viernes, 15 de septiembre de 2017

LA MUERTE DE DIOS, MILTON Y WAGNER


Hoy quizás me apetezca ponerme pelín serio y escribir algo sobre, sobre, por ejemplo,… la muerte de Dios. Porque nos guste o no (a Él me imagino que no le gustará nada) este es un signo de nuestros tiempos; o mejor aún, el signo de nuestros tiempos. Porque si realmente Dios ha muerto, ¿quién nos puede decir ¡alto!, quién nos puede frenar?, ¿quién puede impedirnos cabalgar a nuestras anchas? Si nadie nos vigila desde allá arriba, Alguien además que lo ve todo sin necesidad de usar prismáticos, ¿quién se va a cortar aquí abajo?

Y de momento lo dejaría ahí. Porque este sería uno de los retos que debiéramos asumir para tratar de enderezar el maltrecho estado de nuestras cosas: aprender a eso, a cortarnos, a comportarnos sin necesidad de que nadie nos ande poniendo continuamente el ojo encima.

 
Y con estas estaba, pajeándome con estas comeduras de tarro, cuando terminé el otro día de leer El paraíso perdido, de John Milton (no se me ocurre decir nada porque todo lo que diga se quedaría corto), con esos increíbles versos finales donde se da cuenta de la expulsión de Adán y Eva del Edén y… (hasta entonces no se me había ocurrido) del fracaso de Dios y de su divino plan, ya que el Creador se quedará solo en su mundo creado para el hombre y para que este lo poblara, y estoy seguro que cuando ve a Adán y a Eva salir por patas, porque aunque no se escriba Él lo está viendo (¿alguien lo duda?), y si hubiera podido (tal vez sea eso lo único que un dios no puede hacer) hubiera derramado las más tristes y amargas lágrimas.

Y como a mí que gusta el cine, ¿lo sabéis, verdad?, si hubiera recibido el encargo de rodar esa secuencia final de El paraíso perdido (transcribo abajo los versos finales en la impecable traducción que publicó la Editorial Abada) hubiera situado, posiblemente, la cámara sobre el rostro acongojado de Dios mientras observa (¿alguien lo duda?) a sus criaturas abandonando el Paraíso, sintiéndose igualmente abandonado, traicionado por esos seres a los que insufló esperanzado la vida.

 
Y me vino a la cabeza entonces una grabación de El ocaso de los dioses, de Wagner, el último título de su monumental Tetralogía del Anillo, en la que se puede asistir durante su imponente final al momento en que Wotan, el dios supremo (en la grabación que os dejo debajo, Wotan está a la izquierda del plano y de espaldas), mira impotente el incendio que, al fondo, consume el Walhalla, su querido y particular paraíso.

 
Y yendo a lo que voy, ¿no representarían ambos momentos un preciso plano/contraplano de un mismo instante? En uno Dios (desde el fuera de campo) miraría al hombre y a la mujer dejar el Paraíso mientras el fuego trepida y le hace ondular, escribe Milton; en el otro con Wotan, en escorzo cinematográfico (desde el minuto 7, más o menos, en el enlace), serían el hombre y la mujer, seríamos nosotros mismos, quienes asistimos a la muerte y soledad del dios (en escorzo) mientras, al fondo, perece su Paraíso particular o Walhalla entre las llamas, mientras suena majestuosa la orquestación de Wagner, mientras un telón oblicuo cae dejándole fuera de los asuntos terrenales.

 
La muerte de Dios, preconizada por ese inagotable e imprescindible toca-pelotas que fue Nietzsche, da para estas cosas y muchas otras. Porque quizás más que de una muerte de Dios tuviéramos que referirnos entonces a una escisión definitiva entre ambos mundos, terrenales y celestiales, entre el Cielo y la Tierra, y hablar de soledades también (en plural), aunque los resultados sigan siendo los mismos: el hombre solo sin Dios, pero Dios también solo sin todos nosotros, expulsados del Paraíso y vagando, desde entonces, por aquí abajo, dando vueltas, como moscardones mareados por un exagerado tufillo a caca.

 
El paraíso perdido, de John Milton (versos finales)
(…) Llegado el Ángel,
de la mano cogió a los desdichados;
por la puerta oriental, entre los riscos,
descendieron los tres a la llanura.
El Ángel se esfumó. Volvieron ellos
con tristeza a mirar el Paraíso,
hasta entonces su lugar afortunado,
que el fuego, al trepidar, ahora ondulaba.
La puerta se llenó de hoscos semblantes
que alumbraba el fulgor de su armamento.
Como era natural, un breve llanto
sus ojos enturbió, mas lo enjugaron.
Del Mundo la amplitud, delante de ellos,
permitía escoger cobijo y casa.
Prestábales su luz la Providencia.
De la mano los dos, con paso incierto,
a través del Edén se fueron solos.

El ocaso de los dioses, de Richard Wagner (la inmolación de Brunilda, y final)

 
 

  


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sábado, 2 de septiembre de 2017

LE MEPRIS & BARBER, MÁS PARECIDOS RAZONABLES

Para Gaizka; él ya sabe porqué

Si se parecen, yo creo que sí. A mí, por lo menos, una me lleva a la otra: o el Tema de Camille, que Georges Deleure compusiera para Le Mépris, la bonita película que Jean-Luc Godard rodara en 1963 a partir de una novela de Alberto Moravia, con Michel Piccoli, Brigitte Bardot y el inmortal Fritz Lang (¡casi nada!), y que el gusto impecable de Scorsese incluyó en su farragoso, para muchos (yo entre ellos), Casino, al profundo Adagio para cuerdas que Samuel Barber arreglara en 1938 basándose en su primer Cuarteto de cuerdas.

