jueves, 1 de mayo de 2014

MANOS Y MÁS MANOS

 
Se ha tocado a rebato. Ya no valen las medias tintas. Jugamos con todo el equipo. El problema esta ahí. Es el nº 1. El problema nº 1. Cataluña se quiere marchar. Se quiere desgajar. Dejar la naranja española sin uno de sus gajos. Y lo que es peor: pelada y entreabierta. Porque como se desgaja una naranja sin tener que pelarla previamente. Y abrirla. O desangrarla. Vamos a lo que vamos.

Porque si a Cataluña se le da el”brazo”, ¿quién vendrá luego a pedir el otro brazo cuando no, ya puestos, la mismísima cabeza? Los interesados que se pongan a la cola. Y ahí que se iría Euskadi, la primera. Siempre reclamando su turno. O sus derechos. Y luego, ¿quién sabe? Cuando un buque hace aguas hasta las ratas (y que nadie se sienta aludido u ofendido) quieren escaparse de las bodegas y saltar al agua… aunque no sepan nadar. Son, quizás, los efectos de la histeria, los recuerdos del Titanic.
 
Pero repito: vamos a lo que vamos. Cataluña pide el brazo. Y España lo sabe. Entre otras cosas porque los catalanes no se andan con chiquitas y se lo han pedido a la cara. O el otro día en el Congreso. Y España entonces, ¿qué? Hace lo que puede. Ofrece diálogo. O tiende la mano. Aun a riesgo de que, si el refrán se cumple a rajatabla, después le cojan y le arranquen el brazo. Pero confía en que el refrán vuelva a fallar. Como sucede muchas veces. Que para el 40 de mayo ya nos hemos quitado el sayo hace ya por lo menos… dos semanas. Y ahí que España, con todos sus arsenales puestos de acuerdo (medios de comunicación, en primer lugar) tiende la mano a Cataluña. Y que, después, sea lo que sea. O pase lo que pase. O de perdidos al río. Y empezamos, entonces, con lo que me está llamando últimamente la atención.

O, por ejemplo, ¿cuántas veces ha visitado este año 2014 algún miembro de la Casa Real Cataluña? Eso es tender la mano. Lo que algún chiquillo deslenguado llamaría hacer la pelota. En esto todos los españoles remando en la misma dirección. Hay que sacrificarse. Quemar hasta las últimas balas. Porque lo que vendría a continuación ni imaginárselo quieren. La naranja abierta. Y desgajada. Y “tocada” también. O con muy mala pinta.

O, ¿quieren otro ejemplo? El fallecimiento de Tito Vilanova, el ex - entrenador del Barcelona que ganó una Liga, que batió el record de puntos, y que murió de un maldito cáncer con 45 años y sin tiempo de decir “esta boca es mía”. Me permito un inciso. El Francotirador que nos acecha desde las alturas continúa haciéndonos la vida imposible. ¡Desde hace cuánto tiempo! Todos hablan de Él pero nadie le ha visto aún. Nos caza a millones todos los años. En grupos o a solas. Tiene especial preferencia por las personas ya entradas en años. Pero a veces se encapricha con los que aún no han llegado a los 50. Como Tito. También parece que prefiere a los negritos. De África a ser posible. Pero muchas veces se fija y encuadra (siempre certero) a los blanquitos. Y de Europa. Como a Tito. Esto nos mete en un jaleo que parece que no tiene solución. El Francotirador es un Tipo que parece que se mueve sin razones. Que no obedece a ningún Gobierno. Que va por libre. Y eso puede hacerle muy peligroso. Apostado entre las nubes o, posiblemente, desde mucho más arriba parece que no se cansa de darnos caza. ¿Acaso de divierte así? Yo ni lo sé ni me importa. Creo que es la conclusión a la que he llegado después de darle muchas vueltas al asunto y de leer algún libro que otro. O es, por lo menos, la solución más saludable. Por lo menos, para mí. La que me permite conciliar el sueño, con más o menos dificultades sí, pero más o menos llevaderas también, todas las noches. Y la solución que me permito aconsejar a todos para así podernos concentrar en otras historias.

Por ejemplo en ésta que no es sino otra versión de la pregunta que antes planteaba. O, ¿no es a todas luces excesiva la dedicación, ¡por parte del ABC! (ya conocemos su “patita”), de una portada de forma íntegra, y vuelvo con él, al bueno de Tito? Creo, sinceramente, que esto es otra mano. Como el minuto de silencio a los sones de Ennio Morricone y del precioso tema de Hasta que llegó su hora (¡emblemático título, por cierto!) que le dedicó al desafortunado entrenador la sección de baloncesto del Real Madrid, con sus jugadores luciendo crespones negros en sus blancas camisetas en el decisivo partido que les enfrentaba al Olympiakos griego en su lucha por alcanzar la Final Four de Turín. Pues eso: otra mano.

Y, ¿qué decir de una de las semifinales y la final del Trofeo catalán Conde de Godó de tenis que TVE tiene anunciadas para emitir a través de ¡su primer canal! ¿No es también excesivo para un Torneo 500 de la ATP, o sea, que ni es un Grand Slam ni un  Master 1000, pueda ocupar la parrilla vespertina del fin de semana de la principal cadena de televisión estatal? Sí, eso es eso: otra mano.

Y de aquí al mes de noviembre me atrevo a pronosticar que veremos muchas más manos. Y, ¿en qué terminará todo esto? ¿Cuántas manos se podrán lanzar a Cataluña? ¿Habrá manos de sobra? Yo no me aventuraría a hacer un pronóstico. Y me conformaría con mirar a los toros desde la barrera. En el fondo me gusta que se tiendan manos. Y que éstas parezcan infinitas, inagotables. A las manos suelen seguirles los saludos, los apretones y, a veces, … ¡hasta los abrazos! Pero en una mano tendida siempre hay buen rollo. Y eso me gusta. ¿A quién puede no gustarle? Si además conservamos aún el brazo. Que ése sí que no tiene vuelta. Cuando la mano se da, se reclama al mismo tiempo a la otra. Se desea aquel buen rollo del que hablaba antes. Aunque también es verdad: ¿hasta cuándo podremos estar jugando a “este buen rollo”? Ni idea. Supongo que será cuestión de esperar. Esperar acontecimientos, hechos. Wittgenstein ya nos advertía que de hechos está realmente construido el mundo. Ellos nos dirán, al final, si tantas manos han merecido la pena, si tantas han servido para algo; para que la naranja, por lo menos, continúe sin pelar y con todos sus gajos intactos... O si, por el contrario, llevamos los pantalones en los tobillos, y no podemos dar ni un paso sin tropezar y caernos de morros con el culo al aire. Porque a tender la mano también algunos, no tan finos, le llaman directamente “bajarse los pantalones”. Y no es tan seguro que estén en un error.

Al final, los hechos dictarán sentencia. Como siempre. ¿Para qué precipitarse, entonces? Sólo pedimos que no nos tomen demasiado el pelo. Ni que nos den gato por liebre. Porque algunos sí conocemos a ciertos “animales”.

PS.: Aunque las manos sigan quedándose en el aire esperando, ¿¡hasta cuándo!?, ser estrechadas. El pase del Real Madrid a la final de la Champions 2014, después de su victoria (0-4) contra el Bayern de Guardiola, apenas si tuvo reflejo en las portadas de los principales periódicos catalanes. ¡Lástima!

PS#2: Y sin embargo ahí que va otra mano: el programa de TVE 24 horas se emitirá una vez al mes desde Barcelona. Sin duda para que sus protagonistas tengan más a mano (y valga otra redundancia) unos micrófonos y altavoces de mayor alcance y difusión. 
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domingo, 27 de abril de 2014

VINCE CARTER, Y QUIÉN DA MÁS

Sinceramente pienso que la máxima expresión del deporte, el deporte en estado puro, al máximo nivel, tensión y concentración se da en los play-offs de la NBA. Y si me apretaran las clavijas para que diga más, añadiría, en los play-offs de la NBA en algunas de las eliminatorias de primera ronda cuando después de la (a menudo) rutinaria temporada regular los jugadores, por fin, compiten a cara perro, cuando ya no se permiten "coger prisioneros" y cada balón puede suponer un triunfo o una derrota que ya no tiene vuelta atrás.

Y para muestra un botón o el triple de Vince Carter en el último segundo del 3º partido de la eliminatoria entre los Mavericks de Dallas y los Spurs de San Antonio, que daba la segunda victoria in extemis a los primeros. Y a disfrutar, ¡coño!, que no todo es fútbol:

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martes, 22 de abril de 2014

CAÑETE, Y ELENA EN LA LUNA DE VALENCIA(NO)


Cañete, y Elena en la luna de Valencia(no)

No quisiera pecar de plomazo ni que alguien me acusara de ser como el viejo Paco Umbral que, en aquel memorable programa de televisión, clamaba a voz en grito, ¡yo he venido aquí para hablar de mi libro!, pero es en este caso mi libro, mi último libro sí, el que nos va a dar unas curiosas orientaciones que nos explican no ya lo que pasa sino lo que va a pasar en un futuro próximo.

