martes, 26 de septiembre de 2017

CATALUNYA, DIVAGANDO A TOPE

Que allá por donde ande, que me perdone Fidel,-
 
Divago y afirmo que nunca se construyó en país serio en manga corta.

Para eso, para construir el dichoso país, hace falta justo lo contrario: una buena txupa, calzar zapatos de abrigo y si es necesario, por los vientos y la nieve, llevar las orejas y la cabeza gozosamente cubiertas con una gorrita de cuero.

De esta forma nos aproximaremos más a los rusos y a todos esos habitantes de la extinta URSS. Esta gente sí que se las gasta gordas. No van de broma. Ni se les ocurre. Estar a 10º bajo cero, a la intemperie, con un frío que pela, en la céntrica Plaza de la Independencia, por ejemplo, en Ucrania, protestando y diciendo la de dios-es-cristo contra el régimen de quien toque, no es asunto para tomárselo a chirigota.

La rasca, y el pueblo ruso sabe de eso un rato largo, convierte a cualquier arenga en algo mucho más serio, en una cuestión, en muchos desgraciados momentos, de vida o muerte. Con el frío todos nos atrevemos a más. Aunque sea por el noble y humano motivo de entrar en calor.

Napoleón sufrió en sus propias carnes esta seriedad del pueblo ruso aterido por unas temperaturas glaciales. Y a Hitler le pasaría años después más de lo mismo. El pueblo ruso es mucho pueblo. Basta echar un vistazo a su historia reciente y pasada para echarnos a temblar aunque, en nuestro caso, estemos tostándonos en una playita del Mediterráneo. ¿O tendríamos que echar mano del Euromaidán o aquellas violentas proclamas que, entre noviembre de 2013 y febrero de 2014, tuvieron lugar contra el gobierno de Yanukóvich, contra el acuerdo con la Federación Rusa, que movilizó a miles de ucranianos en la Plaza de la Independencia de Kiev, todos-los-días, bajo un frío que pelaba la pana (aquí abajo os dejo como homenaje a aquellos sufridos manifestantes la Batalla en el hielo orquestada por Prokofiev para la película Alexander Nevski, de Eisenstein: ¿bromas?, las justas) y que, al final, se resolvieron, ¡cómo no!, con la destitución de Yanukóvich por la Rada Suprema, y el establecimiento de un gobierno interino a cargo de Oleksandr Turchínov. Sí, con el frío, con los alientos y gritos ahumados por el vaho las cosas se resuelven más seriamente, sin duda.
 
 

Y a esto es a lo que voy. Las protestas que llevamos sufriendo de estos catalanes a 20, 22º de media durante los últimos meses no me parecen serias, ni realmente peligrosas; un incordio, sí, pero un incordio a lo sumo, un incordio que está llenando los telediarios patrios con demasiada insistencia, poniéndonos un dolor de cabeza que para qué nos contamos. Pero repito, incordio, porque cuando los manifestantes desfilan en bermudas, manga corta, nikis a tutiplén, chancletas y bajo un solete súper a gusto podría asegurar que nada de fuste va a salir de todo ello.

La Primavera Árabe, aunque con burkas y paños hasta los tobillos enarbolando los puños a más de 30º, sería otro triste y palmario ejemplo de que las revoluciones y los termómetros disparados hacia arriba siempre andarán reñidos.

Es lo que tienen los calores y las temperaturas hawaianas, que si invitan a la seriedad lo hacen siempre hacia una seriedad entre comillas, una seriedad ma non troppo: el buen tiempo es capaz de relativizar, incluso, cualquier cuestión de vida o muerte; y si a todo esto le añadiéramos, como es el caso de esta Catalunya, los sones del más puro cachondeo o de la rumba de Peret (aquel bailongo Barcelona es poderosa, Barcelona tiene poder, ¿os acordáis también?- las distancias con la música de Alexander Nevski son tan evidentes),
 

el despiporre estará servido más temprano que tarde, el chiringuito se colapsará hasta los topes, guiris y playas llenas de chavales y chavalas de bandera (y no roja, precisamente), pero de país, de construir un País En Serio que nadie pretenda venir a hablarme.
 
