Flipé con el 1º partido de las Finales de la NBA 2015. Flipé con el juego físico
y eléctrico que desplegaron los dos equipos, los Warriors y los Cavaliers.
Flipé con Curry y su manera de sobreponerse a un inicio de partido algo errático
y desafortunado en el que, me imagino, influyó la presión que puede, y es
lógico que sufra, un novato en estas grandes ocasiones. Por mucho Curry que
sea. Y flipé también con LeBron y con su forma de echarse el equipo a la espalda.
Y sobre todo con esa última e inútil canasta que anotó en la prórroga, cuando ya
el partido estaba perdido. Pero el King
no quiso que sus Cavaliers acabaran
la prórroga a cero. Y corrió y machacó el aro rival como si en esos dos puntos
le fueran algo más que la vida. ¿El amor propio?... ¡A raudales! Por eso el King
continuará siendo el King aunque sus Cavaliers pierdan (¡ojalá no, por el espectáculo!)
4-0 las Finales.
Pero, sobre todo, flipé con el partido Kyrie Irving. Y con su manera de
hacer frente a esa lesión, a esa jodida adversidad que le va a apartar de las
canchas de basket durante tres o
cuatro meses y que le deja sin Finales. El emocionado y emocionante mensaje que
envió a sus compañeros es toda una declaración de principios sobre cómo los
yankies se toman estas cosas del deporte, que también son las cosas de la vida; además de hacer (o eso me gustaría creer) una hermosa referencia a uno de
esos mágicos instantes que me acompañarán siempre y al que nunca me cansaré de
recurrir.
El instante en cuestión lo vemos en la películaTierras de penumbra, de Richard
Attenborough, el mismo director de la más célebre, más oscarizada y también más
plomiza, Gandhi, basada en una novela
autobiográfica de C.S. Lewis que no es ninguna excepción a la regla y es mucho
mejor que la película. Aunque lo que ahora me importa no es eso sino un diálogo
que podemos oir en la película y leer en el libro. Lewis, un solterón e
introvertido escritor irlandés, lleva una monótona pero cómoda existencia como
profesor de literatura en Oxford hasta el día en que conoce a Joy Gresham, una joven
poetisa estadounidense divorciada y gran admiradora de su obra, que viaja por
Inglaterra en compañía de su hijo, Douglas, de 12 años. Y a pesar de la edad y
de sus diferentes caracteres Joy y Lewis se enamoran, se casan y viven juntos unos meses
de intensa felicidad. Apenas un año, porque a Joy le diagnostican un terrible cáncer.
Y muy pronto, y ante la impotencia y desesperación de Lewis, la mujer muere. Entonces, y a lo que voy, una tarde en la Douglas pasea con Lewis por
los jardines de la
Universidad el muchacho pregunta al viejo profesor por qué
en la vida tienen que ocurrir cosas tan terribles ésta que les ha sucedido, como
la muerte de su madre. Y Lewis, sabio, estoico, pero casi tocado-y-hundido,
le contesta (y al que en ese momento no se le haga u nudo en la garganta que
levante la mano) que el dolor de hoy es
parte de la felicidad de entonces. Ése es el trato. Y pienso, claro, el trato que suscribimos sin bolis ni papeles con
la vida. Y desde que nos asomamos a este mundo. Y pienso, claro, el mismo trato al que
Kyrie Irving se refiere en el mensaje que envia a sus compañeros después de que
se confirmara la gravedad de su lesión. Quiero daros las gracias a todos por los buenos deseos, dice Irving en él. Estoy
triste por la forma en la que tengo que dejarlo, pero eso no me prohibirá ser
parte de estos playoffs junto a mis hermanos. Realmente significa mucho para mí
todo el apoyo y cariño que estoy recibiendo. He dado todo lo que tenía y no me
arrepiento de nada. Adoro este deporte sin importar lo que pase, y volveré pronto.
A mis hermanos: Ya sabéis cuál es el trato. (...).
Y el subrayado es, obviamente, mío. Porque el “trato” al
que alude Irving es, obviamente (y así lo quiero creer), el mismo al que Lewis alude
cuando habla con su hijo Douglas en estas tierras, a veces, de penumbra. Pero
también, a veces y gracias a gestos como estos de Curry, LeBron o de Irving,
tierras increíbles. Y ya sólo me quedaría quitarme el sombrero. Chapeau, Irving! Y desear que el ejemplo cunda por otras partes del planeta
(y no miro a nadie). Y en éste o en otros deportes (y sigo sin mirar a nadie).
Final servida en bandeja de plata de ley. Stephen Curry vs. LeBron James
o Warriors vs. Cavaliers o Ladrones vs. Caballeros.
