Cada día que pasa me asombro más y más (y trato de
dar cuenta de ello en este blog) de la cantidad de cosas que aprendo revisando
o, simplemente, acordándome de Blalde Runner (1982).
Ahora, por ejemplo, me ha parecido descubrir lo
siguiente: posiblemente los magníficos creadores del sonido de la película de Ridley Scott,
en todo un alarde de creatividad, se basaran en los ruidos que emite la
erupción de un volcán para sonorizar y “ambientar”
los primeros planos de la película donde se presenta el majestuoso y apocalíptico
Los Ángeles de noviembre 2019.
O sino comprobad vosotros mismos los parecidos acústicos entre
la reciente erupción del volcán de Cumbre
Vieja en la isla canaria de Palma:
y la mencionada secuencia de inicio de Blade Runner (sobre todo después de los créditos, claro):
Leo en un
diccionario, preparación y
adaptación de una obra musical para que pueda ser interpretada por una
orquesta. Así la cosa no parece complicada. Las palabras tienen esa facultad.
Explican el mundo y nos lo hacen más o menos asequible. Sin embargo, de aquello
sobre lo que no podemos decir ni una palabra mejor es correr un tupido velo y pasar a otra
cosa que sí podamos reducir a palabras. Esto no es ninguna novedad ni ninguna
invención de mi cosecha, faltaría más. Ya en el Génesis del Antiguo
Testamento podemos encontrar ese pasaje en el que Yahvé dice, hágase la luz, y la luz se hizo.
Pero a lo que iba con
la orquestación, resumirla con palabras no es sino una manera de reducirla. Tengamos en cuenta que una
orquesta sinfónica, por ejemplo, suele constar de aproximadamente 100 instrumentos
y músicos, aparte del director. Luego orquestar una pieza, pongamos, como será el caso que aquí exponemos, para solo piano no resulta una tarea ni mucho menos sencilla.
Habría que trasponer lo que en la pieza original el autor compuso para 1 solo
piano, transponerla, digo, a esos 100 instrumentos aproximadamente, cada uno
con su ritmo, notas y color propios. La cosa empieza a complicarse, no, lo
siguiente, y entre los mayores alardes y ejemplos majestuosos de orquestación, y
para que ésta se entienda, no dudaría en acudir a los célebres Cuadros de una exposición, que Modest Mussorsgki compuso para piano
solo y escuchar, después, la famosa orquestación que Maurice Ravel realizó de
la pieza. Cierto es que Ravel es uno de los grandes orquestadores de la
Historia de la Música, pero no le vamos a quitar mérito alguno por ello,
¿verdad?
Y para no hacer esta
entrada demasiado larga, me limitaré a incluir el final de la obra, la
impresionante La gran puerta de Kiev en sus dos versiones, la primera para
piano, y la segunda según la orquestación de Ravel. No se trata de decidir cuál
es mejor o peor, por supuesto. Como mucho conformémonos con decidir cuál me
gusta más, y con introducirnos en lo que sería una orquestación, que es lo que tratábamos de empezar a aclarar con estas (ya demasiado largas) líneas.
Los parecidos razonables pueden encontrarse en los
lugares más inesperados. Por ejemplo, ayer tuve el placer de ver el macizo
cuadro de Sorolla Isabelita y Thor
que, según me contó el encargado, le resultó toda una odisea pintarlo. La
propia Isabelita ya con más de ¡90 años! le había asegurado que, durante las
sesiones de posado, el animal no paraba quieto y no dejaba de moverse y dar
vueltas al salón. Sorolla acabó harto e Isabelita, esbozando en el lienzo una
expresión que no delataba, precisamente, sus “buenas pulgas” hacia el peleón y
aristocrático Thor.
Y pocos días después tuve la ocasión de disfrutar
con esta bonita fotografía entresacada de la serie Niños y animales de la Russian
Federation of Photographers. Con mejor humor tanto el animal como la cría
lucen, en esta ocasión, sus “mejores galas”. Y es que todos tenemos días y
días, ¿no? Y vaya usted a saber qué mosca nos ha picado. Así sobre el paisaje otoñal,
que tanto el perro como la niña pisan, ellos representan inconscientemente la
vida que surge y se desarrolla contra cualquier avatar.
