domingo, 27 de octubre de 2013

LOU R.I.P.

(SÓLO UN MINUTO DE SILENCIO... PARA ÉL QUE METIÓ EL MÁS MARAVILLOSO DE LOS "RUIDOS").
...
Y DESPUÉS DEL SILENCIO, LLUEVE EN BILBAO, GRIS  SIRI-MIRI, EL CURRO BAJO MÍNIMOS: Y UN EXCELENTE MOMENTO PARA ESCUCHAR LA "TRISTE CANCIÓN" (SAD SONG) EN UN DÍA QUE, SIN ÉL, NUNCA PODRÁ SER COMPLETAMENTE ALEGRE
AUNQUE LOU ESTÁ BIEN. ME LO DIJO UN PAJARITO QUE PASÓ SILBANDO ROCK&ROLL ANIMAL.




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viernes, 25 de octubre de 2013

VERDI O V.E.R.D.I. VERDI, POR SUPUESTO

 
Este año 2013 se ha cumplido (¿habrá algún aficionado que no haya oído hablar de él?) el segundo centenario del nacimiento del compositor de Bussetto. Uno de los nuestros, sin duda, que diría el magnífico Joseph Conrad de Lord Jim mucho antes que al original (sic) distribuidor de la película de Scorsese se le ocurriera alterar su título original que era, si no recuerdo mal, simplemente Goodfellas.

Y es que, hablando de “recuerdos”, esto de las efemérides también me sirve para refrescar mi entumecida memoria y darme un garbeo por la biografía y los numerosos logros de sus protagonistas. Así que abandono el sedentarismo por un momento, y el confortable butacón donde mis meninges y posaderas se encuentran tan a gusto, y pienso (porque, en el fondo, estas líneas no son sino una invitación a pensar para todos aquellos/as que decidan leerlas con un cierto detenimiento) en ese hombre entrañable con barbas, quizás, algo descuidadas, en Verdi o, ¿en V.E.R.D.I.? ya que por algo habré elegido este titulo para encabezar el presente y pequeño artículo, a sabiendas que de que éste (el pequeño artículo) pudiera no ser más que una escueta introducción a un tema que debiera estudiarse con mucha más atención que la que aquí podemos dispensarle, olvidándonos de una vez por todas de lugares comunes y de las sentencias que, durante muchos años (demasiados), nos han llenado a todos los ojos y los oídos con las mismas cantinelas, aburridas, reiteradas, e insustanciales por ello mismo, y que quizás pudieran provocar alguna que otra molesta ampolla en nuestros pies o introducir una no menos molesta arenilla en nuestra retina.

Porque lo que quiero plantear, y vamos ya al grano o a la arenilla, se resume en esta pregunta: ¿V.E.R.D.I. o Verdi? O bien, ¿Vittorio Emmanuel Rei D´Italia o Verdi, a secas? A lo que yo, por lo menos, ya me he tomado la licencia de responder. Para lo que me remito al encabezamiento de estas páginas.

¿Y cuál es el problema?, pudiera cuestionarme a continuación cualquier lector indiferente a la disyuntiva que plantea la pregunta. Y yo, entonces, trataría de resultar preciso y acusar a la crítica, más comúnmente aceptada, de haber colocado y dado primacía (¡vaya usted a saber porqué!- el tema daría para numerosas y suculentas reflexiones- aunque esto ya sería parte de otra historia, lo sé) a V.E.R.D.I., o al Verdi-Patria (con Mayúsculas) sobre Verdi o el Verdi-hombre (con minúsculas). Y esto, por lo menos a mí, ya me parece grave porque antes que grave me parece injusto.

Pero aclaremos la cuestión. A propósito de la reciente reposición de Rigoletto en el Palacio Euskalduna de Bilbao leía, en el periódico Escena que edita con cada título la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera, que Rigoletto es la primera obra maestra de Verdi. Quizás la afirmación resulte exagerada pero en lo que a mí respecta, y a falta de escuchar algunas de sus obras anteriores, sí que me parece una afirmación acertada. Rigoletto es la ópera de Verdi (no de V.E.R.D.I.) más redonda hasta la fecha.

Los motivos son por casi todos conocidos. Pero hay novedades no por todos anotadas. A las excelencias de una trama muy bien urdida, del libreto y de la música se unen, en esta ocasión, …¡los personajes! Sí, Rigoletto, Gilda, el Duque de Mantua son, por una vez, personajes de carne y hueso. Nosotros les oímos cantar pero también les sentimos respirar, reír, odiar, actuar, y moverse como nos moveríamos nosotros o como hemos visto moverse a tantas personas cercanas.

Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos?, decía Shylock, uno de los personajes de Shakespeare, en su impecable Mercader de Venecia. Y Gilda sangra. Y su sangre nos duele y nos conmueve. Es viscosa y oscura. Y cuando se pierde se pierde la vida.

¿Y Rigoletto? Rigoletto llora. Pero sus lágrimas apenas pueden brotar y resbalar por las mejillas. En su lugar, hinchan los ojos y congestionan la respiración. Se las oye, y sólo la desesperación del personaje hace que nosotros, espectadores, podamos imaginárnoslas. Y que traguemos saliva. Parecen lágrimas sin un final posible. Después solo queda que al telón baje hasta el suelo lentamente. Como la más respetuosa reverencia ante lo que acaba de presenciar.

Claro, digo ahora yo: los personajes de Rigoletto no representan, como había sucedido en el V.E.R.D.I. anterior, a ninguna entidad (país, religión, familia, clan o tribu) que se coloca por encima y los aplasta haciendo de ellos símbolos que, a lo sumo, quieren decir pero que, en el fondo, no dicen nada con sus propios labios. Por esto (o en mucha parte, por esto) considero a Rigoletto la primera obra maestra de Verdi. Que nunca cansa aunque la hayamos visto o escuchado ¡cuántas veces! Porque sus personajes, como los hombres y mujeres de carne y hueso, siempre tienen algo nuevo que contarnos. Y no como les sucede lo que a los personajes-símbolos de V.E.R.D.I. que siempre están dándole vueltas y diciendo las mismas cosas. Y mareando a las moscas. Pero Rigoletto, no. Esta vez Verdi se libró de V.E.R.D.I. Le engañó con el argumento y le encerró en un macizo armario. Después cerró con llave. Con doble vuelta. Para asegurarse que no pudiera salir y asomar sus narices estropeando la honda humanidad que se respira escuchando Rigoletto.