¿Alguien daría más? Porque estos yanquis saben hacer muy bien las cosas y el
MVP de la Temporada
Regular se enfrentará al mejor jugador de baloncesto de
este planeta en los últimos 6 años, por lo menos. Y no como nos ha ocurrido, de
forma patética, a este lado del charco en nuestra patética, sí, Liga Endesa donde
el MVP ha ido a parar a las manos de Felipe Reyes, un pivot que ¡no figura ¡ni
entre los 15 mejores reboteadores de la Temporada Regular!
pero que, eso sí, juega en el Real Madrid. Y el Madrid ha sido y
continuará siendo (¿hasta cuándo?)
el Madrid. Y así nos luce el pelo... Si todo va a ser para ellos, digo
yo, dejemos de organizar Ligas y castañas semejantes y démosles antes
de empezar en octubre, el título de Campeones. Y las gracias por
dejarnos jugar con ellos.
Pero la NBA, y gracias a Dios, es otra cosa: el
espectáculo de la mejor Liga de basket del Mundo, por encima de los
equipos que componen sus distintas Divisiones y Conferencias. El todo siempre
por encima de las partes; haciendo, por ejemplo, que los
galardones individuales se repartan siempre entre jugadores pertenecientes a diferentes
franquicias. Y así todos salen ganando. Y gana la NBA. ¿O, volviendo a lo nuestro, no hubiera sido mucho
mejor que el MVP de nuestra Liga Endesa hubiese recaído (y merecidamente)
en Marko Todorovich o en Pau Rivas del Bilbao Basket o del Valenciay, de esta manera,
en unas hipotéticas semifinales que hubieran jugado contra el Madrid se
hubieran enfrentado el Campeón de la Regular Season con el equipo (será el Valencia) que cuenta entre sus filas con
el flamante MVP? ¿Y no hubieran sido entonces unas
semifinales más apasionantes y atractivas para todos? ¡Pero lástima!
Seguimos sin pensar en nada..., ¿hasta
cuándo? Y mirándonos el ombligo..., ¡que sí coño, que es redondo y que
lo tenemos todos en mitad del estómago!
Pero así, y mientras me dura el "mosqueo" (el 2º, el sábado tuve otro en Barcelona: ¡sí, hasta los c...!), y aguardo impaciente a las
finales... de la NBA
(¡que ya están aquí!), he decidido aliviarme las penas Endesa y catalanas con estas dos
"perlas" de Curry y LeBron. Un triple desde el Quinto Pino,
del MVP, y un mate desde "un poco más cerca", del mejor, del King.
Suele decirse que la vida es
impredecible. Y si estamos de acuerdo en que la vida NO es sueño, tal y como
nos contaba el gran Calderón sino que la vida es juego, tal y como yo defiendo
en mi ensayo de próxima publicación (o eso espero), Las lágrimas de Roger, habrá que admitir entonces que el juego es
impredecible y que, como parte de él, el fútbol es asimismo impredecible.
Y si suelto este preámbulo lo hago
a cuenta de la Final
de Copa que el sábado disputaron el Athletic, como equipo local, y el F.C. Barcelona,
como visitante, en el ¡Nou Camp! (aunque sobre esta desafortunadísima circunstancia ya hablé en este mismo blog, en la entrada del 27 de marzo, Athletic, que nadie duerma en Barcelona). Y el partido, sobre las 23,30, concluyó con el resultado sabido ya
por todos de 1-3. Y así el Athletic tuvo que conformarse con la bandejita
plateada que distingue a los subcampeones. Y el Barcelona hizo lo propio con el
“Copón” de los Campeones. E Iniesta y Xabi: Tiqui
y Taca, como les llamó uno de los
comentaristas de la retransmisión, la levantaron por encima de sus hombros (pequeños
pero sólo en altura) ante la algarada de su afición. Y los nuestros con esa indudable
mezcla de envidia y tristeza en sus miradas. No en vano ésta era la tercera
Copa que desde 2008 el F.C. Barcelona nos arrebata en la Final, en el último suspiro.
En ése que es donde más nos duele perder las cosas porque es el instante que ya
no tiene vuelta atrás.
Luego compuestos y sin novia. Y
otra vez a casa con las manos vacías. Una maldita costumbre a la que nadie se acostumbra.
Y de la que ya empezamos a estar hasta los c… Porque no nos resignamos. Hemos
sido un equipo ganador. Y tenemos un orgullo que podríamos dar y regalar, y aún
nos sobrarían unos cuantos kilos. Por eso estas derrotas finales nos duelen tanto.
Pero, ¿qué podemos hacer ante tanta
adversidad? ¿No habíamos quedado en que el fútbol, como el deporte, como la
vida misma, era impredecible? A eso nos hemos agarrado, y más cuando nos
enfrentamos a un equipo que casi multiplica por diez nuestro presupuesto, con
una plantilla increíble y un jugador, Lionel Messi que sin duda es el mejor
futbolista de todos los tiempos; un compañero de Oliver y Benji, un jugador de
dibujos animados. Aunque en 1984, hace 31 años, el F.C. Barcelona también jugaba
con Bernd Schuster y Maradona, dos de los mejores futbolistas de aquella época
y, sin embargo, el Athletic le ganó 1-0 en aquella memorable final de Copa en
el Santiago Bernabeu; la de la tangana, sí, pero también, y sobre todo, la del
doblete porque unos días antes habíamos ganado la Liga.
