domingo, 4 de abril de 2021

ATHLETIC 0- REAL SOCIEDAD 1: TANTO TIEMPO PARA "ESTO"

Brevemente porque me sale del alma. Y sobre estas cosas tan íntimas mejor pecar de discretos. Soy seguidor del Athletic. Y como tantos otros, supongo, esperaba el partido de ayer, o sea, la Final de Copa contra la Real como agua de mayo (aunque estemos todavía en abril). A cuenta de la jodida pandemia la Final se había pospuesto casi 1 año (escribí la entrada sobre los 44 maravillosos días el 7 de marzo del 20) y era normal, supongo también, que tuviera el gusanillo de que el partido se disputara por fin.

Pero, ¡qué lamentable!, y después, ¡qué decepción! y por último, ¡qué pena! E incluyo una foto del primero, otra de la segunda y una última sobre la tercera. No hay ganas para extenderse más. Ni falta que hace. Así que con la cabeza gacha, y aguantando con las banderas en la ventana (ya sabemos lo que pasa con la esperanza), aguardando a que para la Final del 2021 contra el Barcelona TODOS (aficionados, jugadores- entrenador incluido) hayamos aprendido algo y demos otra imagen, que el Athletic bien se la ha ganado durante 123 años (ésta sí), y con todo merecimiento; así, digo, quedo a la espera...

EL PRE-PARTIDO

¡QUÉ LAMENTABLE! 


EL PARTIDO


¡QUÉ DECEPCIÓN!


EL POST-PARTIDO


¡QUÉ PENA!

NB,- ¡Ah, y por cierto! El miércoles, antes del partido de Liga (¡qué casualidad!) habrá que hacerles "pasillo" en Donosti. Son las cosas que tienen ser un "club-señor". Claro, no pensaréis que todo va a ser una bicoca; o sea:

EL PASILLO


CON ALFOMBRA ROJA... Y BLANCA

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viernes, 26 de febrero de 2021

MICK JAGGER, BRIAN JONES, JOHN KEATS Y MARY SHELLEY

 El mes pasado leí una breve reseña de Jesús del Campo en el diario El Correo en la que se hacía una bonita referencia al mítico concierto que los Rolling Stones ofrecieron el 5 de julio de 1969 en Hyde Park ante una entusiasta audiencia que vino a cifrarse, según los organizadores, en casi 500.000 personas. Casi nada al aparato, que añadiría yo.

Pero, dejando en un aparte la espectacularidad de estas cifras, el detallazo estuvo en que Mick Jagger leyó unos versos del poema Adonais, que Mary Shelly (sí, la de Frankenstein) había escrito y dedicado a la memoria de su amigo, el también poeta John Keats, que había fallecido en Roma a causa de la tuberculosis, cuando apenas contaba con 25 años. Hizo dos siglos justos el pasado 23. 

Y es que Jagger tenía sus razones para recitar lo que recitó. Porque apenas dos días antes del concierto Brian Jones, que había abandonado el grupo (fricciones con Richards, comportamiento un tanto errático …qué sé yo) el 10 de junio de ese mismo año, fue encontrado muerto en la piscina de su casa. Era el 3 julio y Brian, apenas contaba con 27 años. Por lo que para empezar, aquí os dejo She´s s Rainbow, una de las canciones que compuso para la banda:


Así, el famoso adagio, vive deprisa, muere joven y harás un bonito cadáver, y que Nick Ray incluyera en su película Llamad a cualquier puerta para caracterizar al personaje de Nick Romano (y no pienso hablando de Nick Ray que las concomitancias se quedaran sólo en el nombre) parecía, desgraciadamente, haberse puesto de moda en los finales de esa década prodigiosa y en los meses que la siguieron: Janis Joplin (1970, 27 años), Jimi Hendrix (1970, 28 años), Jim Morrison (1971, 28 años)…

Y Mick Jagger con la lectura de esos versos de Adonais ponía los dedos en la llaga, y trazaba un feliz paralelismo entre el espíritu romántico con el que se sazonaron las inquietas almas de la propia Shelley o de Lord Byron o de John Keats, con la bendita ingenuidad, las ganas de vivir y de comerse el mundo a bocados sin percatarse de que eran ellos, precisamente, el plato más delicioso del menú y que serían, por eso, rápidamente devorados por ese mismo mundo al que, irónicamente, ellos pensaban hincar el diente.

