martes, 19 de junio de 2018

POR QUÉ EL FÚTBOL ES EL DEPORTE REY



Sí, ahora que el rey es más rey que nunca. Ahora que el balón que ha chutado, corre por los campos de Rusia pero también por la hierba que todos vemos apoltronados en las butacas de nuestras casas, os voy a contar lo que nadie os ha contado nunca sobre el fútbol, pero empezando, irónicamente, por una cosa sobre la que todos habréis oído hablar antes miles de veces, eso: que el fútbol es el deporte rey. Y todos podréis pensar, al momento, en algún o en algunos motivos para que este aserto sea tan cierto como que la Tierra da vueltas y todos, casi sin excepciones, tendréis razón.

Pero yo, en estas líneas, voy a centrarme en un detalle, en el detalle que hace que la realeza del fútbol sea una proclama indiscutible, en el auténtico quid de la cuestión y, sobre el que también pienso, que muchos no habréis reparado con la atención que se merece: el fútbol es el deporte más complicado que al hombre, en cuanto homo sapiens sapiens, se le ha podido ocurrir inventar y practicar, o ver en vivo pagando una entrada o en el salón de su casa abonándose a un canal de televisión. Y por estos derroteros voy a seguir.
 

Porque al hombre, a ese homo sapiens sapiens, todo lo que es complicado le resulta más atractivo y apasionante que aquello que es más sencillo. Le va en los genes. Y a estos les va la marcha de la complejidad. ¿O, acaso, no preferimos contemplar las majestuosas y complicadas pirámides de Egipto que la apañada y sencilla caseta de un perro? Luego sigamos.

Y reparemos en que el fútbol es un deporte en el cual dos equipos, compuestos cada uno por 11 jugadores, juegan sobre un campo rectangular cuyas medidas más comunes suelen ser, en la Liga Española sin ir más lejos, de 105 metros de largo y de 68 de ancho, y tratan sobre él de meter un balón, que de acuerdo con lo que dictamina el Reglamento de Competencia de la Internacional Board, en su regla 2ª, será esférico, de cuero o de algún otro material adecuado, con una circunferencia no superior a 70 centímetros ni inferior a 68; con no más de 450 gramos de peso ni menos de 410 al comienzo del juego y con una presión que oscile entre las 0,6 y 1,1 atmósferas al nivel del mar; o sea, y hablando en plata, entre los 600 y 1100 gramos por centímetro cuadrado, tratan, decía esos dos equipos de meterlo en una portería (cada uno en la del contrario, claro), situada en los dos lados cortos y opuestos del mencionado campo rectángular, de 7 metros y 32 centímetros de largo, y 2 metros y 44 centímetros de alto, defendida por un jugador al que llamamos portero y que será el único de los 11 que pueda emplear para evitar que el balón entre en la portería cualquier parte de su cuerpo (luego veremos que esto para el resto de los jugadores será una excepción, y una nota fundamental para todo lo que pretendemos explicar). Bueno, cojamos aire…

Y ahora, si ese balón entra en la portería, el equipo que lo haya logrado habrá marcado un gol. Y el equipo que marque más goles al término del tiempo reglamentado, que se divide en dos partes de 45 minutos cada una (lo sé voy poco a poco), habrá ganado el partido.

Y esto que a muchos les puede sonar a chiquillada o a algo relativamente sencillo, si se mira con cuidado, o con cuidadín que decía el gran Chiquito, se verá que es bastante más complicado. Y más todavía si a las premisas citadas añadimos aquella nota fundamental, o fundamentalmente puñetera y antinatural (después me explico), de que cualquier jugador, que no sea el portero, ¡sólo puede emplear la cabeza y el pie para manejar y conducir el balón hasta la portería contraria y nunca las manos! ¡Coño, y esto que parece, a simple vista de pájaro, una tontería es lo que hace del fútbol el deporte más endiabladamente complicado que podamos, sapiens sapiens, haber inventado! Y el más apasionante. Por eso, decíamos arriba, que es el rey.

Pero “antinatural” y “endiablado”, también. Y lo escribo y lo subscribo. Porque el hombre, lo sabemos o lo hemos escuchado en algún documental, si por algo se distingue del resto de las especies animales que pueblan, y con las que compartimos, este Planeta es por el uso extremadamente singular y portentoso que hacemos de las manos y con ellas, de los dedos. Esta capacidad es la que nos hace naturalmente superiores y, a veces, y en nuestros mejores momentos, casi divinos.