Luego, animo a los buenos lectores a que se acerquen a una librería y compren o encarguen Divino Tesoro. Casi un ensayo contra la juventud, el libro que este menda escribió hace un `año y pico y podrán, entonces, arroparse en la túnica y con los saberes del mejor de los pitonisos y acertar, sin necesidad alguna de hacer ningún paripé, ni de aprender a volar en una escoba al modo del cargante Harry Potter  o de frotar zalameramente cualquier bolita en la que no se ve más que la cara de uno mismo achinando los ojos y mirando el cristal, con los pronósticos sobre las próximas Elecciones Europeas.

Lo cual me ha llegado a la cabeza desde el mismo momento en que el Partido Popular ha designado como candidato a las mencionadas elecciones al Parlamento de Bruselas al señor Arias Cañete, el único que garantiza una victoria segura, una victoria que se producirá, seguramente, por un margen mayor que el que la señora Valenciano (la otra candidata, la del Partido Socialista) pudiera imaginar en sus peores pesadillas. Porque Elena está en la luna de Valencia(no). Y nosotros estamos aquí para ayudarle, con nuestras tretas de escribientes, a bajar de tan decepcionante satélite.

Y sería éste un momento ideal  para sacar a relucir esa pataleta umbraliana de “pero yo he venido aquí a hablar de mi libro” y colocar mi sobado ejemplar de Divino Tesoro encima del atril y enredar entre sus páginas buscando esas referencias a los tiempos juveniles que nos están tocando (mal)vivir, a los tiempos ADSL, donde todo ocurre muy, muy deprisa, y donde a la solidez decimonónica le ha sucedido la liquidez más sangrienta y veinteañera (por lo del siglo XX, y XXI por extensión), fluida, escurridiza y puñetera (¿o no tenemos muchas veces la sensación, ¡maldita sea!, de que las cosas se nos escurren entre los dedos por mucho que queremos retenerlas?), donde los valores que más cotizan en el parqué bursátil de nuestros modus vivendi son aquellos adscritos a la juventud, como lo pueden ser la informalidad, la velocidad, la improvisación, la agilidad (física, y mental por supuesto), la insustancialidad sí, la frivolidad también y… ¡la belleza, claro que sí!

Y con esta última nos quedamos por ahora. Porque la belleza preconiza y exalta un mundo, un reino en concreto, el reino, el reinado de la imagen, de la apariencia, de aquello que parece-ser muy por encima de lo que es. Y entonces ya podríamos ir intuyendo adónde estamos pretendiendo ir a parar desde el principio de estas líneas, y con tan largo (¿demasiado? Lo siento) preámbulo, con las Elecciones Europeas, con la señora Valenciano y su luna, y con el señor Arias Cañete.

¿O nos ha enseñado ya Nicolás Maquiavelo que la política es el verdadero reino de las apariencias, donde importaría muchísimo más lo que parece que lo que es, que en el fondo, y me refiero a eso último, no le importaría a casi nadie porque casi nadie lo ve? O sea que, según esta teoría, y que en mi Divino Tesoro he tratado de explicar y de llegar hasta las últimas raíces o razones que la sustentan o motivan, la apariencia y la política son más que primos hermanos, hermanos de sangre que no remiten tanto a hermanos del mismo padre y madre sino a algo mucho más en serio: a esos pactos que tantas veces hemos visto sellares en las películas de gansters con un abrazo efusivo o un violento besazo en las mejillas, o en los westerns cuando el piel roja y el trampero de turno sellan su alianza marcándose las muñecas a cuchillo y juntando las carnes, después, con un movimiento en círculo que hace que la sangre se mezcle, se detenga y pegue una relación que ya será por siempre jamás, eterna. Sí, a estas hermandades aludo cuando de política y de imagen hablo. O cuando veo a Cañete en los pasillos del Congreso o perorando desde las tribunas del hemiciclo de los leones. Cuando la señora Valenciano también debería saber lo que va a pasar. Y, desgraciadamente, nos tememos que no tiene ni la menor idea. Por eso titulamos estas líneas con lo de la luna de Valencia(no). Pero para eso estaríamos nosotros. Para bajarle del guindo (y, ahora y sin que sirva de precedente, nada que ver con el otro ministro). Y se lo decimos que para eso nos hemos puesto ya el traje de Rappel, tenemos bajo el brazo el imprescindible, sí, Divino Tesoro y no cualquier vulgar libraco magia-borras.

Pero, ¿qué es lo que va a pasar? Pues que la señora Valenciano habrá deseado no haberse presentado jamás a estas dichosas Elecciones Europeas de 2014. Que a partir del 25 de mayo cualquiera que le menciona la palabra “Europa” recibirá por sus partes el mayor de los desplantes (y perdón por el pareado pero éste me gusta), cuando no un certero puntapié en la espinilla. Que de “Europa” ni hablar del peluquín. Y que de esta forma El rapto de Europa se habrá convertido para ella en su lienzo de cabecera; en ese cuadro que podrá pasarse años y años mirando y escrutando por si alguna de las claves de su debacle electoral estuviera pintada en algún rincón de la majestuosa pintura de Rembrandt..

Pero no Elena, no. Rembrandt te puede enseñar muchas cosas pero nada de lo que ahora te arruga (¡y cómo!) la almohada. Y te lo decimos con todo el cariño que los/las que no-se-enteran-de-casi-nada nos inspiran. Acércate a cualquier librería y compra o encarga Divino Tesoro. Casi un ensayo contra la juventud, de un tal Toni Garzón Abad, y sabrás el porqué de ese monumental tortazo electoral que, además, no tendría ninguna relación (¡y hete aquí lo más cachondo de tema!) con tu manera, o la de tu partido, de plantear la campaña, ni con tus actitudes como política. Porque el motivo, y lo suelto ya, es que tu contrincante con el que has osado, con un arrojo e imprudencia digna de mejor causa, enfrentarte no es, no ha sido Arias Cañete sino el mismísimo… ¡Papá Nöel o Santa Claus! Y eso Elena es casi pecado. ¡Ensañarse, discutir con la mismísima Navidad! Como el matar a un ruiseñor que apuntillaba el magnífico Gregory Peck, o el Aticus Finch de aquella preciosa película. Matar a un ruiseñor, o faltar o perorar contra Papá Nöel o Santa Claus. ¿O no te has dado “cuen” (que diría el gran Chiquito), Elena, que los rasgos de Cañete son, o mejor aún: parecen, la viva imagen de esos entrañables y sagrados personajes que cada año llenan los hogares de millones de niños con millones de regalos sin pedir nada a cambio? Por eso, por no enterarte, por no haber visto en el rostro de tu contrincante, las dulces y radiantes facciones de Papá Nöel o Santa Claus las urnas te han castigado.

Lo que, insisto, y no hace falta que continúes llorando, no te hubiera pasado si hubieras comprado mi Divino Tesoro porque lo hubieras entendido perfectamente, porque parecer Papá Nöel o Santa Claus, parecer una bondadosíma persona, parecer incapaz de causar cualquier mal a un semejante, parecer en definitiva Papá Nöel o Santa Claus es muchísimo más decisivo que serlo de verdad.  Y, quizás entonces, hubieras presentado la dimisión antes de que el primer europeo madrugador hubiera depositado su papeleta (con el nombre de Papá Nöel o Santa Claus o, perdón, Arias Cañete) en la urna correspondiente.

Aunque, aún así y con todo, justo es reconocer que no has tenido muy buena suerte, Elena. Porque de todas las imágenes que un candidato puede atribuirse o parecer ser, sin duda, que la de Papá Nöel o Santa Claus es de las más demoledoras e invencibles. Fíjate, Elena, que Papá Nöel o Santa son la viva imagen o apariencia de todo lo bueno que puede encontrarse en este mundo de marras, de la bondad por encima de todo, de la sinceridad, de los Buenos Hombres con súper mayúsculas. Y contra esto, ¿qué se podría haber hecho? Poco, o cruzarse de brazos, Elena. Y no gastar los zapatos con tantas idas y venidas, por ciudades y pueblos, ni secar la saliva con el más ingenioso y acertado de los mítines que se convertirá, ante la aparición de Cañete o Papá o Santa, en una auténtica ignominia, en una patética prédica en el desierto (del Sinaí, por ejemplo, ya que todo esto tiene un indudable trasfondo religioso).

