miércoles, 29 de mayo de 2019

NACIONALISMO ESCRITO SOBRE EL VIENTO

El cine clásico, y Escrito sobre el viento, el melodrama que Douglas Sirk dirigió en 1956 lo es por los cuatro costados, tiene estas cosas: que puedes verlo mil veces y durante cada una de esas mil veces encontrarás en él algo en lo que antes no habías reparado y que además es siempre algo que merece la pena. Y en esta ocasión, y ante la marabunta de elecciones que ha habido en España, la clásica Escrito sobre el viento me ha susurrado algo en el oído, algo que voy a tratar de trasladar a estas líneas.

Porque, durante este quinto (creo) visionado de la película de Douglas Sirk, sus fotogramas me han advertido que este excelente melodrama también nos habla sobre el… ¡nacionalismo! en su más peligrosa deriva, que no deja de ser uno de los caballos de batalla que debemos montar en esta Piel de Toro que nos re-coge. Y trato de explicarme lo antes posible, a riesgo que de no hacerlo pueda ser tachado de incurable lunático.

Y me defiendo como gato panza arriba. E insisto en mis “trece”. Porque, ¿no transcurre Escrito sobre el viento, casi en su integridad, en una localidad que rinde sumisa pleitesía a la “H” de Hadley, el patriarca, el ancestro intocable, cuya inicial está grabada en cada rincón de la ciudad, y que no habría sido sino el omnisciente y todopoderoso mandamás que, desde la nada, levantó la floreciente ciudad a partir de los yacimientos petrolíferos que en ella halló, y que tan pingues beneficios le ha reportado y le continuará reportando, me imagino, sine die, y a la que los personajes principales, Kyle Hadley (Robert Stark), hijo de Hadley, Mitch Wayne (Rock Hudson), su amigo y empleado (¡cómo no!) de la Hadley Oil Co., y la hermana de aquél, la atractiva y sensual Marylee Hadley (Dorothy Malone) aparecen atados de pies y manos, y de cabeza añadiría, como si todo su mundo se redujera a las lindes que marca la recurrente “H”?

Y no estaría divagando demasiado, ¿o si?, si equiparara, en toda su significación, esta inevitable “H” a la ikurriña vasca o a la estelada catalana, por ejemplo, que también, como esa “H” de Hadley en la localidad donde trascurre Escrito sobre el viento, puntúan todopoderosas cada balcón o ventana o rincón de nuestras queridas Euskadi o Catalunya.

Por esto decía que el melodrama de Sirk también me parece que habla del nacionalismo. Sus personajes conocen otras ciudades, pero “H” es la mejor. Sin duda. En “H” han nacido, en ella se han criado y en ella continúan viviendo ya de adultos. Claro que, por sus trabajos y sus altas posibilidades económicas, a menudo han viajado a otros lugares, pero siempre regresan a la “H”, como si la letra, o la ciudad que ésta representa, no les dejara olvidarla, escapar de ella definitivamente y les obligara, por el contrario, a volver a ella (aunque sea mental o sentimentalmente) como tirados por un irrompible hilo invisible que llevaran atado a la cintura, como si la “H” no les dejara fijar los ojos en otros horizontes, o en otras tierras, más allá de sus contornos que siempre serán reducidos al no haber ninguno más importante que ellos.

Y por esto, porque me interesaba esta nueva lectura que me ofrecía el clásico, tiré por ella. Y así descubrí que el personaje que pone en marcha la película no es otro que la atractiva Lucy Moore (Lauren Bacall) que viene, ¿casualmente?, de fuera de la “H”, y de la que se enamorarán los dos inseparables amigos, Kyle y Mitch, con lo que trama ya estaría montada. Añadamos, por si algo faltara, que Marylee, la hermana de Kyle, siempre ha querido, desde que era una niña, a Mitch y ha soñado (¡cuántas veces lo habrá soñado!) con ser su amantísima esposa, Marylee Wayne; sí, libre, por fin, del estigma de la “H”.
 
Pero el drama, y por eso Escrito sobre el viento es un melo-drama, a menudo representa un destino del que los humanos no podemos escapar tan fácilmente. Cierto es que, podríamos pensar, basta con desearlo, pero no menos cierto es, y en esto todos estaríamos de acuerdo, que los deseos no siempre se cumplen, y que escapar de la “H”, desanudarse de ese hilo invisible que nos rodea la cintura, no siempre es cuestión de “echar por patas” o de comprarse unas tijeras en cualquier mercería y “cortar” por lo sano. O que se lo pregunten sino a tantos vascos y vascas, o a tantos catalanes y catalanas, o... a Kyle y Marylee.

Porque sí, durante la partida o los minutos (apenas 95) que dura Escrito sobre el viento, Lucy se quedará con Mitch y ambos conseguirán escapar de todo lo que la “H” representa, pero con increíble sufrimiento. A Lucy la huída le cuesta un aborto y casi la vida, y a Mitch, un juicio que le hubiera condenado a muerte si no hubiera sido por la intervención in extremis de Marylee. Mientras, Kyle, por el contrario, se quedará para siempre en su tierra, en “H”, pero muerto de un disparo. Y la propia Marylee se confinará, igualmente, en la letra heredando la fortuna y los ricos yacimientos de su progenitor ya fallecido, amén de sus sacrosantos recuerdos, y una asexuada figura (sí, ella, Marylee).

Pero, ¿no tendríamos que pensar, y con fundadas razones, que escapar de una ciudad, o de una determinada región, debería ser tan fácil como abrir y traspasar una puerta moliente y corriente? ¿Acaso a los humanos no nos han puesto pies después de las piernas en lugar de raíces como a los árboles que nunca-se-mueven-de-su-sitio?

