domingo, 14 de junio de 2020

LOS DEMÁS SOMOS NOSOTROS: UNA BREVE REFLEXIÓN A PUERTA CERRADA

Lo he pensado un millón de veces, y lo habré dicho más de mil: sin nosotros la barraca no da vueltas.  ¿Y qué coño significa esto? Cambiar la palabra “barraca” por la palabra “vida”, y a ver si así se entiende mejor. Porque sin nosotros estas peripecias en las que andamos enredados, la vida no da vueltas. En este sentido podría aplicarse el conocido símil de que si un árbol se cae y nadie lo escucha caer, la caída del árbol no produce ningún ruido.

Y todo esto me ha venido a la cabeza, si es que se me había ido alguna vez, porque el otro día hablé con un amiguete sobre la reanudación de las competiciones futboleras sin público en los estadios. Hoy hasta nuestra flamante Liga ha dado comienzo. Pero en aquellos momentos él, que es un futbolero como pocos habéis tenido ocasión de conocer, se frotaba las manos y no veía el momento en que, como suele decirse, el balón comenzara a rodar sobre el césped. Yo, más precavido y aguafiestas, le contestaba que eso de los partidos sin público iba ser un coñazo que, por lo menos a mí, no me iba a interesar una mierda. Y él, erre que ere, que no, que el fútbol puede con todo. Bueno, el tiempo nos lo contaría y, como siempre, daría y quitaría razones.

Y el caso es que eso, que el otro día volví a hablar con él. Por teléfono. No vivimos cerca precisamente. Y  le pregunté por la bundesliga, la liga alemana de fútbol, para quien no lo sepa, donde ya se habían disputado los primeros partidos sin público. Se había celebrado, como para abrir boca, un jugoso choque en la cumbre,  Bayern Munich vs. Borussia Dortmund donde, además, estos dos grandes equipos se jugaban, prácticamente, todo. O sea, un partido de esos que, en circunstancias normales, no se quiere perder ni pitxitixi. Y le pregunté a mi amigo si lo había visto (por tv, claro) y a ver qué tal. Su respuesta fue fulminante. Y resumió en una palabra, un coñazo, Toni. Incluso me aseguró que había apagado el televisor antes que el partido terminara. ¡Increíble!, le solté. Y lo creía. Y me aclaró, es que un partido sin público, por puntero que sea, no hay dios que lo aguante. Y entonces no quise cebarme y recordarle que yo ya se lo había pronosticado.  Porque a ver si nos entra en la cabeza: este mundo que parece que nos pasa por encima sin pedirnos permiso y nos muele los huesos, sin todos nosotros no es mundo ni es nada. Somos nosotros los que lo hacemos y deshacemos. Así que dejemos de echar balones fuera (por aquello del fútbol) y de culpar siempre a los demás de las desgracias que nos suceden. Porque depende únicamente del ángulo desde el que nos miremos. Porque los demás somos también nosotros.

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sábado, 13 de junio de 2020

VÉRTIGO & BORIS GODUNOV, MÁS PARECIDOS RAZONABLES

Con el tema de estos parecidos razonables recurro casi siempre a dos de las expresiones artísticas que más me apasionan. Lo habéis podido comprobar quienes seguís, con mayor o menor asiduidad, este blog. Aunque estas dos expresiones no dejarían de ser, realmente, una sóla: la música, sólo que, por un lado y por así decirlo, la música compuesta para ser tocada y escuchada en una Sala de Conciertos, vaya, la música clásica, y la otra, música para ser grabada y escuchada, durante la proyección, y como una importantísima parte de una película.

Y de esta forma ha ido calando en mi cabeza, a lo largo de los años, la idea, que no me gusta una mierda, porque a mí el cine me gusta muchísimo más que una mierda, de que la música de cine no deja de ser, lamentablemente,  una música de segunda división; salvo honrosísimas excepciones (cfr,- Nino Rota). Y es que demasiado a menudo viendo, o mejor, escuchando una película cualquiera me asalta la sensación de que su banda sonora me suena a…, me recuerda a… tal o cual pasaje músical, más o menos, (des)conocido. Vaya que, en el fondo, los rutilantes compositores de música para cine, muchos de ellos muy bien pagados, no dejan de ser excelentes “oídos” para, aprovechándose de la casi-nula cultura musical clásica del espectador medio que acude a un cine, rescatar y basándose en otras partituras, casi siempre de mayor calidad, ir picando de aquí y allá como un buen gorrón en cualquier surtido ágape y componer con esos “picoteos”  esa banda sonora que va a encantar al cinéfilo de turno, ignorante de sus andanzas entre plato y plato cocinando en su mente el “plagiete” o los parecidos razonables de turno  y, de paso, , rellenando sus cuentas corrientes con unas bonitas cifras compuestas por un montón de ceros.