Pero, ¿qué había ocurrido para que semejante desahogo pudiera ya regalarnos los oídos tantas veces, y durante tanto tiempo (hoy casi 165 años)? Ocurrieron muchas cosas. Siempre ocurren muchas cosas. La “culpa” nunca la tiene una sola. Ocurrió, por ejemplo, que El rey se aburre, de Víctor Hugo, la obra en que Piave basaba su libreto no pasó la censura. Y que de Francia tuviera que situar la acción en Italia. Y que el Rey (una molesta reminiscencia de los años que Verdi pasó en “galeras”) fuera reemplazado por un Duque. Y que el París de Francisco I debiera transmutarse en una Mantua casi fuera del tiempo. Pero en estas nuevas circunstancias el ser humano salió triunfante. Luego todos salimos triunfantes. Verdi ganó la partida a V.E.R.D.I. Y los espectadores y aficionados, eternamente agradecidos a las circunstancias. Después de haber estado con ellas (o, por lo menos, yo lo estuve) seriamente enfrentados cuando no simplemente cabreados.

Porque fueron ellas, las circunstancias de marras, aunque otras circunstancias sí, las que formaron a V.E.R.D.I.. Desde la profunda y lacerante depresión en la que el compositor había caído allá por 1840, después de la muerte de su mujer y, sobre todo, después del tremendo fracaso que sufriría su segunda ópera, Un giorno di regno; tristes acontecimientos que llevarían al excelente músico a plantearse, incluso, abandonar la práctica musical. Leamos al propio Verdi en una carta fechada casi 40 años después, (…) llegué a convencerme de que el consuelo que esperaba del arte era en vano, y tomé la decisión de no volver a componer nunca más.

Pero, ¿qué pasó para que el deprimido protagonista de estas líneas no llevara a cabo sus sombrías intenciones? Y recapitulo brevemente. Para los desmemoriados o para aquéllos a los que, simplemente, les apetece seguir leyendo. La dirección de la Scala iba a poner a disposición del músico un nuevo libreto, Nabucco. Y Verdi, no muy convencido, emprende la composición de la obra casi a regañadientes. Pero, al contrario de lo que había sucedido con sus dos óperas previas, Nabucco va a cautivar al público italiano desde sus primeros compases. El éxito fue apoteósico. El coro de los esclavos judíos, el archifamoso Va piensero, va a ser asimilado inmediatamente por el pueblo como un canto contra la opresión extranjera.

El éxito había salvado a Verdi, sí, pero también lo convertiría en V.E.R.D.I. Y con el éxito y con el nuevo nombre cosido a sus espaldas el compositor de Bussetto iba a embarcarse (ya que, con Nabucco, ha pagado el pasaje) en la nave del éxito, en una nueva y fructífera etapa, y produce nada menos que ¡17 óperas en 12 años! Son los años que la crítica ha llamado “de galera”. Son la otra cara del éxito. Ni Ben-Hur habría podido “remar” tanto ni tan rápido. Son los años de I Lombardi, Ernani, I due Foscari, Atila, Macbeth, La battaglia di Legnano, etc. Los años en que a sus personajes también se les ata bajo un yugo; el yugo, para éstos, del símbolo. Que también atenaza y les obliga, como al propio autor a remar siempre en la misma dirección. Lo que los personajes representan aplasta, como el zapato y la cucaracha, aquello que verdaderamente son. Pero el pueblo grita ¡V.E.R.D.I.! y V.E.R.D.I. se levanta. El pueblo le aclama. Y V.E.R.D.I. asiente. Y el pueblo le proclama su compositor, el compositor de la Italia unida, el Garibaldi sin mapas en la cintura pero con pentagramas en los bolsillos.

Y mientras tanto, ¿dónde está el “otro”?, ¿dónde está Verdi? Yo creo que permanece escondido, debajo  de las letras Mayúsculas, de las S.I.G.L.A.S., debajo del estruendo de los aplausos, del dulce aroma del éxito (traducción literal del título original de otra película, del estupendo film de Mackendrick) que le rodean allá por donde va. Y que, como tan a menudo sucede (pero, ¿a quién no le gusta el cálido sonido de los aplausos? Que levante la mano), no dejan que se escuche al hombre de verdad que todos llevamos dentro, al otro, al Verdi sin S.I.G.L.A.S., ni Mayúsculas que el músico también llevaba dentro. Y que aún debería esperar para salir. ¡9 años!

Pero cuando lo hizo fue como para quitarse el sombrero. Chapeau! Porque Verdi se hizo Rigoletto, ese bufón deforme, enano y genial que hace reír pero que también cuenta cosas muy serias detrás de su sonrisa pintarrajeada. Cosas como aquélla que le dice a Gilda, su hermosa y adorada hija, cuando canta, yo no tengo patria (…), tú eres todo mi universo. Sí, toda una declaración de principios. Un antes y un después. Cuando Verdi gana la partida a V.E.R.D.I. El hombre, desde entonces, también es el universo de Verdi. Y la Patria, la Religión, y todas esas Cosas con Mayúsculas que nos inventamos para (sobre)vivir pero que, tan a menudo, no nos dejan ni vivir se quedan definitivamente en un segundo plano cuando no certeramente cuestionadas.

Y pienso entonces, por ejemplo, en el malogrado y triste Simon Boccanegra que sobre los enfrentamientos entre Génova y Venecia, sobre los conflictos entre Güelfos y Gibelinos, muere añorando y pronunciando el nombre de María, aquella mujer a la que había querido antes de ser nombrado Dux de Génova. O lo que es lo mismo para mí: renunciando al Ducado y apostando sólo por el amor y la vida. Y pienso en Otello carcomido por las malas artes de Iago y por los celos. Y, sobre todo, pienso en Falstaff porque, en realidad, es el puente que conecta a Verdi con el gran bardo inglés, porque en ella me parece estar escuchando nuevamente a Rigoletto, pero más viejo, gordo, socarrón y cínico, años después, en los estertores de esa Merry England que seguramente sea la época preferida por todos estos personajes sin Patria… ni firmamento. Pero con minúsculas. Y las cuatro son óperas de Verdi, por supuesto.     

P.D.: Y, en fin, no me resisto a concluir este comentario sin mencionar que Rigoletto inaugura una de esas cumbres que la creatividad humana ha dado a lo largo de la Historia. Rigoletto (1851), Il trovatore (1853) y La traviata (1853) son, por ese orden y ¡en apenas 2 años!, una de las más irrefutables pruebas de la altura que el hombre puede alcanzar, y de que “algo” grande y minúsculo (yo-no-sé-qué) anda enredando por ahí y que, de vez en cuando, mete cosas maravillosas en las cabezas de algunos elegidos, para hacernos disfrutar a los demás mortales, y recordarnos de paso que, a pesar del mucho tiempo transcurrido, continúa gozando de muy buena salud y al pie del cañón.
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lunes, 15 de julio de 2013

MOURINHO: LA VENGANZA DEL CORSARIO BLANCO



Para entender lo que voy a tratar de explicar a continuación creo que resulta necesario que se me permitan ciertas licencias poéticas que a nadie creo que vayan a perjudicar. De lo contrario, tal vez, el texto quedara reducido a una, más o menos, ingeniosa elucubración que dice, sí, algunas cosas interesantes pero que, en el fondo y en realidad, apenas si nos aportará algo de cierta enjundia y relevancia.