Vosotros diréis aunque, ante todo, pienso que las dos piezas son razonablemente inolvidables.
 
Tema de Camille
 
Adagio para cuerdas
 
 

 
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sábado, 19 de agosto de 2017

CHAVALES CONTRA HOMBRES, UNA GUERRA SIN TRINCHERAS


PS,- Vistos a los responsables de los recientes y asquerosos atentados de Barcelona, vistas sus fotos, calculados sus años, vistos sus rostros malencarados y achulados de niños bravucones y peligrosos, y después a sus sufridas madres clamando por sus "angelitos" tal que si estos, en lugar de matar, hubiesen roto todas las farolas del paseo a pedradas, no he podido sino acordarme de aquello que escribí hace unos día y en lo que, desgraciadamente, me confirmo.

Aunque no haya que alarmarse, porque yo, por lo menos, dispongo de una explicación; y esta, a menudo, ayuda a tranquilizar los ánimos y nos pone sobre la pista de qué coño está ocurriendo y de c. podríamos hacer para solucionarlo. Claro, si esto es de verdad lo que queremos.

Porque ya lo escribía en Divino Tesoro, aquel ensayo que me publicaron hace ahora unos tres años. Aborrezco autocitarme, pero ya que nadie viene en mi ayuda, o me corrobora lo que en Divino apuntaba, pues voy yo y lo repito. En sus líneas está esa explicación a la aludo en el párrafo anterior.

Resumo la tesis: la preocupante juvenilización, cuando no infantilización (probablemente me quedara corto echando las manecillas del reloj hacia atrás), que sufren nuestras sociedades, encabezadas por las pertenecientes al otrora sólido y, más o menos congruente, Occidente.

Y esto lo escribiría ahora a cuenta del gesto que realizó el magnífico, juvenil y añiñado (para sus 27 tacos) Curry, ilustre base del equipo de baloncesto de los Warriors de San Francisco durante el tercer partido de las Finales de la NBA de este curso 2016/17.

El “muchacho”, después de que un compañero de equipo anotara un triple que iba a suponer la victoria de su equipo en la cancha del contrario, los Caballeros (¡qué ironía, ¿verdad?) de Cleveland, se acuclilla, en actitud de sufrir de repente un inoportuno apretón, apunta a la grada con las posaderas, y simula que lanza un (tor)pedo a la grada o suelta un zurullo en mitad del parquet, ante la vista abochornada y los silbidos de los 20.000 asistentes al partido. Os pongo aquí el vídeo (en cámara lenta, no es un error); echadle un vistazo. (Aunque lo siento, por lo no-visto, y por ahorrarnos el sonrojo más violento, las autoridades de YouTube han decidido cancelar el vídeo; buscadlo vosotros si podéis; quizás ande por ahí; yo no he podido).

Aunque lo dicho: yo, más o menos tranqui, hasta donde se puede estar tranquilo. La redacción de Divino Tesoro me habría servido para eso. Para no tomarme estas cosas demasiado a la tremenda, para soltar un suspiro desolado, eso sí, y decir para mis adentros, ¿adónde estamos llegando?, meterme en los bolsillos un par de cápsulas de estoicismo y confiar en que esto se pase ya que, y lo habríamos oído en algún sitio, si hay una enfermedad que se cura con el tiempo ésa es la juventud.

¡Que duda nos debe caber entonces si afirmo que la juvenilización de la sociedad nos está llevando, a primera página de los periódicos y de las redes sociales, este tipo de gestos gamberros, maleducados, juveniles, pero sin mayor trascendencia, estúpidos en sí mismos, y que enseguida pasarán, y si no pasan, pues cambiamos de canal y a otra cosa, que no tendremos prisa pero tampoco tiempo que perder, como suele decir un buen amigo.

¿Por qué os imagináis a los Magic, Bird, Jordan haciendo gestos como este de Curry? Aquéllos, y por no salirnos del mundo de la NBA, eran adultos, hombres hechos y derechos, cuidado, para lo bueno y para lo malo, pero hechos y derechos, y a los que chorradas como las del mocoso Curry seguro que les hacen agachar sonrojados las cabezas. Las broncas y malos modos del chaval Kyrgios no serían sino otro más de estos ejemplos de esta creciente y mal entendida juvenilización de nuestras sociedades, adscrita en esta ocasión, y por no salirnos de los ámbitos deportivos, al circuito tenístico de la ATP.

O ya más en serio, aunque sólo fuera por su inequívoca influencia en nuestras vidas, más allá de los Curry o Kyrgios de turno, el propio Kim Jong-un desde el Norte de Corea con sus rabietas y soflamas de chiquillo-tragón, o el musculoso Vladimir (Putin) o Donald Trump, con su procaces poses y declaraciones, con su nombre de dibujos animados, sus frecuentes salidas del tiesto, impropias de un presidente de una nación civilizada, no serían sino otros ejemplos de este calamitoso estado de las cosas que nos está tocando vivir.