Y en éstas estaba, durante estos meses de confinamiento, cuando he tenido ocasión de comprobar más “parecidos razonables” que pueden encontrarse, por ejemplo,  entre la música de John Williams para La guerra de las galaxias, y la 1ª sinfonía de William Walton, compuesta casi 60 años antes, o, en el caso que nos ocupa, entre la popularísima y aclamada banda sonora que  Bernard Herrmann, al que ya tenemos echado el oído (ver la entrada Psicosis & Shostakovich en este mismo blog), hizo para la sublime Vértigo, de Alfred Hitchcock en 1958 y, no ya el Tristán e Isolda wagneriano que Herrmann fusiló para el tema de amor de la mencionada película,  y que ya es vox populi, sino ahora, y para el tema principal de Vértigo con el inicio de la segunda escena del Prólogo del magnífico Boris Gudonov, la ópera que Modest Musorgski, sí un compositor ruso, ¿se acuerda alguien de él?,  compuso en… ¡1874! 84 años antes… que se cuentan pronto.

Y con esto no quiero decir nada, o sí que quiero; querría, sin ir muy lejos, aconsejar a todos los que se dedican a este noble 7º Arte que intenten bajarse del pedestal de la soberbia e idolatría en el que, tan a menudo, están instalados y “tan subidos”,  y quizás empezando por los compositores de las bandas sonoras que, por muy bonitas y “tarareables” que nos resulten, no dejan de ser, en muchos casos, auténticas “apropiaciones indebidas” o, cuanto menos, “apropiaciones no reconocidas”. Eso: un poquito  de humildad nunca nos viene mal pero hoy se me aparece como una indispensable vacuna (ya que andamos con esto de la Covid-19) para todo este gremio que forman los artistas (¡ohhh!) del celuloide.

Y termino, y  a lo que iba y me callo, y nunca mejor dicho. Aquí os van Vértigo y Boris Gudonov. Y vosotros, ¡cómo no!,  tenéis la última palabra. Yo sólo os busco la boca.

Vértigo, de Bernard Herrmann


Boris Gudonov, de Modest Musorgski

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lunes, 8 de junio de 2020

SPOILERS, PARÁSITOS, Y DESAYUNO CON DIAMANTES

Vamos a hablar hoy, y sin que sirva de precedente, de dos películas. Serán, por orden de antigüedad, Desayuno con diamantes (1961), de Blake Edwards y Parásitos (2019), de Bong Joon-ho, la última súper gran campeona en esto de los premios que se otorgan a las diferentes películas estrenadas durante el año al ser, ni más ni menos, la ganadora, ¡por 1ª vez en la Historia del 7º Arte!, de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y del Oscar a la Mejor Película siendo una película de habla no-inglesa.

Pero las diferencias que existen entre ellas, y que me pareció apreciar al visionarlas con pocos días de diferencia, son las que, realmente, existen entre el cine clásico y el actual cine moderno que inunda a borbotones nuestras pantallas (de cine, tv, tablets, y cualquier otro utensilio que se nos ocurra donde se pueda ver una película, que no son tan pocos, ni mucho menos). Y por último también hablaremos sobre los tan denostados spoilers. Y es que damos para mucho.
Pero si decidimos empezar con las películas y por el final, tendremos primero a Parásitos donde se impone, como mandan las reglas del cine moderno, un guión particularmente brillante, enrevesado, donde se trata de cuadrar el círculo, lleno de muchísimas sorpresas y muchísimas cosas de las que se suponen atan (con grilletes) al espectador a la butaca (del cine o de su casa o de donde sea) mientras asiste camuflado en la invisibilidad de un espectador cualquiera a las peripecias de las dos antagónicas familias, por lo menos en cuanto a recursos económicos se refiere. Los premios, que Parásitos ha recibido, no me dejan lugar a la duda de que el objetivo ha sido cumplido con creces, de que Parásitos es una auténtica película moderna. En ella el guión es el rey de la función. Y el resto de elementos que componen el film bailan a su alrededor rindiéndole la más honda y ferviente pleitesía.

Quizás todo esto pudo haber empezado con Instinto básico, la película que Paul Verhoeven rodó en1992. No lo sé. Quizás algún día pudiéramos hablar sobre ello, darle una vueltilla a este empiece. Porque hoy no. Hoy no toca. Hoy toca Parásitos y con ella no me puedo sustraer a la sensación de que ese Ave, guión!, que figura en las cabeceras de todos los Grandes, y no tan Grandes,  Estudios, ha terminado llevándose como un tsunami de letras a todo lo demás por delante. Personajes, incluidos. Y esto que acabo de escribir ya no me parece ni tan gracioso ni tan bienvenido.