Y terminemos con un poco de musicón ad hoc, mientras disfrutamos de estos dos
excelentes retratos, con Diamonds Dogs,
por ejemplo, porque el insustituible David Bowie también habla de “perros” en
su canción, ¿o no?
Este texto bien podría formar parte de esas cosas para hacer en Bilbao cuando estás coñado, sobre las que vengo
escribiendo en este blog desde hace tiempo, pero a este he preferido
adjudicarle una entrada en exclusiva, básicamente por su extensión.
A mí, y a quién voy a engañar a estas alturas, Bilbao me enrolla. Así, sin
exagerar, aunque podría. Me encanta ver y sentir una ciudad rodeada de monte
por sus cuatro costados. Y me encanta que no sea grande ni pequeña, que tenga
un tamaño ideal. Porque en esto siempre chocaré esos cinco con el simpar
Aristóteles: las ciudades, lo quieran o no, tienen sus "tamaños
ideales".
En su época el Estagirita mencionaba a Atenas como su ciudad ideal, con sus
10.000 habitantes, y hoy yo apostaría por Bilbao, con sus casi 300.000; una
ciudad más pequeña seguramente no dejaría de resultar monótona, de estar subido
en un tiovivo, además de que carecer, con la misma seguridad, de ciertos servicios
y distracciones que muchos estimamos imprescindibles para una vida mediadamente
llevadera y agradable.
Por eso creo que 300.000 está bien. No son muchos ni son pocos. O, ¿es que una
ciudad, por ejemplo, con 10.000.000 de habitantes no resulta, durante muchas
horas del día, caótica y ruidosísima, con demasiadas moles de hormigón
aplastando, figuradamente claro, al sufrido "inquilino", a nosotros
que, a veces, no sabremos ni hacia donde orientar las narices para respirar un
poco de… ¡aire!? O que se lo pregunten si no a Giulani, el alcalde que arregló
el Manhattan neoyorkino y que, sin embargo, arrojó la toalla ante el encargo de
poner orden-y-concierto en el tremendo México D.F. (sólo 10 millones de sufridos
cuates pululando por el centro de la ciudad).
Y sin entrar a considerar que en esas ciudades bien pobladitas, y vaya
usted a saber por qué, las prisas traen a sus habitantes de cabeza, bien
agarraditos por el cuello. Y sobre el simple acto de caminar, ¿qué? Mientras en
las pequeñas ciudades no nos bajaríamos de ese tiovivo al que antes aludía, en
la grandes los andares cotidianos se resuelven, a menudo, en insufribles y atrompicadas
idas y venidas, en stress y caos; pelos de punta sobre las aceras y los pasos
de cebra.
Y podríamos a este respecto
mencionar aquella ocurrencia que manejaba el Ayuntamiento de alguna de estas
ciudades súper pobladas sobre organizar dos carriles bien diferenciados en sus
aceras más concurridas. Una, para peatones que anduvieran rápido o rapidísimo y
otra, para los peatones más tranquilotes. Un disparate que nunca terminé de
creerme del todo ni llegó a aplicarse, creo. O, ¿alguien se podría imaginar en
la actualidad estas aceras divididas en dos carriles, cruzadas por esos
patinetes que tan de moda están y sobre los que uno parece ir volando? Añadamos
a esto el doble sentido de la acera sería, en realidad, cuádruple: hacia el
Norte, hacia el Sur, liebres y tortugas. Sí, ¿quién dijo “¡socorro!”? Aunque
tampoco habría que sacar las cosas demasiado de quicio. De momento parece que
las aceras se quedarán como están: un sentido único (el sentido común, se
supone), y liebres y tortugas juntas. Pero el peligro de los dos carriles ahí
está, puesto a dar un paso al frente cuando ya no se pueda aguantar.