Y ahora ya empiezo a comerme el
tarro. Este blog pretende ser, entre
otras cosas, eso: una invitación a comerse el tarro, un ataque frontal contra
los lugares comunes. Y me pregunto, por ejemplo, ¿son el fútbol, y el deporte,
y la vida, tan impredecibles como dicen… algunos amiguetes de esos lugares
comunes? ¿O es esta afirmación la que es ciertamente predecible?
Porque seamos sensatos y honestos.
El Athletic de la Final
del 84 era un gran y excelente equipo. Repasemos sino el once que presentó Javier
Clemente: Zubi, Urkiaga, Rocky, Goiko, Txato Núñez, Patxi Salinas, De Andrés, Urtubi, Dani, Endika y
Estanis Argote; y en la recámara, Gallego y Manu Sarabia. ¡Coño, casi nada! Y ya
teníamos en las vitrinas la Liga
del 83´ y la del 84´. Y cierto que el Barcelona jugó con Urruti, Tente Sánchez,
Alexanko, Julio Alberto, Víctor, Marcos, Juan Carlos Rojo, Carrasco y además
con Schuster y Maradona, y que también era un gran equipo. Pero entre dos grandes
cualquier resultado es posible. Y en aquella ocasión la moneda cayó de nuestro
lado.
Y sin embargo, 31 años después,
¿qué pasa? Que el F.C. Barcelona de Messi es también el F.C. Barcelona de
Neymar, de Suárez, de Mascherano, de Piqué, de Iniesta, de Rakitic, de Alves y
de Alba, de Busquets. … y de quién sé yo: un equipo no grande sino grandísimo.
Y si en la Liga
de 1984, con 18 equipos y dos puntos por victoria, el Athletic había sido 1º
con 49 puntos y 53 goles a favor y el Barcelona 3º con 48, y 62 goles, en ésta
del 2015, con veinte equipos, y tres puntos por victoria, el Barcelona ha
ganado la Liga con
94 puntos ¡y 110 goles a favor! Y el Athletic ha sido 7º con 55 y… 42 goles. La
duda y las diferencias ofenden. Y si además jugamos la Final, y sin desmerecer a
nadie por Dios, con Herrerín, Bustinza, Etxeita, Laporte, Balenciaga, Iraola,
San José, Beñat, Mikel Rico, Aduriz e Iñaki, las distancias con el once, que
sacó Clemente en aquel bendito día de 1984, se hacen dolorosamente mayores. Demasiada
diferencia para cualquier cuerpo. Así que mientras ellos ahora no son un “gran equipo”
sino un “grandísimo equipo”, nosotros habríamos dejado de ser “grande” para
ser, simplemente, un “buen equipo”. Y eso de vez en cuando. Porque aunque me
duela decirlo, durante la Final
del sábado, y durante muchos minutos, ni siquiera fuimos “buenos” y adolecimos
de furia y mordiente; de esa garra que afloraría rabiosa después del gol de
Iñaki. Y que sólo sería un canto del cisne.
Y esto fue todo. Cuando un
grandísimo equipo juega contra uno que es simplemente bueno y de vez en cuando,
el resultado quizás no sea imprevisible y responda, por el contrario, a la realidad
más cruenta: a recoger la bandeja en lugar de la Copa, y a maldecir en el
regreso al Botxo la mala suerte de
encontrarnos siempre con este F.C. Barcelona al que nadie quiere ver ni en
pintura en estas ocasiones. Pero no saquemos las cosas de quicio. Cuando fuimos
excelentes, cosechamos excelentes resultados. Y ahora que somos simplemente
buenos y de vez en cuando, tenemos lo que nos corresponde: simplemente buenos
resultados y de vez en cuando. Y el Subcampeonato de Copa forma parte de ellos,
de los buenos resultados de vez en cuando. ¿Impredecible? Y desgraciadamente me
temo que no. Y digo “desgraciadamente” porque detrás de la previsibilidad siempre
vienen de la mano la monotonía, el aburrimiento, el bostezo y el siempre-lo-mismo.
Por eso no nos queda otro remedio que continuar regocijándonos con aquella soleada
tarde del 84. Y no es que David, en estos tiempos que nos tocan sufrir, no
pueda ya derrotar previsiblemente a
Goliat sino que además el gigante abusón, y por si acaso, le ha quitado hasta la
honda.
1,- Gracias, ante todo, a
la Asociación Musical de Alfredo Kraus (AMAK) por confiar en mí y dejarme ver por una vez lo toros desde este lado de la
barrera para hablar sobre Otello. Espero
que este debut os resulte tan interesante y, sobre todo, tan gratificante como
me ha resultado a mí el pensar qué contaros sobre esta última ópera de la Temporada 2014/2015 de
ABAO. Y espero que disculpéis los errores que pueda cometer y las no siempre
acertadas o compartidas opiniones de este ignorante que no se cansa de
aprender.
2,- Además y por ser uno de ésos
que, por muy preparado que venga, no sabe lo que va a decir hasta que lo ha
dicho, y por estos pelos que tengo os pido también disculpas dobles o triples
de antemano.
