jueves, 29 de enero de 2026

EL ACCIDENTE DE ADAMUZ O ESTA VIDA LOCA


Estos días, y a cuenta del accidente ferroviario de Adamuz, se me ha pasado por la cabeza una triste reflexión a la que si no le ponemos remedio me temo, ¡ay!, que continuarán sucediéndose tragedias más o menos equiparables a este terrible descarrilamiento que, de momento, se ha cobrado 45 vidas.

Y se me ocurre pensar que, en el fondo e irónicamente, es la propia vida la causante de su propio destino; en este caso, de un destino fatal. Pero eso sí, habría que condenar a la Vida con mayúsuclas y como gigantesco ser vivo que, de momento, a todos sin excepción nos acoge. De este modo debemos aprender a manejarnos con Ella porque es Ella quien nos impone las reglas con las que nosotros debemos jugar (vivir).

Así, me he puesto a divagar- ¡sí, cuánto me entretiene esto de divagar!- sobre que, del mismo modo, que los deportistas sufren tendiditis, tirones por stress, lesiones inoportunas, desgarros musculares, etc.,- y aunque ni soy ni pretendo ser médico-, a cuenta del excesivo número de partidos que disputan y a los que el calendario- ¡y el negocio, no seamos ciniquetes!- les obliga a respetar, también la Vida, como ese gigantesco ser vivo al que antes aludía; o sea, el cuerpo del mundo, se rebela, a su manera, ante los excesos a los que la sometemos en nuestro desquiciado día a día.

Porque sí, esta atosigante y exagerada, a todas luces y sombras, sucesión de personas yendo y viniendo, colapsando con sus prisas y agobios las terminales de autobuses, aviones o trenes, o las principales arterias que cruzan nuestra tierra como indescifrables jeroglíficos- siempre me acuerdo, en estos casos, de la impagable expresión de Elias Canetti cuando decía aquello de una vez me asomé a la ventana y estaba todo lleno de gente. A la que yo, con todo respeto añadiría, (...) de gente que no sabe estarse quieta ni un segundo.

Pues a eso me refiero, que semejantes aglomeraciones- mogollón al canto- y tantos movimientos para arriba y para abajo, para derecha e izquierda o arriba y abajo o pa´quí y pa´llá, también dejan, como les sucede a los deportistas machacados o a tantos currelas que no dan abastoa la Vida extenuada, sudando a borbotones, con la lengua fuera y con una urgentísima necesidad de echarse un rato, confiando en recuperarse so pena de caer, también Ella, en una indeseable lesión o baja por agotamiento extremo que nadie querría ver ni padecer ni en pintura.

Porque si algo habría deseado poner en claro es que accidentes como el de Adamuz, no serían otra cosa que la Vida levantando el brazo y pidiendo al entrenador- ya que también hablamos de deporte- un descanso, porque hasta aquí he llegado de momento. Así que todo lo que no sea pisar el freno, respirar hondo cinco segundos mientras nos miramos al espejo por la mañana, todo lo que no sea volver a integrar la calma chicha en esta Vida loca- con el permiso de Francisco Céspedes- a cambio le incluyo un enlace en esta entrada-, y procurar que la Vida se deslice más como una balsita de aceite que como un violentísimo tsunami, nos traerá nuevas tragedias, con un mayor o menor número de víctimas.

Claro, si los deportitas, ante los abusos a los que les somete la competioción, se ven abocado a pinzamientos, inoportunas torceduras que les obligan a guardar estricto reposo antes de iniciar la anhelada recuperación, también la Vida levanta su mano- aunque no la veamos, debemos aprender a imaginarla- y nos avisa, aunque desgraciadamente no en forma de pinzamientos sino de algo mucho más lamentable y terrible: inesperados descarrilamientos por ejemplo; no con inoportunas y dolorosas roturas del cruzado, sino con aparatosos e indesables desbordameintos de ríos.

Yo, por lo menos, así lo veo e he interpretado la tragedia de Adamuz: o a la Vida se la trata con suficiente paciencia y cariño o nuestras atolondradas y absurdas prisas harán que nos saque las uñas y nos arañe con algún que otro zarpazo... mortal; como el de Adamuz.



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