Hoy, 26 de mayo de 2026, se cumplen 100 años desde que Miles Davis está entre nosotros. Aunque agunos agoreros dicen que murió el 28 de septiembre de 1991, yo no me lo creo. ¿O no está su genio detrás de las programaciones de los Festivales de Jazz más importantes del mundo?, ¿no han salido esos músicos de sus mágicas manos formando parte de algunas de sus incomparables formaciones? Sí, para mí el sonido de su trompeta continúa estando ahí, recordándome que Miles es inmortal.
Y el 24 de julio de 1984, ¡hace ya 42 añazos!, le dediqué este poema,
En un concierto de Miles Davis,-
Preguntabas por Coltrane y Parker,
y estando él delante
como preguntándose por ellos
también
Detrás de esas gafas oscuras
un
hombre llora.
Su
sonido bruscamente mece,
y
bruscamente se retuerce también.
Se
diluye en un soplo prolongado.
No
es tiempo de clamar
por
los muertos, le dijeron.
Y,
en el fondo, era una especie de cementerio
resumido.
Con su trompeta jugaba
a
desenterrar amigos.
Estaba
solo y estaba triste.
Únicamente
viajaba sobre un escenario eléctrico,
en
la más salvaje de las tormentas.
Historias
de locos; locos poblando su historia.
Componía
su figura y los aplausos
arrancaban
de aquella bellísima ave
una
tímida sonrisa. Quizá, la última.
No
es cómodo ser un manual
para
los amantes de lo extravagante,
de
lo misterioso y genial.
No
es cómodo ver nacer y morir
en
el mismo y supremo instante
y
no es cómodo aguardar durante breves segundos,
esa
eternidad que cuenta su tiempo
a
base de fugas y corcheas. Quiso alguien que fuera él.
La
paloma, pronto, emprenderá su vuelo.
De
su ala extendida surgirá un saludo
enviado
desde tan lejos. Y sin embargo resulta halagador.
Se
siente amistoso. Como una mano tendida.
De
él dijeron que había muerto
antes
de su hora. Lo sé: parece que su llanto
hablara
de cosas muertas y nos invitase
a
morir con ellas también. Serpentea su soledad.
Y
después de ella, el escenario se oscurece
poco
a poco.
Bilbao, 25/7/84
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