Aunque si jugamos al fútbol, y no ocupamos el puesto de portero, las manos al bolsillo. Las manos no deben servirnos para nada, porque si se nos ocurre tocar con ellas el balón incurriremos en falta y si lo hacemos descaradamente seremos expulsados del partido. ¡Coño, esto empieza a complicarse, sí! Antinaturalmente…

Porque habrá que reconocer que poner a 11 jugadores (bueno a 10, el portero ahora no cuenta) de acuerdo en conducir con los pies un balón, no muy grande, en un campo, bastante más grande, y colarlo en una portería, ni grande ni pequeña, pero defendida por el único jugador que puede usar todo su cuerpo en impedir que este balón entre en su portería, es una práctica y un logro bastante, o por decirlo castizamente, muy jodido.

¿O habéis pisado, alguna vez, un campo de fútbol reglamentado, y os habéis situado, por ejemplo, en su centro y mirado, hacia delante y hacia atrás, las distancia que os separa de las porterías, ¡en el 5º pino!, o en el tamaño que desde ahí tienen esas mismas porterías, ¡liliputienses!? Pues añadid ahora a estas dificultades, que por el campo pululan 21 jugadores más como nosotros, y que con 10 de ellos tendremos que pergeñar una táctica que nos permita llevar el balón hasta la portería contraria, sorteando el denso tráfico de compañeros y contrarios, y conseguir un golito, mientras estos, los 11 contrarios harán todo lo posible para evitarlo. Complicadillo, ¿verdad?…

Y sin embargo, a medida que las dificultades crecen, nosotros, los homo sapiens sapiens,  nos vamos poniendo más y más cachondos. Lo sabemos. Las complicaciones hacen, irónicamente, que lo mejor de nosotros mismos salga a relucir. Y a todo esto habrá que sumar ahora, para entender por fin lo del deporte rey, los consecuentes directos que estas características complicadillas del juego tienen sobre el fútbol.
 

El primero de ellos, y creo que el más decisivo para que la complicación sea efectiva, y la subsiguiente consideración de deporte rey resulte concluyente es que, a causa de esas complicaciones, los goles que se marcan durante los partidos de fútbol son relativamente escasos. Incluso muchos partidos acaban con el resultado de 0-0, o con un pírrico 1-0. Pero esta racanería, paradójicamente y lejos de resultar un defecto, es la hace del fútbol precisamente un deporte real, ya que es esta escasez de goles la que hace que el resultado final de un partido sea muy incierto y que, de esta manera, ¡cualquiera de los dos equipos pueda ganarlo!

¿No os dais cuenta que en el baloncesto, por ejemplo y al contrario de lo que ocurre en el fútbol, las sorpresas o los “maracanazos” casi brillan por su ausencia? Un equipo para ganar un partido de baloncesto tiene que anotar en el cesto contrario, por lo menos, 30 canastas, y esto hace la victoria para el equipo más débil sea casi una misión imposible, y, por lo general, terminará dando su brazo a torcer ante el equipo más poderoso, al que le resulta mucho más sencillo, por sus probadas aptitudes y jugosas cuentas corrientes, llegar a esa cantidad de canastas.

Pero el fútbol es distinto. En el fútbol, a cuenta de lo que llevamos escribiendo, a cuenta de su complicación, de los pocos goles que se necesitan para ganar un partido, el equipo más débil puede derrotar al más fuerte. Y esto, desde David y Goliat, nos entusiasma. Porque el débil podrá ganar al fuerte y abusón sólo por 1-0. ¿Y qué equipo no es capaz de marcar solo un gol? ¡Un gol y no las 30 o 40 canastas, por acudir otra vez al ejemplo del basket! Y estas cuentas, un-solo-gol, únicamente cuadran jugando al fútbol. Y así, las sorpresas, los imprevistos, la incertidumbre del resultado, el lado hacia el que finalmente se inclinará la balanza nos mantendrá a todos en vilo, ¡esto es pasión!, mordiéndonos las uñas, estirándonos de los pelos, con los apretados “uuuyyys” entre los dientes porque el resultado, hasta el final de los 90 minutos, se mantendrá fácilmente en el aire.

