Brevemente porque me sale del alma. Y sobre estas cosas tan íntimas mejor pecar de discretos. Soy seguidor del Athletic. Y como tantos otros, supongo, esperaba el partido de ayer, o sea, la Final de Copa contra la Real como agua de mayo (aunque estemos todavía en abril). A cuenta de la jodida pandemia la Final se había pospuesto casi 1 año (escribí la entrada sobre los 44 maravillosos días el 7 de marzo del 20) y era normal, supongo también, que tuviera el gusanillo de que el partido se disputara por fin.
Pero, ¡qué lamentable!, y después, ¡qué decepción! y por último, ¡qué pena! E incluyo una foto del primero, otra de la segunda y una última sobre la tercera. No hay ganas para extenderse más. Ni falta que hace. Así que con la cabeza gacha, y aguantando con las banderas en la ventana (ya sabemos lo que pasa con la esperanza), aguardando a que para la Final del 2021 contra el Barcelona TODOS (aficionados, jugadores- entrenador incluido) hayamos aprendido algo y demos otra imagen, que el Athletic bien se la ha ganado durante 123 años (ésta sí), y con todo merecimiento; así, digo, quedo a la espera...
EL PRE-PARTIDO
¡QUÉ LAMENTABLE!
EL PARTIDO
¡QUÉ DECEPCIÓN!
EL POST-PARTIDO
¡QUÉ PENA!
NB,- ¡Ah, y por cierto! El miércoles, antes del partido de Liga (¡qué casualidad!) habrá que hacerles "pasillo" en Donosti. Son las cosas que tienen ser un "club-señor". Claro, no pensaréis que todo va a ser una bicoca; o sea:
El mes
pasado leí una breve reseña de Jesús del Campo en el diario El Correo en la que se hacía una bonita
referencia al mítico concierto que los
Rolling Stones ofrecieron el 5 de julio de 1969 en Hyde Park ante una
entusiasta audiencia que vino a cifrarse, según los organizadores, en casi
500.000 personas. Casi nada al aparato, que añadiría yo.
Pero, dejando
en un aparte la espectacularidad de estas cifras, el detallazo estuvo en que Mick
Jagger leyó unos versos del poema Adonais,
que Mary Shelly (sí, la de Frankenstein)
había escrito y dedicado a la memoria de su amigo, el también poeta John Keats,
que había fallecido en Roma a causa de la tuberculosis, cuando apenas contaba
con 25 años. Hizo dos siglos justos el pasado 23.
Y es que Jagger
tenía sus razones para recitar lo que recitó. Porque apenas dos días antes del
concierto Brian Jones, que había abandonado el grupo (fricciones con Richards,
comportamiento un tanto errático …qué sé yo) el 10 de junio de ese mismo año,
fue encontrado muerto en la piscina de su casa. Era el 3 julio y Brian, apenas
contaba con 27 años. Por lo que para empezar, aquí os dejo She´s s Rainbow, una de las canciones que compuso para la banda:
Así, el
famoso adagio, vive deprisa, muere joven y harás un bonito cadáver, y que Nick
Ray incluyera en su película Llamad a
cualquier puerta para caracterizar al personaje de Nick Romano (y no pienso
hablando de Nick Ray que las concomitancias se quedaran sólo en el nombre)
parecía, desgraciadamente, haberse puesto de moda en los finales de esa década
prodigiosa y en los meses que la siguieron: Janis Joplin (1970, 27 años), Jimi
Hendrix (1970, 28 años), Jim Morrison (1971, 28 años)…
Y Mick Jagger
con la lectura de esos versos de Adonais
ponía los dedos en la llaga, y trazaba un feliz paralelismo entre el espíritu
romántico con el que se sazonaron las inquietas almas de la propia Shelley o de
Lord Byron o de John Keats, con la bendita ingenuidad, las ganas de vivir y de
comerse el mundo a bocados sin percatarse de que eran ellos, precisamente, el
plato más delicioso del menú y que serían, por eso, rápidamente devorados por
ese mismo mundo al que, irónicamente, ellos pensaban hincar el diente.
