lunes, 19 de febrero de 2018

SMOKE IS BIUTIFUL

A Víctor que me echó las dos manos para hacer esta entrada

En Smoke, la película que Wayne Wang dirigió en 1995, el personaje que interpreta William Hurt cuenta una historia salida de la imaginación de Paul Auster, el buen escritor norteamericano.

Al no encontrar el clip de dicha escena en la que William Hurt cuenta el percance de un hijo que encuentra el cadáver de su padre sepultado en la nieve y conservado tal y como era en el momento de su muerte, más joven de lo que el mismo hijo es en ese momento, reproduzco el diálogo; vosotros sólo deberíais añadir, con la imaginación, el rostro cansado de William Hurt, las palabras que pronuncia, arrastradas lentamente sobre el humo de un cigarrillo:

Hace aproximadamente 25 años, un joven se fue a esquiar solo a los Alpes. Mientras bajaba una de las laderas, se produjo una avalancha y la nieve le cubrió por completo. Su cuerpo nunca fue encontrado.

Su hijo por aquel entonces era un niño muy pequeño, con el paso del tiempo creció y el también se convirtió en un buen esquiador. Un día del invierno pasado, tomó los esquis y se encaminó hacia la misma montaña para practicar. Cuando se encontraba a mitad de la ladera paró para almorzar junto a una gran roca. Mientras estaba desenvolviendo su sandwich de queso miró hacia abajo y su mirada se encontró con la de un hombre congelado en el hielo justo debajo de sus pies. Pasado el susto inicial se agacha para observar el rostro más de cerca y entonces siente que esta mirando a un espejo, un reflejo de si mismo. Allí está -muerto- pero intacto, pero perfectamente conservado en un bloque de hielo, como si se encontrase en un estado de animación suspendida. Se pone a cuatro patas, mira la cara del hombre muerto y en ese instante se da cuenta que está observando a su padre.
 

Y después, años más tarde, o sea, hace unos días viendo Biutiful, la película de Iñarritu con Javier Bardem, cuál no iba a ser mi sorpresa cuando asistí a la visualización (con las alteraciones debidas a otro argumento y a otra película, claro; ahora sería Bardem quien, después de morir, se reencuentra con su padre, que también es tan joven como lo es él en ese momento, y también sobre un paisaje nevado; ¡y los dos se encienden un cigarrito (como si de un postrero homenaje a Smoke se tratara! E Iñarritu, después de regalarnos esta particular visualización de aquella historia que William Hurt contaba en Smoke, cierra su película con el que es, sin duda, un momento mágico, el momento más logrado de su sobrevalorada carrera hasta este momento.

Pero como siempre digo, vosotros diréis (por cierto, el clip de Biutiful lo he alargado hasta que las notas del piano tocando el sobrecogedor adagio del Concierto para piano de Ravel finalizan; haberlo cortado antes hubiera sido como matar a un ruiseñor):
 
 

 
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viernes, 9 de febrero de 2018

CHARLES MASON & NEIL YOUNG


Desde que al mundo pudimos colgarle las etiquetas de mundo cristiano o musulmán o judío; esto es, no desde que el mundo es mundo sino desde el surgimiento, asentamiento y abuso de estas tres grandes religiones monoteístas, a la realidad que contemplamos con nuestros ojos día a día, incluyendo en ella, ¡cómo no!, a los seres humanos y los caracteres que conforman sus particulares formas de hacer y de ser, nos ha dado por clasificarlas en buenos y malos, en buenas y malas.

Hemos trazado en la hoja una doble columna y en la de la izquierda, por ejemplo, hemos ido anotando todo aquello que, según los criterios religiosos, entran en la categoría de “malo” o perverso, mientras que en la columna de la derecha hemos ido escribiendo sus contrarios; o sea, todo aquello que, según los mismos dictados religiosos, pueden y deben ser concebidos como “bueno”.