Y después, y sobre estas premisas, ya nos cae el resto en cadena. Con los mimbres de la incertidumbre se inventan y se alimentan los grandes estadios abarrotados de ese público enfebrecido, las lucrativas quinielas y las apuestas en general: ¡más pasión!; también ellas contribuyen, ¿quién lo puede negar con dos dedos de frente?, a la inmensa popularidad del fútbol. Y al revés: también ellas, las apuestas, se calzan las chancletas y los trajes de baño y hacen del fútbol su particular y más refrescante agosto.

Por eso debemos convenir que, una de las sentencias más repetidas en los corrillos futboleros (que estarán llenos de estos lugares comunes; por algo el fútbol es el deporte rey y el más popular), aquella que reza que el gol es la salsa del fútbol, habría que entrecomillarla con esta extraña y aprendida coletilla (por lo menos para quien haya llegado hasta aquí), que los goles sean pocos o que la abundancia de salsa no arruine el plato.
 

Y termino con un más de lo mismo. Pensad que los partidos de fútbol acabaran con un 12-7 o un 21-8, o con un más ajustado y teóricamente apasionante 19-18, y mucho me temo que, al contrario de lo que pudiéramos creer sin la extraña y aprendida coletilla, ya que el gol sí sería entonces la salsa del fútbol y punto, posiblemente nos veríamos envueltos en un profundo muermazo, en un turre, en un mareante e insulso correcalles, en un sin ton ni son, hasta poder apostar (¡sí, me lo juego todo!) que dejaríamos de levantarnos de los asientos cada vez que nuestro equipo marcara un gol, ¿el 16º o el… 18º? Además de advertir que, con esta soporífera abundancia de goles, al fútbol habría que modificarle el nombre y en lugar de llamarle “fútbol”, referirnos a él como un tipo de “futbolito” o “futbito” jugado en campo grande, en el que el propio diminutivo del término ya nos estaría indicando que el fútbol habría perdido esas “rácanas” señas de identidad que le hacen único y especial, y que, entre otras cosas, le han aupado hasta la cima del podium, hasta su indiscutible majestad y reconocimiento como el rey de los deportes.

 
 

 

 
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martes, 29 de mayo de 2018

CHAMPIONS LEAGUE, LA FINAL, LA RESACA Y EL MAL ROLLO

 
Sí, la final de la Champions de este año me ha dejado mal cuerpo. Quizás fue por aquello de que la ciudad que acogió el partido, Kiev, la capital ucraniana, formó en su día parte de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas soviéticas, esto es, la URSS y conocida es la afición de sus buenos y aguerridos pobladores por el vodka que templa los estómagos y el cuerpo, dado el frío que pela y azota aquellas latitudes, una de las razones por las que la susodicha final me dejó, paradójicamente, destemplado.

Y es que la Final no fue un partido bonito. O no respondió a las expectativas. O que, por lo menos, no respondió a mis expectativas. Porque, en realidad, en esos 90 minutos, sucedieron cosas que no me gustaron ni un pelo.

Algunas de ellas, casuales, como la bochornosa actuación del portero del Liverpool al que se le puede hacer culpable, sin que nos tiemble la mano a la hora de firmar la sentencia, de dos de los tres goles que marcó el Real Madrid: el primero de Benzema y el tercero que, aunque las crónicas se le apuntaran a Bale, creo que es, más bien o mal (depende desde qué lado lo miremos), un gol en propia puerta.

En cuanto al segundo, la antológica chilena del propio Bale, disfrutarla o nada qué decir, aunque el acrobático vuelo de Karius, el portero del Liverpool que se dejó las puertas abiertas y las llaves en casa, volvió a resultar decepciónate y feo. Se estiró sí, pero ¡con las manos en los bolsillos!, como un aplicado alumno al que se ha cogido en alguna cagada y recibe, por ello, una agria reprimenda.

Si Karius hubiera sacado los brazos tal vez nada habría cambiado, o sea que la chilena de Bale hubiera acabado, igualmente, en el fondo de las redes y que el segundo gol del Real hubiera subido, igualmente, al marcador. Pero igual no: quizás el meñique de Karius hubiera tocado el disparo de Bale y hubiera desviado el balón lo justo para que éste hubiera salido lamiendo, con la puntiiita de la lengua, el larguero. Quién sabe. Pero de lo que nadie me va a sacar es del convencimiento de que, con una estirada de Karius, como Dios manda, el gol habría resultado más bonito. Sí, bonito. Lo que no fue el partido.