Partimos, así, exponiendo que en primer lugar el título de las presentes líneas rinde un merecido, y nada oculto, homenaje a las excelentes novelas que Emilio Salgari escribiera sobre el corsario negro y que lo hace, además, con una indisimulada y socarrona ironía porque el nuestro no sería “el Negro” sino “el Corsario Blanco”; éste sería, y lo iba a escribir, “el corsario merengue” pero me ha parecido a última hora demasiado evidente y “empalagoso”. Porque, como ya se habrá adivinado, el tal Corsario Blanco no es otro que el “portugués” Mouriho, en otro tributo que me sale de la manga, al “Portugués” (el personaje que Anthony Quinn interpretara en The World in his Hands, o en El mundo en sus manos, título con el se pasó aquella inolvidable película de Raoul Walsh en su distribución española), el ex entrenador del  Real Madrid C.F., “Mou”, el bucanero más temido de los mares del balompié, la lengua más acerada y desatada de la prensa deportiva. Sí, en definitiva, la venganza del Corsario Blanco alude a la venganza de Mouriho. Y a me gusta. Me atrae ese carácter post mortem que tiene esta venganza que voy a tratar de explicar a continuación. No es que Mouriho haya fallecido, por supuesto, ni tampoco que queramos llegar tan lejos ni desear a nadie, ni a él, la suerte suprema simplemente porque, en un arrebato infantil y tonto, le metiera al entrenador del Barcelona el dedo en el ojo en lugar de habérselo introducido él mismo por otro ojo más oscuro y, según algunos, más placentero. No, no buscamos la muerte de nadie aunque, por su condición de ex (entrenador del Real Madrid), a mí me encanta la idea de una venganza después de “muerto” (entrecomillas), después de haber sido destituido (como entrenador del Real Madrid).

Esta venganza así, desde el más allá, siempre resulta más atractiva. Y fantástica. Nos lleva de la mano hasta las mejores historias de terror, a los relatos de Allan Poe o Mary Shelley o Richard Matheson o Bram Stoker: ¿o acaso no es también Drácula la historia de un conde transiberiano, muerto o asesinado en extrañas circunstancias, que vuelve a la vida y re-clama la venganza que él piensa que se le debe por parte de una sociedad-que-continúa-viviendo? Sí, toda venganza, después de destituido, perdón, después de muerto, tiene un sabor especial. Como el último golpe que tumba al contrincante sobre la lona. Y contra el que ya no existe respuesta. La venganza, después de muerto, es como una última palabra. Y, en nuestro caso, como la última bravata del Corsario Blanco, el así llamado con un obvio castañeo en los dientes presa del más puro terror, el así apodado por todos los rincones del mundo habitados por un balón de fútbol, “Mou”, el corsario que durante un par de temporadas fue blanco. Y que con ello se quedó.

Pero paremos un segundo. Y vamos a ver: ¿a cuenta de qué viene esta larguísima (me temo, y pido perdón por ello) introducción? o, ¿de qué coño va a hablarnos este tío, que soy yo? ¡¿De fútbol?! Y asiento con la cabeza y con un poco de vergüenza, lo reconozco. El fútbol parece un tema para comentarlo más en concurridas tascas y garitos llenos de humo prohibido o en vocingleras y “gallináceas” tertulias que en un solitario y silencioso artículo al que sólo el ruido del tráfico, a través de las ventanas de mi cuarto, parece contestar sin mucha precisión. Pero hoy quiero hablar de fútbol. ¡Socorro!, me llega por ahí una voz. E insisto, hoy voy a hablar de “La Roja”, de la Selección Española de Fútbol. ¡Socorro y socorro! Pero yo, erre que erre, voy a hablar de fútbol. Y, en concreto, de la Final de la Copa de Confederaciones que disputaron España y Brasil en el mítico Estadio de Maracaná de Río de Janeiro, y en la que Brasil goleó a la mejor selección del momento, y a una de las mejores de la Historia (o eso afirman algunos), al combinado español, por un contundente 3 a 0. Sí, a este “combinado” se le derritieron, por fin, los hielos y terminó aguado. Y de esta forma, empapados, lentos y cabizbajos, sus jugadores se introdujeron en el túnel de vestuarios, con la medalla de plata colgándoles del cuello como una soga que se anuda en el pescuezo de cualquier forastero inocente y sorprendido por una turba de descerebrados en los peligrosos parajes del Far West. Y, sobre todo, una cruel ironía a sus voceadas excelencias.

Pero, ¿qué tiene que ver “Mou” con todo esto? ¿También el Corsario Blanco va a tener la culpa de la derrota de los españoles? ¿De las consecuencias que de ella parece que van a derivarse? ¿De la urgente (sic) necesidad de ir cambiando de cromos e incorporar a la plantilla caras y tácticas nuevas: el pivote, o el doble, o el triple pivote en el centro del campo, el “9”, o el falso “9”, o el “9” de verdad pero que sabe mentir y engañar, en la punta del ataque, los laterales que suben por la banda con un recorrido más o menos largo, los centrales con mayor contundencia y mala leche, y Xavi que está mayor, y… la hostia con vinagre? Y, sin embargo, sí. Mi intención es proponer que la venganza del Corsario Blanco está en el origen de todas esas preguntas, de todas esas dudas que, de repente, han tomado por asalto el plácido castillo y estado de superioridad en el que descansaba La Roja al frente de ese extraño ranking que la FIFA confecciona cada vez que le apetece. Porque me re-afirmo en que el Corsario Blanco algo o mucha o muchísima parte de culpa tiene en que a nuestros excelentes jugadores les haya crecido la chepa de caerse, de repente, hacia adelante. Y esto voy a tratar de explicar. Que la venganza del Corsario Blanco, del portugués “Mou” ha consistido, precisamente, en esas artes más propias de la brujería que de un ex entrenador del Real Madrid. Ha sembrado el Corsario Blanco, como si de un campo de minas se tratara en lugar de un campo de fútbol, de las más “sangrantes” dudas al espíritu de La Roja, le ha cercado y acercado a la altura de sus morros el abismo de la inseguridad más dolorosa, la titubeante y temblorosa pregunta de si somos tan buenos como dicen o de si no será todo una exageración. Y mientras, el Corsario Blanco se carcajea. Desde su posición de ex. Desde el más allá. Aunque este más allá nos quede, si lo pensamos bien, más que a la vuelta de la esquina, tirando un poco hacia arriba, o en Inglaterra, concretando. Pero habrá que empezar. Y no ser demasiado prolijo. Ya hemos gastado bastante tiempo y letras en llegar hasta aquí.

