viernes, 7 de octubre de 2022

JAZZ-ON FOREVER

Han sido tantos años que me faltan dedos para contarlos. Pero el esfuerzo nos “pone” y la prerseverancia es, sin duda, una de nuestras grandes virtudes. Quizás aunque no lo parezca sea la mayor de todas ellas: la cabezonería.

Que se lo pregunten sino a Gorka y Tato, alma mater, de este maravilloso proyecto que ayer jueves 6 de octubre, por fin, vio la luz bajo el bonito nombre de JAZZ-ON ARETOA, en la calle Urazurrutia, nº5, bajo, 48003 Bilbao, Vizcaya (tel. por si hace falta, 946790671), donde los lugareños de buena memoria recordarán que se situaba estación de autobuses que nos llevaba desde el Botxo a Donostia, y vicevesa.

Sí, ¿cuántos años han sido de esfuerzos, de sinsabores, de reuniones que parecían que no nos iban a levar a ninguna parte, vueltas en la cama e insomnios, etc.? Pero cuando algo se termina paree que los “malos rollos” se difuminan como por arte de magia y, ante nuestros ojos, solo queda el proyecto finiquitado, los sueños que de él podemos extraer. Tantos sueños como realidades.


La espera, el tiempo ha merecido la pena. Bilbao cuenta ya con un local dedicado en exclusiva al universo del jazz donde los buenos aficionados podremos disfrutar de excelentes conciertos (de esto se encargarán Tato y Gorka, sin duda).

Y el tiempo nos dará, además, la razón.. No podría hacerlo de otra manera. Cualquier otra actitud sería una flagrante injusticia. Porque con el JAZZ-ON podríamos recurrir, sin que no temblara, el pulsa  aquella mítica frase con la que definía al Halcón maltés, de la peli de John Huston, posiblemente esté hecho con el material con el que se tejen los sueños. Y ese material es indestructible.

Ayer el JAZZ-ON dio su particular banderazo de salida con la presentación de Perspectiwa, el último y soberbio trabajo de Malwina Masternak. Quienes tuvieron la fortuna de acudir al concierto saben que JAZZ-ON no se trata sólo de un exquisito y necesario capricho sino que, además, su único objetivo será perdurar mientras una nota de Mr. Miles Davis resuene en nuestros oídos. O de Coltrane. O de Monk. O de tantísimos otros y otras imprescindibles.

ACTUACIONES TODOS LOS JUEVES, VIERNES Y SÁBADO

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miércoles, 14 de septiembre de 2022

A BIENTÔT, MAÌTRE

El último maestro se nos ha marchado. Él era el ultimo cahier, el jefe y el último de aquellos jovenes salvajes y talentosos que cambiaron nuestra forma de ver el cine. Truffaut nos descubriría que existe un Hitchcock más allá de aquel "mago del suspense" con el que algunas mentes adormecidas querían hacernos comulgar. Rohmer nos trajo la comedia también mucho más allá de Hawks o Eustache nos regaló la incomparable La Mamain et la  Putain. Y así podríamos tirar hasta el infinito, el lugar que ahora, tened por seguro, ocupa Jean-Luc; el jefe, el que más sabía. El cine de antes y el de después le tiene a él marcando y custodiando la frontera. Quizás fuera un cascarrabias (¿quién no lo sería, hoy en día, después de salir de una sala de cine?), pero también ha sido y será irrepetible. Y como él mismo pedía en una de sus famosas boutades, quisiera ser inmortal y después morir. Sin duda, el jefe lo ha conseguido (¿o no es un jefe quien ha logrado filmar en 270 apabullantes minutos las Histoire(s) du cinema?)

Y si para muestra valiera un botón aquí os dejo con su particular y memorable adaptación de El  retrato oval, de Poe, que pusiera en imágenes en Vivre sa vie.



 

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martes, 13 de septiembre de 2022

LOS NEGOCIOS Y EL REGAAETON


Tengo un móvil que es una chapucilla. Apenas si cuesta 20€. Apenas si vale para llamar y recibir llamadas,… y enviar SMS, que no
Whatsapp. Pero a mí me vale. Bastantes líos tengo con otras cosas como para liarme aún más con un Smartphone que pienso que acabaría, definitivamente, por volverme loco.