Aunque a lo
que iba con eso del “detallazo”. Y es que veamos en lo que ahora nos hemos
convertido. Hace más de 40 años Mick Jagger recitaba dos pasajes de Adonais en recuerdo de su compañero ante
medio millón de personas que siguieron cada uno de sus versos en un silencio
sepulcral, y valga la redundancia, y que al finalizar el mismo rompieron en un
sonoro aplauso. ¿Haríamos hoy lo mismo, o lo dejaríamos pasar encogiéndonos de
hombros y preguntándonos, para qué tantas monsergas?... Por eso rescato los
versos de Shelley, y la figura y la voz de
Jagger. Creo que el “detallazo” se lo merece:
Claro que me diréis, pero eran otros tiempos,
Toni. Y yo os contestaría, por supuesto; me basta con echar un vistazo al móvil.
Pero apostillaría después, quizás por eso me gustan tanto: porque, mirando a mi
alrededor, me temo que ya son
irrepetibles.
Quizás
por cuarta vez la semana pasada volví a ver Tiempos
modernos, la peli que Charles Chaplin rodó en 1936, la última en la que
interpreta al personaje de Charlot y su última película… ¡muda! ¡En 1936!,
cuando ya el cine hablaba por los codos y el sonido era para él como el pan
nuestro de cada día. Pero Chaplin no daba su brazo a torcer y le hizo frente
hasta el último momento. Para él los tiempos modernos eran, sin duda, los
tiempos del ruido, los tiempos en los que la estruendosa industrialización
empieza a comerse al silencioso ser
humano; a Charlot, quiero decir. Por eso en Tiempos
modernos el genial clown hace su última salida a la pista. Y por eso,
también Chaplin hila particularmente fino. Sí, cinco años tardará en finalizar
sus tiempos modernos; cinco años desde que diera el final cut a su también soberbia Luces
de la ciudad.
Y
es que Chaplin con Tiempos modernos
se va a mostrar particularmente clarividente, premonitorio. La
industrialización masificada va a aplastar al ser humano, va a alienarle hasta
extremos casi insoportables y contra eso, nos dice muy serio Chaplin, en la
secuencia final de la película, nada podrá hacerse más que negar su presencia,
darle la espalda. Aunque eso sí, siempre negándonos a entregar en el gesto nuestra
humanidad, nuestro más preciado tesoro, que es inmenso pero que entra en el
interior de una pequeña sonrisa silenciosa. Así que ¡dentro vídeo!:
Pero
Chaplin no se contenta con ello y, además, nos cuenta que si no vamos a poder
vencer a esa todopoderosa industrialización donde el hombre tiene, quizás, el
valor de un tornillo, es porque la pelea se trata de una lucha desigual. El
aceite que ajusta las máquinas no es la sangre que circula por nuestro cuerpo.
Por eso, únicamente cuando el ser humano se olvida de su humanidad y se robotiza
o se mecaniza puede entenderse con la máquina (como sucede en la escena que incluyo más abajo donde el robot dicta las normas y el hombre, sumiso, obedece). Y no hay, entonces, problemas
entre ellos. La pelea termina en tablas. Dentro vídeo, please (sobre todo, a partir de 1´50´´):
Pero
si, por el contrario y ojalá suceda así, nos “dice” Charlot, el hombre insiste
y persiste en su humanidad es cuando en su relación con la máquina saltan
chispas y el artilugio vuela figuradamente en pedazos. Charlot no renuncia jamás
a ser humano y, claro, la máquina no le entiende. Y surgen los malentendidos y
los conflictos; conflictos a los que, de momento, no encontramos solución
porque posiblemente no la tenga. O no la tenga, por lo menos, mientras la sangre no sirva para freír un
huevo o el aceite para hacernos a nosotros levantar un brazo, por ejemplo. Y dentro
el último vídeo:
Pero es que, por si todo
esto fuera poco, Tiempos modernos es
una película intemporal. Lo que quiere decir que está al margen de los tiempos
pero nunca del tiempo porque siempre merecerá la pena echarla un
vistazo; porque siempre que lo hagamos, cualquier día, a cualquier hora, nos
aportará algo nuevo, algo que no sabíamos o en lo que no habíamos reparado hasta
entonces. Por lo que la próxima vez, la quinta quizás, seguro que Tiempos modernos me da para escribir
algo completamente diferente de lo que acabáis de leer y ver ahora.