Así que nadie, ningún espectador, ¡ningún nacionalista de pro!, eche las campanas al vuelo, ni esboce una sonrisa porque el nacionalismo puro y duro, y Escrito sobre el viento con él, no de motivos, precisamente, para el cachondeo. Y la imagen final de la película con la vital, sensual y atractiva Marylee, solitaria, embutida en un frío traje, sentada en el escritorio y bajo el gran retrato del que fuera su padre, ¡la gran “H”!, acariciando (¡tanto amor desperdiciado!), cual si se tratara del más irónico icono sexual, la maqueta de una torre petrolífera, ¡la gran "H"! (ahora, metafóricamente hablando), no puede dejar lugar a la más mínima duda. A mí, por lo menos esta quinta vez (creo) que he visionado la película de Douglas Sirk, no me la ha dejado. Observo a Marylee, y cambio la mansión de los Hadley por cualquier caserío o masía de nuestros contornos más cercanos, y obtengo una ecuación que me pone los pelos de punta: cuando la tierra además de darnos tomates, caracoles (o petróleo) se convierte en un espacio pegajoso del que no se puede salir (emocionalmente, sí) y en el que los pies se nos van hundiendo poco a poco, transformándose en raíces … , cuando el hombre y el árbol se parecen más que nunca, cuando la tierra va adquiriendo las formas y la impermeabilidad de un peligroso pantano que no nos deja (a los hombres, claro) mirar nunca más allá... de la (misma)orilla de todos los días.






NB,- Refutando, y no me duelen prendas en reconocerlo, aquella (frívola) interpretación que apunté en alguna de las entradas en este mismo blog, sobre que las livianas y mayoritarias mangas cortas que vestían los catalanes durante sus primeras reivindicaciones independentistas, contrapuestas a los rudos abrigos que usan, por ejemplo y dado el-frío-que-pela por esas latitudes, los exaltados habitantes de las repúblicas ex-soviéticas, no iban sino a terminar, como las propias reivindicaciones, en agua de borrajas o en el simple cesto de la ropa sucia y sudada. Quizás no reparé en su momento, y dado el tiempo y el cariz que las cosas han adquirido desde entonces la sospecha no se me antoja sino una cruda realidad (textil), en que la misma liviandad de la  manga corta permite que los movimientos corporales (o nacionalistas) puedan ser tremendamente ágiles, escurridizos e… incansables.   
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miércoles, 1 de mayo de 2019

28A, LA PARTICIPACIÓN, LOS PARAGUAS Y EL CONCIERTO

 
Ahora que ya hemos pasado, en este país de marras, por la primera cita electoral del año- luego, como en cascada, se nos vendrán otras dos o tres encima- no puedo de dejar de congratularme por la alta participación que estos comicios han tenido. Más del 70%. Lo que no es una cifra despreciable y que, según lo que me apetece pensar, nos va acercando poco a poco a esos niveles de conciencia cívica y ciudadana tan necesarios para poder presumir de eso: de cívicos y ciudadanos. Y quiero creer que estamos en el buen camino. Lo que no quita, ¡no seamos tan ingenuos, por favor!, para que evitemos echar demasiadas alharacas y campanadas al vuelo, porque esta marcha (tan campante) hacia delante tendrá sus ingratos parones e, incluso, sus retruécanos, regresos y vueltas hacia atrás pero, como dicen ahora algunos eruditos, la serie histórica y yo no lo dudo, por lo menos, será positiva y seguirá tirando tiesa.
 

Pero si alguien quisiera contradecirme, para lo cual estaría en todo su derecho, ¡faltaría más!, yo le contaría entonces lo que el otro día me vi cuando fui a una Sala de Conciertos a disfrutar de una velada jazzística. Aunque ahora ni el género musical ni el grupo en cuestión me importen demasiado. Porque a lo que quisiera ir a parar es a lo que habría escrito antes, a la educación y al civismo, a nuestra educación y a nuestro civismo sobre los que aseguraba que vamos mejorando, lo que está muy bien.

Y si no, leed un poco más. Iba yo a la mencionada Sala, y entré en ella con tiempo, como siempre me gusta hacer. Además hacía una tarde de perros y llovía, como suele decirse, como si no hubiera llovido nunca en esta vida, Así que, qué mejor sitio para ponerse a cubierto que una moderna Sala de Conciertos. Se pudo ver a Noé regateando y comprando un paraguas a uno de esos negritos tan amables, tan  dispuestos y  tan oportunos siempre cuando los nubarrones hacen acto de presencia sobre nuestras cabezas. Pero esto es broma. A Noé no le vi por ningún lado.

Pero bueno y a lo que voy. Estaba yo ya dentro de la Sala. E iba viendo pasar a los futuros espectadores, uno detrás de otro (la Sala se llenó), con los paraguas empapados. Y entonces cual no sería mi sorpresa (porque debo decir que no entiendo nada de paraguas ya que, por una cuestión de principios- sobre la que no viene ahora a cuento que me explaye- yo nunca uso paraguas y, en su lugar, siempre me cobijo bajo un más elegante, pero más insuficiente también, sombrero), sí, cuál no fue mi sorpresa, cuando vi que todos, sí, todos sin excepción, y ojo, ¡y sin que ningún empleado de la Sala se acercara a ellos y les dijera nada!, cerraban sus paraguas empapados y los metían en las  maquinas embolsadoras, instaladas justamente a la entrada de la Sala.

Así da gusto, pensé. Así, los paraguas empapados y goteantes no mojan el suelo, ni lo encharcan con mojitos de agua, y así se evita el peligro de que alguien se resbale, se meta un trompazo contra el suelo y, a mal andar, y nunca mejor dicho, se disloque o se rompa algún hueso y haya que avisar y llamar al 112, y esperar, entre los nunca agradables aullidos y gestos de dolor del damnificado o damnificada, a que la ambulancia llegue, a que los sanitarios se apeen del vehículo y entren en la Sala y pregunten por la persona herida, que se dirijan a donde la víctima se encuentre y le practiquen los primeros auxilios, que mitiguen su dolor, que le inmovilicen aquellas partes de su cuerpo que presenten más claramente síntomas o una posibilidad de esguince o de algo peor, y esperar a que los camilleros entren en la Sala con la camilla, que acomoden al herido, ya más calmado, a la horizontal de la cama, bien sujeto, y a que, por fin, puedan entonces enfilar la puerta por donde han entrado, pero en sentido inverso, y que suban y encajen la camilla y, al herido con ella, en la trasera de la ambulancia y puedan, ¡¡¡ya!!!!, salir raudos y veloces hasta el Hospital de turno más cercano. Bajo, eso sí, el persistente y torrencial aguacero…