Como tampoco lo fue, y con esto termino ya que me pareció literalmente una canallada nada azarosa, la entrada que Ramos realizó a la estrella del Liverpool, Mohamed Salah, al que agarró del brazo sobre el minuto 20, retorció con saña la extremidad y tiró de ella hasta que dio con el cuerpo del egipcio contra el césped, produciéndole una luxación que hizo que la Final terminara para él y… los suyos, con más de una hora de antelación.
 

Sí, Ramos cazó a Salah en otra fea acción que me recordó los placajes que sufren, a veces, los quaterbacks en los partidos de fútbol, pero americano, y en los que los defensores se emplean con particular dureza, y después se felicitan entre ellos dando saltos de alegría por la proeza lograda: derribar al quaterback.

Claro, que Ramos ni ninguno de los suyos realizó semejante bailoteo ni mostraron esa alegría incontenible. No hubiera estado bien. Y ellos no estaban jugando un partido de fútbol… americano. Pero que no lo jugaran o que expresaran esa alegría no quiere decir que no la sintieran. Estoy seguro. Y que tampoco venga ahora nadie y me acuse de escribir que Ramos lesionó a Salah a propósito. No, eso nunca. Como tampoco ese defensor de fútbol americano quiere mandar al quirófano al quaterback al que placa como un bestia, pero que si sucede, bueno, gafes del oficio o que no se hubiera puesto en medio, o que no hubiera sido tan bueno… Visita de condolencias al hospital y asunto zanjado.
 
Pero el caso fue que sin Salah y con la gracia de Ramos la mayoría de espectadores nos quedamos sin Champions. La ganó, eso sí, el Real Madrid, pero ellos son muy pocos en comparación con los millones que veíamos la Final en vivo o por televisión, y a los que una bonita final sin tantas gracias nos hubiera dejado con el cuerpo mucho más entonado.
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lunes, 14 de mayo de 2018

CHAMPIONS LEAGUE & HÄENDEL, PARECIDOS RAZONABLES



Ahora que ya se conocen los finalistas de la Champions 2018, Madrid y Liverpool, ¿o alguien no lo sabe aún?, y se va acercando la fecha del partido definitivo en Kiev, el 26 de mayo y la XIII, éste sería mi pronóstico, el tan voceado y querido objetivo europeo de las huestes madridistas, cuando ya no queda nada salvo el Mundial de Rusia, traigo a esta sección de parecidos, aunque este reconocido por su autor, el popular Himno de la Champions de fútbol, Himno de la Liga de Campeones de la UEFA, llamado también de manera oficial simplemente Champions League, una composición que el músico Tony Britten realizó en 1992 por encargo de las autoridades UEFA sobre una pieza de Georg Friedrich Häendel llamada Zadok The Priest, Zadok el sacerdote en español, perteneciente a la serie de los Coronation Anthems o himnos de coronación, compilación de cuatro himnos compuestos en 1727 por el músico barroco alemán, posteriormente nacionalizado inglés, con motivo de la entronización de Jorge II como rey de Gran Bretaña.
    
                                            
Claro, se me podía haber ocurrido, ¿o podría haber sido de otra manera? Siempre el fútbol e Inglaterra; y sobre todo, la todopoderosa y magnífica Inglaterra del siglo XVIII.

Sí, God Save The King, God Save The Football.
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jueves, 10 de mayo de 2018

EL APERITIVO: JONAH LOMU EN 15 INOLVIDABLES ENSAYOS

(Que sirva esta entrada escrita hace ya 2 años y pico como para lo que sirvió, como sincero homenaje a la figura estelar de Jonah Lomu prematuramente desaparecido, pero que hoy sirva también para alegrarnos los labios y como aperitivo para las finales europeas de Rugby que se vivirán en Bilbao este fin de semana, y como llamamiento a un deporte que, de verdad, no tiene desperdicio. Todo en él, parafraseando el título de la novela de Hemingway, es una fiesta. Y de las buenas). Aquel mes de noviembre de 2015 yo escribía lo siguiente:

Jonah Lomu murió el 18 de noviembre. Tenía 40 años. Medía 1,96 y pesaba 120 kilos. Y los 100 metros los corría en poco más de 10 segundos. Toda una proeza; una fuerza de la naturaleza. Y jugaba al rugby como wing, como ala. Y después del Mundial de 1995 fue considerado la primera súper estrella de este deporte, que no cesa de ir a más (el reciente Mundial de Inglaterra sólo ha sido el último ejemplo), gracias a su portentosa capacidad física.

