A veces me ocurre, como durante esta Semana Santa, que estoy particularmente coñado. Y me pongo a pensar en cosas que antes nunca había pensado; en cosas del tipo de cuales son el peor actor y la peor actriz de la historia de Hollywood, por ejemplo.
Cierto es lo reconozco que el último y reciente visionado de La novia de Frankenstein, la buena (y dejémoslo ahí) película que James Whale rodara en 1934, más acertado que en su original y mediocre Frankenstein, ha contribuido lo suyo a que me embarcara en esta elección.
Porque ella, la actriz está en La novia... No es la novia, ¡faltaría más! Apenas si es un personaje secundario, con más protagonismo del debido durante los primeros minutos y que por ello está a punto de echar al traste la película o de hacer que levante el culo de mi mullido butacón y vaya a tomarme un pequeño black tea. No lo consigue y me quedo con las ganas del té, gracias a Dios, porque después de esos nefastos primeros minutos desaparece; por lo menos, para mi alivio. Y el nombre de semejante insustancial, histericona y con menos gracia que tener hipo no es otro que el de la buena Una O´Connor, que hizo bastante cine y que casi siempre como en La novia... es lo más patético de la función. Así que ella se lleva el Premio y la consabida y cariñosa, ¡faltaría más again!, colleja para que vuelva a su sitio o a su casa y que no se le ocurra volver a moverse de ahí en su vida.
Y en cuanto a él, muchos lo tendremos en la punta de la lengua, y con unas tremendas ganas de escupirlo y quitárnoslo de encima. También él es muy capaz de destrozar la mejor película con su simple intervención. Y si para muestra, un botón, aquí os dejo con una de sus secuencias en la bonita Desayuno con diamantes, la adaptación de la novela de Truman Capote que realizara Blake Edwards en 1961 con la inolvidable Audrey Hepburn.
Porque vamos a ver y seamos sinceros, ¿quién no lamenta, siempre que ve la peli, la presencia del calamitoso Mickey Rooney interpretando al ni-una-risa vecino de Audrey? Cierto es que Mickey nunca fue gran cosa, pero creo que con sus apariciones en Desayuno... fue el principal motivo para la urgente invención de la marcha rápida en los reproductores de vídeo o dvd. Sí, se lo ha ganado a pulso. El Premio al Peor Actor es todo entero, tranquilos nadie se lo va a quitar, para él. Y os dejo con una de sus intervenciones....
Aunque tampoco vayamos de listillos y nos olvidemos de alguna de las grandes lecciones que Mickey Rooney nos ha dado. Porque si después de verle casado con Ava Gardner, y frivolidades aparte, todavía nos extrañamos de que un tipejo como Putin invada Ucrania, es que aún no hemos aprendido nada sobre hasta dónde es capaz de llegar el ser humano.
El otro día vi y disfruté con Las margaritas(1966),
de Vera Chitilova. Comparado con el adocenado e inofensivo cine con el que
“disfrutamos” hoy en día esta película checa me parece diferente,
valiente y a por todas. No me extraña, según me contaron, que su directora
estuviera castigada sin ponerse detrás de una cámara durante un par de lustros
o que la Unión Soviética invadiera Checoslovaquia dos años más tarde.
Cierto que las cosas no pintaban bien para los
soviets. Tras la muerte de Stalin, el grito de asfixia de Hungría, y los JJOO
de Melbourne (1956) donde rusos y húngaros se pegaron en la piscina durante el
más sangriento partido de waterpolo que se haya celebrado nunca. Intentar para
ello ver el impresionante docu Freedom´s
Fury. No tiene desperdicio. O el cine sin concesiones de Jancsó. Muy
cerquita estuvo la Escuela de Cine de Lodz y Polanski, y sus locos y primerizos
cortometrajes, y El cuchillo sobre el
agua, y lo que vino después o el impresionante influjo que ejerció, y que
aún hoy en día ejerce, el fantástico cine de animación de Zbyniewski o del más
clásico, pero no menor, Jiri Trinka.