Claro, Elena. Y todavía habría más. Y ya que estamos te lo soltaríamos todo. Y luego pediríamos disculpas si es preciso. Porque quédate con que la imagen o la apariencia del avieso Cañete (porque no dudamos que todo esto no responde a la casualidad sino a algún sesudo Gabinete de Imagen) no concuerda ni tan siquiera con la de Melchor o Gaspar (Baltasar es negro) o la de dos Reyes Magos que, al fin y al cabo, vendrían de demasiado lejos, del quinto pino y que, además, en la Europa del Norte (la que “¡cuen!”) no pintan mucho. Y the last but not the least, que el (a)parecer encarnado en un solo rey haría de él, de Cañete, un rey mago algo hippie, un rey mago por libre, a su aire, demasiado solo, demasiado menor, demasiado poco rey-y-mago, sin sus dos compañeros de viaje y de fatigas.

Claro, Elena, la jugarreta de Cañete o Papá Nöel o Santa Claus ha sido perfecta. Inmejorable. Ahora lo sabes. Papá Nöel o Santa Claus son quienes cumplen todos los años con los más deseos de todos los niños europeos. ¿Y qué son los votantes cuando deslizan sus votos en las urnas sino niños que, en el fondo, sueñan con que Papá Nöel o Santa Claus existan de verdad, que los sacos tanto de uno como del otro vengan hasta los topes repletos con los mejores regalos, con la llamada que les ofrece un trabajo, con los intereses hipotecarios que meten un bajón de aúpa, con la subida de las pensiones y la, merecida (porque, ¿quién no se habría portado como un santo?), bajada de impuestos? Tantas cosas y tantos deseos que no entrarían ni en cien cartas, pero que quizás sí lo hacen en una papeleta de voto que vendría a ser, entonces, como el resumen de lo que esas cien cartas contendrían.

Por eso, un último consejo, y éste iría para el señor Cañete. Arias, no malgastes tu tiempo recorriendo la piel de toro divulgando tus mensajes o tu programa electoral. No seas tan prosaico. Eres Papá Nöel o Santa Claus. Asume tu parecido y siéntate, como Dios manda, en el Sillón Real, en las puertas de cada uno de los Cortes Ingleses que hay en España, con un par de pajes a derecha e izquierda. Y no digas ni “mú”. Sólo deja que los votantes se acerquen a ti y te pidan sus deseos más confesables o inconfesables, y que tus pajes tomen nota de todo. Tú sólo mueve la cabeza, comprensivo. El votante se retirará con una “sonrisón” de oreja a oreja sabiendo que Papá Nöel o Santa Claus, o el candidato Arias Cañete hará todo lo humana y/o divinamente posible porque esos deseos se hagan realidad. Que por algo es Papá Nöel o SantaClaus o el candidato Arias Cañete.

Y a ti, Elena, ¿qué?, ¿qué podemos decirte? Pues que compres mi Divino Tesoro. Casi un ensayo contra la juventud. Porque así te enterarás de algunas cosas importantes. Y entre ellas, de porqué te has dado la castaña que te has dado en las Elecciones Europeas. Y, además, porque yo he venido aquí para hablar de mi libro.

 

 
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JAVI IBARRTEXE, RESQUIESCAT IN PACEM

Este artículo fue publicado en el diario Gara, el 21 de abril de 2014

SE FUE EL PRODUCTOR DE CINE JAVI IBARRETXE, UNO DE LOS NUESTROS

Hablé con él hace unos días. Por teléfono. Pero no me acuerdo hace cuántos días exactamente. Qué más da. El caso es que le encontré animado. Hasta excesivamente animado para lo que llevaba encima. Porque ya estaba tocado. Muy tocado. Pero Javi era así. Siempre positivo, nunca negativo, que diría aquel entrenador del Barcelona que se llama (sí, éste todavía se llama) Louis Van Gaal. Y me habló, entonces, de que estaba enfrascado, no, enfrascadísimo (porque Javi sólo entendía las cosas enfebrecidamente) con la filosofía hindú, con el Vendanta y todos esos lúcidos pensamientos que nos hablan de que la vida siempre lleva a la muerte consigo como un perrito al que arrastrara con una, más o menos larga o más o menos vistosa, correa. O que la vida y la muerte son como las dos caras de un mismo espejo. Que la una sin la otra son más falsas que una moneda de cuatro euros. Luego, en este sentido, tendremos que tomárnoslo con calma. Javi ha dado una vuelta y se nos ha marchado al otro lado del espejo y como a él le habría gustado hacerlo: con una sonrisa y, con una mosca detrás de la oreja o con esa innata curiosidad suya por saber qué coño es lo que (me) va a pasar a partir de ahora.

Pero nosotros, los que seguimos en este lado del espejo vamos a echarle de menos. Javi Ibarretxe se nos ha adelantado. El muy puñetero. Personas como él no abundan por estos lares y en estos tiempos. No les puede despachar así como así. Y sé que suena a frase hecha. A topicazo. A lo que se suele comentar en estas ocasiones. Pero en esta ocasión es cierto. Y ya sé que más de uno me dirá que esta réplica es también un topicazo. Pero qué le vamos a hacer. No pienso discutirlo ni volverme loco con una discusión que no va a llevarme a más sitio que a perder el tiempo. Así que lo repetiré, me quedaré tan ancho y continúo: no vamos a encontrarnos a personas como Javi Ibarretxe frecuentemente. Y eso las hace, sin duda, especiales. Y es que son diferentes. A veces creo que, en cierta manera, son unos solitarios. Pero de esos solitarios poblados, de los que nos habla Gilles Deleuze. Que vienen a ser todo lo contrario que esos marginales o freakis que tan de moda parecen estar hoy en día, y a los que tanto padecemos cuando encendemos la tv. Como una patada en los c… Pero es que éstos siempre serán solitarios a pelo. Cuentan sus andanzas que sólo a ellos interesan; sus grandes secretos (sic) que, en realidad, sólo invitan al bostezo más placentero y despreocupado. Porque el freaki estará siempre solo. Y está a gusto así. Nunca podrá estar con nadie más aparte de con él mismo, por supuesto. Incapaz de interactuar con otras personas, incapaz de hacer piña. Y en esa lamentable soledad acabará perdiéndose un día en el inmenso agujero negro donde ni estará el eco para contestar a su “¡socorro!”

Y si me meto con todo esto es porque Javi era, justo, justo, todo lo contrario. Un solitario poblado, le llamaba antes. Uno de esos (pocos) que teniendo su propia forma de ver y afrontar la vida o las películas, en su caso, no renuncia a encontrarse, a mezclarse con los demás para poder extraer de esa conjunción, de ese encuentro o encontronazo algo nuevo, algo que no será ya ni de él ni del otro con el chocó sino que será otra movida; una movie u otra película, por ejemplo. Y, por eso, se encontró con ¡Sabotaje!, su loca sátira sobre las guerras napoleónicas o con Un mundo casi perfecto, su ya última suspiro cinematográfico.

¡Claro que a Javi el cine le apasionaba! Cómo no iba a gustarle a él al que le gustaba disertar, enredar, subir, bajar, entrometerse, negociar, hablar, y todo con la innegociable condición de estar siempre para atrás y para adelante, y nunca sentado más que en una sala a oscuras donde se proyectara sobre una pantalla una película; y, si era de las suyas, mejor todavía. Y con sus hermanos hizo unas cuantas de ésas. Ellos, sí, que le echarán de menos. Un poco más. La hostia. Y desde aquí un súper abrazo a todos. A Santi, el músico. A Esteban, el director de la función. A Josemi, el escritor. Sí, alguien dijo de ellos una vez que eran como los Hermanos Marx del cine vasco. Así que hoy se nos ha muerto uno de ellos, uno de los Hermanos. Posiblemente ése que nunca se estaba quieto, el que se tomaba o se “fumaba” la vida a bocanadas, como un puro que, ¡maldita sea!, siempre termina consumiéndose.   

 
      
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martes, 25 de marzo de 2014

EL ADIOS DE TITÍN III: SOBRE PELOTA Y SOBRE PRONÓSTICOS


Estos comentarios se me ocurrieron al hilo del decisivo partido que se presentía iba a disputarse el 22 de marzo de 2014 entre Titín III y David Merino contra Urritikoetxea y Mikel Beroiz en el frontón de Arrigorriaga en Vizcaya. La pareja que saliera ganadora del partido pasaría a la liguilla de semifinales del Campeonato de Parejas/2014; la pareja perdedora, por el contrario, quedaría eliminada. Con la particularidad para el irrepetible Titín III de que se si esta pareja era la riojana supondría su despedida de las de las competiciones oficiales después de más de 22 años de profesional y de no haber faltado durante ese tiempo ¡ni un sólo año! al mencionado campeonato de parejas.