Pero todo esto, aquel día en que fui a la susodicha Sala a presenciar una sesión de jazz de un grupo de cuyo nombre no me acuerdo en estos momentos, no ocurrió. Por nuestra educación y civismo in crescendo, podría alegar. Y dentro de la Sala, yo y los futuros espectadores continuamos esperando el inicio del concierto que, afortunadamente y gracias a las embolsadoras de paraguas y a nuestra EDUCACIÓN y al CIVISMO in crescendo comenzó puntualmente, evitando todos estos contratiempos o resbalones (en este caso que me pre-ocupa) que se hubieran podido producir SIN EDUCACIÓN NI CIVISMO, con el más que posible retraso o cancelación del espectáculo dependiendo, seguramente, del daño sufrido por aquél o aquella que hubiera resbalado. Un engorro, vamos, una putada: devolución del importe de las entradas, decepción por no ver el concierto que durante tanto tiempo habíamos querido presenciar, aparte del daño y las consecuencias que hubiera podido sufrir el damnificado.

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Pero amigos yo, a riesgo de que me tachéis de ingenuote voy, de esta forma, confiando in crescendo en todos nosotros. El excepcional uso sin excepción de las embolsadoras de paraguas aquel día de concierto, la participación por encima del 70% en las elecciones del 28-A, me confirman que puedo hacerlo, lo que me llena, de paso, de energía y esperanza. La educación y el civismo abriéndose paso entre nuestras costumbres porque, vale, de acuerdo, aunque todavía sea de una manera no del todo consciente, y raquítica si se quiere, intuimos que tanto la una como el otro, la educación como el civismo van de la mano y son buenos para todos. Y si la persona que se hubiera partido un codo, por ejemplo, al resbalarse en la Sala de Conciertos por patinar sobre un charquito de agua formado por el puñetero goteo de un paraguas mojado no se partió, en esta ocasión, el codo fue porque no se resbaló, porque no había charquito de agua ni nada que se le pareciera, porque todo el mundo había metido- cívica y educadamente- su paraguas empapado en la consiguiente embolsadora. Y así, TODOS pudimos disfrutar del concierto. Porque si la educación y el civismo nos señala con en el dedo a CADA UNO, sus beneficios nos los repartimos entre TODOS. Y entender eso es, y lo creo de verdad, parte del progreso, uno de sus presupuestos más básicos: conseguir que la vida de los demás mejore, a partir de que mejoramos la nuestra propia.
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viernes, 26 de abril de 2019

Y STEVENSON & SCHUBERT, THE LAST BUT NOT THE LEAST


Y termino con Stevenson. De momento, porque estas cosas tienen los imprescindibles: que son inagotables. Y leyendo al escritor escocés me ha venido a la cabeza Franz Schubert. Incluso el mismo Stevenson lo habría reconocido en la nota que sucede al título de su poema El vagabundo: para una melodía de Schubert, que no puede ser otra, en mi modestísima opinión, que el conmovedor organillero, el lieder con el que el músico germano cierra su increíble Viaje de invierno, y que ya incluí en este mismo blog alguna vez (no me acuerdo cuándo), ahora con Daniel Barenboim al piano y el extraordinario barítono Thomas Quasthoff, y en el que se retrata a un organillero al que el mundo no presta ninguna atención, menos aún que al pobre vagabundo stevensoniano. Así que almas gemelas, el vagabundo y el organillero. Así que más parecidos razonables. Así que aquí os los dejo, juntos, nunca revueltos, uno detrás del otro…

El vagabundo
(Para una melodía de Schubert)
Dadme la vida que amo,
Dejadme junto al río,
Dadme el alegre cielo sobre mi cabeza
Y un sendero amigo (cerca de mí).
Cama en el matorral cara a las estrellas,
Pan para mojar en el río:
Ésa es la vida que un hombre como yo ama,
Esa vida y para siempre.
 
Que lo que ha de suceder ahora o mañana
Suceda.
Dadme la paz de la tierra alrededor
Y un camino ante mí.
No busco riqueza, esperanza, ni amor,
Ni tan siquiera un amigo.
Todo lo que busco es el cielo sobre mi cabeza
Y un camino para mis pies.
Dejad que el otoño caiga sobre mí
Mientras vagabundeo por los campos,
Callarán los pájaros
Y yo mordisquearé mis dedos azules de frío.
La escarcha brilla sobre los campos.
El hogar estará caliente.
¡Pero no he de rendirme ante el otoño
Ni siquiera ante el invierno!
 
Que lo que ha de suceder ahora o mañana
Suceda.
Dame la paz de la tierra alrededor
Y un camino ante mí.
No busco riqueza, esperanza, ni amor,
Ni siquiera un amigo.
Todo lo que busco es el cielo sobre mi cabeza
Y un camino para mis pies.

 
 
El Organillero

En las afueras del pueblo
 
hay un organillero.
Y con dedos entumecidos
le da a la cuerda penosamente.
Se tambalea desnudo
sobre el hielo
Y su platillo siempre
esta vacío.
 
Nadie quiere oírle, nadie le mira.
Y los perros gruñen alrededor
del pobre viejo.
Y el lo ignora todo,
no se inmuta.
Da cuerda a su organillo,
nunca para.
 
Viejo extraño,
¿Voy contigo?
¿Harás girar tu organillo
para mis canciones?
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domingo, 10 de marzo de 2019

Y STEVENSON & HANS CHRISTIAN ANDERSEN


Y no me he vuelto loco pero ya que estoy con Stevenson, un poco más de Stevenson. Ahora, su poema Los horizontes de mi colcha (en la traducción de Txaro Santoro y José María Álvarez para poesía Hiperión) con el añadido de Hans Christian Andersen, con su breve pero imborrable relato El soldadito de plomo, ya que el uno siempre me ha recordado al otro, y el otro al uno; además de ser para mí uno de mis cuentos preferidos- quizás,  junto a El abrigo, de Gogol y El oso, de Faulkner.