Por esto, y en definitiva, me quedo con y en Bilbao, donde todo
está-a-mano, pero ¡ojito!, donde todo es diferente. Esto es lo que hace a
Bilbao una ciudad sin parangón con cualquier otra ciudad: todo cerca pero todo
distinto. ¿O acaso el visitante no vive
la diferencia entre el incomparable Guggenheim y el Teatro Arriaga ubicado en
el bonito Arenal?, ¿y no separan a estos dos flamantes edificios apenas 500
metros? O, ¿qué decir de la zona de Abandoibarra y el mismo Casco Viejo?, ¿no
son más parecidos el perro y el gato?, ¿y no hay entre los dos los mismos 500
metros de distancia? Y por no aburrir, ¿no ocurre lo mismo entre Indautxu con
sus tropecientos mil bares (es un decir, claro) y la Milla de Oro en la Gran
Vía con sus tropecientos mil comercios y tiendas (es otro decir, por supuesto)?
o tirando ya, y por no aburrir, hacia el Ensanche, ¿entre el final de la propia
Gran Vía con su espectacular Palacio de Euskalduna y el majestuoso San Mamés,
el campo de fútbol del Athletic, seguramente el punto de partida para todo lo
que Bilbao será en el futuro, con la Ría vigilando expectante aquello que se
edifica en Zorrozaurre o que se construirá más allá… y hasta el infinito?
Aunque como estamos en Bilbao
este infinito será también un infinito a-mano, nada que se pierda detrás de sus
montañas. Sí, y esto no tiene precio. Darse una vueltilla por Bilbao y,
parafraseando el título de aquella mítica película de Raoul Walsh (a mí que me
gusta el cine, ¿verdad?), tener el mundo en tus manos.
Si se me permitiera ejercer durante unos breves
momentos de maestrillo Ciruelo y lanzar una sugerencia para enderezar este
mundo (o sea, una sugerencia para todos aquellos que pensamos que el mundo anda
torcido), recurriría a dos autores, en mi opinión, imprescindibles. Sonel escritor de origen rumano Emil Cioran
(1911, Rasinari-1995, París) y el italiano Italo Calvino (1923, La Habana-
1985, Siena). Ambos han representado para mí una compañía que nunca me ha dejado
colgado y sé, además, que nunca lo harán. Sus libros, artículos, sus escritos
en definitiva no tienen desperdicio y siempre, para cada momento por el que
esté atravesando, tienen una enseñanza, una apostilla en la que no había caído
y que seguramente te servirán para ver esas cosas torcidas, a las que antes
hacía referencia, sino más erguidas sí, por lo menos no tan descacharradas. Con
el añadido de un punto de optimismo (a pesar de la que está cayendo) para cuya
consecución se atreven, incluso, a suministrarnos una serie de impagables
consejos que trataré de resumir en esta improvisada entrada (como todas, por
otra parte).
Primero Cioran y, en concreto, sus magníficos Ejercicios de admiración. En ellos el
rumano cita a una serie de personas por los que siente más que una profunda
afinidad, una firme admiración ya que, sin duda, siempre he pensado queresulta más audaz y productivo aquello que se
muestra diferente a uno mismo que igual, lo cual no dejaría de ser algo penosamente
similar a estremecerse ante los mensajes que proyectan el eco de nuestras
propias voces. Vaya, un insufrible y estéril ejercicio de… narcisismo. Y yo mucho antes me quedo, desde el propio título del
libro de Cioran, con el término admiración.
Admiración hacia el otro, por supuesto.
Porque esta admiración sí que es un fantástico
ejercicio ya que supone, en primer lugar, que nos hemos asignado una guía de
conducta; una guía que es esta guía a
la que la persona admirada ha dado lugar con su propia conducta; una guía a la que,
además, trataremos desde la misma admiración de mantenernos fieles en nuestras
acciones del día a día. Y lo haremos de manera inconsciente ya que la guía
estará en nosotros, como lo están el
corazón o los pensamientos. Sí, esas cosas que nos hacen tal y como somos y
sentimos, y que, sin embargo, no vemos.
Así, admirando a éste o a aquella persona nos hemos
fijado un patrón de conducta que nos resulta admirable, y valga la redundancia.