Y yo le he visto correr, zafarse de los contrarios y he flipado como pocas veces lo he hecho en el universo deportivo. Quizás con Michael Jordan o con las mágicas asistencias de Magic o con los regates de Messi o los putts de Tiger o con las subidas a la red de Roger. No son muchos ni muchos esos momentos que se perderán como lágrimas en la lluvia, que nos decía el valiente Nexus6 antes de morir en aquella mugrienta azotea de un edificio de Los Ángeles. Pero por eso son inolvidables.

Y el miércoles pasado también Jonah Lomu murió. Aunque este lo hizo de verdad, y en Auckland. Hace veinte años se le había diagnosticado un síndrome nefrítico y sufría desde entonces graves problemas en el riñón. Pero, a pesar de ello, algunos pensamos que Jonah era inmortal. Como las ballenas blancas o las secuoyas. Y nos hemos vuelto a equivocar. La naturaleza se ha llevado a una de sus mayores “fuerzas”. Se ve que no podía o no quería seguir prescindiendo de ella por más tiempo. Nos la dejó disfrutar durante unos años, y habrá estimado que ya han sido suficientes. Por estos lares todos andamos de paso. Y todos somos todos, sin excepción. Pero más aún esas fuerzas que, por sus singulares y explosivas características, son, sin duda, las presas más codiciadas y apetecibles. La naturaleza pide y exige que le sean devueltas. Y siempre nos parece que demasiado rápido. Así Jonah Lomu se ha ido. Con sólo 40 años… Y este 18 de noviembre otra lágrima muy especial se habrá perdido en la lluvia.
 
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viernes, 27 de abril de 2018

AUDREY HEPBURN Y EL STAR SYSTEM


En estos momentos, bueno, durante muchos momentos durante este mes he tenido delante de mí la hoja del calendario donde una glamorosa e inalcanzable Audrey Hepburn besa el mentón de William Holden en una fotografía de estudio realizada durante el rodaje de Sabrina, la película que Billy Wilder dirigió en 1954.
Y como sigo queriendo rendir honores al título de este blog, o sea, a lavueltaylatuerca, pues eso, me he puesto a darle una vuelta a lo que esa fotografía contiene y lleva consigo: la imagen congelada en blanco y negro de una superstar hollywoodense en el cenit de su carrera, cuando aún del Star System podía hablarse con pleno sentido (ya faltaba poco para que su nombre y significado se diluyeran en los modernos derroteros por los que el cine iba a enfilar muy pronto).
Porque con esta foto del calendario se me ocurre pensar que a estas estrellas pertenecientes, con todos los derechos y virtudes, al limitado y privilegiado universo del Star System, y de las que Audrey es un ejemplo palmario como pocos, les sucede algo que no siempre es reconocido por esos cómodos gacetilleros que se dedican a llenar páginas y páginas de revistas cinematográficas hablando siempre más de lo mismo y, por si tuviéramos poco (eco), repitiéndolo a continuación, como si quisieran lanzarnos un maldito yu-yu, una premonición que, de aquí a unos años, el sonotone nos va a ser imprescindible y va a reposar sobre de nuestras mesitas de noche.
Por eso siempre intento no ser un disco rayado. Aunque sólo sea por llevar la contraria. Aunque, por si acaso, ruego a quien se lo parezca que me lo diga e ipso facto pondré todos los esfuerzos en des-rallarme. Lo juro. Y lo que pasa con las estrellas, lo que aquí me sugiere el rostro de Audrey, en esta hoja del calendario, y que sería el motivo último de esta entrada, es que Audrey Hepburn no es Sabrina, por mucho que encarne a ese personaje en la película de Billy Wilder. No es Sabrina quien besa a William Holden en la foto del calendario, o no es la primera que lo hace, porque antes que Sabrina apoye sus labios en el mentón de William Holden lo ha hecho la propia Audrey Hepburn. Y sólo después de que ésta lo haga, lo podrá hacer su personaje, Sabrina. Sólo después...
Lo que nos lleva a una incontrovertible cuestión. En el mundo del Star System, la estrella en cuestión, en nuestro caso de hoy y de esta hoja del calendario, Audrey Hepburn, siempre está por delante y por encima del personaje que interpreta la propia star. La estrella siempre se adelantará al personaje. Por eso Audrey Hepburn nunca podrá interpretar a una sanguinaria asesina a sueldo, por ejemplo, una sicario que desmembrara los cuerpos de aquellos que contravinieran las órdenes de cualquier clan mafioso que pudiéramos imaginar, ya que por delante de ese personaje de asesina a sueldo se situaría el propio personaje de Audrey Hepburn, el personaje que Audrey Hepburn, ruede o no ruede una película, está interpretando siempre, el personaje de star, y este personaje hace imposible que Audrey Hepburn pueda dar un paso al frente que le haga confundirse bajo los rasgos de una fría y despiadada asesina a sueldo de la Mafia.
Sí, ésta es una de las limitaciones que tiene eso de ser estrella. No todo va a ser jauja. En su caso, y por delante del personaje que les vaya a tocar interpretar en la película que se dispongan a rodar, estará ya el personaje que ellas interpretan siempre, hayan oído o no el motor de la cámara o la voz del director diciendo, ¡acción!
 