Sí, porque parece como si los personajes en cuanto encarnaciones de personas de carne y hueso, en estas películas tan modernas ellas,  importaran más bien poco. Porque lo que importarían serían las cosas, ese aluvión de sorpresas a las que antes hacía mención. Y así cuando termino de ver una de estas películas tan modernas, recuerdo el guión, la peripecia, enroscada  hasta donde las meninges de los guionistas han podido llegar sin perder la razón, pero sobre los personajes apenas si me queda algún vago recuerdo. Sí, apenas los he sentido mientras veía la película; y después, apenas los recuerdo. Por ejemplo, de Parásitos me acuerdo de la cosa, de la trama, de las idas y venidas de los personajes. Pero, ¿de los personajes-en-sí, de la hermana, del hijo de la familia rica, de su hija, de la madre pobre, del hombre que vive en el sótano,  etc…? Sí… algo… sí, algo=cerocoma. Sí, ¿cómo eran esos personajes? Y me encojo de hombros. O sea que, por lo visto,  me dieron y me dan igual. No me importan. Y paso. Y esto sí que es, desde mi modesto punto de vista, un defecto bastante gordo. Yo, por lo menos, todavía no estoy acostumbrado. Sigo apuntado a los personajes simpáticos en situaciones interesantes, que escribía John Ford sobre este complicado oficio de hacer películas. Y yo con ello me quedo. Y en Parásitos me faltan esos personajes simpáticos, aunque situaciones interesantes las tengo a punta pala. Aunque también diría que sin las simpatías de los personajes, el interés de las situaciones deja, a veces, mucho que desear. Y Parásitos no se libra tampoco de ello.

Justo lo contrario de lo que me pasa con el cine clásico. Y aquí está Desayuno con diamantes para demostrarlo. Su guión es normalito. Pero el guión en una película es un medio, NUNCA un fin, como a menudo creo que piensan los modernos cineastas y que yo pude sentir mientras veía Parásitos. Sí el guión, más allá de su interés, es un medio para que los personajes se nos hagan, siguiendo la boutade fordiana, simpáticos, cuando no inolvidables. Porque, ¿quién no se acuerda de Audrey Hepburn o de George Peppard o de… Gato? Aunque de las peripecias y giros del guión de Desayuno… uno casi no se acuerde. Ni maldita falta que hace. Porque lo escribiría por enésima vez: EL GUIÓN ES UN MEDIO Y NUNCA UN FIN COMO PARECE SER QUE OCURRE EN EL 90% DEL CINE QUE SUFRIMOS HOY EN DÍA. Y con mayúsculas. Aunque esto apenas sea otro de los signos que corroen nuestros tiempos, donde las cosas (los guiones) importan mucho más que las mismas personas (los personajes). Y esto sí que debiera hacernos pensar un rato largo… Porque las emociones surgirían de y con los personajes simpáticos. ¿Y a quién no se le pone la carne de gallina viendo, aunque sea por enésima vez, la secuencia final de Desayuno… con Audrey y George Peppard buscando a Gato en un callejón, entre basuras y bajo una intensa lluvia? Y nos emocionamos PORQUE LOS PERSONAJES SON SIMPÁTICOS: NOS IMPORTAN (también mayúsculas, por favor) aunque las cosas, las situaciones, el guión, sean más bien arquetípicas y no tan brillantes como aquellas otras que nos ofrecerán medio siglo más tarde películas tan modernas como Parásitos donde sí que recordaremos con el tiempo LO QUE PASA EN ELLA aunque se nos haya olvidado hace más tiempo todavía si las familias protagonistas tenían uno o dos hijos, o quién coño vivía en los sótanos de la lujosa casa de Park,  y si ese tipo ¿lo hacía solo o acompañado? Claro, a veces un guión (las ramas) demasiado brillante impide que la película (el bosque) luzca en todo su potencial.

Aunque por eso hoy, tal vez, le demos tanta importancia a los malditos spoilers. Nadie nos puede decir lo que va a pasar en la película. Nadie nos puede contar su final antes de que la hayamos visto. Porque eso sería una putada, además de la ruina del negocio ya que enterados, ¿para qué pagar por una entrada?, ¿para qué ver lo que ya sabemos? En cambio con el cine clásico, con el guión como un elemento más de la fiesta, al servicio de los personajes y, por extensión, de la película, ¿a quién le importa un spoiler?, ¿a quién le importa saber de antemano que Audrey encontrará, finalmente, a Gato entre las basuras?, ¿y que no se marchará a Brasil y se quedará con George Peppard (en una relación a la que, por cierto, no auguro demasiado futuro)? Sinceramente creo que a nadie. Así podremos ver Desayuno… 10 veces. Y no nos importará. ¿Podríamos decir lo mismo de Parásitos? Sinceramente, creo que no. El spoiler de turno nos habría jodido. Porque él, con su indiscreción, puede joder las cosas, esos giros endemoniados que tiene el guión, quiero decir, pero nunca podrá jodernos las emociones porque éstas vienen por y del brazo de los personajes. Y que me “chive” el spoiler que Audrey en la última secuencia de Desayuno… encontrará a Gato, que a mí, cuando la vea a los sones de Moon River, la carne seguirá poniéndoseme de gallina; y del spoiler…, ¿a qué spoiler te refieres? ¡Ah, sí!, una chorrada más de estos tiempos tan modernos.
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sábado, 16 de mayo de 2020

LOS PESCADORES DE PERLAS O EL DESTINO EN LA ÓPERA


Por unos momentos me salgo de puntillas de la COVID-19 y digo que la ópera me gusta. En realidad, me flipa. No conozco otro medio más efectivo para comunicar ciertos sentimientos que esta deliciosa manera de mezclar la palabra con la música. Pero es que, además, la ópera tiene algo que me ayuda a comprender esa parte de nosotros mismos que no alcanzamos a comprender, ya que antes de que hagamos nada, esa parte ya está ahí presente, y debemos contar con ella porque, me temo, que además no podemos prescindir de ella, porque para eso nos antecede, como nos antecede el color de nuestros ojos, se me ocurre pensar. Algunos dicen sobre esto que, antes de que hagamos nada, estamos predestinados. Es el fatum del que hablaban los latinos haciéndose eco de la sabiduría de sus admirados y antiguos griegos.