A
mí que no enrollan los refranes debe reconocer que este de la “boca y el pez”
se me ha subido a la chepa. Y te queda, entonces, más remedio que reconocer que me
han pillado con el carrito del helado o con lo que sea. Porque los que hablamos
muchos, y yo hablo hasta que la lengua se me hace un nudo, tenemos una horrible manía a sentar cátedras con nuestra inventivas y eso siempre conduce al error y
después, si uno es honesto consigo mismo (y yo prometo que lo intento), a la rectificación. Lo que ya sería algo. Por aquello, por lo menos, que suele decirse sobre lo de rectificar, que
es de sabios.
Pero toda esta intro, ¿a cuenta de qué? Me explico. A mí que encanta la música,
reconozco que lo hago pero con excepciones, con pocas pero innegociables excepciones. La música
caribeña, por ejemplo y, sobre todo, la bachata, que siempre me ha producido
sarpullidos en el oído y no me he cansado, cuando la ocasión se ha presentado,
de despotricar contra ella.
Pero
he aquí que un día me hice con Rayuela,
un excelente disco de jazz, homenaje a la no menos excelente novela de Cortázar
(por eso lo compré), que firmaban Miguel Zenón y Laurent Coq. Y el disco me
entusiasmó, como en su momento me entusiasmó la novela de Cortázar.
Después
otro buen día tuve la oportunidad de escuchar en directo a Miguel Zenón, gracias al incomparable Club de Jazz de la Bilbaina. Gracias a Gorka y Tato. Y una
nueva flipada. Así que desde entonces le sigo la pista, y el año pasado editó y
publicó su disco Sonero: The Music of
Ismael Rivera del que ya había tocado algunos alucinantes temas en el
concierto en el que le vi en vivo. Así que a por él fui. Y lo suyo me ha
costado. Incluso con Amazon. Porque casi dos
meses después de haberlo comprado y pagado me llegó a casa ¡la semana pasada!,
aunque debo reconocer que la espera ha merecido la pena. El disco, al igual que
sucedía con Rayuela, es excelente y
sitúa, para mis gustos a Miguel Zenón, a la cabecera de los músicos de jazz en
cuanto a creatividad, originalidad y calidad a raudales.
O
sea que más que todo-bien, todo-cojonudo, pero enseguida surgía la pregunta,
¿quién demonios es, o era Ismael Rivera? Y enseguida me apresuré a consultar
las notas contenidas en el interior del disco, por si hallaba en ellas la
respuesta, como así ha sucedido. Luego os pongo en antecedentes.
Ismael
“Maelo” Rivera fue un cantante afro-puertoriqueño nacido en 1931 y muerto en
1987, con atribuladas experiencias vitales, entre las que se cuentan sus
coqueteos con las drogas y una penosa estancia en la cárcel. Pero un auténtico
mito entre sus seguidores, entre los que se cuenta Miguel Zenón, y conocido
popularmente como El Sonero Mayor;
esto es, El Mayor Cantante Improvisador.
Y para mi sorpresa, y una auténtica toñeja en el centro de mi amor propio, el
cantante y líder del Cortijo y su Combo
que trasladó con un éxito increíble, durante los años 50´, a los estilos
musicales conocidos como bomba y plena desde Santurce (Puerto Rico) a los
principales escenarios de la música Latina y… ¡caribeña! Y, por si esto no
fuera suficiente, uno de los más destacados
intérpretes de la…. ¡bachata! Y para Zenón, como él mismo me reconoció al
finalizar el concierto, un dios musical.
Luego
cuando toca, toca. A tragarse las palabras. Porque la música caribeña y, entre
otras, la bachata se convierten en manos de Zenón en una auténtica “pasada” por
lo que no puedo dejar de reconocer, desde ya, que gracias a la música caribeña
y a la, entre otras, la bachata Zenón suena como suena. Así que, desde ya, mi mea culpa y mis respetos, desde ahora, a la música
caribeña y la bachata y a olvidarme, sino de hablar tanto sí, por lo menos, de
sentar tanta cátedra y de empezar a creer en eso que ya Sócrates nos decía hace
más de 2000 años, sólo sé que no sé nada.
Sin duda, la mejor pole de salida
para empezar a saber algo.
Y
termino y os dejo para disfrute de pequeños y mayores con el tema de El Nazareno, considerado por muchos la
clave que sostiene el mito de Rivera y en la versión que toca Miguel Zenón y en
la versión que tocaba Ismael con su Cortijo.
¡Así que a flipar… y a ser más humildes! Prometo que seré el primero en
aplicarse el cuento.