Por lo que ésta se me antojaría que podría ser, sin duda, una de las razones por las que las carreras profesionales de estas estrellas es, en muchas ocasiones, más ingrata de lo que a muchos se les pudiera pasar por la mollera. Fijaos, la estrella siempre debe rendir pleitesía, antes que a nada o a nadie, a su propia persona. Se debe asimismo. Y no hay marcha atrás. Por eso Audrey Hepburn se pliega a los deseos y caprichos antes que de ningún otro, de la mismísima Audrey Hepburn. O Clark Gable, de Clark Gable, o Harrison Ford, de Harrison Ford, o Brad Pitt, de Brad Pitt, y paro. Con lo que posiblemente no sea del todo agradable esto de ser esclavo de uno mismo, de la propia imagen que uno siempre, guste o no, lleva contigo y de la que, por lo tanto, le resultará imposible desembarazarse a no ser que… No, no lo digo. Tal vez Marilyn me oyera. O tal vez lo hiciera James Dean. O Monty Clift. O tantos otros que nos dejaron antes de tiempo.
 
Sí, y mejor que no nos oigan y continúen criando malvas o descansando tranquilitos o escuchando esta bonita canción que The Kinks les dedicó a todos ellos, a todos los que componen ese tentador pero peligroso campo de sueños que es el Star System, y que a cambio de una segunda vida inmortal te sustrae puñetero esta común al resto de nosotros, más corriente y ramplona, sin duda, pero también menos peligrosa y, normalmente, más larga.
Sí, la hoja del calendario me dio para pensar estas cosas. ¿Que soy un coñazo, que estaba o estoy muy, o súper aburrido? Puede ser, pero a mí me gusta; pensar en estas cosas, quiero decir… (jeje).
 
 

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lunes, 16 de abril de 2018

LOS TIEMPOS SÓLIDOS Y LOS HERMANOS LUMIERE

 

Y continúo dándole vueltas a esto de las manecillas del tiempo. Me parece un asunto fundamental. De esos de poder perder el tiempo con ellos (y valga la gracieta), hasta hartarse. Porque si para el tiempo del siglo XX Bauman acuñó la expresión de “tiempos líquidos”, que nos viene al pelo para lidiar con este cronómetro que nos consume la existencia a toda leche, que nos hace ir de La Ceca a La Meca en menos que canta un gallo, que nos junta y nos separa a la velocidad del rayo y con el ruido ensordecedor del trueno, que hace, en definitiva, que hombres y mujeres movamos agitados y estresados el culo, la mayoría de las veces sin ton ni son y sin saber dejarlo estar quieto, en esta entrada echo el freeeeno de mano. Hasta arriba y parado como un poste de la luz. Y me reafirmo en que los tiempos no siempre han sido líquidos como hoy los padecemos. Que es más, que los tiempos de la Madre Naturaleza son más bien lentísimos o, por seguir con el pensamiento de Bauman tiempos, más bien, sólidos.

Pero en este inocuo y, aparentemente, inofensivo enfrentamiento entre tiempos; líquidos por un lado, versus, sólidos por otro radica, a mi parecer, uno de los grandes problemas que sufrimos, actualmente, todos los que nos empeñamos en circular por este mundo. Porque podríamos referirnos a los tiempos sólidos, los tiempos lentorros, como a los tempora naturale, a ese trote cochinero con el que la Madre Naturaleza se conduce, con el que hace sus cosas, mientras que los otros, los tiempos líquidos, escurridizos como una ardilla, serían los humanos, los tiempos racionales, los tiempos del homo sapiens con el disfraz que éste se empeña en ponerse desde que empezó el siglo XX. Y no me cabe duda de que este desfase de velocidades, de tiempos, es una de las causas de que la cabeza nos duela más veces de las que quisiéramos.