… y así pasará el último rasgueo y giro hortera de la guitarra rumbera y todos, más o menos, nos iremos olvidando de estos revueltos tiempos de independencia. Los calores lo hacen posible. Con ellos los vehementes e insistentes esfuerzos que estas ocasiones requieren no son muy bien venidos y admitamos, además, que la manga corta, que tanto se agradece con esos bochornos, tiene siempre una pésima memoria.

¿Apostamos algo?

PS,- El otro día leí que Antonio Banderas decía que lo de Catalunya le recordaba a una película de Berlanga; ciertamente, ¿habría algo más contrario al cine de Berlanga que el cine ruso?

 

 
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viernes, 22 de septiembre de 2017

EL TORO SALVAJE MURIÓ EL PASADO 19 DE SEPTIEMBRE

Jake LaMotta murió el pasado 19 de septiembre. Lo hizo sin mucho ruido, como en él NO era habitual, pero lo años no perdonan. Tenía 95 y expiró en una confortable y triste, como todas, residencia de ancianos. Su hermana publicó una nota en facebook y Robert De Niro, que le interpretó en Toro salvaje, de Scorsese, un bonito y sentido pésame, RIP, champion. Era lo menos que se podía decir y hacer por él.

Y por lo que a mí respecta poco más que añadir. Apenas un par de cosas. Rendir mi más sincera admiración hacia el hombre que se metió entre las doce cuerdas ¡6 veces contra el gran Sugar Ray (quizás, al decir de muchos entendidos, el mejor boxeador de todos los tiempos)!, saliendo victorioso en una de esas peleas y recibiendo una monumental paliza en la última, conocida en los mentideros boxísticos como La matanza del día de San Valentín, y donde Jake, que había jurado aguantar a Sugar Ray 10 asaltos, consiguió que fueran 13 a pesar de que, al final de la carnicería, se dudaba de que al Toro algún hueso le quedara todavía entero. Pero creo que Jake era así: valiente y terco.


Ahora ya podrá discutir con Sugar Ray todos los pormenores de esas seis peleas, y todo aquello que más les apetezca. Porque prisas, ninguna. ¿Y tiempo?, todo el del mundo. Allá donde están el “gong” ya no volverá a sonar. Y si lo hace acaso sea para anunciar que la comida está, puntualmente, servida.

En 1980 Scorsese y De Niro rodaron Toro salvaje, una película que se basaba en la autobiografía de Jake. Para muchos, entre los que me cuento, una de las grandes películas de todos los tiempos y, posiblemente, la mejor de las que ha rodado Scorsese. Con ella bajo el brazo Jake podrá presumir ante Sugar Ray. A este nunca la vida le hizo semejante regalo, y si se le recuerda para siempre es sus increíbles e inigualables cualidades sobre el cuadrilátero del noble arte; a Jake sin embargo, más modesto, los buenos aficionados lo retendremos por su coraje, por su terquedad en mirar y en tirar siempre hacia delante, y porque un día un par de jóvenes americanos quisieron inmortalizarle sobre el celuloide y nos ofrecieron la que es también la mejor película que existe sobre el boxeo, con unos créditos iniciales al son del Intermezzo de la Cavallería rusticana, que para qué os cuento (sí, mejor os adjunto el enlace).


RIP, champion, dejó escrito Robert De Niro cuando supo la noticia del fallecimiento de Jake LaMotta. Me apunto. Y este fin de semana volveré a ver y a disfrutar con Toro salvaje. Sin duda que Jake se lo merece.

 
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viernes, 15 de septiembre de 2017

LA MUERTE DE DIOS, MILTON Y WAGNER


Hoy quizás me apetezca ponerme pelín serio y escribir algo sobre, sobre, por ejemplo,… la muerte de Dios. Porque nos guste o no (a Él me imagino que no le gustará nada) este es un signo de nuestros tiempos; o mejor aún, el signo de nuestros tiempos. Porque si realmente Dios ha muerto, ¿quién nos puede decir ¡alto!, quién nos puede frenar?, ¿quién puede impedirnos cabalgar a nuestras anchas? Si nadie nos vigila desde allá arriba, Alguien además que lo ve todo sin necesidad de usar prismáticos, ¿quién se va a cortar aquí abajo?

Y de momento lo dejaría ahí. Porque este sería uno de los retos que debiéramos asumir para tratar de enderezar el maltrecho estado de nuestras cosas: aprender a eso, a cortarnos, a comportarnos sin necesidad de que nadie nos ande poniendo continuamente el ojo encima.