Así hemos vivido durante muchos siglos. (Solo reitero que no lo hemos así desde siempre). Es lo que los antropólogos y filósofos llaman visión dual de la realidad: arriba-abajo, izquierda-derecha, lejos-cerca, y no sigo por no aburrir a las ovejas. Y todo esto nos ha servido para conducirnos y arreglarnos, con mayores o menores contratiempos, por este mundo de dios, ya que nuestros objetivos finales estarían encaminados a que lista que figuraría en la columna de la izquierda (lo “malo”) fuera progresivamente menor y, al contrario: lo que entrara en la columna de la derecha (“lo bueno”) fuera cada vez más abundante. Y asunto hecho y terminado. Esta sería nuestra meta y hacia ella nos debemos dirigir. Punto pelota.
 
Pero la duda surge o surgió cuando unos filósofos llamados, no por casualidad, filósofos de la sospecha encabezados, ¡casi nada al aparato!, por los insignes Sigmund Freud (padre del psicoanálisis), Kart Marx (padre del marxismo) y Friedrich Nietzsche (padre,…, ¿de qué es padre Nietzsche? A veces tengo la sensación de que de todo lo que vino después de él). Estos introdujeron en nuestras cabezas una nueva manera de enfrentarse al mundo. Rompían, entre otras cosas, la lista con dos entradas con la habíamos con-vivido tantos siglos y proponían una forma no-dual de calificar los hombres y sus mundanas acciones a partir de la sospecha que ni lo bueno era enteramente bueno, ni lo malo enteramente malo; y todavía más, que lo malo podría surgir de lo bueno, o lo bueno surgir de los malo. Con lo que el lío estaba ya montado. La sospecha hacía polvo muchos siglos de aparente armonía y el panorama que se nos abría desde entonces, eran los albores del siglo XX, resultaba entonces más inquietante. Sí, los filósofos de la sospecha nos venían a espetar que había que andarse con cuidado, que no todo lo blanco era blanco, ni todo lo bueno, bueno, o todo lo malo, malo.
 
Y si he soltado toda esta chapa ha sido porque en los últimos meses hemos asistido a la muerte de Charles Mason en la cárcel de Bakesfield, después de casi 40 años de reclusión (estaba condenado a cadena perpetua): uno de esos grandes malos-malotes de la reciente historia de la humanidad: el monstruo que conspiró e instruyó a unos desalmados (se les conoció como “La familia Mason”) para perpetrar alguno de los más horrendos crímenes a los que asistimos durante el siglo pasado, y que se cobró en Beverly Hills la vida a 7 personas, entre ellas la actriz Sharon Tate, embarazada y esposa por entonces de Roman Polanski, como todo el mundo recuerda aún.

Pero con este monstruo, con este diabólico Charles Mason también trabaron amistad otros artistas como el gran Neil Young que lo comparó, ¡nada menos!, que con Bob Dylan. Neil Young hablaba de las canciones que Mason (¡sí, también era músico!) componía como de “piezas fascinantes en las que nunca se repite nada” e incluso intentó que los dirigentes de Reprise editaran su trabajo.

Por eso podríamos concluir que Neil Young tuvo trato directo con el Diablo, con el Mal mayúsculo pero él, sin embargo, no incitó a nadie a que cometer un crimen y, en su lugar, bajo su diabólico influjo publicó un increíble disco llamado Tonight´s The Night (su oscuro aspecto en la portada no deja lugar a dudas sobre las satánicas compañías que frecuentó el músico de Toronto), como expresión directa del dolor que Young sintió por las muerte de dos amigos, Danny Whitten y Bruce Perry, a causa de una sobredosis durante los meses previos a la grabación del LP.

Por todo eso termino y sospecho, como Marx, Nietzsche y Freud, que el Mal nunca es enteramente malo, ni el Bien enteramente bueno, sino que ambos están revueltos y enredados y que, muy a menudo, lo uno sale de lo otro y viceversa, y que todo este jaleo hace que las cosas que nos (pre)ocupan resulten aún más difíciles todavía, como si la vida, no contenta con ser “vida”, tratara de ser también un grandioso y peligroso circo.
 




