Cuando me han preguntado por mis directores de cine
favoritos, cosa que tampoco han hecho tantas veces, tampoco mi opinión es tan “sagrada”,
yo siempre he respondido que Alfred Hitchcock y Federico Fellini, y no
precisamente por ese orden, sino sin orden ni concierto; o sea que lo mismo me
da uno primero que otro, porque para mí los dos son “los más grandes”, los que “más
grandes películas” han rodado a lo largo de sus carreras.
Pero por otro lado también he defendido siempre que una
gran película debe tener un gran final; un final que se recuerde y que no te importe volver a ver una y otra vez, disfrutándolo a tope. En este
sentido Fellini cumple con la regla. Los finales de Roma, El Casanova, 8 ½,Satyricon,
Los clowns, La strada, etc. etc. no tienen desperdicio. Y el nudo en la
garganta lo tienes garantizado mientras visionas esas secuencias o las revisas mil
veces si hace falta.
Pero, sin embargo, con Hitchcock, sucede algo
curioso. Sus películas para mí no tienen grandes finales a pesar de ser grandes
películas. No es un gran finalizador, un gran "matador" pero hasta con eso el maestro inglés sabe plasmar su originalidad y excepcionalidad, y allá donde pone la cámara y su voz de “acción”, pone su talento. Por eso reconozco que sería un agravio no mencionar alguno, no muchos como Fellini, pero sí alguno de sus inolvidables finales: el de Vértigo con James Stewart plantado en lo
alto un campanario, curado de su agarofobia pero absolutamente destrozado, o el de Los pájaros, con las aves adueñadas del
pueblecito costero y suponiendo una amenaza que no se cierra con el final
de la película sino que continúa más allá del negro que corta la ficción,
aterradoramente sine die, y sobre todo y para mí, el favorito, el final en el teatro de los 39 escalones, una vieja película de su época británica, de 1939, justo
antes de que el orondo director pegara el salto hacia las colinas hollywoodienses.
Y es que el final de 39 escalones siempre me ha tocado la fibra como pocas cosas lo han hecho, con el fantástico personaje de Mr. Memory, un buen hombre, un profesional que trabaja en un
espectáculo de variedades gracias a su prodigiosa memoria y en cuya cabeza la organización
de espionaje llamada, precisamente, los 39
escalones ha introducido unos informes secretos, haciéndoselos memorizar, para evadirlos, inocentemente, junto a su persona de Inglaterra.
Sin embargo la Policía, persiguiendo al clásico culpable-inocente
de Hitchcock, acordona el teatro y el tiroteo con los espías
termina matando a Mr. Memory. No obstante, mientras el hombre expira es
preguntado por los 39 escalones a lo que como el impecable
profesional que es, responde que se trata de una organización de espías que pretende evadir de Inglaterra importantísimos secretos militares. Dicho lo cual,
orgulloso, pregunta, ¿es correcto, señor? A lo cual, tras elogiar su sorprendente memoria, Robert Donat responde que sí. Y Mr. Memory sonríe, le da las gracias y muere… Sin duda, a Mr. Memory su arte le cuesta la vida. ¡Quién da más!
Sí, me encanta, y cada vez que lo veo,
me digo que ese final de los 39
escalones quizás sea el mejor final de Hitchcock, el que más me gusta; y seguro que el que más me ha emocionado desde que lo vi por primera vez... hace ya un porrón de años.
No sé cómo a nadie se le ha ocurrido todavía esta chorrada, al hilo de las últimas noticias sobre la dichosa pandemia y sobre la forma que tiene de viajar el dichoso Covid, que es por el aire, según las investigaciones que serán, me apuesto lo que sea, las penúltimas. Pero a mí sí que se me ha ocurrido. Quizás sea que con esto del blog y de las redes sociales ya me haya vuelto irremediablemente chorra o, quizás, no sea para tanto y sí que muchos antes que yo hayan pensado en la susodicha gracieta: cambiar en la conocida canción Love Is The Air, la palabra "Love" por "Covid", y al resto dejarlo todo-igual. Y entonces yo únicamente le pediría a John Paul Young que me perdonara. Y al que le apetezca, que cante la canción con el cambio propuesto. Y si alguna compañía de publicidad lo estima oportuno y saludable, que lo use también. Y que me registren. Porque a decir verdad ni siquiera a mí se me ocurrió la idea, sino que simplemente me la encontré sentada en un banco del parque mientras se tostaba bajo el sol de la tarde. Y sin mascarilla, claro...