Pero el caso es que una de las formas que sí tengo para conseguir que mis SMS resulten más cálidos y acogedores es insertar en ellos como coletilla final un pequeño emoticono. Aunque como mi móvil tampoco dispone de un gran surtido de ellos, he terminado por utilizar el “rostro que sonríe y guiña un ojo” que es, asimismo, una manera que tengo yo para saludar o despedirme de los amigos y conocidos;  una inocente inserción con la que espero (sé que es mucho esperar) alegrar el día a quien lo reciba.

Bueno, pues esto es y es a lo que voy, que desde hace algunos días estoy recibiendo los numerosísimos y  clásicos SMS de Movistar anunciándome sus distintos estrenos, promociones y ofertas pero…  ¡que finalizan con el mismo emoticono que me “guiña un ojo”!

Desconozco el motivo de esta nueva y burda “estrategia” de Movistar. Puede que se trate de hacerme la pelotilla. Puede que la súper multinacional de la comunicación trate de hacerse mi colega utilizando este recurso del "guiño". La verdad no tengo ni la más remota idea. Pero utilizar un detalle que metí sólo para despertar una sonrisa, como anzuelo para captar más clientes (en este caso, yo mismo) y, así, engordar sus ya abultadas cuentas de resultados, me resulta patético por su cándida grosería; propio de un equipo de comerciales que se afeitan y se arreglan con mucho cuidado, que tienen pelo para dar-y-regalarr y que, por las noches, aún se apuntan al botellón más potente y que más cerca les pille de casa. Sí,  los más "sesudos" brokers y la chavalería se dan la mano. Las finanzas y los juguetitos campan a sus anchas. Los negocios se perpetran al son del más marchoso regaaeton. Pero con unas consecuencias nada juveniles.


Así me parece que Movistar debería tener presente que yo tengo ya 57 tacos y que estas burdas añagazas me resbalan y me hacen pensar antes en manos de quién estamos o en manos de quién está este mundo cogido, antes que en apuntarme a la oferta. Creo que los amigos, o los clientes de verdad, deben hacerse de otra forma.

Pero yo no puedo evitarlo y me echo a temblar. Sin duda, mejor me vendría un abriguete con borreguito o, mejor todavía, una suculenta reducción en la disparatada cuota mensual que, religiosamente, abono a la susodicha compañía. Entonces seguramente el emoticono con “el rostro guiñando un ojo” sí que tendría algún sentido y me animaría a pensar que, de repente, vivimos en un mundo más adulto y razonable.  
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lunes, 5 de septiembre de 2022

DICE UN BUEN AMIGO MIO...

Para Juan

Bueno, dice o me lo decía el otro día que el mejor quinteto de jazz que ha habido en la Historia es The Quintet, el quinteto que, liderado por Miles Davis a la trompeta, claro, completaban Wayne Shorter con el saxo, Tony Williams (¡con 17 tacos!) a la batería, Herbie Hancock al piano y el no menos increíble, Ron Carter a los mandos del contrabajo.

Puede, ¿quién podría afirmarlo con exactitud?, que esto sea una simple boutade. Para gustos, me responderéis, están hechos los colores (y los sonidos, claro), pero yo no me andaría con demasiados rodeos sobre todo cuando tienes la ocasión de escuchar esta versión de Footprints que te deja como alelado, sin respiración. Hay sobre el escenario tanta seriedad, tanto talento, un solo apocalíptico e irrepetible de Wayne Shorter que, como bien me añadía mi colega que, además es un excelente trompetista, ¡no le des más vueltas, Toni! Esto es en lo que Davis andaba enredado a finales de los 60´ y todavía no ha sido superado.

Vosotros diréis después de escuchar la pieza. Yo sólo pegaré un telefonazo a mi amigo y le contestaré, de acuerdo, Juan,  tú ganas, ¿dónde tengo que firmar? 