 
 
 

 
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martes, 30 de enero de 2018

NEXT GEN, NO GEN: SOBRE EL AUSTRALIAN OPEN 2018

El Australian Open, el Master que abre la serie de los más grandes torneos de tenis del año, me ha confirmado una triste sospecha que me andaba rondando desde hace tiempo por la cabeza, y es que el invento ese que la ATP se ha sacado de la manga para agrupar a los más jóvenes tenistas del circuito, bajo la etiqueta de NEXT GEN (Next Generation, para los más despistados), no deja de ser sino otra vulgar chorrada ideada por los magnates del espectáculo, tenístico en este caso, para sacar pasta haciendo que de estos jóvenes “raqueteros”, que aún no se han comido nada, se hable y vendan algo, que de esto se trata siempre.

Ya se sabe que, entonces, lo primero que hay que diseñar para que se hable de algo o de alguien es que ese algo o alguien tenga un nombre y, seguramente, a esos gerifaltes de la ATP, lo de NEXT GEN les habrá parecido una gran ocurrencia pero a mí, que cada día me siento en estas lides más solo que Robinson Crusoe antes de conocer a Viernes, no me ha parecido nada de eso, y en las siguientes líneas trataré de aclarar el motivo de esta honda y penosa decepción.

Porque vamos a ver, ¿qué es, realmente, esto de la NEXT GEN sino una patética realidad que agrupa a una serie de tenistas, ninguno mayor de 24 años, que aún no han ganado nada por lo que merezcan ser recordados por la posteridad y que se pasean por los diferentes torneos dando una de cal y otra de arena, haciéndose poco a poco mayores en edad y en engreimiento (sic)?

El último botón, y que sirva de muestra, la SF que enfrentó en Australia a Roger Federer, con el joven Hyeon Cheng, 21 añitos. Yo me quedé en casa con la esperanza de que, por fin, uno de esos integrantes de la NEXT GEN me quitara el mal sabor de boca que suelen dejarme sus compatriotas de calendario y me ofreciera, por fin, un espectáculo digno o, por lo menos, que justificara haberme tomado un descanso esa mañana lectiva.

Porque el partido prometía. Era una SF de Grand Slam. Se enfrentaban el mítico Roger y Chung que, contra todo o, por lo menos, contra mi pronóstico, había vencido en Milán, en ese primer NEXT GEN Master que se celebró en la ciudad italiana en 2017. (Aventuraría, entre paréntesis y a modo de puntilla cabrona, que, como estos chavales no ganan un p. torneo, la ATP ha tenido que sacarse de la manga, esta vez, un torneo sólo para ellos, en el que únicamente pueden participar next gens y que, así, no se falla porque seguro que uno de ellos gana.

Pero, sin embargo, a Chung había que darle crédito: el Máster de los chavales que lo ganó en noviembre y, durante esta edición del Australian Open, su victoria frente a  Alexander Zverev, el next gen, a priori, más prometedor, aunque falla más que una escopeta de feria, y frente al mismísimo Djokovic que, aunque recién salido de una lesión, no deja de ser uno de los grandes; y éste sí, de verdad.

Con lo cual, con premeditación, alevosía y mucho ánimo, el jueves 26 a las 9,30 horas, me dispuse a ver el partido. Primer set: media horita, 6-1 para Roger; a Cheng, ni se le ha visto. Tampoco hay noticias de por dónde anda su talento ni su cabeza. Segundo set: 5-2, para Roger, y Chung, en el descanso, se sienta, se descalza y pide ayuda al fisio. El muchacho parece que tiene ampollas en el pie y no puede andar como Dios manda. Dicho y hecho: Chung se levanta, da la mano al juez  de silla y a Roger, y se marcha. Y mi gozo en un pozo. Y el crédito de Chung a cero.

Pero, ¿cuándo, me pregunto, aprenderé? Sí, soy un pobre ingenuo, un pobre romántico que creía que uno de estos chavales me iba a dar, por fin, un escarmiento y convencerme de que estoy equivocado, de que hay que contar con ellos para algo más que para la NEXT LIFE. Aunque no contaba con los pies maltrechos de Chung, ni con las molestas ampollitas… ¡Pero qué coño! ¡Si tiene 21 años, es la SF de un Grand Slam, y contra Roger Federer, el más grande entre los grandes, con todo el mundo, el del tenis y parte del otro, con los ojos puestos en ti! ¡¿Qué más quieres, Chung?! Pero ni por esas. Las molestas ampollitas no le dejan caminar a gusto.