¡Sí, el Este de Europa era un hervidero de talentos
y de ganas de levantar el dedo y decir, ¡aquí estamos nosotros después de tanto
tiempo de ostracismo! Y posiblemente
algunos pensaron que, tras la muerte de Stalin, aquello se había salido de
madre. Luego no debería extrañarnos que
las tanquetas rusas salieran a dar, cada cierto tiempo, una vueltilla para intentar
re-colocar las cosas en su sitio; es decir, sobre los mullidos bigotes del
añorado (sic) Stalin. Ya dejamos anotado que Checoslovaquia
no se libró de esos poblados y peligrosos bigotes.
Pero es que con Las
margaritas hasta el cine clásico saltaba en pedazos. Viéndola soñaba con cierto
aroma al cine de Kubrick (cfr,- el lujoso comedor que las dos rebeldes hermanas
destrozan), al aire fresco de las gamberradas de Richard Lester con los
Beatles, ¡a Pippy Calzarlargas!, con la que, incluso, alguna de las
protagonistas guardaba un indudable parecido, como me sugirió un atento
espectador. Sí, todo aquello de planteamiento-nudo-desenlace, a la basura. Y a
cerrar la bolsa.
Sólo que no todo puede ser. Porque dentro de la narrativa clásica se
incluye la duración de la película. El esquema planteamiento-nudo-desenlace
marca unos tiempos. Y los espectadores, advertidos, sabemos por donde andamos.
Si por el principio, si por la mitad, o si la película está terminando porque
esto que estamos viendo me huele que forma parte del desenlace.
Pero si la narrativa clásica descansa en el fondo
del retrete, ¿adónde podemos los espectadores sujetarnos? ¿Cuál es el
planteamiento?, ¿cuál es el nudo?, ¿cuál es el desenlace?; en definitiva,
¿cuándo termina esto? Porque Las
margaritas, por ejemplo,apenas
dura 75 minutos, pero ¿por qué no dura dos horas o tres o quince minutos?
Posiblemente con el cine, y con el arte no narrativo, haya que dejarse llevar,
apagar los móviles más que nunca y olvidarnos del reloj. Como si estuviéramos
de vacaciones. Porque, quizás, sea éste en el fondo el objetivo del arte no
narrativo. Romper con las obligaciones, con las reglas, hacerlas desaparecer,
para así poder movernos a nuestras anchas, para así poder visionar Las
margaritas y si estamos cansados o con “mono”, salir del cine y
echarnos un cigarrito, y volver a entrar (si es que entramos) cuando nos
apetezca. Nada demasiado trascendental nos habremos perdido entre calada y
calada.
Sólo que yo sigo pegado al arte clásico. Con Loctite. Han sido muchos años de
adocenamiento. Necesito saber cuándo esto que estoy viendo / escuchando va a
terminar. Necesito la cuenta atrás que Fritz Lang inventó en La mujer en la luna, allá por el año 28.
Porque si esperamos el lanzamiento del cohete contando 1, 2,3, 4, 5, 6… nos
podemos eternizar: ¿cuándo acaba este rollo? Pero con 5, 4, 3, 2, 1, 0, todo
está más claro. Ya sé por dónde ando. Más tranquilo. Y con el arte y el cine no
narrativo, y con Las margaritas, más
despistado y perdido. Aunque también lo sé: ése es tu problema, que me diría la buena de Chitilova. O sea que, si no
me despego, peor para mí.
¿Estoy volviéndome loco con esto de los “parecidos
razonables” o no rezuma el famoso tema principal de Eduardo Manostijeras, compuesto por Danny Elfman, evidentes similitudes
con la 7ª pieza, o el Animal´s Carnaval
Aquarium, dicho sea en inglés, del espléndido El carnaval de los animales, dicho sea en castellano castizo,
creado por el músico francés Camille Saint-Saëns en ¡1886!?
Y prestemos atención ya que el tan celebrado Danny Elfman no
es la primera vez que aparece en esta sección de parecidos razonables (ver la entrada en este mismo blog del 9 de
noviembre de 2015, Danny Elfman y
Berlioz, parecidos razonables; sí, Berlioz, otro músico francés del XIX).
¡Pero no pasa nada!