 
Y con estas estaba, pajeándome con estas comeduras de tarro, cuando terminé el otro día de leer El paraíso perdido, de John Milton (no se me ocurre decir nada porque todo lo que diga se quedaría corto), con esos increíbles versos finales donde se da cuenta de la expulsión de Adán y Eva del Edén y… (hasta entonces no se me había ocurrido) del fracaso de Dios y de su divino plan, ya que el Creador se quedará solo en su mundo creado para el hombre y para que este lo poblara, y estoy seguro que cuando ve a Adán y a Eva salir por patas, porque aunque no se escriba Él lo está viendo (¿alguien lo duda?), y si hubiera podido (tal vez sea eso lo único que un dios no puede hacer) hubiera derramado las más tristes y amargas lágrimas.

Y como a mí que gusta el cine, ¿lo sabéis, verdad?, si hubiera recibido el encargo de rodar esa secuencia final de El paraíso perdido (transcribo abajo los versos finales en la impecable traducción que publicó la Editorial Abada) hubiera situado, posiblemente, la cámara sobre el rostro acongojado de Dios mientras observa (¿alguien lo duda?) a sus criaturas abandonando el Paraíso, sintiéndose igualmente abandonado, traicionado por esos seres a los que insufló esperanzado la vida.

 
Y me vino a la cabeza entonces una grabación de El ocaso de los dioses, de Wagner, el último título de su monumental Tetralogía del Anillo, en la que se puede asistir durante su imponente final al momento en que Wotan, el dios supremo (en la grabación que os dejo debajo, Wotan está a la izquierda del plano y de espaldas), mira impotente el incendio que, al fondo, consume el Walhalla, su querido y particular paraíso.

 
Y yendo a lo que voy, ¿no representarían ambos momentos un preciso plano/contraplano de un mismo instante? En uno Dios (desde el fuera de campo) miraría al hombre y a la mujer dejar el Paraíso mientras el fuego trepida y le hace ondular, escribe Milton; en el otro con Wotan, en escorzo cinematográfico (desde el minuto 7, más o menos, en el enlace), serían el hombre y la mujer, seríamos nosotros mismos, quienes asistimos a la muerte y soledad del dios (en escorzo) mientras, al fondo, perece su Paraíso particular o Walhalla entre las llamas, mientras suena majestuosa la orquestación de Wagner, mientras un telón oblicuo cae dejándole fuera de los asuntos terrenales.

 
La muerte de Dios, preconizada por ese inagotable e imprescindible toca-pelotas que fue Nietzsche, da para estas cosas y muchas otras. Porque quizás más que de una muerte de Dios tuviéramos que referirnos entonces a una escisión definitiva entre ambos mundos, terrenales y celestiales, entre el Cielo y la Tierra, y hablar de soledades también (en plural), aunque los resultados sigan siendo los mismos: el hombre solo sin Dios, pero Dios también solo sin todos nosotros, expulsados del Paraíso y vagando, desde entonces, por aquí abajo, dando vueltas, como moscardones mareados por un exagerado tufillo a caca.

 
El paraíso perdido, de John Milton (versos finales)
(…) Llegado el Ángel,
de la mano cogió a los desdichados;
por la puerta oriental, entre los riscos,
descendieron los tres a la llanura.
El Ángel se esfumó. Volvieron ellos
con tristeza a mirar el Paraíso,
hasta entonces su lugar afortunado,
que el fuego, al trepidar, ahora ondulaba.
La puerta se llenó de hoscos semblantes
que alumbraba el fulgor de su armamento.
Como era natural, un breve llanto
sus ojos enturbió, mas lo enjugaron.
Del Mundo la amplitud, delante de ellos,
permitía escoger cobijo y casa.
Prestábales su luz la Providencia.
De la mano los dos, con paso incierto,
a través del Edén se fueron solos.