Claro, que así les va a esta NEXT GEN. Demasiadas comodidades en la vida, demasiados piropos antes de tiempo, demasiados “aires” antes de haber ganado nada, demasiado jóvenes, demasiada NEXT GEN. ¿O contamos, o cuento por mi cuenta, las “hazañas” de los chavales durante este Australian Open?

Zverev, 2º ronda y k.o. con rosco en el 5º contra Cheng, y golpeando la raqueta contra la silla al terminar el partido como un crío enfurruñado al que le han quitado los cromos de Messi durante el recreo, el impresentable y mal criado, Nick Kyrgios, que sólo se interesa por jugar bien los partidos que pueden ser portada de la prensa deportiva al día siguiente, Thiem, en octavos y k.o., perdiendo contra Sandgren (no me preguntéis por el color de su pelo) en 5 sets, pero con ¡6-0 y 63 en el 4º y 5º!, Dimitrov, flamante vencedor del Master para mayores pero fundido en cuartos por otro de la Next, Kyle Edmund que caería, ¡cómo no!, en la siguiente ronda contra, éste sí, el notable y a la postre finalista, y no next gen, claro, 29 años, Marin Cilic, en apenas un suspiro, Kachanov derrotado en 2ª ronda fácilmente por, este sí, rescatado de lo más hondo del infierno de las lesiones, Juan Martín del Potro, Kokinakis, 1ª ronda y k.o, Goffin, 2ª ronda y k.o. contra un Benneteau que ya tiene reservada una cómoda plaza en la residencia de jubilados más próxima a su casa, Raonic, 1º ronda y k.o. contra Lacko, contra ¿quién?, Janowic, aquel chaval (aún no se había inventado esto de la NEXT GEN), que fue finalista del Master de París hace unos años, demasiados años seguramente, y del que, al día de hoy, ni en la agencia EFE se tienen noticias.

Y, ¿para qué seguir? ¿Os imagináis al Nadal que ganó con ¡19 años! su primer Roland Garros retirándose en la SF, por una ampollita en el pie?, ¿o al propio Roger? ¡Dios mío! Esta gente era (y continúan siendo, gracias a Dios) de otra pasta. A la ATP no se le hubiera ocurrido colgarles una etiquetita (next gen) ni resumirlos dentro de un nombre. Imposible. Su grandeza les hubiera impedido caber en él. Ni se habría creado un torneo sólo-para-ellos. Su orgullo les habría impedido presentarse.
 

Pero con esta NEXT GEN, que hoy padecemos (¿extrapolamos esto del tenis al conjunto de la sociedad?), todo es muy distinto. El orgullo se trasmuta en ellos en mala leche y rabietas de niños mal criados, la humildad necesaria para crecer y venirse arriba después de las derrotas (que por supuesto tienen que llegar), en una soberbia y altanería que a qué coño obedece, y la irregularidad que, con esos años no puede evitarse, en auténticos e insalvables dientes de sierra, en una desidia e indolencia que tampoco sé muy bien a qué coño vienen, y que a mí, por lo menos, me sacan de mis casillas.

Clemente, hablando un día de sus jugadores cuando entrenaba al Athletic, y preguntado por los periodistas si tenía algún problema con ellos (con los jugadores), respondió, son jóvenes, tienen salud y tienen dinero: no hay problemas. Más alto quizás pudiera decirse, más claro creo que no, pero esta NEXT GEN parece empeñada en querer llevar la contraria al técnico de Barakaldo. A ellos todo se les tuerce al primer contratiempo. ¿Espíritu de lucha?, ¿qué es eso? Y con estas, los sufridos espectadores, yo, por ejemplo, sentados frente al televisor, no sabemos ya qué hacer y nos confiamos hasta en las Alturas deseando que un día, ¡por fin!, surja de ellos, de su juego, algo que nos emocione y nos levante (para bien, claro) del confortable butacón.

Pero está claro que el jueves 26 de enero no fue ese día, y que  Chung fue más chungo que nunca. Y que el chiste es fácil, lo sé, pero también sé que estos chavales no se merecen otra cosa, ni menos que me estruje la mollera para componer otra gracieta más afortunada.