Esta entrada se publicó en el número Invierno/2020 de la revista "Ayer y hoy".
Yo también estudié con los
jesuitas en Bilbao. Y descubrí que entre ellos había un santo. Han transcurrido
desde entonces más de 40 años y no he conocido todavía a nadie más que pudiera
merecer semejante calificativo. Los santos se venden caros. Hoy más que nunca.
Se les ve venir a la legua y, desgraciadamente, puedo asegurar que no son muy
abundantes. Y no hace falta que echemos una mirada al cielo porque ninguno baja
desde allí, aunque después de que nos dejan, ése, a buen seguro, sea su permanente
lugar de residencia.
Y el padre Scheiffler sí que era
uno de ellos: un santo de los pies a la cabeza: el único con el que he tenido
ocasión de charlar. Una bendición. Sí, él habría sido mi único santo conocido,
por eso no me importa no haber sabido nunca su nombre de pila, porque los
santos o tienen nombre o apellido, y rarísimas veces las dos cosas como los
mortales comunes y corrientes, ya que ellos siempre estarán por encima del bien
y del mal y de estos mundanos problemas que nos traen a los demás de cabeza.
Porque el padre Scheiffler era un hombre bueno y sabio en el más amplio sentido
de la palabra: con una bondad y sabiduría que le ponían más allá de estos
mundanos asuntos que siempre resolvía recurriendo a una pasmosa claridad de
argumentos, a una trascendencia que a uno, a mí que tengo nombre y apellido, me
dejaba siempre con la boca abierta, y sin nada que añadir.
Y tan bueno y tan sabio era el
querido padre Scheiffler, tan trascendente, que ahora pienso que sus enseñanzas
se habrían adelantado unos cuantos decenios a las presentes medidas que el
Gobierno ha adoptado para contrarrestar esta peligrosa y plomiza pandemia del
Covid-19 que a todos nos continúa trayendo a mal andar. ¿O no nos hablaba muy a
menudo el padre Scheiffler de las manzanas podridas, quiero decir, de los
infectados por el virus, a las que había que aislar, separar del cesto, del resto
de las manzanas sanas, quiero decir, ponerlos aparte, para que las otras manzanas, quiero decir, las otras
personas pudieran conservar su buen aspecto o su buena salud? ¿Y no había que seguir,
entonces, atentos para que las buenas
manzanas no se pudrieran y poner, para ello, los medios necesarios? ¿No era, en
este caso, la oración que nos pedía el
padre Scheiffler, nuestra actual mascarilla? ¿No era el amor al prójimo,
irónicamente, la distancia de 2 metros que debemos actualmente conservar
respecto a nuestros semejantes para garantizar, a mal andar, nuestra
continuidad sobre este planeta?
Sí, pero el padre Scheiffler nunca
anduvo descaminado. Los santos rara vez malandan
o se equivocan de camino. Por eso la otra tarde volví a acordarme de él. Fue
unos días antes de que el Covid-19 hiciera su estruendosa aparición en nuestras
vidas. Yo iba a comerme unas buenas fresotas. Y me fijé que algunas de ellas
tenían un aspecto espléndido y que, sin embargo, había otras pochitas, tocadas,
arrugadas, negruzcas y lamentables. Y me acordé, entonces, de aquel cesto de
manzanas y de las manzanas podridas sobre las que nos instruía el padre
Scheiffler y procedí según las enseñanzas infalibles de ese santo que nunca se equivocaba
con las palabras. Y junté y separé las fresas estropeadas. No muchos días
después, en solemne rueda de prensa Fernando Simón, el coordinador que el
Gobierno español había nombrado para sortear la crisis sanitaria del Covid,
llamaría a esta operación poner encuarentena y yo, continuando con el
padre Scheiffler en el recuerdo, coloqué
las otras fresas, las sanotas, a una prudencial distancia entre ellas y
las vigilaba y cuidaba para que no se tocaran;
a eso Fernando llamaría, no muchos días después, lavarse las manos, usar desinfectante y mantener ladistancia de seguridad. Y con estos
recuerdos del padre Scheiffler y estas medidas pude comerme unas increíbles
fresas que me supieron a gloria. Y con helado añadido, porque el calor y la
chicharra ya empezaban a darme la lata.