Primero, la letra deEl Nazareno, para que quede clara.
Yo estaba en un
vacilón/Yo estaba en un vacilón/Fui a ver lo que sucedía...
Cuando ya me divertía/Y
empezaba a vacilar/No sé de dónde una voz vine a escuchar.
Qué expresión tiene tu
rostro/Se refleja la alegría/Y está rodeado de tanta hipocresía/Es El Nazareno
Que te da consejos
buenos/A quién, no mires a quién/Dale la mano al caído y si acaso/
Bien malo ha sido, dale la mano también
Hazle bien a tus amigos/Y
ofréceles tu amistad/Y verás que a ti lo malo/Nunca se te acercará/En cambio
todo lo bueno/Contigo siempre estará/¡Óyelo!
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos/Me dijo, me dijo que había mucho bueno conmigo/Y mucho
malo también, me dijo
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos/Que siguiera cantando cositas lindas y bonitas para
ustedes/Que son mis queridos amigos
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos/Dale pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante como
un elefante,/Maelo no dejes que te tumben, te plante/El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos
El Nazareno me dijo/El
Nazareno me dijo/El Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos/¡Óyelo bien!
Oye bien mi amigo,
¡oye!
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos/Con Sororo, con la Merito y Cuñón/Voy pa' Portobelo a
cargar el negrón
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos/El Nazareno me dijo/El negrito lindo de Portobelo, me dijo/El
Nazareno me dijo/Que cuidará a mis amigos
¡Dile Rigo!
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos
¡Que viva el Cristo
negro de Puertobelo!
¡Oye bien mi amigo,
oye bien!
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos/En la iglesia de San Felipe de Portobelo/Está el negrito
que cargamos con celo
El Nazareno me dijo/Que
cuidará a mis amigos/El Nazareno me dijo, el negrito lindo, me dijo/El Nazareno
me dijo/Que cuidará a mis amigos/Pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante,
pa'lante como un elefante y no dejes/Que te tumben, te plante/¡Oye!
Y ahora en el original de "Maelo" y su Cortijo:
Y la fantástica versión de Miguel Zenón, que cierra su no menos fantástico disco:
Otra para Wences; sin él nada de lo
que sigue, hubiera seguido…
Hace unos años,
no demasiados tampoco, la editorial Beta III Milenio me publicó el ensayo Cállate la boca en el que trataba de
disertar sobre el silencio; el silencio versus
la palabra, ya que siempre me había llamado la atención que no en todas las
culturas la palabra tiene tanta importancia como en la nuestra, la Occidental, y
me sorprendía el profundo mutismo con el que, por ejemplo, muchas tribus
africanas pasan horas reunidos en torno, por ejemplo también, a un agradable
fuego o yendo de caza.
Y es que siempre
me ha llamado la atención cómo lo que resulta una obviedad para nosotros; o
sea, y en este caso, hablar hasta por los codos, no lo es tanto para otros
pueblos que prefieren el silencio como saludable compañía. Pero así ha ocurrido
desde que nuestro Dios creó el mundo a partir de la palabra, del recurrente en
el Antiguo Testamento “Y Dios dijo: hágase la luz, y la luz se hizo”. La
palabra no sólo como sonido articulado, sino como productora de sentido.
Esto mismo lo
retomarían los griegos clásicos años más tarde, y en la palabra encontraron su
particular y decisivo logos, la
auténtica razón de ser de las cosas. Y ya sabemos que aquellos griegos fueron mucho griego. Aunque, siglos después
todavía, nos apareciera Nietzsche que cambiaría el sesgo de los sonidos
aludiendo a aquello que aprendió de otros filósofos como Schopenhauer o
Wittgenstein, y que podríamos resumir, más o menos, en que cuando ya no nos
quede nada por decir, sólo el silencio sabrá acompañarnos. Y al hilo de estos
dimes y diretes (y valga la redundancia) escribía también en Cállate la boca sobre Hölderlin, el
poeta o Antonioni, el cineasta: dos artistas a los que las circunstancias
personales les hicieron familiarizarse con los sonidos del silencio. Y no
hablo, precisamente, de Simon & Garfunkel.
Y tampoco es que
pretenda ahora darme bombo ni platillo. Lo hecho y escrito, hecho y escrito
está, y ahí seguís teniendo mi ensayo para aquél que quiera comerse el tarro a
gusto, para aquél que quiera aprender algo sobre lo que no había caído y, en
definitiva, para aquél que aprecie el silencio como algo más valioso de lo que
cualquier voz pueda decir.