Aunque a lo que iba con eso del “detallazo”. Y es que veamos en lo que ahora nos hemos convertido. Hace más de 40 años Mick Jagger recitaba dos pasajes de Adonais en recuerdo de su compañero ante medio millón de personas que siguieron cada uno de sus versos en un silencio sepulcral, y valga la redundancia, y que al finalizar el mismo rompieron en un sonoro aplauso. ¿Haríamos hoy lo mismo, o lo dejaríamos pasar encogiéndonos de hombros y preguntándonos, para qué tantas monsergas?... Por eso rescato los versos de Shelley, y la figura y la voz de Jagger. Creo que el “detallazo” se lo merece:

 


Claro que me diréis, pero eran otros tiempos, Toni. Y yo os contestaría, por supuesto; me basta con echar un vistazo al móvil. Pero apostillaría después, quizás por eso me gustan tanto: porque, mirando a mi alrededor, me temo que ya son irrepetibles.
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sábado, 30 de enero de 2021

QUE LES DEN A ESTOS TIEMPOS TAN MODERNOS

Quizás por cuarta vez la semana pasada volví a ver Tiempos modernos, la peli que Charles Chaplin rodó en 1936, la última en la que interpreta al personaje de Charlot y su última película… ¡muda! ¡En 1936!, cuando ya el cine hablaba por los codos y el sonido era para él como el pan nuestro de cada día. Pero Chaplin no daba su brazo a torcer y le hizo frente hasta el último momento. Para él los tiempos modernos eran, sin duda, los tiempos del ruido, los tiempos en los que la estruendosa industrialización empieza a comerse al silencioso ser humano; a Charlot, quiero decir. Por eso en Tiempos modernos el genial clown hace su última salida a la pista. Y por eso, también Chaplin hila particularmente fino. Sí, cinco años tardará en finalizar sus tiempos modernos; cinco años desde que diera el final cut a su también soberbia Luces de la ciudad.

Y es que Chaplin con Tiempos modernos se va a mostrar particularmente clarividente, premonitorio. La industrialización masificada va a aplastar al ser humano, va a alienarle hasta extremos casi insoportables y contra eso, nos dice muy serio Chaplin, en la secuencia final de la película, nada podrá hacerse más que negar su presencia, darle la espalda. Aunque eso sí, siempre negándonos a entregar en el gesto nuestra humanidad, nuestro más preciado tesoro, que es inmenso pero que entra en el interior de una pequeña sonrisa silenciosa. Así que ¡dentro vídeo!:

Pero Chaplin no se contenta con ello y, además, nos cuenta que si no vamos a poder vencer a esa todopoderosa industrialización donde el hombre tiene, quizás, el valor de un tornillo, es porque la pelea se trata de una lucha desigual. El aceite que ajusta las máquinas no es la sangre que circula por nuestro cuerpo. Por eso, únicamente cuando el ser humano se olvida de su humanidad y se robotiza o se mecaniza puede entenderse con la máquina (como sucede en la escena que incluyo más abajo donde el robot dicta las normas y el hombre, sumiso, obedece). Y no hay, entonces, problemas entre ellos. La pelea termina en tablas. Dentro vídeo, please (sobre todo, a partir de 1´50´´):


Pero si, por el contrario y ojalá suceda así, nos “dice” Charlot, el hombre insiste y persiste en su humanidad es cuando en su relación con la máquina saltan chispas y el artilugio vuela figuradamente en pedazos. Charlot no renuncia jamás a ser humano y, claro, la máquina no le entiende. Y surgen los malentendidos y los conflictos; conflictos a los que, de momento, no encontramos solución porque posiblemente no la tenga. O no la tenga, por lo menos,  mientras la sangre no sirva para freír un huevo o el aceite para hacernos a nosotros levantar un brazo, por ejemplo. Y dentro el último vídeo:


Pero es que, por si todo esto fuera poco,
Tiempos modernos es una película intemporal. Lo que quiere decir que está al margen de los tiempos pero nunca del tiempo porque siempre merecerá la pena echarla un vistazo; porque siempre que lo hagamos, cualquier día, a cualquier hora, nos aportará algo nuevo, algo que no sabíamos o en lo que no habíamos reparado hasta entonces. Por lo que la próxima vez, la quinta quizás, seguro que Tiempos modernos me da para escribir algo completamente diferente de lo que acabáis de leer y ver ahora.