3,- Y ahora yendo a lo que
vamos, ¿qué quiero encontrar cuando leo un libro, o veo una película, o asisto
a un concierto, o voy, como es éste el caso, a una representación de ópera? Y
lo que quiero es que ese libro, esa película, ese concierto, esa ópera me
trasmita algo: ideas. PORQUE ESTAS IDEAS ME HARÁN PENSAR. QUE ES CON LO QUE YO,
POR LO MENOS, MÁS DISFRUTO.
4,- Pero antes de seguir me
gustaría precisar que estas ideas que provienen de los libros, de las
películas, de los conciertos o de las óperas, y en tanto que YO NO ME MUEVO Y, POR
LO TANTO, NO LAS VOY A BUSCAR SON ESPECIALES. ESTAS IDEAS ME DEBEN VENIR ELLAS
A MÍ desde las páginas del libro, desde los planos de la película o desde los
acordes o la representación del concierto o de la ópera.
5,- Y entonces, ¿qué debe
pasar para que estas ideas me vengan, y ya concreto y me olvido de libros,
películas o conciertos, mientras estoy asistiendo a una función de ópera? Y diré,
llegados a este punto, que cada uno, que cada espectador tendrá su propia
respuesta. Porque a cada uno las ideas le vienen o no lo vienen, mientras
escucha y ve la ópera, en función de lo que cada uno sabe, de lo que cada uno ha
escuchado previamente,… de lo que cada uno ha vivido y de lo que cada uno es.
Por eso decía que la respuesta a la pregunta de por qué me vienen las ideas
mientras escucho una ópera es una respuesta súper personal e intransferible. Y
por supuesto, siempre respetable. Respetable, incluso, si no se nos viene a la
cabeza ninguna (idea). Y no podemos, por ello, pensar en nada. Y nos aburrimos
como ostras. O nos dormimos o nos vamos del teatro antes de que el sueño nos
venza.
6,- Porque sin ideas yo
también aburro. Y no puedo apartar los ojos de las puertas de salida. Pero, al
revés, cuando las ideas salen del escenario y se me meten dentro y PUEDO PENSAR,
el placer que, en esos momentos mientras sobre la escena los personajes de la
ópera viven sus propias historias a los sones de la música que interpreta la
orquesta, creo que no se puede comparar con ninguna otra cosa.
7,- Y es que a veces me parece
que esto de las ideas y del pensar son como los ingredientes y el plato para un
cocinero. Porque también los platos o los pensamientos surgen de los
ingredientes o de las ideas pasadas por nuestro propio turmix, por nuestras habilidades
como cocineros o como espectadores. Por esto siempre digo que NUNCA DEBEMOS
CANSARNOS DE APRENDER PARA QUE LAS IDEAS NOS VENGAN CUANTO MÁS A MENUDO, MEJOR,
NI CANSARNOS DE ACUMULAR Y MEJORAR NUESTRAS HABILIDADES PORQUE CUANTAS MÁS
TENGAMOS MEJORES PLATOS COCINAREMOS, Y PENSAMIENTOS MÁS “RICOS” TENDREMOS; y en
la doble acepción de “ricos”.
8,- Y vayamos entonces a lo
que hemos venido teniendo en cuenta lo que hasta ahora estoy diciendo. Y de
entrada debo reconocer que a mí el Otello
que nos ofreció ABAO y que yo vi el sábado en la función del16 de mayo me
trasmitió ideas. Y no pocas. Y con ellas pensé. Y con los pensamientos, disfruté.
9,- Y para que estas ideas me
fueran transmitidas ocurrieron, principalmente, dos cosas. Una, que aquello que
no me gustó no me molestó demasiado. Y que, en cambio, lo que me gustó me gustó
mucho. Y entre lo primero, entre lo que no me gustó demasiado citaría, por
ejemplo, los movimientos del coro que a veces por su estatismo me recordaban a
los coros griegos, y que más que VIVIENDO EN LA ÓPERA estuvieron sobre el
escenario para cantar lo que pone en la partitura y punto (aunque, eso sí,
bastante bien, creo). Y también mencionaría esa manía que no sé muy bien a cuento
de qué viene pero que a mí no me convence nada de situar algunas acciones con
el telón bajado, sin una iluminación a propósito y sin que la orquesta toque
nada. Como si los cantantes fueran, en esos momentos, simples figurantes
enzarzados en una pelea de taberna como lo fueron Cassio y Roderigo,o ladronzuelas que escapan de la policía
disfrazadas y con los elementos del atrezzo como botín como lo fueron las
figurantes del 2º acto. Siempre he creído que es un defecto de la puesta en
escena o la pereza mental que ataca en un momento dado a los directores de
escena no saber meter esas escenas-a-telón bajado en la representación a-telón-subido.