Son comentarios y reflexiones que para mí supusieron una amarga cura de humildad. De que nunca lo sabremos todo. a veces ni en una pequeña porción. La vida siempre nos cogerá desprevenidos. ése es el trato, firmado con tinta invisible sin duda, que suscribimos con ella cuando llegamos a este mundo sin que nadie nos pidiera permiso. Y si la vida se la juega así, el juego no le va a la zaga. Por eso las predicciones siempre serán salivazos que tiran al cielo; vanos intentos de capturar un animal demasiado salvaje, ¿o demasiado lúdico?, que siempre nos cogerá también desprevenidos.

Y de esta guisa el 10 de marzo escribía, creyéndome muy sabio y enterado (sic):

Después del triunfo de Titín y Merino en el Adarraga (el frontón de Logroño) ayer domingo (día 9 de marzo) aventuro una modesta opinión que es, en realidad, un consejo para la pareja riojana. Y es que, a pesar de que la edad de Augusto pudiera indicar lo contrario, para que la dupla de Aspe rinda a pleno rendimiento es preciso que sus partidos se resuelvan con un mínimo de 600 pelotazos, o sea, que el partido sea duro, o mejor todavía, durísimo, a cara de perro, y largo, muy largo, trabado, y que "coger prisioneros" esté absolutamente prohibido.
Creo que esta actitud y fuerza mental deben hacer pensar, tanto a Augusto como a David, que en cuando salten al frontón el partido debe "durar" y que en él "van a suceder muchas cosas". Con este convencimiento la pareja riojana tendrá la mitad del partido en el bolsillo. Y sobre la otra mitad, tranquilidad. Su talento se valdrá y se sobrará para hacerle a esa mitad que falta otro huequecito en el mismo bolsillo.
Así que adelante y a huir (como de la peste) de esos tantos y partidos "relámpagos". (No quiero ni acordarme del 4-22 de la semana pasada, resuelto en poco más de unos vergonzosos 5 minutos). Esos partidos no están hechos para gladiadores como ellos, de largo recorrido, de ésos que siempre llevarán el "cuchillo entre los dientes" porque saben que este juego tiene que ser duro, o si no, es que estamos hablando de otro deporte o de otra cosa.



Y ya 23 de marzo, con el bofetón en la mejilla, volvía a escribir:

Lo siento. Sobre todo por ellos, por David y Augusto; estos son Merino y el irrepetible Titín III. Y también un poco por mí. Que volví a fallar en mis predicciones. Pensé sinceramente, y así se lo comenté a Plaza, el entrenador tanto de David como de Augusto, que si el partido se resolvía con más de 600 pelotazos la victoria no se nos escaparía. Los deportistas veteranos, y Titín tiene ya los 45, y será éste su último partido de campeonato, siempre son corredores de fondo, nunca velocistas. Usain Bolt zinga que se las pela en los 100 metros. Pero con 40 tacos, y si no que se lo pregunten a Martín Fiz, todos nos pasamos a la maratón. Y el sábado se pegaron ¡785! estacazos “a buena”: casi 45´ de juego efectivo, a cara-perro! Y, sin embargo,… algo falló. Y falló que el deporte, y la pelota, uno de los deportes más apasionantes no iba a ser menos en esto, no se puede comprender con un pronóstico ramplón. El deporte, y la pelota, son mucho más. Son tantas cosas que nunca acertaremos a encerrarlas y a entenderlas con UNA SOLA EXPLICACIÓN. Aunque a veces me dejo llevar por la pasión y me olvido de estas “cosas”. Fue una lástima. Pero el sábado, después de un par de semanas ausente, el zaguero rival, Beroiz, decidió darse una vuelta por el frontón de Arrigorriaga. Y me jodió la fiesta, y el pronóstico. Le apodan la “tanketa”. Tiene 23 años, pero ya corre la maratón.
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viernes, 21 de febrero de 2014

CONFERENCIA SOBRE CINE EN LA UPV

Éste es el texto oficial de EL SALTO (EN EL VACÍO) DEL CORTO AL LARGOMETRAJE: EL 2º ACTO, la conferencia que impartí en la Universidad del País Vasco el 19 de febrero de 2014.
 

1. ¿Por qué, en muchas ocasiones, el ser un buen cortometrajista (por ej. Alex Pastor, el director del extraordinario- según mi modesta opinión- La ruta natural) no garantiza convertirse en un buen director de largometrajes (el mismo Alex Pástor y la insuficiente Infectados). ¿Por qué ese salto de un formato a otro, en muchas ocasiones, como con el título de esta charla he querido poner de manifiesto, es un salto en el vacío por el que tantos incipientes cineastas se abren la cabeza contra el suelo?

 
2. Y siguiendo con mi ancestral gusto por llevar la contraria, o matizar por lo menos, los lugares comunes, o aquello a lo que todo el mundo dice “amén”, rompería, entonces, una lanza en favor de que el paso de un formato a otro no sea una “ruta tan natural”, por continuar con el corto de Alex Pastor, como cabría, y como se nos han enseñado, a creer. Amén. (De hecho muchos reputados directores de largometrajes no proceden de las canteras de cortometrajistas y han sido, antes, actores - Ben Affleck., George Clooney- actrices -Ida Lupino-, montadores- Robert Wise (de Ciudadano Kane a West Side Story), directores de fotografía (Zhang Yimou, director de Sorgo rojo o de la Ceremonia de inauguración de los JJOO de Pekín en 2008), o guionistas - David Mamet -, etc.), o productores (Irwin Winkle, ¡productor de la saga de Rocky!). Así que, de momento, vamos a separar ambos formatos. Quizás el corto se rija según unas reglas. Y los largometrajes, según otras, … bastante diferentes.

 
3. Hasta el extremo, me atrevería a decir, que quizás pudiéramos aplicar sobre ellos, sobre los cortos y largometrajes, similares distancias a las que, en el terreno literario, separan al cuento o al relato corto y a la novela o al relato largo. Sólo que si el cuento aún gozaría de un pequeño prestigio, aunque siempre insuficiente para los propios cuentistas, (y ahí estarían los Allan Poe, Chejov, Ignacio Aldecoa y, la recientemente galardonada con el Premio Nóbel, Alice Munro- sí, tal vez el empujón, o así lo he entendido yo al menos, preciso, un buen Premio Nóbel para prestigiar definitivamente este género literario), este prestigio, digo, no salpicaría de la misma manera, ni de lejos tan siquiera, a los cortos ni a los cortometrajistas.

Tal que si todos los que hemos decidido, en un momento dado, realizar un corto sólo pudiéramos haberlo pensado como paso previo y necesario (aunque ya habríamos constatado que este paso no sería tan necesario) para realizar nuestra opera prima que, si nos fijamos bien, en el cine siempre está referida al primer largometraje. Como si los cortos no contaran para nada, más que como un medio. Como si no pudieran aspirar a ser un opus auténtico. Y por aquí ya habríamos llegado, sin apenas darnos cuenta, a un acuerdo común; común y triste, coño, porque, ¿por qué no considerar a los cortos como se consideran, por lo menos, los cuentos?, ¿por qué el corto no tiene un determinado valor en sí mismo y debe ser siempre una especie de plataforma, medio y nunca fin, que debe sacarnos del anonimato y lanzarnos al otro lado, al cine de verdad (sic), a los salvajes y comerciales terrenos de las alfombras rojas (¿de sangre?), de los largometrajes; y ahora también, de las series de televisión, aunque esto último sea otra copla de la que podremos hablar cualquier otro día?
 

(4. Y, entonces, quizás debiéramos, y abriríamos con ello un escueto paréntesis, concretar que lo dicho hasta ahora sería, sobre todo, aplicable, a los cortos de ficción o, incluso, a los cortos documentales ya que, al menos, los cortos experimentales si que habrían alcanzado, aunque bien que en reducidos círculos de espectadores, un cierto prestigio- ahí estaría el excelente Man Ray para atestiguarlo-; pero, se me ocurre pensar que es más que probable que este prestigio les haya llegado como de prestadillo, de la mano de otras artes (artes “primeras” e indiscutibles) como la pintura o la escultura no figurativas; de las manos de los Kandinki, Picasso, Brancusi, Moore, etc. El arte no figurativo habría dado, sin duda, cartas de nobleza al cine experimental. Sin su “ayuda”, seguramente, otro gallo nos cantaría. O le cantaría al corto experimental. Como le canta al corto de ficción o al corto documental Y cerramos paréntesis:).
 