Y como la casa y esa cama en la que tanto tiempo pasó ese niño enfermo que fue el gran escritor escocés (enfermo y soñador, como dos sinónimos inseparables, soñador de piratas, batallas, grandes travesías, goletas e islas del tesoro…), y en la que basa su bonito poema, seguramente no puedan tener mejor y más leal centinela que el soldadito de Andersen, entonces la conjunción de ambos textos resulta perfecta, y eso sin dejar de representar el enésimo ejemplo de cómo lo mejor (la imaginación y la fantasía, por ejemplo) sólo puede extraerse en muchas ocasiones de lo malo (la enfermedad, por ejemplo), de las contrariedades, de las insuficiencias, de los resbalones y las caídas. No en vano estas, si queremos levantarnos, son siempre necesarias, ¿o no?

Así que Stevenson:

Los horizontes de mi colcha,-

Cuando enfermo en mi cama yacía

Disfrutaba con dos almohadas para mi cabeza

Y mis juguetes estaban junto a mí

Manteniéndome alegre todo el día.

Algunas veces durante largo tiempo

Contemplaba a mis soldaditos de plomo marchar

Con sus uniformes de mil colores, avanzando

Sobre las colinas de las sábanas.

Y algunas veces enviaba mis barcos

Arriba y abajo sobre las mantas;

O imaginaba árboles y casa

Que por doquier se levantaban.

Yo era el gigante grande e inmóvil

Sentado sobre la montaña de mi almohada,

Y ante mí se extendían, hondonadas y valles,

Los horizontes del mundo de mi colcha.
 

Y ahora, Andersen:


El soldadito de plomo,-

Éranse una vez veinticinco soldados de plomo, todos hermanos, pues los habían fundido de una misma cuchara vieja. Llevaban el fusil al hombro y miraban de frente; el uniforme era precioso, rojo y azul. La primera palabra que escucharon en cuanto se levantó la tapa de la caja que los contenía fue: «¡Soldados de plomo!». La pronunció un chiquillo, dando una gran palmada. Eran el regalo de su cumpleaños, y los alineó sobre la mesa. Todos eran exactamente iguales, excepto uno, que se distinguía un poquito de los demás: le faltaba una pierna, pues había sido fundido el último, y el plomo no bastaba. Pero con una pierna, se sostenía tan firme como los otros con dos, y de él precisamente vamos a hablar aquí.

En la mesa donde los colocaron había otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un bonito castillo de papel, por cuyas ventanas se veían las salas interiores. Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual flotaban y se reflejaban unos cisnes de cera. Todo era en extremo primoroso, pero lo más lindo era una muchachita que estaba en la puerta del castillo. De papel también ella, llevaba un hermoso vestido y una estrecha banda azul en los hombros, a modo de fajín, con una reluciente estrella de oropel en el centro, tan grande como su cara. La chiquilla tenía los brazos extendidos, pues era una bailarina, y una pierna levantada, tanto, qué el soldado de plomo, no alcanzando a descubrirla, acabó por creer que sólo tenía una, como él.

«He aquí la mujer que necesito -pensó-. Pero está muy alta para mí: vive en un palacio, y yo por toda vivienda sólo tengo una caja, y además somos veinticinco los que vivimos en ella; no es lugar para una princesa. Sin embargo, intentaré establecer relaciones».

Y se situó detrás de una tabaquera que había sobre la mesa, desde la cual pudo contemplar a sus anchas a la distinguida damita, que continuaba sosteniéndose sobre un pie sin caerse.

Al anochecer, los soldados de plomo fueron guardados en su caja, y los habitantes de la casa se retiraron a dormir. Éste era el momento que los juguetes aprovechaban para jugar por su cuenta, a "visitas," a "guerra," a "baile"; los soldados de plomo alborotaban en su caja, pues querían participar en las diversiones; mas no podían levantar la tapa. El cascanueces todo era dar volteretas, y el pizarrín venga divertirse en la pizarra. Con el ruido se despertó el canario, el cual intervino también en el jolgorio, recitando versos. Los únicos que no se movieron de su sitio fueron el soldado de plomo y la bailarina; ésta seguía sosteniéndose sobre la punta del pie, y él sobre su única pierna; pero sin desviar ni por un momento los ojos de ella.

El reloj dio las doce y, ¡pum!, saltó la tapa de la tabaquera; pero lo que había dentro no era rapé, sino un duendecillo negro. Era un juguete sorpresa.

- Soldado de plomo -dijo el duende-, ¡no mires así!

Pero el soldado se hizo el sordo.

- ¡Espera a que llegue la mañana, ya verás! -añadió el duende.

Cuando los niños se levantaron, pusieron el soldado en la ventana, y, sea por obra del duende o del viento, abrióse ésta de repente, y el soldadito se precipitó de cabeza, cayendo desde una altura de tres pisos. Fue una caída terrible. Quedó clavado de cabeza entre los adoquines, con la pierna estirada y la bayoneta hacia abajo.

La criada y el chiquillo bajaron corriendo a buscarlo; mas, a pesar de que casi lo pisaron, no pudieron encontrarlo. Si el soldado hubiese gritado: «¡Estoy aquí!», indudablemente habrían dado con él, pero le pareció indecoroso gritar, yendo de uniforme.

He aquí que comenzó a llover; las gotas caían cada vez más espesas, hasta convertirse en un verdadero aguacero. Cuando aclaró, pasaron por allí dos mozalbetes callejeros.

- ¡Mira! -exclamó uno-. ¡Un soldado de plomo! ¡Vamos a hacerle navegar! Con un papel de periódico hicieron un barquito, y, embarcando en él. al soldado, lo pusieron en el arroyo; el barquichuelo fue arrastrado por la corriente, y los chiquillos seguían detrás de él dando palmadas de contento. ¡Dios nos proteja! ¡y qué olas, y qué corriente! No podía ser de otro modo, con el diluvio que había caído. El bote de papel no cesaba de tropezar y tambalearse, girando a veces tan bruscamente, que el soldado por poco se marea; sin embargo, continuaba impertérrito, sin pestañear, mirando siempre de frente y siempre arma al hombro.

