Que el mundo se ha globalizado es una verdad como aquéllas que soltaba, de vez en cuando, Perogrullo, sí, el mismo que a la mano cerrada le llamaba "puño". Pero el mundo no se ha globalizado aplicándose ignotas condicones o de cualquier manera, sino que lo ha hecho concienzudamente siguiendo las directrices que marca y que más benefician al capitalismo como sistema económico, y detrás de él, a su principal adalid, a los Estados Unidos.
Y mencionaríamos que, entre estas directrices y aunque no se caiga en ella muy a menudo- pero qué duda debería cabernos que más allá de consabidas y más afines a las cuentas de ingresos y gastos, la (sacrosanta) Libertad de Expresión estaría ocupando uno de sus puestos cabeceros- y la habría escrito con mayúsculas porque tiene, o al menos lo tiene para mí, una importancia capital(ista), y valga la redundancia, sobre la que no reparamos en las consecuencias a la que nos lleva.o, mejor escrito, nos arrastra a tirones.
Porque, ante todo, deberíamos establecer que esta Libertad de Expresión, potestad entresacada y elevada a máximo mandamiento en los anales anglosajones y, por ende, norteamericanos, no es ningún apriori, un algo que siempre tendríamos a nuestra disposición antes, como pudiera serlo el Alma o el Espíritu o la Conciencia que siempre nos acompaña vayamos donde vayamos porque estaba con nosotros antes- y perdón si me repito- sólo quiero aclara(me). Pero, sin embargo, la Libertad de Expresión, por mucho que nos empeñemos, no puede enmarcarse en el interior de esta categoría apriorística. La Libertad de Expresión es necesariamente post, y tiene que ser ganada o, por lo menos y por nuestra parte, tendremos que demostrar que nos hemos hecho dignos acreedores de ella pudiendo, entonces, incorporarla a nuestro particular diccionario (de la Lengua- también mayúscula).
Pero sobre esto último nadie quiere saber nada. Claro, podríamos aducir, siempre es preferible tener algo a priori que tenerlo a posterior. Las dos cosas se tienen, cierto, pero las cosas a priori se tienen antes y..., además, ¡nadie nos las puede arrebatar! Así que sosteniéndonos sobre esta última prerrogativa, ya podríamos afirmar que la Libertad de Expresión es una categoría a posteriori ya que bien fácil nos podría ser sustraída. Cualquier régimen autoritario o dictatorial se presentaría como voluntario para demostrar la validez de semejante aserto. O eso o un esparadrapo cerrando completamente nuestros labios, También vale.
Pero, lo sugeríamos más arriba, en este carácter a posteriori de la Libertad de Expresión nadie quiere reparar. Ni oír hablar de él Ni uno. Por supuesto, ¿quién no, prefiere apuntarse al "decir lo que me de la gana y cuando me de la gana" porque me sujeta, me defiende un invencible apriori que no atiende, a los posteriores merecimientos que hayamos podido hacer para ganarnos o no ese derecho? Porque la Libertad de Expresión sería un derecho aposteriori; vaya que habría que ganárselo- ya lo habría escrito antes pero, quizás, ahora cabría añadir que este derecho fuera incluso el más preciado trofeo al que la Humanidad pueda aspirar como especie: el Premio Gordo.
Claro, que todo esto puede sonarnos a chino. O a nada. ¿Quién querría aplicarse aplicarse el cuento?, ¿cambiar un apriori por un a posteriori? Es tan bonito hablar; tan tentador hablar de lo que nos apetece, porque nos apetece y como nos apetezca; sin que nos tiemble la lengua- serían éstas las potestades que nos serviría- en bandeja de plata- el gratificante a priori aunque ¡mucho ojito!, tendríamos que colegir también que, si hemos acordado que la Libertad de Expresión es un aposteriori- ya que nos puede ser sustraída (escrito está),-, habría que desempolvar nuestro uniforme de vigilante (nocturno) para poder sujetarla sobre un preci(o)so andamiaje o tabla que evitara que, surfeando sobre esta ola libre, nos fuéramos hasta las orillas de Babel y de su colosal pero caótica Torre, donde todos hablan, hablan y hablan, y a la vez, las palabras y las lenguas se enredan y nadie entiende ni "jota" ni, por supuesto, atiende a lo que el vecino quiere comunicarnos. Y así, no vamos a ningún sitio.
Pero, irónicamente, ahí estamboa plantados. Solo debemos encender la televisión y escuchar los disparates, perdón, las noticias que nos informan- sic- sobre el estrecho de Ormuz o Irán o los Estados Unidos vía Donald Trump o los interminables enfrentamientos de Israel contra los "demonios" musulmanes, llámense Hezbolá, Líbano, Siria, o qué sé yo, para entender, ¡socorro!, que nos hayamos en una de las plantas más elevadas de la mencionada, caótica y funesta Torre de Babel.
Así que la (¿imparable?) globalización (norteamericana) nos dejaría, entre otros regalitos, esta miseria adscrita al gratificante nombre de Libertad de Expresión. Todos podrían, y de hecho, todos hablan pero no contentos con ello, a semejante proeza se le añade en estos tiempos nuestros tan norteamericanos y globales la Igualdad entre todos los seres humanos que ocupamos este Planeta (y esta Igualdad también la pensamos, en cierta manera, inserta en esa categoría apriori), con lo que la operación resulta perfecta. Sí, perfecta para no enterarnos de nada, enterándonos de todo, perfecta para que el charlatán y el erudito puedan confundirse y que nadie se atreva a apostar por quién es el uno y quién es el otro; perfecta para que, en estas condiciones, cada cual se busque su vida por su cuenta y riesgo, y la solidaridad ande desnortada pidiendo unas monedas en cualquier esquina, sin que nos percatemos que Igualdad + Libertad de Expresión es una suma que exige mucho más que una calculadora, sentido común a paladas y una altísima responsabilidad hacia los otros. Sí, algo que, por desgracia, no suele darse con demasiada frecuencia. ¡Ay!

.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario