afirmación: Campeones, Viaje al cuarto de mi madre, Sin fin, incluso, Quién te cantará, etc. son cine inofensivo, sin peligro alguno, hecho para "niños", y sin que haya que fijarse en los deneis sino, más bien, en la edad mental. Incluso el patinazo de Farhadi con Todos lo saben (¡hasta Darín está horrible esta desgraciada película!). Sí, un panorama demasiado infantil o, siendo más "clarinete", desolador.

(Tal vez de esta quema pudiera salvar el Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta, que sí que sería una película para mayores, aunque sólo fuera por la aguerrida fisicidad que respira, pero que me parece, bien mirada, una apuesta casi suficiente; sí, casi[1]. Y este casi me obliga a escribir este parrafito entre paréntesis).

Luego Mejor Película Española de 2017, Petra. Pero después de todo, ¿a qué me refiero cuando hablo de películas para mayores y películas para niños, como aquella gran familia, con su inefable y escurridizo Chencho, que nos puso los rasgos de una tierna y simpática abuelita durante los años sesenta? Porque 2017 me lo habría puesto a huevo para tratar de explicarme.

Tomemos, por un lado, la aclamada y premiada Carmen y Lola, la ópera prima de Arantxa Echevarría que nos cuenta los amores entre dos jóvenes gitanas que se descubren enamoradas en un mundo tan hostil y agresivo frente a estas desviaciones del corazón como es esa sociedad donde se han criado y viven. Y entonces, digo, que Carmen y Lola, una película que dispone de todos los ingredientes para ser una película para adultos, seria, tensa, corrosiva, crítica y sangrante, se convierte en un “bluff” pastelero, con menos peligro que uno de esos coches que circulaban por las pistas del Scalectrix de nuestra infancia. Sí, otra película spanish con pantalones cortos.

Pero ahora, comparémosla por ejemplo con Las herederas, la película paraguaya finalista (Roma, de Cuarón fue la ganadora) en los Premios Forqué a la Mejor Película Latina. También Las herederas nos cuenta una historia de esas desviaciones del corazón. Chela (una magnífica Ana Brun) es una mujer de 50 años, que no ha salido del armario, y que sufre una relación fallida con la joven Angy que no llega a entender el amor sincero que le profesa Chela y la abandona. Aunque, al final Chela, en un gesto de notable valentía, abandona en solitario la casa donde ha residido desde niña y huye al volante de un coche para el que ni tan siquiera tiene licencia para conducir. Pero, ¿qué más da? Chela es, por fin, libre. El armario se ha quedado a su espalda, con las puertas abiertas de par en par, aireándose. Sí, pero Las herederas es una película para mayores. con todas las de la ley. En las antípodas estéticas (que no temáticas) de la bienintencionada, pero apenas nada más, Carmen y Lola.

Por cosas así, en definitiva, el grueso del cine español continúa deprimiéndome. Aunque sin perder la esperanza. Porque a pesar de que, a veces, se nos antoje una tarea titánica, en realidad puede que no sea para tanto. Seguiríamos hablando de armarios, pero para descolgar de una de sus perchas un bonito pantalón largo y dejar, de una vez por todas, estos otros cortos, tan raquíticos que a partir de los 16 años se me antojan una prenda que “ya no toca”, como tampoco “toca ya” el chupete cuando alguna contrariedad nos llama por nuestro nombre.