Tan solo reconocer cómo la cultura musical del sr. Elfman le ha servido para
subirse a uno de los más altos escalafones en este noble arte de componer
bandas sonoras para el cine. Y que además cunda su ejemplo, porque insisto,
reconocer las semejanzas entre dos excelentes creaciones no resta un ápice de
talento ni de mérito a aquel que “copia”; en este caso, el músico
estadounidense sino al contrario: pienso que es una de las más saludables
muestras de cómo acumular sabiduría (musical, aquí y ahora) para después
aplicarla felizmente cuando la ocasión se presente. Y en esto los norteamericanos
(también lo he comentado en este mismo blog alguna vez), cineastas, músicos,
pintores, etc. son maestros indiscutibles y envidiables. Seguro que Tim Burton está
de acuerdo y daría a Elfman, después de escuchar su partitura, la más cálida y
emocionante enhorabuena.
Pero, como siempre, vosotros diréis.
Eduardo Manostijeras
Animal´s Carnaval Aquarium
PS,- Y algún otro día hablaré de Donald Trump y de Pedro Sánchez. Y más en serio, de Leonard (Cohen) y de Perico (Fernández). Lo prometo. QEPD.
PS(2),- Y en el colmo de los colmos el otro día escuché la música de los créditos iniciales de Días del cielo, la segunda película que Terence Malick dirigió, y cuya lamentable banda sonora firma el repetitivo, cargante y, por lo visto, vaguete Morricone que para esos créditos iniciales no se come ni un poquitín el tarro y recurre sin cortarse ni un pelo al mismo Aquarium de Saint-Säens, sin venir a cuento y solo porque "hace bonito": ¡jetas tendremos toda la vida! Luego se quejaba de que no le dieran el Oscar.
Si sobre Ucrania no he escrito nada todavía en este
blog, como algunos colegas me reclaman (y no sin razón), es porque primeramente
la guerra me pilla lejos, a pesar del “bombardeo” selectivo, constantey pacífico que sufrimos nosotros los
espectadores a través de los medios de comunicación, y seguidamente porque
tengo la impresión de que se nos oculta algo. Y de que este “algo” irá asomando
su rostro poco a poco, haciendo, entonces sí, que nuestras opiniones tengan
mayores visos de seriedad.
Porque si no hay “algo” la cosa es fácil de explicar, que no de entender. Uno de
esos rusos “echaos pa´lante”, de los que hay mogollón (la rasca que pega por
esos lares no te permite tomarte las cosas a la ligera y menos aún tumbarte la
bartola después de comer), pero este del que voy a hablar, éste en concreto,,
Vladimir Putin casi venerado/temido en toda Rusia y con los mecanismos del
poder y de la destrucción nuclear en la punta de sus dedos parece haberse
pasado, esta vez, de la raya e invadido Ucrania apelando a la razón y al tamaño
de sus huevos.
Esto es lo que hay. Y sobre esto, ¿qué puedo decir?
Pues que estoy en contra, por supuesto, y a favor de que Putin sea destituido
antes hoy que mañana si es que, resuelto este conflicto con Ucrania, no
quisiéramos vernos envueltos en otro nuevo próximamente,
como leíamos en los cartones finales que anunciaban el estreno de alguna gran
película. Pero Ucrania no es ningún decorado ni esto, aunque lo veamos por la
tele, no es tampoco una película, por
mucho que Putin sí que parezca haberse dado una vuelta por el Actor´s
Studio.
Y aparte de esto, poquito más. Carguemos nuestras
bocas con los insultos más sonados que pudieran ocurrírsenos, caguémonos en
Rusia a 10 grados bajo cero o mejor que esto: movamos el culo, cojamos el coche
y acerquémonos hasta la frontera de Ucrania con Polonia. Lo digo por ejemplo y
porque allí nos consta que están llegando oleadas de refugiados con poco más
que lo puesto. Hablemos con ellos, démosles un cafecito y unas galletas y
mantas limpias y, todavía mejor, invitemos a 3 o 4 de ellos a subirse al coche
y a hacer el viaje de vuelta con nosotros, charlando para hacerlo más
entretenido y llevadero, y porque además estos ucranianos hablan el español como si de
sobrinos de Lope de Vega se trataran; esto y lo del hombre ese con 71 años que
harto de estarse en casa vegetando y aburrido, enganchó un arma y salió a la
calle para juntarse con los rebeldes y luchar contra cualquier ruso que se le
pusiera por delante es, sin duda, lo que hasta ahora más me ha llamado la
atención de este conflicto. Como veis bastante normalito y hasta pelín frívolo,
lo reconozco.