Y eso fue todo, lo que no me parece poco, ni mucho menos, ya que
descubrí que la distancia que existe entre el padre Scheiffler y Fernando Simón
no es tanta, terrenalmente hablando (celestialmente,
casi con toda seguridad, habrá unos cuantos kilómetros). Que los santos
imparten lecciones que, si les prestamos atención, nos ahorrarían muchísimos
quebraderos de cabeza. Porque, y esto quizás sea lo más importante de todo, tuve
la certeza (el padre Scheiffler siempre lo supo, por eso era un santo) que las diferencias
entre los seres humanos y los cestos de fresas (o manzanas) no son tantas como
a muchos les gustaría pensar. Así que no nos pongamos tan a menudo, tan de
puntillas, ni saquemos tanto pecho-lobo, y que este Covid, el nº19, nos sirva,
entre otras cosas, para doblar de vez en cuando el pescuezo y ser más humildes.
Como el padre Scheiffler. Que sin ser ningún epidemeólogo de postín hubiera
sabido hacer frente a esta pandemia sin decir que esta voz es mía.
Lo he pensado un millón de veces, y lo habré dicho
más de mil: sin nosotros la barraca no da vueltas.¿Y qué coño significa esto? Cambiar la
palabra “barraca” por la palabra “vida”, y a ver si así se entiende mejor.
Porque sin nosotros estas peripecias en las que andamos enredados, la vida no
da vueltas. En este sentido podría aplicarse el conocido símil de que si un
árbol se cae y nadie lo escucha caer, la caída del árbol no produce ningún
ruido.
Y todo esto me ha venido a la cabeza, si es que se me
había ido alguna vez, porque el otro día hablé con un amiguete sobre la
reanudación de las competiciones futboleras sin público en los estadios. Hoy hasta
nuestra flamante Liga ha dado comienzo. Pero en aquellos momentos él, que es un
futbolero como pocos habéis tenido ocasión de conocer, se frotaba las manos y
no veía el momento en que, como suele decirse, el balón comenzara a rodar sobre
el césped. Yo, más precavido y aguafiestas, le contestaba que eso de los
partidos sin público iba ser un coñazo que, por lo menos a mí, no me iba a
interesar una mierda. Y él, erre que ere, que no, que el fútbol puede con todo.
Bueno, el tiempo nos lo contaría y, como siempre, daría y quitaría razones.
Y el caso es que eso, que el otro día volví a hablar
con él. Por teléfono. No vivimos cerca precisamente. Yle pregunté por la bundesliga, la liga alemana de fútbol, para quien no lo sepa, donde
ya se habían disputado los primeros partidos sin público. Se había celebrado,
como para abrir boca, un jugoso choque en la cumbre, Bayern Munich vs. Borussia Dortmund donde,
además, estos dos grandes equipos se jugaban, prácticamente, todo. O sea, un
partido de esos que, en circunstancias normales, no se quiere perder ni
pitxitixi. Y le pregunté a mi amigo si lo había visto (por tv, claro) y a ver
qué tal. Su respuesta fue fulminante. Y resumió en una palabra, un coñazo, Toni.
Incluso me aseguró que había apagado el televisor antes que el partido
terminara. ¡Increíble!, le solté. Y lo creía.