10,- Y entre lo segundo, o
sea, entre lo que me gustó mucho, entre eso que me transmitió ideas y me hizo
pensar y disfrutar hubo muchas cosas. Tantas que, para mí, ganaron por goleada
a “lo primero” o a lo que no me gustó y que hicieron, sumando las buenas y
restando lo otro, que Otello me
pareciera un magnífico espectáculo. Como su colorista y acertado vestuario que
me llevó a pensar en las escenografías que Franco Zeffirelli montara para su
película sobre Romeo y Julieta. Otra
tragedia de Shakespeare. ¿Casualidad? No lo sé. Pero tampoco importa. Porque no
se trata de copiar o de imitar sino de basarse en una cosa, en una película por
ejemplo, para hacer otra cosa distinta o el vestuario de una ópera.
11,- Y también pensé en que
este Otello que Verdi compone en
1887, cuando tiene ya 74 años, si no me equivoco, y que son bastantes años, y
que yo vi el 16 de mayo en el Eusalduna de Bilbao me parece toda una obra
maestra de vejez, y en el sentido más noble de la palabra, cuando Verdi ya lo
ha hecho todo, cuando ha compuesto óperas que quedarán para siempre en la Historia de la Música y de la Cultura Universal,
cuando ya es inmensamente famoso y respetado, cuando ya ha culminado su obra y,
casi, su vida con la monumental Aida
en 1871, ¡dieciséis años antes! y se vuelve, entonces (anotemos cómo el otrora
prolífico Verdi compone desde Aida, y
revisiones aparte, sólo dos óperas, Otello
y Falstaff, en sus últimos 30 años),
con sus 74 años, hacia una de las posibles espinitas que aún tiene clavada,
hacia Shakespeare, otro de los ilustres iconos de la Cultura, y sobre el que
sólo había hecho ese Macbeth en el ya
muy lejano 1847 y que, a pesar de sus aciertos, (me) resulta una obra
claramente insuficiente y menor para su genio (como pudimos comprobar en su
última y desgraciada representación en Bilbao), y regresa a la escena con el
excelente libreto de Arrigo Boito, uno de los mejores que Verdi habrá tenido jamás
entre sus manos. Y septuagenario compone su penúltima ópera ya con toda la
tranquilidad del mundo, con toda esa tranquilidad que le dan el arte y la vida acumulada
durante tantos años, una ópera con la que ya no tiene nada que demostrar, con
todos los deberes hechos y que parece que la compone sólo para él y… para la
humanidad; sin esas prisas y presiones que el éxito, desde sus años de galeras,
le han llevado a trabajar a un ritmo, a veces, demasiado frenético; y sin distinciones
de credos partidistas, siempre en pugna por leyes escritas nadie sabe dónde ni
cuándo ni por qué, pero que sólo provocan muertes y desgracias personales. Sí,
porque Otello me parece, por fin y
tal vez por primera vez en la carrera de Verdi, ¡a los 74 años!, un VERDI puro. Y no un Victor Emmanuel Rey De Italia, ese Sambenito que Verdi llevaría
colgando y arrastrando, desde que estando a punto de arrojar la toalla ante los
estrepitosos fracasos de sus dos primeras óperas, compuso el Va Pensiero de Nabucco que los nacionalistas del Piamonte adoptarían entusiastas como
emblema e himno, y que hizo que todo cambiara, de repente, para él. Pero Otello es (y le ha costado la friolera
de 40 años conseguirlo) otra cosa. Es el Verdi más humano y humanista, ése que
asomaba en las figuras de la
Traviatta y Rigoletto Y que yo creo que es el Verdi que
siempre quiso ser Verdi. El menos mezclado con esas disputas políticas que,
irónicamente, le darían la plata y la lana, el Verdi que, ahora y no todavía en
1847, puede darse, libre ya de pasquines y panfletos, la mano y mirarse en el
espejo, de tú a tú, con Shakespeare. Y reconocerse con él ya no sólo como
artista sino, y sobre todo, como ser humano.
12,-Y pensé, por eso, en que
este Otello de Verdi no desmerece al
lado del de Shakespeare. Y eso es mucho decir. ¿O no vemos en él el mismo ruido y furia que caracterizan a las
mejores obras del genio inglés?, ¿o qué nos está anunciando esa tormenta
queabre la función con una de las más
potentes orquestaciones que se hayan compuesto para una ópera, y a la que sigue
un 1º acto conciso, medido al milímetro y donde los principales personajes
quedan perfectamente descritos a golpetazos de timbal como Otello, o con
inquietantes acordes como ésos que acompañan la presentación sibilina,
acechante, rencorosa y retorcida de Iago, a pesar de la estatura del excelente
y sorprendente (al menos lo fue para mí) Juan Jesús Rodríguez, o con esa sutil
y hermosísima frase del violonchelo que retrata en un suspiro musical a la
delicada Desdémona con la que la soprano armenia, de impronunciable apellido,
supo estar a la altura de las circunstancias?