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sábado, 23 de enero de 2021

EL NAZARENO O POR LA BOCA MUERE EL PEZ


A mí que no enrollan los refranes debe reconocer que este de la “boca y el pez” se me ha subido a la chepa. Y te queda, entonces, más remedio que reconocer que me han pillado con el carrito del helado o con lo que sea. Porque los que hablamos muchos, y yo hablo hasta que la lengua se me hace un nudo, tenemos una horrible manía a sentar cátedras con nuestra inventivas y eso siempre conduce al error y después, si uno es honesto consigo mismo (y yo prometo que lo intento), a la rectificación. Lo que ya sería algo. Por aquello, por lo menos, que suele decirse sobre lo de rectificar, que es de sabios.

Pero toda esta intro, ¿a cuenta de qué? Me explico. A mí que encanta la música, reconozco que lo hago pero con excepciones, con pocas pero innegociables excepciones. La música caribeña, por ejemplo y, sobre todo, la bachata, que siempre me ha producido sarpullidos en el oído y no me he cansado, cuando la ocasión se ha presentado, de despotricar contra ella.

Pero he aquí que un día me hice con Rayuela, un excelente disco de jazz, homenaje a la no menos excelente novela de Cortázar (por eso lo compré), que firmaban Miguel Zenón y Laurent Coq. Y el disco me entusiasmó, como en su momento me entusiasmó la novela de Cortázar.

Después otro buen día tuve la oportunidad de escuchar en directo a Miguel Zenón, gracias al incomparable Club de Jazz de la Bilbaina. Gracias a Gorka y Tato. Y una nueva flipada. Así que desde entonces le sigo la pista, y el año pasado editó y publicó su disco Sonero: The Music of Ismael Rivera del que ya había tocado algunos alucinantes temas en el concierto en el que le vi en vivo. Así que a por él fui. Y lo suyo me ha costado. Incluso con Amazon. Porque casi dos meses después de haberlo comprado y pagado me llegó a casa ¡la semana pasada!, aunque debo reconocer que la espera ha merecido la pena. El disco, al igual que sucedía con Rayuela, es excelente y sitúa, para mis gustos a Miguel Zenón, a la cabecera de los músicos de jazz en cuanto a creatividad, originalidad y calidad a raudales.

O sea que más que todo-bien, todo-cojonudo, pero enseguida surgía la pregunta, ¿quién demonios es, o era Ismael Rivera? Y enseguida me apresuré a consultar las notas contenidas en el interior del disco, por si hallaba en ellas la respuesta, como así ha sucedido. Luego os pongo en antecedentes.

Ismael “Maelo” Rivera fue un cantante afro-puertoriqueño nacido en 1931 y muerto en 1987, con atribuladas experiencias vitales, entre las que se cuentan sus coqueteos con las drogas y una penosa estancia en la cárcel. Pero un auténtico mito entre sus seguidores, entre los que se cuenta Miguel Zenón, y conocido popularmente como El Sonero Mayor; esto es, El Mayor Cantante Improvisador. Y para mi sorpresa, y una auténtica toñeja en el centro de mi amor propio, el cantante y líder del Cortijo y su Combo que trasladó con un éxito increíble, durante los años 50´, a los estilos musicales conocidos como bomba y plena desde Santurce (Puerto Rico) a los principales escenarios de la música Latina y… ¡caribeña! Y, por si esto no fuera suficiente, uno de los más destacados intérpretes de la…. ¡bachata! Y para Zenón, como él mismo me reconoció al finalizar el concierto, un dios musical.

Luego cuando toca, toca. A tragarse las palabras. Porque la música caribeña y, entre otras, la bachata se convierten en manos de Zenón en una auténtica “pasada” por lo que no puedo dejar de reconocer, desde ya, que gracias a la música caribeña y a la, entre otras, la bachata Zenón suena como suena. Así que, desde ya, mi mea culpa y mis respetos, desde ahora, a la música caribeña y la bachata y a olvidarme, sino de hablar tanto sí, por lo menos, de sentar tanta cátedra y de empezar a creer en eso que ya Sócrates nos decía hace más de 2000 años, sólo sé que no sé nada. Sin duda, la mejor pole de salida para empezar a saber algo.