¡Pero ésas sí que son pelotas, y no las de tenis, ni las de Putin! Las pelotas de esos partisanos de Leonard Cohen o de esos imprescindibles de los que
nos hablaba Bertolt Brecht cuando decía aquello que nunca deberíamos olvidar,
Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay quienes luchan toda la vida: esos son los
imprescindibles.
Y que, añado yo de rebotillo, siempre aparecen
cuando uno menos se lo espera. Porque el ser humano es impredecible. Para lo
bueno… y lo malo, ésa es la puñeta.
BETIKO, TXAPELDUN! Sí, porque mañana el gran Oinatz Bengoetxea se despedirá de los partidos a caraperro, y de las competiciones pelotatzales. Mucho nos ha hecho disfrutar a muchos. Y siempre le guardaremos un recuerdo allá donde estemos. Sus paraditas al txoko a más de uno, yo entre ellos, nos dejaron boquiabiertos y con las manos calentitas de tanto aplaudir. Y es que personas como Oinatz no deberían tener la palabra "adiós" en su diccionario.
Reproduzco a modo de emotivo homenaje, el artículo que le dediqué en este mismo blog, y que fue publicado en El Desmarque de Bizkaia, con motivo de la consecución de la txapela que supuso su increíble Triple Txapela, parafraseando una terminología cara al tenis. Aquel increíble 27 de noviembre de 2016 escribía...
No escribo sobre lo que está
pasando en estos precisos momentos; o sea, sobre el comienzo este fin de semana
del Campeonato de Parejas en la Pelota
Profesional, o sobre el parón del tenis hasta principios del
próximo año. Porque a lo que voy ocurrió el 27 de noviembre, por la tarde, y lo
escribo porque no suele pasar muy a menudo, pero ese día las imponentes puertas
del Olimpo se abrieron y no sólo se abrieron una vez, a eso de las 7 de la
tarde sino que unas tres horas más tarde ¡volvieron abrirse por segunda vez! Y
esto sí que ya es un acontecimiento tan singular que, para recordar otro
parecido, debería hacer o tener una memoria que no tengo, como de la que,
seguramente, presuma el genio noruego, ese chaval de 26 años, Magnus Carlsen,
que acaba de proclamarse nuevamente Campeón del Mundo de ajedrez.
Pero a lo que voy. Las
puertas del Olimpo se abrieron de par en par esa tarde del 27 de noviembre; las
puertas del Olimpo que son, por supuesto, las puertas del Olimpo de los dioses,
las que dan acceso a un recinto muy especial donde se juntan, charlan y se
solazan en sus virtudes los dioses, los más grandes, los imprescindibles, como
con el permiso de Brecht y Silvio Rodríguez, suelo llamarles yo, porque es este
Olimpo un lugar tan especial que para entrar en él no es necesario haber
fallecido, ni natural ni trágicamente (lo cual no deja de ser algo
relativamente sencillo; al fin y al cabo, tarde o temprano todos acabaremos
vistiendo el maldito traje sin bolsillos) sino haberlo merecido, lo que es bastante
más complicado que estirar la pata. Sí, eso son palabras mayores.
Por eso fue todo un
acontecimiento, del que se hablará o debería hablarse largo y tendido, que los
dioses, el pasado 27N, recibieran entre sus huestes divinas a dos nuevos e
ilustres huéspedes. Y todos, además, tendríamos que estar por ello de
enhorabuena. Yo, por lo menos, lo estoy. Cuantos más divinos menos diabólicos.
Y el primer nuevo e ilustre inquilino
del Olimpo respondía al nombre de Oinatz Bengoetxea; 32 años, 1 metro77 centímetros de
estatura, natural de Leiza, en Navarra y para más señas, delantero en el noble arte
y deporte de la Pelota
a Mano.