Que la juvenilización actual y el auge de los populismos están en línea directa y se retroalimentan la una al otro, es algo sobre lo que, al día de hoy, no tengo la más mínima duda.

Y si me estiro, y con esto ya termino, ¿no son los mismos atentados yihadistas, de no contarse las tragedias y muertos que ocasionan, y atendiendo a las edades, al cruel ensañamiento y a las tácticas (sic) empleadas por los terroristas, extravagantes chiquilladas de adolescentes mosqueados porque les han dejado tres para septiembre?

Conducir, por circunscribirme a lo más reciente, un camión o una furgoneta a lo loco, en zig-zag, por una avenida llena de gente inocente (que no les ha hecho nada), para atropellar al mayor número de viandantes posible, o asestar puñadas a diestro y siniestro entre los asistentes a un mercadillo popular, o llevar a cabo ataques suicidas a la salida de un concierto de música cargando en una mochila explosivos, en lugar de libros de texto, para llevarse por delante a cuantos más, mejor; sean hombres de 90, de 39 (Ignacio Echevarría), o de 10 (Manchester), más y más desgraciados ejemplos de que el Tesoro ha dejado de ser Divino y de que el panorama, más que preocupante (por aquello de que confiemos en que los años, el sentido común y las arrugas, en último término, nos arreglarán el problema), resulta, y esto sí no nos lo quita nadie, vergonzoso y dolosamente desmoralizante.
 

 
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domingo, 23 de julio de 2017

CLINT EASTWOOD, EL ABUELO CHOCHEA


 Clint Eastwood ha supuesto, posiblemente, una de las mayores alegrías que me ha proporcionado en los últimos años el decadente (¿y hasta dónde irá a parar?) cine yanqui. En su momento me vi 7 veces, un al día durante una semana completa, su magistral Sin perdón. La reflexión que Clint plasmaba en ella sobre la violencia y, lo que pareció más increíble, su increíble puesta al día del personaje de justiciero que él mismo se había ido cincelando desde sus primeras películas con Sergio Leone, me dejó boquiabierto, al no haber asistido a nada similar desde los lejanos e incomprendidos tiempos del acerado cine de Jerry Lewis y del personaje que con él había creado. Sí, sí, Jerry Lewis, el payaso que actuaba con Dean Martin, y que luego decidió montarse un gran circo por su cuenta.

Pero, volviendo con Clint, y a lo que iba, el otro día vi Sully, su película basada en Chester “Sully” Sullenberger, aquel piloto que en 2009 se convirtió en un héroe cuando logró realizar un aterrizaje forzoso en pleno río Hudson, en Nueva York, salvando las vidas de sus 155 pasajeros. Y, creedme, que lo siento mucho, pero Clint Eastwood a sus 87 años ha perdido el “punch” por el que era envidiado por todos sus colegas de profesión y por tantos admiradores (yo entre ellos), apoltronados en las distintas butacas de los cines del mundo entero. Sí, el abuelo Clint chochea.

Yo ya había notado algo de todo esto: ciertos resbalones, ciertas salidas de tono, en los años de sus aclamados puentes de madison. Corría entonces el año 92, del siglo pasado, pero la historia que protagonizaban los hijos de Meryl Streep, en crisis con sus respectivas parejas, y que, después de conocer el diario y la bonita historia que su madre vive durante unos días en la soledad de su hogar con el fotógrafo que interpreta Clint Eastwood, vuelven a congraciarse y a comer perdices, como si nada hubiera ocurrido, ya me resultaba muy endeble; una peligrosa premonición del tono almibarado, con muy poco peligro que iría apoderándose del grueso de su filmografía, que vendría después, donde el genio recio y sin concesiones que nos entusiasmaba de, por ejemplo, El jinete pálido o Bird, de Sin perdón o Un mundo perfecto ya empezaban a perderse detrás de la esquina, a brillar por su ausencia.

¿O que nos depararon en su día, seamos sinceros, Medianoche en el jardín…, Poder absoluto, Ejecución inminente, Space Cowboys, Deuda de sangre, Mystic River- sería la excelente y ¿última? excepción a la regla, sus bienintencionadas pero, ¿algo más?, Million Dollar Baby, el díptico guerrero Banderas de nuestros padres-Cartas de Iwo Jiwa, la ya cargante (tanto como su protagonista, la mediocre Angelina)  El intercambio, o las apáticas e insuficientes Gran Torino, Invictus, Más allá de la vida, por no hablar ya de la-poca-cosa que suponen sus Jersey Boys, El francotirador o, por fin, y la que motiva estas líneas, la triste e insuficientísima Sully?

Quizás alguien me aconsejara que zanjara la cuestión diciendo que un abuelo no está ya para demasiados trotes, que 87 palos son ya muchos palos, demasiados. Pero, sin embargo, Clint sigue en la brecha con otra película para el año en el que estamos, una adaptación de The 15:17 to Paris, que describe el intento de asalto de Ayoub El Kazan a un tren de pasajeros el 21 de agosto de 2015 durante el servicio París-Amsterdam. Luego el abuelo no para, pero repito: chochea, y yo no esperaría grandes alharacas de este viaje en tren hasta los Países Bajos y sí en cambio, por hacer un chiste barato, un (según seamos de críticos) pequeño o gran bajón.