Y termino y os dejo para disfrute de pequeños y mayores con el tema de El Nazareno, considerado por muchos la clave que sostiene el mito de Rivera y en la versión que toca Miguel Zenón y en la versión que tocaba Ismael con su Cortijo. ¡Así que a flipar… y a ser más humildes! Prometo que seré el primero en aplicarse el cuento.

Primero, la letra de El Nazareno, para que quede clara.

Yo estaba en un vacilón/Yo estaba en un vacilón/Fui a ver lo que sucedía...

Cuando ya me divertía/Y empezaba a vacilar/No sé de dónde una voz vine a escuchar.

Qué expresión tiene tu rostro/Se refleja la alegría/Y está rodeado de tanta hipocresía/Es El Nazareno

Que te da consejos buenos/A quién, no mires a quién/Dale la mano al caído y si acaso/
Bien malo ha sido, dale la mano también

Hazle bien a tus amigos/Y ofréceles tu amistad/Y verás que a ti lo malo/Nunca se te acercará/En cambio todo lo bueno/Contigo siempre estará/¡Óyelo!

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/Me dijo, me dijo que había mucho bueno conmigo/Y mucho malo también, me dijo

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/Que siguiera cantando cositas lindas y bonitas para ustedes/Que son mis queridos amigos

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/Dale pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante como un elefante,/Maelo no dejes que te tumben, te plante/El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos

El Nazareno me dijo/El Nazareno me dijo/El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/¡Óyelo bien!

Oye bien mi amigo, ¡oye!

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/Con Sororo, con la Merito y Cuñón/Voy pa' Portobelo a cargar el negrón

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/El Nazareno me dijo/El negrito lindo de Portobelo, me dijo/El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos

¡Dile Rigo!

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos

¡Que viva el Cristo negro de Puertobelo!

¡Oye bien mi amigo, oye bien!

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/En la iglesia de San Felipe de Portobelo/Está el negrito que cargamos con celo

El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/El Nazareno me dijo, el negrito lindo, me dijo/El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/Pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante como un elefante y no dejes/Que te tumben, te plante/¡Oye!

Y ahora en el original de "Maelo" y su Cortijo:

Y la fantástica versión de Miguel Zenón, que cierra su no menos fantástico disco:

https://www.youtube.com/watch?v=enKXL9JAL84









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lunes, 28 de diciembre de 2020

¡SILENCIO, COÑO!

                                                Otra para Wences; sin él nada de lo que sigue, hubiera seguido…


Hace unos años, no demasiados tampoco, la editorial Beta III Milenio me publicó el ensayo Cállate la boca en el que trataba de disertar sobre el silencio; el silencio versus la palabra, ya que siempre me había llamado la atención que no en todas las culturas la palabra tiene tanta importancia como en la nuestra, la Occidental, y me sorprendía el profundo mutismo con el que, por ejemplo, muchas tribus africanas pasan horas reunidos en torno, por ejemplo también, a un agradable fuego o yendo de caza.

Y es que siempre me ha llamado la atención cómo lo que resulta una obviedad para nosotros; o sea, y en este caso, hablar hasta por los codos, no lo es tanto para otros pueblos que prefieren el silencio como saludable compañía. Pero así ha ocurrido desde que nuestro Dios creó el mundo a partir de la palabra, del recurrente en el Antiguo Testamento “Y Dios dijo: hágase la luz, y la luz se hizo”. La palabra no sólo como sonido articulado, sino como productora de sentido.

Esto mismo lo retomarían los griegos clásicos años más tarde, y en la palabra encontraron su particular y decisivo logos, la auténtica razón de ser de las cosas. Y ya sabemos que aquellos griegos fueron mucho griego. Aunque, siglos después todavía, nos apareciera Nietzsche que cambiaría el sesgo de los sonidos aludiendo a aquello que aprendió de otros filósofos como Schopenhauer o Wittgenstein, y que podríamos resumir, más o menos, en que cuando ya no nos quede nada por decir, sólo el silencio sabrá acompañarnos. Y al hilo de estos dimes y diretes (y valga la redundancia) escribía también en Cállate la boca sobre Hölderlin, el poeta o Antonioni, el cineasta: dos artistas a los que las circunstancias personales les hicieron familiarizarse con los sonidos del silencio. Y no hablo, precisamente, de Simon & Garfunkel.