Y continuaría sin
dejar de sorprenderme. Porque siempre que tratamos, y nos creemos, muy
originales por haber puesto el dedo en una llaga que pensamos que nadie ha
tocado nunca, salta la liebre y nos percatamos que ni somos tan originales, ni
somos para-tanto. Porque, y circunscribiéndonos al silencio, ¿qué os parece la
pieza 4´33´´ que John Cage compuso en
1952, y que aquí abajo os dejo en una interpretación de la Filarmónica de
Berlín a las órdenes de su nuevo titular, Kiril Petrenko?
Sí, el compositor americano se me adelantó por cuatro minutos y treinta
y tres segundos. Y, ¿qué opináis de la silenciosa meditación a secas, o de la
meditación trascendental, practicada desde hace tiempo por muchísimas personas
inquietas por experimentar, entre las que encontramos al mismísimo David Lynch
o los “mudos” métodos que Braco The Gazer intenta usar para sanar los males que
afectan a aquellos que creen en él y asisten a una de sus terapias? Porque el
arte de Braco consiste, simplemente, en salir a un escenario y mirar (to gaze) en absoluto silencio al público
presente. Y se cuenta que sus resultados son asombrosos (aunque a mí, de
momento, y por mucho Cállate la boca,
que me registren).
Pero hay que reconocer que la influencia de Braco ha
sido suficiente como para que una de las organizaciones adscritas a la ONU le
haya entregado recientemente un premio de la paz en una ceremonia
multitudinaria celebrada en Nueva York. Incluso la buenorra de Naomi Campbell piensa de él que es la reencarnación de Dios en la Tierra. Y miles de usuarios se conectan en streaming a su web para recibir unas
cuantas de sus píldoras silenciosas y de su milagrosa mirada. Porque Braco,
mientras tanto, va a lo suyo: mirar y callar. Y las reacciones de la gente que
asiste a su “consulta”, espectaculares. Muchos, con fotografías de parientes
aquejados de extrañas enfermedades y Braco, manos a la obra… mirando y chitón.
Así ha conseguido, por ejemplo, que espinas dorsales con forma de muelle se enderecen
como postes de la luz y que haya personas que han encontrado en él, y en su mirada
silenciosa, el sentido de sus vidas o eliminan vicios que creían
“ineliminables” o restauran lazos con padres, madres, abuelos y ¡mascotas! que
creían perdidos para siempre.
Pero más allá de la superchería o de la credibilidad
que pudiera despertarnos Braco “The Gazer”, lo que a mí más me ha tocado la
fibra y lo que, en cierta manera, conecta directamente con mi ensayo, es el
hecho de que en una sociedad dominada por el ruido, la prisa y la palabrería,
el silencio y el mirar a los ojos de otro ser humano sin abrir la boca son algo
tan raro como el platino, tal y como escribía en su crónica uno de los
periodistas que ha sacado a la luz el caso Braco.
Porque la sociedad de la palabra y del logos, la nuestra, ha pasado, sin duda,
a ser la sociedad del mogollón, del ruido y es, irónicamente por esta misma
razón, el lugar perfecto para que un hombre que te obliga a estar, simplemente,
10 minutos callado y observándole a los ojos, se convierta en una suerte de
fenómenos paranormal, y él mismo en un bicho raro al que muchos parlanchines
encerrarían en una jaula y tirarían después la llaves a cualquier río cercano…
pero lo suficientemente profundo.
Me acuerdo estos días, y lo hago muy a menudo (cosa
rara porque las repeticiones me aburren, pero qué sé yo…), de un pasaje
contenido en la novela Effie Briest,
de Theodor Fontane que, posteriormente, inspiró a Rainer Werner Fassbinder para
la realización en 1974 de una de sus mejores películas (¡fue una de las 3 que
dirigió ese año!), con el mismo título que la novela más el añadido del
apellido del escritor alemán, o sea, Fontane
Effie Briest.
Y en ese pasaje, a menudo rememorado por mí durante estos días (luego se verá porqué),
dos amigo conversan y uno de ellos, con cierta trascendencia en sus palabras,
le pregunta al otro qué es la vida para él, a lo que el amigo responde que la
vida viene a ser como una gran cena donde se reúnen decenas, cientos de
comensales. Y de repente uno de ellos se levanta y se dirige a los servicios.