Luego, e incluso atentando ahora contra uno de mis últimos héroes cinematográficos, me preguntaría si como se pregona entre los más puristas círculos críticos cada vez que Clint estrena una película, cual si del lugar más común se tratara, si Clint Eastwood, digo, es realmente el último cineasta clásico.
Porque más allá de cuestiones puramente cinematográficas, o no, mejor inmersos en ellas, ¿no sería una característica común a todos los clásicos, que con el celuloide han sido, a los Hitchcock, Houston, Hawks, Ozu, Mizoguchi, Dreyer, etc. y etc., el hecho de que las arrugas y los años les hicieron mejores y que, de hecho, algunas de sus grandes películas son, precisamente a las que les toca figurar en los últimos escalafones cronológicos de sus filmografías?
Y acordémonos de Frenesí (Hitchcock), de Dublineses (Houston), de El Dorado (Hawks), de El hombre que mató a Liberty Valance o de Siete mujeres (Ford), de Cuentos de Tokio (Ozu), de Gertrud (Dreyer) o, por no resultar abrasivo, de El intendente Sansho o de La emperatriz Yang Kwei Fei (Mizoguchi), y comparémoslas, ya sé que son odiosas las comparaciones, pero hagámoslo y sin que sirva de precedente, con las últimas entregas del otrora (ya va siendo hora de decirlo) gran Clint Eastwood, y preguntemos ahora, ¿será de verdad Clint Eastwood el “último cineasta clásico”?, ¿o será esta otra de esas exageraciones a las que tan propensos parecemos en estos tiempos, para atenuar y soportar mejor este desolador panorama cultural que tenemos entre las manos y ante los ojos? Vosotros diréis.



 
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lunes, 3 de julio de 2017

CRISTIANO RONALDO Y LA PIEDRA


En la entrada que hice en mi blog el 28 de junio de 2012, ¡cómo pasa el tiempo! (aunque para algunos sea como si no pasara ni el tiempo ni nada, y continúan tropezando 2 veces en idéntica piedra, y me temo que hasta que no se peguen en la mismísima espinilla 1000 veces, no se quedarán tranquilos); sí, en esa entrada a la que llamé, Los lugares comunes (y el fútbol), hablaba de eso, de que el fútbol es posiblemente la actividad humana más trufada de estos lugares comunes, donde éstos más campan a gusto, más a sus anchas.

Y comentaba, entonces, uno de los más célebres soniquetes que “canta”, letra arriba, letra abajo, que la suerte de los penaltis, la tanda de lanzamientos desde los 11 metros, con los que se decide el resultado de aquellos partidos eliminatorios cuyos 90 minutos reglamentados y los 30 añadidos de la prórroga, han terminado en empate, en un ni para ti ni para mí pero que, sin embargo, debe, sin embargo, resolverse en favor de “ti” o de “mi”, es una lotería: la lotería de los penaltis.

Y entonces escribía aquel 28 de junio (me imagino que con motivo de la semifinal del Europeo que enfrentó a España contra Portugal):

“(…) Y termino. La semifinal de España contra Portugal se decidió en la tanda de penaltis. Y los penaltis clasificaron a España para la final del domingo. Y no, no fue un asunto de suerte o de loterías (del Estado). Simplemente España fue mejor en esa faceta última del juego. O cometió menos errores que el contrario. O no tan graves. Porque Portugal se enredó en uno bastante gordo. O, al menos, así lo creo yo. Dejó que Ronaldo tirara el quinto penalti de la tanda. El quinto, el decisivo (¿ah, Ronaldo, el engreído, el que quiere el Balón de Oro por encima de todo y de todos- ¿está Messi por ahí?) porque el quinto penalti siempre vale para algo: para ganar el partido, para perderlo o para empatar y seguir tirando más penaltis. Pero siempre vale para algo SI SE TIRA, porque es un lanzamiento que puede no tirarse. Que fue lo que pasó. Y pregunto, ¿qué hubiera ocurrido si el mejor lanzador de Portugal, o sea Ronaldo, hubiera tirado el primer penalti, más discreto y sin tanto bombo como el quinto? España había iniciado la tanda. Y Xabi Alonso falla el primer lanzamiento. Si Ronaldo hubiese sido el primero, hubiera chutado y marcado y posiblemente el resto de los lanzamientos no habría sido lo mismo. ¿Quién sabe? Quizás España se hubiera descentrado y Portugal hubiera alcanzado la final. Nunca podrá decirse. Pero el caso es que Portugal y Ronaldo cometieron un error. Y los errores se pagan. Y España está en la final. ¿Suerte, lotería? ¡Por favor, seamos serios y… menos comunes!”

Todo lo cual viene ahora a cuento, vuelve a salirme a colación, porque Ronaldo, aquel-engreído-en-busca-de-la-gloria, aquel yo-y-yo, continúa siendo 5 años después el mismo yo-y-yo-y-después-otra-vez-yo, y que a los demás que les den, aunque los demás sean sus compañeros, los integrantes de su equipo nacional de fútbol.