Y me aclaró, es que un partido sin público, por puntero que sea, no hay dios
que lo aguante. Y entonces no quise cebarme y recordarle que yo ya se lo había
pronosticado.Porque a ver si nos entra
en la cabeza: este mundo que parece que nos pasa por encima sin pedirnos
permiso y nos muele los huesos, sin todos nosotros no es mundo ni es nada.
Somos nosotros los que lo hacemos y
deshacemos. Así que dejemos de echar balones fuera (por aquello del fútbol) y
de culpar siempre a los demás de las desgracias que nos suceden. Porque depende
únicamente del ángulo desde el que nos miremos. Porque los demás somos también
nosotros.
Con el tema de estos parecidos razonables recurro
casi siempre a dos de las expresiones artísticas que más me apasionan. Lo
habéis podido comprobar quienes seguís, con mayor o menor asiduidad, este blog.
Aunque estas dos expresiones no dejarían de ser, realmente, una sóla: la
música, sólo que, por un lado y por así decirlo, la música compuesta para ser
tocada y escuchada en una Sala de Conciertos, vaya, la música clásica, y la
otra, música para ser grabada y escuchada, durante la proyección, y como una importantísima
parte de una película.
Y de esta forma ha ido calando en mi cabeza, a lo
largo de los años, la idea, que no me gusta una mierda, porque a mí el cine me
gusta muchísimo más que una mierda, de que la música de cine no deja de ser,
lamentablemente, una música de segunda
división; salvo honrosísimas excepciones (cfr,- Nino Rota). Y es que demasiado
a menudo viendo, o mejor, escuchando una película cualquiera me asalta la
sensación de que su banda sonora me suena a…, me recuerda a… tal o cual pasaje
músical, más o menos, (des)conocido. Vaya que, en el fondo, los rutilantes
compositores de música para cine, muchos de ellos muy bien pagados, no dejan de
ser excelentes “oídos” para, aprovechándose de la casi-nula cultura musical
clásica del espectador medio que acude a un cine, rescatar y basándose en otras
partituras, casi siempre de mayor calidad, ir picando de aquí y allá como un
buen gorrón en cualquier surtido ágape y componer con esos “picoteos” esa banda sonora que va a encantar al cinéfilo
de turno, ignorante de sus andanzas entre plato y plato cocinando en su mente
el “plagiete” o los parecidos razonables de turno y, de paso, , rellenando sus cuentas
corrientes con unas bonitas cifras compuestas
por un montón de ceros.
Y en éstas estaba, durante estos meses de
confinamiento, cuando he tenido ocasión de comprobar más “parecidos razonables”
que pueden encontrarse, por ejemplo, entre la música de John Williams para La guerra de las galaxias, y la 1ª
sinfonía de William Walton, compuesta casi 60 años antes, o, en el caso que nos
ocupa, entre la popularísima y aclamada banda sonora que Bernard Herrmann, al que ya tenemos echado el oído (ver la entrada Psicosis & Shostakovich en este mismo blog), hizo para la sublime Vértigo, de Alfred Hitchcock en 1958 y,
no ya el Tristán e Isolda wagneriano
que Herrmann fusiló para el tema de amor de la mencionada película, y que ya es vox populi, sino ahora, y para el tema principal de Vértigo con el
inicio de la segunda escena del Prólogo del magnífico Boris Gudonov, la ópera que Modest Musorgski, sí un compositor
ruso, ¿se acuerda alguien de él?, compuso en… ¡1874! 84 años antes… que se
cuentan pronto.
Y con esto no quiero decir nada, o sí que quiero; querría,
sin ir muy lejos, aconsejar a todos los que se dedican a este noble 7º Arte que
intenten bajarse del pedestal de la soberbia e idolatría en el que, tan a
menudo, están instalados y “tan subidos”, y quizás empezando por los compositores de las
bandas sonoras que, por muy bonitas y “tarareables” que nos resulten, no dejan
de ser, en muchos casos, auténticas “apropiaciones indebidas” o, cuanto menos,
“apropiaciones no reconocidas”. Eso: un poquito
de humildad nunca nos viene mal pero hoy se me aparece como una
indispensable vacuna (ya que andamos con esto de la Covid-19) para todo este
gremio que forman los artistas (¡ohhh!) del celuloide.