Pero este fatum que nos antecede y que llevamos con nosotros sin que sepamos quién nos lo ha metido dentro, lo podemos percibir en la ópera o, por lo menos, pre-sentir sus efectos...  a partir de las diferentes tesituras de voces que muestran los cantantes sobre el escenario.

Y así tendríamos, en cuanto a las voces masculinas se refiere, y sin entrar en mayores detalles, de menor a mayor hondura y  gravedad, la voz de tenor, barítono y la voz de bajo. Y para las mujeres, y siguiendo el mismo criterio, la voz de soprano y la de mezzosoprano. Y claro, la voz sería como ese algo que no podemos elegir, que la tenemos dentro desde que nacemos y que, con mayores o menores puntualizaciones, moriremos con ella. Por eso entiendo que la voz bien podría asimilarse y entenderse como esa parte de nosotros mismos, a la que aludía antes, ese fatum y que todos tenemos dentro desde que pisamos este mundo y del que, por lo tanto, no podríamos prescindir ni deshacernos. Es la voz como destino, como fatum. Lo que tiene sus consecuencias.
Porque como bien se comprueba en las diferentes óperas éstas asignan a cada personaje, a través de su voz, su fatum correspondiente: ese otro personaje que atesora una voz que mejor perfecciona la suya. Vulgarmente podríamos decir que, de esta forma, la ópera está consagrando el manido re-dicho de “cada oveja con su pareja”, versión populachera del platónico mito de la media naranja. Luego al tenor, y a su timbre de voz, le "toca" o se destina hacia una soprano; el barítono, hacia una mezzosoprano, mientras el bajo deambula por las tablas, la mayor parte de las veces, en solitario; o sea, sin pareja. Todo lo cual serviría para adelantarnos a las acciones que aún no han ocurrido en el escenario. Podemos conocer el destino que aguarda a los personajes, sin que ellos aún sepan lo que les va a ocurrir; esto sería que, sentados en el patio de butacas y presenciando una representación de ópera, podemos sentirnos como una mano derecha del Demiurgo, y predecir los acontecimientos que ese dios ha decidido asignar a las voces organizando sus argumento, o los vaivenes de nuestras vidas.

Y trato de aclarar por dónde o hacia dónde voy. Si en la ópera una soprano duda entre el amor de un tenor o de un barítono, no tendremos que albergar ninguna duda de que, finalmente, se decantará por el tenor. Y a la mezzosoprano lo mismo le ocurrirá con el barítono. Como si estuviéramos ya predestinados por alguna misterioso gen inserto en nuestro organismo (el fatum: la ópera nos lo muestra por el timbre de voz), a decantarnos por tal o cual mujer, y ser queridos por ella. Cuadrarían, entonces, las ovejas con sus parejas: el tenor con la soprano, el barítono con la mezzosoprano o Luís con María y Federico con Natalia. ¡Todos con su media naranja!

Por eso, y por mucho empeño que demostrara un barítono hacia una soprano, por mucho empeño que demuestre Federico hacia María, ésta siempre preferirá antes a Luís. Y si Luís se emperra con Natalia, saldrá con el rabo entre las piernas, porque la muchacha se quedará siempre con Fede. ¡Es que estaban predestinados!, diría alguna viejilla sonriente desde los bancos delanteros de la iglesia donde se celebra la ceremonia. Y no dudo de que, en cierta manera, esa viejilla llevaría buena parte de razón.

Así que ahora confi o auto-confinados ante el coñazo que se despliega por las calles, ABAO, la Asociación Bilbaina de Amigos de la Ópera, ha tenido la feliz ocurrencia de habilitar en su web el hastag  #AbaoEnCasa donde podemos asistir a algunas de las mejores representaciones de ópera que ha representado durante los últimos años, por lo que pude volver a visionar la función de Los pescadores de perlas, y al hilo de lo que llevo escrito sobre el fatum, el destino y las ovejas con sus parejas, la ópera de Bizet me vendría como anillo al dedo. Porque, ¿no están Nadir (tenor) y Zurga (barítono) enamorados al mismo tiempo de la princesa Leila (soprano)? ¿Y albergaría alguien dudas sobre que será Nadir, el tenor, quien acabe enamorando a Leila, la soprano? De hecho el aria d´amore o, más exactamente, Je crois entendre encoré está cantada por Nadir (aquí abajo os la dejo- esperad 1 minutito por favor- en una de las increíbles versiones que nos ofreció Alfredo Kraus).