Y si esto se me ocurre con las películas españolas o de habla hispana, con películas enteras, con los instantes, sobre mi instante preferido no albergaría duda alguna. Me quedo con Sergio & Serguei, la película cubana que también ha aspirado, y perdido, en la carrera por el Premio a la mejor Película latina de la última edición de los Forqué. En ella un radioaficionado cubano, Sergio, traba relación y amistad con Serguei, un cosmonauta ruso, que surca en solitario el espacio a bordo de una MIR y al que, tras presentársele algunos problemas con la nave, ayudará a regresar a la Tierra. Y en ella habría asistido posiblemente al momento más mágico y entrañable que he contemplado en el cine hispano de 2017, cuando Serguei hablándole a Sergio del régimen soviético y del porqué muchos compatriotas aguantaron tantos años de miserias y opresión, le cuenta esa fábula sin desperdicio del sapo que  arrojado a un cazo con agua hirviendo pega un salto y  huye despavorido, pero al que sin embargo cuando se le arroja en el mismo cazo con agua fría, y ésta se va calentando poco a poco, hace que el sapo muera achicharrado sin darse cuenta.
 
Un bonito cuento sobre cómo las costumbres lejos de llevarnos a la felicidad, muchas veces nos ocasionan la muerte más soportable, ésa que nos llega de forma inconsciente, pero tan mortífera como un balazo en plena boca del estómago. Y son, sin duda, cosas como éstas las que me siguen y seguirán haciéndome ir al cine y guardar cola frente a las taquillas; eso sí, con la cabeza bien despejada y pertrechado con unos buenos pantalones largos.



[1] Un ejemplo de este lamentable estado de nuestro cine español reciente sería, precisamente, que Isaki cuenta ya en su cartera con ¡dos Conchas de Oro al Mejor Largometraje en el Festival de San Sebastián! Y sin embargo, ¿quién conoce a Isaki fuera de estas fronteras nuestras? ¿Lo compararíamos con un director que ha logrado dos Oscars, o dos Palmas de Cannes, o dos Osos de Berlín, o dos Leones venecianos? Sí, seguramente, las comparaciones nunca serían tan odiosas.
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lunes, 24 de diciembre de 2018

STANLEY KUBRICK Y ERNESTO CARDENAL: EL TANGO NO HA MUERTO


Y termino el año. Y si entendemos bien las consignas de Kubrick y Ernesto Cardenal expuestas en la entrada del 8 de diciembre Stanley Kubrick y Ernesto Cardenal chocan esos cinco, habrá que colegir que universo = danza (sí, la misma dantza de la bonita película de Telmo Esnal), o sea, que mientras el universo exista, la danza, la música también existirán, y esto debería incluir al tango. Luego habría que rectificar el apocalíptico titular EL TANGO HA MUERTO, con el que tan alegremente me hice eco del fallecimiento de Bernardo Bertolucci (el 26N), porque el tango continuará vivito y coleando mientras este universo, en perpetua expansión, siga cubriendo nuestras cabezas…

Lo que bien mirado tampoco debiera extrañarnos mucho, porque El último tango en París continúa siendo una película de-moda, una obra de actualidad como lo es todo aquello que ha devenido clásico y que trate de algo infinito, de la unión eterna, por ejemplo, de la pareja, del 1+1 igual a 1, y más aún, con la ambición psicoanalítica con la que Bertolucci aborda el tema. Y con apenas 30 años, como los casi-30 con los que también Coppola rodaba, por aquellas mismas fechas, su Padrino. ¡Ésos, digo yo, son 30 años bien aprovechados! Y lo escribo mirando, bien de frente, a los 30añeros que en la actualidad pululan a nuestros alrededores, más despistados y pretenciosos de lo que nunca los “viejales de turno” pudiéramos haber imaginado.

Pero además, y dejando al margen el divague y yendo a lo que quiero ir, sigo viendo la estela de Ernesto Cardenal en el tango de Bertolucci. ¿O no nos habla su película sobre esa unión, sobre la pareja en todas sus dimensiones? Primero, como pareja anticonvencional. Como hombre y mujer, hombre maduro y jovencita que se reúnen en un apartamento vacío para estar juntos, sin nombres propios, sin pasado ni futuro conocidos, incluso antes que las palabras existan, como sucede en la secuencia en que el hombre y la joven se comunican meramente a través de chillidos y graznidos animales.