Porque Cristiano volvió a tropezar con la misma piedra: semifinales de la Copa FIFA de Confederaciones, la competición que disputan las selecciones ganadoras de sus respectivas Confederaciones, en el país donde se disputará el próximo Mundial; semifinales, digo, contra Chile, otra vez, la tanda de penaltis, y él otra vez, el gran Cristiano, otra vez terco, terquísimo, arrogante, y-yo-y-yo-y-después-otra-vez-yo, quiere lanzar no el 1º, demasiado "madrugador" y que muy pronto se olvida, aunque sea fundamental empezar la tanda marcando, sino el 5º, ese que puede dar la gloria pero que PUEDE NO TIRARSE. Que fue lo que volvió a ocurrir 5 años después. Y Portugal otra vez, eliminada, fuera de la Final, pero Ronaldo tranquilo como un pachá porque el muchacho no aprende y no se entera de nada aunque la inflamación de la espinilla, a base de tantos trastazos contra el mismo adoquín, le esté rozando ya la entrepierna. Pero qué se le va a hacer, esta gente son así: encantados-de-conocerse, encantados-de-tener-los-pies-como-botas. Claro me dirá alguno, por algo es uno de los mejores futbolistas del mundo. Touché?
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miércoles, 21 de junio de 2017

MANOS ARRIBA, PERO QUE ESTO NO SEA UN ATRACO

Harto estoy de que nadie se caiga del guindo. Como si los “popes municipales” de la cultura pusieran el precio a las entradas de los espectáculos en general porque a alguien, que pasaba por ahí, se le ocurrió decir “tanto” y todos, como borregos, hubieran asentido:, “¿tanto?, de acuerdo muchachos, tanto”.

Y esto lo saco ahora a cuenta de los 65 euracos que hubo que pagar por escuchar en el Teatro Arriaga de Bilbao al imprescindible Juanjo Mena (porque nunca me cansaré de alabar la ingente labor que hizo al frente de la Orquesta Sinfónica de Bilbao, y de cuyos valiosos réditos la BOS continúa viviendo en la actualidad, y bastante bien por lo que tenemos oído; que sea por un montón de años); al imprescindible Juanjo Mena, decía, al frente de su actual formación, la Filarmónica de la BBC londinense. Pero, ¡ojo!, y es a lo que voy: lo “imprescindible” nunca debería ser es el factor único a tener en cuenta a la hora de fijar el precio de las entradas, de una entrada, en este caso, para escuchar a Juanjo Mena dirigiendo a la Filarmónica de la BBC. Hay otros factores, otras cosas, en las que nadie parece reparar…
 
Cierto que podría aducirse, y esto es un escueto paréntesis, que hubo precios más asequibles para asistir al concierto, hasta llegar a los 50€ (sic), pero en localidades que, en el Teatro Arriaga, bien pueden llamarse, y de buen rollo, tuertas, o ciegas directamente. Vamos que si la taquillera se cubre la boca con un pañuelo, bien hubiéramos podido escuchar aquello de ¡¡esto es un atraco!!
 
Y explico porqué considero esos precios abusivos para oír en el Teatro Arriaga a Juanjo Mena y su Filarmónica, porqué me siento con ello, desplumado, atracado-a-entrada-armada. Porque así, denunciando estos abusos, puede que aquellos “popes”, a los que aludía al principio, se lo piensen dos veces antes de asentir ante la primera ocurrencia de “tanto”. Aunque debamos, si queremos resultar convincentes, hacer acopio de buenas razones, tantas como podamos, para dejar a esos “popes” sin posibilidad de contraataque. Luego, me meto en la charca hasta la cintura y busco razones.

Y nos ponemos, entonces, en los tacos de salida y empezamos, por afirmar, que el precio de una entrada, para cualquier espectáculo o concierto, como es el que caso que motiva estas reflexiones, debe, o debería (porque, de hecho, no lo está y, como también decía más arriba, nadie parece reparar en ello), estar sujeto, ya que hablamos de música, a la calidad o fama (medidas ambas, si se quiere- acepto pulpo como animal de compañía- en términos de ventas de discos) del cantante o grupo que vayamos a escuchar; también se debería tener en cuenta, la cantidad de profesionales que harán falta para montar la representación y los artistas que pisarán el escenario (no es lo mismo la actuación de un heroico y sobrio cantautor, que la actuación de una impresionante, por el número de profesores y cantantes que se necesitan, orquesta que fuera a interpretar la 8º sinfonía de Gustav Mahler; y también, habría que tener en cuenta, la “seriedad” o trascendencia del acontecimiento (no es lo mismo una actuación durante una merendola de cumpleaños que una actuación hecha y derecha o, cambiando al tercio deportivo, una confrontación deportiva amistosa o una oficial). Y pienso que hasta aquí todos estaríamos, más o menos, de acuerdo; ¿o no?

Sería la diferencia que habría que abonar por asistir a un concierto de Bruce Springsteen (al que por algo llaman el Boss) o a uno del infausto, Manel Navarro (sí, el representante español en el Festival de Eurovisión 2017, al que sus más allegados, posiblemente, llamen Manu); la misma que habría entre un partido de esos que se incluyen dentro de la preparación de los equipos de cara a la temporada venidera, y que acontecen durante los torneos veraniegos, y cuyo resultado no iría, en realidad, a ningún sitio, y una Final de la Champions cuyo resultado no sólo es que siempre vaya a alguna parte, sino que de él pende la continuidad, o sea, el empleo y sueldo, de muchos entrenadores y jugadores.

Pero también habría que considerar otros factores, y entre estos ése sobre el que casi nadie cae o lo tiene en cuenta, y que sería, el lugar (recinto, estadio, …) donde la actuación musical o contienda deportiva o lo que queramos añadir a la lista, vaya a celebrarse.