Y tampoco es que pretenda ahora darme bombo ni platillo. Lo hecho y escrito, hecho y escrito está, y ahí seguís teniendo mi ensayo para aquél que quiera comerse el tarro a gusto, para aquél que quiera aprender algo sobre lo que no había caído y, en definitiva, para aquél que aprecie el silencio como algo más valioso de lo que cualquier voz pueda decir.

Y continuaría sin dejar de sorprenderme. Porque siempre que tratamos, y nos creemos, muy originales por haber puesto el dedo en una llaga que pensamos que nadie ha tocado nunca, salta la liebre y nos percatamos que ni somos tan originales, ni somos para-tanto. Porque, y circunscribiéndonos al silencio, ¿qué os parece la pieza 4´33´´ que John Cage compuso en 1952, y que aquí abajo os dejo en una interpretación de la Filarmónica de Berlín a las órdenes de su nuevo titular, Kiril Petrenko?


Sí, el compositor americano se me adelantó por cuatro minutos y treinta y tres segundos. Y, ¿qué opináis de la silenciosa meditación a secas, o de la meditación trascendental, practicada desde hace tiempo por muchísimas personas inquietas por experimentar, entre las que encontramos al mismísimo David Lynch o los “mudos” métodos que Braco The Gazer intenta usar para sanar los males que afectan a aquellos que creen en él y asisten a una de sus terapias? Porque el arte de Braco consiste, simplemente, en salir a un escenario y mirar (to gaze) en absoluto silencio al público presente. Y se cuenta que sus resultados son asombrosos (aunque a mí, de momento, y por mucho Cállate la boca, que me registren). 


Pero hay que reconocer que la influencia de Braco ha sido suficiente como para que una de las organizaciones adscritas a la ONU le haya entregado recientemente un premio de la paz en una ceremonia multitudinaria celebrada en Nueva York. Incluso la buenorra de Naomi Campbell piensa de él que es la reencarnación de Dios en la Tierra. Y miles de usuarios se conectan en streaming a su web para recibir unas cuantas de sus píldoras silenciosas y de su milagrosa mirada. Porque Braco, mientras tanto, va a lo suyo: mirar y callar. Y las reacciones de la gente que asiste a su “consulta”, espectaculares. Muchos, con fotografías de parientes aquejados de extrañas enfermedades y Braco, manos a la obra… mirando y chitón. Así ha conseguido, por ejemplo, que espinas dorsales con forma de muelle se enderecen como postes de la luz y que haya personas que  han encontrado en él, y en su mirada silenciosa, el sentido de sus vidas o eliminan vicios que creían “ineliminables” o restauran lazos con padres, madres, abuelos y ¡mascotas! que creían perdidos para siempre.


Pero más allá de la superchería o de la credibilidad que pudiera despertarnos Braco “The Gazer”, lo que a mí más me ha tocado la fibra y lo que, en cierta manera, conecta directamente con mi ensayo, es el hecho de que en una sociedad dominada por el ruido, la prisa y la palabrería, el silencio y el mirar a los ojos de otro ser humano sin abrir la boca son algo tan raro como el platino, tal y como escribía en su crónica uno de los periodistas que ha sacado a la luz el caso Braco.

 Porque la sociedad de la palabra y del logos, la nuestra, ha pasado, sin duda, a ser la sociedad del mogollón, del ruido y es, irónicamente por esta misma razón, el lugar perfecto para que un hombre que te obliga a estar, simplemente, 10 minutos callado y observándole a los ojos, se convierta en una suerte de fenómenos paranormal, y él mismo en un bicho raro al que muchos parlanchines encerrarían en una jaula y tirarían después la llaves a cualquier río cercano… pero lo suficientemente profundo.

  

                            ¡Ah!, y Feliz... y silencioso Año


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sábado, 19 de diciembre de 2020

MUCHAS COSAS, PERO NADA IMPORTANTE

Me acuerdo estos días, y lo hago muy a menudo (cosa rara porque las repeticiones me aburren, pero qué sé yo…), de un pasaje contenido en la novela Effie Briest, de Theodor Fontane que, posteriormente, inspiró a Rainer Werner Fassbinder para la realización en 1974 de una de sus mejores películas (¡fue una de las 3 que dirigió ese año!), con el mismo título que la novela más el añadido del apellido del escritor alemán, o sea, Fontane Effie Briest.