Y supondremos, por supuesto, que aquello tan admirable vamos a tratar de repetirlo
e incorporarlo a nuestras propias conciencias, a nuestros propios códigos de
conducta, que estos sí que se manifiestan y no responden a otra ecuación que a
la propia conciencia saliendo de sí misma y cristalizándose externamente bajo
la forma de un gesto o el sonido de una palabra.
Aunque mal haríamos si perdiésemos de vista todo lo que hay
detrás de esto último que hemos formulado. Porque con ello estamos apostando, ni más ni
menos, por el hecho de que esta admiración redundará en el último momento en que
nuestros actos tomen esta o aquella otra dirección. Por eso “admirar” forma
parte de mis verbos fundamentales. Por eso los modelos que los mass media, las redes sociales,
etc. nos proponen (¿o imponen con su
insistencia?) como tipos-para-admirar se me antoja de una importancia capital, que muchas veces dejamos pasar de largo como si tal cosa. Y si no que alguien
eche un vistazo a su alrededor (alrededor-presente y alrededor-pasado) y se
pregunte, como haría Cioran cuando decidió escribir su libro, ¿a quién admiro yo? Con el añadido de
otra preguntita, que caería por su propio peso, ¿y por qué?
Y simplemente con estas dos cuestiones ya estaríamos
tocando las pelotas a más de uno. Porque más de uno callaría, pensaría cinco
segundos, tal vez diez o veinte y terminaría por reconocer que no se le ocurre
a nadie. Y le diríamos, vale vivo o muerto. Y entonces vuelta a pensar otros
veinte segundos y vuelta a responder lo mismo, no, no se me ocurre. O quizás se
decantara por Beyoncé o Jesús Gil (si sirven los muertos…). Y entonces
quizás le sugiriéramos que no siguiera. Porque en este punto entraría mi
segunda referencia representada por el gran Italo y aquella maravillosa
proclama que encontramos en sus ciudades
invisibles, aquella que dice,
El
infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el
infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Y hay dos
maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y
volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y
exige atención y aprendizaje continuos: buscar
y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure y
dejarle espacio.
Y aquí en esa línea que habría remarcado con negrita
tendríamos el quid de la cuestión: buscar y saber quién o qué dentro del
infierno, no es infierno. Y se entiende que por “infierno” no estoy refiriéndome
al Hades de los griegos, ni al Infierno del clásico Demonio cristiano, sino más
bien a esta misma Tierra nuestra en la que, por momentos, sentimos que el aire
se vuelve metafóricamente e infernalmente irrespirable. Así, admirar como paso previo o simultáneo para dar con quién o con lo que no es infierno dentro de este infierno nuestro.
Por eso el consejo (impagable) que Cioran y Calvino
nos presentan (sin coste alguno) se refiere, primeramente, a la admiración que
nos retira de la soberbia, del egocentrismo, y del creer-que-yo-lo-sé-todo.
Vaya, nos entrega en los brazos de una humilde actitud que nos predispone en las mejores condiciones para
ese aprendizaje; el aprendizaje continuo, tal y como nos apunta Calvino, en esa segunda manera de no “sufrir el infierno”. Y yo nunca podré entender la admiración desligada de este aprendizaje continuo, lo que es ciertamente riesgoso y exige atención; riesgoso ya que con ella nos
estamos, en cierta manera, jugando nuestro futuro tanto individualmente como
colectivamente. ¿O encontrar y creer que Jesús Gil no es infierno no puede provocarnos más de un quebradero de cabeza y, persistiendo en nuestro error haciendo que dure arrastrarnos humana y
colectivamente a un terrible pozo sin fondo?
De ahí la necesaria atención y el aprendizaje continuo. Para que nuestras posibilidades de admirar y encontrar el qué y el
quién nos es infierno cuente con las mayores posibilidades de éxito; esto es,
que acertemos en la elección, en el modelo que vaya a servirnos como guía de
conducta, en el modelo que admiramos. Sí, en estas bienvenidas
condiciones podríamos volver a intentar respirar. Quizás el aire estuviera más
libre de CO2 y el cielo más azul.