Cuando al de unos minutos vuelve a salir pregunta, azorado, a uno de los
presentes, ¿qué ha ocurrido mientras he estado fuera?, ¿de qué se ha hablado? A
lo que el interpelado contesta, ¿ocurrir?, ¿hablar? Sí, han ocurrido y hemos
hablado de muchas cosas, pero de nada importante. Así que no te preocupes. Por
lo que el primero, ya más tranquilo, vuelve a tomar asiento en la concurrida
mesa.
Y es que yo así me imagino esta Vida, como la
concurrida mesa de Effie Briest,
donde se habla de MUCHAS COSAS pero, en el fondo, de NADA IMPORTANTE. Y más aún
en esos tiempos “pandémicos” (y perdón por el barbarismo), en estos tiempos que
corren-que-se-las-pelan. Porque pienso que se trata de la última jugada maestra
que nos trata de colar este jodido sistema con el que nos empeñamos en
con-vivir.
Porque cosas graves sí que están sucediendo y
bastante más de lo que muchos piensan, pero para que esta gravedad no nos ponga
en pie de guerra, ¿qué sería lo último que a nuestros mandamases se les ha
pasado por sus siempre-inquietas molleras? Pues lo que decía el convidado a la
cena de Effie Briest, que ocurran muchas cosas. O, ¿no nos cansan hasta la
más profunda extenuación la ingente cantidad de noticias, de cosas, con las que
a diario nos bombardean los mass-media,
televisiones, prensas, radios, redes sociales, twitters; que si Donald Trump, que si el rey emérito, que si la
vacuna contra el Covid, que si el Brexit, que si en Marte se ha encontrado
hielo, que si el toque de queda, … que si qué sé yo.
Porque lo verdaderamente importante es hablar, como
decía antes, de MUCHAS COSAS. Esto es lo decisivo y fundamental para que entre
esa ingente multitud las individualidades pierdan importancia, se disuelvan
pasado un rato como un efferalgam en
un vaso de agua. ¿O no nos olvidamos, pasados apenas unos diítas, de aquello
que en su momento nos pareció lo más terrible y vergonzoso?
Claro, si a lo terrible y vergonzoso lo enterramos,
día tras días, bajo más y más morralla terrible y vergonzosa, de lo primero,
¿quién coño se acuerda?, ¿quién continúa dándole importancia que debería
habérsele dado? Sí el comensal de la magnífica novela y película de Effie Briest o de Fontane Effie Briest tenía toda la razón: MUCHAS COSAS, PERO
NINGUNA IMPORTANTE. Por ser precisamente muchas.
Así que en estas tareas
andan nuestros informadores envueltos durante estos días. Resulta de vital
importancia que todos los días, cada minuto y segundo cuentan, saquen a la luz
todos las cosas que puedan ser iluminadas, se trate de lo que se trate,
graciosas, tristes, chorradas, sesudas controversias, curiosidades, alarmas que
quizás consigan apagarse… o no. Lo que sea, pero que todas juntas formen
MUCHAS, MUCHÍSIMAS COSAS para que, de esta forma, nada resulte particularmente
importante y podamos vivir como parece que nos gusta (cierto es que también
parece ser la única manera que hemos ideado para soportar esta Vida), viviendo
en y con la más pura insustancialidad e intrascendencia porque, en el fondo,
quizás Woody Allen tuviera razón cuando un periodista le cuestionaba sobre la
comedia y el contestaba, ¿comedia?, sí tragedia + tiempo. Claro, tiempo para que haya más y más cosas y que nada importe demasiado, demasiado.
No es lo mismo aunque los cronistas no quieran darle
mucho bombo ni sacar de ello demasiada sangre. Porque hablar, tampoco se habla
mucho de esas gradas vacías, de esos campos a la intemperie, de esos partidos
donde se escucha a los jugadores proferir esas llamadas o gritos que no pueden
contener. Porque aunque los prebostes de nuestras existenciasse empeñen en lo contrario, esta nueva
normalidad de marras en la que andamos enredados, como mucho es “nueva”, pero
jamás será “normalidad”.