Y en ese pasaje, a menudo rememorado por mí  durante estos días (luego se verá porqué), dos amigo conversan y uno de ellos, con cierta trascendencia en sus palabras, le pregunta al otro qué es la vida para él, a lo que el amigo responde que la vida viene a ser como una gran cena donde se reúnen decenas, cientos de comensales. Y de repente uno de ellos se levanta y se dirige a los servicios. Cuando al de unos minutos vuelve a salir pregunta, azorado, a uno de los presentes, ¿qué ha ocurrido mientras he estado fuera?, ¿de qué se ha hablado? A lo que el interpelado contesta, ¿ocurrir?, ¿hablar? Sí, han ocurrido y hemos hablado de muchas cosas, pero de nada importante. Así que no te preocupes. Por lo que el primero, ya más tranquilo, vuelve a tomar asiento en la concurrida mesa.

Y es que yo así me imagino esta Vida, como la concurrida mesa de Effie Briest, donde se habla de MUCHAS COSAS pero, en el fondo, de NADA IMPORTANTE. Y más aún en esos tiempos “pandémicos” (y perdón por el barbarismo), en estos tiempos que corren-que-se-las-pelan. Porque pienso que se trata de la última jugada maestra que nos trata de colar este jodido sistema con el que nos empeñamos en con-vivir.

Porque cosas graves sí que están sucediendo y bastante más de lo que muchos piensan, pero para que esta gravedad no nos ponga en pie de guerra, ¿qué sería lo último que a nuestros mandamases se les ha pasado por sus siempre-inquietas molleras? Pues lo que decía el convidado a la cena de Effie Briest, que ocurran muchas cosas. O, ¿no nos cansan hasta la más profunda extenuación la ingente cantidad de noticias, de cosas, con las que a diario nos bombardean los mass-media, televisiones, prensas, radios, redes sociales, twitters; que si Donald Trump, que si el rey emérito, que si la vacuna contra el Covid, que si el Brexit, que si en Marte se ha encontrado hielo, que si el toque de queda, … que si qué sé yo.

Porque lo verdaderamente importante es hablar, como decía antes, de MUCHAS COSAS. Esto es lo decisivo y fundamental para que entre esa ingente multitud las individualidades pierdan importancia, se disuelvan pasado un rato como un efferalgam en un vaso de agua. ¿O no nos olvidamos, pasados apenas unos diítas, de aquello que en su momento nos pareció lo más terrible y vergonzoso?

Claro, si a lo terrible y vergonzoso lo enterramos, día tras días, bajo más y más morralla terrible y vergonzosa, de lo primero, ¿quién coño se acuerda?, ¿quién continúa dándole importancia que debería habérsele dado? Sí el comensal de la magnífica novela y película de Effie Briest o de Fontane Effie Briest tenía toda la razón: MUCHAS COSAS, PERO NINGUNA IMPORTANTE. Por ser precisamente muchas.

Así que en estas tareas andan nuestros informadores envueltos durante estos días. Resulta de vital importancia que todos los días, cada minuto y segundo cuentan, saquen a la luz todos las cosas que puedan ser iluminadas, se trate de lo que se trate, graciosas, tristes, chorradas, sesudas controversias, curiosidades, alarmas que quizás consigan apagarse… o no. Lo que sea, pero que todas juntas formen MUCHAS, MUCHÍSIMAS COSAS para que, de esta forma, nada resulte particularmente importante y podamos vivir como parece que nos gusta (cierto es que también parece ser la única manera que hemos ideado para soportar esta Vida), viviendo en y con la más pura insustancialidad e intrascendencia porque, en el fondo, quizás Woody Allen tuviera razón cuando un periodista le cuestionaba sobre la comedia y el contestaba, ¿comedia?, sí tragedia + tiempo. Claro, tiempo para que haya más y más cosas y que nada importe demasiado, demasiado.
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sábado, 28 de noviembre de 2020

LA VIDA CON ASTERISCO

No es lo mismo aunque los cronistas no quieran darle mucho bombo ni sacar de ello demasiada sangre. Porque hablar, tampoco se habla mucho de esas gradas vacías, de esos campos a la intemperie, de esos partidos donde se escucha a los jugadores proferir esas llamadas o gritos que no pueden contener. Porque aunque los prebostes de nuestras existencias  se empeñen en lo contrario, esta nueva normalidad de marras en la que andamos enredados, como mucho es “nueva”, pero jamás será “normalidad”.