Porque creo que el concierto, el partido, o lo que sea, se prestigia y debe, por lo tanto, valorarse también en función del recinto o del estadio donde vaya a producirse. Las circunstancias, y el dónde es una de las circunstancias más a tener en cuenta, deberían hacer subir o bajar el precio de las entradas.

Y ahora es cuando muchos, que han llegado hasta aquí, se paran y se lo piensan: pero, ¿qué está escribiendo este tío?, ¿se le ha extraviado, acaso, la última neurona que le quedaba sana? Y yo, primeramente, aconsejaría tranquilidad, que nadie perdiera los nervios, que no cunda el pánico, que para esto no hemos venido y le dé, a cambio, una vueltita (de tuerca) a la propuesta y calibrara si debe costar lo mismo una entrada para ver un partido de fútbol en (con todos mis respetos) Lasesarre, el campo de fútbol del Barakaldo, o una entrada para ver ese mismo partido en Wembley. Lasesarre tiene su precio y vale tanto, y Wembley tiene el suyo y vale un poco más. Yo lo tengo claro. El mítico estadio inglés se habría ganado ese plus por la cantidad de memorables partidos y hazañas que su césped ha visto. Así, el recinto donde se celebra el acontecimiento prestigia al mismo acontecimiento (de igual manera que a la inversa; cuestión de sinergias, si se quiere uno ponerse pureta), y lo que importa: el prestigio debe pagarse.

Porque los participantes en el acontecimiento (sean músicos, deportistas o artistas en general) también querrán, de forma inconsciente si se quiere (pulpo-animal-de-compañía, vale), estar a la altura de las circunstancias, del lugar, en este caso, donde va a producirse la contienda o su actuación. Y de esta manera, resulta comprensible que, en igualdad con las otras condiciones, traten de esforzarse más, de hacerlo mejor, en esos recintos con un mayor prestigio (que, por supuesto, enseguida se traduciría en una mayor repercusión mediática, y enseguida, en dinerito contante y sonante) que en aquellos otros que aún no gozan (mediáticamente) de tanta solera o predicamento.

Yo comprendo, por ejemplo, que en igualdad con las otras condiciones (y no que ese día de actuación coincida, precisamente, con el 75ª cumpleaños de Mick Jagger, por ejemplo, con lo que éste podría querer darlo todo sobre el escenario para que sus “años de platino” resalten más con una actuación memorable), los Rolling se (pre)ocupen más, se esmeren más por su concierto en el Madison Square Garden que por su concierto en nuestro querido, ya que vivo y estoy en Bilbao, Pabellón de Miribilla, el recientemente construido y flamante recinto deportivo de nuestra ciudad, si es que esto pudiera darse en alguna parte, aparte de en los sueños.   

Y vuelvo ya por donde empecé: Juanjo Mena, la Filarmónica de la BBC, los 65 pavos, y…. el Teatro Arriaga, echando tierra y piedras sobre mi propio tejado. Lo sé y lo asumo, pero Teatro Arriaga no tiene aún (y espero, como agua-de-mayo, que se lo gane en un futuro muy próximo) el aroma, el prestigio ni la solera de otros recintos.

Claro que todo esto, si le diéramos la vuelta a la tortilla, serviría también para justificar los precios de las entradas que hubo que pagar a-toca-teja (de 120€ a 40, abusivos para muchos pero, en este caso, sin motivo) para presenciar la Final del Manomanista en el Frontón de Miribilla.

Y la justificación, con los mismos argumentos que he venido exponiendo hasta ahora, resulta obvia. La Final del Manomanista es el enfrentamiento cumbre de la Pelota a Mano. No hay una confrontación entre dos pelotaris de semejante nivel, un Campeonato de Pelota a Mano de semejante prestigio y, además, un recinto, el Frontón de Miribilla de semejante prestigio, con enfrentamientos en él que ya han hecho Historia por su trascendencia y calidad, con sus 3000 localidades (posiblemente el más grande del mundo), y su perfecta visión desde cualquiera de ellas, ninguna tuerta, ninguna ciega; sin duda, el recinto Nº1 para presenciar un cara a cara de este nivel.

Por ello los precios, para presenciar el partido, pueden ser elevados; pueden, incluso, rozar el precio que se desee, ya que nada hay, en el deporte de Pelota, que se pueda poner a su altura. Es Pelota a Mano, de acuerdo, un deporte minoritario, pero es el mejor partido que se puede disputar y presenciar dentro de esa minoritaria especialidad deportiva.

Así que, en este caso, habría que abonar el precio que se nos pida, porque merece la pena, porque ningún enfrentamiento deportivo que se celebre en un frontón podrá superarlo. Nada habría mejor.

Y al revés, y sobre estos mismos derroteros, volviendo a girar la tuerca, tendríamos que subir los gritos al cielo ante los abusivos, ¡estos sí!, precios (¡95€!, desde los 40, que ya están bien) que cuestan las entradas para ver la Final de la European Cup de rugby, el año que viene aquí, en Bilbao, en San Mamés, que sí que tendría su indiscutible solera, pero más como estadio de fútbol; unos abusivos precios que, ni siquiera, pagué (pagué casi la mitad) por asistir a un partido decisivo del Seis Naciones en el Milenium de Cardiff, uno de los templos de este deporte o, cambiando la hierba pero sin salirnos de los templos, por una entrada (porque también fui, ¿qué pacha?) en la Pista Central de Wimbledon para ver jugar a Venus Williams, a Nadal y a Murray (cierto, en octavos de final, y no en la Final, pero bueno) durante el más prestigioso torneo de tenis.