¡Ah, y por cierto! La final la ganó Roger, en cinco sets, y con 36 tacos, nada de NEXT GEN: 20º Grand Slam. Y su discurso, después de recoger el trofeo, hizo que se me saltaran las lágrimas. Y no me importa reconocerlo. También lloré la última vez que vi a Woody Allen despedirse de Mariel Hemingway en el final de Manhattan. Son momentos inolvidables, únicos. Y Roger, como dijo el comentarista de Eurosport durante el partido, ya es más que un tenista, es Patrimonio de la Humanidad. Claro que la NEXT GEN nada sabe de todo esto. ¡Lástima! Pero peor para ellos. 


   

 

 
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viernes, 19 de enero de 2018

CANTAUTORES, DEJAD LA POESÍA TRANQUILA

Pero que Amancio Prada (como le escuché el otro día por la tv en un programa grabado me acordé de él) toque la guitarra y cante sus canciones pero ¡con sus propias letras! Y que todos aquellos que presumen de ser cantautores hagan lo mismo.

La poesía sin músicas se basta por sí sola y muy bien. Bastante mejor que enredada en los arpegios de una guitarra machacona. Y para muestra este botón de San Juan de la Cruz y el sublime inicio de su Canto espiritual (vale con el principio para esta entrada). A mí luego, por ejemplo, la versión que canta Amancio, me sobra. Me quedo mucho antes con el silencio que pueda acompañar mi recitado mudo o sonoro de los versos sanjuanianos.

Y conste que no tengo nada contra del bueno de Amancio Prada, y reconozco (no me duelen prendas, me duelen otras cosas, pero éstas son otra historia) que el arreglo que hizo para el Cántico de San Juan sirvió, en su momento, arrastrado por la popularidad que en aquellos años tenía Amancio, para divulgar la poesía de San Juan de la Cruz. Aunque también él sacó tajada (en sus períodos de baja creatividad y ante la falta de letras originales). No seamos tan cínicos. Porque también me temo que no será menos cierto que muchos potenciales lectores de San Juan no se habrán dejado seducir por su hermosa poesía (y no sólo por el Cántico) ante la bienintencionada, pero pesada y monótona como una losa lisa, versión que pergeñó Amancio Prada.

Por eso digo, cada uno a lo suyo: San Juan con su Cántico, y con su poesía, y Amancio, y todos los cantautores que en el mundo son, con sus canciones, y con sus propias letras.

“Casco”, como bonito ejemplo a seguir, y por si alguien no me ha entendido aún, al gran Dylan again, y a su archiconocida pero no menos imprescindible Blowin´In The Wind, con su lyrics ¡originales! (de puño y letra del mismo Dylan, vamos) consiguientemente traducidos.

(Y que Paco Ibáñez tampoco se enfade y me lance un yu-yu. Que me perdone, pero Machado también se vale por sí mismo).

 
CANCIONES ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO

ESPOSA
¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.

Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

(Pregunta a las Criaturas)

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
(…)
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jueves, 28 de diciembre de 2017

ÚNICOS Y GENIALES: FELIZ AÑO

Bueno, el año que se termina. ¡Adiós, finito, caput! Quien le eche de menos que se arrasque porque una de las cosas contra las que nunca podremos luchar en este mundo es que lo que se va ya no vuelve.

Por eso, y ante eso, paciencia. Y ver en su lugar su lado bueno. Que lo tiene, aunque a veces nos cueste dios y ayuda encontrarlo y podamos, entonces, pensar que no existe, que todo, y este mundo en concreto, es una mierda, y todo nos da igual: que a Trump le vaya bonito con lo que quiera hacer y a los yihaddistas lo mismo, y a Kim Jong-un lo mismo, jugando con sus misiles de tan corto alcance como su cabeza, y a los demás idem de ídem.