Y termino, y a lo que iba y me callo, y nunca mejor dicho. Aquí
os van Vértigo y Boris Gudonov. Y vosotros, ¡cómo no!, tenéis la última palabra. Yo sólo os busco la
boca.
Vamos a hablar hoy, y sin que sirva de precedente,
de dos películas. Serán, por orden de antigüedad, Desayuno con diamantes (1961),
de Blake Edwards y Parásitos (2019), de Bong Joon-ho, la última súper gran
campeona en esto de los premios que se otorgan a las diferentes películas
estrenadas durante el año al ser, ni más ni menos, la ganadora, ¡por 1ª vez en
la Historia del 7º Arte!, de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y del
Oscar a la Mejor Película siendo una película de habla no-inglesa. Pero las
diferencias que existen entre ellas, y que me pareció apreciar al visionarlas
con pocos días de diferencia, son las que, realmente, existen entre el cine
clásico y el actual cine moderno que inunda a borbotones nuestras pantallas (de
cine, tv, tablets, y cualquier otro
utensilio que se nos ocurra donde se pueda ver una película, que no son tan
pocos, ni mucho menos). Y por último también hablaremos sobre los tan denostados spoilers. Y es que damos para mucho.
Pero si decidimos empezar con las películas y por el
final, tendremos primero a Parásitos donde se impone, como
mandan las reglas del cine moderno, un guión particularmente brillante,
enrevesado, donde se trata de cuadrar el círculo, lleno de muchísimas sorpresas
y muchísimas cosas de las que se suponen atan (con grilletes) al espectador a
la butaca (del cine o de su casa o de donde sea) mientras asiste camuflado en
la invisibilidad de un espectador cualquiera a las peripecias de las dos
antagónicas familias, por lo menos en cuanto a recursos económicos se refiere.
Los premios, que Parásitos ha recibido, no me dejan lugar a la duda de que el
objetivo ha sido cumplido con creces, de que Parásitos es una
auténtica película moderna. En ella
el guión es el rey de la función. Y el resto de elementos que componen el film
bailan a su alrededor rindiéndole la más honda y ferviente pleitesía.
Quizás
todo esto pudo haber empezado con Instinto
básico, la película que Paul Verhoeven rodó en1992. No lo sé. Quizás algún
día pudiéramos hablar sobre ello, darle una vueltilla a este empiece. Porque hoy no. Hoy no toca. Hoy
toca Parásitos
y con ella no me puedo sustraer a la sensación de que ese Ave, guión!, que figura en las cabeceras de todos los Grandes, y no
tan Grandes, Estudios, ha terminado
llevándose como un tsunami de letras a todo lo demás por delante. Personajes,
incluidos. Y esto que acabo de escribir ya no me parece ni tan gracioso ni tan
bienvenido.
Sí, porque parece como si los personajes en cuanto encarnaciones
de personas de carne y hueso, en
estas películas tan modernas ellas, importaran más bien poco. Porque lo que
importarían serían las cosas, ese
aluvión de sorpresas a las que antes hacía mención. Y así cuando termino de ver
una de estas películas tan modernas, recuerdo el guión, la peripecia, enroscada
hasta donde las meninges de los
guionistas han podido llegar sin perder la razón, pero sobre los personajes
apenas si me queda algún vago recuerdo. Sí, apenas los he sentido mientras veía la película; y después, apenas los recuerdo. Por
ejemplo, de Parásitos me acuerdo de la cosa,
de la trama, de las idas y venidas de los personajes. Pero, ¿de los personajes-en-sí,
de la hermana, del hijo de la familia rica, de su hija, de la madre pobre, del
hombre que vive en el sótano, etc…? Sí…
algo… sí, algo=cerocoma. Sí, ¿cómo eran esos personajes? Y me encojo de
hombros. O sea que, por lo visto, me
dieron y me dan igual. No me importan. Y paso. Y esto sí que es, desde mi
modesto punto de vista, un defecto bastante gordo. Yo, por lo menos, todavía no
estoy acostumbrado. Sigo apuntado a los personajes simpáticos en situaciones
interesantes, que escribía John Ford sobre este complicado oficio de hacer
películas. Y yo con ello me quedo. Y en Parásitos me faltan esos personajes simpáticos, aunque situaciones interesantes
las tengo a punta pala. Aunque también diría que sin las simpatías de los
personajes, el interés de las situaciones deja, a veces, mucho que desear. Y Parásitos
no se libra tampoco de ello.