5. Con lo cual, y aprobando todo esto, mi intención no sería otra que reivindicar el corto de ficción como otra obra de arte con valor y prestigio en-sí-mismo, más allá de que los resultados o premios que pudiera recaudar en los distintos Festivales a los que decida presentarse, o en las emisiones y recorridos por aquellas televisiones que hayan adquirido sus derechos, o en su difusión por internet vía trending topic, vayan a facilitar a su director o directora la posibilidad de realizar un largometraje. Se trataría de hacer del “corto”, todo un Cortometraje (con mayúsculas). Y así hablaré de él desde este instante.

 
6. De este modo habría que valorar a los corto-metrajes desde sus propias y únicas características (las que los hacen únicos, vamos), desde las distancias insalvables que, por ello, poseerían respecto a las otras artes… y a los largometrajes, que harían de ellos y de los largometrajes dos formatos con menos semejanzas y más disímiles de lo que a primera vista pudiera parecernos. Y así podríamos entender, entre otras cosas, porqué (tal y como decíamos al principio de esta charla) no todos los cortometrajistas multipremiados son buenos directores de largometraje y, al revés, porqué cortometrajistas apenas reconocidos, como tales, pueden y han realizado excelentes películas.

Y todo esto, además, lo defendería para que no nos cunda el desánimo ni la depresión porque nuestro queridísimo cortometraje no haya conseguido los resultados que habríamos previsto para él, ni pensemos, por ello, que el cine y el mundo de los largometrajes no están hecho para nosotros. Con los cortometrajes se aprende una parte del oficio de cineasta. Y atañen a una parte de ese oficio. Pero no lo engloban todo ni aprendemos con ellos todo el oficio de cineasta. (Sin cortar con que esto último, probablemente, jamás llegue “aprenderlo” nadie; incluso Fellini, para mí el mejor director de cine junto con Sir Alfred Hitchcock, fue capaz de rodar los pestiños de La ciudad de las mujeres o Ginger y Fred). Así que el desánimo sea la última desgracia por la que nos dejemos echar el guante.

 
7. Pero entonces, ¿en dónde radican esas insalvables distancias que separan al cortometraje del largometraje?, ¿dónde están esas técnicas intraspasables, las técnicas que harían de él algo único, algo que le otorgaría ese indiscutible valor en-sí-mismo a la vez que, por ello, por esas mismas reglas propias, levantaría una barrera que le separaría radicalmente del largometraje que tendría, a su vez, sus propias técnicas y reglas?

Y, llegados hasta este punto, yo elegiría a la “duración” como una de las causas capitales (habría otras, pero ésta es de las muy importantes y en la que no siempre se repara como se debiera), como una de esas bases sobre las que se asientan esas “insalvables diferencias” de las que dimanan las técnicas y reglas propias e intransferibles entre los cortometrajes y los largometrajes. Porque quizás estemos anunciando una de esas verdades de Perogrullo (aquél que a la mano cerrada le llamaba “puño”), pero resulta obvio deducir que no se afronta de igual manera la escritura y realización de un corto de 20 minutos (por utilizar la duración más convencional de los cortos, aunque el Ministerio de Cultura certifique, con la autoridad que mostraban aquellos Súper Tacañones del viejo Un, dos, tres, que un cortometraje será toda aquella película cuya duración no exceda de los 60 minutos); la escritura y realización de un corto de 20 minutos, decía, que la escritura y realización de un largometraje de 2 horas. Como tampoco lo hacemos con un cuento de 5 o 10 páginas que con una novela de 200 o 300, por volver al caso de la literatura.
 

8. De esta manera todo parecería indicar que la duración nos va a imponer una serie de insoslayables condiciones que harán de las formas de hacer y escribir cortometrajes y largometrajes dos formatos: diferentes. Y que estos puedan presumir, entonces, de ser dos expresiones artísticas, más o menos, autónomas; más o menos, independientes.
 

9. Independencia que para que nos resulte más sencillo compre(h)enderla no sería descabellado remontarnos hasta la Grecia Clásica donde ya la estructura de las obras dramáticas venía dividida en esas tres partes consabidas por todos, el 1º, 2º y 3º acto o el planteamiento, el desarrollo y el desenlace

Y así, en los largometrajes, y en esto seré muy breve y esquemático  aun a riesgo de dejarme muchas cosas en el tintero, el 1 acto o planteamiento vendría a “entretenernos”, por lo general, entre los 20 y 30´; el 2º acto o el desarrollo, nos comería la cabeza durante casi ¡una hora!; y por fin, el 3º acto o el desenlace rondaría los 20´. Y a nada que sumemos los minutos obtendríamos con ellos que la duración media de los largometrajes oscilaría en torno a los 100´, que medidos en hojas de guión impresas andarían en torno a las 110 o 120 páginas. Pero que todo esto sirva, simplemente, como referencia. Sin más.

Y sin embargo parecería consecuente deducir de todo ello que una de las grandes dificultades a la hora de aplicarse a la escritura o realización de un largometraje estribará en la confección del 2º acto, no sólo por su mayor duración (60´ de media, 65´/70 páginas de guión) sino también por el lugar central que ocupa en el interior de la película o de la historia. Además resulta también obvio pre-suponer que de la efectividad y precisión del 2º acto dependerá en gran medida que el posterior y crucial 3º acto, sobre el que irá montada nuestra última palabra sobre la historia, nuestro último plano, cuando la película está ya lanzada, las cartas repartidas, y en el que a esas alturas y dada su corta duración (unos 20´, dijimos) serían, consiguientemente, pocas las posibilidades de introducir “algo realmente nuevo”- a lo sumo una sorpresita o sorpresón final (algo, por cierto, a lo que, desde los tiempos de Instinto básico o de El sexto sentido o de Los otros, parece que estemos abonados), resulte, decía, este 3º acto, tanto o más rotundo, tanto o más sublime. De lo que se deriva que será el 2º acto el que logre, principalmente, que la película funcione o no funcione, y que en él se contenga ese terrorífico minuto en que el director esté jugándose las habichuelas, o las mayores o menores dificultades que los Productores le irán a poner a la hora de realizar su siguiente película, ya que tendremos, en el caso de haberlo bien o de haberlo escrito con la pericia, la habilidad y el talento suficiente, un 3º acto que podrá responder a las expectativas que hemos ido creando a lo largo de la historia, un 3º acto con probadas posibilidades de resultar redondo, un 3º acto capaz de dar a la película el final que ésta merece. Y sabemos, por decirlo en cuatro palabras y aceptando todas las matizaciones que puedan hacérsele al axioma, que una película valdrá lo que valga su final.
 

10. Con lo cual, siempre que afrontemos la realización o la escritura de un largometraje, tendremos que prestar la debida atención, y ser especialmente cuidadosos en el diseño y escritura del 2º acto. Y sin embargo, ¿qué pasa en los cortometrajes? Se dice, en general que, debido a su larga duración, los largometrajes deben ganarse al público a los puntos, y por el contrario, los cortometrajes, debido a su corto metraje (y valga la redundancia), deberán hacerlo por k.o. técnico. Lo que ya condiciona todo el tinglado. Y bastante. Porque si el 1º acto o el planteamiento es para un largometraje importante, en un cortometraje resulta decisivo. Será el primer y contundente crochet que el adversario, o el espectador deba encajar o recibir en el mentón nada más vernos llegar, o en cuanto las luces del cine se apaguen y el cortometraje empiece a proyectarse sobre la pantalla. Y lo mismo sucedería con el 3º acto o desenlace. En él reside la victoria final del cortometrajista, la posibilidad de que su cortometraje perviva, durante mayor tiempo, en el ojo (maltrecho por el k.o.) y en la memoria del espectador, y que de esta forma el flamante cinturón de campeón rodee y adorne su cintura durante más tiempo. Y pensemos, si no, en los impactantes finales de Mirindas asesinas, de Esposados de Juan Carlos Fresnadillo, del Loco con ballesta de Kepa Sojo o de Democracia de Borja Cobeaga (por cierto, que estos dos últimos cortometrajes tienen además unos “muy” modélicos 2º actos: ¿será, acaso, porque sus dos directores ya habrían realizado anteriormente sus primeros largometrajes, y sabrían de lo que estamos hablando?)

Pero todo esto, el cómo se empieza y el cómo se termina, hará que el tiempo (de vida) que le resta al cortometraje y, a veces con él, la imaginación del cortometrajista vayan menguando inexorablemente. Y, no obstante, aún quedaría algo por añadir. Algo con su intríngulis, aunque lo tengan en mayor medida los largometrajes que los cortometrajes: ¡el dichoso 2º acto, el desarrollo de la historia!