Así, el apartamento (vacío) del Tango vendría a simbolizar ese mundo primigenio del ser humano, ese mundo anterior al mundo civilizado: el útero materno. No es casualidad que el hombre y la joven accedan, por primera vez, a sus cuatro paredes y suelo desnudos tras ascender directa y verticalmente a su interior desde la cápsula-ascensor que se sitúa en el centro del portal.

Esto es, el mundo primigenio del interior contrapuesto al mundo convencional del exterior donde el hombre tiene una historia repleta de pequeños sucedidos, donde ha sufrido, recientemente, la terrible tragedia del suicidio de su mujer, donde ha descubierto que esa mujer tenía un amante, y donde la joven tiene, por su parte, un novio empeñado en filmarla allá por donde va, haciendo lo que haga… ¿No es en esto también el tango premonitorio de la actual obsesión de la juventud, sobre todo, por grabar o fotografiar cualquier cosa que nos esté ocurriendo y en la que estemos implicados por insulsa que ésta sea?

Pero esto que acontece en el exterior del útero-apartamento es el mundo civilizado, el mundo convencional con el que nos enredamos todos los días y con el que el hombre, llamémosle Paul, quiere romper a partir de la relación que desea establecer, empezando desde cero, desde el punto primigenio con una joven desconocida, llamémosla Jean. Y la tragedia, porque el Tango es una tragedia, sobreviene cuando ese mundo primigenio se trunca, derrotado por el mundo civilizado. Y Jean acepta la oferta de matrimonio de su joven pretendiente. O sea, el matrimonio, el amor convencional. Y Paul se rebela. O sea, los celos, el des-amor convencional. Y no quiere que Jean le abandone. Y la sigue por las calles de París, y la retiene en una sala donde se celebra un concurso de tangos. O sea, el baile ahora, el baile convencional o, ¿habría algo más convencional, hablando de bailes, de parejas, de uniones cardenales que un hombre y una mujer bailando un tango, ejecutando sus mecánicos y rígidos movimientos?
 

Por eso, después del tango, a la película, y a Paul y Jean con ella, sólo le queda la muerte. Paul persigue hasta su casa a Jean y allí ella le dispara con un revólver (el que éste sea la pistola de su padre muerto, y el que Paul se haya colocado, previamente, sobre su cabeza el quepis que el padre usaba cuando vivía y guerreaba, no dejan de ser otra de esas secuelas psicoanalíticas tan caras a Bertolucci). Paul avanzará hasta el balcón y allí se derrumba en el suelo, arrullado, sí, arrullado como un recién nacido que nunca debió salir de aquel apartamento primigenio, que nunca debió… ¿nacer?
 

Aunque, por lo que nos cuenta Bertolucci con su Tango, éste sea un deseo imposible. Sí, la civilización, como un caníbal insaciable e inevitable, siempre terminará ganando la partida contra la frágil inocencia primigenia.

Y Jean, mientras Paul yace muerto, no dejará de repetir como una letanía la falsa historia con la que, posiblemente, se defenderá cuando la Policía la interrogue (cito de memoria): no le conozco…, empezó a seguirme de repente…, no le conozco…, entró en mi casa…, yo tengo un revólver de mi padre…, no le conozco… ¿Querrá Bertolucci significar con esto, colocado en el final del Tango, el triunfo de la ficción, más allá de cualquier mundo primigenio y/o convencional? Sí, si alguien me pidiera una opinión yo contestaría que sí y me quedaría con la ficción pura y dura. Creo, incluso, que es lo que a Bertolucci, como cineasta y como artista, más le debe interesar.  

