A veces, muy a menudo, tengo la sensación de que, a pesar de estar sobre -informados (radio, televisión, cine, redes sociales, etc.), no nos enteramos de nada, o casi de nada. Y sin embargo, convencidos de esa "sobre-información", creemos saberlo todo. Pero a mí, por lo menos, ¡cuántas cosas continúan cogiéndome con el pie cambiado! Y apuntado sigo al club del insigne Sócrates, aquél cuyos estatutos estaban encabezados por la máxima, sólo sé que no sé nada.
Pero hoy nada de todo esto me sorprende tanto como me sorprendía hace unos años. Hoy, podría enunciarlo así, estoy acostumbrado a las sorpresas, lo que me daría "permiso", o eso creo, para redactar la presente entrada.
De esta forma, y estrechando las manos chaplinianas, consignamos que en los albores de nuestros tiempos modernos, fue la prensa escrita la que nos traía y ponía sobre nuestras manos las noticias más frescas e imprescindibles del día-a-día, aquéllas que nos colocaban sobre el mapa, aquéllas que nos hacían creernos sabedores del mundo que crecía a nuestro alrededor, aquéllas que nos hacían pensar que sabíamos lo que podría sucedernos, y que nos permitía, en cierta y verosímil manera. anticiparnos al futuro. Y esto, qué dudas podrían cabernos, nos imbuía de una razonable tranquilidad.
Pero después de la prensa escrita, vino la radio hablada. Y, en estas circunstancias de las que venimos dando cuenta, seguimos igual o... mejor. La radio incrementaba el radio, valga la redundancia, desde donde la información podía llegar a nuestros oídos. Y puntualmente. Procedentes de cualquier lugar de la Tierra, más o menos cercana, más o menos lejana a nuestros hogares. Y la información se "vino arriba", se dispersó y se hizo más abundante.
Pero después de la radio, todavía llegó la televisión. Y con ella, más de lo mismo y en mejor todavía. Con la televisión la información no sólo "iba todavía a más" sino que ahora ya no se leía ni se oía sino que podía verse con nuestros propios ojos. Ya, podríamos pensar, no se nos escapaba nada. De hecho podíamos considerar nuestas casa y/o lugares de trabajo como centros en los que se recibía información puntual sobre todo aquello que aconteciera fuera (de nuestro alcance).
Y entonces, aún más difícil porque ahora, y por si no tuviéramos suficientes fuentes de información, nos habrían sobrevenido Internet, las Redes Sociales, la Inteligencia Artificial,... con lo que la sospecha de que ahora ya lo sabemos todo de verdad puede constituirse en una peculiaridad de nuestros tiempos. Y a Sócrates que le den. Lo que no deja de ser grosero y... peligroso.
Porque si ahora creemos saberlo todo y si antes, debemos reconocerlo, creímos saberlo todo fue, simplemente, por una cuestión tan anodina como que nos faltaban datos. Y ahora ya no. ¿Y CÓMO QUE NO?, preguntaría yo poniendo, por fin, el grito en el cielo. Porque la Prensa + la Radio + la Televisión + Internet + las Redes Sociales + la misma Inteligencia Artificial, siempre operarán del mismo modo. Nos hacen conocer, únicamente, lo que dicen. Así, lo que no dicen y callan, continuará siendo para nosotros desconocido aunque, a tenor de las ingentes cantidades de información recibida desde tantísimas frentes, pensemos sí, que lo sabemos todo.
Ésta sería la diferencia de nuestros chaplinianos tiempos modernos respecto a los tiempos precedentes. Creemos que nos enteramos de todo cuando, en realidad, nos enteramos sólo de aquello de lo que los mass media quieren que nos enteremos. Pero siempre habría sido así, se me podría objetar, aunque antes la humildad del lector, nos hacía agachar la cabeza y asentir sobre lo mucho que aún nos faltaba por aprender, Ahora, sin embargo, ensorbecidos- sí, la altanera algarabia de las Redes Sociales versus el modesto silencio de una página escrita- , saturados de información nos creemos los más sabios, emancipados de la ignorancia. Y qué ingenuos: continuamos sin enterarnos, de la misa la mitad.
Y por poner unos ejemplos me decantaría por el mundo del Deporte, que siempre es uno de mis caballos de batalla, allí donde me encuentro con algunas enseñanzas, siempre jugosas. Así, y al hilo de lo que vengo dando cuenta, seguimos siendo manipulados y zarandeados por aquella ignorancia que creíamos desterrada, y Sócrates puede seguir, así, dándonos impagables lecciones. Y cito sólo dos casos:
- Sergio García, golfista español, conquistó el Masters de Augusta, el más prestigioso de los torneos de golf, después de muchos años de intentos infructuosos, y se enfundó por fin la Chaqueta Verde que distingue, para siempre, a los ganadores del mencionado Masters.
Y claro después Sergio celebró, por todo lo alto, una fiesta para celebrar la hazaña. A ella, obviamente, Sergio, invitó a los más selectos comensales, aquéllos que nunca podrían faltar en sus momentos de máxima alegría. Pues muy bien. Entre esa lista de selectos invitados figuraba... ¡Luís Figo! El futbolista portugués que desde las filas del Sporting de Lisboa pasó al Barça, al Madrid y, por fin, al Inter de Milan. Pero yo me pregunto, ¿de qué pueden conocerse, qué tiene en común Sergio y Luís?, ¿de dónde habría surgido su inseparable amistad?... Ni idea. Hay cosas de las que no me entero. Sócrates podría guiñarme un ojo.
Y lo mismo se preguntaban los dos comentaristas a los que la cadena había designado para comentar el partido, al hilo de una pregunta que les espetó a Roger y Marat otro periodista en el sentido de que parecía haber entre ellos una buenísima y sincera amistad. A lo que Roger respondió, sí, Marat y yo somos como hermanos... de distinta madre. Muy agudo, Roger, pero ¡toma ya! ¡Y yo con estos pelos! Sin enterarme de nada. Ni por la Prensa, ni por la Radio, ni por la Televisión, ni por Internet, ni por las Redes Sociales. Nada. Pincho hueso. Y Sócrates vuelve a guiñarme el ojo.
Eso es, creo que nunca sabremos nada del todo, aunque creamos saberlo todo. Creo que siempre se nos quedará algo en el tintero. Y que sea más o menos importante no dependerá tanto de nosotros como de las circunstancias. Por eso haríamos bien en pensarnos siempre como ignorantes. Eso, sin duda, no tendría precio y nos despejarían los tortuosos pero gratificantes caminos hacia el inagotable conocimiento.

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