Porque con ello nos pegamos de bruces con la Naturaleza, y entrar en contradicción con ella no puede llevarnos a ningún sitio. Pero nosotros erre que erre (¡y que nadie me mencione a Martínez Soria, por favor!), insistiendo en hacerlo todo, nuestra vida incluida, más y más rápido, y cruzando los dedos porque la locomotora aguante y no descarrile pero presintiendo, también, que en cualquier curva pronunciada puede acabarse el chollo e irse todo, locomotora incluida, al traste y entonces sí: ¡sálvese quien pueda!

Y citaría, como empezamos hablando de cine y de los Lumiere, en un flash-back, apenas un par de ejemplos para que veamos a lo que quiero referirme hablando del tiempo. Porque nada de sol, ni de lluvia, nada de ciclogénesis, nada de nieve por encima de los 300 metros. Nada de este tiempo. Y sí, en cambio, del tiempo que sitúa al homo sapiens sobre la superficie de este Planeta que nosotros continuamos pisando: alrededor de 315.000 años a.C. Casi nada al aparato.

Pero es que después de esto, las primeras pinturas rupestres de las que tenemos constancia; esto sería, cuando a nuestros ancestros les dio la gana de ponerse a dibujar las paredes de las cuevas donde residían, suele fecharse sobre los 40.000 años a.C. (incluso hoy las últimas investigaciones tiran las fechas más atrás, hasta casi los 70.000 años a.C.), con lo cual las conclusiones que podemos sacar son de cajón de madera: ¡el homo sapiens habría tardado casi 250.000 años en coger el lápiz de colores! Si a este tiempo no se le puede llamar lento o sólido que baje Dios y lo cuente.

Pero es que si tiramos adelante, la modorra no se nos quita fácilmente de encima. Desde las pinturas rupestres hasta encontrar los primeros vestigios de lo que pudiera ser una civilización humana habrían transcurrido otros ¡65.000 años! Bosteeezo que te crió…

Sí, el homo sapiens se lo habría pensado dos veces antes de juntarse y formar Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Eúfrates, o construir las pirámides en el Antiguo Egipto. Luego, “sólo” 4.000 años después surgirían las primeras colonias que darían lugar a la civilización griega.

Así que lo que nadie debería poner en discusión es que el viejo homo sapiens hacía lo posible, aún sabiendo lo infructuoso del intento, por acomodar sus ritmos a los ritmos naturales que marca la Madre y con los que erige las montañas o gana terreno para una selva virgen e inhóspita. Sí, sin duda, estos tiempos lentorros, estos tiempos sólidos son los más afines a los tiempos naturales.

Pero con la llegada del siglo XX todo se habría desmadrado. El cine nos daba un buen ejemplo y nos abría el camino sobre el que escribía en la 1ª parte de esta entrada: Salida de la fábrica de los Lumiere, 1895, la incomparable Amanecer, de Murnau, 1927: 32 años de nada. Moco de pavo para un salto de gigante. ¿Y somos conscientes- ahora un flash-foward- de que el homo sapiens cruza en avión los 560 kilómetros del Canal de la Mancha en 1909 y sólo ¡60 años más tarde! los 384.400 que nos separan, y hacia arriba, de La Luna?

Seguramente a la Madre Naturaleza (¡buenas son las madres!) no le gusta que nadie le haga un sorpaso. Y menos por la derecha. Y seguramente al homo sapiens se la tendrá jurada. Por lo tanto, tampoco es de extrañar que todo nos vaya como nos va. Quizás, incluso, la Madre se esté cachondeando mientras nosotros, los homines sapientes, nos empeñamos en mandarlo todo al garete a-toda-hostia. Porque, y que nadie se atreva a ponerlo en duda, si algún día hacemos mutis por el foro y desaparecemos, la Naturaleza va a seguir estando aquí en La Tierra, adoptando las formas que le toque adoptar, y quizás nos eche un poco de menos (han sido muchos años de convivencia, milenios de tiras y aflojas), pero tampoco por ello va abrirse las venas. Lo tengo claro.
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LOS HERMANOS LUMIERE Y LOS TIEMPOS LÍQUIDOS


 
El tiempo lleva un tiempo (y perdón por la reiteración) trayéndome por la calle de la amargura; bueno es un decir porque la calle de la amargura es, realmente para mí en esta ocasión, la calle de la reflexión (y ahora perdón por el pareado).