De pronto, el bote entró bajo un puente del arroyo; aquello estaba oscuro como en su caja.

- «¿Dónde iré a parar? -pensaba-. De todo esto tiene la culpa el duende. ¡Ay, si al menos aquella muchachita estuviese conmigo en el bote! ¡Poco me importaría esta oscuridad!».

De repente salió una gran rata de agua que vivía debajo el puente.

- ¡Alto! -gritó-. ¡A ver, tu pasaporte!

Pero el soldado de plomo no respondió; únicamente oprimió con más fuerza el fusil.

La barquilla siguió su camino, y la rata tras ella. ¡Uf! ¡Cómo rechinaba los dientes y gritaba a las virutas y las pajas:

- ¡Detenedlo, detenedlo! ¡No ha pagado peaje! ¡No ha mostrado el pasaporte!

La corriente se volvía cada vez más impetuosa. El soldado veía ya la luz del sol al extremo del túnel. Pero entonces percibió un estruendo capaz de infundir terror al más valiente. Imaginad que, en el punto donde terminaba el puente, el arroyo se precipitaba en un gran canal. Para él, aquello resultaba tan peligroso como lo sería para nosotros el caer por una alta catarata.

Estaba ya tan cerca de ella, que era imposible evitarla. El barquito salió disparado, pero nuestro pobre soldadito seguía tan firme como le era posible. ¡Nadie podía decir que había pestañeado siquiera! La barquita describió dos o tres vueltas sobre sí misma con un ruido sordo, inundándose hasta el borde; iba a zozobrar. Al soldado le llegaba el agua al cuello. La barca se hundía por momentos, y el papel se deshacía; el agua cubría ya la cabeza del soldado, que, en aquel momento supremo, acordóse de la linda bailarina, cuyo rostro nunca volvería a contemplar. Parecióle que le decían al oído:

«¡Adiós, adiós, guerrero! ¡Tienes que sufrir la muerte!».

Desgarróse entonces el papel, y el soldado se fue al fondo, pero en el mismo momento se lo tragó un gran pez.

¡Allí sí se estaba oscuro! Peor aún que bajo el puente del arroyo; y, además, ¡tan estrecho! Pero el soldado seguía firme, tendido cuán largo era, sin soltar el fusil.

El pez continuó sus evoluciones y horribles movimientos, hasta que, por fin, se quedó quieto, y en su interior penetró un rayo de luz. Hizose una gran claridad, y alguien exclamó: -¡El soldado de plomo!- El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido; y, ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo abría con un gran cuchillo. Cogiendo por el cuerpo con dos dedos el soldadito, lo llevó a la sala, pues todos querían ver aquel personaje extraño salido del estómago del pez; pero el soldado de plomo no se sentía nada orgulloso. Pusiéronlo de pie sobre la mesa y - ¡qué cosas más raras ocurren a veces en el mundo! - encontróse en el mismo cuarto de antes, con los mismos niños y los mismos juguetes sobre la mesa, sin que faltase el soberbio palacio y la linda bailarina, siempre sosteniéndose sobre la punta del pie y con la otra pierna al aire. Aquello conmovió a nuestro soldado, y estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo. Pero habría sido poco digno de él. La miró sin decir palabra.

En éstas, uno de los chiquillos, cogiendo al soldado, lo tiró a la chimenea, sin motivo alguno; seguramente la culpa la tuvo el duende de la tabaquera.

El soldado de plomo quedó todo iluminado y sintió un calor espantoso, aunque no sabía si era debido al fuego o al amor. Sus colores se habían borrado también, a consecuencia del viaje o por la pena que sentía; nadie habría podido decirlo. Miró de nuevo a la muchacha, encontráronse las miradas de los dos, y él sintió que se derretía, pero siguió firme, arma al hombro. Abrióse la puerta, y una ráfaga de viento se llevó a la bailarina, que, cual una sílfide, se levantó volando para posarse también en la chimenea, junto al soldado; se inflamó y desapareció en un instante. A su vez, el soldadito se fundió, quedando reducido a una pequeña masa informe. Cuando, al día siguiente, la criada sacó las cenizas de la estufa, no quedaba de él más que un trocito de plomo en forma de corazón; de la bailarina, en cambio, había quedado la estrella de oropel, carbonizada y negra.

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sábado, 2 de febrero de 2019

SÁNCHEZ ROSILLO & LOU... Y AHORA, STEVENSON

En realidad, éste es un paréntesis en lavueltaylatuerca. Hace mucho tiempo escribí en ella (lo trascribo literalmente):

"Lo que me gusta es establecer relaciones entre aquellas cosas en las que paso el tiempo. Esto hace que me crea que en este mundo todos estamos más comunicados de lo que pudiéramos pensar. Me instala en la certeza de que todos viajamos en el mismo barco. Algunos serán grumetes, otros contramaestres, otros capitanes, otros cocineros e, incluso, algunos polizones que se han embarcado sin papeles. Pero de verdad eso no me importa. Porque a lo que voy es que, a pesar de su falta de documentos, ellos también viajan con nosotros. Y si algo le sucediera al barco esos indocumentados sufrirían las mismas consecuencias que los que hemos pagado el billete.

Y todo se me ha venido a la cabeza mientras leía ese bonito poema de Sánchez Rosillo que se llama Las palabras que he escrito y he pensado al momento en Lou Reed (¡siempre él!) y en esa increíble canción que se titula My House, porque en ambos, en el poema y en la canción, se habla de "casa" y encuentro un sosiego, una generosidad, una paz de domingo similares; un encontrarse a gusto consigo mismo y con los demás, con ese instante increíble al que nada pedimos porque nada le falta.