Pero para todo ello hay que partir de esa sana
admiración sobre la que disertaba Emil Cioran. Si los modelos que
los mass media y las redes sociales,
por ser aquéllos que con mayor intensidad inciden en nuestras consciencias e
inconsciencias, se presentan impresentables, y valga otra redundancia, e
insuficientes para armar un código de conducta saludable, los comportamientos
que de ellos se derivarán serán añadidos de pólvora para el fuego que arde en nuestro infierno, sí, y encontrar, en estas condiciones, y volviendo a la propuesta de Calvino,
quién y qué no es infierno dentro de este infierno sería ya más que una tarea
riesgosa, una tarea que rozaría lo imposible atendiendo simplemente a las
dimensiones siderales que habría adquirido nuestro infierno. Buscar una aguja
en un pajar siempre resulta agotador y desmoralizante. Pero en estas
circunstancias parece que nos movemos actualmente: en el infierno y con la
moral por los suelos.
Aunque no nos dejemos vencer. Y pensemos que no todo está perdido. Que aún
podemos reducir el infierno, (como también podemos hacerlo con el agujero en la
capa de ozono, con el calentamiento del planeta, con las desigualdades e
injusticias), dejando espacio a eso y a esos que no son infierno, y haciendo que
duren. Tomemos a Cioran y Calvino del brazo y no les dejemos escapar. Los
imprescindibles son esos, como los llamaría Bertold Brecht: los que luchan toda
la vida. Sí, tal vez, esto brechtiamente imprescindible sea aquello que no es infierno. Sí, y
tal vez ésta sea la mejor línea desde donde empezar a salir del súper pozo y a andar derechos.
Siempre he pensado que las personas usando gafas de
sol resultan más atractivas que las que llevan los ojos al descubierto o
cubiertos por unas agradecidas gafas graduadas. Era una chorrada. Posiblemente otra
de esas chorradas tan propias de mí. Pero hete aquí que hace ya algún tiempo
leí en alguna parte que estaba demostrado que aquellas películas (ya sabéis que
lo del cine para mí es casi como una obsesión) que había interpretado Tom
Cruise luciendo gafas de sol (Top Gun,
Risky Business, Misión imposible, Rain
Man, etc.) habían resultado notablemente más taquilleras
que aquellas otras en las que sus ojos iban a pelo (Leones por corderos, La momia, El último samurái, etc. también). Y
entonces me dije, ¡coño, quizás estemos todos ya completamente achorrados o
quizás mi chorrada no sea tanta chorrada!
Pero el caso es que para las quiceañeras (no nos
engañemos el público al que van dirigidas, principalmente, las películas de
Tom) la cosa estaba más que clarinete. Tom Cruise está más buenorro con gafas
de sol que sin ellas. Y punto. Pero yo no me estaba quieto e intenté ir más
allá. Como siempre. A riesgo de hostiarme en la siguiente curva y me
preguntaba, ¿será el caso de Tom extrapolable a la mayoría de los mortales? Y si
eso lo pensé durante cinco minutos, cinco segundos tardé en contestar que sí.
Las personas lucimos más atractivas con unas (y buenas, si no es mucho pedir)
gafas de sol que sin ellas. Porque las gafas de sol, continuaba mi divague,
ocultan al respetable la mirada que, según yo mantenía entonces, es el punto
más flaco y difícil de controlar de los que componen el atractivo de una
persona. Invito al respetable a hacer la prueba. A pensar en cualquiera. Sea del
sexo que sea. Tenga la edad que tenga. Y a decirme a continuación si llevo o no
llevo razón en este aserto.
Y así hasta conseguí respirar tranquilo. Una chorrada
menos de la que preocuparme. Pero de repente, pasados unos años trankis, surgió
la sorpresa, la catástrofe que amenazaba con derribar mi buena (eso pensaba,
ingenuo de mí) teoría, porque la pandemia, el Covid-19 y, sobre todo, ¡las mascarillas!
me han demostrado que si bien no estaba equivocado del todo sí que mi divague se
tambaleaba de pronto y merecía urgentemente una severa revisión.
Porque para evitar la expansión del dichoso virus
las autoridades no dudaron, en su momento, en difundir que el uso de las
mascarillas iba a constituir (con las vacunas, claro) el verdadero freno para
el Covid. Y de esta manera nos hemos encontrado todos de repente circulando por
las calles con la mascarilla tapándonos hasta las narices, dejándonos
únicamente visibles los ojos. ¡Vaya, justo lo contrario que las gafas de sol!