Y acabo ya con Cardenal, para que el título de la entrada se entienda, con un extracto de su Cántiga 35 del Cántico cósmico, y escribo en negrita y mayúsculas, que se me perdone la falta de modestia, algunas claves que muestran los paralelismos entre la poesía del nicaragüense y la película del italiano (en lo que a Paul se refiere, por ejemplo), y algunas otras cosas que, tal vez, nos hagan pensar un poco sobre nosotros y sobre nuestros mundos, en plural, convencionales o primigenios:

(…)
(PAUL EN EL APARTAMENTO, EN EL MUNDO PRIMIGENIO)
Feto libre, feliz como pez, en el líquido amniótico,
flotabas sin orillas, sin tropezar con límites,
pero al ir creciendo te vas sintiendo en un encierro,
el vasto océano queda hecho una estrecha cueva,
donde se choca con paredes que rechazan,
el cuerpo se dobla cuanto puede, se enrolla, se acurruca,
bajo el oleaje que lo mece y lo mece más y más,
ya no se nada en un agua tranquila,
el último mes es el de las mareas más fuertes, las olas
son ya tempestad, algo que te ahoga, te hunde hacia abajo,
aterrado te acurrucas más, el agua te arroja ¿adónde? (PAUL EN EL EXTERIOR DEL APARTAMENTO, EN EL MUNDO CIVILIZADO) A la boca de la muerte,
adonde ya no hay agua, ya no hay cueva, sólo el vacío,
el caos, la nada, el frío de afuera,
se ha salido a la luz.
Se es libre. Pero ya no como pez. (PAUL MUERTO EN EL BALCÓN DE JEAN) Enrollado todavía,
acurrucado, los ojos cerrados, deseando volver
a las ciegas profundidades donde se estaba metido.
Pero no será tu último llanto ni tu última muerte
porque hay más nacimientos. Todo crecimiento
es doloroso, porque el crecimiento es nacimiento
y por lo tanto muerte, y por lo tanto llanto.
Aprenderás también que toda muerte es nacimiento,
y que el hombre tiene que nacer y nacer
hasta ser el hombre completo.
Y saldrás de este cosmos para nacer en otro.

 
¡¡Ah, sí, y ya puestos que no se me olvide: FELIZ NAVIDAD Y AÑO!!
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sábado, 8 de diciembre de 2018

STANLEY KUBRICK Y ERNESTO CARDENAL CHOCAN ESOS CINCO


Sabido es que en este 2018 se están celebrando los 50 años del estreno de 2001: una odisea en el espacio, la película de Stanley Kubrick que cambió los caminos por donde hasta entonces se había movido la Ciencia Ficción cinematográfica, y que abrió nuevas y enormes posibilidades (aún no agotadas) para el futuro del género. Pero esto lo sabe casi todo pitxitxi.

Aunque también pienso que si la película gusta más o menos, o es considerada más o menos buena es, en este caso, y valga la redundancia, lo de menos, porque lo que de verdad importa, o lo que de verdad me importa a mí, es que el género, desde 2001, ya no volverá a ser el mismo, ni podrá seguir siendo considerado por la sesuda crítica un género, sí, pero menor. Y creo que sólo por esto ya podríamos anotar un buen tanto en favor de Kubrick, y de su 2001: haber hecho que el género sacara pecho, se pusiera de puntillas y creciera lo suficiente y necesario para hacerse por fin mayor. Y todo esto, ¡qué duda cabe!, siempre tiene su gran mérito sin importar tanto, y valga otra redundancia, los méritos o deméritos de la cinta en cuestión.
 

Pero es que además Kubrick, contando con la oposición y las puyas de una parte de esa sesuda crítica, se atrevió a prescindir, durante el montaje, de un músico del prestigio de Alex North para componer la banda sonora de su película y utilizar, en su lugar, extractos de conocidas piezas musicales clásicas. Así, por ejemplo, lo hizo con el archipopular Danubio Azul de Johann Strauss para alguna emblemática secuencia. Y al decidirse por esta opción, y he aquí lo que me interesa, la secuencia en cuestión, localizada en el espacio infinito, en el cosmos, con la nave espacial girando y bailando frente a la Tierra, tiende una mano, un choca esos cinco, al extraordinario e increíble Cántico cósmico del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal con el que estoy alucinando durante estos días.