Primero, el poema:
 
Las palabras que he escrito no son mías,

aunque también a mí me pertenezcan.

Yo escuché, y dije luego

con mi voz y a mi modo lo que oí.

Qué raro patrimonio.

Al fin y al cabo, soy

un indigente rico, un rico pobre.

Y esta hacienda pequeña que es tan grande

nadie me la disputa

y hasta se me atribuye con frecuencia

su entera propiedad.

Hace ya muchos años que trabajo

con ilusión en ella,

y desde que la cuido procuré

esparcir a su tiempo la semilla

en surcos bien dispuestos.

Y en medio de los campos, poco a poco,

levanté como supe con mis manos

esta casa que veis.

No es suntuosa, desde luego, pero

podrá encontrarse acaso

alguna estancia en su interior que sea

cálida y habitable.

Intento en lo posible mejorarla

y le voy añadiendo

de tarde en tarde alguna dependencia.

Se halla a disposición de todo el mundo;

en verdad es de todos.

No hay aquí cerraduras; siempre están

las puertas bien abiertas.


Y ahora la canción. Vosotros diréis".

 
¡Y hoy, cuatro años después, me he encontrado con esta poesía (en traducción Charo Santoro y José María Álvarez alterando, y que me perdonen la osadía, en el penúltimo verso "graves" por "fieles" y eliminando el último donde se leía "Mi esposa y yo") de mi admirado y querido Robert Louis Stevenson que creo que llama a la misma puerta, a la misma casa y quiere juntarse con Sánchez Rosillo y con Lou. Y, por supuesto, no he podido resistirme a la tentación de "añadirlo". No iba a ser yo quien negara la entrada en esta casa a tan insigne visitante:

Mi esposa y yo en una romántica cabaña,

Olvidando el mundo, olvidados del mundo,

Altos como los dioses que habitan el Olimpo,

Felices con lo que tenemos, y felices también

Aguardando llenos de esperanza lo que aún no gozamos.

Ella arde en deseos de cabalgar feliz en un caballo;

Yo sueño con un barco;

¿A qué sueño regresaremos algún día

Mi esposa y yo?


Ella pone su afán en llenar de flores

Nuestro jardín, y yo en enriquecer una oscura bodega

Todavía mal provista; los dos soñamos agrandar

Nuestra pequeña cabaña y convertirla en una casa enorme

A donde puedan venir nuestros fieles amigos y compartir nuestra felicidad.
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martes, 15 de enero de 2019

CINE ESPAÑOL 2018, CINE CON PANTALONES CORTOS

 
Quizás sea una idea, más o menos, decente inaugurar las entradas de este año, ya que además es uno de mis temas recurrentes y estos días andan salpicados de premios Forqué, Feroz, Goyas…, con unas pequeñas puntualizaciones sobre el cine español que se nos fue y que a mí, por lo menos, me sigue trayendo de cabeza.

Porque vamos a ver, ¿cuál ha sido la mejor película española de 2018?, ¿o su mejor momento, ese instante dulce al que a veces no he tenido más remedio que acudir olvidándome de que su duración sean apenas unos segundos, un minuto o un cuarto de hora, olvidándome de la película entera? Y entonces me centro, recuerdo la voz de estos súper tacañotes que me hablan en voz baja, pero insistentemente, mientras estoy sentado frente a la pantalla de cine, y trato de hacer balance, y de repartir estos premios de mi propia cosecha. 

Sí, pero ¿premios, en plural?, o ¿ser más estrictos y apostar por el singular? Sí, quizás haga esto último porque a cualquier buen espectador no le sonará a chino que películas españolas buenas, de esas que, para mí, rozan o pasan el aprobado, pueden contarse con los dedos de una mano… y hasta quizás pudiera sobrarnos alguna falange.

Luego, y concretando, mi película española de 2017 ha sido Petra, de Jaime Rosales. Y eso que su director no es uno de mis tipos favoritos, pero ni falta que hace. Petra es una buena película, valiente, con riesgo y aunque a menudo suene a dejá vu, es una buena película para mayores.

Y aquí toco uno de esos puntos, a los que antes aludía, que me trae de cabeza o... por el camino de la amargura cuando me pongo a ver y a hablar sobre el dichoso cine español de nuestros días. Porque considero que el principal defecto de este cine español continúa siendo que es un cine de pantalones cortos, o sea, un cine pensado y realizado por "niños" y para "niños" entrecomillas por supuesto, un cine que aún no ha pegado el estirón y continúa durmiéndose a las mañanas antes de ir al cole.

Y si repasamos las películas más agraciadas, las candidatas a los premios gordos, no tenemos más remedio que asentir ante semejante afirmación: Campeones, Viaje al cuarto de mi madre, Sin fin, incluso, Quién te cantará, etc. son cine inofensivo, sin peligro alguno, hecho para "niños", y sin que haya que fijarse en los deneis sino, más bien, en la edad mental. Incluso el patinazo de Farhadi con Todos lo saben (¡hasta Darín está horrible esta desgraciada película!). Sí, un panorama demasiado infantil o, siendo más "clarinete", desolador.

(Tal vez de esta quema pudiera salvar el Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta, que sí que sería una película para mayores, aunque sólo fuera por la aguerrida fisicidad que respira, pero que me parece, bien mirada, una apuesta casi suficiente; sí, casi[1]. Y este casi me obliga a escribir este parrafito entre paréntesis).

Luego Mejor Película Española de 2017, Petra. Pero después de todo, ¿a qué me refiero cuando hablo de películas para mayores y películas para niños, como aquella gran familia, con su inefable y escurridizo Chencho, que nos puso los rasgos de una tierna y simpática abuelita durante los años sesenta? Porque 2017 me lo habría puesto a huevo para tratar de explicarme.