Luego si mi teoría continuaba cumpliéndose, las consecuencias iban a ser
realmente demoledoras. Porque de la noche a la mañana todos seríamos… feos. Y lo
peor de todo, sin merecerlo, porque la culpa (una culpa más que añadir a la
neumonía: la proliferación como setas de auténticos callos-malayos) la tendría
el Covid y, por extensión, la jodida mascarilla.
Pero como casi siempre pasa, o me pasa a mí y me
parece flipante, el acuerdo y el desacuerdo están tan cerca el uno del otro
que, a veces, podemos llegar a confundirlos y tomar a la razón por la sinrazón,
y viceversa. Porque, cuál no sería mi sorpresa, y continúa siéndola
diariamente, cuando descubro que las mujeres (no oculto mis inofensivas inclinaciones)
con mascarilla se muestran más bonitas que sin ella. Se resaltan sus ojazos,
alucinas con sus miradas pintadas con las que no sabes a qué atenerte, o te
entretienes pensando que se esconderá debajo de esas pestañas en curva, debajo
de esa tela quirúrgica que ni por lo más remoto hubiéramos podido imaginar
encontrar en el escaparate de un sex-shop
(conste que hablo de las FFP2, por ejemplo, y no del clásico antifaz a lo Catwoman).
Luego mi teoría debía tomar un giro drástico, una
puntualización. Sin lugar a la más mínima duda. Tengo unos principios, decía
más o menos Groucho, pero si no le gustan estos, también tengo estos otros. Por
lo que a las gafas de sol les colgué un letrerito donde se leía ¡espera! Porque estas gafas de sol no
hacen a una persona, o a Tom Cruise, más atractivo sino que es la ocultación (la mascarillas me lo
confirmaron) de una parte de nuestro rostro quien lo consigue. O, por
extensión, de una parte de nuestro cuerpo. O, ¿no resulta también más atractivo
un traje de baño, un bikini o un coqueto tanga que un tipo o una mujer paseando
sus partes pudientes a la buena de Dios, con las tetas a rebote limpio o las
pelotas desfilando y cimbreándose en el
aire como una brújula que hubiera perdido el sentido y el Norte?
Por lo que aquel famoso
adagio de más vale sugerir que mostrar no sólo habría ganado la partida a mi
primera y precipitada idea sobre las gafas de sol sino que ahora que parece que
muy pronto podremos decir adiós a las mascarillas, quizás (y mire usted por
dónde) más de uno o de una vaya a echarlas de menos.
smile among the shades, for this is fame.(John Keats)
sonríe entre las sombras, para eso está hecha la fama.
Creo que fue Warhol el que comentó aquello de que
llegaría un día en el que todo el mundo habría sido durante un cuarto de hora
de su vida famoso. Y no andaba descaminado. Quizás intuyendo el salvaje
desarrollo e implantación a nivel mundial que tendrían los medios de comunicación,
supuso Warhol que todos los ciudadanos de este planeta asomarían en un momento
u otro sus caretos por las redes sociales, por la televisión o se les
escucharía alguna soflama, más o menos brillante, en cualquier espacio
radiofónico.
Aunque creo que Warhol reparaba en su vaticinio más
bien en que cualquier ser humano que hollara este Planeta tendría sus quince
minutitos de fama y no tanto en que cualquier de esos seres humanos, dadas las
circunstancias, buscaría como alma a la que persigue el Diablo esos quince
minutitos de fama. ¡Quince minutos, nada más! Tal que si en el caso de que no
los tuvieran y no disfrutaran con ellos, pudieran considerar su vida como un
roto, una flagrante pérdida de energía y de tiempo. Algo tan demoledor como que
si el tipo en cuestión pasó por aquí, hermano, lo siento, pero nadie se acuerda
de él.