13,- Y porque no
desmerecieron las actuaciones de los cantantes, y me resultaron verosímiles, y los
decorados, aunque demasiado “cerrados” a veces, como sucedió en el 1º acto en
beneficio de las voces y del coro (todo hay que decirlo), y la iluminación,
demasiado plana, excesiva y sin intención en otras ocasiones, como creo
recordar de un 2º acto blanquísimo, me parecieron asimismo convincentes y
cumplieron de sobra, las ideas continuaron viniendo hasta mi butaca. Y pude seguir
pensando…
14,- Y pensé, entonces, en
que el personaje de Otello no representa sino a un hombre que está
continuamente fuera de lugar; en su caso, fuera del agua. Como le sucede a otro
de mis personajes verdianos favoritos o a Simon Boccanegra. Tanto Otello como
él son lobos de mar; personajes de batallas, de luchas, de acción. Y que fuera
del mar, como los peces, se ahogan. Se asfixian en la inactividad, se aburren
en la calma palaciega, prisioneros siempre entre cuatro paredes a las que no
les faltaría de nada excepto el aire; en esa hogareña pero, también y a su
manera, peligrosa intimidad que se filtra, perversamente, en la ópera en su
último acto, y en contraste con los tres primeros, ruidosos y furiosos.
15,- Por esto me gustó, y me
pareció también una excelente idea de puesta en escena, el leve ondular que
mecía las cortinas de la alcoba de Desdémona durante la consumación de la
tragedia en el final de la ópera. Cuando después de matar a su esposa Otello se
suicida. Porque ese aire, que antes decía que faltaba en los interiores del
castillo de Otello, me remitía en esos momentos fatales a los exteriores salados,
a ese mar que, posiblemente, Otello (ni Simon Boccanegra) no debió abandonar
nunca. Porque más que los celos puedo pensar (la representación que vi el
sábado me dio, sin duda, permiso para eso) que ha sido esa engañosa calma
chicha de la tierra firme la que ha terminado con su vida. En ella Otello, héroe
de mil combates en el mar, debe enfrentarse a otros enemigos para los que no ha
sido adiestrado y a los que no está en condiciones de plantear batalla. Las
mezquinas intrigas, las mentiras, los advenedizos, las ambiciones desmedidas le
cogen a traición. Y sin embargo a Iago que, casualmente (¿o no?), continúa
siendo alférez (en el mar no ha logrado ascender, qué curioso, ¿verdad?), éstas
le vendrán como anillo al dedo para urdir su maquiavélica venganza.
16,- Y entonces Otello escapa
de los estrechos márgenes que trazan y en el que se desarrollan los
estereotipos. Otello es un hombre celoso, si, pero también es mucho más. Y Otello, la tragedia y la ópera sobre los
celos, sí, pero también muchísimo más. Y Marco Berti me lo transmitió: sus
gestos nerviosos, sus ademanes siempre crispados, su actuación llena de ruido y
de furia, siempre eléctrica como la tormenta que le precede; …y fuera de sitio
(¿o no os parecía patético verle escondido como una vulgar alcahueta mientras
espía al malévolo Iago conversando inocentemente con Cassio?).
17,- Y termino y pienso
(porque, repito, la representación de ABAO me dio permiso) que el desgraciado y
negro Otello no sólo es negro porque sea de ascendencia morisca sino porque,
literalmente, el aire que respira en tierra firme le quema. Iago y la tierra le
sacan de quicio. Le ennegrecen aún más que la brisa del mar y los genes de sus
padres. Y así la pálida e inocente Desdémona sólo puede inquietarle. Y morir. Y
quizás por una simple cuestión de contrastes cromáticos. Porque hasta el
pañuelo que causa las penalidades de Otello es de un humillante color blanco. Y
si hablamos de contrastes, de negros y blancos, de los agitados mares y de las
cálidas tierras, no podemos dejar de mencionar, como en cualquier tragedia que
se precie, a la vida y a la muerte o a ese espléndido instante en que Otello le
pide a su mujer otro beso al final del 1º acto (ancora un bacio) y que como en un irónico leit-motiv repite al terminar la ópera, con Desdémona ya muerta
sobre la cama, y él, moribundo, arrastrándose a su lado y cantando ahora a la
inversa, un bacio ancora.
18,- Y que a mí que como
sabéis también me gusta el cine me hizo pensar, ¡siempre pensar!, en la muerte
de Gregory Peck y Jennifer Jones en el final de Duelo al sol, otra historia también llena de ruido y furia, un altro bacio. Sí, porque a Verdi aún
le quedaba otro beso, el último que
nos regalaría con Falstaff, su última
ópera, mirándose también en el humano espejo de Shakespeare. Y con 80 años… Eskerrik asko, y que el próximo sábado ¡el
Athletic nos traiga la Copa
a casa!
Únicamente
quisiera hacerte un pequeño comentario sobre el “excelente” año 2014 que el
Cine Español vivió, y al que tan a menudo aludes. Pero las cifras “cantan”. Y
eso leemos por todos los lados. El éxito económico de los 8 apellidos vacos, y Torrente
5 nos han echado un capote, qué duda cabe. Aunque como diría el bueno de
Harvey Keitel, y yo lo suscribo, en el Pulp
Fiction de Tarantino, vamos a dejar de chuparnos las pollas….