Porque para Cardenal el cosmos, el universo en su totalidad, la vida es, sobre todo, unión, amor, armonía, y también música y danza. Así lo transcribe en muchas de las cántigas que componen su Cántico. Porque, sin ir muy lejos y sin atosigar al personal, podemos leer en la que hace la nº20:
(…)
La materia en formación tuvo una música
y su eco son los cantos de las ballenas en el fondo del mar
o los Cuartetos de Beethoven.
(…)
Animales y plantas, todos
nosotros del mismo antepasado microscópico.
Somos notas de la misma música.
(…)
Sinfonía del universo.
La creación es un canto.
La creación que no ha terminado todavía.
(…)
“Si nuestros ojos fueran más perfectos veríamos los átomos cantar”.
El protón dicen que parece una fuga de Bach.

O en la 30:
(…)
Newton vio lo que unía
a la manzana, a la tierra y a la luna.
La danza de la energía.
(…)
Materia terrestre y materia celeste con Newton
fueron la misma.
Los movimientos de la luna y los planetas:
los de las manzanas.

Y entonces cuando la nave espacial gira y baila a los sones del Danubio en el espacio bajo la atenta mirada de La Tierra me retrotraigo (¡incluso- ver el clip- la estilográfica, como una mini-nave, baila en el interior de la nave mayor y los pasitos de la azafata sobre la moqueta también son baile!), me retrotraigo, digo, a estos versos de Ernesto y pienso que una vez más, y ya irían unas cuantas, el director estadounidense se junta en sus películas con la Cultura mayúscula, con la Cultura que a todos nos compete e incluye; hace medio siglo con 2001, unos años después con Barry Lyndon, siempre con genio y con ideas singulares e inagotables; ideas que tienen, en este caso, en 2001 al cosmos como protagonista, como gigantesca pista de baile donde los danzantes, estos son, los planetas, estrellas, galaxias, nosotros mismos sabemos guardar las distancias, flirteamos, nos juntamos y nos separamos para volvernos a unir y componer, de esta forma, ese imponente mosaico de formas, de luces y sombras, de ritmos silenciosos que nos hacen quedarnos con la boca abierta cada vez que miramos hacia arriba y vemos una estrella que, es un decir, se encuentra a 11 mil años luz de nosotros; o sea, a un porrón de kilómetros de distancia, teniendo en cuenta que un Año luz sería la distancia que recorre la luz en un año; o sea, e intento no atragantarme, ¡9,46 x 10 elevado a la 12ª potencia kms!


Sin duda, el cosmos como discotecón, como pista de baile de proporciones descomunales en el que todos y todo estamos re-unidos y movemos el esqueleto (por la fuerza de la gravedad, claro). Kubrick y Cardenal lo sabían. Y 2001, El Danubio Azul y el Cántico cósmico nos lo enseñan.


Fijaos, por último, que sólo el súper computador Hal-9000 no mueve, no menea sus huesos metálicos. Y así le luce el pelo: muere. Y a nosotros y, sobre todo, al astronauta David Bowman, con sus increíbles peripecias por salvar el pescuezo, casi nos arruina la película.



 
 
 

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lunes, 26 de noviembre de 2018

EL TANGO HA MUERTO

Hoy es un mal día para el tango. Lo fue cuando Gardel murió, pero a esa pérdida ya nos hemos ido acostumbrando. Pero a partir de hoy tendremos que acostumbrarnos a otra. Bernardo Bertolucci también nos ha dejado, y para muchos de nosotros su tango, el último que se escuchó en París, formará siempre parte de nuestra pequeña historia, de nuestra pequeña educación sentimental, con el permiso de Flaubert.