Pero por ahí mal vamos: cada uno con su movida: mal negocio, coleguitas. Porque de esta (mala) manera un día veremos las hostias a distancia y al otro, sin embargo, tan de cerca que nos dejarán la cara como el Ecce Homo de Borja. Así que al loro: que el mundo no sea tan dulce como un polvorón (ya que estamos en Navidades) no debe darnos permiso para tirar todo por la borda o tratar de “endulzar” la vida con un poquito más de vinagre. Lo bueno y lo malo se estrechan siempre las manos. Tampoco contra eso se puede luchar pero sí, en cambio, y sería ésta mi última propuesta del año, extraer de ello esa pizca de excelencia que es lo que, en definitiva, nos hace ser tan especiales.

Por eso, y a modo de ejemplo, os dejo, y dejo este 2017 que se muere, con Uliana Lopakina bailando, y ¡cómo!, La muerte del cisne, que también se muere como el año con sus buenos y malos momentos.
 
Y es que si somos capaces de hacer de la muerte algo tan emocionante y hermoso quizás entonces, aunque a veces nos cueste creerlo, seamos únicos y geniales. Demostrarlo o no ya es otro cantar que dependerá de cada uno de nosotros. Pero hacedme caso por una vez y, por lo menos, intentarlo: únicos y geniales, sí, y ¡¡¡Feliz 2018 para todo quisqui!!!


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sábado, 9 de diciembre de 2017

CARLOS BOYERO, DESHEREDADO


Todo el mundo sabe que filmaffinity es un portal de Internet donde se habla de cine y se valoran las películas, después de dar cuenta del argumento y de sus principales créditos, en una escala que va del 0 al 10 en función de las opiniones que emiten los usuarios debidamente registrados.

Pero es que además, la ficha de cada película se completa con un resumen de las críticas que algunos de los más renombrados expertos de este país han publicado en la prensa y revistas especializadas; este es el caso del señor Carlos Boyero, conocido y re-conocido crítico cinematográfico (¿cuántas películas habrá podido ver en su vida?); sin duda, uno de los más valorados y consultados por los aficionados después de haber trabajado para la prensa escrita del todopoderoso El País, perteneciente al más todopoderoso todavía Grupo Prisa, y para el más modesto El Mundo.
 
Así que por filmaffinity supe que el señor Carlos Boyero, en las páginas de El Mundo, calificaba a la majestuosa (para mí, por lo menos, que también he visto desde los 16 años bastante películas- y ahora tengo 52) Stalker, del no menos majestuoso (para mí, por lo menos) cineasta ruso Andrei Tarkovski, con una escueta y única palabra: “aburrida”, y se quedaba, me supongo, tan ancho.

Aunque yo tampoco es que me quedara demasiado “estrecho”. Las opiniones de estos críticos hace ya mucho, mucho tiempo que han dejado de servirme de referencia alguna. Menos todavía la del señor Boyero cuyas líneas siempre me las he saltado “a la comba” y cuyos gustos cinematográficos difieren de los míos como una gamba a una lima de uñas.

Por eso me importaba un carajo el adjetivo “aburrida” usado para des-calificar la excelente Stalker, porque tampoco quiero, ni me imagino que puedo, entrar en una discusión con el señor Boyero. Con ella, además, tampoco iba a ir a ninguna parte. Luego quedamos en eso de que para gustos no hay nada escrito y punto pelota.

Porque a lo que voy, o a lo querría ir con esta entrada, es a otra parte porque, días después, me encontré con el cortometraje Los desheredados de la cineasta Laura Ferrés nominado en su correspondiente categoría para los Premios de Cine Europeo de este año, después de haber ganado el premio Leica Cinema Discovery al Mejor Cortometraje en competición en el Festival de Cannes, ni más ni menos.

Y entonces me acordé que estos desheredados de Laura Ferrés yo ya los había visto este mismo año durante la selección de cortometrajes para ZINEBI, el Festival de Cine de Cortometraje y Documental de Bilbao. El cortometraje fue seleccionado para el Festival pero quise repasar mis motas porque me sonaba que la película me había parecido una castaña. Y abrí el cajón, cogí las notas que escribo mientras veo los cortometrajes y, efectivamente, ahí estaban Los desheredados, a los que había calificado con un 1 sobre 3, siendo 3 el máximo, y terminando mis notas con un dramático ¡SOS! por el que clamaba una urgente ayuda que me despertara del sopor en el que había caído durante su visionado.