 
11. Y volvemos, entonces, a esa duración de la película que todo-lo-marca. Los 60´ de duración media que tendrían los 2º actos en los largometrajes hacen de estos, de los 2º actos, una parte imprescindible de toda buena película. Si los contemplamos con la debida atención, en este “centro”, los largometrajes tenderían ante nosotros, espectadores, un doble camino: el camino de abrir más los ojos o el camino de abrir más la boca, y dejarnos llevar por el más atroz de los bostezos. Y a pesar de eso, en los cortometrajes este 2º acto puede no tener semejante importancia. Tanto que a veces casi podríamos prescindir de él e insertarlo como una prolongación del 1º acto o una introducción del 3º acto.

 
12. Lo cual nos lleva a la siguiente conclusión. Y con ello termino. El cortometrajista puede, hasta cierto punto, descuidar la escritura o realización del 2º acto. Como todo, tiene su aquél pero, en el caso de los cortometrajes, este aquel tendrá una importancia, si se quiere, ma non troppo o una importancia no-demasiada-importancia. En el 2º acto de un cortometraje no nos estamos jugando el plato de habichuelas. Y por eso, si la suerte nos ha acompañado con esos premios y reconocimientos o con los pases televisivos o por la red, y damos (gracias a ello) el salto al largometraje, nos podremos encontrar con la desagradable impresión de que este salto, como titulaba esta charla, sea (aunque nadie nos lo haya contado antes) un salto en el vacío, y sin red, porque aquello  a lo que en la realización del cortometraje no habríamos prestado la suficiente atención (porque, tal vez, no se la debíamos prestar: tantas veces nos bastará con un planteamiento sorpresivo y espectacular, y con un desenlace más sorpresivo y espectacular aún; sin que haya mucho de por medio), en la escritura o en la realización de un largometraje resulta determinante.

De ahí, entre otros motivos, que haya tantos cortometrajistas de éxito a los que el salto al largometraje se les atragante o que se abran la crisma contra el suelo como un melón maduro. Recuerdo que no en vano, al decir de muchos, éste en el que (mal)vivimos no es otro que el País de las Óperas Primas. Y es que a gran cantidad de cortometrajistas les faltaría para “durar” en ese oficio de hacer largometrajes, acaso porque no lo hayan tenido que aprender, la habilidad necesaria para armar un buen segundo acto. Y pasaría entonces lo que, a menudo, pasa: que muchas de estas operas prima, tras un comienzo esperanzador, terminan diluyéndose, allá por el minuto 50 o 60, en algo que aburre al apuntador, en algo que carece de interés, en algo que hace que giremos la mirada y no la podamos apartar de las luces que nos indican la salida del cine. E incluso después, si no hemos claudicado ante esa primera modorra y hemos decidido quedarnos en la sala hasta el final, ni el más audaz y ni brillante de los desenlaces, conseguiría que esa figurita iluminada que se escapa por patas bajo el letrero de exit no nos siga inspirando la más sana de las envidias.    

 

 
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martes, 14 de enero de 2014

CINE & SOCIEDAD


CINE & SOCIEDAD

Cuando el mundo se hizo mayor…

Sentemos un par de bases sobre las que empezar a escribir estas líneas, con el ánimo de saber que, quizás, una correcta confluencia de circunstancias y hados de la más diversa procedencia pueda resultarnos de una grata utilidad para el lector que arrime sus inquietos ojos a estos renglones.

Y no creo que la primera base que vamos a resaltar contenga una formulación excesivamente comprometida ni difícil de entender. Sería algo tan simple como escribir el cine es una expresión artística. Y tan (p)anchos nos quedaríamos si no fuera porque a nosotros nos persigue y vivimos desde hace tiempo en compañía de esa particular, puñetera y… fascinante (¡sí!) inclinación a enredar las cosas y a buscarle cinco pies al gato. Y, de esta forma, siguiendo los retorcidos caminos de los busca-bocas, podemos formular directamente una segunda pregunta, ¿para qué (demonios) sirve una “expresión artística”? Y no es pregunta tan inocua e inofensiva como pudiera parecer a una vista simple. Porque ya el tiempo y los años nos han debido enseñar que todo aquello que no sirve para nada será, un día u otro, barrido por el escobón de ese mismo tiempo y de esos mismos años y retirado al más recóndito granero de nuestra memoria colectiva. Y entonces cuando a alguien se le ocurriera interrogarnos sobre el cine, nos llevaríamos la mano a la oreja y pediríamos que se nos repitiera la pregunta, por favor, ¿cine, dice?, ¿pero a qué coño de cine se refiere usted?

Luego parece de una evidencia meridiana sostener que si el cine es una expresión artística (de hecho parece haberse arrogado como sobrenombre el nada discreto: 7º arte) lo será siempre que cumpla, como condición sine qua non, con ese requisito de “valer para algo”; aunque este “algo” no deba ser medido con la vara (crematística) de la utilidad (económica) que esgrimen, sobre todo, capitalistas e integrantes del gremio de los positivistas que, a ultranza, defienden aquello de que sólo vale lo que vale dinero o en términos generales,  sólo vale lo que vale para algo en concreto.

Por eso al arte, y al cine con él, se le podría conceder esta prerrogativa: que no le fuera necesario ni consustancial a su propio ser arte o cine el tener que valer para algo en concreto. Incluso, y a primerísima, ambas expresiones podrían ser, en muchos casos, caracterizadas y descritas a partir del presupuesto contrario de no servir para nada. Y si no pongamos un ejemplo: ¿para qué sirve el Tristán e Isolda, de Wagner? Y muchos, no tan terroristas ni maleducados, tal vez dieran en el clavo respondiendo, no se me ocurre; quizás, a bote pronto, para nada. Y a nosotros, a quienes nos fascina el Tristán e Isolda de Wagner, intentaríamos salvar los muebles por cualquier medio e insistiríamos, ¿está usted seguro?, ¿para nada, nada? Y el espectador sensible, éste sí sensible, nos aclararía entonces, para nada en concreto. ¡Ah! Luego el Tristán e Isolda de Wagner sí que sirve, por lo menos, para algo intangible. Para algo que, quizás, parezca (a aquella primerísima vista) inútil pero que en el fondo, apelando a un universo abstracto e ideal no lo es. Y esto ya nos suena más prometedor. Porque la utilidad de segunda mano, que se agazapa, que se esconde, discreta, silenciosa detrás de una primera y aparente inutilidad resulta, paradójicamente, más útil y provechosa que cualquier otra expresión, vocinglera y engreída, que se jacta y nos arroja en los morros esa indiscutible utilidad de primera mano la cual, si nos fijamos bien, casi siempre puede ser reducida y encerrada en una cajita de caudales donde las monedas a la que es, rápidamente, traducida esa utilidad vocinglera y engreída resuenan como los cascabeles de la más traicionera y peligrosa serpiente.

Luego, a concretar. Que ya va siendo hora. Nosotros defendemos que el arte, y el Tristán e Isolda, de Wagner es, en este sentido, un maravilloso ejemplo resulta inútil en concreto pero útil en abstracto; aparentemente inútil pero esencialmente útil. Y esta utilidad esencial sí que vale. Y vale mucho. Mucho más que la primera. Y si hablamos de ópera, hablemos también de cine: ¡del 7º arte! Y, después de tan amplia introducción, nos estaremos acercando a aquello que nos interesaba plantear desde un principio, poniendo todo lo escrito hasta ahora a 24 imágenes por segundo; esto es, el cine aparentemente inútil pero esencialmente útil. Para a continuación, y ya lanzados, soltar a bocajarro la pregunta, pero ¿en qué consiste esa utilidad esencial que supera  a la utilidad aparencial

Pero la pregunta, precisamente por estar referida a algo esencial, no tendría una sola respuesta. La esencialidad contiene, en sí misma, una pluralidad tal de elementos y variaciones que anula el poder ser dicha de una vez, el poder ser significada de una vez, con una breve y mágica palabra. Así que por estos renglones nuestras andanzas serán, más bien, cortas. Aunque entonces, ¿por qué no renunciamos a esta breve y mágica palabra?, ¿por qué no nos planteamos (in)directamente una utilidad que no sea en concreto, que no sea convertible en algo útil en concreto o en pasta, y no estaríamos hablando de espaguetis, sino de euritos contantes y sonantes? Tal vez, con esta premisa, obtendríamos alguno de esos atributos que configuran la esencialidad: el acceso a lo ideal o abstracto, el acceso a lo no en concreto. ¿Nos vamos aclarando?