Porque El último tango...  de Bertolucci, mucho más allá que otras películas suyas (para mí siempre será la mejor, la más entrañable y sentida, la que a Bernardo le salió desde las más honda de sus entrañas) supuso una auténtica llamada de atención, una llamada que nos comunicaba que el cine también podía ser eso: algo nunca visto hasta entonces, como el personaje de Marlon Brandon, como ese Paul desesperado y desquiciado era también algo que, hasta el día de su estreno, no se había visto nunca sobre una pantalla de cine.

Después han ocurrido muchas otras cosas, gracias a Dios, pero El último tango en París, con Bernardo, con Marlon, con Maria, con el malogrado Gato, y su excelente banda sonora (ahí os va un enlace), siempre estará ahí, mientras que las otras "muchas cosas" pasarán de largo y apenas si sentiremos con su ausencia aquel mismo latigazo que experimentamos desde que vimos a Paul, en los minutos iniciales de la película, gritando mientras se tapaba los oídos bajo el paso elevado del tren; un grito que es todavía el grito de todos nosotros, el grito de nuestros tiempos, el grito de estos ruidosos tiempos que tanto nos cuestan comprender y que, a menudo, nos dejan perplejos, con el corazón metido en un puño...

 




 
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jueves, 1 de noviembre de 2018

UN PIS FUERA DEL TIESTO: LOS HERMANOS MALASOMBRA

Me acuerdo de cosas. Tengo por el cuello a la nostalgia pero aún me acuerdo de algunas cosas. Me acuerdo, por ejemplo, de aquellos Hermanos Malasombra que salían en un viejo programa de TVE que se llamaba Los Chiritipiflaúticos, junto a Valentina, al Capitán Tam-Tam, Locomotoro, y otros personajes ilustres y delirantes que nos distrajeron la infancia, y de los que hoy apenas unos cincuentones tenemos recuerdo.

Pero lo dicho: la nostalgia no va conmigo. La nostalgia me parece un “apalancón”. Que haciéndonos sentir a gusto, no nos permite, traidoramente, tirar para adelante. Y esto es peligroso. La nostalgia casa bien con aquello que escribía Manrique en la Coplas a la muerte de su padre, “cualquier tiempo pasado fue mejor” pero yo, si me quedo con algo, es con la letra y con el disfrute del poema. Y punto. Porque discrepo con el espíritu del verso.

Y así recuerdo a Los Chiritipiflaúticos y a los Hermanos Malasombra. Y a estos últimos, en concreto, que son a quienes quiero ir a parar. Porque me hacen pensar (que no añorar, ¡horror!). Y pensar que sus personajes, sus cachondeos y chuflas hoy ya no serían posibles. O si lo fueran, se echaría del escenario, o de la pantalla de TV, a los dos brothers con una patada en el culo, por inoportunos.

Porque que alguien cante en 2018 aquello que cantaban los Hermanos de, somos los hermanos Malasombra, somos malos de verdad, somos como una espina, que solo sabe pinchar y más malos que la quina, quedaría, no ya como una tonadilla anacrónica, sino como una bravuconada que no vendría a cuento, muy lejos de las pretensiones originales de resultar una gracieta más o menos amable y divertida.

Porque para cantar eso de malos de verdad, y que una gran mayoría de este país se tronche de risa, hace falta, además de una considerable dosis de ingenuidad, creer, a pies juntillas, que la bondad, como reverso de la maldad, no solo es posible sino que es amplia mayoría, y que gana a la maldad por una abultadísima goleada. Y entonces, sí, la maldad hecha minoría, hecha, por lo tanto, excepción, sí que puede resultar tema para la sorna, asunto para tomárselo a sano pitorreo. Esta excepción del malo que presume de maldad, de los Hermanos Malasombra, más malos que la quina, en cuanto que sería excepción a la regla (bondadosa), nos movería, como nos movía, a la risa.