Y tal vez sea
ésa uno de los motivos por los que abundan ,hoy en día, hasta la extenuación o
el sonrojo esos millones de compatriotas (se les puede contar, por desgracia,
por millones, niños y viejos) que tratan
de abrirse paso a codazos, si es preciso, o por lo civil o criminal (hasta esos
extremos llegan algunos) por asomar la esquina de sus narices en alguna de las
múltiples pantallas cuadradas que existen o que sostenemos entre las manos, o
en endulzarnos los oídos con alguna de sus ocurrencias, casi siempre más “ocurrentes”
para aquellos que las pronuncian que para nosotros que las oímos (¡ay!).
Pero gracias a Dios hubo otros tiempos; tiempos muy
diferentes a éste que vivimos ahora. Donde también se buscaba la fama. Nadie lo
niega. Siempre ha sido ésta un plato de gusto. Pero en el que también se
reflexionaba y se corroboraba, y se insistía en que no todo lo que reluce es
oro; y que detrás de esa tan anhelada Fama, por ejemplo, se esconce más de un
disgusto que, incluso, pudiera hacernos no querer ver a esa Fama, tan ruidosa y
fashion, ni en pintura.
Por eso traigo a
colación la presente entrada. Para que leamos cómo famosos de otras
épocas trataban a esta Fama, a la que tan bien conocían, más que como una
ferviente y devota esposa como un alcahueta, eso sí, siempre atractiva pero que
no deja nunca de pedirnos más y más a cambio de esos 15 minutos de los que nos
hablaba Warhol, hasta dejarnos en pelota picada sino literalmente sí, por lo
menos, psicológicamente. Reconozco que el caso de Kiko Rivera me estremece.
Así el propio
Keats, poeta por excelencia de aquel adagio que rezaría vive deprisa, muere
joven y harás un bonito cadáver, lo plasmaba en su bonito soneto On Fame (lo transcrio en el inglés
original y me atrevo a traducirlo- las
negritas son cosa mía, claro):
On fame
EN LA FAMA,-
Fame, like a wayward girl, will still be coy
LA FAMA, COMO UNA VOLUBLE MUCHACHA, SE MOSTRARÁ ENCANTADA
To those who woo her with too slavish knees,
CON TODOS AQUELLOS QUE ARRODILLADOS LE BESEN SUMISOS
LOS PIES
But makes surrender to some thoughtless boy,
Y SE
RENDIRÁ ANTE UN CHICO SIN IDEAS
And dotes the more upon a heart at ease;
Y MÁS AÚN ANTE UN
CORAZÓN ENDIOSADO;
She is a Gipsey,--will not speak to those
ELLA ES UNA GITANA- NUNCA LES HABLARÁ A AQUELLOS
Who have not learnt to be content without her;
QUE NO HAN APRENDIDO A ENTENDERSE CON ELLA;
A Jilt, whose ear was never whisper'd close,
UNA DESCARADA QUE NO PRESTA ATENCIÓN A LOS
SUSURROS,
Who thinks they scandal her who talk about her;
QUE PIENSA QUE QUIENES HABLAN DE ELLA, LA ESCANDALIZAN;
A very Gipsey is she, Nilus-born,
ES UNA VERDADERA GITANA, NACIDA EN EL NILO,
Sister-in-law to jealous Potiphar;
CUÑADA DEL CELOSO PUTIFAR
Ye love-sick Bards! repay her scorn for scorn;
¡OH, POETAS ENFERMOS! PAGADLE SU
DESPRECIO CON UN DESPRECIO MAYOR;
Ye Artists lovelorn! madmen that ye are!
¡OH, ARTISTAS ATORMENTADOS POR EL AMOR! ¡LOCOS ESTÁIS!
Make your best bow to her and bid adieu,
COMPONED VUESTRO MEJOR REGALO Y
OFRECEDLE UN ADIEU,
Then, if she likes it, she will follow you.
ENTONCES, SI ELLA QUIERE, ELLA OS SEGUIRÁ.
Y cómo no, me acuerdo también de él porque el gran
Bowie, que sobre esto de la fama sabía un rato, no dejó de hacer referencias a su
sibilina presencia en sus canciones. En Fame,
y valga la redundancia, por ejemplo. (Al estar el vídeo subtitulado, a buen
entendedor, sobran las palabras, creo).