Tomemos, por un lado, la aclamada y premiada Carmen y Lola, la ópera prima de Arantxa Echevarría que nos cuenta los amores entre dos jóvenes gitanas que se descubren enamoradas en un mundo tan hostil y agresivo frente a estas desviaciones del corazón como es esa sociedad donde se han criado y viven. Y entonces, digo, que Carmen y Lola, una película que dispone de todos los ingredientes para ser una película para adultos, seria, tensa, corrosiva, crítica y sangrante, se convierte en un “bluff” pastelero, con menos peligro que uno de esos coches que circulaban por las pistas del Scalectrix de nuestra infancia. Sí, otra película spanish con pantalones cortos.

Pero ahora, comparémosla por ejemplo con Las herederas, la película paraguaya finalista (Roma, de Cuarón fue la ganadora) en los Premios Forqué a la Mejor Película Latina. También Las herederas nos cuenta una historia de esas desviaciones del corazón. Chela (una magnífica Ana Brun) es una mujer de 50 años, que no ha salido del armario, y que sufre una relación fallida con la joven Angy que no llega a entender el amor sincero que le profesa Chela y la abandona. Aunque, al final Chela, en un gesto de notable valentía, abandona en solitario la casa donde ha residido desde niña y huye al volante de un coche para el que ni tan siquiera tiene licencia para conducir. Pero, ¿qué más da? Chela es, por fin, libre. El armario se ha quedado a su espalda, con las puertas abiertas de par en par, aireándose. Sí, pero Las herederas es una película para mayores. con todas las de la ley. En las antípodas estéticas (que no temáticas) de la bienintencionada, pero apenas nada más, Carmen y Lola.

Por cosas así, en definitiva, el grueso del cine español continúa deprimiéndome. Aunque sin perder la esperanza. Porque a pesar de que, a veces, se nos antoje una tarea titánica, en realidad puede que no sea para tanto. Seguiríamos hablando de armarios, pero para descolgar de una de sus perchas un bonito pantalón largo y dejar, de una vez por todas, estos otros cortos, tan raquíticos que a partir de los 16 años se me antojan una prenda que “ya no toca”, como tampoco “toca ya” el chupete cuando alguna contrariedad nos llama por nuestro nombre.

Y si esto se me ocurre con las películas españolas o de habla hispana, con películas enteras, con los instantes, sobre mi instante preferido no albergaría duda alguna. Me quedo con Sergio & Serguei, la película cubana que también ha aspirado, y perdido, en la carrera por el Premio a la mejor Película latina de la última edición de los Forqué. En ella un radioaficionado cubano, Sergio, traba relación y amistad con Serguei, un cosmonauta ruso, que surca en solitario el espacio a bordo de una MIR y al que, tras presentársele algunos problemas con la nave, ayudará a regresar a la Tierra. Y en ella habría asistido posiblemente al momento más mágico y entrañable que he contemplado en el cine hispano de 2017, cuando Serguei hablándole a Sergio del régimen soviético y del porqué muchos compatriotas aguantaron tantos años de miserias y opresión, le cuenta esa fábula sin desperdicio del sapo que  arrojado a un cazo con agua hirviendo pega un salto y  huye despavorido, pero al que sin embargo cuando se le arroja en el mismo cazo con agua fría, y ésta se va calentando poco a poco, hace que el sapo muera achicharrado sin darse cuenta.
 
Un bonito cuento sobre cómo las costumbres lejos de llevarnos a la felicidad, muchas veces nos ocasionan la muerte más soportable, ésa que nos llega de forma inconsciente, pero tan mortífera como un balazo en plena boca del estómago. Y son, sin duda, cosas como éstas las que me siguen y seguirán haciéndome ir al cine y guardar cola frente a las taquillas; eso sí, con la cabeza bien despejada y pertrechado con unos buenos pantalones largos.



[1] Un ejemplo de este lamentable estado de nuestro cine español reciente sería, precisamente, que Isaki cuenta ya en su cartera con ¡dos Conchas de Oro al Mejor Largometraje en el Festival de San Sebastián! Y sin embargo, ¿quién conoce a Isaki fuera de estas fronteras nuestras? ¿Lo compararíamos con un director que ha logrado dos Oscars, o dos Palmas de Cannes, o dos Osos de Berlín, o dos Leones venecianos? Sí, seguramente, las comparaciones nunca serían tan odiosas.
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lunes, 24 de diciembre de 2018

STANLEY KUBRICK Y ERNESTO CARDENAL: EL TANGO NO HA MUERTO


Y termino el año. Y si entendemos bien las consignas de Kubrick y Ernesto Cardenal expuestas en la entrada del 8 de diciembre Stanley Kubrick y Ernesto Cardenal chocan esos cinco, habrá que colegir que universo = danza (sí, la misma dantza de la bonita película de Telmo Esnal), o sea, que mientras el universo exista, la danza, la música también existirán, y esto debería incluir al tango. Luego habría que rectificar el apocalíptico titular EL TANGO HA MUERTO, con el que tan alegremente me hice eco del fallecimiento de Bernardo Bertolucci (el 26N), porque el tango continuará vivito y coleando mientras este universo, en perpetua expansión, siga cubriendo nuestras cabezas…

Lo que bien mirado tampoco debiera extrañarnos mucho, porque El último tango en París continúa siendo una película de-moda, una obra de actualidad como lo es todo aquello que ha devenido clásico y que trate de algo infinito, de la unión eterna, por ejemplo, de la pareja, del 1+1 igual a 1, y más aún, con la ambición psicoanalítica con la que Bertolucci aborda el tema. Y con apenas 30 años, como los casi-30 con los que también Coppola rodaba, por aquellas mismas fechas, su Padrino. ¡Ésos, digo yo, son 30 años bien aprovechados! Y lo escribo mirando, bien de frente, a los 30añeros que en la actualidad pululan a nuestros alrededores, más despistados y pretenciosos de lo que nunca los “viejales de turno” pudiéramos haber imaginado.

Pero además, y dejando al margen el divague y yendo a lo que quiero ir, sigo viendo la estela de Ernesto Cardenal en el tango de Bertolucci. ¿O no nos habla su película sobre esa unión, sobre la pareja en todas sus dimensiones? Primero, como pareja anticonvencional. Como hombre y mujer, hombre maduro y jovencita que se reúnen en un apartamento vacío para estar juntos, sin nombres propios, sin pasado ni futuro conocidos, incluso antes que las palabras existan, como sucede en la secuencia en que el hombre y la joven se comunican meramente a través de chillidos y graznidos animales.