Porque el chiste está siempre en la excepción, excepcionalmente. Aquello que contaba Woody Allen sobre el hombre que va al médico y le cuenta que su mujer se cree una gallina. Y el médico le dice que venga con ella a la consulta y que lo arreglará. Y entonces el hombre le responde que no es tan fácil: que él también quiere los huevos... Esto es, la excepcionalidad de la mujer que se cree una gallina. Y la excepcionalidad del marido que no quiere quedarse sin los huevos. La excepcionalidad...

Pero hete aquí que hoy, cuando la tortilla se ha volteado y los malos han girado el partido y el resultado, y son, ahora, ellos los que ganan por goleada a los buenos, la maldad ya no es la excepción sino la regla (malévola), y la presunción de maldad, de la que hacían gala los Hermanos Malasombra queda como una chirigota más pasada que las pinturas de las cuevas de Altamira.

Sí, claro, los malos-malotes (soy muy malo, ¡pues yo más y pongo esta cara de malísimo!) o los malos reincidentes o los que trincan y engañan, o los que falsean documentos públicos o expedientes académicos, o los que se abren cuentas en Suiza o en cualquier paraíso fiscal que toque y alimentan sus saldos con lo que pueden escamotear a tantos ingenuos, los que matan incluso, han dejado de ser una excepción y se han convertido en esa regla malévola, en los verdaderos signos de los tiempos que corren.

Y entonces cuando vemos esos decorados en blanco y negro, de cartón piedra, y a los Hermanos Malasombra cantando su letanía pienso, ¡cómo hemos cambiado! Pero lo pienso sin gota de añoranza y sí como un flagrante ejemplo de cómo está, desgraciadamente, el patio y los trapos que cuelgan en él. Nada de ingenuidad, ni de bonhomía y sí mucha mala leche, venganzas y unas ganas inmensas de medrar, de tener a toda costa más “ceros” en la cuenta corriente que el vecino, de ser más listo que el pobre ingenuo, de sabérselas todas, de presumir de que aquí estoy yo en un yate de nosécuántosmiles de euros, tostándome al sol en una remotísima y paradisíaca playa, sin haber dado ni clavo pero habiendo estafado a cuantos más y cuanto más, mejor.

Y descarao. En este orden de cosas, presumir hoy de malo, o de ser uno de los que se ríen con los Hermanos Malasombra, sería como… presumir de guapo o guapa en un desfile de modelos: una chorrada: un pis fuera del tiesto.
 

 
 
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miércoles, 10 de octubre de 2018

LEBRON Y LOS LAKERS: EL ELEGIDO Y LOS ÁNGELES

Para Alfonso,
que está atravesando su particular 11-S
 
Ahora que la pretemporada del nuevo curso de la NBA ya ha comenzado, yo voy y me descuelgo con estas reflexiones que espero que nos lleven, al final del camino, a hablar de la mencionada NBA.

Porque salgo (¡toma ya!) desde Las conversaciones con Goethe, el libro que J.P. Eckermann escribió sobre los últimos años de vida del gran escritor alemán, y que tan fascinante me ha resultado (bien que decía Nietzsche que le parecía la mejor obra escrita en lengua germana) y, sobre todo (por lo no previsible), por las dudas que me ha aclarado sobre el alucinante ascenso al poder de Adolf Hitler, sobre la 2ª Guerra Mundial, el Holocausto judío y todas esas barbaridades que cientos de documentales, películas y entrevistas dedicadas al tema, nos cuentan casi a diario.
 
Pero continuo. Y me refiero entonces a la figura del Daimon, sobre la que Goethe habla largo y tendido en estas conversaciones, y sobre la que no puede dejar de manifestar su admiración y que, además, me ha respondido a alguna de esas preguntas-sin-respuesta que me han rondado desde siempre por la cabeza, como esa por la que me he preguntado en el párrafo anterior; o sea, ¿cómo fue posible que un país tan civilizado como Alemania desencadenara las monstruosidades que desembocaron en los crematorios de Auswitz y de tantos otros lugares de infausto recuerdo?