Porque el cine (y seguimos con él) nos entretiene o nos aburre en concreto. Pero si nos quedamos en este pírrico escalón podemos estar seguros que el 7º arte va a tener sus días o lustros o decenas de años contados. Tarde o temprano la gente se hartaría de asistir a un espectáculo que sólo le aburre. Por supuesto. Pero también, y esto quizás no sea tan fácil de entender en concreto o a primerísima vista, se hartaría de acudir a un espectáculo que sólo le entretiene. Porque el entretenimiento en su más pura concreción se alía con el conjunto vacío. Y nos explicamos. Se asemejaría el entretenimiento a aquellos primeros combates de Mike Tyson. Espectaculares pero tan fulminantes como un parpadeo. Y este K.O. fulminante nos entretiene, nos puede asombrar incluso, pero termina por cansarnos, por dejarnos con la sensación de que el pago de la entrada ha sido, a todas luces, excesivo; y que el espectáculo, lejos de entretener, ha sido sólo un pim-pam-pum-fuera. Pero como espectadores que somos, y a mucha honra, pedimos más del espectáculo, más pelea, más algo que-permanezca-con-nosotros-más-tiempo. Y éste es el principal carácter de la esencia: la estabilidad y la permanencia. Algo que la apariencia y la concreción jamás podrán aspirar a tener. Y uno de los múltiples rostros que esa estabilidad y permanencia podrían adoptar, ya que hemos colegido que ésa es una de las abstractas virtudes de la esencia: el poder adoptar infinitas expresiones siendo ella, la esencia, siempre la misma o una, sería la de enseñarnos a comprendernos un poco mejor a nosotros mismos, a los hombres-espectadores que insistimos-en-sentarnos-junto-a-la-linterna-mágica. Y para ello una cuestión que el cine nunca podrá eludir consistirá en estar pensado y realizado para ser proyectado en sociedad, sí, pero también, y fundamentalmente, para ser proyectado para la sociedad.

El cine nos hablará a nosotros y nos hablará de nosotros. Y qué somos nosotros sino animales sociales. Luego el cine siempre deberá tener en cuenta a nuestra sociedad en la sucesión de fotogramas o, en esta época digital, de instantes mágicos. Sólo con referencia a la sociedad en que nos haya tocado vivir podremos los hombres-espectadores ser definidos en toda nuestra completitud, con todos nuestros atributos. Y, al revés, el cine que se empeñe y haga caso omiso de esta máxima estará condenado sólo-a-entretener y después, según hemos colegido, a… desaparecer o… a olvidarse que no deja de ser una de las variantes más dolorosas que el cerebro del homo sapiens se ha inventado para hacer que aquello que le importa un pimiento se esfume de sus recuerdos. ¿Y no es el cine un arte demasiado bonito para que se le compare con un vulgar pimiento morrón? Esto no deberíamos permitirlo. Por mucho que nos guste la chuleta con pimientos. Por eso, insistimos, el cine no debe ser nunca pura apariencia en concreto sino social o esencial, y en los términos en que nos hemos pronunciado. Debe hablarnos a la cara. A nosotros. Y decirnos cómo somos. Por si el alzhaimer nos ha pillado desprevenidos y se nos han extraviado las neuronas. Por eso el cine, el magnífico 7º arte, debe ser además de esencial, o por ello mismo, un tirón de orejas (más o menos puñetero más o menos doloroso), un aviso para navegantes excesivamente aficionados a las siestas de pijama y orinal.

Y todo este embolado no se me ha ocurrido porque sí, o de repente. Lo fui macerando el otro día mientras volvía a ver The Champ, la película que King Vidor hizo en ¡1931!, y no (¡socorro!) la de Zeffirelli, y después (y ya algo mosca) revisando Scarface, en la versión (¡cómo no también!) que Howard Hawks realizó en ¡1932! Y no he puesto las fechas de estreno de ambas películas entre exclamaciones por casualidad o, sólo, porque me haya dado la gana, aunque algo de esto último siempre hay; pero en este caso, y sobre esto que estamos tratando de explicar y de defender, la mención de los años juega un papel imprescindible; esencial y socialmente decisivo que no podremos eludir.

Pero, primero, y ya entrados en materia. ¿No nos está llamando la atención, mientras visionamos estas películas el grado de inmadurez e ingenuidad, cuando no de una franca insustancialidad rayana en la irresponsabilidad más absoluta, del que hacen gala ciertos personajes, mal considerados en base a su edad biológica, adultos? Y citemos en la violenta y sangrienta Scarface a George Raft (Guido Rinaldo), hombre de confianza de Paul Muni (Tony Camonte) que se pasa la película jugando con una moneda que no deja de lanzar y recoger en la mano como una manía o un tick no superado, o a Vince Garnett (Angelo), secretario de Tony, un pobre diablo que se arma un lío, tremendo y exagerado cada vez que suena el teléfono y debe recoger o apuntar un aviso para su jefe; o al propio Tony que, en sus estallidos de cólera, no deja de aparecérsenos como un niño malcriado atacado por una de sus endémicas pataletas. No es casualidad que la relación que mantiene con su guapa y pequeña hermana Cesca (Ann Dvorak) no sea sino otro ejemplo de esas relaciones que un hermano mayor, súper protector, adopta hacia esa hermana a la que siempre verá como demasiado pequeña, y a la que quizás se le acerquen demasiados hombres (otros niños para Tony), siempre latosos y torpes, y que nunca-jamás podrán estar a la altura de uno de los zapatos de Ann.

Sí, claro, el (aparente) grupo de gangsters de Scarface es (en realidad) una vulgar y, eso sí, peligrosa pandilla de hombres inmaduros, de hombres que aún no se han sacado (figuradamente, claro) el chupete de la boca, que aún no han podido o sabido crecer, hacerse mayores. Son infantes caprichosos (como cualquier niño) que desean hacerse, ¡nada menos! que con el control de toooda la ciudad. Y así a Tony, como a ese crío que ensimismado, los ojos como platos, contempla el alucinante escaparate de una tienda de regalos un día de Navidad, le fascina y quiere hacer que el sueño contenido en el fascinante luminoso que ve desde la ventana de su casa, y en donde lee a todo color (se supone: Scarface se rodó en blanco y negro), The World is yours, se haga lo antes-posible realidad.

Pero, ¿cuál es el sentido de todo esto?, ¿cuáles eran los proósitos de Hawks mientras rodaba Scarface?, ¿qué era lo que realmente, detrás de la apariencia, detrás de los ruidos de las ametralladoras, detrás de las soberbias composiciones y movimientos de cámara quería contarnos? Y a mí me gusta la siguiente explicación; la misma por la que, entre otros motivos, Scarface ha sido desde hace muchos años una de mis películas favoritas. Porque la “explicación” puede ser, para más de uno, un jama-cocos pero a mí me resulta fascinante y me apetece escribirla y compartirla con todos aquellos que pierdan un par de minutos de su vida en hojear estas líneas. Y sobre todo, y por si nos supiera a poco lo anterior, muestra hasta qué extremos de precisión y maestría puede llegar el cine con sus propias armas para autoproclamarse, ahora sí justamente y sin una mejilla sonrojada, el 7º arte.

Fijémonos, entonces, en los minutos finales de Scarface. En las resoluciones de las diferentes sub-tramas y de la historia principal encontramos (al menos yo lo “encuentro” así) aquello que Howard Hawks ha querido decirnos desde que Tony acabó con la vida de un hampón rival de su jefe Johnny Lovo (Osgood Perkins), en la primera secuencia de la película, en los estertores nocturnos de lo que parece haber sido una bulliciosa fiesta, y en un plano-secuencia (¡qué cojones!) excepcional.

Y estas resoluciones se resuelven, como no podía ser menos en cualquier película de gangsters que se precie, teñida del amargo sabor de la sangre y de la muerte. Pero con una particularidad que hace que la película resulte algo más, mucho más que una película sobre gangsters y que constituye el meollo en el que se encierran esas verdaderas intenciones que mueven el talento, no de Mr. Ripley sino de Mr. Hawks. Y si no prestemos atención: Angelo muere de un disparo justo en el momento en el que es capaz, ¡por vez primera!, de mantener la calma mientras atiende el teléfono y apuntar correctamente el mensaje para Tony. Guino, por su parte, muere a manos del propio Tony, haciendo bailar su recurrente moneda en la mano después de haber contraído matrimonio con Cesca y, consiguientemente, de haber dado un importante paso hacia eso que algunos llaman “sentar la cabeza”. Y por último, tanto Tony como Cesca Camonte mueren en el apartamento del primero acribillados por los disparos de la Policía que ha cercado el piso y lo ha llenado con gases lacrimógenos. Pero antes harán frente a los ataques, y una vez que han reconocido sus respectivos sentimientos: como una pareja de amantes hermanos que no conciben sus vidas sin el otro a su lado. Es ese amor incestuoso, trasgresor, desde el que Tony, cuando toma conciencia de su verdad e intensidad, comprende que ya es un hombre, que hasta entonces sólo ha sido un niño y que ha llegado la hora de dejar atrás esa inconsciencia e inmadurez, que ha llegado la hora… de morir[1].

