jueves, 12 de febrero de 2026

DOS COSAS IMPORTANTES QUE APRENDÍ CON EL GOLPE


El cineclub FAS inauguró el tercer trimestre del curso 2025/26- ¡se acercan las Bodas de Plata!- con la presencia del siempre agradecido 
Félix Linares y la proyección de El golpe, la archiconocida película que George Roy Hill dirigió en 1973 con la pareja Newman-Redford.

Seguramente no fuera la decisión más ajustada al espíritu y a las películas que el cineclub suele ofrecer pero, de vex en cuando, apetece, nos apetece mear fuera del tiesto y programar una película para -todos-los-públicos, más facilona y asequible, si se quiere, para cualquier edad y cabeza con independencia del tiempo que le haya dedicado a frecuentar las salas comerciales, filmotecas o cinematekas varias.

Porque de cualquier película se puede sacar un grano que nos alimente y sacie esas ganas que tenemos de meternos ideas y celuloide en el cuerpo. Ésta es mi regla de oro.  Así debiéramos ser y yo, por lo menos, me aplico el cuento, y un par de jugosas enseñanzas sí que saqué de golpe con El golpe- jeje. Me troncho, y enseguida me pongo.

Porque la 1ª enseñanza me atizó a los pocos minutos de empezada la proyección. O quizás más que una sacudida fuera una confirmación que bien podría formar parte de aquellas verdades de Perogrullo. Sí, ya habréis oído hablar de él: Perogrullo, el mismo que a la mano cerrada le llamaba "puño", y que volviendo al caso que nos ocupa sentenciaría lo siguiente: Paul Newman es un actor que con los años fue haciéndose grande y, por su parte, Robert Redford sí, otro actor pero éste en dirección contraria, o sea, siempre a pequeño; uno de esos actores que por mucho que crezca y se estire siempre aparecerá agachado; pero, ¡ojo!, sin que esto suponga ningún menoscabo a sus magníficas tareas como impulsor y defensor del cine más valiente e independiente, ése que se filma sin red que valga, y que todos los buenos aficionados conocemos como el Sundance Festival.

Y El golpe sería una prueba palmaria de esto que escribo. Me refiero al Redford en cuclillas o ¿no sentís que cada vez que Newman hace acto de presencia en la pantalla, la película saca pecho y se pone de puntas?, ¿y no veís que, por el contrario, Redford  casi nunca aporta, casi nada consigue por sí solo, y siempre debe estar acompañado, bien sea por el propio Newman, o por el entrañable Luther o, incluso, por la cogida con alfileres y sanguinaria-súper sanguinaria (sic), Salino?

Sí, la presencia de Redford es, sin duda, uno de los borrones con los que El golpe se ensucia. Y el otro, irónicamente estaría ligado a esa segunda enseñanza a la que antes me he referido y que no estaría haciendo referencia sino a las añagazas y trampas que nos tiende el guión y que, desde entonces, se habrían ido adueñando, digo las trampas y añagazas, de muchas de las ficciones que suelen llenar nuestras salas comerciales apelando al hecho incontrovertible de que el Director sabe más sobre su película que los Espectadores pero que, en lugar de sacar partido de esto, el sabio Director juega con los ignorantes Espectadores, les toma, desde el trono que ocupa, por el pito de un sereno. Y esto a mí como que no me gusta. Procuro no pagar una entrada y entrar en un cine sólo para que me tomen el pelo.

Y me explico. O lo intento. Siempre he creído que el buen cine es aquél en que el Director se toma en serio al Espectador: juega limpio con Aquél que ha decidido emplear un par de horas de su vida (¡uy, qué tremendo suena esto, pero es verdad!) y asiste al "espectáculo" que el Director le ha preparado, teniendo en cuenta que el Espectador siempre jugará con aquellas cartas que el Director quiera suministrarle y que le hará o no compartir con las que los propios Personajes, que ha creado, tienen en su poder.

Así nos encontraremos con tres posibilidades en las que Hitchcock, por ejemplo, era un maestro, y no sólo del suspense: 1,- El Espectador sabe tanto de la trama como los Personajes, 2.- El Espectador sabe más o 3,- El Espectador sabe menos. Y esto apelaría a la relación que, bajo los atentos mandatos y la supervisión del Director, se estrablece entre el Espectador y los Personajes. En este sentido casi podríamos colegir que el Director se mantiene al margen; esto es, juega limpio.