A La Roja por sus semejanzas en el juego que desarrolla en el campo se le ha equiparado con el Barcelona que montó Guardiola (aunque pienso, sinceramente, que antes de todo estuvo Cruyff). Pero esto lo sabe todo el mundo que no confunde un balón con una onza de chocolate. Y habrá que colegir que a los que defienden esta idea no les falta razón. Xavi e Iniiesta, emblemas del Barcelona, lo son también de la Selección española. Y el tiqui-taca del BarÇa es también el segundero que marca los corazones y los movimientos en el campo de La Roja. Y hasta aquí todo, más o menos, bien. Y no sigo. O, mejor dicho, sigo por otro lado.

Cuando Mouriho fue fichado por el Real Madrid se hizo con la clara intención de acabar con la hegemonía (que ya duraba demasiado, según los prebostes merengues) del Barcelona. Claro, si Guardiola es la cruz “Mou” es la cara. Si Guardiola es el tiqui-taca, y el fútbol de tira líneas y terciopelo, “Mou” es el pase largo, el fútbol de contacto, agresivo, duro y físico. Si Guardiola es la táctica del juego bonito, “Mou” es la táctica del resultado. Si a “Mou” le gusta ir al grano, a Guardiola no le gusta ir tan rápido, aunque más que marear la perdiz, a él le gusta encantar la perdiz. Y que el pajarillo, aturdido por las vueltas que ha dado sin ningún sentido, termine por picotear en su mano, hasta la última pluma de buscar el balón, de perseguirlo y de no encontrarlo más que en los saques de banda. Y “Mou” como buen bucanero portugués, como Corsario Blanco no quiere hacer amigos mientras juega. Porque en cada partido se está juega la vida. Y eso es demasiado serio como para tratar de hacer nuevos colegas. Guardiola, por el contrario, desea ganar, claro, pero también quiere que el rival acabe rendido ante sus virtudes, tendiéndole hechizado “los cinco” al término del encuentro y, si fuera posible, que después de las duchas pudieran irse todos en cuadrilla, juntos, a tomarse unos mojitos mientras escuchan a Cold Play, por ejemplo. Si, en definitiva, a lo que jugaba el Real Madrid de “Mou” se le llamaba fútbol viril. A lo que jugaba el Barcelona de Guardiola aún no se le habría encontrado un nombre exacto. Quizás también pudiera ser “fútbol”. Aunque no sé. A mí se me queda corto. Y dejo el tema y el nombre ahí para extenderme sobre ello en otra ocasión.

Pero el asunto ya está planteado. “Mou” se presenta como el antídoto contra Guardiola. El anti-Guardiola. Y en estas lides estuvo empeñado durante tres años. Tres años que se saldaron con un… fracaso. Y no me meto en si fue un estrepitoso o un sonoro fracaso. Eso dependerá, digo yo, de la salud auditiva que tenga cada uno o del volumen, más o menos elevado, en que haya colocado su “sonotone” particular. Pero, en cualquier caso, fracaso, sí. Se mire como se mire.

Porque de ahí, del fracaso, le vino al Corsario Blanco la idea de la venganza. Se celebraba este año, como ya hemos apuntado, la Copa Confederaciones y si al BarÇa no había podido derrotar, como el más insistente (y perruno) Pierre-no-doy-una, iba a variar el rumbo de su carabela e iba a centrarse en La Roja que, al fin y al cabo (según apuntan todos los entendidos), es un alter ego del Barcelona aunque con diferente indumentaria. Y así el Corsario Blanco fue tejiendo su venganza. Ahora ya no tendría como objetivo al equipo de una ciudad sino a todo el Equipo Nacional, de un país que no había sabido (¡pobres ellos!) ver y apreciar su jogo no tan bonito. Y a eso fue poco a poco.

Primero el Corsario Blanco se encargó de Casillas, el portero titular del Real Madrid y símbolo por antonomasia de La Roja. A Casillas le sentó casi media temporada en el banquillo. Y, de esta manera, fue minando la moral del chaval. Sus comentarios no tenían desperdicio. Llenaron páginas y páginas en la prensa deportiva, y en la no deportiva. Así que no vamos a repetirlos. El caso es que el portero que se encumbró en aquella semifinal del Europeo 2008, resuelta en la tanda de penaltis frente a Italia, por su actitud y calidad pasó a ser un tipo taciturno, cabizbajo, tristón y que se retiraba hacia un aparte cuando La Roja saltaba al césped como si su cabeza estuviera rumiando las últimas cuestiones, ésas que pudo plantearse un Séneca cualquiera antes de abrirse las venas en la bañera de su casa.

Sí, aquél no era el auténtico Casillas. El del 08´. Aún así, Del Bosque confió en él y le mantuvo en la titularidad de La Roja re-negando de las añagazas de “Mou”. Pero no era lo mismo. Y Casillas lo sabía y lo sentía. No es lo mismo ganarse el puesto que te lo concedan con educación (sí, en eso Del Bosque es todo-un-señor). No es lo mismo hablar en el campo y que el equipo te obedezca, que salir en silencio y recibir palmaditas en la espalda. Que los porteros suplentes, Valdés o Reina, te pregunten a ver qué tal te encuentras como preguntamos todos cuando visitamos al abuelo en la Residencia. Y en la Copa Confederaciones eso me pareció Casillas. Comparar su tanda de penaltis contra Italia en 2008 con esta última del 2013 es como para pedir cita urgente en el diván de un buen psicoanalista. En la del 2013 el que Casillas parara uno de los penaltis de los jugadores italianos se me antojaba algo tan complicado como hacer que Bud Spencer parezca un actor del Método. Casillas iba y venía ensimismado (notar la diferencia con “concentrado”), y sólo se giraba para sacar el balón de la portería. ¡Aunque menos mal que uno de los italianos tiró a las nubes su penalti! Eso nos salvó. Sólo un error de los italianos podía salvarnos porque Casillas no iba a detener ni un penalti. El trabajito, soterrado y malicioso del Corsario Blanco empezaba a hacer sus (d)efectos pero en la semifinal contra Italia a los nuestros los tiros les salieron a pedir-de-boca, directos a las redes de Buffon, y a él, al Corsario Blanco el suyo le salió, de momento, por la culata. La Roja estaba en la final.