Justo lo contrario de lo que me pasa con el cine
clásico. Y aquí está Desayuno con diamantes para
demostrarlo. Su guión es normalito. Pero el guión en una película es un medio, NUNCA
un fin, como a menudo creo que piensan los modernos cineastas y que yo pude
sentir mientras veía Parásitos. Sí el guión, más allá de
su interés, es un medio para que los personajes se nos hagan, siguiendo la boutade fordiana, simpáticos, cuando no
inolvidables. Porque, ¿quién no se acuerda de Audrey Hepburn o de George
Peppard o de… Gato? Aunque de las peripecias y giros del guión de Desayuno…
uno casi no se acuerde. Ni maldita falta que hace. Porque lo escribiría por
enésima vez: EL GUIÓN ES UN MEDIO Y NUNCA UN FIN COMO PARECE SER QUE OCURRE EN
EL 90% DEL CINE QUE SUFRIMOS HOY EN DÍA. Y con mayúsculas. Aunque esto apenas
sea otro de los signos que corroen nuestros tiempos, donde las cosas (los
guiones) importan mucho más que las mismas personas (los personajes). Y esto sí
que debiera hacernos pensar un rato largo… Porque las emociones surgirían de y
con los personajes simpáticos. ¿Y a quién no se le pone la carne de gallina viendo, aunque
sea por enésima vez, la secuencia final de Desayuno… con Audrey y George Peppard
buscando a Gato en un callejón, entre basuras y bajo una intensa lluvia? Y nos
emocionamos PORQUE LOS PERSONAJES SON SIMPÁTICOS: NOS IMPORTAN (también mayúsculas, por favor)
aunque las cosas, las situaciones, el
guión, sean más bien arquetípicas y no tan brillantes como aquellas otras que
nos ofrecerán medio siglo más tarde películas tan modernas como Parásitos
donde sí que recordaremos con el tiempo LO QUE PASA EN ELLA aunque se nos haya
olvidado hace más tiempo todavía si las familias protagonistas tenían uno o dos
hijos, o quién coño vivía en los sótanos de la lujosa casa de Park, y si ese tipo ¿lo hacía solo o acompañado? Claro,
a veces un guión (las ramas) demasiado brillante impide que la película (el
bosque) luzca en todo su potencial.
Aunque por eso hoy, tal
vez, le demos tanta importancia a los malditos spoilers. Nadie nos puede decir lo
que va a pasar en la película. Nadie nos puede contar su final antes de que la
hayamos visto. Porque eso sería una putada, además de la ruina del negocio ya
que enterados, ¿para qué pagar por
una entrada?, ¿para qué ver lo que ya sabemos? En cambio con el cine clásico,
con el guión como un elemento más de la fiesta, al servicio de los personajes
y, por extensión, de la película, ¿a quién le importa un spoiler?, ¿a quién le
importa saber de antemano que Audrey encontrará, finalmente, a Gato entre las
basuras?, ¿y que no se marchará a Brasil y se quedará con George Peppard (en
una relación a la que, por cierto, no auguro demasiado futuro)? Sinceramente
creo que a nadie. Así podremos ver Desayuno… 10 veces. Y no nos importará.