Y hasta aquí todo estaría, más o menos, "clarinete", pero ¿qué ocurre cuando el Director decide intervenir, no quedarse al margen, no jugar limpio y se "divierte" haciendo que el Espectador y los Personajes se "traguen" aquello que luego no será cierto, aquello que será, simple y llanamente, una mentira, un engaño vulgar y corriente? Y lo llamo "vulgar y corriente" porque el Director, cono Demiurgo que menea los hilos del argumento, siempre tiene esa posibilidad, la posibilidad de engañar al Espectador, llevarle por el camino equivocado y echarse unas risas cuando se despeñe; risas, claro está, que nadie, salvo Él, escucha.

Salino es una fría asesina que, detrás de su disfraz de camarera, quiere matar a Redford. Nadie lo sabe. Sólo el Director travestido en la piel de Newman. Pero el Espectador, no se entera hasta que lo decide el susodicho Demiurgo. Y, sobre todo, la original- otro sic- escena final, la redada en la que mueren Newman y Redford, que el Espectador se come con patatas y que, en el momento final, descubrimos que es más falsa que un duro de cuatro pesetas, que nadie muere en ella; detalle que todos conocían- por supuesto el Director, pero también los Personajes- y del que el pringao de turno, el Espectador, o sea "yo", sólo se enterará cuando las luces de la sala se enciendan. O unos minutitos antes, no exageremos. 

Por ello será ésta una operación contra la que siempre me he puesto en guardia y que siempre me tendrá en su contra. El Director, porque Él lo sabe todo, debe jugar limpio con sus Espectadores. Dejar claro qué es lo que Ellos y los Personajes deben conocer. Aunque también asumiría que, ante el incremento de sentido común e inteligencia (cinematográfica) que los Espectadores han ido adquiriendo con el paso de los años, a los Directores les tiente la posibilidad de engañar- jeje- a estos nuevos listillos con lo que esperan, además, que a ellos, a los Directores, les sirva para presentarse por lo que, realmente, son y que muchos parecen olvidar: el Director como Demiurgo, los Espectadores, ¡ay!, simples Criatur(ill)as.

Y bien que pudo ser con El golpe cuando este jamacucos, del que vengo dando cuenta, llegara a materializarse por 1ª vez- y que ello contribuyera, de paso ¡ay!, a sus excelentes resultados en las taquillas del mundo entero: el Espectador de los 70 tan listo él, engañado por una simple película ambientada en los años 30, pero que eso, lejos de amilanarle o contrariarle, le hizo sentirse bien, muy bien, descubrir que le gusta ser engañado- inteligentemente, por supuesto-, y que la película, en tanto que posteriormente es comprendida y, con ello, el engaño es aclarado, le hiciera venirse arriba, le aumentara las dosis de autoestima que circulara por su cuerpo de Espectador que-se-de-cuenta-hasta-de-lo-que-no-se-daba-cuenta.

Sí, creo que bien pudo ser El golpe, la primera ficción que me atizó ese golpe y me hizo ver, más allá de las estrellas, el papel en blanco. Y como después de los éxitos vienen las secuelas y continuaciones, después de El golpe vinieron muchísimas más de estas películas-con-trampa. Doy una pista: se las identifica con ceirta facilidad. Son todas esas sobre las que nos advierten- bajo pena de echarnos de la cuadrilla- ¡pero no contéis el final a nadie! Malditos spoilers. Y ahora mismo, mientras termno la entrada, me viene al recuerdo el mediocre sexto sentido, de Shyamalan. 

Y no tendría nada en contra de las trampas, pero mientras sea Espectador- Criatur(ill)a no quiero que el Director-Demiurgo las utilice para cachondearse de mí, y colocarse él, descaradamente, por encima. Porque el Director-Demiurgo es el amo de la función. Sí, todos lo sabemos o deberiamos saberlo. Pero regodearse en ello siempre me parecerá de un pésimo gusto: la bravuconada de un abusón que se las sabe todas.

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