Y es que el  otro día, otro de esos martes de gloria con los que nos suele obsequiar el cineclub FAS (cineclubfas.com), tuve el placer de asistir a la proyección de Lumiere!, un imprescindible documental francés para todos los que presumimos de ser amantes del 7º Arte, firmado por Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes, con la colaboración, entre otros, de Bertrand Tavernier y Martin Scorsese, y en el pudimos ver en magníficas copias restauradas 108 de las más de ¡1400! películas que produjeron o dirigieron los hermanos Lumiere, y los operadores de su particular y original Fábrica de Sueños, entre los años 1895 y 1900.

Y es que las películas, rodadas todas ellas en un blanco y negro majestuoso y con una profundidad de campo como para cortar el hipo de cuajo, casi mágica por increíble, incluso proyectadas las películas en este siglo XXI en el nos sigue tocando vivir (¡toquemos madera!), me dieron pie y cabeza para pensar un poco más en esto del “tiempo”, que ya lo decía antes, me tiene bastante perplejo.

Porque sostener que el tiempo contiene entre sus caracteres una parte fundamental de nuestros modos de vivir y, por lo tanto, de ser, es algo que a más de uno pudiera parecer lógico y normal, y hasta poca cosa, pero que si le damos un par de vueltas, enseguida veremos que lo de “lógico y normal” se queda corto-cortísimo.
 

Porque en una primera vuelta diría que, a partir del tamaño de los chasis que debían usar en su época los Lumiere, donde no entraban más de 50 segundos de celuloide, el género aparentemente documental al que podrían adscribirse sus primigenias Salida de la fábrica de los Lumiere en Lyon, La llegada de un tren a la Ciotat, El mar, etc.  no es tal, ya que esos benditos y raquíticos 50 segundos hacen que los planos, para que “quepan” en ellos todo lo que el arte de los Lumiere quisieron meter, deban estar cuidadosamente planeados y planificados, milimétricamente calculados en sus más pequeños detalles.

¿Y a qué puerta estarían llamando entonces los Lumiere con todo esto? Pues obviamente a la puerta de la manipulación, de la fabulación, a la puerta de la puesta en escena, de la ficción y no, como pudimos presuponer en un primer momento, a la puerta del documental.

Es decir, que de la misma manera que nuestro tiempo limitado por la muerte (¡toquemos madera, again!) fue, seguramente, aquello por que el ser humano empezó a filosofar, el tiempo limitado de los Lumiere, sus chasis de 50 segundos, y ni uno más, fue lo que necesariamente llevó a su cine, y por extensión al cine que todos continuamos disfrutando y sufriendo, las más de las veces, hoy en día, a la puesta en escena, a la trampa, al arte puro, a la ficción. Y a las dichosas palomitas, ¿por qué no reconocerlo?

Y además todo sea dicho, el tiempo, y con esto ya entraríamos en la segunda vuelta, desde el siglo anterior, el XX, el siglo de los Lumiere y el cine, ha incrementado su velocidad de paso hasta unos extremos alucinantes. El gran pensador y ensayista polaco Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, acuñó hace unos años la expresión tiempos líquidos para referirse, entre otras cosas, a esta endiablada rapidez con lo que todo acontece en  nuestra época; una rapidez con la que nuestros antepasados ni soñaban despiertos. Al hilo de esto, y lo escribo entre paréntesis, siempre me ha hecho gracia esa anécdota que cuenta que a los pasajeros que viajaban en los primeros trenes, el ver a través de las ventanillas el paisaje que fugazmente se alejaba de su mirada, podía dañarles los ojos. ¡Qué duda cabe que, menos mal, que el tiempo también sabe poner a cada cosa en su sitio!
 

Y termino asegurando y jugándome, si es preciso, una cena en el envite, a que el cine es posiblemente el mejor hijo de estos tiempos líquidos baumanianos, tiempos a toda hostia, porque reto a que alguien me diga de algún otro arte que en el raquítico espacio de 32 añitos haya pasado de producir una obra como aquella Salida de la fábrica de los Lumiere en Lyon, en 1895, a esa joya y cumbre absoluta del cinematógrafo que es el Amanecer, de Murnau, en 1927, y que próximamente también tendremos oportunidad de ver en este imprescindible cineclub FAS, con el piano en directo del no menos imprescindible Josetxo Fernández de Ortega.
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