Pero eso: aún nos quedaba la final. Y el Corsario Blanco no desistía. Rumiaba su venganza con mayor encono, si cabe. A este tipo de personajes la perseverancia nunca les falta en el bolsillo. Su engreimiento les hace ser así: fascinados por conocerse y, por lo tanto, fascinados porque los demás le conozcamos, sin reparar en si nos da cien patadas o si le creemos el genio que él cree que es. A mí me recuerda al televisivo Risto Mejido: infatigables los dos, impertinentes, descarados y cargantes hasta la extrema unción, perdón, hasta la extenuación. Pero sí, en la final el Corsario Blanco se salió con la suya. No tuvo que esperar demasiado. Dos minutos, si acaso. Balón colgado al área. Los centrales que no se aclaran. ¡Y Casillas en la inopia! Su presencia, tantas veces, valiente, “mandona” es ahora la otra cara de la Luna: vacilante, melindrosa, un lo-siento-si-te-haga-daño y entonces Fred, desde el suelo, no tiene más remedio que meter la puntera de la bota, elevar y empujar el balón a gol si quiere quitarse de encima ese molesto tufillo a alguien-se-ha-bufao-que-huele-etc. y que despide ¿quién?… ¡el otrora excelso Casillas! 1-0. Minuto dos. Y el partido, a bote pronto, para La Roja como un muro vertical, como intentar escalar Alpe D´Huez en una bici con ruedines. El Corsario Blanco comenzaba a agitarse en un éxtasis de agua salada. Aunque luego diría que el partido ¿verlo?, no, ni en pintura. Echaban una de piratas en la Diez (como él: su cadena favorita). Y no iba a perdérsela, claro…

Aunque no contento con esta labor de acoso y derribo del cancerbero español aún ideó otra estratagema, por si la anterior no resultaba suficiente que, ésta sí, iba sino a darle el trofeo de campeón a él en persona sí, por lo menos, iba a encumbrarle y a hacer que su estilo y su sapiencia futbolística fueran reconocidas por todo el mundo,… Barcelona incluida. Y sería por aquí por donde entrarían esas artes de brujería a las que aludíamos al principio de estas líneas. Porque el Corsario Blanco, desde su condición de ex, tiene sus pactos sellados con el Diablo y así pudo atravesar todos los mares y tierras y todos los vientos hasta meter su espíritu (porque él en persona no entraba) en la cabeza de Scolari, el entrenador de la Selección brasileña, y así poder trasplantarle su particular visión del fútbol. Esa a la que antes nos hemos referido como fútbol recio, presión constante y agobiante, achique de espacios para que esa presión constante y agobiante estrangule a los rivales que se andan con mariconadas o con tiqui-tacas, y constantes pataditas y faltitas a los emblemas del equipo contrario (Iniesta, sobre todo, en este caso), ésas que por ser “-itas” el arbitro sólo señala y apercibe, y si juegas en casa (como lo hizo Brasil), incluso puede darse la “extraña” circunstancia de que el trencilla de turno no las vea.

Sí, todo era como si el Corsario Blanco, desde su figurada tumba de ex, le estuviera “soplando” al inconsciente Scolari su credo futbolístico, ése con el que no había terminado de triunfar en Madrid. Pero no por su culpa, ¡oh no, Dios mío, eso nunca!, sino por la “evidente” falta de los mimbres adecuados para llevar a cabo sus terroríficos planes. Pero, ahora, Brasil tenía a Hulk: ¡qué hombretón!, una fiera que hace honor a su apodo, y que habrá hecho que el Corsario Blanco tomara nota de él, en su cuaderno de bitácora, para incorporarlo, y no precisamente como cocinero, en futuras y sanguinarias expediciones; Pauliho, ¡alto y fibroso!, también lo querría el Corsario Blanco. Como piloto, tal vez. Thiago Silva, magnífico central, encargado de que nadie pase a los camarotes sin su permiso y, como guinda de la tripulación, Neymar, un marinero siempre dispuesto al abordaje, un delantero, y con cara de muy-pocos-amigos (su escupitajo en la semifinal contra Uruguay: toda una declaración de principios- sic). ¡Pero si éste es mi equipo!, ¡estos son los mimbres que yo pedía una y otra vez a los Reyes Magos o a Florentino!, pensaría el Corsario desde su tumba de mentirijillas, ¡el equipo que sólo yo me he podido imaginar! ¡El que, por fin, me corona- por delegación, pero me corona- y me da la victoria contra La Roja, perdón, contra el Barcelona y, por extensión, contra Guardiola y contra su maldito y reiterativo tiqui-taca! Y sin haber tenido ni tan siquiera, además, la necesidad de haberse sentado en el banquillo. Insuflando, sólo, sus órdenes en los tímpanos de un Scolari que se creía que actuaba por cuenta propia. ¡Je, je, pobre infeliz! El Corsario Blanco le dictó la táctica perfecta desde la ultratumba. Y así al 1 le siguió el 2. Y luego el 3. ¡3-0! Y sonó el pitido final. Fin del partido.

Y el bucanero, el Corsario Blanco pudo, al fin, descansar tranquilo. El “Portugués”, y no el elegante y sobrio “Hombre de Boston” (o Guardiola por seguir con los símiles de la película de Raoul Walsh), es quien ahora tiene “el mundo en sus manos”. Su venganza se había consumado. Y sonríe. Y su risa se extiende amenazadora sobre todos los confines del planeta del tiqui-taca. Que no nos pase nada. A los que no somos como él. Aunque yo, si fuera el entrenador del BarÇa o… del ¿Bayern?, colgaría una ristra de ajos en el banquillo visitante. Sólo por si acaso. Y es que, me olvidaba, el Corsario Blanco también es insaciable. ¡Que tiemble el tiqui-taca!

 

 

 
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lunes, 17 de junio de 2013

EL HÍGADO DE LOU REED


No parece que últimamente andemos sobrados de buenas noticias, pero esta última hace que me mire de soslayo en el espejo y comprenda que el tiempo no pasa en balde para nadie (ni mucho menos para mí). Que somos todos ya bastante mayores y que al gran Lou (Reed, se entiende) le han trasplantado un hígado, porque el ex-líder de la Velvet (Underground, se entiende) estaba bien jodido y a punto de cruzar, sigilosamente, al otro barrio.

Sí, porque a pesar de que a menudo se relacione al guitarrista neoyorkino con el rock más pesado, psicodélico y ruidoso, hace ya muchos años que ha abandonado ese lado salvaje (de la vida) que, sinceramente, nunca te lleva a ningún lado, y hace que muchas veces te despeñes por un acantilado. Sin pena ni gloria. Por mucho que nos gustara el final de Quadrophenia. O que algunas madres y abuelitas (de buen corazón, sin duda) derramasen sus buenas dosis de lágrimas y mocos viendo saltar al vacío a Thelma y Louise, agarraditas de la mano.

Pero al bueno de Lou nunca le han cuadrado semejantes “pasteles”. Él tomó la decisión, hace años, de cambiar de rumbo. Y lo hizo sin proclamarlo a pleno pulmón. Ni susurrándoselo a nadie en el oído. Simplemente lo hizo. Y fue quedándose solo. Lentamente… Pero no le importó. Lou es demasiado chulo y engreído, demasiado convencido y consciente de que ese nuevo camino era el mejor camino para coger en estos tiempos que corren (lo sabemos) que se las pelan. Y no inquietarse jamás por pagar ese peaje de quedarse-más-solo-que-la-una.