Porque
vamos a ver, las cifras y la recaudación son incontestables pero creo que no
hay que engañarse. Los caminos de los 8
apellidos y de los torrentes no sé
cuántos, ¿adónde nos llevan? A Roma, me parece que no. A algún recóndito
pueblecito perdido de la Sierra
del Quinto Pino, tal vez. Porque me imagino que tampoco nadie se atreverá a
poner en tela de juicio que con estos "polvos" (y luego volveré sobre
ellos), el empobrecimiento cultural o los "lodos" que este país
sufrirá, en un plazo moderadamente corto, serán tóxicos y preocupantes.
Y
es que, ante todo, deberíamos saber con quién o con qué cartas jugamos esta partida.
Y me aclaro. Hace unos años también las muy rentables Los bingueros de Ozores, con los inefables Pajares y Esteso al pié
del cañón, o los Polvos mágicos
dirigidos por un tal Bud Lee (sic)
con José Ramón Larraz y el pobre Alfredo Landa nos trajeron suculentos
dividendos y bonitos réditos con los que poder consolar nuestra siempre
maltrecha industria. Pero todos sabíamos lo que esas películas eran.
Llenábamos los cines para ver Los
bingueros o Los polvos mágicos
pero SABÍAMOS LO QUE VEÍAMOS Y LO QUE ESAS PELÍCULAS VALÍAN Y PARA LO QUE
VALÍAN: para entretenernos hora y media y olvidarnos de ellas en quince
minutos. Y también sabíamos que en el cine de al lado proyectaban, pongo
por caso, Apocalypse Now o Blade Runner y que esas películas eran
OTRA COSA.
Pero
ahora que anda todo tan revuelto me parece que también nosotros nos
hemos despistado. Y nos creemos, y el propio Segura se lo cree, que la
saga de los torrentes es una digna
sucesora de la comedia de Berlanga y que la película de Martínez Lázaro (sí, el
otrora ambicioso realizador de Las
palabras de Max, ¡el mismo!) va a suponer un insigne punto y aparte en la Historiade la ComediaEspañola.¡Y
por favor! ¿Adónde pretendemos ir? ¿O a quién pretendemos engañar?...
Si,
antes todo estaba menos revolutum. El
negocio era el negocio, o Los bingueros.
Y el arte era el arte, o Blade Runner.
Pero en estos tiempos en los que el pretencioso y arrogante dinero parece
haberse constituido en el único valor, en “lo único que vale” resulta que los 8 apellidos o los torrentes se pasan de listos, quieren ir a por los rolex y a por
las setas, a la vez, y no conformes con amasar fortunas quieren además hacernos
creer que son ARTE. Y no, eso no me lo trago ni con bicarbonato. Los apellidos y los torrentes habrán llenado las salas de cine, las arcas de la
industria y los bolsillos de muchos afortunados. Y yo, desde aquí, les doy la
enhorabuena. Pero que no me hagan comulgar con ruedas de molino. Al César lo
que es del César, se cuenta en La
Biblia. Y en esas películas el cine, al menos tal y como yo
lo entiendo y lo he aprendido, brilla por su ausenciaY en su lugar, el chiste fácil y patético, la
chorrada de turno, el ritmo alocado y apresurado, el Parkinson más letal y sin
sustancia, campan a sus anchas. Y que sigan campando, sí… pero que no nos tomen
el pelo. Quien dijo Torrente dice Los bingueros, quien habla de Segura
habla de Esteso y quien presume de 8
apellidos vascos presume también de mágicos
polvos. Y punto pelota. Que ya somos mayorcitos y llevamos el dedo
fuera de la boca desde hace años. Que hemos visto mucho cine. Y del bueno.
Así que por cuatro duros, o por un excelente primer fin de semana que
nadie pretenda colarnos el gato por la liebre. O los torrentes por los blade
runners. Que hasta aquí habríamos llegado…
Ya llevo tres años con este blog, con esto de La vuelta y
la tuerca y quizás se vaya imponiendo cierto cambio de rumbo. Nada
drástico. Pero sí ajustes que habrían de implementar aquella 1ª entrada
que pretendía contener alguna de las señas de identidad con las que
vestir a esta aventura que estaba a punto de comenzar. Luego a aquella Declaración de principios y finales
escrita el 20 de junio de 2012 habría que añadir, ahora, esta Una tuerca más que hoy me dispongo a escribir.
Y es que Stevenson me resulta inagotable. Ya sabéis que
estos días ando leyendo sus (sin desperdicio) Ensayos sobre viajes. Y el titulado Cockermouth y Keswick me ha emocionado especialmente. Él ha sido
el culpable. Él me ha dado la idea de esta “tuerca más”. Porque Stevenson
escribe, (…) dejo que trascurra un lapso
de tiempo considerable entre mis viajecillos y mis intentos de hacer la
correspondiente crónica. (…) Necesito dejar que mis recuerdos se asienten y
queden libres de polvo y paja hasta que quede sólo oro puro; tengo que dejar
que mi memoria escoja lo verdaderamente memorable aplicando un proceso de
selección natural, y creo firmemente que de este modo garantizo la
supervivencia de los más aptos.