Aunque resumo y ya termino (que va siendo hora), con todo esto no estaría tratando sino de poner un poco de cordura, y de sentido común (lo sé también: el menos común de los sentidos) en las mentes de los responsables, de esos “popes” cuando se sientan y deciden asignar un precio a las entradas de cualquier acontecimiento cultural que vaya a celebrarse en los recintos, por supuesto, sobre los que tengan poder de decisión.

Colocar en una lado de la balanza, el precio; y en el otro lado, todas las circunstancias que rodeen al evento, sin olvidarse de ése del que casi todos se olvidan (por esto empecé a barruntar este artículo), del recinto donde el evento pasa de las letras y grafismos que se dibujan en la entrada al escenario y se hace realidad; y si la balanza queda equilibrada, en una horizontal más o menos admisible, será que los cálculos no se han hecho del todo mal. Y entonces no quedará más que dar la enhorabuena a todos esos “popes” y responsables, y levantar las manos pero para estrechar las suyas, encantados, porque esto ya no sería un atraco, y por desgracia no abundarían encuentros como estos, con gente tan sensata.

Y ya que se incluyó en el concierto de Juanjo Mena en el Teatro Arriaga, os dejo con la Variación 18 de la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rachmaninov. Para amenizar la lectura de esta (un poco extensa) entrada, y para flipar: uno nunca se cansa de escuchar estas cosas…
 
 
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domingo, 4 de junio de 2017

NI UNA PALABRA SOBRE LA 12ª CHAMPIONS


Casi nadie se dio cuenta. ¡Qué pocos leen mi blog! Porque si lo leyeran, hubieran reparado en el artículo que subí del 6 de diciembre de 2016, Ocurrió el 27 de noviembre, por la tarde: Del Potro & Bengoetxea, y hubieran sabido que Oinatz Bengoetxea ocupa desde ese día un puesto en el Olimpo de los dioses del deporte, y que eso es decir muchísimo y, lo más importante, no se hubieran llevado las manos a la cabeza ni rascado el bolsillo cuando el domingo 28 de mayo el de Leitza derrotó en la Final del Manomanista (18-22) a Iker Irribarría, el vigente campeón, y súper favorito (100 a 60 cantaron por él los corredores).

Y cierto que aquella entrada obedecía a ese hecho concreto: la llegada con todos los honores de Oinatz al Olimpo. Aquella tarde había ganado a Asier Altuna la Final del 4 ½ y conseguía, con ello, la Triple Txapela, por llamarla de algún modo; esto es, Oinatz era ya campeón del 4 ½, Campeón del Parejas, y Campeón del Manomanista, especialidad esta última en la que había vencido a su paisano, Abel Barriola, allá por ¡¡2008!!

Y echemos, ahora, mano a las hemerotecas y comprobemos cuántos pelotaris hay que puedan presumir de haber sido campeones en la modalidad reina de la pelota con nada menos que ¡¡9 años de diferencia!! Así que si Oinatz había entrado en el Olimpo no era, precisamente, porque alguien le hubiera regalado un bono. Si un deportista ha sudado la camiseta por conseguir un puesto entre los elegidos, ése bien puede llamarse Oinatz Bengoetxea. Pero esto no deja de ser un pequeño apunte de la épica que envuelve a estos dioses del Olimpo; y si para muestra un botón, no, para muestra, Oinatz Bengoetxea, y con todos los merecimientos.

Pero, y lo escribía al principio, sobre todo esto nadie parecía haberse dado cuenta: ni los apostadores, que alegremente cantaron 100 a 60; ni los aficionados, que no llenaron el Frontón: claro, pan comido para Iker, seguro que será un visto-y-no-visto, ¿para qué gastarse, entonces, la “tela” (que no sobra)?, ¿para qué acudir a Miribilla?, si además lo echan por televisión y cuando la paliza ya sea de escándalo podremos levantarnos de la butaca y tomarnos la merienda. ¿Y la prensa?, ¿qué podríamos contar de ella y de sus pronósticos? Pues más de lo mismo, añadiendo que para el negro sobre blanco Oinatz nunca ha sido un pelotari de esos que llenan las portadas.

Sí, aún recuerdo cuando Oinatz derrotó a Abel en la Final del 2008. Las crónicas no se refirieron, entonces, a Oinatz como a un campeón menor directamente, pero lo sentían sin escribirlo. Para ellas Oinatz era un pelotari menudo, sin demasiado carisma, revoltoso, habilidoso tal vez, pero poco más. Había derrotado a Abel plantándose heroicamente, eso sí, en el cuadro 5 y entrando al aire a todo lo que salía rebotado del frontis, hasta que Abel bajó los brazos, agotado, derrotado.

¿Y poco más? Yo creo que más no, suficiente. Pero en aquellos tiempos, los imperiales tiempos de los Irujo, Olaizola, Titín, e incluso Xala, las maneras que exhibía Oinatz se antojaban acaso pillerías infantiles; sí, un buen pelotari pero muy poco más si lo comparamos con los otros monstruos, con la seriedad  y el talento que repartían a borbotones aquellos que he mencionado más arriba, con los que competía día sí, día no, y no siempre con los resultados que Oinatz hubiera deseado.