Y es que hay caminos que o se toman en solitario o es mejor no tomarlos. Y el de Lou, sin duda, es uno de esos caminos sin asfaltar todavía. Escuchar Lulu y entenderéis a qué me refiero. Cuando algún amigo me preguntaba, qué tal está ese último disco de Lou Reed, yo no sabía muy bien qué contestar. Simplemente se me ocurría, es como una patada en los cojones. Respira la mala leche de Lou por los cuatro costados. O te apasiona o lo aborreces. Pero te aseguro que no te deja indiferente.

Claro, la “indiferencia” es, según el catecismo de Lou, el peor pecado que hoy en día se puede cometer. No se castiga ni con tres padrenuestros ni con una temporada en el infierno (como diría Rimbaud) sino con algo mucho peor, y de imprevisibles y funestas (por lo general) consecuencias: con el éxito. Ese éxito que te llena los bolsillos de dinero, que te acaricia zalamero las mejillas y te da inocentes golpecitos en la espalda. Como un buen colega. Pero al que, en el fondo, le gusta verte sumiso, diciendo que sí a todo y formando parte, muy obediente, del espantoso engranaje en el que se ha convertido la cultura (espectacular), el show business, que cada día tiene, desgraciadamente, menos de show y más de business (guarro).

Y no, la pleitesía nunca ha sido el business de Lou. Cuando se olió que las cosas tomaban un rumbo casi catastrófico él radicalizó aún más su propuesta  (he oído su provocador e increíble Walk on the Wild Side en el hilo musical de una oficina del ¡¡Banco Santander!! y he temblado de miedo: ¿adónde nos quiere llevar este mundo donde de todo se hace un negocio?). ¿Tendría alguien en su sano juicio algún otro remedio? Los sonidos de la guitarra de Lou se hicieron más ásperos, casi hirientes, una buena tanda de puñetazos en la boca del estómago. Lou sólo quiere despertarnos. Porque ya no atendemos al sonido del despertador. Es demasiado dulce. Por eso su guitarra suena así. Por eso decidió en su día ponerle  música a El cuervo, de Allan Poe. Por eso nadie entendió qué trataba de hacer. Aunque a él seguía sin importarle. Es lo que tienen los caminos solitarios. Y Lou lo ha sabido desde el principio. Una vez que te desvías y coges su ruta no hay marcha atrás. Ni el lobo de Caperucita vendrá a asustarte. En esos caminos no hay nadie. No se ve ni un alma. No hay ni dios.

Por todo esto, nadie se acordó de Lou en los múltiples homenajes y conciertos que hubo a cuenta del 11-S, por ejemplo. Es más sencillo negociar con el bueno de Bruce (Springteen, se entiende) que con el cascarrabias y solitario Lou Reed. Lou, ¿qué?, preguntaría incluso algún joven promotor especialista más que en conciertos musicales en conciertos económicos, más en la bolsa o la Bolsa que en la vida. Y Lou, ¿qué coño?, preguntaría nuevamente ese joven promotor sintiendo que está haciendo lo que más aborrece de este mundo: perder el tiempo, luego perder dinero. Y, por fin, alguien le aclararía la duda, no importa, uno que fue famoso y que ahora está siempre sólo. Pues ¡que se joda!, respondería el joven promotor, pero, ¿contamos ya con Bruce (Springteen, se entiende), y con Juanes para los latinos, y Beyoncé para que haya de todos los colores? Sí, sí, en eso estoy, contestaría apurado el joven ayudante del joven promotor. Y claro con Lou nadie estaría.

No, nadie no. Yo, sí. Yo sí estaría y estaré siempre con él. Es como un John McEnroe sobre una pista de tenis, o un Mohammed Alí encerrado en un cuadrilátero, o un Salinger escribiendo El guardián entre el centeno y dándose después el piro. O Bobby Fisher. O Jean-Luc Godard. O Tarkovski. O tantos otros que se tiran, cada uno a su manera, por su solitario camino particular. A ninguno de estos ni a Lou les importa un pimiento. Su aire, seguro, que huele más limpio. Y ya tiene 71 “tacos”. Y un hígado nuevo. Que espero que le haga vivir muchos años. A personas como él siempre se les echa de menos. A los que más. Aunque estén, desde hace mucho tiempo, solos y no oigamos hablar de ellos, ni les veamos durante el prime time en los programas de televisión de más audiencia. Pero cuando no estén, y estoy muy convencido de ello, seremos todos los demás los que nos quedemos un poco más solos. Aunque no lo sepamos. Ni nos demos cuenta.
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jueves, 13 de junio de 2013

LA ROSA PÚRPURA DE WOODY ALLEN

 
El otro día volví a ver La rosa púrpura de El Cairo, la película que Woody Allen rodó en 1985. No la había visto desde hacía mucho tiempo. En realidad no recuerdo haberla visto después de su estreno. Y no lo lamentaba demasiado. Aunque la recordaba como una buena película, no la incluía entre las mejores películas de Woody Allen. En realidad la recordaba como una buena película pero, sin más (1).

Por eso este (sí, segundo) visionado me cogió por sorpresa. Y es que La rosa púrpura… me pareció una gozada, un precioso y pequeño jardín, una joyita del 7º arte. Y si utilizo el diminutivo lo hago, más que nada, por el formato (casi cuadrado) y la duración (casi 80 minutos) de la película.

La pregunta empezó, entonces, juguetona a brincar en mi cabeza entre mis (escasas, posiblemente) neuronas. ¿Qué demonios había ocurrido para que mi valoración de La rosa púrpura… se hubiera alterado tan notablemente, yéndose como un cohete “hacia arriba”? La primera respuesta se me vino encima casi de sopetón: el último cine de Woody Allen resulta tan previsible y decepcionante que sus “viejas” películas cobran automáticamente un valor añadido (por comparación). O, ¿aguantan (y seamos serios) Vicky Virginia…, la misma Midnight in Paris una, incluso, rapidísima comparación con Manhattan o Zelig? La duda ofende. Que Woody se ha vuelto un viejito (clarinetista) entrañable y que rueda sus (últimas) películas como panecillos de azúcar o churros me parecen unos hechos irrefutables. La mala leche (en su caso teñida, frecuentemente, de un cruel cinismo) y un autentico trabajo sobre los contenidos del plano, o lo que se conoce como puesta en escena, me parecen también dos proposiciones que brillan por su ausencia. Se trata, ante todo, de rodar una película al año. Como si fuera una apuesta. O un reto: el único que Woody estaría, actualmente, dispuesto a afrontar.