Porque al barítono despechado le correspondería bailar con una mezzosoprano, en el caso de que ésta tuviera su función en la ópera, cosa que en Pescadores no ocurre. Por lo que en tal caso su rol quedará establecido en su relación con el tenor, que en la mayoría de los libretos casi siempre será de amistad y/o rivalidad (al igual que sucedería, por otra parte, con la soprano y la mezzosoprano), lo que en Pescadores se plasma en el bonito tema Au fond du temple saint que interpretan, en uno de los dúos más hermosos y famosos de la Historia de la Ópera, Nadir y Zurga.


Y de esta manera la ópera me habrá enseñado, entre otras muchas cosas, que el destino, o el color de una voz, pende sobre nuestras cabezas, y que no es ni mucho menos sencillo deshacerse de él; incluso, quizás sea imposible, o tan complicado como cambiar el timbre con el que nuestras palabras suenan. Así entraríamos en el redil y a cada oveja, a cada uno, nos correspondería nuestra particular pareja. Y nos guste o no, haríamos bien en soportarlo o en acostumbrarnos a ella. Porque, después de todo, los clásicos griegos que lo sabían casi todo, agachaban su cabeza y se plegaban sin rechistar a ese fatum divino que, sin embargo a nosotros no nos acaba de convencer.

NB,- Aunque, como para todo, tendríamos excepciones (que confirman las reglas), no podríamos finiquitar esta entrada sin mencionar, acaso, la hermosa Arabella, de Richard Strauss, donde la soprano (Arabella) acaba la función en brazos del barítono (Mandryka), después de rechazar, entre otros, a dos tenores (Matteo y al conde Elemer). Además de ser un tema nada casual y que merecería, quizás, un estudio, no todo iba a ser perfecto, que diría Billy Wilder. Porque tendríamos también a una segunda soprano (Zdenka) con su correspondiente tenor (ahora sí, Matteo). Y es que en 1933, año del estreno de la ópera, el mundo empezaba a retorcerse (Hitler ya era canciller de Alemania desde finales de enero). Por eso, quizás, ya cada oveja no iba a estar ya más con su pareja, sino con quien le diera la gana. 
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domingo, 26 de abril de 2020

COVID-19: LA MASCARILLA Y EL BURKA

 

Y al principio salimos con cuentagotas y nos juntamos con aquellos que siempre estuvieron fuera, que eran pocos pero que siempre respiraron aire. Sanitarios, comercios de 1º necesidad, algunos funcionarios… Luego saldrían más. No a lo loco, ni mucho menos (o eso espero), pero saldrían más: los gremios “en construcción”. Y luego hoy, el 26, otros pocos: ¡niños sin clase, pero al recreo! Y luego casi todos los demás. Y luego todos, sin el “casi”, fuera de casa.
 

¡Ya era hora!, quizás exclame alguno. Y nos miraremos. Y nos costará adivinar quién ha abierto la boca. Porque, según las últimas noticias, todos habremos salido, sí, pero una mascarilla nos cubrirá la boca. Por si acaso… Por si acaso, pero de manera obligada, mascarilla que te crió. Tal vez porque en boca cerrada no entran moscas, y con mascarilla, ni entran ni escapan y así, el dichoso Covid-19 no se propagará más de la cuenta.

Luego si en esos momentos sobrevoláramos este planeta que nos contiene, veríamos cómo una mitad de sus pobladores llevan el rostro cubierto por debajo de los ojos hasta los pliegues de la barbilla. Unos con un antifaz al que llaman burka, nosotros con otro al que llamamos mascarilla. Y de esta forma, entre todos, compondremos un alucinante cuadro que sería tremendo sino fuera, a la vez, gracioso. Porque con los antifaces nos habremos vuelto casi irreconocibles, y si nos pusiéramos, entonces, beatos y santurrones, tal vez, hasta cabría reconocer que Occidente está intentando preservar su salud a riesgo de estar cometiendo un pecado de ésos muy gordos.
 
Porque, aunque para nosotros, Dios haya muerto por lo menos desde los tiempos de Nietzsche (finales del siglo XIX, año arriba, año abajo), seguimos conservando en nuestro ADN aquello de creados a su imagen y semejanza. Por eso, en la mayoría de nuestros códigos penales llevar el rostro cubierto durante la comisión de un delito supone un agravante. Claro, ocultamos nuestra cara, pero ésta es la cara de Dios. Por eso, el burka, lejos de convencernos, atenta contra alguno de los pilares más básicos de nuestra civilización. ¿O no son expresiones como “el dar la cara”, “enfrentarse a rostro descubierto” algunos de los emblemas y poéticos circunloquios que utilizamos para definir a las inconmensurables y siempre queridas agallas, al valor, en el más amplio y admirable sentido del término? Por eso el burka, además de representar otras creencias distintas, es para nosotros occidentales, consciente o inconscientemente, anatema (¡tapar el rostro de Dios!) y símbolo inexcusable de cobardía, de no jugar limpio, de “no me fío” porque “no te veo bien la cara”.
 