Y ahora, recapitulemos. Tony y sus compañeros de fatigas, Guino, Angelo, comienzan sus andazas comportándose y siendo realmente unos niños. Son malos, malísimos. Pero cuando la conciencia (y ese ineludible tránsito de la niñez a la madurez que todos debemos dar en algún instante de nuestras vidas) les visita por sorpresa es también la otra cara de la vida, la muerte, quien está llamando a sus respectivas puertas. Los niños morirán. Y no tanto por los disparos de la Policía sino por esa conciencia que todos llevamos, más o menos, dentro.

Y sobre estas divagaciones, las pretensiones hawkasianas brillan como la punta de un diamante que haya permanecido enterrado durante muchos siglos en el fondo del mar. Alertados excavamos y lo descubrimos todo entero: brillante, resplandeciente, enorme. En 1932, ¡sí, la fecha!, también los espectadores eran y vivían como niños. El Crack del 29 había golpeado sus espaldas y sus bolsillos pero ellos aún parecían agarrados a aquellos “clavos” felices de los años 20´ que añoraban recuperar cuando Wall Street se recuperara de la depresión con un par de orfidales. Y Hawks y Scarface nos vienen a despertar de esas falsas esperanzas. Con una bofetada que nos cruza (¿qué son sino esas cruces que en la película anuncian y presentan a la muerte?) la cara con un sonoro guantazo o con una ráfaga de metralla (scarface o cara cortada, en la literal traducción castellana). Los felices 20` no volverán nunca. Ni tampoco esos tiempos en que éramos niños in-conscientes, in-ocentes… y ¡cuántos “in” más! El III Reich asoma su patita por debajo de la puerta. Las actitudes vocingleras y el puño en alto de Herr Hitler son mucho más que una rabieta, mucho más que una amenaza. Y Hawks y Scarface nos están exigiendo que nos hagamos mayores, que abramos los ojos y crezcamos para arriba y hacia dentro. Y como en cualquier ritual de paso será éste un momento doloroso. Ni Hawks ni Scarface nos engañan al respecto. La niñez de nuestras vidas muere y queda enterrada para siempre.

Y es, desde este punto de vista, cuando The Champ se nos muestra también como otra película. En ella su protagonista, un boxeador veterano venido a menos, el campeón del título (un ex campeón en realidad) o Wallace Beery al fin y al cabo, es otro niño que no ha crecido todavía o que no ha sabido hacerse mayor. Como los gangsters-niños de la película de Hawks. En este caso, también la gestualidad exagerada y casi silente del actor ayuda, y mucho, a que lo percibamos así. Obviamente el ex campeón, como tantos y tantos “ex”, empina el codo más de lo debido, se pasa los días en compañía de sus amigotes (otros niños-sin-crecer como él), en pequeñas tascas de barrio y muy lejos de los gimnasios y del olor a linimento. Su cuerpo, quizás otrora, envidiado y robusto es ahora un fláccido y triste pellejo. Además, y a pesar de la insustancialidad propia de estos personajes-niños, el ex campeón arrastra tras de sí un doloroso pasado: su mujer, Irene Rich, mujer de mundo y con aspiraciones propias de su apellido (Rich), supuestamente hastiada de sus continuos fracasos y aficiones, le abandonó dejándole a cargo del hijo de ambos (estos siempre estorban para iniciar, como es debido, una más o menos fulgurante carrera hacia el éxito, hacia ese The World is yours que tanto obsesionaba al imberbe Tony Camonte[2]), Jackie Cooper, el niño por antonomasia del cine americano[3].

Y es como si el mundo, en The Champ, se hubiera vuelto del revés. Jackie Cooper, el niño, cuida del ex campeón y se comporta como un hombre. Con lo que Jackie Cooper es el padre. Y Wallace Beery, el niño. Véase sino las actitudes que Cooper muestra con su cuadrilla y con el propio Beery. Y con su madre, cuando ésta reaparece hacia la mitad de la historia. En las primeras escenas entre ambos Jackie Cooper no sabrá ser el niño-que-le-toca-ser en presencia de su madre y en razón a su edad, y se comporta como un hombre sorprendido cuando ella (mujer antes que madre para todo un “hombretón” como él) le pide que la bese.

Y la resolución de la trama no deja lugar a dudas sobre las intenciones de King Vidor. Éstas redundan en la misma dirección que las que mantendrá Hawks apenas un año después con su Scarface. La vida, y la película, re-colocará a los personajes en su sitio. Beery acepta un combate para el que sabe que no está preparado, para el que sabe que llega demasiado tarde. Pero, a pesar de ello y por primera vez a lo largo de la película, se prepara y entrena a conciencia. Como un hombre. Quiere crecer y demostrar a su hijo que él es el verdadero padre, que su particular ritual de paso ha comenzado y que ya no habrá para él marcha atrás. Y en la noche del combate, y como no podía ocurrir de otro modo, Beery recibe una brutal paliza. En su esquina quieren arrojar la toalla al ring, pero Beery se niega a abandonar. Los rituales de paso no son ninguna excursión de verano. Hacerse mayor cuesta. Y a veces, como también sucedía en Scarface, nos cuesta la vida. Beery ganará el combate (se habrá hecho un hombre) in extremis pero en el vestuario apenas sus labios consiguen articular una palabra. Su hijo llora. Orgulloso se traga los mocos. Y también por primera vez Jackie Cooper se comporta como aquello que realmente es, como un niño.

La esencia, el concepto que mueve los entresijos de The Champ está lanzada. Vidor nos está advirtiendo en 1931, como Hawks lo hará en 1932 (y de aquí la importancia que daba, al principio de estas líneas, a las fechas de estreno de ambas películas), que los tiempos de la niñez se han terminado con una demoledora serie de derechazos a la mandíbula o con una castañeante y mortal ráfaga de ametralladora. Que los tiempos en que debemos ser y sentirnos hombres han llegado de pronto a nuestras vidas. Adorno diría algunos años después que tras Auschwitz e Hiroshima la correspondencia entre las especulaciones teóricas y la experiencia se ha fracturado definitivamente. Vidor y Hawks con sus películas sobre hombres que aún son niños, que piensan poder habitar una tierra poblada sólo de inocencia, insustancialidad y “peter panes”, se adelantaron, en cierta manera, al pensador alemán. También ellos nos avisaban de la fractura práctica que Adorno pondría lucidamente sobre la mesa. El tiempo de los niños, de la “correspondencia” había finalizado.

O yo, al menos, siento todo esto así, o lo he sentido mientras veía The Champ y Scarface por tercera o cuarta vez. Y todavía lo siento más vivamente hoy cuando el cine, que se realiza en estos días, parece haber perdido (salvo honrosas y escasísimas excepciones) el rumbo o cualquier conexión esencial con nuestra condición de personas. Porque este cine no me dice gran cosa. Como el aburrido y cansino chismorreo que pudiera producirse en una Sala de Bingo entre jugada y jugada, entre cartón y cartón. Lo cual está provocando sin duda, y entre otros “vicios” reciente y desgraciadamente adquiridos (ya entraremos en alguno de ellos si el tiempo y las ganas nos acompañan), que la etiqueta de “7º arte” no sea más que eso: una etiqueta de quita-y-pon, una petulante y rimbombante acepción que desacredita desde su nombre al resto de las artes que sí se han ganado a pulso su título; una art(ritis) sólo económicamente ambiciosa, huérfana por su desconexión de la vida real, de la sociedad que formamos, entre otros, algunos hombres y mujeres que seguimos sentándonos en las butacas a oscuras confiando en sentir que el cine y la sociedad no han emprendido caminos divergentes, que el cine no se ha abonado a la soledad, desustancializado y esencialmente más vacío que una piscina al aire libre durante los meses del más crudo invierno. Y que, por el contrario, cine & sociedad continúan juntos, alimentándose recíprocamente. Como sucede en The Champ, o en Scarface: dos viejas y estupendas señoras que, siempre que las veo, me dicen algo, sí; algo más que antes no sabía.




[1] Tengamos en cuenta que esta toma de conciencia y consiguiente prohibición del incesto supuso el inicio de la Civilización en el desarrollo del homo sapiens, el fin del ojo-por-ojo y metafóricamente hablando (para los intereses de este artículo), el fin de Tony Camonte y del gangterismo en sí.
[2] Con lo cual, tal vez, The Champ esté también poniendo entre interrogaciones la presumible madurez del personaje de Irene Rich, a pesar de que nadie pondría en duda que, en apariencia, es toda una mujer.
[3] Recuerdo para algún desmemoriado (y que el resto me perdone) que Jackie Cooper fue The Kid, (El chico) que acompañaba al vagabundo en la mítica película de Chaplin.
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