Y también la segunda respuesta se me vino encima a una (análoga a la primera) supersónica velocidad. Resumo su meollo apuntando aquello de que en el País de los Ciegos (el grueso de la actual producción cinematográfica mundial, haciendo hincapié especial en los “productos” salidos (¿escupidos?) de la factoría hollywoodense) el Tuerto (o sea, La rosa púrpua…) es el rey (o sea, la reina).

Aunque también a mí me había llegado la hora. Lo presentía. Y las ràpidas respuestas que-se-me-vienen-encima esconden, a menudo, sino fragantes injusticias sí fragantes insuficiencias. Porque si las razones, anteriormente expuestas, no me parece que escondan la verdad o que se codeen en la barra de un bar con la mentira, sí que me parece que no lo dicen todo o que dejan bastante que decir o que desear. Y, entonces, si además este blog se llama “lavueltaylatuerca” y quiere hacer honor a su nombre, hagamos eso: darle una vuelta a La rosa púrpura…, y ver si de sus bolsillos se nos cae algún que otro tesoro escondido, hasta ahora, en los forros del pantalón.

Porque el tiempo ha pasado. Cierto es. Pero si ha pasado y no podemos hacer nada por remediarlo que, por lo menos, no sea sólo para tener menos pelo y más arrugas sino que me sirva para darme cuenta de otras cosas.

De, por ejemplo, viendo por segunda vez La rosa púrpura…, la tristeza y maestría con que Woody Allen cierra su película: plano de Jeff Daniels (Gil Shepherd), ocupando su asiento en el avión que le devuelve a Hollywood, mascando la cobardía y frustración que le supone no haberse atrevido a quedarse en Nueva York y consumar su (imposible, sí, pero sincera) historia de amor con Mia Farrow. La cámara, entonces, retrocede en un lento travelling alejándose del personaje, como si Woody Allen nos anunciara con ese movimiento de retroceso que él tampoco comparte su decisión ni su huidiza actitud. Para, a continuación, enlazar con la entrada dubitativa de Mia Farrow, maleta en ristre, en el cine donde ahora se proyecta Sombrero de copa y se escucha la hermosa melodía de Cheek to Cheek cantada por Fred Astaire. Mia Farrow se sienta y empieza a ver la película. En un primer momento está abatida (el galán hollywoodense le ha dado calabazas y el personaje de ficción se ha vuelto a la película: otra huida, al fin y al cabo[2]) pero, poco a poco, la música y la película le hacen esbozar una corta sonrisa y la cámara y Woody Allen con ella, en otro leve movimiento opuesto al anterior dedicado a Jeff Daniels, se acercan al personaje y a su rostro hasta terminar con un primer plano de la actriz. ¿No nos recuerda esta escena a la espléndida también secuencia final de Las noches de Cabiria cuando Giuletta Massina recupera las ganas de vivir al ver y escuchar a los músicos ambulantes a los que terminará siguiendo mientras baila?

Muy pocas películas terminan con un primer plano. Y todas las que se me vienen a la cabeza ahora tienen algo especial. Y me acuerdo de Luces de la ciudad o de Los cuatrocientos golpes y en ellas ese primer plano final tiene, o al menos lo tiene para mí, un inequívoco y hondo significado que no es otro que el más férreo e insobornable compromiso que el director sabe mostrar hacia las actitudes que ha presentado y que han forjado a su personaje.

Y sobre esta certeza me atrevería a hacer una última lectura de La rosa púrpura… Woody Allen termina apostando por la sinceridad de Mia Farrow, por sus actitudes sin dobleces, “a calzón quitao” que diría un castizo, y que no son sino las maneras que han enamorado a Jeff Daniels en su doble rol de personaje real (el actor que interpreta a Gil Shepherd en La rosa púrpura…) y de personaje que se sale de la ficción del mismo título y salta, literalmente, de la pantalla del cine (Tom Baxter).

Sí, Woody Allen en La rosa púrpura… se queda con la gente humilde, con la gente que no lo está pasando bien pero que, al contrario de Gil Shepherd y de Tom Baxter, son gente-de-verdad, anónimos que se levantan todos los días al toque histriónico del despertador, que no se cansarán nunca de luchar (y más aún en esos años de Depresión y depresivos en los que se desarrolla La rosa púrpura…), y sin que nadie les aplauda ni les dé, tan siquiera, las gracias o un golpecito en la espalda (en su lugar, el marido de Mia Farrow le atiza, de vez en cuando, un par de buenos cachetes y, en el fondo, porque se lo merece, como le dice Danny Aiello). Ésta es, sin duda, la gente imprescindible que diría Woody Allen junto a Bertold Brecht por mucho que casi nadie repare en ella o que cuando la vemos sentada en un cine alelada y boquiabierta frente a los pasos de danza que se marcan Fred Astaire y Ginger Rogers pensemos con cierto aire de (estúpida) superioridad, ¡sí, pobre gente! Porque esa “pobre gente” es la que ha conseguido, y Woody Allen nos lo ha contado en 80 concentradísimos minutos, que un actor de la Meca del Cine, una joven estrella-en-ciernes,  y ¡uno de los personajes preferidos por el público en La rosa púrpura…! se hayan enamorado de ella. Y sin levantar la voz, y con la misma sencillez y puntería con que la propia Mia Farrow nos contaría su alucinante historia delante de una taza de café. Y todo, en apenas 80 minutos. ¿Habría alguien hoy que diera más en tan poco tiempo? Y que Terence Malick deje de levantar la mano. Él no es uno de ellos. Ni uno de los nuestros tampoco. Como sí lo es, sin embargo, el “viejo” Woody.

 



[1] Aunque todo hay que decirlo: cualquier parecido con su tiempo pasado es, gracias a Dios, una mera casualidad. Pensar que el misma persona que ha dirigrido esta buena rosa púrpura es el mismo perpetrador de las horribles Bananas o de La última noche de Boris Grushenko es, como mínimo y para mí, por lo menos,, un misterio de fondo insondable. Como las  piedras de Stonehead, vamos.
[2] Además las dos huidas esconderían un malicioso punto en común. Ambas comparten, y Woody Allen nos lo muestra, la cobardía de los personajes por no atreverse a afrontar sus verdaderos sentimientos por Mia Farrow. Jeff Daniels (Tom Baxter) huye y se refugia nuevamente en La rosa púrpura…,: una película, una ficción, incapaz de afrontar lo que es real. Pero Jeff Daniels (Gil Shepherd), regresando a Hollywood, se comporta de igual manera (el actor es también el mismo, claro). Se va a refugiar en otra película (más colosal), en otra ficción (más colosal) que es lo que en el fondo es Hollywood, incapaz de afrontar, asimismo, lo que es real. Por ello no debe extrañarnos que el propio Woody terminara huyendo de esa falsa y aparatosa “fábrica de sueños” y prefiriera montar sus proyectos en Europa.
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lunes, 10 de junio de 2013

NBA 2013. LEBRON: OTRO SÚPER TAPÓN

Y, ¿qué decir de esta taponazo que Lebron (sobre el minuto 3 de este vídeo) le coloca a Splitter, el pivot que jugó en Vitoria y que dominanaba las "pinturas" de la ACB, más o menos, a sus anchas? De lo que debemos aprender que si lo mejor siempre estará por encima del bien nunca es, sin embargo, algo definitivo. Siempre habrá otro mejor que el mejor anterior. Dentro de unos años se lo preguntaremos al mismo Lebron, aunque de momento disfrutemos con él.