El caso fue que Oinatz, tras
casi 15 años de profesional, se proclamó ese 27N Campeón del 4 ½ después de
derrotar, en un explosivo e inolvidable partido, a Jokin Altuna, por la mínima,
22-21. Y a pesar de que con esa pírrica diferencia cualquiera de los dos
contendientes pudo haber ganado, pienso que Oinatz se lo merecía una
microdécima más. Y no sólo por los años. Jokin aún tiene 20 y mucha tela que
contar. Y Oinatz, por el contrario y, ojalá me equivoque, afronta el último
tramo de su sufrida carrera. Porque su discurrir por los frontones no ha sido
precisamente un camino de rosas. Han coincido sus mejores años con los mejores
años también de quizás los dos más grandes pelotaris que la Pelota ha dado en los
últimos tiempos. Y hablo de Olaizola II y de Irujo, por supuesto. ¡Cuántos
torneos, cuántas txapelas han impedido, deportivamente los dos, y con todas las
de la ley, que Oinatz levantara o que se cubriera la cabeza con una de ellas!
Es el sambenito que los
grandes suelen sufrir en sus propias carnes cuando resulta que sus días son también
los días de algunos más grandes todavía. Pero qué se le va a hacer. Hay que
seguir, perseverar, luchar, y vuelvo con Brecht y Silvio, no una tarde, ni un
mes ni un año sino toda la vida. Sí, eso serán siempre los imprescindibles. Los
que nunca darán su brazo a torcer. Los que no se inclinan ante las derrotas,
por numerosas, dolorosas o ajustadas que sean. Porque a esos, y Oinatz es un
magnífico ejemplo de lo que digo, ganar les cuesta un poco más todavía, y las
derrotas no sólo escuecen y levantan sarpullidos allá por donde van sino que, a
veces, las muy puñeteras llegan a inscribirse en tu ADN con la odiosa palabra:
“perdedor” colgándote invisible de la espalda.
Y luchar contra eso, luchar durante
toda la vida, retorcerse hasta la extenuación, por evitar que la derrota
cincele su maldición en la piel, es una labor al alcance sólo de los verdaderos
titanes. Y Oinatz lo es. Es uno de ellos. Pero desde el 27N ya puede respirar
tranquilo, a pleno pulmón, y presumir de tener en sus alforjas la venerable Triple
Corona; ésta es, Campeón del Manomanista, Campeón del Parejas, con el riojano
Álvaro Untoria, cuando paseaba por los frontones un juego y una magia que le
hacían parecer un pelotari irreal, de
dibujos animados (juro no haber visto jugar a nadie a pelota como a aquel
Oinatz de 2015; luego las lesiones le hicieron la puñeta y más humano). Y el
27N, por fin, Campeón del 4 ½.
En toda la historia de la Pelota únicamente 7
pelotaris pueden sacar pecho y decir que son uno de ellos, poseedores de la Triple Corona. Por eso, y con el
sudor aún resbalándole por la frente, Oinatz diría en su primera entrevista después
de la Final,
que ahora ya podía retirarse tranquilo. Pero él no lo hará. Oinatz no es de
esos que se aparta cuando cuenta con todos los triunfos en la mano. Sabe que
ahora, y si no se lo digo yo, ha llegado ese momento dulce de jugar no sin presión,
pero sí con la presión justa. Ni mayor ni menor. La ideal. Cuando lo más duro
del trabajo está ya hecho y todo lo que venga será por añadidura, porque Oinatz
se lo ha merecido. ¡Así que a disfrutar!
Y por eso ¡que se abran las
puertas!, ¡que los dioses del Olimpo muevan sus culos y se pongan de pie! Porque
entra Oinatz Bengoetxea, el navarro de Leiza, otro de los imprescindibles, como
sus nuevos e ilustres vecinos. (E inserto, a modo de homenaje, el conocido Feel de Robbie Williams, con el que
Oinatz guarda, al parecer de mi mujer y del mío, un parecido que estamos dispuestos a
discutir con cualquiera).
Y todo esto ocurriría a no sé
cuántos miles de kilómetros de altura y sobre 8 de la tarde del domingo. Pero
es que todavía quedaba más. Unas horas después, ya lo contaba antes, esas
mismas puertas del Olimpo volvían a abrirse. Y por otro deportista. De nombre
Juan Martín del Potro, Delpo, para los que quisiéramos ser sus amigos. Tenista
de Tandil, en Argentina. Más espigado que Oinatz: 1 metro 98, pero con el
mismo sufrimiento marcado en sus mejillas; en su muñeca izquierda, por ser más
concreto y menos poético. ¡Cuántos penalidades, Delpo!, ¡cuántas operaciones en
esa maldita articulación! Lo tenía todo y aspirabas a todo. Fuiste el cuarto
tenista del mundo, ganaste el Abierto de Estados Unidos en 2009 derrotando en
otra inolvidable final al entonces intocable, y siempre increíble, Roger
Federer, y las pistas de tenis no escondían ningún secreto para ti.