Pero ahora, ¿qué vamos a decir cuando seamos nosotros quienes pisemos las calles con las caras tapadas, puesta cuidadosamente la “mordaza” sobre nuestras mejillas antes de cerrar la puerta de casa? Bueno, de momento no habría que alarmarse porque parece que Dios efectivamente ha muerto y que Nietzsche, y algunos otros con él, tenían razón. O por lo menos nadie le ha oído quejarse allá arriba. Y habría santísimas cosas para hacerlo. O sea que igual el piso de arriba está vacío. Pero, sin embargo, aquello contenido en nuestro ADN, aquello de lo que no podemos desembarazarnos tan fácilmente, aquello de creados a su imagen y semejanza, y pasar de todo y cubrirnos la jeta, su imagen y semejanza con una miserable telilla que nos protege contra un virus, también mudo, también invisible, como Él lo era en sus gloriosos y buenos tiempos, ¿qué tal nos va a sentar en nuestro ánimo, o sea, en nuestra alma, o sea, en lo que también hay en nosotros de mudo e invisible? Creo que, a bote pronto, será como un dar nuestro brazo a torcer, y con el brazo, torcer también nuestro intraspasable ADN. Y esto nos pondrá tristes, qué duda cabe; una infinita tristeza, en forma de hombres y mujeres desperdigados, caminando por las aceras, silenciosos, cabizbajos (como el panorama que se pintaba en La invasión de los ladrones de cuerpos, vaya). Será, a pesar de poder respirar, como patada en el centro de nuestros ánimos, una patada a la que, además, tendremos que ir, irremediablemente, acostumbrándonos. Porque parece que esto de la mascarilla-burka va para largo. O sea, acostumbrarnos a deambular separados y tapados, a mirarnos (¿desconfiados?) por encima de la rejilla de la máscara, a acortar los saludos, a volver a casa sin saber si hemos visto a Javi o a Pedro, a Susana o a María.

Sí, mala cosa esto de la mascarilla o del burka occidental. Aunque, por una vez, todos estaremos de acuerdo en algo: en cubrirnos la cara. Por diferentes motivos, sí, pero todos de acuerdo y por algo se empieza. Burka o mascarilla, qué más da. Pero al final, todos hermanados. En la ocultación del rostro. Menudo consuelo. La humanidad entera sobreviviendo detrás de una máscara. Menudo consuelo. Aunque lo tomemos como lo tomemos, ésa será nuestra esperanza: todos de acuerdo en algo.
 

Y menos mal que para nosotros sabios y orgullosos occidentales, Dios habría estirado la pata y no estaría por las alturas para vernos con la cara tapada como un diestro Jesse James asaltando diligencias en el Far West, y castigarnos por semejante osadía. ¿O acaso nos habríamos precipitado en nuestras conclusiones y Él sí que sigue por ahí arriba, sin dejarse ver y callado, tal vez porque a pesar de los pesares todos, por fin y como Él quería, somos iguales, hermanos aunque sea por el antifaz, o quizás por vergüenza torera, porque en una lejanísima mañana decidió no tomarse el fin de semana entero libre y trabajó el 6º día, el sábado, para crearnos y ponernos en el centro de este grandioso e interminable jaleo?
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domingo, 19 de abril de 2020

COVID-19: ESPARTACO LE HACE FRENTE


Al final no he visto esta Semana Santa Espartaco (1960), de Stanley Kubrick pero no me importa porque, hasta cierto punto, me resulta inolvidable. Por lo menos, para mí, es inolvidable su bonito tema de amor, compuesto por Alex North. Por lo menos, para mí, inolvidable es su secuencia final donde Espartaco muere crucificado en el borde de un camino donde a ambos lados cientos de esclavos están corriendo su misma suerte. Todo parece indicar que con ello se está poniendo fin a la insurrección de los esclavos que se levantaron en armas contra el Imperio Romano reclamando el derecho a un trato y una vida más digna. Sí, la muerte no parece sino el preludio incontestable de su derrota. Aunque sin embargo tengo mis dudas.
 
Y no sólo porque Dalton Trumbo, uno de los escritores más perseguidos por McCarthy y su delirante “caza de brujas”, firmara el guión de Espartaco, lo que ya de por sí nos debería predisponer a los buenos aficionados a suponer que detrás de ese final, excavando en su celuloide, debe haber algo más. ¡Porque vaya si lo hay!

O reparemos sino en cómo el teórico triunfador de la revuelta o el pretor romano Craso se ha quedado sin su corona de laurel o sin conocer la verdadera identidad del esclavo que se esconde detrás del nombre de Espartaco. Claro que Craso sospecha de Kirk Douglas, pero la certeza le será negada. Y la muerte de los miles de esclavos se la denegará absolutamente. Y no sólo eso sino que se quedará, sobre todo, sin comprender él, Craso, todo un instruido e inteligente ciudadano romano, y sabiendo, eso sí, que el no encontrar al hombre hará que su nombre se mitifique como símbolo contra la opresión (y todos conocemos la fuerza indestructible que alcanzan los símbolos), cómo esos hombres, a los que apenas una tela les llega para cubrir el cuerpo, defienden a otro al que muchos de ellos ni tan siquiera conocen; y prefieren morir antes que responder o señalar su figura con el dedo índice.
 