Sí, aquel fue el sambenito de Oinatz. No haber sido otro de esos monstruos. Pero es que de esos salen uno o dos cada ¿cuánto tiempo? Así que no debimos ser tan exigentes con él, y confiemos en que ahora el sambenito de Oinatz se haya esfumado para siempre, que hayamos acabado con la murga esa que cuenta que Oinatz sí, pero… Pero, ¿qué?, digo yo. Porque desde el 28 de mayo Oinatz ya será para siempre un pelotari mayor, pero como una directa extensión de aquel mismo pelotari de play-station que nos deslumbraba antes de romperse en vísperas de la Final de 2015 y, sobre todo, de aquel glorioso día del mes de noviembre cuando pudo lucir sobre su cabeza la Triple Corona de la Pelota a Mano.

Porque su triunfo contra Irribarría se debió, precisamente a eso, a palabras mayores: a saber estar, a saber empezar perdiendo 5-1, a saber no ser favorito, a saber no perder la cabeza ni el norte durante toda la contienda, cuando Iker le remontó un 12-17 y le empató a 18, a saber buscar las cosquillas al rival, a saber volverle loco, con los saques al ancho o contra la pared, a saber desquiciarle, a saber hacerle fallar ese pelotazo facilón y decisivo con el 18 iguales, a saber tantas cosas, y saber más por diablo que por viejo.
 

Sí, y no me equivoco de orden: a saber más por diablo que por viejo (Oinatz aún no tiene 33 tacos). Porque a Oinatz le ha tocado bailar no con la más fea, sino con toda la cuadrilla de feas, y en pleno apogeo; los Irujo, Olaizola, etc., a los que antes aludía. Y no sólo ha bailado con todas ellas sin excepción, sin dejar que ni una se quedara aburrida esperando en el taburete, sino que en la discoteca, perdón, en el frontón ha aprendido todos los pases de baile que esos callos le han enseñado.

Por eso ganó Oinatz. Por ser el mejor alumno de los profesores más feos, y saber demostrarlo: por pillo, por jugar con el cuchillo entre los dientes, por buscavidas, por astucia, por malicia, por no querer coger prisioneros, por… diablo, pero diablo de los buenos, no de esos con cola y cuernitos, y cuando, además, toca ser diablo.

Y por eso perdió Iker. No por buenísimo, sino por buenazo, por no haber roto un plato en su vida y no llevarse nunca el cuchillo a la boca, por noblote, por respetar hasta las comas de la Convención de Ginebra, por buen chaval, por pensar que ese diablo sin cola ni cuernos no existe y creer que la Cátedra siempre tiene la razón, por no haber leído tampoco mi blog y no saber, por ello, que Oinatz reside en el Olimpo de los dioses desde hace unos cuantos meses, por todo eso que le hizo cometer 12 errores, por todo eso que al no saberlo le colocó allá donde ni en sus peores pesadillas se imaginó estar: 18-22.
 

Y sospecho que en el Olimpo hubo juerga esa noche de domingo, y juerga de la buena. Creo que todos esos maestros que Oinatz ha tenido en su larga carrera y que, tan a menudo, le han zurrado con la regla en punta de los dedos y obligado a morder el polvo, habrán sonreído. Con malicia y hondo respeto. Porque Oinatz había enseñado a todo el mundo (la Cátedra no volverá a cantar en su contra un 100 a 60 con ese entusiasmo de los Niños de San Ildefonso, la prensa se lo pensará dos veces antes de lanzar un pronóstico en su contra, y los buenos aficionados no lo dudarán y llenarán los frontones cuando vean su nombre en los carteles del Festival) que la lección se la ha aprendido de memoria y que ya no la olvidará mientras viva, esa lección que cualquier diablo que se precie, te la suelta de corrido, pero diablos de los buenos, de esos que no tienen ni cola ni cuernitos, de esos que, hayan ganado o perdido, aún compiten en la duchas con el puño cerrado, mientras, con una mueca contrariada, se repiten, ¡ese j. dos paredes no estuvo bien tirado!, y un chorro de agua les aclara y les recuerda, tranquilos, muchachos, el partido ya se ha terminado.

Aunque tampoco habría que sacar las cosas tan de quicio. Iker sabrá sobreponerse. ¡Cómo no! Sólo tiene 20 años, y pegada y talento para dar y regalar. Pero aprenderá también, ¡cómo no!, que para ganar algunas finales no hay más remedio que vestirse de diablo, aunque todas las madres del mundo sigan queriendo casar a sus hijas contigo.

Ah, sí, y ya lo veis: ni una palabra sobre la 12ª Champions. No pensaba decir nada sobre ella, pero es que ahora, además, con los atentados de esa misma noche en Londres, la solidaridad con las víctimas, familiares y amigos de las víctimas, y con el pueblo británico que, después de todo, son los inventores de esto del fútbol y de la Champions, por extensión, debería ser total. Así que silencio doble, un recuerdo sentido, y sepamos estar a la altura de las circunstancias… y no miro a nadie de blanco, aunque me temo que, en este mundo nuestro, esto sea lo más parecido a pedir peras al olmo.

 
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