Hasta que llegaron las
lesiones, y los quirófanos, y las interminables sesiones de rehabilitación que,
en realidad, no rehabilitaban gran cosa. Y la muñeca, mientras tanto,
atrofiándose y aquel golpe de revés liftado, demoledor, furioso, envidiado por
todos los tenistas del circuito, tuvo que trastocarse en un toque diferente, si
Delpo quería continuar jugando al tenis. Y aquel revés liftado, demoledor,
furioso y envidiado pasó a ser, entonces, un apañado y sutil roce cortado;
elegante y profundo, sí, en muchos puntos pero una sombra del aquel latigazo
que todos los adversarios temían, de aquello que fue y salía de una muñeca de
ensueño, de aquello que muchos recordaremos siempre con nostalgia.
Y así, Delpo bajó casi hasta
los infiernos. Más allá del puesto 1000 en el ranking ATP. A principios de 2016. Pero no se rindió.
Tampoco él es de esos. Y cuando más difícil lo tuvo para sacar la cabeza del
túnel al que las lesiones le habían condenado, perseveró. Y eso es, lo que para mí, no tendrá nunca precio.
Regresa a la
Copa Davis en junio. En cuartos de final
gana el fundamental partido de dobles de la eliminatoria contra Italia. En
semifinales se impone al actual No.1, Andy Murray, en un partido enloquecido, espléndido,
y en la final derrota a Cilic, No.6, en otro enfrentamiento épico, inolvidable,
remontando dos sets e insuflando, eso tienen los candidatos al Olimpo, la energía
necesaria para que las venas del joven Delbonis bulleran de talento y
destrozara a otro Top20, Ivo Karlovic, en el 5º y decisivo partido, en tres
incontestables sets, y lograr con ello que, tras cuatro finales perdidas,
Argentina se hiciera con la codiciada Ensaladera habiendo disputando, además, y
por primera vez en la historia del centenario torneo, todas las eliminatorias
con el factor campo en contra.
Eso lo hizo Delpo resucitado.
Y después de trepar desde los infiernos; después de haberse colgado la medalla
de plata en los Juegos de Río venciendo al intratable Djokovic, entonces
también No.1, y a Rafa Nadal; después de haberse hecho con su 19ª título
individual en Estocolmo, en octubre, el primero que sumaba desde que en 2014
ganara en Sydney. Acaba con ello el año como el 38º mejor tenista del mundo y
recoge el premio que le acredita como el “mejor regreso del año”; sí, desde lo
más profundo del infierno.
Así que a eso de las 10, del
mismo domingo 27 de noviembre, las puertas del Olimpo volvieron a abrirse. Y
más de un dios o diosa, quizás Eolo, Atenea, Poseidón o el mismísimo Zeus se
giraría para ver qué coño pasaba o a quién se le ocurriría venir tan tarde. Y entre
ellos también se volverían algunos compatriotas suyos: Gardel (abajo, un tango
en tu honor, Delpo), Fangio, Messi, Borges, Ginobili… sí, una tierra muy divina esta Argentina, aunque a otros les
costaría más reconocerle y pensaran que aquello pasaba de castaño oscuro: ¡las
puertas del Olimpo abriéndose dos veces en apenas dos horas! Pero, tras unos
minutos, la figura espigada, de lágrima fácil (pero lágrimas de hombre, ¡qué bonitas!), campechana y tímidamente sonriente de Delpo (¡libradnos tú y Rafa y Roger de los hieráticos y maquinales Murray y Djokovic!) habría hecho
que unos dioses mudaran sus semblantes y otros, tras esos instantes de duda, asintieran complacidos, y que todos, por fin,
estiraran, por debajo de sus blancas túnicas, las manos en señal de hondo
reconocimiento y admiración. Oinatz también le estaría esperando. Y quizás le
saludara e intercambiara con él algunas palabras. No en vano, habían sido los
dos los que habían montado semejante alboroto, los que habían hecho que las
puertas del Olimpo se abrieran dos veces la misma tarde, los últimos en traspasar los
umbrales divinos…
Pero el día hacía ya rato que
había declinado; un día de emociones y sobresaltos. En Gasteiz, en el Ogeta y
en Zagreb, aunque en el Olimpo de estos dioses imperecederos la fiesta daba,
entonces, comienzo. Clarines, danzas, fuegos artificiales, tambores y fanfarrias
a todo volumen anunciarían que Oinatz Bengoetxea y Juan Martín del Potro ya
podían ocupar sus respectivos asientos. Y todo esto ocurrió durante un increíble 27 de
noviembre de 2016, por la tarde, por ser más exactos.