¿O es que, ahora, el público no vale para nada? ¿O es que, ahora, el público sí que es realmente, si hablamos del fútbol, el jugador nº 12, o sea, ése que provocaría la eliminación ipso facto de su equipo (del alma) por alineación indebida? Vaya y yo, por lo menos, que  me creo parte de él, me cierro en banda y me niego a creer que no valgo para nada. Porque si soy parte del público, ya soy algo y dejo, automáticamente, de ser nada. Acaso, incluso, pueda ser una parte de lo que diseña y escribe esta entradilla.

Por lo tanto, y en estos momentos, si algo debiera apuntarse a la categoría de “nada-de-nada” será esta (nueva) normalidad. Porque las competiciones deportivas se están jugando sin público a la vista. Y continúan jugándose como si no pasara nada, y que me valga la redundancia. Se corrió el Tour, el Giro y la Vuelta. Se ha jugado el Master de tenis, y se están jugando, entre otras, las diferentes ligas nacionales de fútbol y sus correspondientes Champions o Euroleaques, o como quiera que se llamen a las ligas europeas. Sí, claro, se insiste en continuar adelante como si nada pasara cuando, en realidad, está pasando de todo.

Porque si hemos quedado en que algo somos y las competiciones deportivas se disputan sin nosotros, en algo estará influyendo nuestra ausencia, ¿no?, la ausencia del tan ensalzado en otras ocasiones, y por continuar con el fútbol, jugador nº12. Y me acuerdo, entonces, del maestro Zen, del hijo de Buda, del insobornable y en ocasiones, flemático y toca-pelotas de Phil Jackson, el gurú que ayudó a ganar seis Anillos de campeones de la NBA a los Bulls de Michael Jordan. Y es que el místico de Phil, cuando la NBA cerró por aquella huelga en la que los jugadores se plantaron durante la temporada 1998/99, y se vio obligada a reestructurar su calendario (no se empezó el 3 de noviembre sino el 2 de febrero), y reducir el número de partidos a disputar por cada equipo durante su Liga Regular de 82 a 50 y de la que, finalmente, acabarían coronándose campeones los Spurs de San Antonio con un exultante Gregg Popovich al frente de su banquillo, no tuvo reparos en bajarle los humos y declarar, digo, el bueno de Phil, aquello de campeones sí, Gregg, pero campeones con asterisco.

Y es lo que yo pienso que va a pasar cuando esto de los estadios vacios, y del Covid, pase de largo. Porque todos los campeones, durante estos terribles meses de pandemia, habrán sido campeones con asterisco; campeones cuando en los graderíos no se escuchaba ni el sonido de una respiración, cuando el silbato del árbitro parecía la estruendosa sirena de una fábrica avisando a sus currelas del final del tiempo del bocata. Porque con público todo hubiera sido diferente. El público hubiera aplaudido, hubiera gritado, hubiera cantado cuando la ocasión lo hubiera merecido y los jugadores se hubieran sentido distintos, alegres y recargados con esa energía milagrosa y misteriosa que les hubiera llegado… ¡del cielo!. Y el público hubiera abucheado, hubiera silbado, hubiera, incluso, insultado cuando la ocasión, igualmente, lo hubiera merecido y los jugadores, entonces, se hubieran sentido cohibidos, avergonzados o, quizás, enrabietados y espoleados por la adversidad,… ¿quién podría saberlo? Pero ya lo dije antes, con público todo hubiera sido diferente. Así que nadie nos engañe y, menos aún, nos regañe: durante la pandemia, y con los campos a pelo, las competiciones y la vida deberán llevar siempre adosadas a sus siglas un enorme asterisco.

¿O no es la vida la mayor y mejor de las competiciones? Una tarjeta roja te inhabilita para seguir jugando. Varias tarjetas rojas te condenan al ostracismo durante una temporadita. O sea, a la cárcel. Y una tarjeta amarilla, un aviso para navegantes que, seguramente, el infractor solucione abonando una pequeña multa.

Por eso, el asterisco de Phil Jackson puede hacerse extensivo a todo, no sólo a la NBA. Sería el asterisco, entonces, la señal de que algo no ha ido como debería haber ido; o sea, la normalidad se ha extraviado en un bosque negro, muy negro; o sea a la normalidad le ha caído encima un asterisco; o sea, la normalidad*. 


 
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