Luego, con Stalker y Boyero, y Los desheredados, las preguntas se me imponían con urgencia. ¿Dónde coño queda la objetividad?, ¿o acaso la puñetera no existe, y en su lugar sólo existe el más crudo relativismo?, ¿el “todo depende”, y el más caprichoso y pretencioso todavía, “todo depende de mí”? Y lo peor, ¿adonde nos lleva este relativismo a-toda-costa?, ¿no nos lleva a un sabio pero ignorante estado que ignora que es un ignorante estado?

Sólo sé que no sé nada, decían aquellos benditos griegos del pasado y nosotros, en este siglo XXI, nos vamos acercando a ellos, pero por caminos opuestos, por la puerta de atrás. No pensamos que no sabemos nada, sino justo al contrario, que lo sabemos todo o, por lo menos, tanto como cualquiera, y así nos van las cosas.

El relativismo nos obliga a caminar entre arenas movedizas, y con el arte y con el cine, que es de lo que estamos escribiendo, este terreno es, particularmente, pantanoso. ¿Qué película está bien o mal o regular, y en función de qué criterios? Y oímos la respuesta, todo depende y todo depende de cada uno. O sea, que no hay criterios. Y las consecuencias a este aserto nos esperan a la vuelta de la esquina, a la salida del cine: si la película te ha gustado, la película es buena; si no te ha gustado, la película es mala. Y punto pelota otra vez.

Pero yo a lo mío: así no vamos a ningún lado… o a lo mejor sí: al lado en el que todo da igual, en el todo se olvida a toda leche, al lado en el que, parafraseando a Woody Allen, el cachondeo no deja de ser la mayor de las tragedias más el tiempo necesario para que las lágrimas dejen de resbalar por nuestras mejillas, a ese lado, en definitiva, del todo depende y depende de mí, que para eso sé más que nadie o tanto como cualquiera, ¡¿qué pasa?!
 
 
Nada, tranki, no pasa nada... O sí que pasa, ¡qué coño! Pasa, por ejemplo, que necesitamos criterios objetivos y razonados que nos ayuden a despejar el grano de la paja. Pasa que necesitamos que nos expliquen los porqués, y así descartar los porque sí, o los que porque yo lo valgo o yo lo digo. Y entonces el señor Boyero, y tantos otros como él (no me duelen prendas en reconocer que, aunque trate de evitarlos a toda costa, a veces yo también caigo en esos porque sí), dejarán de deprimirme por partida doble. Por parecerme unos charlatanes-siempre-sin-criterio, y porque esos charlatanes-siempre-sin-criterio, en estos mercados tan volátiles y relativos como los que frecuentamos hoy en día (¡que ellos mismos habrían creado con sus alegres pareceres!), se cotizan a precio de oro. Sí, charlatanes por eruditos, y opiniones por verdades. Y esto nunca me ha parecido ni me parecerá de recibo.

 
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viernes, 24 de noviembre de 2017

BLACK FRIDAY

 
Como parece que hoy va a ser el Black Friday, el invento ese que la industria americana se ha sacado de la manga para vender más y más, y como a mí desde Bilbao este Black Friday me da por donde siempre me han dado las cosas que me interesan cerocoma, pero como a pesar de todo ello sigo reconociendo en la cultura yanqui más de un mérito que debería a muchos a animarnos a mirarnos en su espejo, sobre todo, en ese increíble sentido de comunidad que aún hoy continúan teniendo, como si la herencia de aquellos primeros Padres Fundadores de la Nación que arribaron a las que hoy son costas neoyorkinas, en el MayFlower y otros pasajes semejantes, inserto estos dos temazos del país de las Barras y Estrellas: el Black Market, de los Weather Report, con su connotación de "mercado negro", para quien quiera entenderlo, y el Friday On My Mind, del inolvidable Bowie, y compongamos, mezclando ambos títulos, nuestro muy particular y original Black Friday que espero que poco, o nada, tenga que ver con el que estos "capitales" americanos, tan derrochadores ellos, quieren convencernos a todos para que andemos de jauja, gastando pasta y pasta a lo tonto, incluso aquella de la que nuestros bolsillos no han visto ni la sombra.

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