¿Podríamos decir lo mismo de Parásitos? Sinceramente, creo que
no. El spoiler de turno nos habría jodido. Porque él, con su indiscreción, puede
joder las cosas, esos giros
endemoniados que tiene el guión, quiero decir, pero nunca podrá jodernos las
emociones porque éstas vienen por y del brazo de los personajes. Y que me “chive”
el spoiler que Audrey en la última secuencia de Desayuno… encontrará a
Gato, que a mí, cuando la vea a los sones de Moon
River, la carne seguirá poniéndoseme de gallina; y del spoiler…, ¿a qué
spoiler te refieres? ¡Ah, sí!, una chorrada más de estos tiempos tan modernos.
Por unos momentos me salgo de
puntillas de la COVID-19 y digo que la ópera me gusta. En realidad, me flipa. No
conozco otro medio más efectivo para comunicar ciertos sentimientos que esta
deliciosa manera de mezclar la palabra con la música. Pero es que, además, la
ópera tiene algo que me ayuda a comprender esa parte de nosotros mismos que no
alcanzamos a comprender, ya que antes de que hagamos nada, esa parte ya está
ahí presente, y debemos contar con ella porque, me temo, que además no podemos
prescindir de ella, porque para eso nos antecede, como nos antecede el color de
nuestros ojos, se me ocurre pensar. Algunos dicen sobre esto que, antes de que
hagamos nada, estamos predestinados. Es el fatum del que hablaban los latinos haciéndose eco de la sabiduría de sus admirados y antiguos griegos.
Pero este fatum que nos antecede y
que llevamos con nosotros sin que sepamos quién nos lo ha metido dentro, lo
podemos percibir en la ópera o, por lo menos, pre-sentir sus efectos... a partir de las diferentes tesituras de voces
que muestran los cantantes sobre el escenario.
Y así tendríamos, en cuanto a
las voces masculinas se refiere, y sin entrar en mayores detalles, de menor a
mayor hondura y gravedad,
la voz de tenor, barítono y la voz de bajo. Y para las
mujeres, y siguiendo el mismo criterio, la voz de soprano y la de mezzosoprano.
Y claro, la voz sería como ese algo que no podemos elegir, que la tenemos
dentro desde que nacemos y que, con mayores o menores puntualizaciones,
moriremos con ella. Por eso entiendo que la voz bien podría asimilarse y entenderse
como esa parte de nosotros mismos, a la que aludía antes, ese fatum y que todos tenemos dentro desde que pisamos este mundo y del que, por lo tanto, no podríamos prescindir ni deshacernos.
Es la voz como destino, como fatum. Lo que
tiene sus consecuencias.
Porque como bien se comprueba en
las diferentes óperas éstas asignan a cada personaje, a través de su voz, su fatum correspondiente: ese otro personaje que atesora una voz que mejor perfecciona la suya. Vulgarmente podríamos decir que, de esta forma, la ópera está consagrando el manido re-dicho de “cada oveja con su pareja”, versión populachera
del platónico mito de la media naranja. Luego al tenor, y a su timbre
de voz, le "toca" o se destina hacia una soprano; el barítono, hacia una mezzosoprano, mientras el bajo deambula por las tablas, la mayor parte de las veces, en solitario; o sea, sin pareja.
Todo lo cual serviría para adelantarnos a las acciones que aún no han ocurrido en el escenario. Podemos conocer el destino que aguarda a los personajes,
sin que ellos aún sepan lo que les va a ocurrir; esto sería que, sentados en el
patio de butacas y presenciando una representación de ópera, podemos sentirnos como una mano derecha del Demiurgo, y predecir los
acontecimientos que ese dios ha decidido asignar a las voces organizando sus argumento, o los vaivenes de nuestras vidas.
Y trato de aclarar por dónde
o hacia dónde voy. Si en la ópera una soprano duda entre el amor de un tenor o
de un barítono, no tendremos que albergar ninguna duda de que, finalmente, se
decantará por el tenor. Y a la mezzosoprano lo mismo le ocurrirá con el
barítono. Como si estuviéramos ya predestinados por alguna misterioso gen
inserto en nuestro organismo (el fatum: la ópera nos lo muestra por el timbre de
voz), a decantarnos por tal o cual mujer, y ser queridos por ella. Cuadrarían,
entonces, las ovejas con sus parejas: el tenor con la soprano, el barítono con la
mezzosoprano o Luís con María y Federico con Natalia. ¡Todos con su media
naranja!