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jueves, 18 de agosto de 2022

APRENDIENDO A ESCRIBIR (y II)


Me parece que a la anterior entrada sobre Aprendiendo a escribir (I) le faltaría una sibilina coda en la que muchísimos escritores patrios no reparan como se merece, bien porque no quieren o bien porque me temo que no saben, lo que me hace pensar que las cosas, a estos efectos literarios, nos vayan como nos están yendo; o sea, y según mi modesto punto de vista, de calamidad en calamidad, salvo honrosísimas excepciones. 

Por ello a esta sibilina coda yo la calificaría , directamente, como el terror que sienten los autores (o una amplísima mayoría de ellos, por lo menos) hacia todo aquello que suene a trascendencia como si, en lugar de ubicar esta trascendencia como aquello que hace que nuestro trabajo (y valga la redundancia) resulte trascendente y, por lo tanto, perdure en el tiempo (¿y no sería esto algo que todos los artistas quieren conseguir con sus obras?), la apartan en su lugar de un manotazo, asustados por la seriedad que parece llevar consigo la palabra; seriedad que no dudan ipso facto en asimilar (erróneamente, claro) con aburrimiento y con el coñazo más supino y duro.

Lo que no deja de parecerme una chorrada. Porque la intrascendencia siempre se ahoga en su propia intranscendencia, en su puro cortoplacismo, en la anécdota, en la, más o menos ocurrente, ocurrencia (y valga otra redundancia), en el slogan que sepulta a la idea, y que atinadamente denunciaba la brillante Susan Sontag, lo cual resultaría, además, de una facilísima comprobación acudiendo a las páginas de cualquier calendario. Lo que perdura, por un lado; de lo que no se acuerda ni dios, por otro. Y de mi cosecha añadiría un par de ejemplos ad hoc, para aclarar lo que aún está borroso.

Y, por ejemplo, si quisiéramos disertar sobre el juego, ¿adónde acudiríamos?, ¿a Los bingueros, aquella película de Ozores con Esteso y Pajares?, ¿o a El jugador, el relato que pergeñó en una agitada noche Dostoievski? Porque la primera el tiempo la habría colocado en la estantería de las mamarrachadas, y a olvidar cuanto antes. Pero, por el contrario, la novela del escritor ruso quedará siempre como algo atemporal (yo mismo me la acabó de comprar más de 100 años después de haber sido escrita). Sí, fácil es comprobarlo acudiendo a la presencia de la obra en el calendario. Vale, vale, de acuerdo me diréis. En este caso la calidad manda. No somos tan zoquetes. Los bingueros es intrascendencia en estado puro y El jugador, una novela como la copa de un pino porque, sin duda y entre otras virtudes, sus páginas son páginas trascendentes.

Pero yo ahora voy más allá. Sí, otra vuelta a la tuerca. Y lanzo al aire, como un guante que cualquiera pudiera recoger, una pregunta, ¿POR QUÉ? ¿Por que Los bingueros, y dejando aparte asuntos que pudieran relacionarse con la calidad, es la nadería que es, y El jugador, la obra maestra que es? Y no me cabrían prendas en reconocer que una parte importante de los motivos reside en que en la obra de Dostoievski, el juego es una excusa para contar algo que está más allá de los casinos y de las ruletas de juego. Sí, El jugador trasciende el juego, la anécdota, el Mac-Guffin hitchcockiano y, así, sus palabras, sus líneas y párrafos se hacen en su trascendencia universales. Mientras tanto, el juego, la anécdota en Los bingueros son el alma mater de la película y ésta no se desembaraza de ello por lo que no cuenta nada más que la anécdota. Los bingueros (¡como tantas y tantas obras españolas!) no "trascendentaliza" y su esencia (sic) queda en eso: en decenas de dimes-y-diretes, en una serie de gracietas que, dependiendo del estado de ánimo que llevemos encima, nos hará reír más o menos, pero al que el tiempo, ¡y que nadie lo dude!, acabará borrando y atizando una soberana patada-en-el-culo como único obsequio al que su triste intrascendencia se habría hecho acreedora.