Y ésta creo que será mi actitud a partir de este momento. Dejar transcurrir un lapso de tiempo
entre las entradas y aquello que motiva las entradas, aquello que
hace que me siente, encienda el ordenador y me ponga a rellenar la página en
blanco. Sí, y estoy de acuerdo con Stevenson (¡cómo no iba a estarlo!): se necesita que los recuerdos tomen su lugar,
se afiancen, y con esos movimientos mi memoria obtendrá lo que verdaderamente
llamó su atención desde el primer momento, aunque en ese momento (demasiado
“primero” posiblemente) no hubiera reparado en ello. Pero, después del lapso de tiempo preciso, con los
recuerdos ya libres de polvo y paja,
de las RAMAS, el oro puro, el BOSQUE, lo que ciertamente me
importa, lo más apto brillará con la luz de ese faro que marca el rumbo adecuado
en mitad de la tormenta de los chismorreos o de la noche de las banalidades.
Aunque sin pecar de pretenciosos ni olvidar que también el BOSQUE se construye, entre otras cosas, con las RAMAS. Por todo esto pienso que La vuelta y la
tuerca sigue siendo un buen título para este blog.
Porque detrás de lo que parece ser una tuerca (el polvo y la paja, casi siempre, las RAMAS), y después
de unas cuantas e imprescindibles vueltas, aparece aquello que vale, y en lo que no caeré hasta enésimo giro
(el oro puro, casi siempre, el BOSQUE).
Y ésta sería la razón por la que los comentarios, por ejemplo, sobre la pelea del siglo entre
Mayweather y Pacquiao aún no se hayan asomado a este blog, y estén cociéndose a fuego lento, esperando, dejando que
ese lapso de tiempo preciso
(¡y en estos tiempos que corren la hostia, más aún!) transcurra y me retire las orejeras y, en su lugar, me coloque unos
fantásticos rayos X en los ojos. Así el mundo se verá de otra manera. Más certera
y saludable, sin duda. Y que La vuelta y la tuerca
no se apresure ni se atrompique en sus entradas. Lo dicen los italianos, chi va piano, va sano e va lontano. “Despacio
se camina mejor, y se va más lejos”. Claro, me olvidaba: el refranero siempre acierta (o ir a la entrada Maldito refranero, refranero maldito del 19 de abril de 2013).
Se acabó la 1ª Ronda de los Play-Offs de la NBA y los pronósticos se nos
han ido, ligeramente, al garete. Pero ni ha sido la primera ni será la última
vez. Yo, por lo menos, siempre apuesto por “mojarme”. Porque el que se moja es
el único que tiene la posibilidad de equivocarse. Y yo no quisiera, ni por lo más
remoto del mundo renunciar, a esa maravillosa posibilidad. Ya lo decía Chaplin.
¿Y quién soy yo para llevarle la contraria?
Y lo digo por los augurios que me han llevado a pensar (tal
y como señalé en la entrada a este mismo blog
del 18 de abril) que la 1ª Ronda de los Play-Offs de la NBA es el deporte en su máxima y más alta expresión.
Pero este año la cosa no nos ha salido bien. Las eliminatorias, no nos
engañemos, nos ha salido más bien descafeinadas. Dos de ellas saldadas con un
demoledor 4-0; otras dos con 4-1; otras dos, más disputadas, con 4-2; una, la
de Toronto contra Washintong con ¡0-4!, aunque ya se debe saber que algunos
equipos del Este son menos de fiar que las escopetas de feria; y una
eliminatoria, la de los Clippers de
Los Ángeles contra los actuales campeones, los Spurs de San Antonio, resuelta con 4-3 en el último partido. Y,
¡qué eliminatoria! Y sobre todo, ¡qué 7º partido!: 111-109, ¡con 16 empates y
31 cambios de líder en el marcador!, los campeones eliminados con la cabeza
bien alta, y en el que pudiera ser el último partido del irrepetible Manu
Ginobili en la NBA
(o volver a ver la entrada del 7 de mayo de 2013 en este blog),
con un Chris Paul, renqueante pero inconmensurable en la refriega, metiendo la canasta, ¡no!, el canastón final y decisivo, la jugada de la 1ª Ronda: esa jugada y ese momento que cualquier deportista sueña con hacer y vivir.
Sí, quizás me equivoque, y ojalá lo haga, pero este 7º, y esta canasta, tal
vez vayan a ser el mejor partido y la mejor canasta de las eliminatorias por el título, con lo que
mi apunte de la “1ª Ronda de los Play-Offs de la NBA como el deporte en su más
alta expresión” no haya ido tan descaminado. Y sino aquí os
dejo esa mágica canasta de Chris Paul que sirvió para que los
angelinos pudieran continuar con su sueño de ajustarse al "dedillo" los Anillos de Campeones por
1ª vez en su historia, y a los Spurs programando el verano y la Temporada que viene, que
ya vendrá cuando tenga que venir. Por este año la "fiesta" ha terminado para ellos.