¡Cuántas manos nos hemos
echado a la cabeza perplejos ante la brillante inventiva de muchos spots publicitarios! Todavía recuerdo
aquel anuncio de Coca-Cola, que marcó
toda una época y una tendencia hacia la repetición, por llamarlo de alguna
manera, en el estilo, textos y locuciones de las artes publicitarias y que, por
lo menos a mí, me ha llegado a cansar y hartar por su uso y abuso.
Así que, por si acaso, para
hacer memoria aquí os dejo con el mencionado spot. No resulta complicado descubrir detrás de la locución, los
esforzados jamacocos de alguna agencia de publicidad argentina.
Pero he aquí que, como
últimamente ando también leyendo la genial poesía de Borges, he descubierto en
ella, para mi asombro, idénticas repeticiones y aliteraciones, sólo que con
mayor calidad y con casi ¡medio siglo de diferencia! Luego primero habría sido la
poesía, la poesía (casualmente) argentina, la poesía de Borges, por ejemplo,
quien habría bajado la bandera de salida a estas súper repeticiones.
O si no leed esta larga genialidad
borgesiana, que a mí sin embargo se me hace siempre muy breve, y pensad que donde
el escritor argentino escribe “por”, los multipremiados publicistas de Coca-Cola dijeron “para”:
OTRO
POEMA DE LOS DONES
Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
Por la razón, que no cesará de soñar
con un plano del laberinto,
por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
por el amor, que nos deja ver a los otros
como los ve la divinidad,
por el firme diamante y el agua suelta,
por el álgebra, palacio de precisos cristales,
por las místicas monedas de Angel Silesio,
por Schopenhauer,
que acaso descifró el universo,
por el fulgor del fuego
que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
por la caoba, el cedro y el sándalo,
por el pan y la sal,
por el misterio de la rosa
que prodiga color y que no lo ve,
por ciertas vísperas y días de 1955,
por los duros troperos que en la llanura
arrean los animales y el alba,
por la mañana en Montevideo,
por el arte de la amistad,
por el último día de Sócrates,
por las palabras que en un crepúsculo se dijeron
de una cruz a otra cruz,
por aquel sueño del Islam que abarcó
mil noches y una noche,
por aquel otro sueño del infierno,
de la torre del fuego que purifica
y de las esferas gloriosas,
por Swedenborg,
que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
por los ríos secretos e inmemoriales
que convergen en mí,
por el idioma que, hace siglos hablé en Nortumbria,
por la espada y el arpa de los sajones,
por el mar, que es un desierto resplandeciente
y una cifra de cosas que no sabemos
y un epitafio de los vikings,
por la música verbal de Inglaterra,
por la música verbal de Alemania,
por el oro, que relumbra en los versos,
por el épico invierno,
por el nombre de un libro que no he leído: gesta Dei per Francos,
por Verlaine, inocente como los pájaros,
por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
por las rayas del tigre,
por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
por la mañana en Texas,
por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
por Séneca y Lucano, de Córdoba,
que antes del español escribieron
toda la literatura española,
por el geométrico y bizarro ajedrez,
por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
por el olor medicinal de los eucaliptos,
por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
por el olvido, que anula o modifica el pasado,
por la costumbre,
que nos repite y nos confirma como un espejo,
por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
por la noche, su tiniebla y su astronomía.
por el valor y la felicidad de los otros,
por la patria, sentida en los jazmines
o en una vieja espada,
por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
por el hecho de que el poema es inagotable
y se confunde con la suma de las criaturas
y no llegará jamás al último verso
y varía según los hombres,
por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
por morir tan despacio,
por los minutos que preceden al sueño,
por el sueño y la muerte,
esos dos tesoros ocultos,
por los íntimos dones que no enumero,
por la música, misteriosa forma del tiempo.