William Faulkner, en el acto de recogida de su primer Premio Nóbel, allá por el año 50 del siglo pasado, pronunció unas palabras que se refieren a esta necesidad de trascendencia que debe tener, o aspirar a tener, cualquier obra de arte; unas palabras, sin desperdicio, que todo aquél que deseara aspirar a ser escritor (o artista, sin más) debería llevar tatuadas en la piel. No en vano el discurso está considerado uno de los mejores discursos escuchados durante la ceremonia del Nobel. Creo que el hombre, terminaba diciendo en él Faulkner aquel 10 de diciembre de 1950, no perdurará simplemente sino que prevalecerá. Creo que es inmortal no por ser la única criatura que tiene voz inextinguible sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de perseverancia. El deber del poeta y del escritor es escribir sobre estos atributos. Ambos tienen el privilegio de ayudar al hombre a perseverar, exaltando su corazón, recordándole el ánimo y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado. La voz del poeta no debe relatar simplemente la historia del hombre, puede servirle de apoyo, ser una de las columnas que lo sostengan para perseverar y prevalecer. Esto es, prevalecer, perdurar, TRASCENDER.

Obviamente, el subrayado y las mayúsculas finales son cosa mía. Para que estéis atentos, más que nada ya que continuaré refiriéndome a Cita en Samarra, la primera novela de John O´Hara, con la que enredaba en la anterior entrada. Y a ella continuaré remitiéndome en esta sibilina coda echando, para ello, mano de la excelente introducción a la figura de John O´Hara y a su obra, que la Edición Planeta-Maestros Norteamericanos (IV) pone a nuestro alcance, y que durante los próximos días me propongo leer.

Porque la novela no se trata (todos los paréntesis son de mi cosecha), como a primera vista, pudiera parecer, de un cruce de asesinatos más o menos justificados (anécdota Intranscendente) sino "de la historia del encuentro de un hombre con la muerte" (trascendencia- recordemos el relato de Maugham que incluí en la anterior entrada). Luego, en la misma introducción se apunta "Muchos escriben como viven- intranscendentemente, diría yo; pero pocos sienten como escriben- trascendentemente". Y se añade al hilo de lo expuesto "La tragedia del hombre contemporáneo viene expresada siempre en un máximo de presencia (intranscendentemente, apuntillo yo) y un mínimo de significado (trascendente, re-apuntillo yo)". Y más todavía, "Vivir (intrascendentemente) devino más importante que el sentido de la existencia (trascendente) y morir (intrascendentemente) preocupa más que el sentido de la muerte (trascendente). Y todavía: "Frente a los meros narradores de fábulas o eventos propios y ajenos (más anécdotas intrascendentes), el (verdadero) escritor nos dará siempre su otra verdad, su biografía desde dentro (la trascendente). Al hacerlo así, no nos revela particulares intimidades que sólo a él conciernen (más anécdotas siempre intrascendentes), sino su universal condición humana (trascendente).

Y espero que con esto se me haya entendido un poco. o nos quitamos lo miedos y las vergüenzas de encima, y apelamos por la perenne trascendencia o seguiremos emborronando hojas y hojas sin mayor trascendencia que el ir afinando nuestros lanzamientos de bolas de papel al cesto de la basura donde, si por alguien no se había enterado todavía, las canastas no suben al marcador.





 

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domingo, 7 de agosto de 2022

APRENDIENDO A ESCRIBIR (I)

 

Si algo parece haberse extendido, durante nuestros días, y con los mejores precios e intenciones (no lo dudo), son los Cursos/Talleres de Escritura. ¡Vaya, que allá donde vas te encuentras con uno de ellos, donde te prometen que, si lo intentas de verdad, acabarás escribiendo bien!

Porque, hoy, parece que a todo dios le ha dado por escribir. Hasta el extremo de que si no sabes escribir, es como si fueras mudo. No me cabe duda de que el masivo (y terrible) uso del whatssup ha contribuido lo suyo a semejante moda que, por lo visto, no tiene trazas de pasarse, y valga la redundancia, de moda, por lo menos a corto, medio o… largo plazo, ¿o quién podría saberlo a estas alturas?

Así que, enarbolando mi modestia por bandera, os apuntaría una norma que, a menudo, dejamos inconscientemente dejar pasar de largo como si ella, la norma en cuestión, no fuera con nosotros, los potenciales escritores. Y esta norma partiría de aquel adagio que asegura, que mal está lo que mal empieza, y al que yo, cambiándole el adjetivo, trastocaría por un bien está lo que bien empieza.