Pero es que a Craso, como a todos los pueblos de la Antigüedad, Roma incluida, por supuesto, la solidaridad que demuestran entre ellos estos esclavos sin tener conocimiento el uno del otro, y simplemente por compartir unas ideas o un credo determinado, es algo que les resulta desconocido e irracional. Por eso Craso la teme. La comunidad solidaria sin más, sin recibir nada a cambio por ello, como aquella cuantiosa limosna recaudada en Grecia y Roma, y que Pablo de Tarso (el mismo al que una visión divina derribó de su caballo) entregaría a los cristianos de Jerusalén que morían de hambre durante los siglos I y II d.C., es algo que para los romanos no tiene explicación. Y les desconcierta. Pudiera ser ése el último significado del grito contenido y el golpe inútil y desesperado que propina Lawrence Olivier a Kirk Douglas antes de subirle a la cruz. Porque esa comunidad solidaria, su caridad, la ayuda mutua que se prestan entre desconocidos conocidos por las ideas que comparten, por su misma e innegociable condición de seres humanos, va a representar el futuro de la humanidad más allá del bárbaro e insolidario mundo romano.
 
Y el hijo de Espartaco y Lavinia, al que la mujer lleva entre sus brazos y que levanta para que Espartaco pueda verlo antes de morir, no sería sino la representación de esa esperanza, de un mañana mejor aún en las terribles circunstancias que los protagonistas viven en ese momento. Años más tarde se alzará, detrás de los rebeldes crucificados y gracias a hombres anónimos como Espartaco, una nueva vida menos bárbara, más solidaria, más humana. Sí, durante estos días de jodido confinamiento y de tanto Covid-19, pensemos en todo esto aunque sea un poco.

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lunes, 6 de abril de 2020

COVID-19: EL MUNDO YA ES DE LOS NIÑOS

¡Vamos ya a por la 4ª semana de confinamiento! Y se me ocurre pensar que un día empecé a escribir un libro; luego el libro se tituló Divino tesoro. Casi un ensayo contra la juventud. Y el libro fue mi primer ensayo. Lo publicó Ediciones Maia y, en su momento, llamó la atención y no tuve con él malas críticas; incluso al año siguiente fue finalista de los Premios de Euskadi de Ensayo.

A grosso modo trataba sobre un hecho que me llamaba bastante la atención y que no era otro sino la progresiva juvenilización que estaba transformando desde hacía algunas décadas a las sociedades occidentales. Efectivamente, la juventud se había convertido en un valor en sí mismo, y parecía como si todo aquello que no entrara en ese cajón juvenil bien podía tirarse al cubo de la basura, por caduco, pesado e inservible.

Hoy, tres años después, me sigo reconociendo en el ensayo pero reconozco, y valga la redundancia, para mi asombro y sorpresa, que me quedé con él bastante corto. Porque el mundo (el occidental, al menos), lejos de apalancarse en esa juvenilización, ha seguido tirando hacia abajo, hacia un punto cercano al cero del origen; y ahora no me cuesta ver a nuestro alrededor un mundo, ya no juvenil, sino decididamente infantilizado.

Y siento que todo esto dio comienzo, día arriba, día abajo, un 11 de septiembre de 2001. No creo que nos cueste recordar que esa mañana las huestes de Bin Laden derribaron, cual si de dos castillos de naipes se trataran, las Torres Gemelas de Nueva York, con dos aviones que impactaron contra ellas causando, en un suspiro, 3000 muertos.

Yo ese día estaba comiendo en un hotel con tres amigos y a la salida del restaurante, en un televisor instalado en un puesto de venta de periódicos pudimos presenciar el choque del segundo avión contra la segunda Torre, y el consiguiente desmoronamiento de los dos rascacielos. Sí, hubo que frotarse los ojos. ¿Qué era aquello? ¿El último y más real video juego? ¿Una sofisticada gamberrada, más propia del Día de los Inocentes que de otra cosa? ¿Una de esas fake news, como se dice ahora? Y sin embargo, no, aquello era tan de verdad como que nosotros cuatro estábamos en ese momento haciendo la digestión. Y, no tardó en venirme a la cabeza la frase aquella que se pronuncia en una película de Hitchcock (yo siempre con el cine a cuestas), por un lado tiene gracia aunque por otro, maldita la gracia que tiene.

Sí, y la cosa pintaba tan fea que decidimos los cuatro de mutuo acuerdo conmemorar dicha fecha todos los años con otra comida donde nos juntáramos alrededor de una mesa y de otro 11-S. Yo, por mi parte, enseguida me apunté porque sinceramente pienso que el mundo, y éste no el occidental sino el global, el mundo-mundial, cambió desde aquella mañana, y a la juvenilización sobre la que hablaba en el Divino tesoro…, le empezaba a seguir una infantilización galopante que, al día de hoy, continúa apropiándose de todo, y a una velocidad vertiginosa.