El ocaso de los dioses, de Richard Wagner (la inmolación de Brunilda, y final)

 
 

  


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sábado, 2 de septiembre de 2017

LE MEPRIS & BARBER, MÁS PARECIDOS RAZONABLES

Para Gaizka; él ya sabe porqué

Si se parecen, yo creo que sí. A mí, por lo menos, una me lleva a la otra: o el Tema de Camille, que Georges Deleure compusiera para Le Mépris, la bonita película que Jean-Luc Godard rodara en 1963 a partir de una novela de Alberto Moravia, con Michel Piccoli, Brigitte Bardot y el inmortal Fritz Lang (¡casi nada!), y que el gusto impecable de Scorsese incluyó en su farragoso, para muchos (yo entre ellos), Casino, al profundo Adagio para cuerdas que Samuel Barber arreglara en 1938 basándose en su primer Cuarteto de cuerdas.

Vosotros diréis aunque, ante todo, pienso que las dos piezas son razonablemente inolvidables.
 
Tema de Camille
 
Adagio para cuerdas
 
 

 
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sábado, 19 de agosto de 2017

CHAVALES CONTRA HOMBRES, UNA GUERRA SIN TRINCHERAS


PS,- Vistos a los responsables de los recientes y asquerosos atentados de Barcelona, vistas sus fotos, calculados sus años, vistos sus rostros malencarados y achulados de niños bravucones y peligrosos, y después a sus sufridas madres clamando por sus "angelitos" tal que si estos, en lugar de matar, hubiesen roto todas las farolas del paseo a pedradas, no he podido sino acordarme de aquello que escribí hace unos día y en lo que, desgraciadamente, me confirmo.

Aunque no haya que alarmarse, porque yo, por lo menos, dispongo de una explicación; y esta, a menudo, ayuda a tranquilizar los ánimos y nos pone sobre la pista de qué coño está ocurriendo y de c. podríamos hacer para solucionarlo. Claro, si esto es de verdad lo que queremos.

Porque ya lo escribía en Divino Tesoro, aquel ensayo que me publicaron hace ahora unos tres años. Aborrezco autocitarme, pero ya que nadie viene en mi ayuda, o me corrobora lo que en Divino apuntaba, pues voy yo y lo repito. En sus líneas está esa explicación a la aludo en el párrafo anterior.

Resumo la tesis: la preocupante juvenilización, cuando no infantilización (probablemente me quedara corto echando las manecillas del reloj hacia atrás), que sufren nuestras sociedades, encabezadas por las pertenecientes al otrora sólido y, más o menos congruente, Occidente.

Y esto lo escribiría ahora a cuenta del gesto que realizó el magnífico, juvenil y añiñado (para sus 27 tacos) Curry, ilustre base del equipo de baloncesto de los Warriors de San Francisco durante el tercer partido de las Finales de la NBA de este curso 2016/17.

El “muchacho”, después de que un compañero de equipo anotara un triple que iba a suponer la victoria de su equipo en la cancha del contrario, los Caballeros (¡qué ironía, ¿verdad?) de Cleveland, se acuclilla, en actitud de sufrir de repente un inoportuno apretón, apunta a la grada con las posaderas, y simula que lanza un (tor)pedo a la grada o suelta un zurullo en mitad del parquet, ante la vista abochornada y los silbidos de los 20.000 asistentes al partido. Os pongo aquí el vídeo (en cámara lenta, no es un error); echadle un vistazo. (Aunque lo siento, por lo no-visto, y por ahorrarnos el sonrojo más violento, las autoridades de YouTube han decidido cancelar el vídeo; buscadlo vosotros si podéis; quizás ande por ahí; yo no he podido).

Aunque lo dicho: yo, más o menos tranqui, hasta donde se puede estar tranquilo. La redacción de Divino Tesoro me habría servido para eso. Para no tomarme estas cosas demasiado a la tremenda, para soltar un suspiro desolado, eso sí, y decir para mis adentros, ¿adónde estamos llegando?, meterme en los bolsillos un par de cápsulas de estoicismo y confiar en que esto se pase ya que, y lo habríamos oído en algún sitio, si hay una enfermedad que se cura con el tiempo ésa es la juventud.

¡Que duda nos debe caber entonces si afirmo que la juvenilización de la sociedad nos está llevando, a primera página de los periódicos y de las redes sociales, este tipo de gestos gamberros, maleducados, juveniles, pero sin mayor trascendencia, estúpidos en sí mismos, y que enseguida pasarán, y si no pasan, pues cambiamos de canal y a otra cosa, que no tendremos prisa pero tampoco tiempo que perder, como suele decir un buen amigo.