(De El otro, el mismo-
1964)
Por lo que estos “brillantísimos”
creativos nada demasiado nuevo habrían creado,
y nosotros podríamos añadir al superlativo dos hermosas y justas comillas sin
que nos tiemble el pulso. Su excelencia casi se resumiría entonces a en un graciosillo
e inocente copiar-y-pegar.
Y me vuelve, como el toque de una campanilla anunciando que la comida
está lista, aquella boutade de
Raymond Chandler, aquella de “había
menos talento que en una laboriosa agencia de publicidad” Así que sin talento propongo,
al menos, haya entre estos publicistas un poco más de humildad, y menos de esa
arrogancia de la que muchos de ellos andan tan sobrados (sin venir a cuento y
sin motivo aparente).
He soñado, cosa que ha podido suceder porque, últimamente, ando con el
sueño un poco loco,, que recibía un montón de quejas por la entrada que el otro
día dediqué a lo que podríamos llamar, y que yo de hecho llamaba, el Eje
Franco-Alemán; ese extraño híbrido de amores y desavenencias que han cultivado,
cultivan y, me supongo, continuarán cultivando estas dos potencias europeas.
Y las protestas me han llegado, cómo no, de las huestes británicas. Que buenos
son ellos a la hora de sacar pecho. Y junto a los clásicos, y nosotros qué, o
su variante, qué pasa con nosotros, he soñado que me encontraba en mi correo
con otras notas no tan educadas del tipo de, de qué hostias vas, Toni, los
ingleses son mucho mejor que esos continentales de curasanes y cabezas cuadradas.
Luego también soñé con que recibía alguna que otra amenaza sin ninguna gana de
tomármela a broma.
Así que he decidido dar marcha atrás, y sin admitir que los improperios
me han acojonado, y sí que los anglosajones en general y los habitantes de Gran
Bretaña, en particular, también gozan por su histórico y regio talante de un bien ganado reconocimiento, y a pesar del Brexit y de Boris Johnson, merecen, por lo tanto, esta humilde entrada
que les dedico con todo, espero, mi esforzado buen hacer.
Para ello he fijado mi atención en la película que el australiano Peter
Weir dirigió bajo bandera estadounidense en 2003. Sí, esa: Master and Commander con Russell Crowe, el famoso actor
neozelandés, en el papel de Jack Aubrey, violinista aficionado y capitán del
navío inglés Surprise que es atacado,
durante las Guerras Napoleónicas (no he querido desmarcarme de La Marsellesa, que era la banda sonora
de la entrada anterior) por un buque de guerra francés.
El caso es que aquí, es decir durante la película de Weir (siempre
exquisito para sus bandas sonoras), suena la increíble Fantasía
sobre un tema de Thomas Tallis, uno de los más importantes compositores
ingleses de música sacra nacido en Kent en 1502 y muerto en Greenwich en 1585. O
sea, más inglés que Isaac Newton, que los Beatles o que Sherlock Holmes.
Tallis escribió durante su carrera 9 salmos, cantos a cuatro voces para
el arzobispo (inglés, faltaría
más) Matthew Parker. Y uno de esos 9 salmos, el llamado Third Mode Melody (que en la ficción inspira a l capitán Aubrey), sirvió para que ya en el siglo XX el infravalorado (al
menos para mí) Ralph Vaughan Williams compusiera su estremecedora Fantasía... (al menos para
mí), una obra para orquesta de cuerda que Weir usa para ambientar y
solemnizar, como sólo los anglosajones saben hacerlo, momentos inolvidables de su
film.
Yo aquí os dejo con la versión que Andrew Davies grabó en la Abadía de Gloucester, el
mismo lugar donde Williams estrenó su pieza en 1910. No estremecerse escuchando
esta fantasía no tendría perdón de Dios y por eso, y por las decenas de
anglosajones que he soñado que se enzarzaban conmigo despotricando por mi
anterior entrada, cuelgo este vídeo o sincero perdón musical.