Lo que, quizás, pudiera sonarnos excesivamente aventurado. No hay duda que desde que se empieza hasta que se acaba, pueden ocurrir tantas cosas, podemos vernos envueltos en tales jaleos, que aquello que estaba bien en la página 1, termina convirtiéndose en un auténtico disparate en la página 10. Esto es innegable. Y contra esto, me temo, poco podemos hacer, más que aplicarnos con una atención mayúscula primero, en cada palabra, luego, en cada frase, luego en cada párrafo y así sucesivamente.

Resulta innegable que debemos aprender a ir poco a poco. Y si a un principio bueno, le sucede una buena continuación, y a ésta otra, y a ésta otra, y así hasta alcanzar, por ejemplo, la página 200, podremos asegurar que estamos en condiciones ideales de pergeñar un buen trabajo. Claro, siempre que la extensión final de la novela, si es que se trata de una novela, no se nos salga de madre.



Y cuento todo esto al hilo de Cita en Samarra, la primera novela escrita por John O´Hara, publicada en 1930 y que ayer empecé a leer. Y si su principio, ¡el prólogo y el mismo título!, no enganchan es que ya no entiendo nada de nada. Yo, por lo menos, he mordido el anzuelo y estoy deseando que me lleguen los ratos libres para continuar devorando la novela. Y todo por culpa de ese prólogo y título que me predisponen (desde ya) a esperar lo mejor del trabajo de O´Hara, confiando en lo que anteriormente proponía: que, por esta vez, lo que bien empieza bien acabe: apunte y guía fundamental que todo trabajo literario que se precie debería mantener como frase de cabecera. Empezar bien y…. seguir bien. Porque sin lo primero… nunca obtendremos lo segundo.

Y ahora, y sin más tabarras, os dejo aquí abajo con el prólogo y el título de Cita en Samarra, y vosotros diréis si O´Hara empieza bien y si os apetece seguir pasando las hojas. Porque a mí el anzuelo se me ha incrustado en el paladar. Pero sin dolor. Incluso lo “padezco” como la mayor gozada que he saboreado durante los últimos meses. Ahí van:

(Prólogo)

HABLA LA MUERTE

Cierta vez, un comerciante de Bagdad envió a su criado a comprar provisiones en el mercado. Al poco rato, volvió éste pálido y tembloroso, y dijo: “Señor, hace un momento, mientras estaba en la plaza del mercado, he sido empujado por una mujer que se hallaba entre la multitud y, al volverme, he visto que era la Muerte”. Me ha mirado y ha hecho un gesto de amenaza. Préstame tu caballo para que me aleje en él de esta ciudad, y así evitaré mi destino. Marcharé a Samarra., y allí no me encontrará la Muerte.” El comerciante le  prestó el caballo. El criado montó, picó espuelas y emprendió la marcha a toda la velocidad que podía galopar el caballo. Luego, el comerciante bajó al mercado y, descubriéndome entre la multitud, se acercó y me dijo: “¿Por qué has hecho un gesto de amenaza a mi criado cuando le has visto esta mañana?” “No ha sido un gesto de amenaza- respondí-, sino de sorpresa. Me extraño verle en Bagdad, cuando esta noche tengo un cita con ´él en Samarra.” W. Somerset Maugham.

(Título)

CITA EN SAMARRA

¿Habría alguien a quien no le tentara seguir leyendo la novela de O´Hara? Que levante la mano. Las mías las tengo bien metidas entre las páginas de Samarra, esperando la señal de salida.

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domingo, 3 de julio de 2022

MR. STEPHEN CURRY

Ahora que estamos de bakatas-NBA y todavía relamiéndonos con la última victoria de los Warriors, frente a unos siempre aguerridos y competitivos Celtics, que les puso en los dedos el Anillo de Campeón de la Temporada 2021/22, quisiera aclarar un par de cosas, o una cosa más que nada, sobre el equipo de la Bahía y, más en concreto, sobre su indiscutible figura, ese base que responde al nombre de Stephen Curry.