¿Por qué os imagináis a los Magic, Bird, Jordan haciendo gestos como este de Curry? Aquéllos, y por no salirnos del mundo de la NBA, eran adultos, hombres hechos y derechos, cuidado, para lo bueno y para lo malo, pero hechos y derechos, y a los que chorradas como las del mocoso Curry seguro que les hacen agachar sonrojados las cabezas. Las broncas y malos modos del chaval Kyrgios no serían sino otro más de estos ejemplos de esta creciente y mal entendida juvenilización de nuestras sociedades, adscrita en esta ocasión, y por no salirnos de los ámbitos deportivos, al circuito tenístico de la ATP.

O ya más en serio, aunque sólo fuera por su inequívoca influencia en nuestras vidas, más allá de los Curry o Kyrgios de turno, el propio Kim Jong-un desde el Norte de Corea con sus rabietas y soflamas de chiquillo-tragón, o el musculoso Vladimir (Putin) o Donald Trump, con su procaces poses y declaraciones, con su nombre de dibujos animados, sus frecuentes salidas del tiesto, impropias de un presidente de una nación civilizada, no serían sino otros ejemplos de este calamitoso estado de las cosas que nos está tocando vivir.

Que la juvenilización actual y el auge de los populismos están en línea directa y se retroalimentan la una al otro, es algo sobre lo que, al día de hoy, no tengo la más mínima duda.

Y si me estiro, y con esto ya termino, ¿no son los mismos atentados yihadistas, de no contarse las tragedias y muertos que ocasionan, y atendiendo a las edades, al cruel ensañamiento y a las tácticas (sic) empleadas por los terroristas, extravagantes chiquilladas de adolescentes mosqueados porque les han dejado tres para septiembre?

Conducir, por circunscribirme a lo más reciente, un camión o una furgoneta a lo loco, en zig-zag, por una avenida llena de gente inocente (que no les ha hecho nada), para atropellar al mayor número de viandantes posible, o asestar puñadas a diestro y siniestro entre los asistentes a un mercadillo popular, o llevar a cabo ataques suicidas a la salida de un concierto de música cargando en una mochila explosivos, en lugar de libros de texto, para llevarse por delante a cuantos más, mejor; sean hombres de 90, de 39 (Ignacio Echevarría), o de 10 (Manchester), más y más desgraciados ejemplos de que el Tesoro ha dejado de ser Divino y de que el panorama, más que preocupante (por aquello de que confiemos en que los años, el sentido común y las arrugas, en último término, nos arreglarán el problema), resulta, y esto sí no nos lo quita nadie, vergonzoso y dolosamente desmoralizante.
 

 
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domingo, 23 de julio de 2017

CLINT EASTWOOD, EL ABUELO CHOCHEA


 Clint Eastwood ha supuesto, posiblemente, una de las mayores alegrías que me ha proporcionado en los últimos años el decadente (¿y hasta dónde irá a parar?) cine yanqui. En su momento me vi 7 veces, un al día durante una semana completa, su magistral Sin perdón. La reflexión que Clint plasmaba en ella sobre la violencia y, lo que pareció más increíble, su increíble puesta al día del personaje de justiciero que él mismo se había ido cincelando desde sus primeras películas con Sergio Leone, me dejó boquiabierto, al no haber asistido a nada similar desde los lejanos e incomprendidos tiempos del acerado cine de Jerry Lewis y del personaje que con él había creado. Sí, sí, Jerry Lewis, el payaso que actuaba con Dean Martin, y que luego decidió montarse un gran circo por su cuenta.

Pero, volviendo con Clint, y a lo que iba, el otro día vi Sully, su película basada en Chester “Sully” Sullenberger, aquel piloto que en 2009 se convirtió en un héroe cuando logró realizar un aterrizaje forzoso en pleno río Hudson, en Nueva York, salvando las vidas de sus 155 pasajeros. Y, creedme, que lo siento mucho, pero Clint Eastwood a sus 87 años ha perdido el “punch” por el que era envidiado por todos sus colegas de profesión y por tantos admiradores (yo entre ellos), apoltronados en las distintas butacas de los cines del mundo entero. Sí, el abuelo Clint chochea.