Y si a alguien no le convence lo que he escrito hasta ahora que eche un vistazo a los desmadres que nos han pasado después del desplome de las Torres. Poco después, Bush y su atolondrada invasión de Irán, más propia de una pataleta de crío malcriado que de otra cosa, buscando armas nucleares donde nadie ha visto (ni siquiera él) todavía más que una acuciante y vergonzosa pobreza, las sucesivas y disparatadas crisis bursátiles coronadas por los calamitosos Hermanos Lehman, las ¿micro? pandemias del Ébola, de la Gripe A que, como aquello de que viene el lobo, no vinieron hasta que vino su hermano mayor, no el de Zumosol precisamente, sino este Covid-19, o el incremento de una violencia indiscriminada a la que nos hemos acostumbrado demasiado rápidamente o todo nos da demasiado rápidamente igual, los bullit de patio de colegio y la más impresentable de todas las violencias, la de género; y sin que nadie parezca rasgarse en serio las vestiduras, el patético acoso profesional; y todo ello finalizando, de momento, con este Covid-19 (hasta su nombre me recuerda el nombre de algún misterioso y letal E.T.) que nos está a todos trayendo de cabeza.

Sí, algunos dirán que el mundo se ha vuelto definitivamente loco, pero yo me apunto a que el mundo se ha vuelto definitivamente infantil. Sí, el mundo se ha infantilizado hasta extremos delirantes: un cómic(o) al que nadie hace caso. Y todos a casa. Confinados. Las calles desiertas. La sensación de que una bomba atómica ha caído sobre el Planeta. Pero todavía, algunos niñatos de cachondeo. ¡Si nadie ha oído nada anormal!, ¡si nadie es responsable!, ¡si nadie tiene la culpa de nada!... O como los niños, ¡la culpa la tiene ése! O un virus que mata, que se contagia y se nos pega como un moscardón  que no deja de incordiarnos, sin que sepamos porqué, y sin que sepamos porqué nos da el pasaporte hacia el otro mundo; ese del que nadie ha vuelto.

Y pongo la tele para ver las noticias, para ver de qué va todo esto. Y las autoridades, los máximos mandatarios mundiales reunidos y desorientados buscando una solución al problema, no dejan de recordarme la película o la infantilada aquella de Tim Burton que se llamó Mars Attacks! (más cine, sí) donde unos ridículos pero mortíferos alienígenas atacaban la Tierra y aniquilaban a sus pobladores, y que cuando todo parece perdido, se encuentra de chiripa la vacuna: una espantosa canción de Slim Whitman que hace que ¡los cuerpos de estos desagradables extraterrestres explosionen como un globo lleno de agua! Sí, Hitchcock again: por un lado tiene gracia aunque por otro… no lo voy a repetir.    

Sí, claro, pero es que ahora el mundo es de los niños. También “niños” despistados que juegan y dirigen su destino mientras vemos cómo las amenazas, que se ciernen sobre él desde aquel infausto 11S, recuerdan cada vez más a los tebeos, a las viejas y tremendísimas películas de serie Z (a las que, no casualmente, Tim Burton rendía homenaje con su particular gracieta): ciudades desiertas, silencio, mucho silencio, muerte, mucha muerte indiscriminada, y malos, malísimos (Bin Laden, el doctor Octopussy quizás- ¡tiembla Spiderman!…) o, incluso, invisibles (este Covid-19), y sin motivos aparentes para causar tanto daño salvo porque así los ha hecho el mismo mundo donde vivimos y, como al escorpión de la fábula, sólo les cabe disculparse diciendo que ellos son así y después reírse, ¡cómo no: son tan malos, malísimos!, a mandíbula batiente.

Sí, el mundo se ha infantilizado. Mascarillas a tutiplén, pero que no se nos olviden unos buenos pañales. ¡Y a agarrarse los machos! Porque la infancia tiene ese punto maldito. Puede ser divertida pero insustancial; muy activa pero inconsciente; peleona pero desconocedora de que hace daño; llorona y no darse cuenta de lo que tiene gracia; cachondeo y sin saber que eso, precisamente, no es gracioso; en resumen, que vive a tope pero no le preguntes por la Vida.

Y es esta infantilización la que nos toca (a algunos los c.) y, me temo, con la que nos va tocar bregar durante bastante tiempo. Y aún así espero que el próximo 11S los cuatro amigos volvamos a juntarnos, sanos y salvos, delante de un primer plato, luego de un segundo y luego de un postre, café y copa. Porque aquel 11S del 2001, mi ensayo Divino Tesoro… se quedó corto, y el mundo empezó a hacerse más que joven, niño; un niño que no para quieto, sí, un diablillo muy, muy peligroso. Y si es cierto aquello que dice el indispensable Habermas sobre que el ser humano nunca ha sido más conocedor de su propia ignorancia, hablaríamos de hombres a los que les gusta seguir siendo niños. Y ya habría llegado la hora de espabilar. O de crecer.
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