Por eso, y por mucho empeño
que demostrara un barítono hacia una soprano, por mucho empeño que demuestre
Federico hacia María, ésta siempre preferirá antes a Luís. Y si Luís se emperra
con Natalia, saldrá con el rabo entre las piernas, porque la muchacha se
quedará siempre con Fede. ¡Es que estaban predestinados!, diría alguna viejilla
sonriente desde los bancos delanteros de la iglesia donde se celebra la
ceremonia. Y no dudo de que, en cierta manera, esa viejilla llevaría buena parte
de razón.
Así que ahora confi o
auto-confinados ante el coñazo que se despliega por las calles, ABAO, la
Asociación Bilbaina de Amigos de la Ópera, ha tenido la feliz ocurrencia de
habilitar en su web el hastag #AbaoEnCasa donde podemos asistir a algunas de
las mejores representaciones de ópera que ha representado durante los últimos
años, por lo que pude volver a visionar la
función de Los pescadores de perlas, y al hilo de lo que llevo escrito sobre el fatum, el destino y las
ovejas con sus parejas, la ópera de Bizet me vendría como anillo al dedo.
Porque, ¿no están Nadir (tenor) y Zurga (barítono) enamorados al mismo tiempo
de la princesa Leila (soprano)? ¿Y albergaría alguien dudas sobre que será
Nadir, el tenor, quien acabe enamorando a Leila, la soprano? De hecho el aria d´amore o, más
exactamente, Je crois entendre encoré
está cantada por Nadir (aquí abajo os la dejo- esperad 1 minutito por favor- en una de las increíbles versiones que
nos ofreció Alfredo Kraus).
Porque al barítono despechado le correspondería bailar con una mezzosoprano, en el caso de que ésta tuviera su
función en la ópera, cosa que en Pescadores
no ocurre. Por lo que en tal caso su rol quedará establecido en su relación con
el tenor, que en la mayoría de los libretos casi siempre será de amistad y/o
rivalidad (al igual que sucedería, por otra parte, con la soprano y la
mezzosoprano), lo que en Pescadores
se plasma en el bonito tema Au fond du
temple saint que interpretan, en uno de los dúos más hermosos y famosos de
la Historia de la Ópera, Nadir y Zurga.
Y de esta manera la ópera me habrá enseñado, entre otras muchas cosas,
que el destino, o el color de una voz, pende sobre nuestras cabezas, y que no
es ni mucho menos sencillo deshacerse de él; incluso, quizás sea imposible, o
tan complicado como cambiar el timbre con el que nuestras palabras suenan. Así entraríamos
en el redil y a cada oveja, a cada uno, nos correspondería nuestra particular
pareja. Y nos guste o no, haríamos bien en soportarlo o en acostumbrarnos a
ella. Porque, después de todo, los clásicos griegos que lo sabían casi todo, agachaban
su cabeza y se plegaban sin rechistar a ese fatum divino que, sin embargo a nosotros no nos acaba de convencer. NB,- Aunque, como para todo, tendríamos excepciones (que confirman las reglas), no podríamos finiquitar esta entrada sin mencionar, acaso, la hermosa Arabella, de Richard Strauss, donde la soprano (Arabella) acaba la función en brazos del barítono (Mandryka), después de rechazar, entre otros, a dos tenores (Matteo y al conde Elemer). Además de ser un tema nada casual y que merecería, quizás, un estudio, no todo iba a ser perfecto, que diría Billy Wilder. Porque tendríamos también a una segunda soprano (Zdenka) con su correspondiente tenor (ahora sí, Matteo). Y es que en 1933, año del estreno de la ópera, el mundo empezaba a retorcerse (Hitler ya era canciller de Alemania desde finales de enero). Por eso, quizás, ya cada oveja no iba a estar ya más con su pareja, sino con quien le diera la gana.