Yo ya había notado algo de todo esto: ciertos resbalones, ciertas salidas de tono, en los años de sus aclamados puentes de madison. Corría entonces el año 92, del siglo pasado, pero la historia que protagonizaban los hijos de Meryl Streep, en crisis con sus respectivas parejas, y que, después de conocer el diario y la bonita historia que su madre vive durante unos días en la soledad de su hogar con el fotógrafo que interpreta Clint Eastwood, vuelven a congraciarse y a comer perdices, como si nada hubiera ocurrido, ya me resultaba muy endeble; una peligrosa premonición del tono almibarado, con muy poco peligro que iría apoderándose del grueso de su filmografía, que vendría después, donde el genio recio y sin concesiones que nos entusiasmaba de, por ejemplo, El jinete pálido o Bird, de Sin perdón o Un mundo perfecto ya empezaban a perderse detrás de la esquina, a brillar por su ausencia.

¿O que nos depararon en su día, seamos sinceros, Medianoche en el jardín…, Poder absoluto, Ejecución inminente, Space Cowboys, Deuda de sangre, Mystic River- sería la excelente y ¿última? excepción a la regla, sus bienintencionadas pero, ¿algo más?, Million Dollar Baby, el díptico guerrero Banderas de nuestros padres-Cartas de Iwo Jiwa, la ya cargante (tanto como su protagonista, la mediocre Angelina)  El intercambio, o las apáticas e insuficientes Gran Torino, Invictus, Más allá de la vida, por no hablar ya de la-poca-cosa que suponen sus Jersey Boys, El francotirador o, por fin, y la que motiva estas líneas, la triste e insuficientísima Sully?

Quizás alguien me aconsejara que zanjara la cuestión diciendo que un abuelo no está ya para demasiados trotes, que 87 palos son ya muchos palos, demasiados. Pero, sin embargo, Clint sigue en la brecha con otra película para el año en el que estamos, una adaptación de The 15:17 to Paris, que describe el intento de asalto de Ayoub El Kazan a un tren de pasajeros el 21 de agosto de 2015 durante el servicio París-Amsterdam. Luego el abuelo no para, pero repito: chochea, y yo no esperaría grandes alharacas de este viaje en tren hasta los Países Bajos y sí en cambio, por hacer un chiste barato, un (según seamos de críticos) pequeño o gran bajón.

Luego, e incluso atentando ahora contra uno de mis últimos héroes cinematográficos, me preguntaría si como se pregona entre los más puristas círculos críticos cada vez que Clint estrena una película, cual si del lugar más común se tratara, si Clint Eastwood, digo, es realmente el último cineasta clásico.
Porque más allá de cuestiones puramente cinematográficas, o no, mejor inmersos en ellas, ¿no sería una característica común a todos los clásicos, que con el celuloide han sido, a los Hitchcock, Houston, Hawks, Ozu, Mizoguchi, Dreyer, etc. y etc., el hecho de que las arrugas y los años les hicieron mejores y que, de hecho, algunas de sus grandes películas son, precisamente a las que les toca figurar en los últimos escalafones cronológicos de sus filmografías?
Y acordémonos de Frenesí (Hitchcock), de Dublineses (Houston), de El Dorado (Hawks), de El hombre que mató a Liberty Valance o de Siete mujeres (Ford), de Cuentos de Tokio (Ozu), de Gertrud (Dreyer) o, por no resultar abrasivo, de El intendente Sansho o de La emperatriz Yang Kwei Fei (Mizoguchi), y comparémoslas, ya sé que son odiosas las comparaciones, pero hagámoslo y sin que sirva de precedente, con las últimas entregas del otrora (ya va siendo hora de decirlo) gran Clint Eastwood, y preguntemos ahora, ¿será de verdad Clint Eastwood el “último cineasta clásico”?, ¿o será esta otra de esas exageraciones a las que tan propensos parecemos en estos tiempos, para atenuar y soportar mejor este desolador panorama cultural que tenemos entre las manos y ante los ojos? Vosotros diréis.