Porque, sin salirnos del basket, debemos reconocer que siempre ha habido jugadores que han marcado, con sus actuaciones y éxitos, el devenir de este deporte. Los nombres, quizás, no sean muy numerosos (la excelencia si pretende ser tal, nunca debe ser numerosa), aunque sí inolvidables. Cito, y si me dejo a alguno aquí pongo mi pescuezo para el merecido capón,  a Jordan o a Bird, o a Magic Johnson, al Doctor J, a Chamberlain, o a Kareen, y con un etc… me cubro las espaldas. Todos ellos habrían conseguido que disfrute del baloncesto como antes nunca lo había disfrutado. Y ésta siempre será una impagable deuda que los aficionados tendremos con esos jugadorazos. Pero con ellos el baloncesto ha seguido siendo el mismo deporte, más excelente, eso sí, sin duda, pero sin especiales alteraciones en la forma de jugar, o de diseñar esas jugadas, dignas de una atención tan particular.

Pero sin embargo habría otros jugadores, quizás no tan súper brillantes, a los que el deporte, el baloncesto en este caso, les debe no tanto la excelencia que han aportado al juego, sino la auténtica revolución que su presencia habría provocado tanto en los diseños de las jugadas, como en la misma práctica del deporte en sí.

Y  menciono a Stephen Curry, el excelente base de los Warriors, y creo que me haré entender con mayor facilidad. Porque, tal vez, el bueno de Stephen no llegue (todavía) al nivelazo que acabaron por mostrar los Jordan, Bird, Magic y el etc. aludido líneas arriba, pero pienso que, en cierta manera, Curry ha ido más allá o, por lo menos, hacia otro lado. Con él en la pista el baloncesto no sólo se habría recubierto de una evidente excelencia sino que, simple y llanamente, habría cambiado. Eso es, desde el aterrizaje de Curry en las canchas NBA, el baloncesto ya nunca se jugará igual que antes de su llegada.

Simplemente sus acertados lanzamientos desde más allá de los 8, o a veces cebándose, desde más allá de los 9 metros, desde el popularizado downtown o desde la cocina de su casa, han provocado que las defensas rivales se abran y jueguen más arriba, con lo cual en la zona, en la pintura el tráfico es más fluido y los jugadores, los pivots y ala-pivots sobre todo, no se amontonan y “chocan” sobre la pintura. El juego da la razón a los “bajitos” y se acelera a mil por hora. Se hace más espectacular, a bloqueo-limpio, y el espectador, sumido en su vida cotidiana en una existencia que viaja, también, a velocidad de crucero, encuentra ahora en el baloncesto, en especial, en la NBA, un deporte ad hoc; un deporte que sí, que va como su vida misma: a toda hostia.

Y Stephen Curry, más allá de si es peor o mejor que Jordan, o que Bird, o que Magic ha conseguido que esto (que no es moco de pavo) se haya hecho realidad. Él solito ha cambiado el baloncesto como Fosbury cambió, en su día, el salto de altura; modalidad atlética que desde sus saltos ya no ha vuelto a practicarse de la misma manera. ¿Y es Dick Fosbury el mejor saltador de altura de todos los tiempos? Ni lo sé, ni me importa. Pero desde que él pisó los estadios de atletismo, la modalidad del salto de altura se practica de otra manera. Y se salta más alto. Y con Curry estaríamos en las mismas. Al baloncesto se jugaba de una forma a.C. (antes de Curry, claro) y d.C (o sea, después de Curry) se juega de otra. O que se lo pregunten sino al mismo Llull o  al Booker de los Suns de Phoenix. Y además se meten más puntos.

Si con aquellos primeros excelentes, los Jordan, Bird, Magic y etc. aprendimos a ver el baloncesto con los ojos como platos y la boca abierta. Con Curry todavía nos preguntamos, más que si ganará tantos anillos como Jordan o Phil Jackson, hasta dónde pueden llegar las variantes de este apasionante deporte del cinco contra cinco. Y esto es mucho preguntar. Curry y su juego nos hacen pensar, directamente, en un futuro que aún no podemos ni imaginar. Y esto también es mucho pensar, Mr.
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