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lunes, 3 de junio de 2013

LOU REED O LA MEJOR CANCIÓN DEL MUNDO


No parece que últimamente andemos sobrados de buenas noticias, pero esta última hace que me mire de soslayo en el espejo y comprenda que el tiempo no pasa en balde para nadie (ni mucho menos para mí). Que somos todos ya bastante mayores y que al gran Lou (Reed, se entiende) acaban de transplantarle un hígado, porque el ex-líder de la Velvet (Underground, se entiende) estaba bien jodido y a punto de cruzar, sigilosamente, al otro barrio.

Sí, porque a pesar de que a menudo se relacione al guitarrista neoyorkino con el rock más pesado, psicodélico y ruidoso hace ya muchos años que ha abandonado ese lado salvaje (de la vida) que, sinceramente, nunca te lleva a ningún lado, y hace que muchas veces te despeñes por un acantilado. Sin pena ni gloria. Por mucho que nos gustara el final de Quadrophenia. O que algunas madres y abuelitas (de buen corazón, sin duda) derramasen sus buenas dosis de lágrimas y mocos viendo saltar al vacío a Thelma y Louise, agarraditas de la mano.

Pero al bueno de Lou nunca le han cuadrado semejantes pasteles. Él tomó la decisión, hace años, de cambiar de rumbo. Y lo hizo sin proclamarlo a pleno pulmón. Ni susurrándoselo a nadie en el oído. Simplemente lo hizo. Y fue quedándose solo. Lentamente… Pero no le importó. Lou es demasiado chulo y engreído, demasiado convencido y consciente de que ese nuevo camino era el mejor camino para coger en estos tiempos que corren (lo sabemos) que se las pelan. Y no inquietarse jamás por pagar ese peaje de quedarse-más-solo-que-la-una.

Y es que hay caminos que o se toman en solitario o es mejor no tomarlos. Y el de Lou, sin duda, es uno de esos caminos sin asfaltar todavía. Escuchar Lulu y entenderéis a qué me refiero. Cuando algún amigo me preguntaba, qué tal está ese último disco de Lou Reed, yo no sabía muy bien qué contestar. Simplemente se me ocurría, es como una patada en los cojones. Respira la mala leche de Lou por los cuatro costados. O te apasiona o lo aborreces. Pero te aseguro que no te deja indiferente.

Claro, la “indiferencia” es, según el catecismo de Lou, el peor pecado que hoy en día se puede cometer. No se castiga ni con tres padrenuestros ni con una temporada en el infierno (como diría Rimbaud) sino con algo mucho peor, y de imprevisibles y funestas (por lo general) consecuencias: con el éxito. Ese éxito que te llena los bolsillos de dinero, que te acaricia zalamero las mejillas y te da inocentes golpecitos en la espalda. Como un buen colega. Pero al que, en el fondo, le gusta verte sumiso, diciendo que sí a todo y formando parte, muy obediente, del espantoso engranaje en el que se ha convertido la cultura (espectacular), el show business, que cada día tiene, desgraciadamente, menos de show y más de business (guarro).

Y no, la pleitesía nunca ha sido el business de Lou. Cuando se olió que las cosas tomaban un rumbo casi catastrófico él radicalizó aún más su propuesta  (he oído su provocador e increíble Walk on the Wild Side en el hilo musical de una oficina del ¡¡Banco Santander!! y he temblado de miedo: ¿adónde nos quiere llevar este mundo donde de todo se hace un negocio?). ¿Tendría alguien en su sano juicio algún otro remedio? Los sonidos de la guitarra de Lou se hicieron más ásperos, casi hirientes, una buena tanda de puñetazos en la boca del estómago. Lou sólo quiere despertarnos. Porque ya no atendemos al sonido del despertador. Es demasiado dulce. Por eso su guitarra suena así. Por eso decidió en su día ponerle  música a El cuervo, de Allan Poe. Por eso nadie entendió que trataba de hacer. Aunque a él seguía sin importarle. Es lo que tienen los caminos solitarios. Y Lou lo ha sabido desde el principio. Una vez que te desvías y coges su ruta no hay marcha atrás. Ni el lobo de Caperucita vendrá a asustarte. En esos caminos no hay nadie. No se ve ni un alma. No hay ni dios.

Por todo esto, claro, nadie se acordó de Lou en los muchos homenajes y conciertos que hubo a cuenta del 11-S.  Por ejemplo. Es más sencillo negociar con el bueno de Bruce (Springteen, se entiende) que con el cascarrabias y solitario Lou Reed. Lou, ¿qué?, preguntaría incluso algún joven promotor especialista más que en conciertos musicales en conciertos económicos, más en la bolsa o la Bolsa que en la vida. Y Lou, ¿qué coño?, preguntaría nuevamente ese joven promotor sintiendo que está haciendo lo que más aborrece de este mundo: perder el tiempo, luego perder dinero. Y, por fin, alguien le aclararía la duda, no importa, uno que fue famoso y que ahora está siempre sólo. Pues ¡que se joda!, respondería el joven promotor, pero, ¿contamos ya con Bruce (Springteen, se entiende), y con Juanes para los latinos, y Beyoncé para que haya de todos los colores? Sí, sí, en eso estoy, contestaría apurado el joven ayudante del joven promotor. Y claro con Lou nadie estaría.

No, nadie no. Yo, sí. Yo sí estaría y estaré siempre con él. Es como un John McEnroe sobre una pista de tenis, o un Mohammed Alí encerrado en un cuadrilátero, o un Salinger escribiendo El guardián entre el centeno y dándose después el piro. O Bobby Fisher. O Jean-Luc Godard. O Tarkovski. O tantos otros que se tiran, cada uno a su manera, por su solitario camino particular. A ninguno de estos ni a Lou les importa un pimiento. Su aire, seguro, que huele más limpio. Y ya tiene 71 tacos. Y un hígado nuevo. Que espero que le haga vivir muchos años. A personas como él siempre se les echa de menos. A los que más. Aunque estén, desde hace mucho tiempo, solos y no oigamos hablar de ellos, ni les veamos durante el prime time en los programas de televisión de más audiencia. Pero cuando no estén, y estoy muy convencido de ello, seremos todos los demás los que nos quedemos un poco más solos. Aunque no lo sepamos.

¡Ah, sí por cierto: la mejor canción del mundo!:

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