 
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lunes, 3 de julio de 2017

CRISTIANO RONALDO Y LA PIEDRA


En la entrada que hice en mi blog el 28 de junio de 2012, ¡cómo pasa el tiempo! (aunque para algunos sea como si no pasara ni el tiempo ni nada, y continúan tropezando 2 veces en idéntica piedra, y me temo que hasta que no se peguen en la mismísima espinilla 1000 veces, no se quedarán tranquilos); sí, en esa entrada a la que llamé, Los lugares comunes (y el fútbol), hablaba de eso, de que el fútbol es posiblemente la actividad humana más trufada de estos lugares comunes, donde éstos más campan a gusto, más a sus anchas.

Y comentaba, entonces, uno de los más célebres soniquetes que “canta”, letra arriba, letra abajo, que la suerte de los penaltis, la tanda de lanzamientos desde los 11 metros, con los que se decide el resultado de aquellos partidos eliminatorios cuyos 90 minutos reglamentados y los 30 añadidos de la prórroga, han terminado en empate, en un ni para ti ni para mí pero que, sin embargo, debe, sin embargo, resolverse en favor de “ti” o de “mi”, es una lotería: la lotería de los penaltis.

Y entonces escribía aquel 28 de junio (me imagino que con motivo de la semifinal del Europeo que enfrentó a España contra Portugal):

“(…) Y termino. La semifinal de España contra Portugal se decidió en la tanda de penaltis. Y los penaltis clasificaron a España para la final del domingo. Y no, no fue un asunto de suerte o de loterías (del Estado). Simplemente España fue mejor en esa faceta última del juego. O cometió menos errores que el contrario. O no tan graves. Porque Portugal se enredó en uno bastante gordo. O, al menos, así lo creo yo. Dejó que Ronaldo tirara el quinto penalti de la tanda. El quinto, el decisivo (¿ah, Ronaldo, el engreído, el que quiere el Balón de Oro por encima de todo y de todos- ¿está Messi por ahí?) porque el quinto penalti siempre vale para algo: para ganar el partido, para perderlo o para empatar y seguir tirando más penaltis. Pero siempre vale para algo SI SE TIRA, porque es un lanzamiento que puede no tirarse. Que fue lo que pasó. Y pregunto, ¿qué hubiera ocurrido si el mejor lanzador de Portugal, o sea Ronaldo, hubiera tirado el primer penalti, más discreto y sin tanto bombo como el quinto? España había iniciado la tanda. Y Xabi Alonso falla el primer lanzamiento. Si Ronaldo hubiese sido el primero, hubiera chutado y marcado y posiblemente el resto de los lanzamientos no habría sido lo mismo. ¿Quién sabe? Quizás España se hubiera descentrado y Portugal hubiera alcanzado la final. Nunca podrá decirse. Pero el caso es que Portugal y Ronaldo cometieron un error. Y los errores se pagan. Y España está en la final. ¿Suerte, lotería? ¡Por favor, seamos serios y… menos comunes!”

Todo lo cual viene ahora a cuento, vuelve a salirme a colación, porque Ronaldo, aquel-engreído-en-busca-de-la-gloria, aquel yo-y-yo, continúa siendo 5 años después el mismo yo-y-yo-y-después-otra-vez-yo, y que a los demás que les den, aunque los demás sean sus compañeros, los integrantes de su equipo nacional de fútbol.

Porque Cristiano volvió a tropezar con la misma piedra: semifinales de la Copa FIFA de Confederaciones, la competición que disputan las selecciones ganadoras de sus respectivas Confederaciones, en el país donde se disputará el próximo Mundial; semifinales, digo, contra Chile, otra vez, la tanda de penaltis, y él otra vez, el gran Cristiano, otra vez terco, terquísimo, arrogante, y-yo-y-yo-y-después-otra-vez-yo, quiere lanzar no el 1º, demasiado "madrugador" y que muy pronto se olvida, aunque sea fundamental empezar la tanda marcando, sino el 5º, ese que puede dar la gloria pero que PUEDE NO TIRARSE. Que fue lo que volvió a ocurrir 5 años después. Y Portugal otra vez, eliminada, fuera de la Final, pero Ronaldo tranquilo como un pachá porque el muchacho no aprende y no se entera de nada aunque la inflamación de la espinilla, a base de tantos trastazos contra el mismo adoquín, le esté rozando ya la entrepierna. Pero qué se le va a hacer, esta gente son así: encantados-de-conocerse, encantados-de-tener-los-pies-como-botas. Claro me dirá alguno, por algo es uno de los mejores futbolistas del mundo. Touché?
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