¿O es que, ahora, el público no vale para nada? ¿O
es que, ahora, el público sí que es realmente,
si hablamos del fútbol, el jugador nº 12, o sea, ése que provocaría la
eliminación ipso facto de su equipo
(del alma) por alineación indebida? Vaya y yo, por lo menos, que me creo parte de él, me cierro en banda y me
niego a creer que no valgo para nada. Porque si soy parte del público, ya soy
algo y dejo, automáticamente, de ser nada. Acaso, incluso, pueda ser una parte
de lo que diseña y escribe esta entradilla.
Por lo tanto, y en estos momentos, si algo debiera
apuntarse a la categoría de “nada-de-nada” será esta (nueva) normalidad. Porque
las competiciones deportivas se están jugando sin público a la vista. Y
continúan jugándose como si no pasara nada, y que me valga la redundancia. Se
corrió el Tour, el Giro y la Vuelta. Se ha jugado el Master de tenis, y se
están jugando, entre otras, las diferentes ligas nacionales de fútbol y sus
correspondientes Champions o Euroleaques, o como quiera que se llamen a las
ligas europeas. Sí, claro, se insiste en continuar adelante como si nada pasara
cuando, en realidad, está pasando de todo.
Porque si hemos quedado en que algo somos y las
competiciones deportivas se disputan sin nosotros, en algo estará influyendo
nuestra ausencia, ¿no?, la ausencia del tan ensalzado en otras ocasiones, y por
continuar con el fútbol, jugador nº12. Y me acuerdo, entonces, del maestro Zen,
del hijo de Buda, del insobornable y en ocasiones, flemático y toca-pelotas de
Phil Jackson, el gurú que ayudó a ganar seis Anillos de campeones de la NBA a
los Bulls de Michael Jordan. Y es que el místico de Phil, cuando la NBA cerró
por aquella huelga en la que los jugadores se plantaron durante la temporada 1998/99,
y se vio obligada a reestructurar su calendario (no se empezó el 3 de noviembre
sino el 2 de febrero), y reducir el número de partidos a disputar por cada
equipo durante su Liga Regular de 82 a 50 y de la que, finalmente, acabarían
coronándose campeones los Spurs de
San Antonio con un exultante Gregg Popovich al frente de su banquillo, no tuvo
reparos en bajarle los humos y declarar, digo, el bueno de Phil, aquello de
campeones sí, Gregg, pero campeones con
asterisco.
Y es lo que yo pienso
que va a pasar cuando esto de los estadios vacios, y del Covid, pase de largo.
Porque todos los campeones, durante estos terribles meses de pandemia, habrán
sido campeones con asterisco;
campeones cuando en los graderíos no se escuchaba ni el sonido de una
respiración, cuando el silbato del árbitro parecía la estruendosa sirena de una
fábrica avisando a sus currelas del final del tiempo del bocata. Porque con
público todo hubiera sido diferente. El público hubiera aplaudido, hubiera
gritado, hubiera cantado cuando la ocasión lo hubiera merecido y los jugadores
se hubieran sentido distintos, alegres y recargados con esa energía milagrosa y
misteriosa que les hubiera llegado… ¡del cielo!. Y el público hubiera
abucheado, hubiera silbado, hubiera, incluso, insultado cuando la ocasión,
igualmente, lo hubiera merecido y los jugadores, entonces, se hubieran sentido
cohibidos, avergonzados o, quizás, enrabietados y espoleados por la
adversidad,… ¿quién podría saberlo? Pero ya lo dije antes, con público todo
hubiera sido diferente. Así que nadie nos engañe y, menos aún, nos regañe:
durante la pandemia, y con los campos a pelo, las competiciones y la vida deberán
llevar siempre adosadas a sus siglas un enorme asterisco.
¿O no es la vida la
mayor y mejor de las competiciones? Una tarjeta roja te inhabilita para seguir
jugando. Varias tarjetas rojas te condenan al ostracismo durante una
temporadita. O sea, a la cárcel. Y una tarjeta amarilla, un aviso para
navegantes que, seguramente, el infractor solucione abonando una pequeña multa.
Por eso, el asterisco de Phil Jackson puede hacerse extensivo a todo, no sólo a
la NBA. Sería el asterisco, entonces, la señal de que algo no ha ido como debería
haber ido; o sea, la normalidad se ha extraviado en un bosque negro, muy negro;
o sea a la normalidad le ha caído encima un asterisco; o sea, la normalidad*.