Y es que el Daimon sobre el que Goethe escribe viene a ser una persona que aparece sobre la faz de esta Tierra cada cierto número de años, investido con una serie de particularidades que lo hacen vivir casi al margen del resto de los mortales, diferentes y geniales en su singularidad, enérgicos, impulsivos, dioses y demonios a partes iguales pero, en el fondo, una manifestación de que una divinidad “vigila” todos nuestros movimientos y nos envía, de vez en cuando, a uno de estos Daimon, situados más allá del bien y del mal (Nietzsche, again!), para hacernos ver a nosotros, vulgares mortales, lo que es capaz de realizar.
 
Os pongo algunos ejemplos. Por ejemplo, el Daimon por antonomasia para Goethe fue Napoleón Bonaparte. y es que a pesar de las guerras y muertes que provocó, su figura no podía dejar de asombrarle: su juventud, su osadía, su energía, su capacidad de generar empatías y entregas totales a su persona, su visión de futuro, su ánimo de alterar el curso de la Historia … Otro Daimon para el escritor alemán sería, sin duda, Mozart que con sólo 5 años ya componía música y daba sus primeros conciertos, o Lord Byron y su personalísima poesía. Son, sin duda, todos ellos personajes tocados por la varita del genio, singulares en su genialidad y que, normalmente, gozan de muy pocos años de vida, ya que sus años son, realmente, años que valen el doble o el triple que los normales, años vividos sin desperdicio, a tope para, rápidamente (no pueden esperar), alcanzan sus objetivos, aquello para lo que fueron depositados en la Tierra... y, rápidamente, morir a continuación. Napoleón lo hizo con 52 años, Lord Byron, con 36 años, Mozart, 35, ¿nos acordamos del “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, de Nick Ray?.

Ellos serían los elegidos… que mueven con sus ideas al resto de una Humanidad que, por momentos, parece dormida. Son los elegidos a los que debe rendirse la merecida admiración, a pesar de no coincidir con ellos en muchas de sus acciones, pero a los que nunca puede negarse esa singularidad de la que se hayan investidos: únicos en medio de la masa.

Goethe lo sentía de esta manera y, durante sus últimos años, no dejaba de añorar la próxima venida de uno de estos elegidos que sacudiría a la futura Alemania, y al Mundo, ¿porqué, no?, del letargo y de la apatía política y artística en la que se hallaba sumido malgré lui; ¿tal vez, y por desgracia en este caso, hablaría del próximo Führer? Aunque yo prefiero mirar con las lentes más cortas y pensar en Richard Wagner, ese músico que puso banda sonora al despertar alemán.

Y todo esto se me habría ocurrido mientras leía esas bonitas conversaciones de Eckermann y veía a Lebron James, ¡sí, a Lebron por fin!, con su desgarro ocular, enfrentándose a los Warriors de Oakland durante las últimas finales de la NBA.

Porque Lebron es uno de esos Daimon de los que hablaba Goethe. Estoy seguro. Más allá del bien y del mal. De los odios y simpatías. Y si para muestra de cómo se las gastan estos Daimon valiera un botón, recuerdo que, antes de uno de esos decisivos partidos finales, con los calambres, con el ojo como un tomate (¿vería algo por él?... Pero para un Daimon eso es simple cosquilleo), Lebron habló con su entrenador. Tú preocúpate sólo, le dijo, por los cuatro jugadores que saltarán a la pista conmigo porque yo voy a jugar todo el partido.  Así son los Daimon. Y LeBron lo es. Sabía que la Final estaba perdida como Waterloo lo estuvo para Napoleón, pero no podía actuar de otra manera. Sólo al Destino se rinden estos Daimon rendirse. Pero a su propio Destino.

Y por cierto, esta temporada Lebron jugará con los Lakers de Los Angeles. Sí, el elegido y los ángeles, una mezcla de la que no pienso perderme ni un sorbito.
 

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