Así, el apartamento (vacío) del Tango vendría a simbolizar ese mundo primigenio del ser humano, ese mundo anterior al mundo civilizado: el útero materno. No es casualidad que el hombre y la joven accedan, por primera vez, a sus cuatro paredes y suelo desnudos tras ascender directa y verticalmente a su interior desde la cápsula-ascensor que se sitúa en el centro del portal.

Esto es, el mundo primigenio del interior contrapuesto al mundo convencional del exterior donde el hombre tiene una historia repleta de pequeños sucedidos, donde ha sufrido, recientemente, la terrible tragedia del suicidio de su mujer, donde ha descubierto que esa mujer tenía un amante, y donde la joven tiene, por su parte, un novio empeñado en filmarla allá por donde va, haciendo lo que haga… ¿No es en esto también el tango premonitorio de la actual obsesión de la juventud, sobre todo, por grabar o fotografiar cualquier cosa que nos esté ocurriendo y en la que estemos implicados por insulsa que ésta sea?

Pero esto que acontece en el exterior del útero-apartamento es el mundo civilizado, el mundo convencional con el que nos enredamos todos los días y con el que el hombre, llamémosle Paul, quiere romper a partir de la relación que desea establecer, empezando desde cero, desde el punto primigenio con una joven desconocida, llamémosla Jean. Y la tragedia, porque el Tango es una tragedia, sobreviene cuando ese mundo primigenio se trunca, derrotado por el mundo civilizado. Y Jean acepta la oferta de matrimonio de su joven pretendiente. O sea, el matrimonio, el amor convencional. Y Paul se rebela. O sea, los celos, el des-amor convencional. Y no quiere que Jean le abandone. Y la sigue por las calles de París, y la retiene en una sala donde se celebra un concurso de tangos. O sea, el baile ahora, el baile convencional o, ¿habría algo más convencional, hablando de bailes, de parejas, de uniones cardenales que un hombre y una mujer bailando un tango, ejecutando sus mecánicos y rígidos movimientos?
 

Por eso, después del tango, a la película, y a Paul y Jean con ella, sólo le queda la muerte. Paul persigue hasta su casa a Jean y allí ella le dispara con un revólver (el que éste sea la pistola de su padre muerto, y el que Paul se haya colocado, previamente, sobre su cabeza el quepis que el padre usaba cuando vivía y guerreaba, no dejan de ser otra de esas secuelas psicoanalíticas tan caras a Bertolucci). Paul avanzará hasta el balcón y allí se derrumba en el suelo, arrullado, sí, arrullado como un recién nacido que nunca debió salir de aquel apartamento primigenio, que nunca debió… ¿nacer?
 

Aunque, por lo que nos cuenta Bertolucci con su Tango, éste sea un deseo imposible. Sí, la civilización, como un caníbal insaciable e inevitable, siempre terminará ganando la partida contra la frágil inocencia primigenia.

Y Jean, mientras Paul yace muerto, no dejará de repetir como una letanía la falsa historia con la que, posiblemente, se defenderá cuando la Policía la interrogue (cito de memoria): no le conozco…, empezó a seguirme de repente…, no le conozco…, entró en mi casa…, yo tengo un revólver de mi padre…, no le conozco… ¿Querrá Bertolucci significar con esto, colocado en el final del Tango, el triunfo de la ficción, más allá de cualquier mundo primigenio y/o convencional? Sí, si alguien me pidiera una opinión yo contestaría que sí y me quedaría con la ficción pura y dura. Creo, incluso, que es lo que a Bertolucci, como cineasta y como artista, más le debe interesar.  

Y acabo ya con Cardenal, para que el título de la entrada se entienda, con un extracto de su Cántiga 35 del Cántico cósmico, y escribo en negrita y mayúsculas, que se me perdone la falta de modestia, algunas claves que muestran los paralelismos entre la poesía del nicaragüense y la película del italiano (en lo que a Paul se refiere, por ejemplo), y algunas otras cosas que, tal vez, nos hagan pensar un poco sobre nosotros y sobre nuestros mundos, en plural, convencionales o primigenios:

(…)
(PAUL EN EL APARTAMENTO, EN EL MUNDO PRIMIGENIO)
Feto libre, feliz como pez, en el líquido amniótico,
flotabas sin orillas, sin tropezar con límites,
pero al ir creciendo te vas sintiendo en un encierro,
el vasto océano queda hecho una estrecha cueva,
donde se choca con paredes que rechazan,
el cuerpo se dobla cuanto puede, se enrolla, se acurruca,
bajo el oleaje que lo mece y lo mece más y más,
ya no se nada en un agua tranquila,
el último mes es el de las mareas más fuertes, las olas
son ya tempestad, algo que te ahoga, te hunde hacia abajo,
aterrado te acurrucas más, el agua te arroja ¿adónde? (PAUL EN EL EXTERIOR DEL APARTAMENTO, EN EL MUNDO CIVILIZADO) A la boca de la muerte,
adonde ya no hay agua, ya no hay cueva, sólo el vacío,
el caos, la nada, el frío de afuera,
se ha salido a la luz.
Se es libre. Pero ya no como pez. (PAUL MUERTO EN EL BALCÓN DE JEAN) Enrollado todavía,
acurrucado, los ojos cerrados, deseando volver
a las ciegas profundidades donde se estaba metido.
Pero no será tu último llanto ni tu última muerte
porque hay más nacimientos. Todo crecimiento
es doloroso, porque el crecimiento es nacimiento
y por lo tanto muerte, y por lo tanto llanto.
Aprenderás también que toda muerte es nacimiento,
y que el hombre tiene que nacer y nacer
hasta ser el hombre completo.
Y saldrás de este cosmos para nacer en otro.

 
¡¡Ah, sí, y ya puestos que no se me olvide: FELIZ NAVIDAD Y AÑO!!
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